
7595 Km
43 ciudades visitadas
9 pa�ses recorridos


1. Salamanca (E) � Pancorbo (E)
S�bado ocho de febrero de dos mil tres. Veinte horas y veinte minutos. Le metemos unos eurillos de recarga a los m�viles, que entonces no eran de contrato, y nos lanzamos a la aventura de conquistar los lejanos Balcanes... en un Renault 21 camperizado.
Sin miedo. Si nos pasa algo grave tan lejos �pensamos�, casi que nos hacen un favor... la p�liza de asistencia nos repatriar�a gratis, sin gastar gasolina, que seguro que vale m�s que el coche. Con ese optimismo se va calentando la cena en el horno del motor y, cuando por el tiempo transcurrido est� a punto, nos la cenamos en una fr�a plaza desierta de la antigua traves�a de la N620 en Villodrigo (Burgos).
A lo lejos un vecino se mete en su casa dejando un portazo apagado tras de s�. La noche y el fr�o arrecian.
Como acaban de publicar la nueva edici�n, como cada febrero, nos hacemos con el Mapa de carreteras de Espa�a y Portugal de Michel�n en el �rea de servicio, salida 6, de Villagonzalo-Pedernales, a las puertas de Burgos. Le damos de comer su raci�n de la que entonces se llamaba gasolina s�per de 97. Este motor 2.0i tira muy bien con sus 121 CV, es el�stico y brioso, pero glot�n.
La noche es ya cerrada y el cuerpo nos dice basta en el sobrecogedor desfiladero de Pancorbo, en la N I. En un recodo de la intersecci�n del acceso norte a la poblaci�n buscamos un punto nivelado y cambiamos a modo noche. O sea: pasamos la nevera de sus anclajes traseros a los pies del asiento del copiloto y la enchufamos al salpicadero para que siga conservando los alimentos frescos.

A continuaci�n echamos lo m�s adelante posible los asientos delanteros por sus carriles y ponemos el parasol aislante al parabrisas. Caldeamos un rato el habit�culo trasero y nos colamos dentro del pesado edred�n: confort total por cuatro durillos.

2. Pancorbo (E) � Carcassonne (F)
Uno de los m�s enigm�ticos despertares abre el tel�n de nuestros sue�os a la realidad de la ma�ana del domingo. 07:30: Nada de tr�fico. Nada de camiones. Nada de ruidos... excepto el motor de un misterioso Peugeot color rojo con matr�cula de Valladolid, cuya numeraci�n no anotamos.

En el interior, un var�n de nuestra edad, unos 35 a�os. Para sigilosamente en el arc�n izquierdo tras desviarse de su marcha sentido Ir�n. Muy despacito. Como escudri�ando qu� tipo de coche somos. Al ver las bicis en el techo descart� seguramente nada inconveniente.
Desciende del veh�culo, mira para todos lados y se dirige unos veinte metros hacia el talud junto al que estamos dormidos. Escudri�a certeramente entre la maleza, remueve unas piedras y toma una bolsa de basura negra algo abultada, como con peso. En un instante se vuelve a meter en el turismo y reemprende la marcha en el mismo sentido. Vuelve el silencio.
Las especulaciones sobre este tipo de tomas y recogidas de material os las dejo a vosotros. Nosotros tenemos formada una opini�n, pero carece de importancia.
Con estos bonitos roquedos, salimos del desfiladero y, antes de llegar a Miranda de Ebro,

nos desayunamos y compramos loter�a nacional (que no nos toc�, como podr�is suponer por la de tiempo que tardamos en encargar la Marco Polo) en el primer bar de carretera a nuestra derecha. El caf� nos espabila. Vemos que no hemos so�ado nada de lo de antes. Son las cosas que se ven cuando uno viaja a lo hippie.
Nos aprovisionamos la bodega en el Eroski de la localidad guipuzcoana de Tolosa y llenamos, camino de la cara Francia, la alacena de debajo de la cama.

Y ya en la autopista A64, cerca de Pau, por donde estuvimos frecuentando los locales m�s divertidos de la noche, nos agenciamos el mapa en curso de carreteras de Francia en la estupenda escala 1:200000, pastas duras, que acostumbra a publicar la Editorial de viajes Michelin por all�. Detallad�simo y recomendable.

Cenando por las �reas de descanso, alcanzamos Toulouse a tiempo de continuar la diversi�n y descansando en el aparcamiento de la isla du Ramier, junto a lo que hoy es el Casino y entonces era una inmensa escuela profesional de Qu�mica.
Luego otro estir�n hasta el �rea de descanso de Carcassonne, esa ciudad doblemente amurallada que parece un Exin Castillos de verdad.
As� la ver�amos a la ma�ana siguiente:

3. Carcassonne (F) � Pas de Oullier (F)
Bien aseaditos con algo de fr�o, repostamos dep�sitos y v�veres en el hipermercado G�ant, cadena verdaderamente econ�mica,

y nos lo comemos en el �rea de descanso de Lespignan, ya en la transitada autopista A9.

Un poco de esparcimiento m�s tarde, en las �reas de Gigean primero y m�s tarde en la de St Aun�s y en la preciosamente acondicionada de N�mes, donde se recrea, como no pod�a ser menos junto a la c�lebre capital romana, la scaena de un teatro.

Yo propondr�a un t�rmino medio: ni la mierda de arcenes con cubo de basura (a veces sin �l) en que consisten las pocas �reas espa�olas, ni la magnificencia de las francesas que se permiten estas licencias multimillonarias para dignificar el descanso del conductor.
Un agradable paseo por el centro de la otra gran ciudad romana de Provenza, Arl�s, es lo siguiente que hacemos. En la comisar�a de la polic�a no les quedan planos tur�sticos, pero no nos importa: el casco hist�rico es intuitivo de conocer.
En otro �rea, ya pasada Marsella por su circunvaci�n norte, junto al bello puerto de monta�a llamado Pas de Oullier, sobre la bah�a de Cassis, en la A50, nos entretenemos para terminar el d�a.

4. Pas de Oullier (F) � Ventimiglia (I)
A un paso est� Toulon, la base naval francesa m�s importante del Mediterr�neo, llena de destructores de la Arm�e, apuestos marineros con galones por todas partes y ambiente militar. Es una especie de la pontevedresa Mar�n o la murciana San Javier. Incluso la gaditana San Fernando, pero con mucho glamour. Una imponente rada:

All� repostamos de todo y nos agenciamos la Gu�a Roja de hoteles y restaurantes. La biblia por la que guiarse en las buenas mesas del pa�s. Y tambi�n extraordinarios mapas urbanos y de accesos a las ciudades en una �poca en la que todav�a tener un navegador era ciencia-ficci�n.

Un esfuercillo m�s por los paisajes y las zonas de descanso de Cannes y nos plantamos literalmente en primera linea de playa nada menos que en la Promenade des Anglais, el vistoso paseo mar�timo de Niza. Est� completamente prohibido para campers y autocaravanas. No nos importa: nosotros somos un simple derivado de turismo (ITV 3100) que tiene cama.
Bajamos las bicis y nos lanzamos a la conquista del centro. Las t�as patinan por las aceras, la brisa fresca pero agradable nos golpea las mejillas: Atardece en la Costa Azul.

En un mes fr�o como febrero es importante no alejarse mucho del mar. Gozaremos del beneficio de su vecindad: en las costas que no son el B�ltico casi nunca hiela.
Ante nuestros obnubilados ojos pasaron inalcanzables hoteles de lujo como el Negresco, tan ligado a los comienzos de nuestro chef Ferran Adri�; en los escaparates de las numism�ticas series completas de euros de la dificil�sima acu�aci�n de M�naco a m�s de 400 � el estuche...

Dio tanto de s� la visita a la capital y a sus encantos que nos olvidamos de cenar a la hora francesa. Lo �nico que quedaba abierto era la hamburgueser�a de los aros y all� nos metimos antes de pasar al Principado.
Pero patear en la soledad de la noche las fr�as calles junto al Museo Oceanogr�fico, el Casino o el Palacio de los Pr�ncipes s�lo lo hicimos despu�s de ir a la curva.
No: no es la curva del circuito del Gran Premio. Es la curva de herradura donde el 13 (para que luego digan que no da mala suerte) de septiembre de 1982, seguramente porque pis� el acelerador en lugar del freno en su coche autom�tico, acaso por la excitaci�n de la discusi�n que tra�a con su hija, la princesa Estefan�a, sali� despedida la semidivina Grace Kelly hacia un huerto situado cuarenta metros m�s abajo del precipicio, junto al camino de Bautugan, en la sinuosa carretera La Turbie � Cap d'Ail. Muri� al d�a siguiente. Nuestras luces unidas a las del coche que sub�a por la derecha ayudaron a hacer la foto.

Con el recuerdo de su inmensa belleza truncada por la desgracia

fuimos viendo (por fuera) los escenarios de una vida de cuento. El palacio donde mor�,


la catedral donde se uni� al linaje de Rainiero III,

el casino donde jug� rodeado de la crema de las finanzas,

el insuperable restaurante Alain Ducasse (cinco tenedores rojos y tres estrellas, lo m�s de lo m�s en un lujoso palacio) donde tantas veces acudi�,

y el exclusivo puerto deportivo donde atracaban sus yates y los de la aristocracia de medio mundo.


.
Esa ciudad-estado llena de selectas galer�as de arte,

utilitarios de matr�culas peque�itas y precios disparados,

donde una casita de cuatro habitaciones cuesta once millones de euros.

