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Las estad�sticas:

Veh�culo: Renault 21 TXE 2.0i, versi�n 1986
km totales: 10889
Duraci�n: 27 d�as (del 19 JUN al 16 JUL 2001)
Pa�ses en tr�nsito: 10
Monedas utilizadas (�Una locura!): 9 (ESP, FF, BF, NLG, DEM, LUF, DKK, SEK, NOK; en PL pagamos con tarjeta)
Poblaciones visitadas: 89
Presupuesto �ntegro todo incluido 2 personas 27 d�as: 322000 pta (11926 pta persona/d�a combustible, comidas, compras y extras)

Como veis, esta historia es ya muy vieja. Desde 2001 para ac� han cambiado muchas cosas. Empezando por que tuvimos que llevar nada menos que nueve divisas distintas en bolsitas separadas: parec�amos coleccionistas de El Rastro.

Lo bueno que tiene una historia antigua es lo mismo que tiene un mapa desfasado o un peri�dico atrasado: no est�n al d�a, pero te cuentan c�mo era ese d�a. �Nunca hab�is repasado un atlas de vuestra provincia de hace veinte a�os? �A que parece mentira que todo el tr�fico pesado pasara por determinadas traves�as estrechas? Pues pasaba.

De los tres grandes viajes con los que he tenido el atrevimiento de hipotecar vuestro tiempo, �ste es el m�s largo en distancias. Y fue el m�s rom�ntico y aventurero a la vez porque estuvo hecho con pocos recursos (ni llegaba a los dos mil euros por un mes de todo incluido dos personas) y, sobre todo, por c�mo se hizo: en un simple turismo en la apariencia, pero con ducha, secadora de ropa, horno libre de impuestos, nevera, cama de 2,00 x 1,10 m, armarios, despensa, dep�sito de agua, caja fuerte, televisor en color, maletero y bicicletas en su seno.

Bueno, del pobre Renault 21 y c�mo se camperiz� ya hemos hablado en alguna otra ocasi�n.



Lo primero que hay que decir en relaci�n con muchas de las im�genes que vais a ver es que en 2001, al menos para nuestro entorno, tener una c�mara digital todav�a era un poco cosa de profesionales y de enteradillos de la inform�tica. Y tener un esc�ner no era ninguna ganga. Nos dedic�bamos sobre todo a las diapositivas en color y, desgraciadamente para este viaje, a las copias vulgarotas en papel brillo. Adem�s llev�bamos una c�mara compacta completamente corriente.

Por lo que he tenido que remasterizar las tomas con una considerable p�rdida de calidad. De vuestra liberalidad de miras espero lo sep�is excusar. �Qui�n iba a pensar entonces en webs, blogs y foros?

Suerte que tuvimos la precauci�n de tomar notas detalladas de muchos sucedidos, porque hoy de aquellos cuadernos deslavazados podemos articular un relato con algo de sustancia, en el que, sin m�s pre�mbulos, me sumerjo:



1



Desde luego en un viaje a latitudes europeas subpolares, el desideratum siempre es acceder a Cabo Norte. Pero para tanto no nos llegaba. Ni el tiempo ni la pasta. De hecho, todav�a no hemos ido a ese Fin del Mundo que encierra el mismo magnetismo desde antiguo. Nos conformar�amos con alcanzar todo el sur de Escandinavia avanzando por la fachada atl�ntica.

� Ya iremos en otra ocasi�n, que no se lo van a llevar de all� � nos dijimos mientras, pasada la medianoche del ya 19 de junio, le d�bamos su raci�n extra de fertilizante natural (compostamos en casa los residuos org�nicos) a la huertita de la terraza. Luego un sistema de riego autom�tico por goteo de fabricaci�n casera y una vecina encantadora se encargar�an de lo dem�s durante el mes de los calores.

Estibada toda la carga en los subcompartimentos del cofre portaequipajes,



tomamos la carretera N620, entonces sin desdoblar, hasta la peque�a localidad de Cortes, a las afueras de Burgos, cuyo frondoso pinar nos resguard� de la sofocante can�cula mientras dormimos desde el alba hasta el mediod�a.

A la hora en que la gente decente merienda, nosotros llegamos a un paraje con mesas de obra, en las traseras de un viejo bar de carretera, hoy casi olvidado por el trazado de la nueva A1, entre Altsasu y el puerto vasco-navarro de Etxegarate. Y nos pusimos a comer.

Luego, etapas largas ahora que tenemos las fuerzas intactas, que Noruega est� muy lejos. Entrar y salir de Donostia, que siempre te alegra la vista y el gusto, y un breve pero completo refrigerio en el �rea de Cestas, un poco antes de Burdeos, fueron los pasos siguientes antes de pasar por la bell�sima estaci�n de peaje de La Rochelle que s�lo hace de prefacio del bonito enclave que anuncia.



Justo nos presentamos a la hora en que apetece darse un paseo �fresquitos� por el entorno del Casino. Sin pagar aparcamiento, eligiendo sitio, contemplando el puerto multicolor� superando el carpe diem con algo mejor: el carpe noctem.

Un �rea de descanso poco antes de llegar a Nantes, la patria chica del gran novelista de aventuras imposibles, Julio Verne, nos pareci� lo bastante apetecible para echarnos tranquilamente a dormir de nuevo al final de la primera etapa de la nuestra.

2





Este �rea estaba unos cincuenta kil�metros antes de la ciudad, de modo que cuando llegamos al furgoperfecto parque Proc�, a la altura del viaducto de la calle Bouchaud,



toda la parte del men� que deb�a ir caliente o cocinada ya estaba m�s que lista en el horno autom�tico que tenemos alojado sobre los limpios colectores de escape del motor. Los pod�is ver en el cap�tulo 14� de este brico.



Unas mesas de madera junto al arroyo Ch�zine, frondosa vegetaci�n y el mantel con todo servido fueron el detonante para que el olfato del perrito pijo de una se�ora mayor se decantara por los aromas de la fabada de bote.



El can era simp�tico, pero su due�a parec�a un poco suelta de cascos y, sentada a nuestro lado, le ech� una reprimenda monologada por venir a molestar. Y vosotros dir�is: �qu� hay de extra�o en decirle al perrito: Toby, no hagas eso ? Lo impactante es que le solt� casi un mitin de Fidel, razon�ndole los argumentos. En las pupilas del caniche se reflejaba la mirada perdida de la pobre se�ora.

Llevamos el coche al tranquilo barrio de �le de Nantes al otro lado del r�o Loira (la Loire), y, tomando como cuartel general la zona de la plaza de la Rep�blica, desde all� iniciamos la visita panor�mica a la ciudad con las bicis:

Una gozada salpicada de un pararse aqu� y all�. Escaparates diferentes, gente amable, tiendas preciosas, un caf� en la plaza del Comercio� para rematar la tarde en las afueras, en el bosque de Gaudini�re.

Camino de Rennes, donde dimos unas pasadas generales, cogimos v�veres en un Mc Auto y nos los comimos bien comidos en el �rea de Hil.

Ya muy tarde alcanzamos la abad�a del Mont-St-Michel.



S�lo hab�a un coche aparcado a la puerta, en la parte inundable cuando sube la marea. Pero como al d�a siguiente iba a hacer mucho calor seg�n la prensa consultada, retrocedimos el istmo y en el peque�o poblado que hay en tierra firme encontramos una sombra (bueno, la sombra se proyectar�a por la ma�ana) en los tupidos y tranquilos setos altos junto a unas tiendas.

3





Desayunamos en el coche y luego bajamos las bicicletas de la baca para recorrer toda la lengua de tierra. Y evidentemente cuando llegamos al final de la isla-pen�nsula (seg�n suba o baje el agua) todo el aparcamiento estaba petao: No cab�a un alfiler. Al fin y al cabo estamos �y no es para menos� ante uno de los lugares m�s visitados de toda Francia.

En su consecuencia hay b�rbaras mareas, esta vez humanas, de grupos organizados, bastante desorganizados, que colapsan taquillas, escaleras, rampas, tiendas de recuerdos� hasta tal punto que nos conformamos con un buen recorrido por las partes altas del monasterio-fortaleza, pero sin profundizar en cada atracci�n: uno no puede estar toda la vida haciendo colas.

El lugar bien merece la pena un desv�o en cualquier viaje por Normand�a.

Nuestro sistema de conservaci�n de alimentos en este coche, en resumen, consist�a en llevar bastantes embutidos al vac�o en raciones de unos 150 g, conservas de verduras, pescados y guisos de legumbres, y, para los productos frescos que �bamos comprando a diario (hortalizas, huevos, l�cteos�), una nevera de 12 V de 25 l conectada y cinchada durante el d�a al panel trasero



y de noche a la consola entre los asientos delanteros.



Los primeros productos y el agua para beber estaban siempre situados en la bodega, debajo de la cama que pod�a elevarse como la tapa de un piano de cola. V�ase un poco de jam�n de Guijuelo en primer t�rmino.



Luego, bajada la plataforma y sus faldones de moqueta, pocos podr�an sospechar el contenido.





E iban semi-refrigerados porque la tobera del aire acondicionado expulsa el caudal hacia atr�s y hacia abajo justo cabe el freno de mano.

Y, sin embargo, los frescos se pon�an en la nevera. Para ayudar a la refrigeraci�n por efecto c�lula Peltier, situ�bamos primero un paquete de hielo en el fondo, de �sos que venden en las gasolineras por toda Espa�a pero en muy pocas al norte de los Pirineos.

