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CAPITULO XVII

¿Qué es lo que nos corresponde por naturaleza? Debemos volver sobre nosotros mismos en la necesidad de proporcionar una visión más acabada del ser humano como tal. Una visión no atrapada en paraísos y virtuosismos esotéricos. Una visión que nos permita visualizar un futuro cívico de armonía con mejores condiciones para ser dignos de ser lo que somos.

-… Cuál es el nombre de aquello que para nosotros transmigra por la sangre…”-. Pitágoras aseguraba que las almas en la metempsicosis, por la que un león fue una mula, o un sabio una serpiente, transmigraba por la sangre. Millones de personas creyeron y siguen creyendo en la reencarnación a través de su fe religiosa. La pregunta siguiente es, porqué somos lo que somos, de dónde provenimos. Y la respuesta inmediata es, de nuestros padres y ellos de los suyos y aquellos de los otros y formaríamos una larga cadena de herencia que nos transportaría al homos sapiens. A la vez, de igual forma trazando el mismo esquema al homo sapiens y siguiendo hasta el final tendríamos un mapa que exponiéndolo en el mapa evolutivo llegaríamos al principio de la vida, a la de una simple partícula viva.

Queda claro que transmitimos heredad como toda criatura viva transmite. En nuestro ADN están fijados los datos de nuestros ancestros desde el principio de la vida, nuestros hijos recibirán el nuestro y así hasta el fin de la humanidad que es como una “reencarnación constante”

Si bien es cierto cada sujeto vivo se hace a si mismo, es indudable que se hace por lo que es y llega a ser lo que el potencial heredado permite llegar a ser.

Somos lo que somos haciéndonos y no dejamos de ser lo que fueron nuestros antepasados; nuestros hijos no dejarán de ser lo que fuimos nosotros. Somos por herencia, nos hacemos por experiencia y transmigramos herencia y experiencia.

Decían en el pasado, no solamente el vulgo sino encumbrados pensadores, que de padres alcohólicos, drogadictos, viciosos, promiscuos, heredaban sus hijos ese inri potencial e incluso sostenían que por eso la “justicia” divina castiga en los hijos la falta de los padres ya que el contagio de los vicios paternos se imprime de algún modo en el alma de sus hijos. Hasta se promulgaba que la pobreza heredaba pobreza y así estaba escrito. Y la manzana del paraíso es para los cristianos el “inri” de su pecado eterno.

La naturaleza de la evolución, tras aquella circunstancia de actuar por elección, ha proporcionado al ser humano un potencial cada vez más sofisticado: su mente. A mayores operaciones mentales, la naturaleza adecuó y proporcionó poco a poco mejoras estructurales para estas actividades. El hombre evolucionó entonces como un ser por excelencia mental, sin que por ello, se haya desglosado de los dictados instintivos por cierto.

Ese potencial mental se ha forjado generación en generación. No fue una acción espontánea y obviamente cada generación proporciona un poco más o un poco menos al crecimiento o desvanecimiento de las capacidades futuras.

La naturaleza proporciona complejas “técnicas orgánicas” para enfrentar a un medio imperceptiblemente cambiante. Los estudios con los astronautas, a pesar de su entrenamiento y condicionamiento físico, nos dan cuenta de la rapidez del deterioro orgánico que provoca la falta de gravedad. Las especies se extinguen si las dificultades ambientales sufren cambios abruptos, las modificaciones imperceptibles del entorno en cambio son captadas por cada generación y provocan cambios igualmente imperceptibles en la herencia, tanto físico como mental.

Para el ser humano no sólo el ambiente sacude nuestra evolución. El aluvión tecnológico también nos ha transformado y algunos artificios son como parte de nuestra “carne”, algunos alimentos deben ser elaborados para su consumo y para pobladores citadinos, al contrario de poblaciones indígenas, el agua debe ser tratada.

En nuestro bagaje hereditario viene incluida ciertas capacidades que quizás no hayan tenido nuestros abuelos y que incluso hoy día nos diferencian de otras etnias de otras regiones del mundo.

Esta mochila frágil versátil de heredad, fundamentalmente en el ser humano que ha recibido una estructura cerebral significativa para la elaboración mental, debe reavivarse en cada generación.

Las experiencias personales son las que perfilan la personalidad y las que engrosan el vademécum hereditario futuro. De allí que la disfunción de la actividad mental en grupos humanos puede devolver al mundo futuro una generación de brutos propicios para volverlos a la cadena alimentaria.

De allí surge que cada ser humano tiene, más allá de su yo, el peso de los ellos de la humanidad futura. El último, sintetiza la evolución desde el principio de la vida, la constitución de su rama genealógica y de su especie.

De tales cuales podríamos inferir varios principios y explota ostensiblemente el hecho que la educación y el conocimiento es un deber individual más que un derecho.

