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¿Qué hemos hecho mal que todo está mal y qué cosa cobija el manto de la pretensión insistente y hasta insolente de valorar principios sociales en un mundo de hambre, violencia, injusticias, pauperismos, esclavitud que pueden encontrarse torciendo la cabeza donde se mire. En busca de los sucios resquicios merece la pena un breve repaso a nuestra naturaleza, intentando eludir, no sin esfuerzos, “santos remordimientos” inculcados. ¿Quiénes somos? Quizás, entre nuestros primeros ancestros evolutivos se halle el gusano “pakaia” y esto no insinúa que si de gusanos provenimos gusanos somos, pero si devela el enorme abismo que nos separa del pensamiento celestial, esotérico o religioso que nos ha cacheteado durante siglos y aún cachetea en las propias estructuras de la ciencia de la evolución. Veamos. En agosto de 1856 fue descubierto el primer espécimen “hombre de Neandertal – homo neanderthalensis” y la Teoría de la Evolución abría una enorme brecha científica, pues el comienzo de la historia del homínido era también el inicio de la paleoantropología, el desarrollo de la biogenética, la biología, la medicina, la psicología, la sociología con tanto acervo que la evolución de las especies se establecía como estamento indiscutible de toda ciencia humana. Los investigadores sugieren que el Neandertal y el Homo Sapiens surgieron de linajes separados hace por le menos cuatrocientos mil años y hasta un millón de años atrás, aunque no se descarta un pequeño aporte neandertal al acervo genético del homo sapiens, nuestro antecesor. Un reciente estudio del material genético procedente de la muela de un niño neandertal ha concluido que sus abuelos no tienen que ver con el homo sapiens, pero por otra parte, otros aditamentos aportan datos para suponer que los seres humanos actuales podrían tener genes neandertales a raíz de la posibilidad de haber ocurrido un cruzamiento de especies. Hay acuerdo absoluto entre los paleontólogos, luego del análisis de las herramientas encontradas que fabricaba la especie neandertal (enormes puntas de flecha) utilizadas para la caza que suponen, acorde a la magnitud de las herramientas, tenían relación con la magnitud de la presa rebasando por tres el peso y cuerpo de aquel antepasado. Los estudios llevaron a los científicos a determinar además que esta especie fue por excelencia carnívora y en riesgo constante de recibir heridas mortales de sus presas colosales. El homo sapiens, nuestra herencia filogenética, mucho más esbelto, de piernas y brazos largos, más ligero y ágil, cerebro más grande, elaboró en cambio piezas pequeñas para la caza, obviamente contra animales de reducido tamaño y sustancialmente con menor exposición peligrosa a la de su pariente en estos menesteres. Además fundamentalmente, el homo sapiens, tenía una dieta variada entre carne, verduras, frutos, raíces y peces, lo que le permitió antes la proverbial disminución o escasez de uno u otro, aprovecharse del más alternativo. La extinción del primero y la permanencia del otro pueden extraerse de esos parámetros Nuestros antepasados de las cavernas sometidos a la ley del más apto del entorno animal, de la cadena alimentaria y de los fenómenos atmosféricos, muy lejos de la “pakaia”, dista singularmente del hombre actual. Visto aquel y este hemos de aprobar el hecho de haber sufrido una evolución física y mucho más mental casi desmembrados de nuestros ancestros genealógicos desde los principios de la vida e imposibles compararnos a una oruga. De todas formas qué tiene de malo una rata, de la cual escrudiñamos su genotipo para estudiarnos a nosotros mismos. La sangre, los organismos de los seres vivos nada tienen que envidiar a la sangre y organismos humanos ni siquiera a nuestros sentidos ligeros y limitados imposibilitados de escuchar sonidos ultrasónicos u orientarnos a través de campos magnéticos. Un bómbice lepidóptero macho tiene receptores tan extremadamente sensibles y exclusivos al olor incentivo de una oruga hembra que puede percibirlo a un kilómetro de distancia entre millones de olores en el ambiente. Poco nos separa de las otras especies con que tenemos un origen común y nuestra química, no parece ser la más distinguida. Pavlov en su experiencia con animales dio pruebas claras de sus comportamientos y paradójicamente para los fundamentalistas, dejó un aporte de gran importancia a la psicología moderna al proyectarlos como modelo al comportamiento humano. |