Ese bloque (o bolsa del super llena de hielos que te han regalado en cualquier bar o restaurante) se cubre con un tupper del todo a cien m�s o menos de la misma la superficie que el interior de la nevera, pero puesto boca abajo con el fin de que cuando empiece a derretirse enfr�e pero no moje los alimentos, que quedar�n as� sobre una econ�mica y eficaz plataforma fr�a.

Pues antes de marcharnos del Mont-St-Michel hicimos la reposici�n del hielo correspondiente al d�a en curso (y el vaciado del derretido anterior) y la compra en el supermercado.

Camino de Caen �donde tambi�n hicimos s�lo una visita panor�mica� una de las ciudades que m�s sufri� (80% destruida) los bombardeos subsiguientes al Desembarco aliado de Normand�a del 6 de junio de 1944, el c�lebre D�a D que cambi� definitivamente el signo de la Segunda Guerra Mundial,



picamos algo e hicimos la colada en la primer �rea de servicio. Naturalmente, sin lavadora, porque el espacio es muy limitado. Pero sirvi�ndonos del viejo truco de las bolsas de basura. Como las que un lustro despu�s llegar�an a determinado chal� de la Costa del Sol, pero sin billetes.

En Francia, adem�s, es muy �til porque la inmensa mayor�a de los WC de las �reas de descanso (m�s discretas que las de Servicio) tienen lavabos con pileta grande, con lavapi�s e incluso con duchas.

Centr�ndose en los lavabos o piletas, no siempre muy limpios, la t�cnica consiste en rajar perimetralmente una de esas bolsas negras y ponerla como un forro por el interior del seno una vez que arrugando una bolsa de asas normal hemos hecho un improvisado tap�n en el sumidero.

Echamos primero sobre la bolsa un detergente potente especial para lavados r�pidos en fr�o, del tipo de Woolite o Norit y luego abrimos el grifo para homogeneizar la disoluci�n hasta que quede una profundidad suficiente para un par de prendas grandes o varias peque�as. Ponemos cinco minutos la ropa a remojo, removi�ndola algo cada poco; aclarar, escurrir y listo. La doblamos en h�medo como para guardar en el armario y directa a la bandeja secadora del motor.



En unos treinta o cuarenta kil�metros queda seca, planchada y con olor a suavizante. Como en casa. Como dicen los pol�ticos, lo prometo por mi conciencia y honor.

El final de la tarde, bicis en ristre, lo pedaleamos por un atestado Rouen, la �ltima gran ciudad que besa el Sena antes de entregar su curso a La Mancha, por Le Havre.



Estaba tan animada (conciertos en las plazas, casetas de comida, mercadillos de artesan�a, pe�a por todas partes�) porque esos d�as se celebran los Festivales de M�sica de Francia.

Pues all� que nos fundimos con el gent�o a probar todo lo que se vend�a por la calle y a subir el �nimo con un buen caf� a los pies de la catedral. Tambi�n vimos la plaza del Mercado Viejo donde a las nueve de la ma�ana del 30 de mayo de 1431 el Tribunal de la Santa Inquisici�n mand� quemar viva a Juana de Arco. Ya sab�is: hay gente que se incomoda cuando piensas diferente� y si encima tienen poder�

Una cena r�pida en un �rea de la autopista A13 nos dej� en Par�s, donde de paso fuimos recorriendo el Bois de Boulogne y los barrios de Trocad�ro y �toile para despu�s divertirnos un poco por Le Marais, en la zona del boulevard de S�bastopol.

Al pasear por el 25 de la avenue Montaigne, se nos fue la vista a la carta de uno de los mejores restaurantes del planeta, galardonado con la m�xima distinci�n posible (tres estrellas y cinco tenedores rojos en la Gu�a Michel�n). Se trata de Alain Ducasse. Si alguna navidad toca algo gordo, pasaremos a dejar los 330 � por cubierto de su gran men�-degustaci�n, vino e IVA aparte.



Mosquitos armados hasta los dientes, tama�o lib�lula, nos merodeaban en el momento de apagar el motor en un sombreado rinc�n de un bonito bosque al norte de la megal�polis parisina. Concretamente en L�Isle Adam, justo en el arranque de la autopista A16, en direcci�n a Amiens.

Cuando mi media naranja, atufado por la tonelada de insecticida con la que prepar� el habit�culo para dormir, ya amanecido, se sali� para dar un �ltimo paseo evacuatorio, tuvo la mala suerte de encontrarse con una patrulla de la Gendarmerie que lo confitaron a preguntas sobre qu� hac�an dos espa�oles durmiendo a esas horas en un bosque tan apartado� Pero la cosa no lleg� a m�s que abrir una puerta trasera y verme a m� en el interior empez�ndome a entregar a Morfeo. Se portaron bien.

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Lo primero que solemos hacer por las ma�anas para desayunar es un buen zumo natural de naranjas o pomelos. Con un exprimidor normal de los de casa (220 V 150 W) conectado al peque�o inversor de 200 W de onda cuadrada (la m�s cutre), con toma para mechero o pinzas, que compramos en Norauto por siete mil pelillas.



Para operar c�modamente, tenemos situado un office, a modo de cocina, en el compartimento motor, al lado del horno y de la secadora de ropa que tiene encima. La parte m�s plana y funcional para no inclinar mucho la espalda est� justo sobre nuestras dos bater�as conectadas en paralelo (75 + 55 Ah = 130 Ah). Es una simple tabla contrachapada y esmaltada en negro que hace a la vez de tapa de las bater�as y de encimera para trabajar con los alimentos que salen del horno.



Pues sobre ella solemos hacer los zumos con el exprimidor.

Alguna vez nos hemos hecho uno con dos cariacontecidos n�meros de la Guardia Civil delante. No se me olvida: fue en la playa de Punta Prima, frente a la Illa de l�Aire, muy cerca de Sant Lluis de Menorca.

Una vez aseados, nos metimos en el Carrefour de L�Isle Adam y a continuaci�n nos comimos la compra en una de las siguientes �reas de la autopista.

Por la que seguimos, circunvalando Amiens, hasta que nos plantamos en Lille, la ciudad donde el arquitecto militar Vauban construy� su obra maestra, paradigma de tantas y tantas fortificaciones cl�sicas: la Ciudadela pentagonal. Vamos: que lo del Pent�gono yankee es una simple copia, para entendernos. No hay nada nuevo bajo el sol, sol�an decir los pensadores antiguos. O, como sosten�a Jorge de Burgos, el monje ciego (y asesino) de El nombre de la Rosa: Todo es una continua y sublime recapitulaci�n.



Esta urbe norte�a y lluviosa, con ese tono gris parduzco que tuvo la r�a de Bilbao en las d�cadas centrales del siglo pasado, antes de su actual esplendor, tiene mucha necesidad de inversiones. Hay un elevado �ndice de desempleo y en la expresi�n de mucha gente se ve el desencanto y la apat�a. Es como cruzarse las miradas en una comarca minera atenazada por los cierres de pozos o la reconversi�n industrial salvaje.

A s�lo quince kil�metros est� Roubaix, la localidad con m�s personas en t�rminos relativos, seg�n las estad�sticas sanitarias francesas, con peor alimentaci�n y sobrepeso. Adem�s, est� lleno de hamburgueser�as baratas. �Ser� casual o causal?

Sin embargo, el viejo Lille, fuera de los barrios, bulle de vida por la noche. Las bicis nos aliviaron el esfuerzo de patearlo todo. Es incre�ble lo pr�ctico que es verse lo principal de una plaza nueva en varias horas a base de pedal. Bueno, y a base de cr�pes de espinacas y pollo, o de salm�n que nos entonaron lo suficiente para alcanzar la frontera Belga, que est� casi al lado, y comprobar con nuestros propios ojos eso que dicen de que las autopistas belgas, iluminadas en toda su extensi�n las 24 horas (por las nieblas, etc), son la principal fuente luminosa del planeta que se aprecia a simple vista desde las naves en �rbita.

Tras sopesar la que menos intranquila nos pareci�, al final pusimos el huevo en el aparcamiento del �rea de Halle, antes de llegar a Bruselas.

5



Antes de marcharnos del lugar, en la tienda de la gasolinera nos hacemos con un mapa actualizado del Benelux con callejeros incluso de poblaciones muy peque�as. Y esto es una pr�ctica com�n que no est� mal observar en los viajes: por muy especializada que est� esa librer�a cartogr�fica que tenemos en nuestra zona, casi nunca tendr�n la variada oferta del vendedor local. Que, adem�s, tiene mejores precios.

En Bruselas estacionamos para todo el d�a en la zona residencial m�s cercana al Atomium. Como era s�bado, vimos dos bodas de novios turcos (etnia muy abundante en B�lgica), en coches descapotables seguidos de un larg�simo convoy de vociferantes y claxoneantes amigotes arrastrando de los parachoques todo tipo de cosas de las que hacen ruido. Nos record� el gag de Miguel Gila, �si no aguantan una broma, que se vayan del pueblo�

Tras recorrer el destartalado interior del enorme cristal de hierro ciento sesenta y cinco mil millones [sic] de veces mayor que el �tomo original,



en un soleado banco a sus pies nos montamos el pic-nic cuyas calor�as nos impulsaron luego con las bicicletas hasta el bullicioso centro de la capital de Europa pasando por el estadio Heysel, tristemente conocido por los sucesos del 29 de mayo de 1985 en que una avalancha de aficionados en los proleg�menos de la final de la Copa de Europa de f�tbol entre el Liverpool FC y la Juventus FC acab� con 39 muertos y 600 heridos.