No es extraño que muchos hábitos y modismos se repitan de padres a hijos, que más allá del sentido emulativo, podrían indicarnos además, que también transmitimos parte de la personalidad.

Algunas personas incluso, pueden hablar espontáneamente un idioma extraño o consignar una teoría tecnológica que ni siquiera tienen asimilada por vista o experiencia, que permite inducir además o interrogarnos al menos si una porción del conocimiento adquirido subjetivamente, puede asimismo transmitirse en los genes. Hablar con nuestros antepasados entonces, no debería resultar nada extraño para nosotros.

Sin dudas, estas fundamentaciones, aunque no hemos perdido la raíz del principio de la vida, nos proporciona una visión del ser humano más completa, pues nos indica la necesidad de trascender en la herencia, tanto por cuerpo como por mente. Venimos desde la humanidad hecha de sabiduría y así debemos hacernos con humanidad y construir la humanidad futura.

El hombre no sólo se enfrenta a un medio de variaciones lentas y seglares, como el clima, rayos cósmicos, presión atmosférica, filtros estelares. Efectos que no han sufrido variaciones sustanciales en cientos de miles de años. Se enfrenta así todos los días, a un entorno con circunstancias similares a las vividas por sus antepasados. Sin sorpresas ni sobresaltos nos toca “vivir” lo que ya se ha “vivido”.

Y este cuerpo físico químico de la vida viene provisto de un equipo de inmunidades a los efectos del mundo externo que ya “conoce”. –“… cada paciente lleva un médico propio en su interior…”- advertía Albert Schweitzer. Aunque el calentamiento global, el cambio climático, la desertificación están horadando nuestro sistema inmunológico y ya han provocado la desaparición de algunas especies que las economías y el sistema ideológico religioso vigente con la globalización parecen ignorar.

Si bien nuestro cuerpo “conoce” el entorno, nuestra mente exige conocer.

En cuanto a conductas, el recién nacido trae todo un bagaje de información hereditaria, referido a aquellas circunstancias de insumo físico químico y otras, que le dictan el acto a seguir frente a los hechos que se presentan, experimentado en algún punto de la evolución por la especie. La automaticidad de esas conductas, son ejemplos de reconocimiento instintivo heredado.

-“El fuerte crea fuertes”- decía Horacio, en tanto Lucrecio se preguntaba –“… ¿porqué el león transmite a su raza su fiera violencia?, ¿porqué transmite el raposo su astucia y el ciervo su huida y su pavor?, ¿porqué, a no ser cierto que el alma tiene su semilla y que sus elementos crecen a la par de los del cuerpo?, si el alma penetra en el cuerpo al nacer ¿cómo no recordamos nuestras acciones pasadas y cómo no tenemos vestigios de lo pretérito…?

Cuando se produce el desarrollo de la conciencia, se pone en marcha otro aditivo de la automaticidad que también es un signo de reconocimiento. Nadie podría responder con exactitud ni siquiera recordar algunas conductas efectuadas en el día., porque la cotidianeidad de las circunstancias le ha hecho responder a algunos de los hechos que se le presentan, similares a otros vividos subjetivamente, con respuestas sincronizadas y mecánicas. Los reflejos al conducir un automóvil mientras pensamos en otra cosa o charlamos con el acompañante, nos permiten ahorrar actividad mental. A lo conocido el cuerpo responde con inmediatez y la mayoría de las veces sin razonamiento ni conciencia. Es una conducta que se instala para repetirla mecánicamente a un efecto que ya se ha vivido en forma reiterada que proviene de nuestra experiencia subjetiva y se adosa a la heredada insertándose en nuestros genes.

Especies animales o insectívoras que son perseguidas con plaguicidas fatales generan anticuerpos en sus sistemas contra esas contingencias e incorporan a la información genética que transmigra en las siguientes generaciones. Lo que implica que aun en variaciones extremas, en algunos casos, la evolución para la adecuación a la vida es cuasi espontánea.

En cuanto al entorno natural, tengamos en cuenta que, lo desconocido, lo extraordinario o lo nuevo, exige esfuerzos físicos o mentales superlativos y algunos producen trastornos que pueden provocar la muerte. Animales salvajes puestos en cautiverio, el cambio del hábitat o el cambio de una dieta alimentaria entre cientos de circunstancias diferentes que se producen sorpresivamente provocan ánimos disímiles y caóticos.

En el siglo pasado, cuando la radio estaba en sus comienzos, la transmisión de una obra sobre extraterrestres (La invasión de Marte), provocó el caos durante días en Nueva York producto de la incertidumbre. Es que el hombre además de su entorno natural enfrenta también a su propio medio tecnológico; las ciencias, la cultura, las creencias con iguales efectos de la naturaleza.