Eso, y muchas cosas m�s, es M�naco.
Con los ojos fuera de las �rbitas de ver la pasta que tiene y se gasta la gente pasamos por la puerta del casino con tan mala suerte de que dos polic�as municipales de blanco impoluto nos dieron el alto para preguntarnos �atenci�n a la humillante pregunta� si nuestro coche ten�a seguro. Cuando nos marchamos, un metro despu�s de arrancar de nuevo, el motor se cal� y una sonrisisa paternalista ilumin� los rostros de aquellos dos �ngeles de la seguridad y ti�� de rojo los nuestros.
A�os despu�s, para sacarnos aquella espinita, aparcamos nuestra Marco Polo negra en la mism�sima puerta del Casino durante un paseo navide�o. La vida, que da muchas vueltas...

Enseguida nos alejamos de all� rumbo a la frontera italiana. Nada m�s pasarla por los t�neles de la autopista A10, llamada dei Fiori, nos salimos por la complej�sima y fea �rea de servicio de Ventimiglia, famosa hace unos d�as (diciembre de 2007) por los incidentes y hacinamientos de camioneros debidos a la huelga feroz que afect� a los transportistas de ese pa�s. Que, adem�s, ten�a un peaje doble.

Y en lo que nos pareci� (atrevida ignorancia) un lugar tranquilo al final de la playa nos dormimos so�ando con ser ricos alguna vez... sin dec�rselo a nadie.

5. Ventimiglia (I) � Viareggio (I)
Una serenata con aire allegro ma non troppo y matiz fortissimo, pero interpretada por vociferantes empleados con diab�licas motosierras nos hizo volver a la realidad. Hab�amos estacionado justo al lado de un jard�n del paseo mar�timo donde casualmente estaban de mantenimiento.
Sigilosamente, nos cambiamos de sitio para pasar ese rato de mala leche cuando te despiertas por la fuerza pero no tienes prisa por levantarte. Luego, como el nuevo lugar era bastante discreto en una zona de solares sin construir muy tomada por la vegetaci�n, all� nos aseamos y empezamos a incubar alguna infecci�n de v�as respiratorias superiores.
Sin volver todav�a a la autopista, nos aventuramos un poco por las tortuosas carreteras de la costa hasta la ciclista San Remo, donde conocimos su decadente casino. Est� visto que en toda localidad de costa con pretensiones hay un casino.

Y de all� nos sumimos por fin en el gran espect�culo que todos los que hab�is ido alguna vez a Italia por la Riviera recordar�is: una incesante sucesi�n t�nel-viaducto-t�nel-viaducto-t�nel-viaducto... hasta el infinito... bueno, hasta �67 t�neles y 90 viaductos en s�lo 113 km! que ocupan exactamente el 60% del kilometraje. Y es que los Alpes caen a pico sobre el golfo de G�nova y todos los valles son perpendiculares al mar de Liguria. As� es que la Autostrada dei Fiori est� pr�cticamente horadada y volada.

Si alguien quiere saber m�s detalles, est�n todos pulsando aqu�.
Bueno, pues por esa joya de la ingenier�a, que se ha quedado ya peque�a (dos carriles por sentido no bastan para tanto tr�fico pesado), llegamos hasta la fr�a, canalla y algo ca�tica G�nova. Ciudad gris, industrial hasta la saciedad, demasiado poblada y con la riqueza especialmente mal distribuida, donde conviven las anchas avenidas creadas durante el per�odo del fascismo italiano con tortuosas callejuelas portuarias donde los delitos contra la propiedad son el pan de cada d�a.
En uno de esos inmensos viale mussolinianos (Guglielmo Marconi) arrumbamos el coche por unas horas en una esquina y con 1�C cogimos las bicis por otro (Brigate Partigiane) con menos abrigo del recomendable. Nuestros estreptococos far�ngeos empezaban a replicarse a sus anchas.
En un cruce dudamos, y una vistosa chica polic�a municipal con casco blanco demod� tipo Calimero puesta en el centro de un cruce nos confirm� a nuestras preguntas que la direcci�n que llev�bamos era la correcta con un bonito
� Certo. Bravissimo!
Vimos y disfrutamos por el centro todo lo que pudimos y, con un poco de prisa por el problem�tico lugar en el que hab�amos estacionado, volvimos rodando hasta �l. El coche estaba en su sitio y con todo en orden.
Con la alegr�a de volver a casa, pero cada vez m�s doloridos ambos de la garganta y con fiebre, empezamos a tirar de la farmacia del coche. Y avanzamos un poco m�s, pero con bastantes ganas de abortar el viaje a causa del dolor y la flojera. Hab�amos ca�do malos, como se dec�a antes.
Antes de llegar a Pisa, nos salimos de la autopista A12 a la altura de Viareggio por un ramal paralelo, muy cerca del parque natural Migliarino, en una zona �lo averiguamos despu�s� que en verano est� llena de playas nudistas y bosques donde se practica abiertamente sexo en grupo. Pero que por la noche es un hervidero de prostituci�n local. Hab�amos dado con el sitio inadecuado. Bingo: la Via dei Lecci de la Marina di Torre del Lago.
Pero est�bamos tan hartos, con tanta fiebre y sue�o que mientras ve�amos a dos putas charlar a lo lejos, heladas de fr�o, una de ellas con movimientos autistas de vaiv�n del tronco, nos quedamos profundamente dormidos. La Azitromicina corr�a por nuestras arterias reparando da�os.

6. Viareggio (I) � Colonna di Grillo (I)
El tr�fico ferroviario (pesados convoyes de mercanc�as, sobre todo) que pasaba muy cerca de nosotros, entre la calle de las putas y la Via Aurelia, c�lebre calzada romana que un�a Roma con la regi�n de Liguria, o sea, m�s o menos el itinerario por el que venimos, nos fue despertando. Despu�s de desayunar segu�amos afectados, pero algo recuperados. As� es que se nos renov� de luz todo lo que por la noche ve�amos tan negro.
Va a ser verdad lo de que la gl�ndula pineal regula el estado de �nimo.
Un tranquilo barrio a la entrada de Pisa, cerca de la estaci�n de San Rossore nos dio confianza suficiente para aparcar. Por all� s�lo hab�a apacibles se�oras haciendo las compras del jueves. As� es que bajamos las bicis, memorizamos que nos pos�bamos en V�a Po e, incre�blemente cerca, allende un paso a nivel con barreras, estaba la torre inclinada y todo lo dem�s: el cementerio, el baptisterio, la catedral... como lo conocemos por los libros,

y las pintorescas riberas del r�o Arno, el mismo que ba�a los puentes de Florencia.

El tiempo empezaba a cambiar. M�s al sur, m�s sol, mejor temperatura.
De all� nos fuimos a comer a una ciudad tan desconocida como bella. Amurallada, accesible, muy viva... Se llama Lucca. Tras sus alrededores contempor�neos, en algunos de cuyos edificios se reflejaba nuestra silueta,

se esconden bellos rincones como esta plaza de lados irregulares (no olvidaremos el pan que nos despacharon unas simp�ticas empleadas de tahona),

o la casa donde vivi� el gran violinista genov�s Paganini.

Con las bicis se avanza much�simo, se ve todo panor�micamente.

�sa es una de las �ltimas fotos de una c�moda doble suspensi�n que un amigo de lo ajeno me rob� (cadena inclu�da) en una calle del ensanche de Barcelona, meses despu�s.
Los palacios que pueden divisarse desde las murallas,

alguno de los cuales s�lo emplean la parte plana de las tejas romanas (tegulae) montadas en las dos posiciones (canal y cobija), cosa curios�sima que s�lo hemos visto all�.

El el tejado de m�s arriba pueden verse en la disposici�n normal: las tegulae (parte plana) haciendo de canales y los imbrices (parte curva) haciendo de cobijas.
Cuando la luz empez� a bajar pusimos proa a Florencia y dejamos el coche no en el abarrotado aparcamiento municipal de la Fortezza (la ciudadela) que no nos inspiraba cosas muy buenas, sino en una tranquila calle al estilo amstelodam�s, junto a un canal, la via 20 Settembre. Estaba unos 300 m m�s lejos del centro. Pero �a qui�n le importa llevando bicis?

No nos podemos entretener demasiado en la Toscana porque las fechas mandan. Hubiera estado muy bien esperar hasta la ma�ana para ver el David de Miguel �ngel Buonarroti en la Academia o pasar a los Uffizi a ver c�mo nac�a Venus de la espuma del mar, pero seguro que dentro de unos a�os, ya viejitos, podremos cogernos un vuelo con tres noches y ponernos las botas a ver cuadros. Ese d�a nos maravill� la arquitectura del exterior de la galleria, por ejemplo,

tanto como la intensa vida estudiantil, tur�stica y de ocio con que palpit� la ciudad toda la tarde.
Una farmacia donde comprar algo que contuviera Acetilciste�na para expectorar nos confirm� que lo importante no es saber c�mo se llama el medicamento que tomas en Espa�a sino qu� principio activo debes nombrar en el extranjero para que te atiendan porque fuera se presentan bajo otras marcas.
Largos paseos por el Duomo, la plaza de la Signoria, el Ponte Vecchio y sus joyer�as y sus candados cerrados puestos por enamorados... (�nico respetado por las bombas de la II Guerra Mundial), el palacio Pitti o el corredor Vasariano fueron completando las piezas imprescindibles de cualquier visita panor�mica a la joya del Renacimiento. Por ser un poco fanfarrones, podr�amos decir que Florencia es como Salamanca, pero un poco m�s grande.
Con los �ltimos bocados a dos carrillos en una conocida hamburgueser�a de Via Cavour nos encaramamos, ya con el coche, al mirador donde la gente suele ir a follar con vistas en los suyos. Haced memoria y ver�is que pasa en todos los miradores del mundo. Y es que no es para menos el espect�culo de la Passeggiata ai Colli:

La humedad del Arno empez� a convertirse en neblina g�lida, la temperatura se precipitaba por un abismo... y nosotros nos desplazamos hasta la cercana Siena a cuyas puertas aparcamos llenos de bufandas, guantes y abrigos. Creo que nunca hemos visitado una ciudad con m�s fr�o. Suerte que es un casco hist�rico tan peque�o como encantador donde creo que la helada no nos dej� apreciar lo suficiente los escaparates con libros antiguos de anatom�a,

la plaza del Campo donde cada verano se celebran al menos los dos campeonatos de Palio,

y su intrincada, oscura y enigm�tica red de callejuelas medievales ideales para rodar cualquier pel�cula de suspense o gore del duro.

