CAPITULOS
|
detener o activar movimiento (poner o
sacar el cursor sobre el cuadro de color celeste)
Todo lo que se diga, hasta la mejor dialéctica, es pura cháchara si el bien del Estado no es otro que ordenarse al contrato social, el contrato entre familias, la Constitución y los principios que de allí devienen; el amor, el arraigo, la libertad, la igualdad, la justicia, la educación que conlleva a la solidaridad, el respeto y la sociabilidad; la dignidad que se asignan a la naturaleza de los sentimientos humanos; el conocimiento y la tecnología que por evolución se asignan a la característica única de la especie; el desarrollo y transmigración de la inteligencia que asimismo por evolución es la piel humana de subsistencia necesaria. Esto somos y esto queremos ser y transmigrar. Es necesario trazar los puntos y estructura de una nueva República, la abolición del poder público de la representación; el funcionamiento judicial; el sufragio dinámico con democracia real directa en soberanía plena no delegada. Hemos examinado la naturaleza, el origen evolutivo, las incidencias religiosas y de la fe del ser humano como tal, sus angustias y temores, los falsos principios con el estancamiento de las ciencias sociales. Hemos señalado las incidencias históricas que agobiaron y agobian la sociedad. Hemos ahondado en principios tales como la justicia, la igualdad, la sociabilidad, el amor, la educación, el conocimiento y la transmigración, la propiedad de la vivienda familiar desmembrada de la incongruente pretensión de la propiedad de la tierra y hemos esbozado sintéticamente una idea: entre un contractualismo clásico, en cuanto a la base de la necesidad de un pacto para la formación de la sociedad civil y el Estado, y un contractualismo contemporáneo que interesa fundamentarse en principios lógicos y razonables a partir de lo que somos entre vicios y virtudes que conformen el contrato En este aspecto es necesario profundizar ahora sobre lo siguiente: Hasta el siglo XVII predominaba la idea de que el poder se justificaba en el derecho natural a instancias de conceptos religiosos, reglas invariables o prefijadas por tradición. El rey y la dinastía lo eran por la gracia de Dios y los esclavos lo eran por naturaleza, cuestión esta última que también afirmaba Aristóteles. Aunque en el pensamiento griego ya existían precedentes, fundamentalmente con la escuela sofista que se oponían a esta concepción defendiendo el convencionalismo y el relativismo, aunque sin embargo tampoco dejaban espacio a aquellos sometidos por las guerras a la esclavitud. El fraile franciscano y filósofo escolástico inglés, Guillermo de Ockham (1280,1288/1349) pionero del nominalismo aunque se perfiló mejor como conceptualista y que algunos consideran el padre de la moderna epistemología y de la filosofía moderna enfrentó las ideas dominantes con la argumentación que sólo los individuos existen y que los universales son sólo conceptos mentales. C. S. Peirce (1869) más tarde indicó que Don Guillermo y Duns Scoto fueron «dos de los metafísicos más profundos que jamás vivieron» El franciscano en sus razonamientos usó el principio de economía de entes, bautizado como principio de parsimonia, aunque este fundamento ya aparece en el Organon aristotélico y utilizado por otros filósofos griegos. Bertrand Russell (1946, 462/463) en "Principia", va a establecer siguiendo la misma línea de Ockham "que si un fenómeno puede explicarse sin suponer entidad hipotética alguna, no hay motivo para suponerla". La denominación "navaja de Ockham" apareció en el siglo XVI, y con ella se expresaba que mediante ese principio, Ockham «afeitaba como una navaja las barbas de Platón», por la simplicidad ontológica en contraposición a la filosofía platónica que admitía además los entes matemáticos y las ideas). Esto produjo una división entre los llamados "conventuales" y los "espirituales" en el seno de la orden franciscana ya que estos últimos en la razón del fraile franciscano Guillermo defendían un ideal de pobreza absoluta alegando que tanto Jesús como sus discípulos carecían de posesiones individuales y comunales. Obviamente en 1318, Juan XXII publicaba una bula en la que condenaba la postura de los también conocidos como "fraticelli", calificándola como herética excomulgando a los "detractores" No obstante, en el derecho se le atribuye a Ockham el desarrollo del concepto del derecho subjetivo como un poder correspondiente a