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Poder al igual que en francés, pouvoir, no solamente es un sustantivo, sino también el verbo "ser capaz de". En inglés, el nombre "poder" se traduce como power, que también significa "potencia", lo que indica una cierta capacidad virtual o potencial. En alemán, en cambio, la palabra para designar "poder" es Macht, cuya raíz etimológica es machen, que significa "hacer". Literalmente, “Poder” significa "la fuerza de ser capaz de", la capacidad de un actor de conseguir o ayudar a conseguir resultados. O bien específicamente en lo social, la capacidad de un actor de cambiar las estructuras incentivas de otros actores a fin de conseguir resultados. Michel Foucault siguiendo a Maquiavelo, ve al poder como "una compleja situación estratégica en una determinada sociedad". "El poder se encuentra en todos los sitios... porque no proviene de ningún sitio". Y agrega "Se necesita sin ninguna duda ser nominalista: el poder no es una institución, ni una estructura; tampoco es una cierta fuerza con la que estemos dotados; es el nombre que le damos a una situación estratégica compleja en una sociedad determinada" (Historia de la sexualidad). "La dominación no es ese tipo de dominación sólida y global que una persona ejerce sobre otras, o un grupo sobre otro, sino las muchas formas de dominación que pueden ser ejercidas en el interior de una sociedad". Foucault no implica a la violencia, sino que afirma que el poder presume libertad en el sentido en que el poder no es forzar Max Weber advirtió que la sociedad moderna está amenazada por la concentración del poder. Su discípulo Robert Michels por su parte hizo hincapié en el hecho que toda organización humana tiende a quedar sometida por poderosos grupos políticos o financieros. La tendencia incluso involucra a quienes son electos legítimamente por el voto popular, impulsándolos a integrarse a élite de poder, alimentando y retroalimentando esa estructura produciendo más poder. Es obvio que el poder entre personas y la autoridad quitan toda posibilidad de igualdad. La autoridad y el poder en las repúblicas deben residir en los principios fundamentales, en la justicia, la libertad, la democracia, la igualdad y la dignidad. Nadie puede tener potestad de decidir por nuestro destino y el futuro de nuestros hijos. El poder exige dominación ya sea por la voluntad del sometido o por la fuerza, y la autoridad exige obediencia La única autoridad genuina y natural es la de los padres en la educación e instrucción de sus niños en edad de crecimiento. La relación maestra alumno en esa edad de desarrollo que también se vincula específicamente en la educación y en la instrucción no es de autoridad y poder como explicaremos más adelante. No le cabe el poder a un juez por administrar la ley, no le cabe el poder a un funcionario que más que cualquier otro ciudadano está comprometido a servir el poder soberano. En estas sociedades modernas es visible el hecho que el poder está en manos de banqueros, economistas, Iglesia, Estado y monarcas. Mal puede inferirse principios constitucionales bajo estos parámetros. El hombre ha tenido poder sobre las cosas en la naturaleza y de hecho que los tiene. Un artista tiene autoridad en su trabajo, un científico, un experto, un obrero en sus tareas, empero no hay autoridad de un ciudadano sobre otro, sea cual fuere su función o estado en la sociedad. El ciudadano no es un subordinado como lo es un soldado, un militar. El tema ha inspirado a viejos pensadores de la antigua Grecia, pero he tomado el sentido que Jesús le da a la autoridad y al poder expreso en versículos del Evangelio: "Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No será así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro esclavo…"(Mt. 20, 25-27) Vemos pues, que Jesús define la autoridad en términos de servicio y no de mando. En un sistema republicano y democrático no debería tener el poder nadie que no sea la ley. Nadie debería dar derechos o deberes que no sea la Constitución. Ni un trabajador en sus tareas recibe órdenes, sólo instrucciones para hacer su trabajo bajo reglas prefijadas por leyes laborales. El concepto de autoridad y poder tal como se ha instaurado y metido en nuestras conciencias que en nuestras sociedades se perfilan y proclaman como justas y de principios igualitarios entre ciudadanos, es lisa y llanamente una hipocresía, porque en realidad el poder y los poderes, la obligación a la obediencia que esgrimen nuestras sociedades son formas de señorío propias del feudalismo. Obviamente hay estamentos interesados que necesitan controlar a la sociedad más que la sociedad pueda controlarse a si misma. Estos provienen de muy vieja herencia de jerarquías formadas con petos y lanzas. Venganza, sangre, crueldad, violaciones, muertes. De los males no florecen los bienes. Las sociedades no son colectivos militarizados. En la cultura que se trate, la historia humana presenta una constante de guerras, invasiones y destrucción. En las primeras literaturas, La Eneida, la Odisea, la Ilíada, ”los libros sagrados”, se trazan en muchos principios y valores arrancados de la sangre humana y aún hoy se repite con igual signo en el arte de las letras, en el cine, la televisión y en los juegos infantiles. Al leer la historia humana podemos percatarnos que muchos de los valores y principios axiomáticos de la moral fueron extraídos a partir de las encarnizadas luchas de unos contra otros y según convenía, este o aquel se convertía en el ícono invalorable y hasta deificado de la virtud. Los héroes sólo podían hallarse en un campo de batalla, en aquel que con la espada cortaba más cabezas al enemigo circunstancial. El valiente, el otro que había burlado con destreza que no le cercenaran la cabeza al exponerla como un sortijero. El amor, llegó a culturizarse como sentimiento excelso para lo divino, ultrajando el amor entre seres humanos, a veces como pecado de la carne, a pesar que cada ser ocultamente removía en su alma, sin entender, o vergonzosamente entendiendo contra cultura, que aquel sentimiento lo exploraba en sus entrañas. Las guerras, las falsas virtudes, la falsa moral del amor, son indicadores del rol femenino de aquellas épocas, de la intrascendente mujer que debía sufrir el claustro y la indignidad de ser reclusa del ordenamiento castra orum sin privilegios. Cuando David recibió en la villa de Siclag la noticia de la derrota de Israel y de la muerte de Saúl y Jonatan a manos de los filisteos, en el monte Golboe, sintió una profunda pena y dijo –“Oh montes de Chilboa, que no caiga sobre vosotros ni rocío ni lluvia, que no se cubran vuestras laderas de vegetación, porque allí fue abatido el escudo de los héroes: el escudo de Saúl, como si él mismo no hubiese estado untado con óleos…”- Al referirse luego a Jonatan, su canto fue más emotivo… -“Angustiado estoy por ti, OH Jonatan, hermano mío, tan noble y bueno… Como una madre ama a su único hijo, así yo te amaba…”- Podríamos pasar así mil pasajes de la Biblia igualmente de la Odisea, la Ilíada, la Eneida, y no importa en la cultura que se cuente, los valores y principios siempre estuvieron ligados a hechos sangrientos. Así lo ha recibido nuestra cultura y así ha sido escrito hasta nuestros días. Muchos índices en el “infierno”, escasos en el amor. Como si el mal, también podría dar principios. Y paradójicamente esa es nuestra herencia. Nuestras sociedades no necesitan “soldaditos”, necesitan ciudadanos libres en cuanto a la toma de decisiones por su propio destino. |