Las fuerzas no nos dieron m�s que para llegar a la peque�a localidad, camino de la autopista de Roma, llamada Colonna di Grillo. En el cruce de entrada una c�lida trattoria en un caser�n solitario con aparcamiento iluminado y muy pocos coches...
� Nos haremos clientes suyos por la ma�ana. Ahora toca dormir.
Y as� fue.

7. Colonna di Grillo (I) � Roma (I)
Amanece el d�a de San Valent�n y dos cappuccini en la trattoria nos activan. Para mayor abundamiento, tienen unos ba�os grandes y limpios donde nos hacemos la toilette completamente. Y de tir�n hacia la ciudad eterna, parando apenas a comer en una de las �reas de descanso de la autopista A1.
Cuando entramos en el GRA (Grande Raccordo Annulare, algo as� como la M40, que all� es la A90) ya atardec�a.
Entrando por el norte de la ciudad, nos detuvimos unos minutos a ver las famosas instalaciones del Foro Italico, algo as� como lo que queda de los edificios que se construyeron desde los a�os treinta del siglo XX y que sirvieron en parte para la olimp�ada de Roma de 1960. Nos asomamos, por ejemplo, frente al puente Duca d'Aosta sobre el T�ber, a la grandiosa piscina cubierta donde una mitad se estaba usando para un partido de waterpolo y la otra para nataci�n libre:

Muy cerca de all� est� el sitio escogido para aparcar: el Albergue de Juventud. Las razones: primero porque no est� muy lejos del centro en bici; segundo porque hay mucha vigilancia (hay una instalaci�n del Ministerio de Justicia enfrente, en el antiguo Scherma, y tienen c�maras por todas partes); tercero porque pasa bastante gente mochilera etc y nunca est� apartado; y cuarto porque siempre hay sitio libre.

Coordenadas Google maps de este lugar
Pues eso: all� dejamos al 21 con toda tranquilidad. Entramos a ver c�mo eran las duchas del Albergue por si en otro momento nos apetec�a usarlas. No nos dijeron nada. All� hay gente de todo el mundo entrando y saliendo. Es como una torre de Babel.
Pusimos lo m�s imprescindible en el macuto y a pedalear hacia la plaza del Popolo primero y a la plaza de Espa�a despu�s.
Zigzagueamos las ruedas entre tiendas para gente fina,

casta�er�as ambulantes,

y hasta con la mism�sima Guardia Civil. S�, s�: hab�is o�do bien, no nos los quitamos de encima ni en Italia ;D. Aqu� en la mism�sima plaza de Espa�a

mezclado entre la gente, como un turista m�s, vemos de repente a un t�o con uniforme de guardia segundo como paseando... � en Roma !
� Mira: �eso no es un guardia civil?
� S�... parece.
� �En Roma? �De uniforme?
Ni corto ni perezoso me decido. No me dan ninguna verg�enza estas cosas...
� Oiga, perdone, �es Vd guardia civil?
� S�.
� Y... �est� Vd de turismo con el uniforme?
� No: es que estamos de servicio, esperando una visita.
Como no salgo de mi asombro... una visita, de servicio... y al t�o se le ven enrollao, lo sigo bombardeando a preguntas. Y ya todo se aclara:
� Es que �sa� se�ala con el dedo �es la Embajada de Espa�a ante la Santa Sede.

� Ah, claro... �por eso se llama Piazza di Spagna!
De cotilleo en cotilleo, pasamos por la puerta del hotel D'Inghliterra donde el Conde Lecquio y la Mar Flores le pusieron los cuernos al empresario Fernando Fern�ndez Tapias, fotos que luego aparecieron publicadas tres a�os despues, en 1999, en la revista Intervi�.

Lo siguiente fue un poco de diversi�n nocturna a pesar del fr�o por la zona de Stazione Termini, y luego las bicis rodaron por la presidencia de la Rep�blica en plaza del Quirinal.

en cuanto arreglamos un agujero en la m�a con ese milagro de reparapinchazos en spray que venden por unos 3 � en los Decathlon y tiendas de recambios ciclistas. Solemos llevar uno por si acaso siempre.

De esa colina bajamos a la Fontana di Trevi, siempre, aunque sea tarde, abarrotada de gente,

y despu�s a la c�pula de hormig�n m�s antigua de la arquitectura de todos los tiempos que a�n est� en pie: el Pante�n.

Muy cerca, junto al templo de Adriano de plaza di Pietra, esta bonita tienda de juguetes artesanales de madera

nos aproxima a la plaza Navona. El hambre aprieta. As� es que, tras comprobar en la fuente de los cuatro r�os

que cuando la esculpi� Bernini todav�a no se conoc�a en d�nde nac�a el Nilo y que, por tanto, est� representado con los ojos vendados,

nos metemos en una de esas pizzer�as peque��simas, a pie de calle (en via T. Millina) donde humeaban ricas porciones cuyo sabor nunca olvidaremos.
El d�a se va acabando. Por nuestros labios siguen desfilando cr�pes y helados, y por nuestros ojos las alcantarillas que todav�a conservan las cuatro siglas de la Roma del siglo I, SPQR (El Senado y el Pueblo Romano),

el castillo del Santo �ngel, baluarte ya vaticano,

y desde luego, la plaza de San Pedro, que duerme a esa hora. Los curas siempre se han acostado prontito. Por ella pasamos despu�s de volver al coche a subir las bicis.

Unas panor�micas por el Anfiteatro Flavio

y un buen paseo todo lo largo que es el circo m�ximo, para medir con nuestros pasos todo lo que recorr�an las cu�drigas, acabaron con nuestras fuerzas.
En Roma tuve una sensaci�n muy especial. A ver c�mo lo explico: cuando durante muchos a�os has estado estudiando al detalle, barrio por barrio, edificio por edificio, c�mo era la capital de Occidente, su historia, sus transformaciones, sus ampliaciones y tragedias... al llegar all� y pisar ese suelo, te sientes como en un d�j� v�, como si ya supieras lo que va a aparecer a la vuelta de cada esquina.
T� ya lo sabes. Aunque jam�s hayas estado. Todo te sorprende, pero no te sorprende igual. Todo lo miras con ojos cr�ticos: esto parece m�s peque�o, esto estaba as� antes y luego le hicieron lo otro... Y cuando te marchas, parece como si hubieses vivido toda la vida all�. Es lo que tiene ser fil�logo cl�sico en Roma.
Encontramos muy cerca de los jardines de las Termas de Caracalla este rinc�n furgoperfecto de noche y all� nos acostamos.

8. Roma (I) � Valmontone (I)
El ir y venir de gente, los gritos de consignas, las banderas con el arco iris ondeando... fue lo primero que vimos mientras nos ase�bamos en nuestro discreto rinc�n.

No se trataba de ninguna manifestaci�n del gay pride sino, casualmente, la primera gran manifestaci�n europea en contra de la anunciada invasi�n de Irak que un mes despu�s (el 20 de marzo) protagoniz� una coalici�n internacional en la que Italia y Espa�a tambi�n metieron baza.
A ella nos sumamos, en un ambiente festivo, a lomos de las bicis. En el Foro Romano, verdadero centro hist�rico de la Urbe por antonomasia, como suele suceder a diario, cientos de gatitos son alimentados por ancianas quiz� con carencias afectivas y oportunos turistas hartos de las mortadelas de sus bocatas de hotel.

Junto a la inquietante silueta del templo de los hermanos Castor y Pollux,

encontramos no sin esfuerzo el ombligo del imperio:

o sea, el punto central de Roma desde el cual empezaba la numeraci�n de todas las calzadas radiales que part�an hacia las lejanas provincias. Algo as� como el kil�metro cero de la Puerta del Sol de Madrid,

donde comienza la de las espa�olas.
Por la avenida de los Foros Imperiales empezamos a serpentear el centro: el Vittoriano, Il Ges�, m�s pizzas a salto de mata... y una r�pida subida a la c�pula de San Pedro, desde donde puede verse la bas�lica con otra �ptica

y la ciudad en panor�mica.

Pero hay que pagar el precio de subir escaleras con el cuerpo torcido...

y largas colas para el ascensor y los curiosos controles de seguridad de una inquietante instituci�n salpicada en medio mundo con esc�ndalos por tocamientos y violaciones a ni�os que, sin embargo, no tolera que la gente ense�e los hombros ni las rodillas en sus locales.

