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Las ciencias del hombre han permitido aliviar enfermedades, aliviar dolores físicos y dolores mentales. El dolor es una advertencia del cuerpo o del alma sobre una cuestión que no funciona como debiera. El dolor es una alarma, un alerta contra las contrariedades de la vida. Al exponer la mano al fuego el dolor nos obliga de inmediato a retirarla. La angustia, asimismo, es el dolor del alma a circunstancias adversas. Si bien es cierto existen artilugios valederos para recurrir al alivio de un malestar físico o psíquico, la indolencia en todos los casos no es deseable. Marcial expresó: -“… A quien nada le parece malo, ¿qué puede parecerle bueno…?”-; en tanto Crantor combatía con extrema contundencia a Epicuro en este sentido –“…no alabo esa indolencia imposible e indeseable. Celebro no estar enfermo, pero, de estarlo, quiero saber que lo estoy, y si me cauterizan o sajan, deseo sentirlo…”- Más allá que Crantor, haya infundido una doctrina del dolor; el flagelo, el auto flagelo también ha sido incorporado en la cuenta del placer humano. El placer es el estado de satisfacción momentánea por una circunstancia que afecta a nuestro cuerpo y espíritu. El placer ayuda a sentir un bienestar ligero, al mismo tiempo crea un subestado de ansiedad que empuja a reiterar las condiciones que prevalecieron con el primero. La ansiedad crecerá con el segundo y será más fuerte el tercero. De allí provienen los vicios y a partir de los vicios no se podrá evitar el dolor y/o la corrupción. Los placeres naturales han sufrido en nuestra evolución significativos cambios que han llevado a sociedades e individuos a estados escandalosos, enfermizos y violentos. Aunque estas circunstancias han sido detectadas hace mucho tiempo nadie ha detenido el exagerado desarrollo de la industria del placer artificial y el mercado ha culturizado el sentido de anhelar lo útil de lo que es inútil. Aparatos, alimentos, bebidas, conductas, se han incorporado al entretenimiento y los productores saben que el éxito de su negocio es la adicción. Lo exasperante es que cuentan con la “colaboración” de una publicidad sin control y el apoyo de la ley. Así golpean a los niños y los más débiles sin discriminación y muchos padres exigen paradójicamente luego, sin comprender las causas, que las escuelas se responsabilicen por ellos. Como el placer es una búsqueda incesante de la naturaleza humana es fácil convencer. Ya expresé como se adoctrina a gente ignorante, con fe encendida y falta de apego. La experiencia del placer no tiene más incidencia que la satisfacción vivida. Pero como dijimos, la tendencia razonable e inobjetable sería, repetir las circunstancias para volver a sentir el mismo efecto. Y a partir de allí comienza el estado peligroso de la adicción. El comercio del placer entonces, trabaja fácilmente sobre esta característica humana, poniéndole en mano los artilugios respectivos. Pero el negocio llegó mucho más lejos. El negocio ha ido horadando en la cultura popular, cambiando hábitos de alimentación y de conducta en forma masiva. No es extraño advertirlo cuando en la mayoría de nuestras mesas de familias de todas las condiciones sociales, se exhiben bebidas y en los platos una bola de carne artificial. El resultado inmediato es trabajo para las ciencias médicas y las consecuencias, más allá de las individuales son fundamentalmente sociales. Un mundo de niños obesos y poco saludables. Platón en el Felón exponía –…Cuán extraña esa cosa que los hombres llaman placer!. Y de qué modo curioso se relaciona con lo que se considera su opuesto, el dolor. .. Dondequiera que se encuentre el uno, el otro se presenta incontinenti…”- No me refiero al dolor involuntario que proviene de enfermedades, accidentes o circunstancias naturales, sino al que Platón hace referencia, al dolor proveniente de excesos, hábitos, vicios, promiscuidades y a los que derivan de la cultura, de las creencias y de las estupideces humanas. Algunos viven con el vicio como si han de morir mañana y luego sufren como si quisieran no morir nunca. No paladean la vida, la digieren atragantándose. Esta cultura de la moda y del placer y del vicio se ha instalado en nuestras sociedades y son tratadas como nimiedades intrascendentes. Los niños principalmente tienen acceso irrestricto a la promoción y publicidad de artículos inútiles. La televisión e internet les ofrece una gran gama de productos como si los niños fueran los directos compradores de tales cuales. Por supuesto que este descaro trae consecuencias serias en las familias y por ende al propio niño. -“… el dolor de mente es peor que el dolor del cuerpo…”- expresó sabiamente Publio Siro. Los placeres ligeros y esporádicos no dejan mácula, no obstante