Despu�s de exprimir los placeres m�s urbanos, volvimos al coche para ir a visitar en el 1110 del bulevar Leopold III, el Cuartel General de la OTAN. Por fuera, claro. Que esa gente no deja entrar a cualquiera�

Y luego en un �rea arbolada de la autopista A1 cenamos, y dejamos el caf� para una coqueta terraza de Amberes en cuya barandilla atamos con toda tranquilidad las bicis, como tantos otros cientos de usuarios, que por aqu� ya son legi�n.

Un paseo por los floridos miradores fluviales del Schelde



y la vuelta al Stadspark, donde hab�amos aparcado la casita con ruedas, consumieron la estancia y prologaron la de Rotterdam, ya en los Pa�ses Bajos, el mayor puerto de mar del mundo despu�s del de Singapur.

Al atravesar el barrio con m�s marcha, ve�amos que a la gente le hac�a mucha gracia la disposici�n que ten�amos en Espa�a de llevar las bicis en el techo, como �nica permitida antes de la reforma del Reglamento General de Circulaci�n. En esta parte de Europa, incluida Francia, hac�a mucho tiempo que estaba regulada la colocaci�n trasera o sobre la bola del remolque, aunque excediera del 10 � 15 % de la longitud del veh�culo.

A remolque solemos ir del progreso, incluso en esto.

La noche del s�bado dio much�simo de s�, como no pod�a ser menos en esta ciudad portuaria tan abierta, cosmopolita y puntito canalla de m�s de 600 000 habitantes.

El cansancio del guerrero lo reposamos en un lugar bastante interesante para campear,





el parque del c�ntrico Museo Boijmans, muy umbr�o y con vistas al c�lebre puente Erasmo, con cuya impresionante estampa delante cerramos los ojos.





6



Camino de La Haya tenemos algunas conversaciones por tel�fono con nuestras familias y amigos en relaci�n con una triste p�rdida personal de nuestro entorno. La vida suele dar estas sorpresas desagradables en cualquier momento.

En una de las �reas del trayecto hago la reposici�n del hielo por el sencillo m�todo de comprarlo en un restaurante. Por aqu� ya es una entelequia que se venda en las gasolineras. En los Mc Donalds y asimilados te lo regalan siempre sin problemas, en los buf�s de carretera suele haber una m�quina de �sas con puerta tipo lavavajillas y una pala de cocina, como las de servirse frutos secos o chucher�as, y puedes ponerte lo que quieras. Cuando �bamos a pagarlo, el camarero holand�s, sorprendentemente parecido a su medi�tico y agraciado compatriota Mark van der Loo,



nos vacil� un poco pregunt�ndonos si �ramos clientes� y luego con carita de �ngel nos dijo que el precio era una sonrisa� ser� por eso que dicen que los neerlandeses saben vender muy bien desde tiempos de la Liga Hanse�tica

�May I buy some ice cubes?
�Are you guesting the restaurant?
�No. But, what is the price?
�Mmmm� A smile� Here you are�


�Qu� gente tan maja!

Viniendo de familia con muchos ferroviarios, suelo dar el tost�n visitando la arquitectura de las grandes estaciones cuando cuadra. Y la de La Haya lo es. All� mismo, al lado, adem�s hay uno de esos parques afables, con lagos y patitos bul�micos que se comieron todos los trocitos de pan que ya no maridaban con la pechuga de pavo.

Un larg�simo carril-bici nos llev� de seguido, primero a la sede del Tribunal Penal Internacional



donde juzgan, entre otros, los delitos de genocidio o contra los derechos humanos cometidos por gobernantes sin escr�pulos, algunos de los cuales consiguen, no obstante, morir en la cama� y, m�s adelante todav�a, a la enorme playa de la ciudad, Scheveningen,



que se divisa tras superar la gran duna costera que protege de forma natural las tierras bajas de los embates del Mar del Norte.

Un poco m�s de esfuerzo y nos pusimos a las puertas de Amsterdam.

Que es una ciudad imposible de definir del todo. Meca de todo. Para�so de todo, en especial de las libertades y la tolerancia universal. Cualquier ambiente, cualquier tendencia, cualquier expectativa tiene cabida, desarrollo y culmen en esta ciudad de ciudades. Busques lo que busques, lo tienes en Amsterdam. Por eso es tan deseada, tan visitada, tan transitada. Y por eso es tan imposible aparcar en ella.

Imaginad la calle m�s apartada de vuestra ciudad. S�, s�: donde no llega el autob�s, donde linda con unos descampados, en el barrio m�s degradado. Imaginad un pol�gono industrial de las afueras, sin viviendas cercanas. Bueno, pues en sus equivalentes de la capital financiera y virtual de Holanda, hay parqu�metros. Y se�ores que pasan poniendo multas y cepos. No se libra ni dios.

Excepto si uno mira m�s en profundidad y descubre el Pol�gono Isolatorweg, junto al enlace S102 de la circunvalaci�n.

La alternativa perfecta a pagar casi 600 [sic] pesetas cada hora. Con sombras, con vigilancia, con paz para dormir. Es nuestro furgoperfecto cuando pasamos por all�. Y los pol�ticos no lo han modificado todav�a. A lo mejor no se han dado cuenta�



Pues eso� all� dejamos el coche con toda tranquilidad, bajamos las m�quinas y por carriles-bici fant�sticos (algunas veces �tipo autov�a, con dos carriles en cada sentido!), aparecimos en el centro en escasos diez minutos, con esa sensaci�n de libertad� como si vivieras all� con todo a mano� sinti�ndote uno m�s, porque en Amsterdam pasa lo que en muchos sitios multi�tnicos de Madrid o Nueva York: si est�s all�, ya eres de all�.

Concretamente lo primero que hicimos fue ir a comprobar, porque siempre nos ha costado creerlo, c�mo es en la distancia corta el c�lebre aparcamiento de bicicletas de tres pisos de la Centraal Station: Una verdadera pasada.



Y despu�s a rodar por los canales:



En uno en concreto os vamos a hacer una recomendaci�n. �Os gustar�a comer en alg�n viaje a Amsterdam en un sitio fino, en el canal m�s c�ntrico, en uno de los hoteles de cinco estrellas m�s selectos (clientes como Madonna o Michael Jackson han pasado por all�) pero donde no exigen ninguna etiqueta, con una atenci�n exquisita, con comida a la vez abundante y creativa, pero sin embargo �para estar en una de las grandes urbes de Occidente� a un precio moderad�simo? Pues �ste es el sitio: el Caf� Roux (conviene reservar). Y, adem�s, el ma�tre es de M�laga.



Nos dieron las siete de la ma�ana entre la cena y todo lo dem�s� y, con el frescor h�medo del alba, volvimos con las bicis al pol�gono donde nos esperaba tal y como lo dejamos ese trozo de acero que quince a�os antes hab�a sido fabricado en la FASA de Valladolid.

S�lo hubo fuerzas para tomar la autopista hacia el gran dique del que se hablar� m�s tarde. En una de las �reas previas nos acostamos, pero antes de dormirnos vino la polic�a a asomarse por las ventanillas, sin pudor. Como no nos vieron muy peligrosos, nos dejaron en paz.

7





El nombre lo dice todo: Afsluitdijk, en holand�s, significa dique que cierra. O lo que es lo mismo, una muralla artificial de 32 km de longitud que evita que el agua del Mar de Wadden, un entrante del Mar del Norte, inunde el lago IJsselmeer, con lo que puede procederse poco a poco a su desecaci�n, como ha sucedido hist�ricamente en otros polder de los Pa�ses Bajos.

Nos impresion� un mont�n recorrer esta maravilla de la ingenier�a mar�tima. Uno puede detenerse en varios puntos con �reas de descanso para ver las esclusas y las diferencias de nivel entre ambos mares (el de Wadden siempre superior, sobre todo con mareas vivas cuando se suma la atracci�n de la Luna).

En una de esas �reas paramos a comer ya entrada la tarde. Y el postre, sentados en terraza �y la compra del d�a� fueron en la universitaria Gr�ningen,



donde no encontramos la lavander�a que buscamos por m�s vueltas que dimos con las de dos ruedas.

Entre Bremen y Hamburgo,



ya en Alemania, fuimos surti�ndonos de mapas zonales y calmamos los institntos de supervivencia m�s de cuchara. Y por fin en una comisar�a de la segunda nos indicaron una lavander�a autom�tica. Tras conocerla, nos acostamos rendidos de una etapa tan larga en el Stadtpark.

8



En el que, bien entrada la ma�ana, nos despertamos con el bullicio.



Pasamos un d�a agradable y soleado de all� para ac� sobre dos ruedas. Comimos al borde del lago m�s interior, el Binnenalster, como vagabundos felices, gozando del ambiente de la ciudad, que en verano se echa entera a la calle. Que el invierno aqu� es muy largo.

Luego volvimos al punto de partida y, nada m�s lavar a fondo el Renault 21, bicis inclu�das, zarpamos para Kiel, m�s al norte, referente de otra gran obra de ingenier�a, el canal



de casi cien kil�metros que une los mares B�ltico y del Norte para evitar la costosa circunnavegaci�n de toda Dinamarca.