En el suelo de la bas�lica, unas incrustaciones met�licas comparan las longitudes de los templos m�s grades de la cristiandad con la de San Pedro, y queda demostrado que ellos la tienen m�s larga ;D. Os paso la de Sevilla, por ejemplo, que con 132 metros se queda la tercera frente a los 186 del Vaticano.


M�s atrac�n de piedras por los templos de Vesta, la Fortuna Viril, los arcos de Jano y de los Argentarii, cuna del prestamismo bancario... y un reponer fuerzas visitando de nuevo la despensa donde ten�amos aparcado el coche: Todo en orden por all�.
Nos volvimos a alejar hacia otras zonas para ver San Pietro in Montorio y conocer la macroestaci�n ferroviaria Termini. Por los lugares divertidos de ese barrio aprovechamos muy bien el tiempo antes de surcar los jardines de Villa Borghese, el pulm�n verde de la ciudad, a cuyas puertas vimos en directo un accidente de autom�vil.
Luego un poco de glamour recorriendo la felliniana Via V�neto y su verdadera dolce vita nos devolvi� de nuevo hasta la plaza Numa Pompilio donde ten�amos el campo-base.
Para salir de Roma elegimos el antiguo recorrido de dos calzadas de renombre: la Via Latina primero, donde visitamos en el n�mero 22 la Curia Generalizia Marianisti, y la Via Appia despu�s, donde nos dimos el gustazo de conducir un autom�vil del siglo XX por un empedrado hecho 2315 a�os antes !.

Estaba prohibido, pero fue un pecado venial. Nadie nos vio gozar de este peque�o placer para los que sabemos que la summa crusta de la calzada es capaz de aguantar eso y mucho m�s.
De hecho, durante unas obras sucedidas en Salamanca en el puente Enrique Estevan, se desvi� todo el tr�fico de gran tonelaje � por el puente romano ! y no pas� nada.
Tras ver los famosos mausoleos que jalonan la Via Appia, la autopista A1 nos acerc� hasta Valmontone. All� nos salimos a la carretera paralela SS6 y encontramos un agradable llano debajo del viaducto del ferrocarril, cerca de unos chal�s aislados.

9. Valmontone (I) � Pompeya (I)
Nunca podr�amos perdonarnos habernos desviado un poco hacia la pen�nsula it�lica y no haber hecho una visita, aunque fuera fugaz, al Sur.
El Sur no es Italia: es otro pa�s. En clase de geograf�a e historia nos enga�aron. O, si quer�is, lo podemos plantear al rev�s: El Norte no es Italia. La verdadera est� de Roma para abajo. Uno se da cuenta por algunos detalles:
� Pararse en los sem�foros en rojo es opcional. En serio: completamente opcional. Si es de noche, es una temeridad que el extranjero permanezca parado en ellos. Puede ser embestido y, encima, tachado de gilipollas.
� Un polic�a puede indicarte c�mo ir a una calle pidi�ndote que entres primero por una en direcci�n prohibida
� En lugar de l�neas continuas en el suelo, hay bordillos sobreelevados, para hacerse respetar
� Si pides ticket o factura en alg�n sitio te miran con una mezcla de sorpresa y desprecio, como si fueras inspector del fisco
� Muchos j�venes est�n sin hacer nada a cualquier hora apoyados en grupo en cualquier sitio
� La comida est� m�s rica que en el Norte y la mitad de barata
� En materia de tradiciones, moral y sexo, pese a lo que parece en la televisi�n, est�n todav�a m�s reprimidos, si cabe, que el resto de presuntos compatriotas
� Mandan las mujeres. Ser una mamma es el m�s alto escalaf�n de la sociedad. Su sola presencia acojona al capo m�s veterano
� Los baches de las calles y carreteras se representan con curvas de nivel en los mapas topogr�ficos
� Las motos, llamadas motorini, van, preferentemente, por las aceras
� Las edificaciones son sucias y decadentes, al contrario que las personas, que est�n radiantes y alegres
El camino hacia ese Sur profundo, cinematogr�fico, donde el poder est� estructurado de forma mafiosa, de forma paralela a una Administraci�n existente pero casi inoperante, comienza nada m�s trasponer los umbrales de la regi�n del Lazio.
En la misma panader�a de Valmontone nos hacemos acopio de dulces y pan y almorzamos en el primer �rea de descanso, de las pocas que empiezan a aparecer ya. En la de Aquino, donde no naci� Santo Tom�s, aunque s� muri� muy cerca, en Fossanova, un poco m�s adelante, nos tomamos el caf� antes de emprender la subida a la Abad�a de Montecassino, de espl�ndidas vistas.

En esos muros, destruidos exactamente el 15 de febrero de 1944 en la �ltima de las cuatro batallas libradas all� durante el asalto final de los aliados en la II Guerra Mundial, o sea, casual y justamente 49 a�os antes de la jornada de nuestra visita, fue donde San Benito fund� en pleno siglo VI una de las �rdenes religiosas m�s c�lebres: los benedictinos, que tanto bien hicieron a la cultura occidental transmiti�ndonos copias de los manuscritos cl�sicos en sus scriptoria. Bueno, creo que muchos habr�is le�do (o visto la pel�cula) El nombre de la Rosa.
Como ya es tarde por la tarde, la abad�a est� cerrada. Una ventisca g�lida nos impide disfrutar del panorama como es debido. Tan cerca de la costa, su mirador est� a 520 metros de altitud y el espect�culo es ampl�simo. As� es que, nada, continuamos hacia N�poles.
Se trata de la capital del Sur. Fijaos si les da todo igual que es la ciudad m�s grande del mundo situada m�s cerca de un volc�n activo. Pero les da lo mismo. Como dice su refr�n: la cercan�a de la muerte exalta la vida.
Una erupci�n inesperada, sin un buen plan de evacuaci�n, con salidas y accesos penosos (toda la bah�a est� rodeada de un circo monta�oso) y en una hora o poco m�s les puede pasar lo que les pas� a los de Pompeya y Herculano el 24 de agosto del a�o 79. S�lo que �stos son dos millones de personas.
Cuando pagamos en el peaje de N�poles el empleado, por supuesto, no nos da el recibo de la tarjeta (recordemos: esto es el Sur, como dec�a la Raffaela Carr�). Cuando se la reclamamos, el t�o la saca de mala gana y dice claramente enfadado:
� La ricevuta, la ricevuta... ! (traducido con gestos y entonaci�n: �para qu� cojones querr�is vosotros el ticket!)
Como el tr�fico es ca�tico, al estilo de El Cairo, nos sustraemos un par de horas a sus efectos y nos subimos todo lo que podemos al monte Vesubio. Al padre Vesubio, que genera la belleza y la vida de la regi�n, la f�rtil campi�a y sus huertas, pero que tambi�n puede generar su definitiva ca�da.

Toda la carretera, desde apenas rebasar los �ltimos barrios de la ciudad, est� trufada de coches con gente follando por los arcenes. Son los que no desaprovechan las tardes de domingo. La regi�n est� superpoblada y sitios as� son los �nicos donde poder encontrar algo de tranquilidad.
Por discreci�n no hicimos foto alguna, pero todos los coches, cientos y cientos de coches, a pesar de que estaban separados muchos metros entre s� y no hab�a contraluz posible para deleite de mirones, todos ten�an las ventanillas completamente forradas de camisetas y otros objetos para que nadie viera nada.

Kil�metros m�s arriba y muchos coches m�s... no se acababan. Parec�a una romer�a organizada: Est�bamos en el picadero de N�poles. Cuando el hielo y la nieve no nos dejaron alcanzar ya la plataforma del observatorio sismogr�fico, a�n hab�a m�s coches posados en la nieve, algunos de ellos de tracci�n integral.
Al darnos la vuelta, un espect�culo de luces se abri� de repente: la Bah�a de N�poles estaba a nuestros pies.

La Costa del Sol de la Antig�edad, la Marbella romana, el clima eternamente primaveral que persiguieron aquellos patricios adinerados... Ah� estaba. Ca�tica y codiciada a la vez.
Al volver una hora despu�s hacia la capital, pasamos como de paseo por Herculano y Portici, ciudades-dormitorio pero con aire rural y descuidado de barrio marginal.
No puede decirse que N�poles sea un sitio bonito de ver. En realidad est� hecho una porquer�a. Urbanismo cero. Funcionalidad cero. A�n as� dimos largos paseos por el puerto y tambi�n por los alrededores del Museo Arqueol�gico, que por cierto cuenta con un interesante Gabinete Secreto con los objetos m�s picantones de nuestros ancestros.
Frente a �l, esta bonita galer�a comercial, al estilo de la Victor Manuel II de Mil�n.

Al pasar por el puerto, bajo el Palacio Real, un mont�n de chavales de marcha se arremolinaban en torno a un puesto ambulante de salchichas grasientas llevado por una mamma vociferante. Por detr�s sonaba el grupo electr�geno. Cuando nos toc� el turno de llenarnos de un riqu�simo colesterol rebosante de mahonesas artificiales y guarniciones calentitas, dice la se�ora, llena de amor por nuestro pa�s:
� Ah, bella la Spagna !
Y all� pegamos un rato la hebra con ella hablando de t�picos. La humedad se nos met�a por los huesos mientras tanto...
Bueno. Pues no nos qued� m�s opci�n que acercarnos a Pompeya, muy cerca. En una calle con huertas, a unos doscientos metros de Porta Marina, la entrada principal de la excavaci�n, all� nos acomodamos. Sin ruidos. Con mucha paz. Sin las hordas de autobuses tur�sticos que hay en verano. Esperando con ansias al d�a que llegaba. �bamos a visitar la ciudad mejor conservada de toda la Antig�edad. La espesa capa de cenizas la dej� calcada casi intacta, con la vida palpitante en el mismo instante de su ruina.