son propensos a producir adicción y en la adicción la brecha ya no puede cubrirse. Por otra parte la cultura chatarra que por buen negocio se consolida en la economía de mercado, también deja su tendal de adictos, generalmente jóvenes, a quienes últimamente se dirigen las “ventajas” de productos, marcas y conductas. Sin considerar el tráfico de sustancias alucinógenas que parecen brotar en cualquier esquina. Nuestros hijos sufren porque nos negamos a comprarle una zapatilla de una marca determinada y sienten angustia verdaderamente por cuanto en vez de educarlos en comportamientos y conductas sociales adecuadas, serias y honestas, a los niños se los incita permanentemente a insertarse en el mundo del consumo sin ley que proteja ni a él ni a su familia. La incidencia de los medios visuales nos hace llorar más que la realidad. Vivimos de catarsis en catarsis engañosas; autodefensas psíquicas, de hecho, pero inconsistentes porque no descargamos absolutamente nada. Gran número tienen la idea absurda que lo que no sale en la televisión no existe. La moda penetra en los conceptos a través de la repetición infortunada de quienes tienen la tarea y responsabilidad de los medios. Entonces, -“…la extomorfa delgadísima y estrecha de hombros que era la bibliotecaria solterona de ayer es hoy la modelo etoile de la alta moda. La endomorfa rolliza y rozagante que encarnaba el ideal victoriano, hoy con queso cottage y pomelos, concurre cada martes a pesarse a los weigt watchers (Asociación estadounidense de ayuda al obeso)…”- apuntó Philis Bronsteirn, dejándonos una buena perspectiva del mundo de la mujer de hoy, más preocupada por su figura que de su embarazo. Bulimia y anorexia son moneda corriente en consultorios médicos y divanes psicológicos, sumados al ejército de hombres y mujeres con cirugía estética, que más allá del argumento saludable que pudiera caberle, la masa acude a la cirugía por una cuestión de moda. No es necesario discurrir sobre este tema tan detalladamente ya que cada quien, incluso con poco entendimiento, puede experimentar en todo momento este fenómeno de la vida cotidiana. Lo que quiero es simplemente reportar este dato que tiene repercusión sobre el desarrollo social de los pueblos. El interrogante es, sabiendo que las consecuencias del vicio sobrevendrá el dolor, la angustia… ¿nuestros niños, jóvenes, adultos… la sociedad... son felices?, ¿Son felices con su placer - flagelo, que como consecuencia, genera diversión momentánea y en algunos de los extremos viciosos, violencia, despreocupación, desinterés, suicidios, asesinatos, corrupción? Si fueran felices, al menos, habríamos encontrado una razonable explicación. Si bien es cierto no hay una idea clara de lo que está bien o está mal en estas sociedades construidas con principios confusos y falsos. En muchos aspectos, por propio sufrimiento o por leer los diarios intuimos que algunas cosas están mal; subjetivamente intuimos. A veces por conciencia directa, otras por las consecuencias de algún dolor sufrido y muchas provenientes de lo que sucede a nuestro alrededor, sin embargo, a pesar del serio daño que sufren nuestros hijos, todo parece indiferente al interés social. Para detectar el deterioro basta observar a las comunidades más alejadas de los centros urbanos. Estas últimas atestadas por la comercialización del placer y aquellas, donde no han llegado las influencias del vicio, puede apreciarse que aun persiste el vínculo familiar intacto, desde nietos a abuelos. No es extraño entonces que aquel proverbio chino adquiera actualidad: -“La paz en una humilde choza, esa es la felicidad”. El problema es más serio si no se alcanza a detectar estas dificultades sociales, ni a entenderlas en el conjunto social; sin percibir lo bueno, ni lo malo enteramente. Las sociedades que no reconocen el hábitat de naturaleza y tecnología; materia y espíritu; instinto e inteligencia, amor, fe, familia y valores, sin distinguir entre vicios y placeres. No son comunidades felices, son comunidades alteradas y violentas. Los deseos comenzaron a diversificarse en la medida que crecía el mundo de la tecnología, del pensamiento y las ciencias. El utilitarismo comenzó a manifestarse entonces como respuesta a las cosas y acontecimientos que se iban sucediendo, conceptualizando sobre lo útil o inútil del artificio, de la idea o de la cosa. Esta particularidad, también incidió sobre lo social, donde se trazaron principios basados en los deseos utilitaristas del mercado (bienes comerciales), tamizados y sazonados con un poco de razón pero totalmente alejado del bien natural humano. La contingencia de los deseos dejó para la utopía aquellos valores o para la misma contingencia los derechos y leyes establecidos por cultura o manuscritos. |