Por esa atracci�n incomprensible que tenemos los seres humanos de extasiarnos cuando tenemos masas de agua delante, nos cenamos lo que nos quedaba por la despensa en el embarcadero de recreo del peque�o lago del parque Schreven-Teich junto a un pac�fico grupo de chavales que hac�an un mod�lico botell�n, ya muy escandinavo, con velitas por el suelo y sin dar muchas voces. Por el ambiente m�s mosquitos de los deseados� Tras las ventanas de algunas casas pr�ximas lat�a la vida a la hora de la cena� Nos dio una sana envidia de no estar a la mesa de alguna de ellas�

Rematamos la jornada por la zona peatonal y el puerto perdi�ndonos con nuestras baratas bicis del Carrefour.

No dejamos que amaneciese del todo, pero casi. Llegando a la localidad danesa de Odense, la bruma densa cubr�a los campos, en plan fantasmag�rico, casi transilvano, de no haber sido un sitio tan plano. En uno de los bosques de las afueras de la ciudad, sin salir del coche para no ser pasto de espiritrompas �vidas de sangre (normalmente cuando viajan dos personas siempre le pican a una m�s que a otra�), quedamos profundamente sobaos.

9



Uno de los principales inconvenientes del buen tiempo son los bichitos voladores. Para evitarlos al mismo tiempo que minimizamos la condensaci�n interior al dormir, y desde luego para la ventilaci�n ordinaria, usamos este tipo de cortina



que no es m�s que una moqueta doble, con la forma del lado interior del cristal, cuya plantilla hemos sacado con una cartulina. En ambas piezas se recorta un rect�ngulo horizontal coincidente largo y estrecho. Y, antes de pegarlas entre s� con cola de contacto, se pone dentro otro rect�ngulo, un poco mayor, de tela mosquitera.

As� queda prisionera e inamovible, dentro de esta cortina opaca y semirr�gida que permite incluso abrir un poco la ventanilla tintada (imagen inferior) para faciliar la entrada de aire sin miradas indiscretas.

En los despertares por la ma�ana, cuando en el coche se ha acumulado ya un poco de calor (sobre todo si no se est� a la sombra), este m�todo alivia much�simo porque se establece una corriente fresquita entre las dos oquedades.

En tales circunstancias nos desayunamos aquel d�a antes de buscar otra lavander�a para lo que nos qued� del anterior. Y encontramos �sta en una esquina cerca de la carretera de traves�a:



�Alguno de vosotros intuir�a que la palabra t�rretumblere significa centrifugar y vaskemaskine es una lavadora? �Os hac�is cargo de nuestra zozobra espiritual, ropa sucia y monedas en mano, para enfrentarnos por primera vez con una lavander�a danesa?

Suerte que una chavala llegaba con su bici y nos explic� en ingl�s mientras despachaba la ropa lo necesario para familiarizarnos.

Luego nos echaron de comer en el Mc Donalds del centro, nos embutimos unos helados con espectaculares toppings derramados por encima, y fuimos enseguida a ver la casa del cuentista m�s famoso del pa�s. �A qui�n no le han contado de peque�o el del Patito Feo? Pues lo escribi� su m�s ilustre vecino Hans Christian Andersen.

Que, como suele pasar, no es profeta en su tierra. Porque, al peguntarle por d�nde se iba a la que hac�a la colada, nos hizo un gesto de aburrimiento poni�ndose la mano en la boca abierta y separandola un poco alternativamente mientras articulaba un bostezo imaginario.

Un largo puente colgante, que anuncia, con ser �l ya bastante espectacular, el que se describe m�s abajo, nos llev� de la isla en donde est� incardinada Odense, hasta la de Copenhague a cuyas afueras estacionamos. Con bici nos recorrimos primero un ciber, algunas compras en tiendas de conveniencia (Seven eleven), el centro �no excesivamente deslumbrante�, caf� y pasteles junto al palacio real, un paseo por el parque �rsteds� y la min�scula y mal contextuada Sirenita, no por rid�cula menos frecuentada. Aunque la gente no suele inmortalizarla con esas horribles naves portuarias de fondo.



Y en unos minutos cumplimos un largo sue�o concebido hace meses� llegar a Escandinavia sin ferry.

En realidad fue ese impulso final que nos decidi� a acometer este viaje. Si nos hubi�semos dado la vuelta aqu�, ya hubi�ramos tenido las expectativas cumplidas. Est�bamos en el �resundsbron, previo pago de algo m�s de �mil durillos! de peaje.



Todav�a no hab�a pasado un a�o completo (fue el primero de julio de 2000) desde que los soberanos reinantes Margarita de Dinamarca y Carlos Gustavo de Suecia se dieran la mano en el centro de este colosal ingenio cuyas proporciones asustan a cualquiera: una autopista y un ferrocarril de v�a doble de diecis�is kil�metros de largo que atraviesa el estrecho de �resund a una altura m�xima de 57 metros de la superficie marina y con un vano central, atirantado por cables, de casi medio kil�metro de luz, y con pilares que suben hasta los 204 metros.

Una barbaridad que no se cree hasta que no se siente el viento en la cara all� mismo.

Sale uno de Copenhague, se sumerje en un t�nel de tres kil�metros y medio (para que pasen por encima los barcos muy altos) y emerge de nuevo en una isla artificial que es el verdadero arranque del puente. Cuando acabas de atravesarlo, ya en Malm�, est� el peaje y, en nuestro caso, un polic�a sueco muy simp�tico que nos pregunto literalmente qu� hac�amos all�.

� Queremos conocer Noruega� bast� para que nos dejara pasar sin m�s historias.

Aunque eran como las cuatro de la ma�ana, parec�an ya las nueve por la elevada latitud y por el mes del a�o. Aunque no conseguir�amos llegar hasta el c�rculo polar �rtico en cuyas inmediaciones ya puede verse el sol de medianoche durante la mayor parte de la temporada que rodea el solsticio de verano, s� pudimos comprobar el curioso fen�meno del alba de medianoche. Es decir, no llega a hacerse completamente la oscuridad sino que al menos hay siempre esa cantidad de luz caracter�stica de la hora anterior al amanecer. Luego en invierno se fastidian y les pasa justo lo contrario: que casi no ven la luz en todo el d�a.

Con estas fotopeculiaridades nos fuimos a dormir, tras comentar nuestra posici�n a los m�s allegados por tel�fono, en el primer aparcamiento posible de la carretera.

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Los suecos son gente peculiar. Igual que es muchas veces dif�cil de entender su cine, es costoso acostumbrarse a conducir en sus carreteras, la mayor�a de un carril por sentido, entre otras cosas porque tienen poco tr�fico y no hace falta m�s.



Normalmente existe una plataforma ancha con dos arcenes cuyas marcas longitudinales son siempre discontinuas. Adem�s se circula con la luz de cruce todo el d�a. Pero lo m�s curioso de todo es el modo de adelantar, que se estila tambi�n en otros lugares como Lituania o Portugal: el precepto del c�digo que dice que hay que facilitar el ser adelantados se lo toman al pie de la letra.

Cuando un veh�culo se te acerca con clara intenci�n de hacer esa maniobra (se te pega al culo) hay que meterse casi completamente al arc�n (por eso se separa con discontinuas) mientras eres adelantado. Sin importar, por supuesto, que est� sucediendo lo mismo en el sentido contrario. Y se junten cuatro coches a la vez, por poner un ejemplo. Lo vimos en directo varias veces.

En Portugal es lo mismo, pero a casi nadie le importa c�mo sean las rayas del suelo. Glups.

Una vez aseados y comprados unos mapas, con este estilo de conducci�n nos acercamos al supermercado de Markaryd donde hicimos la compra grande de comida y bazar, en la carretera de Estocolmo. En el �rea de Lagan comimos; pasamos la tarde de viaje en esta larga etapa; cenamos en otra con Mc Donalds y, por fin, avistamos la capital. Que nos recorrimos a pedal de cabo a rabo parando en un mont�n de atracciones como el Ayuntamiento o el Palacio Real,



y acabando en el centro m�s futurista donde hicimos fotos malas como �sta:



No nos perdonamos no haber ido a ver el Konserthuset, donde cada diez de diciembre se entregan los Premios Nobel (excepto el de la Paz, que se concede en Oslo), sencillamente porque no lo sab�amos. Da un poco de rabia

De all� hasta muy cerca de la capital universitaria de Suecia, Uppsala. En el aparcamiento de uno de sus centros comerciales nos acostamos bajo las frondosas y bajas ramas de un �rbol lleno de hormigas. Bueno, lo de las hormigas lo supimos al despertarnos cuando una embajada de ellas empez� a venir a saludarnos dentro del habit�culo� habian conseguido colarse por alguna rama que tocaba las bicicletas

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Cumplida la limpieza personal y, en esta ocasi�n, el fumigado completo del coche, nos acercamos mucho m�s al centro, junto al canal. Desde all� exploramos muy c�modamente la universidad,



la catedral



y la oficina de Correos para mandar unas postales a los nuestros desde esta ciudad tan similar a la vieja Salamanca estudiantil.

Y por delante una largu�sima etapa



bordeando por el norte el inmenso Lago V�nern (casi la superficie de toda la provincia de Alicante). En ese recorrido nos dio tiempo a todo: Comer en un �rea con vistas a este mar interior; tomarnos el postre en otra con Mc Donalds (ya sab�is, esos helados baratitos�); cenar en otra donde vimos un lap�n loco, o sea, un se�or tipo vagabundo de los que hablan solos, y con rasgos faciales de ser de Laponia; repostar y comprar m�s mapas ya a las puertas de Oslo

Un poco de placeres por la capital que se pronuncia y escribe igual en casi todos los idiomas, y a las cinco de la ma�ana, por supuesto completamente de d�a, a dormir tras darle una visita panor�mica en coche.