10. Pompeya (I) � Termoli (I)
Antes de entrar en el recinto arqueol�gico nos pasamos por la oficina de correos de la estaci�n de ferrocarril a mandar unas cuantas postales a los amigos.
Comprobamos con alegr�a que a los profesores y estudiantes nos hacen un importante descuento en las taquillas de entrada. El lugar es impresionante. Plano en mano fuimos edificio por edificio, inclu�do el puticlub con sus reservados, viendo los cuerpos de las personas tal y como quedaron en el momento de su muerte.

Visitamos las piscinas cubiertas (y descubiertas), las termas,

y los gimnasios, palestrae,

cruzamos por los pasos de cebra,

y nos introdujimos por alguno de los patios porticados de las casas privadas, peristilum.

Y muchas cosas m�s con las que no es necesario aburrir a quienes no sientan especial predilecci�n por el mundo romano.
En los accesos al lugar, algunos campers comerciales hacen su agosto.

Nosotros, ya con bastante hambre, nos aprovisionamos all� muy cerca en el hipermercado San Genaro (es el santo que, seg�n los lugare�os, les protege del Vesubio y cuya sangre se lic�a milagrosamente en su relicario catedralicio varias veces al a�o), y nos pusimos a comer mientras hac�amos una peque�a panor�mica de la Costa Amalfitana.
Repostamos en Nocera y, despu�s de perdernos por Avelino, localidad natal de una buena amiga, cenamos en otro �rea de sercivio. Finalmente, conseguimos alcanzar Foggia y despu�s, ya casi noche cerrada, Termoli, en la cosa del Adri�tico.

Es febrero: la mar estaba embravecida, con oleaje col�rico y mucho viento del noreste. As� es que nos posamos en el borde de la duna dando la espalda a tierra firme. La marea estaba bajando. Sent�amos en los cristales y en la chapa el azote de las turbulencias de arena... pero �craso error� s�lo nos quedamos con el lado buc�lico del fen�meno. Y nos dormimos a merced de los elementos.

11. Termoli (I) � Rimini (I)
Cuando por la ma�ana fui al motor a hacer el desayuno y a volver a unir las dos bater�as (lo que se conoce como rel� a manubrio ;D ), me encontr� con el pastel: todo el motor estaba inundado de arena.
S�, s�: hab�a arena por todas partes. Incluso �no me dig�is c�mo� hab�a entrado en el colector de admisi�n de la inyecci�n.

As� es que lo primero, con un tiempo de perros, antes de arrancar, para evitar que ninguna part�cula se adentrara en el circuito de alimentaci�n, tuve que desmontar el filtro del aire, el colector y sus tubos y limpiarlos a conciencia de arena: una labor de chinos.
Despu�s, sin que nos vieran, en un autolavado de Pescara, un poco m�s adelante, enjuagamos el motor entero con agua jabonosa. Cosa que en Italia, en aquella �poca, ya estaba prohibido. Fin del problema. Pero menudo susto.
En la misma autopista que nos llevaba hacia el norte por la costa del Adri�tico nos cogimos la Gu�a Roja de Italia, debida a Michelin, y nos detuvimos un buen rato en la meca del fervor del norte: el santuario de la Virgen de Loreto.

El que a la saz�n iba a ser nuestro pa�s visitado n�mero XXI, la Rep�blica de San Marino, nos aguardaba en lo alto, a pocos kil�metros de este desv�o:


Se trata de un peque�o estado independiente, de un tama�o aproximado de dos tercios de la ciudad de Barcelona. Nosotros nos lo encontramos g�lido, nevado, de aspecto medieval y des�rtico, pasado s�lo d�a y medio del plenilunio. Como si hubi�semos retrocedido en el tiempo.



El fr�o h�medo del mar cercano se nos met�a por debajo de la ropa de abrigo como s�lo saben los que viven en invierno en la costa. Nada frena que te llegue hasta los huesos.
En el aparcamiento de la muralla cenamos casi en soledad; despu�s volvimos a Italia a pasar el r�o Rubic�n, en el sentido contrario a c�mo lo hizo por esas fechas (el 10 de enero) Julio C�sar tocandole los huevos al Senado Romano en el a�o 49 aC. El r�o era la frontera entre las Galias e Italia y atravesarlo era una declaraci�n f�ctica de hostilidad.
En aquella ocasi�n, despu�s de que el general, m�s tarde dictador, pronunciara la c�lebre frase Alea iacta est (la suerte est� echada), comenzar�a la Segunda Guerra Civil de la rep�blica.
La nuestra estaba clara: tocaba acostarse en una despejada �rea de servicio de la autopista A14. Y eso hicimos.

12. Rimini (I) � Padua (I)
Unos simp�ticos, o quiz� desvergonzados, ni�os que dec�an ser tanto rumanos como espa�oles :o , nos entretuvieron entre el desayuno y el aseo en el �rea de la autopista. Luego, la cercan�a del lugar, nos anim� a adentrarnos por la carretera estatal S9, que discurre por encima y al lado de la antigua calzada romana conocida como Via Aemilia, hasta la localidad de Imola.
Nosotros no entendemos mucho de F�rmula 1, ni somos aficionados, pero nos acercamos por curiosidad hasta el circuito Enzo e Dino Ferrari donde, por lo que parec�a, se estaban desarrollando algunos entrenamientos. All�, en la famosa curva de Tamburello, perdi� la vida en 1994 el piloto Ayrton Senna un d�a despu�s de que en otra, la Villeneuve, lo hiciera tambi�n Roland Ratzenberger.
Nos pareci� verdaderamente ensordecedor desde la valla de la recta de salida cada paso de monoplazas, alguno de los cuales pudimos captar:

�stos y otros accidentes y los problemas de asfalto e instalaciones determinaron que desde 1997 este circuito ya no se incluya en el calendario de competiciones.
Despu�s de hacernos clientes de una lavander�a (Bolonia est� llena de estudiantes) en via Murri y comer muy cerca de all�, en la pizzer�a El Molino, donde el �nico camarero-propietario, un simp�tico gordito, se mov�a con asombrosa precisi�n haciendo su trabajo, como siguiendo una rutina establecida, impecable, met�dica, pausada pero eficaz... no s�... era para verlo..., pues despu�s de eso, nos aparcamos junto a uno de los hospitales y nos sumergimos en una ciudad gemela de Salamanca, aunque un poco mayor: manejable, bonita, con mucho ambiente, del que disfrutamos a tope, y llena de lugares interesantes como las famosas Torres Inclinadas, que el turismo de masas desconoce un poco.

En el McDonald's de su base malcenamos y con las bicis fuimos de punta a punta...

desde la plaza de Neptuno donde se muestran las fotos de los partisanos ca�dos durante la II Guerra Mundial

hasta esos escaparates donde ya se puede uno asomar al dise�o italiano, marchamo del norte industrial y refinado.

A las diez y veinticinco de la ma�ana del 2 de agosto de 1980 el reloj de la estaci�n de ferrocarril se qued� parado por una tremenda onda expansiva. Hoy ese mismo reloj est� all� para recordarle al mundo que dejar una maleta abandonada llena de trinitrotolueno en la sala de espera no es el camino para resolver ning�n problema pol�tico.


La pared rota de la estaci�n sigue siendo la misma, el suelo sigue siendo el mismo. Uno de esos 85 nombres (hubo tambi�n 200 heridos) es el de una amiga de mi hermano mayor que, casualmente, se encontraba de paso ese d�a en ese lugar. Nunca volver�an a verse.
Con un silencio respetuoso salimos de aquel lugar.
Visitamos tambi�n la feria de muestras y finalmente el edificio central de la Universidad decana de Occidente. La m�s antigua (1088). Luego vendr�an primero la Sorbona de Par�s, los Estudios de Palencia que originaron la de Salamanca y la de Oxford.

Camino de Padua, en un �rea de la A13 dotada de WC, nos acostamos.

13. Padua (I) � Venecia (I)
Hoy tambi�n es plato fuerte. As� es que nos llenamos de energ�as, incluso para el motor del Renault 21, en el �rea, donde nos aseamos y desayunamos fuerte. En la siguiente revisamos las presiones de las ruedas de las bicis que van a hacer igualmente horas extra.
En el precioso centro monumental de Padua,

donde casualmente era d�a de mercadillo,

nos vemos en un rato largo la bas�lica de San Antonio (all� agradecen al santo los favores recibidos como haber salido indemnes de un accidente de tr�fico o haber encontrado novio...),

le cogemos una botellita de licor de grappa a un amigo (esos encargos que siempre te hacen...), pagamos una compra considerable en el supermercado Spar muy cerca de la catedral y, en la salida, pasamos al Decathlon a reponer sprays antipinchazos y hacernos con unos guantes finos de ciclismo.
Como hay atasco de los gordos en la ruta hacia Venecia, nos damos la vuelta a tiempo y seguimos gozando de la ciudad un par de horas m�s. Al final, tomamos definitvamente rumbo a Mestre y Porto Marghera donde aparcamos casi en soledad junto a la Refiner�a en un sucio pol�gono industrial muy poco de fiar... si no hubiera sido porque vimos a un coche de vigilante privado haciendo su ronda. Se par� a unos cien metros, como desconfiando de si �ramos prec�samente nosotros los que est�bamos merodeando por los otros veh�culos estacionados.
Como la mejor defensa es un buen ataque, me encamin� hacia �l y con una sonrisa le pregunt� si era un lugar seguro para aparcar unas tres o cuatro horas por la noche.
� Si es durante ese tiempo, no os preocup�is, que yo estar� por aqu� dijo con un gui�o en un cantar�n italiano norte�o.
Meterse en un parking de Venecia una noche sale como pegarse una buena comilona aqu� en un restaurante. As� es que bajamos las bicis y recorrimos estoicamente, con dos cojones, los cinco kil�metros


del puente de La Libertad, por su acera lateral, a �3�C y una humedad del 95% hasta que pudimos apoyarlas en la se�al de principio de traves�a.

