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CAPITULO XXVI

Un orden razonable que permita vivir en armonía, en paz y felicidad de los pueblos. Ni la nobleza, ni el feudalismo, ni el comunismo, ni estas llamadas repúblicas democráticas, ni el invento incongruente de las monarquías democráticas, ni las dictaduras, ni el neoliberalismo o el socialismo ni las religiones han contribuido a la dignidad humana.

Los pueblos de América suspiran con sus democracias, independencias y libertades por la que lucharon y murieron sus héroes bien venerados. Pero aquello que quería terminar con la desigualdad, la esclavitud, el servilismo es lo que hoy resulta y se oculta como si la fiebre del oscurantismo ideológico social en la entretejida maraña inyectada nos dice decir, “esta es la pócima de la virtud” en medio de tanta miseria, desigualdad, ghettos, injusticias, violencia y corrupción.

Al caer el régimen de la ex Unión Soviética cayó el muro de Berlín. Para los más escépticos representó simplemente la destrucción de una muralla vergonzosa, pero para muchos fue el signo de la libertad y la democracia. El fin de la guerra fría, no fue más que el fin de una guerra entre dos imperios midiéndose los dominios y eso fue todo el proceso. Un enfrentamiento entre regimenes distintos que impedía en su momento que uno u otro abusare de un tercero, o mejor dicho, abusare desmedidamente.

Hoy se construyen otros muros, se lanzan misiles entre los conductos petroleros que proveen de energía líquida a Europa, Israel, Estados Unidos, Japón, China y Rusia. Se aniquilan gobiernos de países sospechados de atentar contra el mundo cuidando de no “sacrificar” sus recursos naturales declarados “bien de la humanidad” como el petróleo, pero a costa del exterminio de gente inocente que bien parece no importar que los seres humanos somos la humanidad. Y ya no puede esconderse esta “limpieza” que se impone sin delicadeza.

Países y pueblos pueden quedar atrapados en bloqueos económicos, por una invasión militar “de paz”, o como antaño, con golpes de estado convenientes a intereses ocultos. El problema de cada país parece también residir no en su gente o cultura o idealismo sino en sus recursos. Una paradoja de la riqueza natural para el que la posee. Lo más significativo por ahora es el peligro que corren los que tienen recursos energéticos y agua dulce ante la oteada de los miles y miles de monstruos bíblico revivido por Hobbes que el neoliberalismo ha sabido consolidar.

Establecida por centurias las democracias y “libertades” en América y Europa el resultado para la mayoría de la población a la que se le atribuye la soberanía, paradójicamente no parecen contenerlos. La miseria cunde por doquier: las injusticias, el servilismo, la ignorancia, la corrupción, la impunidad y la violencia, como nunca antes y más severa que antes puede palparse sin atenuantes en cualquiera de esos países. El fenómeno igualmente se produce en los que van a la vanguardia del desarrollo en un submundo de indigencia que saben ocultar con gran magnificencia tecnológica.

Las repúblicas soñadas por Rousseau son fácilmente avasalladas por la corruptela y no ha dejado hilo de patriotismo posible para desmadejar. Nacen a raudales los feudos de la mafia, el tráfico de droga, órganos humanos, plasma, trata de blancas, trata de influencias, en todos los niveles institucionales, comerciales, políticos, económicos, de la justicia y la administración de Estado. Y como si esto fuera poco la avaricia de los grupos financieros parece no calmar su desmedido apetito.

El efecto es demoledor, los jóvenes se manifiestan en el mundo, ya consciente o inconscientemente ante la falta de ideas claras del rumbo social. La hipocresía en todos los niveles de los valores y principios, la farsa económica, el poder y la fuerza dejan aflorar indignación y protestas en un “orden” social de minorías privilegiadas y las de los otros, mucho más arriba, que pueden hacer del ocio su forma de vida “ungidos por dioses”, convivientes del mundo fashion predominante de nuestras culturas en un rompecabezas sin cauce. Una vida sin sentido, materia prima para el consumo de la moda, mercado de la droga y la prostitución. En la exclusión, los jóvenes han encontrado el cauce de la música su expresión de desprecio. Una furia inconducente pero único camino psíquico al fin para aliviar lo que fuerza su mente aliviar.