un individuo (Opus nonaginta dierum) previamente formulado por Tomás de Aquino y el Derecho romano con otras correspondencias. Ockham sugiere que dado que no se puede establecer con certeza la esencia de un ser, igual que de un ser humano, es imposible desprender derechos de ella. En esta corriente del contractualismo clásico, luego iban a incorporarse otros pensadores fundamentalmente Thomas Hobbes que, intentando justificar ideológicamente la monarquía absoluta, sin proponérselo trazó la teoría estructural que provocaría el propio desplome de la nobleza. En su obra “Leviatan” intenta explicar el origen del Estado, afectado por los acontecimientos acaecidos con la conocida Revolución Inglesa liderada por el puritano Oliver Cromwell. La estructura de su razonamiento (estado de naturaleza-pacto-estado de sociedad), resultó ser el croquis que adaptaría John Locke en sus dos tratados sobre el gobierno civil. El ginebrino Jean-Jacques Rousseau, también adecuó la estructura de las categorías políticas Hobbesianas en su obra "El contrato social" invirtiendo el esquema. La huella de estos tres contractualistas se puede rastrear hasta la actualidad, desde el ideólogo jurídico del Tercer Reich, Carl Schmitt y en la base del constitucionalismo moderno. El descubrimiento de América entre otras razones, propició el crecimiento de nuevos ricos que poco a poco fueron independizándose económica y políticamente de las monarquías europeas, aunque en Europa era notable en el siglo XVIII que destacadas familias adineradas se convirtieran en resortes del reino con títulos nobiliarios (Borghese, Médici, Fugger). El número creciente de los llamados burgueses aun sometidos a los reinos, no les fue indiferente las ideas propiciadas a partir de aquel franciscano de Ockham, pasando por Hobbes, Locke, Rousseau y otros contemporáneos e incluidos pensamientos de la antigua Grecia (En la República de Platón, alrededor del año 360 a. C., Glaucón sugiere que la justicia es un 'pacto' entre egoístas racionales, mientras que Cicerón (106/43 a. C.) sitúa una teoría similar a finales del período de la República Romana) que les resultaban convenientes a sus intereses para romper con las cadenas de la corona. Les advino tomar aquellos "valores", impulsarlos y aplicarlos. Se hecho mano entonces al contractualismo que derivó por extensión al constitucionalismo que obviamente irrumpieron en el panorama político establecido hasta entonces que derivaron en la Revolución de Estados Unidos en 1776 y La Revolución francesa de 1789 y tras esta la emancipación de las posesiones americanas a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX. En la esfera de los asuntos políticos y libertades, la religión cristiana se vio seriamente comprometida, tras el abandono de las teorías religiosas, la secularización y la ley divina. Pero el modelo; aunque proveniente de honestidad ideológica, del súbdito sustituido por el ciudadano dotado de razón y derechos, proclamado por ideales del individualismo y autonomía moral que ya Descartes en el siglo XVII había trazado como independencia epistemológica del individuo estableciendo al sujeto como criterio último de verdad que Kant luego iba a resaltar en su ideal de autonomía moral; no podía esconder ni esconde bajo la fachada de los ideales de la ilustración, el movimiento racionalista y el contractualismo la hegemonía y conveniencia de la burguesía como depositaria del poder y de prerrogativas del nuevo régimen que disimularon en letra, pero generaron en la práctica. Lisa y llanamente la burguesía pasó a ser la clase dominante. La Iglesia no tardó en acoplarse adecuadamente en el ápice de las nuevas circunstancias de la pirámide social. Obviamente sin pronunciar jotas sobre la monarquía de origen divino y la naturalidad de los esclavos. Así la vieja fórmula: religión-estado, volvía a funcionar. Una cuestión de imperativa importancia se puede inferir hasta aquí entre principios y revoluciones que emergieron de aquella bien florecida época de la ilustración , aún en aquellos que con honestidad filosófica, sin proponérselo en contra de sus propias convicciones llegaron a conclusiones contrarias que pretendían defender como el caso de Okham… La avalancha de las nuevas ideas convergieron en forma irrefutable contra el antiguo régimen y los nuevos ricos tenían ahora una justificación palpable para revelarse del poder soberbio del rey. Y en realidad ellos fueron los que