Una tranquila �rea de descanso de la E16, la carretera de Bergen, nos sirvi� para dormir.

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Esta fugaz excursi�n, monogr�fica de fiordos, transcurri� por paisajes indescriptibles. Es donde m�s fotograf�as tomamos de todo el recorrido.

El campo al principio constaba de bonitos bosques y praderas, muchas veces cubiertas de flores,



�reas de descanso (comimos en una de ellas) con techitos de cuento,



e iglesias de madera,



alguna de las cuales, como �sta del siglo XII en Borgund, son verdaderas joyas arquitect�nicas.



Por el camino, jalonado de pretiles bionda con m�stiles tambi�n de madera



que superan nuestras viejas discusiones sobre lesiones a motoristas entre el perfil met�lico en I o en C, una sucesi�n de estampas inolvidables como este embarcadero con el techo de hierba





o cascadas de todos los tama�os.





Como si fuera un paisaje lacustre escoc�s.



Detr�s de cada t�nel, en alguno de los cuales nos metimos destrangis



con las bicis para hacerle fotos a los escasos coches, aparec�a un universo cada vez mejor, con cruceros de turistas (se ve uno ah� al fondo) por profundos valles hundidos llenos de agua del mar, a veces adentrados hasta �200 km! desde la costa.



En algunas casas, como objeto decorativo de los jardines, se ponen mu�ecos de tama�o humano que desde lejos parecen gente normal,



y en las ventanas de muchas viviendas hay siempre (aunque no sea navidad) una peque�a lucecita o vela encendida tras los cristales. Es una gozada de detalles�

�sta es la foto m�s septentrional que hemos hecho nunca. La tom� en el Fiordo Sogne (de Los Sue�os, literal y justamente):



En este preciso momento llegamos al ecuador del viaje con esa pena de empezar a volver� Nos abrazamos (la foto que nos hicimos con el autom�tico no la pongo, que es un poco empalagosa), tomamos una peque�a piedra del camino por el que nos hab�amos alejado con las bicis� y hoy la tenemos en un sitio destacado en casa, como recuerdo de aquel lugar m�gico.

Y m�gico tambi�n iba a ser el tr�nsito de veinticuatro kil�metros y medio por el Laerdalstunnelen, tambi�n reci�n acabado el a�o anterior, por el que reemprendimos el descenso de nuevo hacia Oslo. De repente, sin sospecharlo, nos hab�amos metido nosotros solos (ni un solo coche pas� a esas horas en ninguno de los dos sentidos) nada menos que en el tubo carretero m�s largo del mundo.



La sensaci�n no es de agobio, sino de terror. Contribuyen a ello los numerosos carteles que te indican: le quedan 23 km para la salida� le quedan 22 km� le quedan 21�

A 5 km de cada boca, y tambi�n en el centro (foto superior), hay sendas c�maras de inversi�n de giro, abovedadas en la roca, para que en caso de problemas puedan maniobrar los veh�culos pesados.

Y claro, cuando no lo sabes, como en nuestro caso, esa luz azulada te parece lo m�s raro que has visto nunca acercarse cada vez m�s en el interior de un t�nel. Y sucede tres veces�

Para haceros una idea m�s pl�stica, imaginad el t�nel de Viella (5173 m), estrecho y claustrof�bico� pues s�lo un poco mejor es el de Laerdal. Y adem�s, tras recorrer esa distancia s�lo habr�amos llegado a la primera de las c�maras, nos quedar�a entonces m�s del doble para llegar apenas a la mitad del recorrido� no es apto para todos los p�blicos.

Cuando acabamos de pasarlo ser�a la una de la madrugada. Pero mirad qu� luz hab�a en el cielo. Eso es el alba de medianoche que dijimos antes�



Cenamos a esas horas intempestivas, cambiamos el aceite mineral al coche cerca de Gol, en una gasolinera provista de contenedores ecol�gicos (lo sol�a hacer cada 4500 km) porque ya le tocaba desde que salimos de casa, y all� mismo nos acostamos pesarosos de no haber aprovechado este inventito



que hab�amos visto por la tarde hac�a unos 100 km, cerca de una de las cascadas que se han mostrado antes. Pero, aunque estaba en una finca medio abandonada y abierta, no nos quisimos exponer a alg�n problema legal si nos pillaban metidos en harina en un sitio privado. Prefer� tirarme debajo del coche, pero en un sitio permitido. Que las leyes noruegas son como las suizas: Te pueden joder las vacaciones en un segundo.

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Hecho un desayuno-comida r�pido en otro �rea de descanso, ya muy cerca de Oslo, entramos en la capital viendo un poco todo lo que nos hab�amos dejado al pasar hac�a dos d�as: el Palacio Real donde vive la Mette-Marit,



la Catedral,



o una cosa que os resultar� muy familiar a todos los canarios: una calle dedicada al multimillonario industrial naviero noruego propietario de la l�nea de ferries interinsular Fred Olsen.





En Bella Italia, una pizzer�a desenfadada y muy frecuentada por gente de nuestra edad, nos atendi� un chico chileno con el que agradecimos comunicarnos en la lengua de Cervantes, aunque con esa facilidad que tienen en el Cono Sur para no encontrar la medida justa del discurso, nos solt� �sin ped�rsela� una perorata antiglobalizaci�n, muy cierta pero muy dilatada�

No en vano estaban muy recientes �de un par de semanas antes� las 500 detenciones que practic� en G�teborg la polic�a sueca el 15 de junio de 2001 contra los 20000 manifestantes que protestaban a prop�sito de la Cumbre sobre Desarrollo Sostenible entre la Uni�n Europea y los Estados Unidos de Am�rica. Recordar�is el triste final del Mc Donalds de la ciudad�

En otro �rea m�s de descanso, muy cerca ya de Gotemburgo, que es como la llamamos en castellano, nos entr� el sue�o y dejamos la batalla por unas horas.

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Los jardineros que cuidaban del aparcamiento nos despertaron con la serenata de sus cortadoras de c�sped. Y adem�s nos llamaron la atenci�n, unos instantes antes de abandonar el lugar, porque ten�amos el motor encendido m�s de dos o tres minutos mientras nos prepar�bamos�

Nos dieron en la oficina de turismo, plantada en medio de la zona de merenderos, unos planos de la ciudad e informaciones muy �tiles para sacarle provecho a la visita.

El impacto de tanta conciencia medioambiental nos hizo olvidar un peque�o detalle: cerrar bien el cofre portaequipajes antes de arrancar. Donde, adem�s de los maletines de pl�stico con la impedimenta, iba la fruta fresca.

Menos mal que unos centenares de metros despu�s del pasar el carril de aceleraci�n de la autopista, un coche que nos segu�a nos avis� pero para entonces el arc�n sueco estaba ya sembrado de nuestros melocotones y naranjas y otros objetos que tuve que recoger apresuradamente� antes de que siguieran rodando por la calzada� �qu� situaci�n!

Despu�s dimos un buen paseo panor�mico con el coche por los alrededores de la ciudad: Vimos el auditorio Scandinavium donde se celebr� la XXX edici�n del Festival de la Canci�n de Eurovisi�n. All� mandaron a Paloma San Basilio con su tema La fiesta termin�, que qued� en un triste 14� lugar.

Y luego decidimos aparcar para movernos con las bicis en un lugar que nos pareci� seguro: al lado de la garita de enclavamientos del final de la playa de v�as de la estaci�n de ferrocarril. El ferroviario estaba dentro y su coche aparcado debajo. �Qu� mejor lugar, aunque un poco solitario?

El malogrado Mc Donalds del complejo comercial Norden todav�a ten�a las huellas de la batalla campal del 15 de junio en sus cristaleras. Pero estaba funcionando. As� es que all� malcomimos y, helados en mano, fuimos recorriendo las bonitas calles del centro.

Cuando volvimos de nuevo al apartado extremo de la estaci�n, el coche y su funcionario ya no estaban. El nuestro tambi�n estaba. Por suerte intacto. Pero al lado dos t�os estaban hurgando en el maletero de un tercer veh�culo sacando peque�os objetos del interior de entre los revestimientos de moqueta, herramientas y alguna bolsa. Estaban muy afanados en ello cuando sigilosamente nuestras bicis llegaron al lugar, pasado el mediod�a.

Ellos ni se inmutaron. Eran profesionales. Siguieron desvalijando. Luego se fueron caminando tranquilamente con todo el bot�n dejando el coche sin cerrar. �Madre m�a!, �qu� cerca lo tuvimos!

Dudamos si avisar a la polic�a y tal. Pero �qui�n explica todo eso en sueco o en mal ingl�s? �Qui�n pierde medio d�a de vacaciones en algo que ni siquiera sabes si te va a salpicar de alg�n modo?

�Mejor v�monos por si acaso� fue la soluci�n final.

La tarde que pudo haber transcurrido declarando como buenos ciudadanos en una comisar�a, la pasamos en el IKEA local. �Qu� mejor IKEA que uno de Suecia? Por all�, en una gasolinera y en un supermercado cercanos nos acabamos de gastar las coronas que nos quedaban y, de nuevo a trav�s del costoso puente que une Malm� con Dinamarca, nos plantamos otra vez en Copenhague.