Es propio admitir que las prendas de abrigo es la piel con que necesitamos cubrirnos. Nuestro organismo está condicionado para beber aguas específicamente tratadas, alimentos cocinados y otras. A diferencia de los fenómenos naturales, el avance tecnológico es un torbellino casi imposible de asimilar, luego la cultura popular alimentada por los medios de comunicación, el vademécum de ideas con sus criterios conflictivos entre si y los miedos religiosos; sin dudas, son el frente artificial con que el hombre debe medirse todo el tiempo que afecta irremediablemente su estructura física y mental. El estrés, la angustia son algunas de las enfermedades que sufrimos por la modernidad.

Sigmund Freud aseguraba que –“La angustia, es el precio que pagamos por ser civilizados…”- en tanto Heidegger indicaba que –“… la angustia, proviene de una sociedad desmoralizada del desencanto individual…”- Gandhi adoptó, convencido de los “males tecnológicos”, una filosofía del regreso a la rueca, a la simplicidad.

Para la naturaleza el hombre no es más que un sapo, un gusano o un ombú. Nos dota lo que a todos dota según la actividad y la adecuación al medio natural o tanto artificial como lo es para nosotros la tecnología y cultura. Proporciona anticuerpos, transforma la física y química de los organismos vivos y de igual manera la mental, fundamentalmente en los seres humanos donde esa actividad es superlativa.

Pasado el siglo XX los aportes a la ciencia tecnológica preceden a velocidades inauditas que presumen grados de alto nivel intelectual y desarrollo mental y de mayor expansión inteligente. Pero he aquí que las sociedades, los pueblos, la gente, la mayoría de la población mundial, sobreviven miserablemente en un mundo que parecería no pertenecerle.

Obligados a vivir en un hábitat, en ghettos de pobreza sin el recurso ambiental que la naturaleza proporciona a cualquier ser vivo e imposibilitados de acceder a la tecnología mínima y el conocimiento poniendo en un hilo permanente su propia subsistencia; es un hecho que ya nadie puede disimular. Son los impedidos de evolución humana como debiera ser

Qué es lo que trasmigra de esta humanidad que ni siquiera vive con humanidad. Acaso existe un plan para mantener esta casta de desahuciados con herencia de desahuciados.

Parafraseando a Lucrecio –“… ¿porqué el león transmite a su raza su fiera violencia?, ¿porqué transmite el raposo su astucia y el ciervo su huida y su pavor?...”. Y digo… ¿qué transmite el hombre?, ¿astucia para la rapiña?, ¿astucia para matar?, ¿astucia para engendrar corrupción y generar miserias en su propia especie? ¿Y estas astucias… vienen incorporadas en nuestra inteligencia?

El hombre por si es un ser espiritual cargado de materia. Esta materia es el hilo conductor de la energía biológica. Pero no se pretenda aislar uno del otro. Tanto el corazón, el hígado, los pulmones no pueden ni siquiera imaginarse fuera del sistema, de igual forma que el cerebro y la función de la conciencia con el circuito de “almas” que componen ese organismo vivo.

Dónde van las “conciencias” cuando el cuerpo muere. Es el mismo interrogante que podríamos analizar con respecto a la energía eléctrica. Dónde va la electricidad cuando apagamos el bombillo.

Si bien la conciencia individual muere al morir el cuerpo. Esta particularidad de trasmigrar y transmitir datos genéticos y aportes subjetivos a las nuevas generaciones es en definitiva el hecho más contundente de la vida que se canaliza a través de la reproducción.

Si los aportes genéticos como el desarrollo cerebral y la inteligencia provienen a través de larga sucesión hereditaria en que cada individuo aporta sustanciales y vitales datos a esa transmisión.. ¿En qué momento o en cuál generación la evolución del cerebro humano y obviamente el potencial de inteligencia sufriría un retroceso o una atrofia en el caso que los antecesores genéticos abortaran por las circunstancias que sean su propio acceso al conocimiento? Es claro que la naturaleza evolutiva privaría de un privilegio logrado en cientos de miles de años más tarde o más temprano contrariando a esa generación futura. Pues, de ser así, tendríamos como resultado un homínido con menor capacidad mental.

Muchas más interrogaciones quedan en el tintero de igual predicamento y todas conducen a escarbar en principios fundamentales de la justicia y la igualdad que vienen siendo negados en el aspecto de ser y transmitir heredad humana.

¿No es acaso el conocimiento y la sabiduría un principio sine qua non de todo ser humano? ¿No es acaso el conocimiento un valor agregado al potencial posible de toda sociedad y fundamentalmente un legado de nuestra herencia que exige a su vez transmitirlo?

El comercio o el negocio del conocimiento es un cachetazo a la dignidad de las personas, a la dignidad humana. Indica la prepotencia de una elite que subraya quién puede estudiar y quién no puede y no debe. Y todo recae nuevamente sobre los estratos más débiles, como una olla profunda sin salida para las nuevas generaciones que igual que sus padres quedan sumergidos en aquella subespecie.