iniciaron todo el proceso sedicioso, obviamente apañados por los intelectuales “rebeldes” que actuaban a buena fe muy diferente al egoísmo de los promotores cuyo objetivo inmediato y esencial fue aniquilar el dominio de la nobleza sobre sus cabezas. Poco tardó la burguesía en darse cuenta que la nueva estructura revolucionaria, también ponía en peligro sus ansias desproporcionadas de dominio. Pero este nuevo frente en formación aun se debatía en confusas y controvertidas ideas en la concreción republicana. Y no fue casual que Napoleón Bonaparte a raíz de estas connotaciones, general republicano durante la Revolución, diera un golpe de Estado proclamándose cónsul y luego Emperador de Francia y luego rey de Italia y nombrara a su hermano José rey de España luego de su expansión territorial por todo el continente europeo. Hijo de la nobleza, Napoleón volvía a reeditar la monarquía, aunque con tópicos de “ideas liberales” hacia sus súbditos. Pero no ocurrió lo mismo en América, la burguesía americana se diferenciaba a la europea, por las grandes y extensas propiedades de territorio que había adquirido por conquista o por caudillaje que a través de pequeños ejércitos ejercían dominación territorial determinada. Justamente Smith, iba a proporcionar a la burguesía los fundamentos para enfrentar la plebe con ansias de libertad e igualdad que el mismo sistema pretendía, haciendo confusa la interpretación de sus propios principios al proclamar de hecho y derecho la propiedad privada de la tierra. Y otra cuestión importante que prevaleció y aun prevalece en el concepto de todos los sociólogos y filósofos de toda época y la actual; el poder y la autoridad como necesidad imperativa y como herencia histórica que no lograron desprender del ejercicio de uno o de un cuerpo colectivo de individuos o asociaciones como las que configuran los partidos políticos veladas o cubiertas bajo la cortina de la representación popular. De allí que el pueblo cede la decisión sobre el destino de su propio futuro a los que ejercen efectivamente gobierno y poder del Estado. Un sistema que permite y facilita además la acción de los burgueses y los herederos de abolengo al poder público, y restrictivo a los sectores humildes, haciendo más contundente la diferencia entre pobres y ricos en cuanto a privilegios y desigualdades. Pero más allá de pretender la igualdad de oportunidades, el poder y autoridad no puede residir en persona alguna ni en colectivos organizados. La sociedad civil no es un conjunto militarizado a la orden de grupos o personas que deciden sobre los demás. Y el pueblo no puede decidir a través de otro, ni debe prescindir de su propia decisión, ni delegar en representantes la decisión de su futuro, que en definitiva, aquellos terceros, concretamente deciden por si, por intereses partidarios o por negociaciones convenientes, por presiones externas o por egoísmo como bien apuntara Smith en el condicionamiento de su economía liberal filtrada a la política con sus correspondientes mercaderes y mucho antes advertida por los griegos con la división de poderes. Estas democracias han demostrado la crueldad y la perversidad de su estructura búsquese donde se busque. Más allá de los escándalos de corrupción que son moneda corriente desde las cúpulas hasta las bases, no puede ocultarse, ya no hay manera, que el poder individual feudal y burgués y la banca son las biblias modernas de nuestras sociedades. Por otro lado, las políticas de expansión y manipulaciones de conquista, de presiones de los Estados poderosos con los más débiles para expoliarles sus riquezas naturales mientras exponen una economía de mercado hipócrita con maquiavélicos títulos de libertad con bases en ideologías de igualdad y justicia reemplazadas con bombas, gases biológicos, tráfico de influencias, tráfico de órganos, droga, armamentos, prostitución, mafias y bancas disponibles para mayor crueldad son a la mera oteada del más incrédulo e inocente, el constante y predominante entorno de nuestro mundo moderno. La propiedad privada de la tierra, los títulos de poder y autoridad que estas democracias conceden a los partidos políticos, a un individuo o colectivos sobre otros individuos, son la elocuencia no sólo de la debilidad del sistema sino que es concretamente la putrefacción de los principios de igualdad y justicia. Preguntad al clero cuál es el sistema político ideal, os dirá: “la monarquía”. Preguntad a la burguesía cual