Como el hombre es el �nico animal que tropieza dos veces en la misma piedra, en un barrio de la capital, despu�s de utilizar una gasolinera en la que un coche con matr�cula de M�laga pasaba por el autolavado, al salir y dar una curva de 90�, otra vez un mel�n (que qued� para el arrastre) y varios objetos m�s se salieron del cofre mal cerrado y quedaron esparcidos por la calle. �Pod�is ver el estupor en nuestras avergonzadas caras? Esto s�lo nos pasa a nosotros� �qu� bochorno!

Igual que pasa en la Gran V�a de Madrid, donde se inaugur� en 1981 el primer Mc Donalds (en el tramo entre Callao y Pza. Espa�a), en Copenhague tienen tambi�n el restaurante decano del pa�s. All� cenamos y retrocedimos despu�s de pasar otro rato por la urbe hacia Odense. Unos 80 km antes de llegar, nos acostamos.

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Tras asearnos en el �rea de descanso, como ya le hab�amos cogido el punto a la lavander�a el d�a de la ida, aprovechamos para repasar la ropa grande (toallas, s�banas�) y los encantadores dulces que se ofrec�an por los escaparates.

Ya en Hamburgo, adonde conseguimos llegar despu�s de hacernos la comida en un soleado merendero de la autopista, nos distendimos por las calles del centro. Cuando hace poco que has estado en una ciudad, como nos pas� aqu�, parece que has ido un mont�n de veces, las cosas te suenan, casi como si fueras de all� de toda la vida. Recuerdas d�nde dan buen y mal caf�, d�nde las tartas son m�s ricas, qu� barrios no te convienen�

Hasta bien entrada la madrugada nos afanamos en aprovechar que la vida son dos d�as. Volvimos en bici a la calle donde hab�amos estacionado, muy cerca de la explanada donde actuaba esa noche el c�lebre Cirque du Soleil, que gasta un espectacular montaje, como ya sabr�is.

Camino de la capital del pa�s, cenamos en un aparcamiento de la autopista, vimos el pavoroso incendio de un cami�n en la calzada contraria (ya asistido por los servicios de emergencia), y nos acostamos cerca de Berl�n.

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Con otra plaga b�blica de bichitos de seis patas que nos cayeron por la noche de un �rbol pagamos el precio de amanecer a la sombra, pero los eliminamos con facilidad antes de ponernos a comer pasada la circunvalaci�n de Berl�n, donde compramos un mapa de Polonia que nos sirvi� hasta el viaje que hicimos en 2006. De all� fuimos por Frankfurt del Oder hasta la colapsada frontera polaca



donde nos toc� esperar casi cuarenta minutos antes de sellar el pasaporte.

En el Intermerca de Slubice hicimos una compra barat�sima pagada con tarjeta porque no hab�amos comprado Zlotys polacos. A la puerta, varios pedig�e�os mendigaban un poco de ayuda a los clientes que pas�bamos.

Nuestro primer encuentro con la lengua en los botes de comida de los estantes nos confirm� que todo es casi igual en todas partes, pero escrito un poco distinto. Nada m�s.

Al continuar hacia la hist�rica localidad de Kostrzyn, tambi�n en la frontera germano-polaca, pero m�s al norte, hicimos un giro hacia una calle que no era la correcta. Entonces dimos la vuelta �imagino� infringiendo alguna norma y la polic�a que ven�a en sentido contrario debi� de pensar que la quer�amos eludir o algo as� y nos persigui� con gran revuelo de sirenas. Al adelantarnos, el que iba a la derecha sac� una paletina de pl�stico que ofrec�a hacia nosotros un punto rojo muy gordo. As� es que nos paramos.

Luego nos echaron una bronca en polaco y les explicamos en ingl�s y por se�as ad�nde quer�amos ir. Les debimos de inspirar algo positivo porque nos fuimos de rositas con el mismo saldo en la cuenta.

Vueltos a Alemania, de nuevo hacia Berl�n, cenamos en un aparcamiento extra�amente lleno de abejorros. En la extensa conurbaci�n, que ocupa un enorme c�rculo de 30 km de radio, dimos una larga visita panor�mica antes de acostarnos en un rinc�n del Tiergarten, el enorme y c�ntrico pulm�n de la ciudad.



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Berl�n es imposible de ver en dos d�as. As� es que toca vista general. En otra ocasi�n ya profundizaremos m�s.

Como primera providencia, nos dimos un buen paseo en bici al barrio de Charlotenburgo y comimos sentados en la hierba de los jardines del palacio.



Y luego una visita al parlamento alem�n, el Reichstag,



que estaba reci�n reinaugurado tras la reforma que en 1999 le hab�a hecho el prestigioso estudio Foster&Partners. Lo m�s impresionante, tras subir en un ascensor transparente



es la c�pula, desde la que se ve cenitalmente el grader�o de los diputados, compuesta de un sistema de espejos



y una doble rampa en espiral



para subir y bajar de la parte m�s alta sin soluci�n de continuidad.

Un poco m�s all�, pasando una Puerta de Brandenburgo completamente tapada por reformas (y con las columnas metaf�ricamente juntas),



nos subimos a este globo aerost�tico atirantado. Es decir, no era un vuelo completamente libre



sino sujeto por un cable de acero.



Una vez se agotaba el tiempo de vuelo, un potente motor asociado a un torno retra�a el cable hasta que el chisme volv�a a bajar.

Lo interesante de esta atracci�n tur�stica son las extraordinarias vistas de la ciudad, que es completamente plana. Puede verse en primer t�rmino el Ministerio de Hacienda y la explanada (abajo a la izquierda) donde estuvo antes de su desmantelamiento el b�nker de la Canciller�a donde se suicid� Hitler el 30 de abril de 1945 cuando las tropas rusas estaban ya a 300 m del lugar durante el asalto final a la capital.



Y un poco m�s all�, la zona del parlamento que acab�bamos de visitar.



Tambi�n puede divisarse todo el antiguo Berl�n Este, en donde est� la torre de la televisi�n



y las obras del Edificio Sony.



En el 11 de Martin-Luther-strasse, cuando ya nos cansamos de ir de punta a punta de los barrios, nos enfrentamos victoriosos a los saciantes men�s italianos y a las birras de la Pizzer�a Santo Spirito, en la que adem�s eran muy amables.

Al salir de la ciudad por la largu�sima avenida Bismarckstrasse, paramos en un cajero autom�tico de Sparkasse a por efectivo. No nos dio en dos ocasiones los 40 marcos que le ped�amos. Y adem�s no nos entreg� recibo escrito (s� por pantalla) de que la operaci�n se hab�a anulado. Probamos con otra tarjeta y s� hubo �xito.

Como aquello me oli� a chamusquina, tom� nota del nombre del banco, la direcci�n y la hora. Y lo agradec� al volver a casa, porque en los extractos me hab�an cargado tres veces la operaci�n (�y se quedan tan anchos!). Hubo que abrir un expediente internacional de cargos disputados en el banco del barrio y, al cabo de varios meses, me lo devolvieron sin pedir perd�n ni nada. Ellos son as�

Al llegar a la circunvalaci�n de la autopista A9 a su paso por Leipzig, no pudimos m�s y nos retiramos.

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Los magn�ficos ba�os del �rea de servicio nos sirvieron perfectamente para el aseo y en otra, ya de la A5, paramos a comer bajo unos c�modos techitos. Durante uno de los repostajes avanzando hacia Frankfurt am Main (la urbe financiera de Alemania y sede en breve del Banco Central Europeo) conversamos con unos gallegos afincados en Bizkaia.

Tras aparcar en las afueras, nos lanzamos al centro con las bicis y, casualidades de la vida, que es un pa�uelo, saludamos por la calle a un viejo conocido de Bilbao.

El tiempo atmosf�rico se complica por momentos durante la visita a la ciudad: se siente la bajada de presi�n, se masca la tormenta (momento de esta instant�nea)



y tenemos que salir huyendo, ya bien calados de agua, hasta donde hab�amos aparcado.

Un d�a un poco feo. Estropeado por la lluvia. Cenar en otra parada de la autopista y dormir un poco m�s adelante, camino de la antigua capital federal, Bonn, cuna de Beethoven.

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El �rea de servicio donde hab�amos dormido ten�a un atractivo buf� lleno de salchichas. �Y d�nde mejor que aqu� para probarlas? Pues eso: comimos c�modamente y aprendimos una lecci�n: cuando uno aparca de forma que hay que salir marcha atr�s, es mejor recordar qu� hay detr�s.

No hace falta explicar ad�nde fue a parar la farola que hab�a justo al lado del maletero� Con lo que duelen los palos de chapa cuando estimas un poco tu b�lido, aunque sea corrientito�

Con la pena en el alma y el bollo en la carrocer�a, nos hacemos clientes, con varios vecinos j�venes m�s que andaban a lo mismo, de la lavander�a



que hay nada m�s entrar a Bonn por la calle Reuterstrasse, junto al enlace 7 de la autopista de circunvalaci�n A565, en el barrio de Poppelsdorf. Es tradicional que estos establecimientos suelan estar haciendo esquina. Y �ste lo estaba.

En cuanto lavamos y secamos en el propio local nos acercamos a Colonia, que est� a tiro de piedra. Es la ciudad con m�s marcha del pa�s. Y en tema de libertades, apertura y vanguardia, es como un Amsterdam a la alemana.

Adem�s es un lugar muy bonito.