En el piazzale Roma, que es la gran rotonda de entrada a la Serenissima, esperamos unos instantes y tomamos el primer vaporetto, no sin soportar un poco de discusi�n con el ch�fer porque dec�a que eso de llevar bicis no lo ve�a claro. Que si pasaba algo, �l no se hac�a responsable. Agradecimos que no fuera verano, lleno de hordas de turistas abarrotando todos los asientos. En ese caso seguro que no hubieran dudado ni un momento en no dejarnos montar.
Recorrimos de cabo a rabo el Canal Grande y todos sus encantos

hasta que nos detuvimos en la parada de la plaza de San Marcos, por donde apenas pasaban dos o tres personas. Los que ya conoc�is Venecia, casi no lo podr�is creer. Pero as� era: est�bamos solos. Es lo que tiene hacer visitas a las cuatro de la ma�ana en invierno. Por ah� andamos uno de los dos bebiendo en una terraza en completa paz, con las ruedas desperdigadas...

Los cercanos carnavales empezaban a vislumbrarse por los escaparates de las callejuelas,

a cada recodo se respira la decadencia de una ciudad que se hunde sin remedio, un escenario de tramoyas sin sentido, un carnaval de s� misma sin vida propia,

a pesar de los esfuerzos por recuperarla, como estas obras que imped�an ver el teatro de La Fenice, en remodelaci�n tras el pavoroso incendio sucedido intencionadamente el 29 de enero de 1996,

o el dragado peri�dico de los canales para, eliminada el agua, limpiar los fondos.

Cuando sal�amos de la calle donde estaban esos andamiajes, circulando a cierta velocidad, un grupo de tres japonesas que sal�an apresuarada e insesperadamente por la puerta de una casa, se dio uno de los sustos m�s gordos de sus vidas al toparse con lo que menos se puede uno esperar en una calle de Venecia... Bueno, les pedimos perd�n... cuando terminaron de gritar...
Poco a poco deshicimos en bici lo que el vaporetto nos hab�a alejado, pero regresando por barrios distintos, mont�ndonos gratis en las g�ndolas (sab�is que un paseo vale m�s de cien euros) y haciendo, digamos, cosas diferentes, alternativas... sin rayar en la gamberrada.
Cuando llegamos al coche, all� estaba todo como lo hab�amos dejado, pero la luz del alba nos aconsej� retirarnos en un �rea de la autopista A4 camino de la antigua Yugoslavia.

14. Venecia (I) � Skrad (HR)
En las gasolineras anteriores a Trieste, por la carretera estatal S14 vamos sucesivamente desayunando y pas�ndonos por agua como podemos y nos hacemos con mapas de Eslovenia y Croacia.
Los miradores orientados al Sur sobre el mar Adri�tico son muy bellos. La Guardia di Finanza, o sea, los polis de aduanas, andan parando furgonetas por los arcenes. Pero no caemos en ning�n control. De una en otra casilla, acabamos paseando por los bonitos canales y el importante puerto de la ciudad, con abundante poblaci�n eslovena y croata, a pesar de pertenecer actualmente a Italia.

En poco rato nos acercamos a la frontera de Eslovenia, el estado de la ex-Yugoslavia que cultural y morfol�gicamente m�s se parece al norte de Italia. Es un pa�s alpino. Sus guardias fronterizos son amables, no preguntan nada m�s all� de si vamos de turismo y tal... Nos entendemos brevemente en italiano.
Preparamos nuestros t�lares [sic] eslovenos (SIT) comprados en la caja de ahorros del barrio y empezamos a costear, a ir por la costa, empezando a descubrir lugares paradisiacos como esta playa de Izola donde comimos.
Su foto la reutilizamos a�os despu�s para hacerle el tapiz de fondo de la invitaci�n de boda a un cu�ado. En plan cursi, como casi todos esos tarjetones...

Tras muy breves kil�metros aparece de nuevo otra frontera: la de Croacia. Los aduaneros algo menos simp�ticos, pero correctos. No entendemos un pijo lo que nos dicen (no dimos serbocroata en la EGB), pero se ve que son las t�picas preguntas de si llevamos algo raro y a qu� venimos. Un poco de ingl�s est�ndar al dar el pasaporte y listo: V�a libre.
Ahora kunas croatas (HRK)... vamos prepar�ndonos para el siguiente l�o monetario... Mientras cae la tarde y luego la noche en el avance hacia el sur por la pen�nsula de Istria, nos adentramos en pueblos peque�os, por ejemplo, en Vodnjan, cuyo campanario, sin nada de Photoshop, era exactamente as� de pol�cromo:

Y luego m�s civilizaci�n romana: el hermoso anfiteatro de Pula (visto desde dentro) y sus callejuelas mediterr�neas llenas de vida a pesar de la hora.

Retrocedimos un poco por la carretera E751 hacia el norte con el fin de tomar la v�a r�pida 3 que comunica mucho mejor con la capital que si se circula por las interminables curvas de las costas. Como es una infraestructura grande, en uno de los enlaces, junto a Pazin, extendimos el campamento para cenar.
Como hab�amos instalado en la parte trasera inferior del cofre una luminaria orientable empotrada, aunque el sitio fuera oscuro, dispon�amos siempre en el mantel que pon�amos sobre la tapa del maletero de una mesa bien alumbrada en cualquier punto, como los bajos de un puente de esa v�a r�pida, al abrigo de la helada.

En la localidad ribere�a de Rijeka deb�an de ser fiestas o algo as�, porque no era normal que un viernes corrientito de invierno hubiera tanta marcha por las calles. Era impresionante.
Entramos por el lado de la estaci�n de ferrocarril, recorrimos panor�micamente la ciudad


y salimos por el extremo contrario, donde nos esperaba una buena nevada al subir el puerto de Skrad. En un ensanchamiento que hab�an hecho las quitanieves (as� era el lugar a la ma�ana siguiente)

dijimos adi�s al d�a que terminaba.

15. Skrad (HR) � Trieste (I)
Tras asearnos en la gasolinera del puerto, donde repostamos y pagamos con tarjeta haciendo una de aquellas boletas antiguas pasadas a mano con bacaladera de pl�stico (bueno, aqu� en Espa�a algunos todav�a la usan), nos vamos acercando a Zagreb. Es el momento en que vemos la famosa se�al:

Un poco antes del acceso a la zona metropolitana, en otra gasolinera compramos el mapa grande detallado de la capital y nos adentramos en la mara�a de barrios. Uno conduce y otro va mirando las calles y sentidos de circulaci�n... lo t�pico que vemos por aqu� a los coches guiris... hasta que, por no mirar un espejo de �stos,

pudo haber sido �sta la portada de la prensa nacional del d�a siguiente:

Incre�ble la que pudimos armar, colegas. Al salir de la calle Baruna Trenka al paseo Strossmayerov trg nos vino por la izquierda. Un fuerte ruido de campanas me hizo clavar el coche en un cruce y la topera primero y el tren completo nos pas� a dos cent�metros del morro. A punto estuvimos de cagarla del todo. Perdimos el color de la cara en el acto. Desde entonces celebramos nuestro cumplea�os el 22 de febrero: Volvimos a nacer.
Unos metros m�s adelante, en la calle Pavla Hatza, aparcamos en un hueco de los pocos que hab�a, regulado por parqu�metros bastante baratitos.
�Alguno de vosotros deducir�a, all� al lado, al ver GLAVNI KOLODVOR, sin fijarse en que pasan trenes, que aqu� pone Estaci�n Central? El croata es un idioma endiablado de aprender para un espa�ol.

En sus andenes se publicitaba la Coca-Cola local:

A una cuadra de distancia estaba la oficina principal de correos y, como pudimos, pedimos unas postales y unos sellos para mandar a nuestros amigos a un pa�s llamado �panjolska. � Es la manera m�s divertida de llamar a esto que hemos o�do nunca !
Zagreb es una estupenda capital. No es muy grande, pero es bonita, cuidada y con cierto cosmopolitismo, no s�lo por la calidad de sus escaparates,

sino tambi�n por interesantes edificios p�blicos, como este Pabell�n de Arte, que fue uno de los primeros de Europa (1898) constru�dos con piezas prefabricadas (estuvo su estructura dos a�os antes en la Expo de Budapest),

o su barrio financiero.

En el tramo medio del lado oeste del paseo Nikole �ubica Zrinjskoga (los nombres de las calles son para hacerse un master...), en una peque�a pasteler�a llevada por dos chicas tan simp�ticas como ininteligibles, encontramos el dulce m�s maravilloso que en cuarenta a�os me he metido en la boca: una especie de mezcla entre strudel y milhoja con varias capas alternas de hojaldre, pudding de manzana, queso, cereza y crema pastelera. Una pasada-pasada.
No le hicimos foto. Una pena. Pero era algo parecido a esto:

Nunca sabremos ni c�mo se llama ni siquiera si es propiamente t�pico de all�. Pero vamos, volver�amos s�lo por probarlo de nuevo.
Creo que sabr�a llegar hasta esa tienda...
Nos pedaleamos una buena parte de los monumentos y calles interesantes de la ciudad vieja, que est� en la zona alta,

y comprobamos que, como en la catedral se pasa un fr�o negro, los curas tratan de minimizar con inventos el sufrimiento de la parroquia.