es el sistema político ideal, os dirá: “el liberalismo”. Preguntad al proletariado cuál es el sistema político ideal y nada os dirá porque tanto el clero como la burguesía lo han contenido en la ignorancia. El comunismo por su parte, ahoga todo intento de libertad individual y obliga a la masificación popular, sobredimensionando un Estado con poder absoluto que negando la propiedad privada se la apropia a su eje cuantificando su poder. Una entramada monarquía con fuerte disputas de su corte disfrazada de democracia. Un hormiguero cuasi militarizado. Todo intento de protesta en uno u otro sistema es igualmente coartado o coaccionado ya sea por acción directa y contundente, ya sea por acción indirecta entre malabares de vaguedades de fundamentos y principios que desarticulan todo conato de reclamo. Así cada quien, en uno u otro régimen es un individuo cautivo. Las bárbaras costumbres hoy se cultivan solapadas detrás de hermosas cortinas de salvación y libertades. Las luchas entre clanes, las luchas tribales que aún resisten en Africa y Medio Oriente, las luchas entre imperios y dinastías que parecían haber culminado en la edad media se muestran ahora con otra modalidad no menos asquerosa ni menos cruenta ni menos repugnantes ni menos abundantes como el pasado. En el campo de las ciencias humanas, específicamente en las sociales, el pensamiento y la razón enturbiados en las esquizofrenias religiosas o en los ismos doctrinarios son sin dudas el eje no sólo del desgarro científico, sino del desgarro de la civilización que viene pronunciándose sin pausa. Las murallas, las fortificaciones, los castillos, la pólvora no faltan en ningún resquicio de toda representación humana, sumados a este mundo sobredimensionado en la explotación de la tierra, de las especies, la degradación del medio ambiente que son sin dudas el condimento testimonial más contundente de la historia humana fastuosamente aderezada con impresionantes muestras arquitectónicas de las soberbias religiosas y de las otras más mundanas entre muertes masivas, hambre y miseria, injusticias y violaciones, mientras en algún rincón del poder, el núcleo liberado espera a la toca del loco circunstancial que oprima el botón del fin de toda historia. Nuestras sociedades necesitan un giro radical, al menos para que la dimensión del engaño y la rapiña no quede oculta detrás de montículos verborrágicos obsecuentes al poder, disparados sobre la masa que no tiene opción de decidir sobre su propio futuro. Entendamos que la república es un sistema de derechos bajo un orden de ley, pero ello no implica que la ley sea justa o injusta. Por otro lado, la democracia no está enlazada con la razón o la inteligencia sino con la mayoría. Lo que queremos es una república democrática donde los principios y derechos sean materializables no en parte sino en todas sus partes: Igualdad, libertad, justicia y dignidad negándonos a los meros preámbulos utópicos o promesas sanatorias de salvación divina vertidos en constitucionales. Que “los sueños, sueños son”, que “la fe mueve montañas”, pero nuestras constituciones no hacen más que provocar pesadillas que emergen en vigilias violentas e insatisfechas para una mayoritaria parte de la población. Para ser más concisos y claros, en nuestras repúblicas y democracias modernas regidas por Constitución, no hay páramo que no digite el derecho a la vivienda digna o el derecho al trabajo o el derecho a la educación o el conocimiento o los principios de igualdad de oportunidades entre tantas. Cualquier tonto lector, provenga de donde provenga, puede advertir que el reparto y las oportunidades justas no encajan ni pertenecen a la gran masa poblacional tanto como encajan en materia para una minoría privilegiada. ¿Si este no es el sistema adecuado, cuál es el sistema? Un sistema que permita que las decisiones emanen directamente del soberano sin intermediarios. Un sistema sin partidos políticos bajo una estructura sin cabeza pero perfectamente organizada. Veamos. La ordenación y distribución del Estado no varía en nuestro concepto con las ideas de la Ilustración ni con los antecedentes de la Grecia clásica, salvo que nuestra visión anula absolutamente el ejercicio del poder en el sentido que este pueda ejercerse de manera alguna de un sujeto o varios sujetos contra uno u otros. El poder debe residir en la Constitución que emerge del “contrato social” y la ley que regula el ejercicio y ordenamiento