Sin presente ni porvenir no es extraño que los jóvenes e incluso niños de este mundo “civilizado” e hipócrita se agrupen en filas al margen de la ley donde aspiran a un sitio que los contenga. Un fenómeno cruel cada vez más creciente y en aumento de violencia e impiedad que aterroriza al conjunto social. La gran “resaca de inadaptados” no es más que una consecuencia de la realidad social que hemos venido planteando.

La falta de trabajo y de un salario digno acorde, son claras e induce a la miseria. Y las consecuencias de la miseria son claras, la delincuencia, la droga y la prostitución. Y las consecuencias de la delincuencia, la droga y la prostitución son claras, la violencia.

Si bien la peste en Europa como consecuencia de tanto pauperismo en el siglo XVII ajeno en principio a la opulencia eclesiástica y de la nobleza hizo recapacitar a monarcas y al mismo clero para dictar leyes que permitieran alimentar al vulgo. No fue por vergüenza o arrepentimiento o solidaridad sino para evitar que la enfermedad se colara por sus puertas. Pasado aquel susto, en nuestro siglo las enfermedades contagiosas están relativamente controladas y con nuevas argucias los estratos de poder vuelven a concentrar las riquezas en su propio núcleo despreocupándose si el conglomerado social se alimenta, trabaja o se educa o se instruye.

La opresión de Roma contra los esclavos fue en aumento hasta volverse intolerable al punto tal que los mismos romanos lo advirtieron. Fue entonces que se propuso en el Senado se evitara obligarlos a vestir de igual manera para diferenciarlos de los “ciudadanos”: porque alguien explicó: -“… Esa sería una forma, para que ellos puedan contarse; y de saber su número, no habría dudas que se revelarán contra Roma…”.

Nuestro mundo ha rebasado más allá la tolerancia soportable, el “rebaño” humano del control de los pastores hace tiempo comenzó a revelarse con algunos diseminados líderes “espartacos”. Aparecieron con fuerza a fines del siglo pasado pero prontamente fueron cazados, exterminados o desalentados. En nuestro tiempo como consecuencia de la perseverancia del sistema a sostenerse con igual o peor ignominia, hipocresía y presión social, aunque ya no existe una referencia puntual centralizada de la misma fuerza del pasado que los agrupe, una gran masa se revela y reclama cambios sin entender demasiado la problemática y aun entendiendo la hacen divididos por la individualidad, solamente unidos por el delgado hilo del requerimiento de reproche hacia el sistema sin otro puerto más sustancial que los junte, ni político, ni religioso, ni ideológico aunque estas manifestaciones se producen en el seno de un nivel de intelectualidad elevado, entre trabajadores, estudiantes, profesionales, etc.

Muy por debajo de esta cota social, donde el hambre, el desahucio y la miseria han golpeado fuertemente, otro fenómeno social inédito se manifiesta y se pronuncia muy peligrosamente. Son los ejércitos incontrolables y cada vez más numerosos de oprimidos que se incorporan a las mafias y los carteles de la droga. ¿Quién los ha promovido?, ¿Quiénes les han abierto las puertas al sucio negocio? Pues no se necesita un cerebro privilegiado para saber que las grandes corporaciones, estados imperialistas, logias financieras y la burguesía corrupta han sido los primeros contratantes y obviamente aunque la miseria los ha empujado, los carteles dependen y penden de la relación con políticos, jueces y paraísos fiscales entre otros.

Esta masa tiene la particularidad de hacerse en vínculos de violencia, en el desarraigo, en la falta de apego y sentimientos. Por ende, el poder del terror o el crimen son sus herramientas y el único lenguaje de relación.

Como la peste en el pasado, este movimiento social impactó e impacta fuertemente en la población de las clases bajas, pero en la actualidad ya toca a las puertas de los burgueses y como en el pasado, las elites han comenzado a preocuparse, ni por arrepentimiento ni por vergüenza, aunque esta vez no bastará con tirarles algún bofe para calmar el estómago o alguna vacuna milagrosa. En algunos Estados se ha intentado frenar esta escalada con los llamados grupos paramilitares hasta que se dieron cuenta que estos grupos en si mismos se convertían en otra preocupación paralela. Sin embargo el sistema no detiene su maquinaria de corrupción porque sus engranajes de principios y valores desde siempre estuvieron aceitados de dominio y corrupción.