En un concurrido local nos quitaron 100 DM al descuido. Pero no fue nada que no pudiera remediarse. En su consecuencia, cenamos baratito en el Mc Donalds en vez de en otro sitio y planchamos m�s tarde la oreja en la autopista que lleva hacia Luxemburgo para olvidarnos de la pena.

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Yendo hacia el Gran Ducado, est� Trier, o Treveris como tambi�n se la conoce. C�lebre sobre todo por la magn�fica puerta de su muralla romana: la Porta Nigra,



que nos recorrimos junto a su pujante comercio con las bicicletas, antes de volver a la carretera a comer en un simp�tico buf�.

Ya en la capital vimos por primera vez en un escaparate un dispensador de monedas para tiendas con el formato de los futuros euros. Nada de extra�ar en un sitio volcado con todo lo que huela a dinero. Bueno, de hecho, paseando por el elegante barrio de las embajadas, vimos un despacho de abogados o algo as� cuya placa dorada dec�a: fulanito de tal, Administrador de Fortunas. Acojonante la pasta que debe de moverse por aqu�

Hicimos un poco el indio, como veis, meti�ndonos en los jardines p�blicos como adolescentes de excursi�n con el instituto



y vimos una exposici�n al aire libre de vacas doradas



Luego, en un apartado rinc�n de la ciudad encontramos gracias a la Gu�a Roja un restaurante llamado La Cascade, hoy ya desaparecido, en el que estuvieron muy ricos tanto el pato como un risotto de setas.

Compramos algunos accesorios curiosos para el coche en la �ltima gasolinera, para gastar los francos belgas (de curso legal tambi�n en Luxemburgo), y pasamos de nuevo a la Alsacia-Lorena francesa para dormir en una estupenda zona sombreada de la autopista a la altura de Metz.

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No s� por qu�, pero dormimos como nunca esa noche. Con mucha paz, sin calor por la ma�ana, sin sobresaltos�

En el hipermercado Cora de Verdun, cadena que pasa por ser probablemente la de mejor relaci�n calidad-precio de Francia, hicimos la compra grande de la que descontamos la comida en la siguiente zona de descanso de la autopista A4 que se dirige hacia el Oeste en direcci�n a Reims, antes de llegar a la cual cumplimos con el rito de la siesta.

Paseamos en bici los alrededores de su catedral, una de las de m�s acad�mico estilo g�tico franc�s.



Hac�a mucho calor y las calles luc�an desiertas, para ser un foco tur�stico de primer orden. Pero el templo es realmente muy bello. A sus pies escribimos alguna postal m�s a los amigos�

Al filo de la noche, entramos en Par�s y nos duchamos gratuitamente en uno de sus cinco albergues de juventud (el D�Artagnan, en el 80 de la rue Vitruve) utilizando una picaresca muy habitual: entrar directamente en las duchas colectivas de cualquier planta del establecimiento, que estaba saturado de clientes. No te pillan nunca. Es imposible con tanta gente mochilera entrando y saliendo a todas horas, en habitaciones m�ltiples y de tantas nacionalidades y edades� pero si te dijeran algo, basta ense�ar tu carn� de alberguista (nosotros lo llev�bamos por si acaso) y registrarte.

Tampoco les haces mucho trastorno� por dos duchas m�s entre las dos mil o m�s que se celebran cada d�a en un establecimiento tan enorme, no supone mucho�

Est�n perfectamente preparadas para esta t�cnica. Pasas al �rea de duchas y ves que cada cabina individual tiene una puerta de acceso, que cierras tras de ti. Una vez all� es como un compartimento doble: La mitad m�s cercana a la puerta es la zona seca, donde dejas tu mochila y toalla y te cambias de ropa y calzado. La otra mitad es el plato de ducha propiamente dicho. La discreci�n es absoluta.

Como en esa calle aparcar bien es un fen�meno paranormal, pues hicimos la cosa en dos fases. Primero uno se ducha mientras otro guarda el coche. Y luego la segunda parte al rev�s.

As� es que aseados como pinceles nuevos, con un mont�n de hormonas de la felicidad segregadas de forma natural en el torrente sangu�neo, aparcamos junto al c�ntrico Pont Marie sobre el Sena. En lunes es una cosa facil�sima. Y las bicis a echar humo por la Ciudad de la Luz

Hicimos un mont�n de cosas. En Par�s hay mucho que hacer en todos los �rdenes� Pero una de las menos corrientes fue irnos a la puerta trasera del Hotel Ritz, la que sale a la rue Cambon en lugar de a la place Vend�me, y hacer con las bicis exactamente el mismo y fatal recorrido que realizaron en su Mercedes-Benz S500 aquella noche del 31 de agosto de 1997 la princesa Diana de Gales, su novio Dodi Al-Fayed y los dos guardaespaldas. Como no �bamos a doscientos km/h por los bulevares ni �ramos seguidos por paparazzo alguno, tardamos unos quince minutos en llegar hasta el t�nel que pasa por debajo de la place d�Alma, casi al lado de la Torre Eiffel. All� continuaban los desconchados del pilar n�mero 13 donde perdieron la vida tres de ellos.



Sobre la escultura de la plaza que reproduce la llama de la estatua de la libertad de Nueva York �cuyo original est� tambi�n en Par�s� centenares, miles de papeles con oraciones, velas, recuerdos emocionados, poes�as a la figura amable tan querida por muchos�

Y, como pasa algunas veces, los espa�oles somos los que damos la nota discordante: en una barandilla del puente, justo donde una se�al prohibe el paso a peatones por el interior del t�nel, una frase poco afortunada escrita con tipp-ex blanco dec�a: Diana, puta, c�meme el rabo.

De vuelta por los Campos El�seos, donde en muchos viajes que hacemos a esta ciudad solemos pernoctar en este lugar furgoperfecto,



vimos unos minutos los preparativos que estaban haciendo para los fastos conmemorativos del cercano d�a 14 de Julio, fiesta nacional de Francia, colocando grader�os, per�metros de seguridad y estudiando los recorridos de la parada militar. Todo grandilocuente, con las grandes perspectivas que existen entre el Arco del Triunfo y la plaza de La Concordia.

Debido a esos cortes de tr�fico no pudimos acceder a nuestro nidito habitual en los jardines y nos tuvimos que marchar al no lejano Bois de Boulogne, que es como la Casa de Campo de Madrid, pero en bosque atl�ntico. Eludimos la zona donde hay m�s prostituci�n, para evitar el jaleo de coches y las broncas y nos quedamos en un rinc�n agradable en cuanto una se�ora mayor le dio de comer a� qu� se yo� unos cincuenta gatitos� su cena del d�a.

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Cuando, despu�s de las labores dom�sticas en el bosque, volvimos a pasar por el Arco del Triunfo, donde arde la llama al soldado franc�s desconocido y lucen los nombres de todas las gestas militares del Imperio,



pudimos comprobar un curioso fen�meno: lo conflictiva que es la plaza Charles de Gaulle, vulgo �toile, o simplemente la plaza donde est� el arco. Resulta que, siendo como es una glorieta, no rige en ella la preferencia general a los que ya est�n circulando dentro, sino justo al contrario: hay que entrar con decisi�n porque tienen prioridad los que acceden. Si vacilas, es peor.

Esta duda causa tantos accidentes en la rotonda que las compa��as de seguros han suscrito un convenio por el que pagan siempre a medias cualquier siniestro sobrevenido aqu�.

Como por la ma�ana no hab�a cortes de tr�ficos como la noche anterior en la furgoperfecta avenida Dutuit, pues all� estaba esperandonos nuestro sitio. Donde dejamos bien estacionado el coche y bajamos las bicis que luego nos llevaron al barrio del Louvre, y al Latino (Quartier Latin). En el literario y m�tico caf� Les Deux Magots, donde, como todos los de la ciudad, las gente se sienta s�lo mirando a la calle,



nos metimos un buen refrigerio entre pecho y espalda y aprendimos un poco m�s de franc�s con la bronca que nos ech� el camarero por poner un tobillo sobre la esquina de la silla de enfrente para aliviar la circulaci�n:

Ce n�est pas pour les pieds! (��Eso no es para los pies!�)

Tambi�n gozamos desde la mesa con un desternillante espect�culo callejero de humor de un mimo que pasaba por all� con su bicicleta.

Luego en el Jard�n de las Tuller�as vimos la pol�mica noria panor�mica que quiere imitar a la de Londres.

Cuando salimos por las A6/A10 hacia Orle�ns, vimos un �rea de servicio �con lavander�a! Y, ya llegando a esa ciudad, que llev� a la fama a la que quemaron viva en Rouen, cual billetes viejos, nos retiramos de la circulaci�n.

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En Bourges, la siguiente ciudad importante continuando hacia el sur, comimos sentados en el Jard�n del Arzobispo. Y ya en pleno Macizo Central, la �nica cadena monta�osa no fronteriza que salpica la gran llanura francesa, nos detuvimos en Clermont-Ferrand, la ciudad de la marca Michelin donde se origin� la saga de fabricantes de neum�ticos m�s c�lebre de la automoci�n.