social. En la Ekklesía instaurada por Solón en el 594 antes de Cristo en Atenas, todos los ciudadanos mayores de 16 años sin distinción de clases podían acceder a la Asamblea popular que fue el precedente del Parlamento constitucional de nuestras democracias modernas y tal como ahora se estila en muchas cámaras, sin condimento técnico las votaciones se realizaban a mano alzada. Las decisiones entonces, puede decirse salvando la época y estimando lo que en aquel entonces se entendía por ciudadano, emanaban del propio pueblo ciudadano que excluía obviamente a campesinos, trabajadores, esclavos y mujeres. Esta democracia extrema obviamente se resquebrajó en la medida del crecimiento poblacional y el aumento territorial de las naciones e incluso sin la tecnología moderna las aplicaciones democráticas estarían reducidas a pequeños núcleos poblacionales organizados. Lo que ha permitido la ciencia de las comunicaciones es llegar hasta los más recónditos lugares con la información y la retroalimentación de la información entre informador e informado casi en estrecha vinculación y aun más concreta con el uso de Internet. Los sistemas de votación contemporáneos, aun en países menos desarrollados otorgan al ciudadano la ventaja de participar en el sufragio casi masivamente sin mayores dificultades ni siquiera en el hecho de su movilización en cuanto al radio de su domicilio. Lo que el hombre vota en nuestras democracias modernas son representantes que deciden sobre la marcha y el destino del país. Obligados a confiar en candidatos o colectivos, delega y otorga con su voto, lisa y llanamente el poder de resolver, ungiendo a los nominados con títulos de mandato y autoridad. Candidatos que el elector sólo conoce a través de campañas promotoras y actividades publicadas en la prensa a la que el ciudadano común también debe confiar. Una cadena de confiabilidad demasiado débil como para ser confiable, ya que los medios también tienen su preferencia sistemática. Lo más deprimente y determinante sin embargo lo representa el hecho que al culminar su acto cívico de poner una boleta en una urna, el ciudadano debe reposar durante cuatro o cinco años sin más opción que acatar aquellas decisiones ajenas depuradas entre el grupo legislativo electo que no siempre son la de la voluntad popular ni siquiera de beneficio social, por cuanto las decisiones son personales o colectivas según el partido político que representa. No nos engañemos porque en esta trama democrática, la plutocracia es la que prevalece con mayor prestigio, porque el alto coste de las campañas políticas están controladas por los grupos económicos dominantes, por el control de los medios de comunicación que se sustentan precisamente de estos colectivos, provocando irremediablemente la partitocracia con un holding empresario y burgués alrededor del poder estatal en contra prestación a la financiación política o como tal según avanza el sistema, a la dominación privada de los recursos naturales y la consiguiente presión al Estado, como sucede actualmente con el agua y la energía entre otros. El dinero es el mayor determinante del éxito político y establece qué candidatos estarán en condiciones de formar listas a pesar de las regulaciones que dicen provenir de la Ley de financiación de los partidos políticos, cuya normas sean las que fueren (observando todas las que están en vigencia en los países democráticos) puede burlarse con suma facilidad. El país en definitiva queda dominado por grupos políticos que se infiltran en el control de las estructuras sociales básicas en propio beneficio, en beneficio de sus empresarios asociados o en beneficio de intereses externos parapetados detrás de instituciones y leyes que disuaden todo reclamo. En este esquema es imposible admitir una porción de igualdad, de libertad o justicia paradójicamente lo que se proclama en la democracia representativa más allá de las implicaciones negativas a la voluntad popular que sólo tiene un “derecho” a votar de vez en cuando obligado a confiar en una boleta que expone varios candidatos y a la decisión personal de estos. La voluntad así queda supeditada a la voluntad del otro. Urge trazar un nuevo diseño de nuestras sociedades que se ajusten a los principios básicos de toda organización civilizada. Sería casi imposible en nuestras sociedades actuales en las que el número de la densidad poblacional de cada país supera en casi todos los casos el millón de