CAPITULOS

 

 I

  TAPA

XV

II   XVI
III   XVII
IV   XVIII
V   XIX
VI   XX
VII   XXI
VIII   XXII
IX   XXIII
X   XXIV
XI   XXV
XII   XXVI
XIII   XXVII
XIV  

 

 

  detener o activar movimiento (poner o sacar el cursor sobre el cuadro de color celeste)

CAPITULO XIII

En el crecimiento económico a través de la libre competencia y la división de trabajo aseguró Smith es donde se sustenta la clave del bienestar social. Así el padre de la ideología liberal, Adam Smith lo considera afirmando que “el hombre necesita casi constantemente la ayuda de sus semejantes, y es inútil pensar que lo atenderían solamente por benevolencia… No es la benevolencia del carnicero del panadero la que los lleva a procurarnos nuestra comida, sino el cuidado que prestan a sus intereses” “Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas

El economista escocés era un moralista y desde su posición histórica vino a desguasar definitivamente el mercantilismo cruel y despiadado, una economía adecuada a la nobleza, a los más ricos en detrimento de un pueblo empobrecido y hambriento. Y en este caso advirtió que “ninguna sociedad puede ser próspera ni feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables”

Modesta, pero honestamente Quesnay, Gournay, Dupont de Vemours, influenciaron al gobierno de la Francia de Luís XVI, con la corte en oro, para aplicar un sistema económico a fin que la miseria y el hambre de los desposeídos de aquella Europa no fuera tan insolente a la humanidad. En verdad, la epidemia de peste les estaba encima.

Pero fue en Manchester donde Smith se apresuraba a completar a Montheretien, diciendo junto a Say que “la economía política es la ciencia de los ricos”, que en su momento histórico, la definición no tuvo contratiempos ni posibilidad de crítica. Pero con el tiempo, la frase comenzó a formar herida en los defensores de los desposeídos y para que no doliera tanto, sus predecesores la disimularon con “es la ciencia de la riqueza”.

Lo cierto es que el aporte de la casa de Manchester con los principios del individualismo, vino a responder una necesidad tangible, formulando un nuevo sistema económico bien dotado, Pero el fenómeno de la Revolución Industrial y la aparición del proletariado y su precarización vino a desvirtuar los principios liberales.

Las escuelas liberales entonces no pudieron evitar esconder la miseria de la sociedad de aquellos tiempos y menos, claro; la condición de los obreros, mujeres, niños y ancianos detrás de la máquina “de Watt”.

Si no hubiera sido Proudhon, Engels o Marx, seguramente otros pensadores habrían trazado alternativas sociales equitativas y más humanas de aquel individualismo promotor del egoísmo, la codicia y la avaricia. Desde un principio ya Smith y David Ricardo reclamaban la mínima interferencia del Estado en la economía, pues una “mano invisible” conduciría a los individuos a que sigan su egoísmo particular.

La concepción liberal que promueve en la economía un “egoísmo inherente al ser humano” fue asimilada por Ayn Rand que defiende el egoísmo como esencia de un sentimiento noble y lo dibuja con un sentido feminista. “Juro, por mi vida y por mi amor por ella, que nunca viviré por el bien de otro hombre, ni pediré a otro hombre que viva por el mío”

Locke, en las postrimerías del mismo siglo XVII, se yergue como el precursor de la democracia constitucional y al que también hay que agradecer sus aportaciones en defensa de las libertades individuales y del estado de derecho, aunque defensor del sistema de Smith.

La Iglesia Católica que no había formulado crítica alguna contra el antiguo y brutal sistema mercantilista, puso al rojo vivo a sus portavoces encendiendo la maldición de la nueva práctica liberal. No obstante, los curas descubrieron vetas benevolentes en el sistema y tras la aparición del socialismo, una nueva visión diabólica los enmarañó y se volcaron definitivamente por el Capitalismo.

Juan Pablo II aprueba esta clase de sistema. El Papa dijo que "la moderna economía de empresa comporta aspectos positivos, cuya raíz es la libertad de la persona, que se expresa en el campo económico y en otros campos”.

Pero lo más sustancioso para la Iglesia en cuanto al sistema económico liberal es su coincidencia sobre la particularidad de la propiedad privada.

