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CAPITULO IX

Teniendo en cuenta estas circunstancias de la manipulación de la fe que nos golpea fuertemente, nos asiste otra característica humana que nos azota. “Lo espeluznante del experimento de Miltgran con sus alumnos universitarios es, un valioso ataque a todo lo que hay en nosotros de negación e indiferencia y una demostración de que “ciegamente” confiamos en una autoridad que se nos antoja “respetable”… “Así quedamos destrozados después de habernos enfrentado con la verdad, llego el tiempo que tenemos que enfrentarnos con el hecho real que muchos de nosotros somos, en verdad, capaces de convertirnos en genocidas o en ayudantes de genocidas:..” indicó Israel W. Charry en una conferencia en 1982, sobre la conocida experiencia de aquel científico. Efectivamente, hasta Adolf Eichmann, cuando era juzgado, se limitó a decir: “Me limité a cumplir órdenes”.

No es extraño entonces que ante un gesto, una insinuación, un deseo de una autoridad religiosa que profesamos o líder que respetamos al que asumimos por fe y mucho más si el encumbrado se considera divino, el hombre practique las crueldades más inhumanas imaginables sobre otros, implicado en la creencia de ser un vínculo extraordinario en seguir el bien divino o el bien patriótico.

Un ejemplo claro de sumisión, aunque sin llegar al extremo genocida, ocurrió recientemente en España. Jaume Matas ex presidente de las Islas Baleares fue enjuiciado por caso de corrupción por el caso Palma Arena, un fallido evento deportivo propuesto y organizado por el duque de Palma, Iñaki Urdangarin, yerno del rey de España que se llevó del erario público 1.200.000 euros sin cumplir con el trato. Matas declaró ante el Juez: -“No hicimos facturas, porque era ¡el Duque de Palma!... ¡El Duque de palma!” – terminó repitiendo convencido de su conducta fiel ante la figura de un cortesano de la casa real española.

Recientemente fue detenido en Perú un asesino en serie, el más desgarrante de la historia de ese país. Se hacía llamar el apóstol porque decía estar guiado por ordenes divinas…”Encontré a una señora sola, fumando (droga). Pase por su lado y me dije: -Esta señora por las puras vive-.Le disparé en la cabeza”… reza parte de su declaración. El “apóstol” averiguaba la ubicación de fumaderos y prostíbulos y acudía a dichos lugares y mataba a los “pecadores”, prostitutas, homosexuales y drogadictos.

El asesino nació fuera de época pues durante la inquisición lo hubieran santificado. Y esta conclusión aunque parezca desmedida, fuerte u ofensiva, no es más que un parangón del pasaje de nuestra historia donde se cometieron cientos de miles de asesinatos aberrantes en nombre de Dios, tiempo al que no se le puede pasar el lampazo.

Los templarios, la inquisición, las Cruzadas, la evangelización de América colonial e incluso la conquista ibérica contra los moros, fueron ejecutadas por personas que al igual que el nazi exterminador podían aducir: “nos hemos limitados a cumplir órdenes”.

Hoy contemplamos los templos y cultos a los dioses, desde las pirámides egipcias y aztecas, las mezquitas, las catedrales y los edificios budistas con gran admiración al arte arquitectónico, pero también sin engañarnos, descubrimos el empeño de ostentación y fundamentalmente la demostración de poder de los grupos religiosos. A los fieles se les hace creer tontamente que esa es la casa de su Dios, Dios que contrariamente se muestra sencillo y humilde no parece ser razonable.

Más allá que por cada losa, por cada piedra, por cada grano de arenisca utilizada en aquellas monumentales construcciones ha corrido mucha sangre humana. Esta ostentación de oro, mármol y seda ha servido para impresionar a la gente. Un viejo artilugio que usó el mismísimo Adolf Hitler en la construcción y reconstrucción de los edificios públicos y que aún se usa para atrapar inocentes y tontos.

El progreso tecnológico y las nuevas economías han traído nuevas conductas y normas del desarrollo comercial pero también nuevas conductas de los conquistadores. Las Iglesias religiosas no sólo dependen ahora de las gabelas del Estado que los acoge, ni del óbolo particular. Se la han ingeniado por otras alternativas lucrativas, la educación privada y el degradante negocio de las cruzadas de solidaridad, ambas subvencionadas por el dinero público pero que se promocionan como propias del esfuerzo de “santos curas” inconcebiblemente. Y con un par de niños desahuciados con “monjitas de la caridad” se intenta esconder la voracidad del Vaticano en estas cuestiones. Aunque es cierto, tres o cuatro niños comen.

No es el caso aquí desmenuzar el fenómeno que se ha multiplicado por mil en nuestras sociedades y que ahora se adosan organizaciones particulares. Sólo apuntar lo denunciado por Teresa de Calcuta y Vicente Ferrer, este último finalmente separado de la Iglesia antes de su muerte. Tampoco es necesario destacar aquí, el ejército de gente voluntaria que se ofrece de buena fe desconociendo el destino final del grueso de las donaciones, desconociendo el secreto del negocio solidario cuya magnitud sin precedentes se experimentó recientemente en Haití a raíz del trágico terremoto. Ayuda que se ha “perdido” en la maraña de redes solidarias y no faltó como siempre, el caudal insignificante para promocionar y publicitar en el frente de infortunio el trabajo de las asociaciones piratas. No nos engañemos, el pueblo de Haití, sus habitantes, hoy mueren de cólera en la miseria en la que poco se han sustentado los medios de comunicación más preocupados en la promoción de las “obras santas” que la realidad tangible.

El trauma social humano en occidente tiene mácula de origen religioso y no debería ser este aspecto el caudal necesario de desgracia alguna. La Constitución de la India declara que la India es una "república soberana, socialista, secular y democrática", que garantiza a todos los ciudadanos "la justicia, la libertad de pensamiento, de expresión, de creencias, de fe y culto; y la igualdad de condiciones y oportunidades". En virtud de los artículos 14, 15 y 16 de la Constitución de la India, la discriminación basada en la religión está prohibida. El artículo 25 garantiza el derecho a la libre práctica y de predicar su religión. En la India conviven jains, sijs, zoroastrianos (parsis), budistas, el Islam, el hinduismo, judíos, cristianos evangelistas, protestantes, anglicanos, testigos de Jehová y católicos entre otras. El elemento religioso brota por cada poro individual o colectivo, con total armonía, sin imposiciones, sin más obligaciones que la que cada sujeto se obliga a si mismo. La presión religiosa no existe y eso no ha quitado, violado o inventado valores morales mejores de uno que el de otro, o de aquel lado y este lado.

El Estado de la India no saca un céntimo del tesoro público para subvencionar a ninguna organización religiosa ni los exime de los impuestos y gravámenes. Y en este sentido todos conviven en paz religiosa.