Antes de llegar estuvimos en esta curiosidad geogr�fica: el �rea du Centre de la France, en el t�rmino de Farges-Allichamps. Es el punto medio equidistante entre todos los extremos territoriales del pa�s. O sea, el lugar m�s continental de Francia, exactamente en el v�rtice de este puente sobre la A71:



Tranquilos, que en Espa�a tenemos el nuestro: Se trata de la localidad toledana de Nombela, junto a Escalona. Tiene el r�cord de continentalidad porque se ubica equidistantemente a Comillas (Cantabria) con 372 km, al puerto de Val�ncia con 364 km, al de M�laga con 372 km y al portugu�s de Espinho, cerca de Oporto, tambi�n con 364 km. Ning�n otro espacio de Castilla est� m�s lejos del agua salada�

En la creper�a Menhir, en una callejuela del centro, cenamos unas muy ricas hechas, como es tradicional en Francia, con harina de trigo negro o sarrasin. El gusto es caracter�stico y el color m�s oscuro. Merecen la pena.

En un �rea de la autopista A75, yendo m�s hacia el Sur, cambiamos de nuevo el aceite y tambi�n los filtros al Renault. Lo hab�amos comprado todo en el Cora de Verdun dos d�as antes.

Luego, nos salimos a coger el sue�o a la carretera nacional N88, que adem�s de ser m�s tranquila inicia un atajo hacia Toulouse.

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La paz nos dur� hasta media ma�ana, cuando son� un tel�fono.

Una visita r�pida a Rodez y a Carmaux, donde comimos, nos bast� para esforzarnos un poco m�s y llegar a Toulouse a pasar la tarde disfrutando primero de brioches y pasteles por la zona de la estaci�n de ferrocarril y despu�s por la tranquilidad de la �le du Ramier, de la que conservamos muy buen recuerdo.

Tomando despu�s la autov�a que contin�a hacia Tarbes nos avecinamos a los pirineos. Y antes de la desviaci�n que sube a Lourdes nos echamos a descansar.

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En ese �rea de servicio, donde casi pierdo la cartera, hicimos alguna compra menor, nos aseamos y nos preparamos para la sobredosis espiritual que nos esperaba en el pueblo, dentro del cual hay otro gran recinto llamado Ciudad Religiosa. Antes de entrar, un LIDL con autolavado nos vino de perlas para ir sin barro en los bajos.

Con independencia de las respetables motivaciones �ltimas que llevan a millones de peregrinos, gran parte de ellos enfermos en distintos estadios, cada a�o a esta peque�a gruta,



lo que es un hecho tangible es que alg�n distribuidor de velas de parafina se est� forrando a juzgar por lo que arde.



Por no hablar de recipientes de pl�stico de todo tipo que se compran para llevarse las aguas que, al parecer, adem�s de sus componentes minero-medicinales, a�aden otros muy beneficiosos pero que la ciencia hasta el momento no ha podido identificar.

Las tiendas de mareante artesan�a p�a y el ramo de la hosteler�a y el personal sanitario auxiliar copan el resto del empleo en esta diminuta localidad de s�lo 15000 habitantes a la que le toc� la loter�a el 11 de febrero de 1858 cuando a una pastora llamada Bernadette Soubirous, siempre seg�n su versi�n, se le apareci� varias veces durante nada menos que un semestre lo que los cristianos cat�licos de rito romano llaman la Virgen Mar�a, bajo la advocaci�n de la Inmaculada Concepci�n.

Tan sacrosanto es el lugar que un cartel a la entrada trasera de la Ciudad Religiosa restring�a mediante un pictograma no aprobado en el Reglamento de Circulaci�n (algo as� como las se�ales que prohiben el estacionamiento de autocaravanas) la entrada de bicicletas.

Pero nosotros accedimos con ellas sin molestar a nadie y circulando despacio y con prudencia. Quer�amos comprobar sin darnos una caminata �y result� ser cierto� si el r�o Gave, de impetuoso y ruidoso caudal, como corresponde a un curso fluvial alto, en el cr�tico momento en que pasa delante de la gruta donde est� la imagen de la Virgen de Lourdes, de repente, y s�lo durante esos escasos treinta metros, deja de sonar, se vuelve de aguas mansas y discurre sin rumor.

Mientras comprob�bamos la acendrada piedad de la gente y este misterioso fen�meno, se nos acerc� de malos modos y profusi�n de walkie talkies un segurata, nos oblig� a apearnos y nos indic� que fu�semos hasta la puerta principal donde nos esperaba su compa�ero. Sin duda para ponernos una receta.

Como ya ten�amos aprendida la lecci�n de no doblegarnos ante el yugo napole�nico, le hicimos caso s�lo a medias. Es decir: a mitad de camino, antes de llegar hasta los polis de la puerta que ya se ve�an a lo lejos, aprovechando que una peregrinaci�n se sal�a por una lateral hacia un recinto hospitalario, nos mimetizamos con ellos y eludimos la acci�n de la justicia religiosa francesa como buenos p�caros. Sin duda, por intercesi�n de la propia Virgen que nos ech� un cable.

Lo que nos hab�amos ahorrado, nos lo gastamos en placeres en Pau, la capital del departamento de Pirineos Atl�nticos, y desde all� nos desviamos hacia Gurme�on, una bonita aldea de monta�a con merenderos de madera de roble, techados y preparados para cenar bajo cualquier chaparr�n.

En la subida a la vertiente francesa del Coll de Somport, en unos recodos del t�rmino de Urdos, nos volvimos a reunir con las almohadas hasta el d�a siguiente.

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En que le dimos un repaso, por esa deformaci�n familiar que se ha dicho antes, a la vieja estaci�n internacional �tan abandonada como cargada de historia� de Canfranc, ya en la provincia de Huesca.



A trav�s de este t�nel (paseando hace veinte a�os por su interior vi un Renault 4 del Instituto Tecnol�gico Geominero provisto de ruedas met�licas de pesta�a para circular por la v�a, aparcado dentro�),



la l�nea ferroviaria un�a Zaragoza con Toulouse por un interesante corredor pirenaico intermedio a Ir�n y Port-Bou que los pol�ticos no han sabido aprovechar.

Es m�s, en cuanto pudieron, han abandonado a su suerte este fant�stico paso ferroviario. La excusa se la pusieron a tiro de una, como en el parch�s: el 27 de marzo de 1970, un peque�o tren de mercanc�as descarril� en el viaducto de L�Estanguet y provoc� su rotura, cerca de Lescun, en el lado franc�s. Y desde esa jornada no ha vuelto a circular ning�n tren comercial entre ambos pa�ses.

Ahora, apenas dos veces al d�a, aparece un regional de RENFE Operadora procedente de Jaca y Huesca. En sus desiertas y bell�simas dependencias nadie factura equipajes, nadie rescata del olvido la b�veda del vest�bulo� nadie hace nada�



Hace alg�n tiempo dediqu� un soneto, a prop�sito de la exposici�n fotogr�fica de un gran amigo y compa�ero, a otra l�nea tristemente abandonada, la de Fuente de San Esteban-Boadilla (Salamanca) a Barca d�Alva (Portugal), que un�a Hendaya con Oporto. S�lo un trazado en Suiza supera a �ste en densidad de obras met�licas y de f�brica (veinte t�neles y trece viaductos



en s�lo diecis�is kil�metros y medio
que salvan un desnivel de trescientos metros entre la submeseta norte y el valle del Duero con pendientes de hasta 21 mil�simas, cerca del l�mite de los trenes de cremallera), y sin embargo lo han dejado perder�


Zarza que ahogas balasto embreado,
que corres, trepas y minas los muros,
cales y vientos del t�nel oscuros,
decid si se ha muerto el hierro clavado

a este roble tendido y ajado
que supo volar por viejos conjuros
hoces, valles y riscos inseguros.
Decidme si el fantasma ha triunfado,

si ya nunca los ecos de un silbido,
de un adi�s, de una flor y una emoci�n�
Si ya nunca pasar� este olvido

y ya nunca el vapor con su canci�n
dejar� al viajero, anochecido,
en el fr�o and�n de esta estaci�n.


Perdonad que lo subraye, pero es que duele mucho que el abandono suma a tantas comarcas en el olvido del desarrollo� a los mismos ciudadanos que pagan iguales impuestos y emiten iguales votos que otros m�s favorecidos por las decisiones de los despachos.

De all�, una r�pida visita por Jaca, adonde hac�a a�os que no volv�amos. Adem�s de unas compras de supermercado y una pan�ramica de la ciudadela y del monasterio de San Juan de la Pe�a con las bicis,



en cuyos merenderos almorzamos, el d�a nos dio de s� para comernos unos caf�s con helados antes de alcanzar Zaragoza y ya muy tarde la Casa de Campo de Madrid donde dormimos.

Al detenernos un instante en la se�al de STOP del Lago cuando localiz�bamos el mejor sitio para descansar, una chica africana de las que ganan el pan con el sudor de m�s abajo de su frente, sin sospechar que yo estaba en la parte de atr�s del coche preparando la cama, abri� una puerta trasera para empezar otro ratito de trabajo: �Qu� grito peg� mientras dec�a con acento italiano

�Excusa!

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Este antiguo coto de caza de la familia real espa�ola, cedido a los madrile�os, es ahora un lugar lleno de fuentes. En una de ellas, un poco escondida, nos hicimos la toilette bajo un sol abrasador.

Luego los simp�ticos y voluntariosos camareros del chiringuito La Manzana, en la glorieta Puerta Moreras, junto al enlace 18A de la autopista M30, nos dieron por poco dinero muy bien de comer en plan tapeo a base de ensaladillas, croquetas y calamares.

Tras una reconfortante siesta, un �ltimo empuj�n de acelerador nos devolvi�, casi once mil kil�metros despu�s, primero a visitar a un buen amigo que trabajaba de noche en la recepci�n de un hotel y finalmente al garaje de casa. Que ya era hora�



Saludos.

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