Muy cerca del gobierno y de la iglesia de San Marcos, en la calle Cirilometodska (dedicada a los monjes que introdujeron en el Este el alfabeto que lleva su nombre),

nos metimos en una tienda de ultramarinos de las de toda la vida (aqu� las llamamos pan y leche) y, no nos dig�is c�mo, pero salimos de all� pagando la cuenta correctamente y con pan, fiambres, fruta y yogures sin saber nada de croata. En plan mochilero.
Probamos suerte en otra pasteler�a escogiendo algo parecido a ese cielo en la tierra que hab�amos degustado antes. Pero no estaba ni parecido. No se puede tener tanta suerte dos veces seguidas.
Luego, como el Renault 21 ya hab�a cumplido sus 4000 km desde el �ltimo cambio, en un tranquilo pol�gono industrial (ya era s�bado por la tarde) le renovamos su 20W50 mineral. Y quedaba de nuevo en orden de marcha para otro per�odo.
Per�odo que abr�a el triste estadio del regreso a casa. Hab�amos llegado al punto de inflexi�n del viaje.
Zagreb est� sorprendentemente cerca de la frontera eslovenocroata. De modo que en pocos minutos alcanzamos el paso y compramos algunos t�lares en la oficina de cambios con una comisi�n que no me pareci� demasiado alta. Sin problemas con los polis, avanzamos por una estupenda autopista hacia la capital, Ljubljana.

Cuando llegamos, tras aprovisionarnos, en un �rea de servicio llena de autobuses bosnios, de mapas y galguer�as dulces, nos cost� un poco aparcar porque estaban tambi�n estacionadas bastantes toneladas de nieve dura de lo ca�do en d�as anteriores.

Aun as�, las irresistibles buenas pizzer�as callejeras (ya tan cerquita de Italia vuelven a resurgir) y unos pasteles llamados busna (o algo as�) nos dieron de cenar en un s�bado con bastante marchilla por las calles. Que son preciosas. Parece Suiza.



En el �ltimo �rea de la autopista A1, antes de abandonar el pa�s, gastamos todas las divisas en repostar. Luego, cerca nuevamente de Trieste, en otra, nos quedamos dormidos.

16. Trieste (I) � Verona (I)
Comienza un d�a de transici�n y muchos kil�metros. Nos desperezamos y aseamos en el �rea de Trieste, repostamos en otra que no era de esas amarillas de Agip (las m�s caras casi siempre en cualquier pa�s) y, ya con el hambre a flor de piel, comemos a continuaci�n del peaje de Vicenza.
All� dimos unas visitas panor�micas de la ciudad y una paradita para ver las famosas villas del arquitecto Palladio, como la Rotonda.

Y de all�, r�pidamente, hacia Verona, en una tranquila calle de la cual, junto a la Porta Vescova de la muralla, nos aparcamos para lanzarnos a los placeres m�s urbanos de esta interesante localidad, abierta, cosmopolita, plenamente centroeuropea, a lomos de las bicis.

Primero la casa de Julieta, en el 23 de la calle Cappello, donde Shakespeare situ� la acci�n de la historia de amor m�s recordada de la literatura de todos los tiempos,

y donde cientos de enamorados pegan cada d�a chicles sobre los que, a Tipp-ex, inmortalizan sus nombres y fechas se�aladas.
Guarrada que atrae exponencialmente a nuevos pegotes en estratos superiores.

La ciudad es una maravilla para quienes deseen ver obras cumbres del rom�nico lombardo, como San Zen�n

o joyas de dos mil a�os como el antiteatro romano, la Arena,

a cuya vera, un impoluto fast-food de Autogrill no nos dio muy mal de cenar a esas horas.
Rom�nticos puentes y preciosas vistas salpican el emplazamiento de la ciudad sobre un meandro del Adigio. Eso s�: con un fr�o que no era ninguna broma.

Lo �ltimo del d�a fue cambiar el Renault 21 de sitio y colocarlo exactamente a la puerta de la lavander�a de via 20 Settembre. La mejor manera de aparcar a la puerta de algo en horario comercial es hacerlo cuando las plazas todav�a est�n vac�as y no hay que pagar parqu�metros. Ventajas de los campers...
Un silencio, fomentado por los tapones de espuma de poliuretano en nuestros o�dos, nos transport� al mundo de los sue�os.

17. Verona (I) � Cannes (F)
Otra paliza a hacer kil�metros (los d�as se nos acaban) nos toca hoy tambi�n. No sin antes bajar a lavar la ropa a 1.50 m de la puerta del coche. La lavander�a de monedas fue r�pida, eficaz y barata. Y adem�s no tuvimos que pagar el aparcamiento porque por all� no patrullaba vigilante alguno tan temprano. En eso, Italia se parece bastante a muchas zonas de Espa�a: pasamos de todo.
El primer oasis de belleza del d�a lo vivimos en el bonito y alpino lago de Garda. En su ribera Sur, una estrecho istmo

se adentra en las aguas para terminar en una pen�nsula sobre la que se asienta la plaza amurallada de Sirmione. De f�bula. Un lugar donde, por ejemplo, es obligatorio parar los motores de los autom�viles en los sem�foros en rojo.

Hay tanta paz, que los pajarillos se suben a nuestra mesa de la terraza a comerse lo que se cae de los pasteles del caf�...

� Il conto, per piacere� nos dirijimos al simp�tico camarero, antes de continuar pedaleando de vuelta hacia el coche.
Que nos acerc� hasta el sitio donde tuvo lugar el 24 de junio de 1859 la batalla de Solferino (los sardofranceses al mando de Napole�n III ganaron a los austriacos de Francisco Jos� I). La gracia de este sitio consiste en que la carnicer�a fue tan abultada (murieron m�s de 6000 personas y resultaron heridas casi 24000) que en el punto exacto donde est� este monolito

y con el fin de que a partir de entonces existiera un organismo dedicado a paliar el sufrimiento de los heridos de guerra, a Henri Dunant, luego premio Nobel de la paz, se le ocurri� la idea de crear la Cruz Roja Internacional, que tanto bien ha hecho a la humanidad hasta ahora.
Un poco m�s de avance, sin parar en Brescia, nos acerca a comer a Cremona, y a ver su torrazzo, que es el campanario m�s alto de toda Italia.

Ciudad provinciana, estudiantil y, sobre todo, meca de los constructores de instrumentos de cuerda, los luthiers. Aqu� estuvieron los talleres de Stradivarius, Amati o de Guarneri. Y desde luego, hay por todas partes tiendas de violines, violas, violoncelos, contrabajos...

Un profe del colegio donde estudi� me ense�� siendo chaval varias veces un ejemplar de viol�n con el marchamo de Amati. No estaba afinado y ninguno de los dos sab�amos tocar, pero era una joya de museo. Al ver los precios que tienen en Cremona, volv� a valorar lo que tuve entre mis manos.
Aprovechamos para hacer la compra grande de hiper y nos seguimos acercando a casa por Piacenza, plagada de nieblas en invierno, y la circunvalaci�n de G�nova, sin entrar en la ciudad.
Tras cenar en un �rea de la autopista dei Fiori y repostar en la frontera de Ventimiglia, nos acostamos en una de descanso en forma de mirador, a la altura de Cannes, ya en Francia.

18. Cannes (F) � Pas de Oullier (F)
Dada a nuestros cuerpos una presencia digna en los bien dotados aseos del �rea (en inverno da gusto, porque est�n m�s limpios, sin tanta operaci�n salida), nos aparcamos en el paseo mar�timo de Cannes, justo donde se acaba la zona azul, que para eso llevamos bicis: Otra ventaja.
All� estaba el Palacio del Festival Internacional de Cine, no sabemos por qu� rodeado de vallas.

En el paseo por el centro vimos una desagradable escena sanitaria con un anciano infartado con el rostro amoratado yaciendo en la arena de un parque y una legi�n de servicios de emergencia maniobr�ndole con el desfibrilador que emit�a instrucciones vocales para retirarse en cada descarga y haci�ndole estremecer a latigazos el�ctricos. Seg�n se o�a comentar en el corrillo de curiosos que se form�, parec�a que se iba a recuperar.
�Uf! es muy fuerte de ver para los que nos mareamos cuando nos hacen anal�ticas.
Comimos algo por all�, hicimos algunas compras estrat�gicas en la farmacia y alguna envidiosa vista panor�mica de los pantalanes de recreo del Carlton Intercontinental... y reemprendimos la marcha por algunas de las localidades donde m�s pasta se gasta la jet del mundo: St Raphael, St Maxim y, desde luego, St Tropez.


All� paseamos por el impresionante puerto de recreo, al estilo de M�naco o Puerto Ban�s, el cementerio mar�timo y las mansiones, muchas de ellas cerradas, que en verano acogen a la cr�me parisina.
Y nada m�s. Unas calor�as con grasas trans en los aros, en la glorieta de salida a la autopista, y kil�metros hasta la tranquila zona de descanso de Pas de Oullier, a la altura de La Ciotat.

