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Como, a semejanza del diestro de Cartagena, est�bamos tan a gustito, la ma�ana se dedic� a las labores hogare�as en la Marco Polo hasta que la realidad nos hizo comprender que nuestro destino no era permanecer all� eternamente.

Una comida en en el bosque de Hallenstrasse,



la prolongaci�n de Langstrasse; un repostaje donde la gasolina vale menos que el gas�leo;



un estacionamiento en un callej�n secreto donde por arte de magia no est� nada prohibido ni tiene uno por qu� meter monedas donde no quiere; y una visita al ciber, fueron los siguiente pasos de una Berna m�s que animada.

El que quiera saber de este lugar furgoperfecto cuando vaya por all�, que lo pregunte y se lo explico encantado.

La pizzer�a familiar Mappamondo, all� al lado, la �nica de este sector que cierra a las tantas su cocina, nos hizo el favor de darnos de cenar, sin que destacara en especial ning�n plato. Luego a patear el Rosengarten con sus fant�sticas vistas del casco viejo.

La autopista llega a Zurigo, la ciudad de los bancos que todo el mundo conoce por Zurich, por entre enormes barrios residenciales que nos sirvieron para llenar de gasolina. De all� a tomar el �ltimo refrigerio del d�a en el Arboretum, un bonito parque rodeado del puerto de recreo sobre el lago.

Un poco m�s de valor nos lanz� hasta la triple frontera de St Margretten, donde en diez minutos se puede estar en Suiza, en Austria (Bregenz) y en Alemania (Lindau).

El aduanero austricaco, con cara de anuncio de sierras de calar de Leroy&Merlin, se desadormil� con retraso (casi pasamos sin detenernos). Mir� de reojo los dene�es, pens� que ser espa�ol era sin�nimo de cachondeo y a�adi� con sonrisita p�cara:

��Qu�? �A la Oktoberfest, no?
�Pues no. Vamos a Lituania.
��A Lituania? �En coche? �Uf! Bueno, bueno...


Luego pronunci� el conjuro m�gico para evitar el registro:

�Das ist eine Wohnmobil� y el sapo se convirti� en pr�ncipe de repente, como en el cuento de Blancanieves: Nos despach� en un instante.

La dichosa Oktoberfest es un sarao multitudinario al que se entregan los muniqueses durante quince fren�ticos d�as, con sus noches, llenos de etanol, desde el �ltimo fin de semana de cada septiembre.

Como en Baviera, destilado puro de la Alemania del sur, Andaluc�a centroeuropea en su estado esencial, hace todav�a bueno durante las horas de sol, prolongan el gozo del verano en una especie de Feria de Abril sin farolillos, pero con galernas de cerveza, salchichas y repollo �cido.

Como ya hab�amos estado un par de veces en M�nchen, a la que, con gran acierto etimol�gico, llaman los italianos M�naco di Baviera, agotada ya la vista por tantos faros circulando en sentido contrario, nos paramos a dormir en Wangen im Algau, en el coqueto aparcamiento del templo de los testigos de Jehov�, de cuidados parterres florales.

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