"Rerum novarum" "poseer bienes en privado es derecho natural del hombre". En "Mater et magistra" en la que Juan XXIII, declara que se trata de un principio enseñado y propugnado firmemente por sus predecesores, y afirma que "el derecho de propiedad privada, aun en lo tocante a bienes de producción, tiene un valor permanente, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza". En "Laborem Exercens" y la propia "Centesimus annus", Juan Pablo II recuerda que, desde la declaración contundente de León XIII, en contra del socialismo de su tiempo, "este derecho -a la propiedad privada es fundamental en toda persona para su autonomía y su desarrollo.

Sin embargo, la Iglesia dubitativa y suspicaz en cuanto a principios y realidades de evidencias fallidas del sistema, suele pronunciar desagrados y censura como tomando una neutralidad que nunca tuvo, pues abiertamente apuesta por el Capitalismo, donde asegura que descansan las esperanzas de mayor bienestar para los pueblos y sepulta y maldice todo intento de socialismo que aboga por la propiedad en común.

Ninguna de las Escuelas impregnadas de las ideas de Locke, Hume, Hegel, Santo Tomás, el mismísimo Smith o Marx lograron sin embargo, desprenderse de aquella cultura de los grandes mitos. Las intrigas de la guerra, las fortalezas, los reyes, el poder en las conquistas, los feudales, los adelantados, el reino y la propiedad de la tierra.

La base de confrontación entre los dos sistemas, no están básicamente en principios de igualdad, libertad o justicia, sino fundamentalmente en la propiedad privada.

Hegel y Engels deificaron al estado ideal y Marx lo reapuntó en una doctrina. Los bolcheviques la impusieron y se fundó el Estado que creció más que la sociedad, sobredimensionado y ampulosamente rico con pueblos miserablemente pobres e ignorantes.

La vida en el capitalismo no es mejor, la precarización laboral es manifiesta y la Banca es la sobredimensionada por encima del Estado.

Aunque es fácil advertir las buenas intenciones de unos y otros pensadores, unos vinieron a responder en principio a las necedades del poder burgués y los otros a la omisión del primero con el “proletariado”.

El fenómeno fue que ni los burgueses perdieron su posición y los proletarios rápidamente se convirtieron en burgueses.  Las argucias son distintas, otros tiempos, otras armas, pero el mundo no parece mejorar para los menos poseídos.

En esta globalización del mundo, algunos pensadores con sus doctrinas de economía política en plena ejecución, admiten por encima de esta cruenta realidad que la economía influye sobre la moral. Diagraman su dialéctica con razones de libertad, de igualdad, de justicia, pero no tienen en claro donde poner al hombre común.

El precio justo, aseguran, tomando el fenómeno de cambio es una actitud moral; y la moral de aquel que mejora la calidad de sus productos para competir. Como si nunca se hubieran releídos a ellos mismos al definir la economía, de donde podemos inducir que también tener más es moral y tener menos es inmoral.

No es una utopía que sobren los almacenes con alimentos mientras gran parte de la población sufre la hambruna obligados a la imposibilidad de accederlos.

La economía de investigación histórica, social de la escuela psicológica, matemáticas, individual, el hedonismo, la estadística, desde Le Play hasta Keynes y las encíclicas, forman un abanico de ideas humanas y religiosas a resolver el problema del hombre, pero sólo han resuelto problemas de una elite privilegiada como históricamente ha ocurrido.

El neoliberalismo se jacta de los éxitos contemporáneos en países poderosos. Y es cierto, pero ocultan hipócritamente como estos se aprovechan subyugando y explotando a los Estados más débiles y evitan divulgar las miserables condiciones de sus propios ciudadanos.