19. Pas de Oullier (F) � St Aun�s (F)
Desayuno en la tranquiliad del gran pinar asomado sobre el golfo de Le�n y un breve desplazamiento a la segunda ciudad de Francia, Marsella. Ciudad canalla y peligrosa donde las haya, portuaria, llena de paro y desigualdades, ca�tica, sucia, pero con una luz indescriptible, cien por cien Mediterr�neo, vida, comida, juventud, clima templado, acogedora de mil procedencias. Es la Barcelona de Francia, si no comparamos sus urbanismos.

Porque el de Marsella es impactante, adocenado, suburbial, feo. En un barrio mediano de la parte alta (av Mar�chal Foch) aparcamos y pusimos todas las medidas de seguridad posibles al coche.

Suavemente, casi sin dar pedales, fuimos entrando por la Canebi�re hasta un centro que nos ofreci� muchas cosas agradables. Aunque la primera fue un susto al chocar por alcance un turismo con otro justo a nuestro lado.
Despu�s de comer por all� y ver la catedral neorrom�nica,


en un animado caf� descubrimos que la camarera jovencita era de Valencia. Y nos aconsej� muy bien lo que tomar.
Lo �ltimo que tomamos al acabar de ver la ciudad fue un poco de gasolina (m�s econ�mica que en la autopista) y por la siempre abarrotada A9, a pesar del tercer carril, alcanzamos casi las puertas de Montpellier a la altura del �rea de descanso de St Aun�s, donde nos acostamos con demasiado ruido.

20. St Aun�s (F) � St Juli� de L�ria (AND)
La actividad fren�tica de la ma�ana nos despierta, nos aseamos en los servicios del �rea, damos un paseo tras desayunar (hay un bosquecillo contiguo) y, finalmente, seguimos camino hacia B�ziers y Narbonne, la capital romana de la provincia Gallia Narbonensis y desde que conocemos el mundillo camper, capital tambi�n de la poderosa cadena de distribuci�n de accesorios, Narbonne Accessoires.
Cerca de all� una intensa lluvia nos sorprende en la autopista justo cuando pas�bamos a la altura de un �rea de servicio. As� es que aprovechamos la inclemencia para comer en un buf� bastante apetitoso, aunque no econ�mico del todo. Que nos dio las fuerzas suficientes para parar a visitar el c�lebre Fort de Salses, con el cielo todav�a amenazante.

El lugar, punto estrat�gico sobre la calzada romana Via Domitia, es un lugar emblem�tico de la catalanidad porque indica el punto m�s septentrional de los Pa�sos Catalans, como recuerda el dicho popular entre Salses y Guardamar, donde en el siglo XIII se encontraba la frontera entre Catalunya y Francia.
Sinti�ndonos ya como en casa, disfrutamos a fondo de la oferta l�dica de Perpiny�, donde pasamos una buena tarde

que acab� con unas cr�pes ricas-ricas muy cerca del Castellet, en este desenfadado local donde os recomendamos pedir la Sup�rieure y la Gargant�a.

Un poco despu�s nos enfilamos hacia Andorra yendo por la carretera de Ll�via, esa villa gerundense, completamente rodeada de territorio franc�s, que se salv� de ser francesa en el Tratado de los Pirineos por un error morfol�gico. Se acord� que ellos se anexionar�an 33 pueblos de la comarca de la Cerdanya, pero Ll�via no era pueblo sino villa, que no es lo mismo. Y qued� excluida del acuerdo y enclavada. As� es que, desde entonces, uno sale de Espa�a por Puigcerd�, pasa por Francia y vuelve a entrar en Espa�a.
Curiosidades que tiene la Historia.

Por cierto: no dej�is de visitar junto a la iglesia la farmacia m�s antigua de Europa. Est� en Ll�via. La visitamos en otro viaje, ya con la Marco Polo, y es muy curiosa.

Luego nos recibe una Andorra ya dormida, a las tres de la ma�ana. Hora ideal para ver muchas cosas bonitas sin agobios.
Nos acostamos finalmente en el aparcamiento del hipermercado-bazar Punt de Trobada, que todo el que visita el Principado ha visto seguramente, porque est� en la misma carretera de Espa�a en Sant Juli� de L�ria.

21. Sant Juli� de L�ria (AND) � Martorell (E)
Lo malo de los d�as finales de un viaje largo es que las cosas que se hacen ya son muy convencionales, como las que puedes hacer cualquier fin de semana.
Nos aseamos en los ba�os del hipermercado y cumplimos el deseo de una amiga, cocinera, que nos hab�a encargado comprarle una m�quina de hacer pasta fresca manualmente. En Andorra, como casi todo es tan barato...
Adem�s de Sant Juli�, estuvimos en Escaldes y nos hicimos con unos sprays de autodefensa, que en ese pa�s son completamente legales de cualquier marca (en Espa�a s�lo algunas). Y tambi�n repostamos y dimos unos paseos por las riberas del Gran Valira

antes de vaciarle el coche al guardia civil de la frontera. Por suerte no vio los sprays, porque la simple tenencia nos hubiera supuesto una multa de 300 �: Es que luego comprobar�amos en una circular interna que la marca que hab�amos adquirido no era de las permitidas en Espa�a por el Ministerio de Sanidad.


En La Seo d'Urgell vimos el avance de las obras del Parador Nacional y tras comer en el desfiladero del Segre (Garganta de Tresponts), nos tomamos el caf� en un bonito sal�n del de Cardona, all� en lo alto.
Tras otra parada en la C16 a la altura de Montserrat, estrenamos los t�neles de Vallvidrera, por los que nunca hab�amos pasado, y nos dedicamos en cuerpo y alma a todo lo bueno que da Barcelona hasta la hora de dormir, que fue bastante tarde en el �rea de descanso de la A7 (actual AP7) nada m�s pasar el peaje de Martorell.

22. Martorell (E) � Madrid (E)
Esto se va acabando, chicos.
Cuando ya estamos como dos pinceles, aseados y desayunados en el �rea de Martorell, pasan los hombrecillos verdes con cara de scanner en su bonito Patrol y no nos ven lo suficientemente guapos como para fiarse. Trago saliva: ahora nos encuentran los sprays... glups.
Se llevan los dene�es a la radio, repasan la filiaci�n dict�ndole al compa�ero de inform�tica los datos... y todo bien.
� Ah� tienen� nos dicen devolvi�ndonos las papelas.
� Esas comprobaciones que hacen Vds por radio... �les digo un poco por curiosidad felina, un poco por aprender ya que estamos, un poco por rellenar esos silencios tensos con interlocutores tan poco rom�nticos� �son para comprobar si la gente tiene alguna anotaci�n en el Registro de Penados y Rebeldes, verdad?
� �Es que tiene Vd alguna cosa pendiente con la Justicia?
� Pues no: Es por curiosidad� miento, pensando en mis sprays ilegales.
� Pues ahora me hace Vd dudar, hombre� se enfurru�a un poco medio en broma� Deme, deme otra vez el DNI...
Y se fue otro ratito al coche a dictar todo de nuevo. Esta vez dando m�s detalles. Para qu� abrir�a yo la boca...
�Todo correcto: c�digo violeta� se oye al de la central.
Cuando nos devuelven todo definitivamente, como dice el refr�n, de perdidos, al r�o... le pregunto que si la clasificaci�n de la peligrosidad va por colores del arco iris, algo as� como
Rojo: terrorista muy peligroso
Anaranjado: terrorista normalito, asesino en serie
Amarillo: asesino del mont�n
Verde: Butroneros y bandas del Este
Azul: Ladrones de bancos de pueblo
A�il: Carteristas y citados por el juzgado que no estaban en casa
Violeta: Ciudadano presuntamente inocente
y el t�o pone cara de saberlo pero no quererlo decir. Eso es dar muchos datos.
� No, nada. C�digos internos. Pueden continuar.
Y hasta ahora seguimos con la duda. �Alg�n forero sabe qu� quiere decir eso de c�digo violeta? Yo empezar�a a dormir m�s tranquilo si lo supiera.
En Cambrils, esa playa reconvertida en familiar desde los a�os sesenta,

nos damos un buen homenaje comiendo en Can Bosch. Viendo la flor que adornaba nuestra mesa

todav�a nos relamemos recordando las huevas de bacalao, el huevo poch� con trufa, la coca con vieira y calamares o el souffl� de avellana y el menjar blanc... uf, qu� rico lo hacen todo.
De tir�n, por Zaragoza, alcanzamos Madrid por la A2 y junto al �rbol de la Casa de Campo, en el sector de la Puerta del Rey donde muchas otras veces hemos dormido, bajo la corteza que tiene trazados nuestros nombres... all� nos dormimos casi al amanecer.

23. Madrid (E) � Salamanca (E)
Y en el �ltimo d�a de viaje, pues lo t�pico: ganas de llegar.
Tras levantarnos bastante pasado el mediod�a, dimos un buen recorrido por la Casa de Campo, que nos sent� de maravilla y cenamos en un sitio en el que ya hace a�os que somos clientes: la Taberna Marinera del centro comercial Planetocio, en Villalba de Guadarrama (Collado-Villalba). En aquel a�o, el negocio todav�a ten�a su nombre anterior porque pertenec�a a la franquicia Arrocer�as Mediterr�neo.
Es que nosotros somos muy arroceros. Nos encantan.
Pasada tambi�n la medianoche, vistas una vez m�s las murallas de �vila a lo lejos,

subimos el equipaje e hicimos las �ltimas anotaciones de bit�cora para que, por ejemplo, hoy, a�os despu�s, uno pueda seguir acord�ndose de todos los detalles.