habitantes, ciudades que saltan abiertamente esta cifra, considerar la posibilidad de ejercer soberanía a través del voto popular sino se cuenta con una estructura técnica y científica avanzada. Sería complicado y con muy bajas perspectivas de ejercer principios de igualdad y justicia con el sistema de asambleas regionales escalando en grupos superiores en cadena para ir comprimiendo la estructura de gobierno en cuya cúspide se perdería sin dudas el verdadero sentido del pensamiento y la decisión popular, aunque reconozcamos que sin tecnología, esta sería la única opción más adecuada, y la es en cuanto a promulgar normas barriales o de distritos con sujeción a las leyes provinciales y nacionales. Los sistemas actuales de sufragio en nuestras democracias, aún en países subdesarrollados, se ejercen a través de herramientas modernas que permiten cierta participación masiva de la población con ciertos conocimientos sobre figuras electivas y proyectos, en proporción según sea, mayor o menor el condimento tecnológico empleado. En esta era sin embargo, con pocas excepciones, no hay justificación posible para impedir la participación máxima apropiada de los ciudadanos en el acto de sufragar y conocer, y esto se debe al uso de frescas ciencias que lo permiten, aún cuanto no esta exento el engaño o un sistema de cautividad sistemática porque la tecnología por si no es garantía ni fundamento de ningún principio social. Hemos convenido al principio de nuestro ensayo que el ciudadano es aquel que compone la sepa social: los cónyuges, que además deben estar instruidos apropiadamente en el conocimiento cívico y cultural de su país, considerando que la ignorancia es raíz de todo fracaso, crueldad y vicio. Por lo tanto el Estado debe prestar, facilitar y adecuar las formas, fondos y estructuras a fin de que cada ciudadano y cada habitante puedan acceder al beneficio del conocimiento desde el básico al superior o científico. Las decisiones, todas las decisiones del Estado deben emanar de la razón y la decisión de la mayoría ciudadana sin intermediarios y en democracia directa como debe ser. Para que esta estructura sea posible, no sólo deben comprometerse en responsabilidad los ciudadanos, sino además los centros del conocimiento científico y las cortes judiciales. Los centros de estudios y científicos no deben ser islotes ajenos a la trascendencia de la organización de una nación y a la emisión de propuestas fundamentalmente específicas y no exentas otras para que luego sean analizadas por las distintas escuelas superiores de todas las otras especialidades para emitir juicio de valor y finalmente entregadas a la ciudadanía para resolver con el voto, la eliminación parcial o total, o en definitiva la promulgación final de la ley. De esta forma, con la participación de las instituciones y centros del conocimiento, se cerciora que el proyecto de ley en tratamiento no filtre situaciones negativas, en cuanto entre otros, a la salud física o mental de los habitantes; deterioro del medio ambiente; cercenamiento o pérdidas de derechos; deterioro económico; conveniencia de intereses particulares; etc. Las cortes judiciales, serán las responsables del fiel cumplimiento de las normas. Las cortes menores en los ayuntamientos y en relación a su categoría en orden superior a las provincias y a la Nación. Es cierto, este cúmulo de actividades cívicas, debe exigir al ciudadano mayor participación y responsabilidad ciudadana como debe ser, pero al mismo tiempo esta labor es sin lugar a dudas, el índice incuestionable del principio de ejercer la voluntad de todos con las mismas posibilidades individuales y en justa medida sin sicarios ni terceros..
Urge comenzar el mejor diseño de la civilización. No con lanzas y una espada, ni con pretensiones insidiosas u obscuras escondidas, ni interpretaciones divinas. -“No se puede dar la mano con el puño cerrado...”-, argumentó sabiamente Indira Gandhi. El genial francés Víctor Hugo, reveló en un discurso: -“Sin infinito, no hay ideal, sin ideal no hay progreso, sin progreso no hay movimiento; inmovilidad, pues, statu quo, estancamiento: ese es el orden. Hay putrefacción en ese orden. Preguntad a la jaula lo que piensa del ala. Os contestara: el ala es la rebelión…” No es posible que esta historia de sangre, hipocresía, discriminación que hemos escrito hasta hoy sea la única opción y razón del ser humano. “Quiero ser un “ala”… acompáñame…
R. H. Mac Coif |