-“… No es menos cierto, sin embargo, que los términos el intercambio han venido siendo impuestos por los países más avanzados, quienes han estado comprando a menores precios –prácticamente fijados por ellos mismos- los productos primarios y vendiendo cada vez más caros sus artículos manufacturados. Además no parece dudoso que la protección, bajo la forma de subvenciones a la propia producción agropecuaria y aun a su exportación (otorgando a sus compradores amplias facilidades crediticias) por parte de los países altamente desarrollados, dificulta si no impide la concurrencia a los respectivos mercados de los países en desarrollo, productores de esos mismo bienes a costos más reducidos. Mientras los países desarrollados gozan de una creciente prosperidad económica, sucede lo contrario en los menos desarrollados…”- El presidente de Colombia en el año 1969, fundaba la queja latinoamericana dando el siguiente ejemplo. En 1954 con catorce sacos de café (a razón de 80 centavos de dólar la libra) se compraba un “jeep” en los Estado unidos con un costo de 1.364 dólares… Ahora –proseguía- son necesarios 43 sacos de café (el precio de este ha disminuido a 40 centavos) para adquirir el mismo “jeep”. Las cosas no han cambiado y el viejo episodio es aplicable hoy día.

La nueva tecnología cada vez más prescinde del hombre en el trabajo, y poco a poco las industrias con nuevas máquinas, prescinden de la mano de obra humana. El campo, la industria, la minería prescinden. Pero paralelamente deben ubicar sus productos en el hombre, donde la gran masa la componen hombres prescindidos. Para que este flujo de consumo no se agote, se han inventado en las economías liberales las llamadas “ayudas sociales” a los desposeídos, lo suficiente para ser pobres y desgraciados perennes.

Cuando Luís Baudin, propuso una economía de “elite”, no hizo más que proponer lo que ya había sido boca de su maestro.

Si por cualquier circunstancia se enrareciera el aire que obligase al hombre utilizar máscaras de oxígeno como único elemento de vida, el precio de bolsa del mercado de las industrias afines, se elevaría en forma escandalosa, pero el artilugio dejaría sin respirar a cientos de miles de desgraciados. Que no nos sorprenda esta circunstancia. Porque el mundo está lleno de acopiadores de alimentos mientras millones mueren de hambre. Y los Estados acopiadores más poderosos son los que irónicamente aplican esta suerte de liberalismo en la economía de mercado.

Tampoco pueden trazarse principios de economía sobre el desorden social, es cierto, hasta el más sincero y perfecto sistema sería un fracaso. Y puede decirse además, que habiendo orden social, las más intrascendentes teorías económicas pueden resultar exitosas.

Esa es la explicación porqué en algunas dictaduras los éxitos económicos del Estado fueron tan elocuentes. Pero tengamos en cuenta que las dictaduras no ofrecen garantías de libertad ni justicia y apelan a la fuerza y hasta la muerte para masificar un orden sostenido con la disciplina del terror. Generalmente producen unos pocos ricos y el resto en míseros necesitados.

El desorden, la confusión y la ignorancia son los elementos donde se apoyan estas democracias corruptas que no tienen reparo aceptar economías de moda, de mayor peso o copiar las que se antoja, porque no hay resultado positivo posible, sólo un péndulo que oscila entre más pobreza y nuevos políticos y empresarios asociados ricos.

La elección no es difícil; entre el status quo cultural social que ahora impera, tremendamente desgraciado e hipócrita o la dictadura que aunque quita libertades es factible de mejor calidad de vida siempre y cuando el líder lo disponga.

Muchos han pretendido y declaman sobre el orden y armonía social que viven los pueblos americanos y europeos “democráticos” y algunos asiáticos en la actualidad, con total desprecio a la suerte de millones de personas allí metidas, en un orden y armonía que no los contiene, por falta de seguridad jurídica, personal, seguridad de asistencia sanitaria, educativa, de desarrollo, trabajo y la vivienda, además del sistema de corrupción política adosado donde se prenden e instalan las grandes mafias para traficar con órganos, droga, armamentos, plasma y gente.

Así como las dictaduras se sostienen con el temor, estas democracias parecen sostenerse con la ignorancia, conteniendo las flaquezas de la gente. No puede haber orden ni armonía con la indignidad humana.

Esta carrera de clientelismo político no es más que el sistema imperante de estas democracias, que apelan al voto por engaño, por apariencias, por intereses partidarios y económicos que nada tienen que ver con el futuro de un país, ni con los valores, ni con la moral.

Un clientelismo que no se detiene en el gobernante que costea el dinero hacia los suyos de abajo, sino que a su vez éste depende de otro más poderoso que lo asiste y no importa provenga de un cartel de la droga, de otro país dominante o de una logia financiera. Sería infructuoso pues y nada honesto plantear hipótesis económicas sea la que fuere.

