3

Desayunamos en el coche y luego bajamos las bicicletas de la baca para recorrer toda la lengua de tierra. Y evidentemente cuando llegamos al final de la isla-pen�nsula (seg�n suba o baje el agua) todo el aparcamiento estaba petao: No cab�a un alfiler. Al fin y al cabo estamos �y no es para menos� ante uno de los lugares m�s visitados de toda Francia.
En su consecuencia hay b�rbaras mareas, esta vez humanas, de grupos organizados, bastante desorganizados, que colapsan taquillas, escaleras, rampas, tiendas de recuerdos� hasta tal punto que nos conformamos con un buen recorrido por las partes altas del monasterio-fortaleza, pero sin profundizar en cada atracci�n: uno no puede estar toda la vida haciendo colas.
El lugar bien merece la pena un desv�o en cualquier viaje por Normand�a.
Nuestro sistema de conservaci�n de alimentos en este coche, en resumen, consist�a en llevar bastantes embutidos al vac�o en raciones de unos 150 g, conservas de verduras, pescados y guisos de legumbres, y, para los productos frescos que �bamos comprando a diario (hortalizas, huevos, l�cteos�), una nevera de 12 V de 25 l conectada y cinchada durante el d�a al panel trasero

y de noche a la consola entre los asientos delanteros.

Los primeros productos y el agua para beber estaban siempre situados en la bodega, debajo de la cama que pod�a elevarse como la tapa de un piano de cola. V�ase un poco de jam�n de Guijuelo en primer t�rmino.

Luego, bajada la plataforma y sus faldones de moqueta, pocos podr�an sospechar el contenido.


E iban semi-refrigerados porque la tobera del aire acondicionado expulsa el caudal hacia atr�s y hacia abajo justo cabe el freno de mano.
Y, sin embargo, los frescos se pon�an en la nevera. Para ayudar a la refrigeraci�n por efecto c�lula Peltier, situ�bamos primero un paquete de hielo en el fondo, de �sos que venden en las gasolineras por toda Espa�a pero en muy pocas al norte de los Pirineos.
Ese bloque (o bolsa del super llena de hielos que te han regalado en cualquier bar o restaurante) se cubre con un tupper del todo a cien m�s o menos de la misma la superficie que el interior de la nevera, pero puesto boca abajo con el fin de que cuando empiece a derretirse enfr�e pero no moje los alimentos, que quedar�n as� sobre una econ�mica y eficaz plataforma fr�a.
Pues antes de marcharnos del Mont-St-Michel hicimos la reposici�n del hielo correspondiente al d�a en curso (y el vaciado del derretido anterior) y la compra en el supermercado.
Camino de Caen �donde tambi�n hicimos s�lo una visita panor�mica� una de las ciudades que m�s sufri� (80% destruida) los bombardeos subsiguientes al Desembarco aliado de Normand�a del 6 de junio de 1944, el c�lebre D�a D que cambi� definitivamente el signo de la Segunda Guerra Mundial,

picamos algo e hicimos la colada en la primer �rea de servicio. Naturalmente, sin lavadora, porque el espacio es muy limitado. Pero sirvi�ndonos del viejo truco de las bolsas de basura. Como las que un lustro despu�s llegar�an a determinado chal� de la Costa del Sol, pero sin billetes.
En Francia, adem�s, es muy �til porque la inmensa mayor�a de los WC de las �reas de descanso (m�s discretas que las de Servicio) tienen lavabos con pileta grande, con lavapi�s e incluso con duchas.
Centr�ndose en los lavabos o piletas, no siempre muy limpios, la t�cnica consiste en rajar perimetralmente una de esas bolsas negras y ponerla como un forro por el interior del seno una vez que arrugando una bolsa de asas normal hemos hecho un improvisado tap�n en el sumidero.
Echamos primero sobre la bolsa un detergente potente especial para lavados r�pidos en fr�o, del tipo de Woolite o Norit y luego abrimos el grifo para homogeneizar la disoluci�n hasta que quede una profundidad suficiente para un par de prendas grandes o varias peque�as. Ponemos cinco minutos la ropa a remojo, removi�ndola algo cada poco; aclarar, escurrir y listo. La doblamos en h�medo como para guardar en el armario y directa a la bandeja secadora del motor.

En unos treinta o cuarenta kil�metros queda seca, planchada y con olor a suavizante. Como en casa. Como dicen los pol�ticos, lo prometo por mi conciencia y honor.
El final de la tarde, bicis en ristre, lo pedaleamos por un atestado Rouen, la �ltima gran ciudad que besa el Sena antes de entregar su curso a La Mancha, por Le Havre.

Estaba tan animada (conciertos en las plazas, casetas de comida, mercadillos de artesan�a, pe�a por todas partes�) porque esos d�as se celebran los Festivales de M�sica de Francia.
Pues all� que nos fundimos con el gent�o a probar todo lo que se vend�a por la calle y a subir el �nimo con un buen caf� a los pies de la catedral. Tambi�n vimos la plaza del Mercado Viejo donde a las nueve de la ma�ana del 30 de mayo de 1431 el Tribunal de la Santa Inquisici�n mand� quemar viva a Juana de Arco. Ya sab�is: hay gente que se incomoda cuando piensas diferente� y si encima tienen poder�
Una cena r�pida en un �rea de la autopista A13 nos dej� en Par�s, donde de paso fuimos recorriendo el Bois de Boulogne y los barrios de Trocad�ro y �toile para despu�s divertirnos un poco por Le Marais, en la zona del boulevard de S�bastopol.
Al pasear por el 25 de la avenue Montaigne, se nos fue la vista a la carta de uno de los mejores restaurantes del planeta, galardonado con la m�xima distinci�n posible (tres estrellas y cinco tenedores rojos en la Gu�a Michel�n). Se trata de Alain Ducasse. Si alguna navidad toca algo gordo, pasaremos a dejar los 330 � por cubierto de su gran men�-degustaci�n, vino e IVA aparte.

Mosquitos armados hasta los dientes, tama�o lib�lula, nos merodeaban en el momento de apagar el motor en un sombreado rinc�n de un bonito bosque al norte de la megal�polis parisina. Concretamente en L�Isle Adam, justo en el arranque de la autopista A16, en direcci�n a Amiens.
Cuando mi media naranja, atufado por la tonelada de insecticida con la que prepar� el habit�culo para dormir, ya amanecido, se sali� para dar un �ltimo paseo evacuatorio, tuvo la mala suerte de encontrarse con una patrulla de la Gendarmerie que lo confitaron a preguntas sobre qu� hac�an dos espa�oles durmiendo a esas horas en un bosque tan apartado� Pero la cosa no lleg� a m�s que abrir una puerta trasera y verme a m� en el interior empez�ndome a entregar a Morfeo. Se portaron bien.