La industria política, la economía de mercado, la propiedad privada de la tierra, han servido para formar el monstruoso funcionario público, no como una responsabilidad civil a su cargo, sino como una salvación inmediata económica de los propios nominados.

Por otra parte, no dejemos pasar el hecho que boca afuera se proclama y difunde con gran clamor y desprecio con respecto a la explotación de los trabajadores esclavos en ciertos países donde utilizan niños. Y culo adentro, aquellas mercaderías que esos desgraciados producen aparecen “mágicamente” en las vitrinas de los países desarrollados y sumamente “liberales”. Así es el engaño, hipócrita y a todas voces en una economía global que ni siquiera ha tenido la delicadeza de considerar la dignidad del trabajador. La producción de mercadería a manos de empresarios piratas que esclavizan a sus trabajadores en puertos “lejanos” y corruptos, parecen depurarse en el momento que es introducida al mercado de otros países que dicen ser moralmente sanos. El vicio deplorable de aquellos paradójicamente es la virtud “desarrollista” de estos. Cabe apuntar las condiciones de los trabajadores citadinos y rurales inmigrantes mexicanos en el gran país del Norte, mientras el gobierno asegura que son ilegales, miles de trabajadores extranjeros se pasean por el territorio sin dificultad porque les garantiza su estancia la explotación en tareas de servicio o agrarias que sufren mediante el artilugio de terceros.

No sorprende pues que el Ejército norteamericano llame a sus filas a jóvenes latinos para poner como carne de cañón a cambio incongruentemente de “mejor calidad de vida”. Así es pues, el grito desgarrador y confuso de los nuevos patricidas.

El trabajador no existe en los coeficientes de la economía global y obviamente la elección y únicas opciones que tiene frente a un trabajo son las abiertas y legales a la vista de la precarización, sometido a ser despedido sin ninguna justificación o bien optar por el trabajo esclavo o sumergido o bien como única esperanza de vida integrarse a los ejércitos de la droga y la mafia.

Países del primer mundo violan las costas africanas con sus barcos pesqueros de alta tecnología extrayendo toneladas diarias de todo tipo de frutos de mar. Esta circunstancia ha diezmado las posibilidades de pesca rudimentaria local. Por ende algunos países se han quedado sin el mercado alimentario que los abastecía y que representaba el ochenta por ciento del consumo alimentario de la gente. Pues sin más alternativa, o se mueren literalmente de hambre o le tiran alguna migaja de pan mediante los sonados y despampanantes negocios de las “ayudas solidarias” o bien estas poblaciones sin opción acuden a la selva y al interior territorial para buscar su sustento. Parece paradójico que documentales científicas aporten luego el hecho sobre la tragedia y el peligro de extinción que sufren algunas especies en las llanuras y selvas africanas sin hacer mención al fenómeno que las provoca.

Si bien la sobredimensión del Estado Socialista llegó al ocaso tremendista que estableció el fin de la Unión Soviética, la sobredimensión del capitalismo financiero tendrá su ocaso con un ímpetu arrollador jamás experimentado en todo el planeta y lo insolente del caso es que los burgueses seguirán siendo burgueses y la Iglesia la misma.

Recientemente, ante las primera grietas del sistema capitalista, el principio de no intervención del Estado o bien “la mínima intervención del Estado en economía” ha dado un giro estrepitoso a ciento ochenta grados. Los Estados liberales recurren al erario público para “salvar” las cuentas rojas de las bancas privadas aun a sabiendas del vaciado corrupto de esas entidades y sin ningún remordimiento sobre el costo social a los trabajadores y menos poseídos del sistema. Incluso los estados están presionados a tomar créditos millonarios al Fondo Monetario Internacional quien luego dicta las pautas económicas del país en cuestión paralelamente a costa del sacrificio de los mismos desahuciados de siempre. No parece ser esto, el “bienestar social” que pensaba Smith en su trabajo. Este capitalismo tiene el perfil de Leviatán y para citar una frase bíblica. “Dios creo un Leviatán macho y una hembra, entonces mató a la hembra y la salvó para los honestos, ya que si los leviatanes llegaran a procrear, entonces el mundo no podría interponérseles."