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CAPITULO II

 En alguna parte de nuestra evolución nuestros antepasados lograron retener en sus mentes, extraída de su afronte con el entorno, dos o tres conductas frente a un hecho repetido y determinado con una reacción selectiva, no mecánica. Una incipiente y simple opción que fue sin dudas el principio de la memoria, luego del razonamiento y del “darse cuenta” consolidando un estado de conciencia, la misma que otras especies han logrado consolidar tras la evolución.

Las investigaciones neurológicas, fundamentalmente con el estudio de animales, han situado este proceso conciente en áreas determinadas del cerebro. Ni el pié, ni el corazón, ni el grueso intestinal, ni las células razonan. Sin la composición cerebral adecuada no hay conciencia, como los insectos o los gusanos entre otras tantas especies vivas carecen.

La extirpación, por otro lado, de aquellos elementos neuronales ha demostrado que la criatura pierde toda su capacidad de conciencia. Es decir, lisa y llanamente pierde la conciencia o padece lo que se conoce como muerte cerebral. Pero he aquí que a pesar de ello, la criatura sigue viva y su cuerpo responde con todos los instintos intactos y podría sobrevivir como cualquier otro cuerpo vivo entero, obviamente con alguna asistencia externa.

Estos aspectos obligan a plantearnos cuestiones que han venido ocupando enormes y cuantiosos volúmenes filosóficos y teológicos sobre el “soplo de la vida”, el alma, en el sentido que tales cuestiones nos proporcionan valiosos datos para inferir sobre los secretos del enigma social.

El alma en todo caso es el ente de la vida misma y la conciencia es solamente una función orgánica.

Tales atribuía el alma a las cosas inanimadas. Crates y Decearco opinaban que no había alma y que el cuerpo actuaba en virtud de un movimiento natural. Platón creía que el alma era una sustancia que se movía por si misma. Para Tales era una naturaleza sin reposo. Para Ascelpíades una ejercitación de los sentidos. Para Hesíodo y Anaximandro una cosa compuesta de tierra y agua. Para Parménides una de tierra y fuego. Para Empédocles de sangre. Posidonio, Cleantro y Galeno presumían que el alma era un calor y complexión calurosa. Para Hipócrates el alma era un espíritu esparcido por el cuerpo. Para Varrón, un aire recibido por la boca, calentado en los pulmones, templado en el corazón y distribuido por todo el cuerpo. Para Zenón, la quintaesencia de todos los elementos. Para Heráclides Póntico, la luz. Para Jenócrates y los egipcios, un efecto móvil. Para los caldeos, una virtud sin forma determinada. Aristóteles, llama entelequia lo que mueve el cuerpo, sin referirse a la esencia, origen ni naturaleza del alma. Para Lactancio, Séneca y los mejores dogmáticos, confesaban que el alma era cosa que no entendían. Mientras que Cicerón resumía “sólo Dios, sabe la verdad”.

Algunos filósofos ubicaban el alma como Hipócrates y Herófilo, en el ventrículo del cerebro. Demócrito y Aristóteles en todo el cuerpo. Epicuro en el estómago. Los estoicos en el corazón. Erasistrato en la membrana del epicráneo. Empédocles en la sangre. Estratón la situaba entre las dos cejas. Moisés aceptaba un alma también para las bestias y por ese motivo precisamente prohibía beber la sangre de estos. Y Cicerón decía “cual sea el aspecto del alma y cuál su residencia, es cosa que no debemos tratar de conocer…”.

Los antiguos suponían que el alma valiente estaba alojada en el cuerpo de un león; la voluptuosa en el de un cerdo; la cobarde en un ciervo o liebre; la maliciosa en un zorro.

Los egipcios reverenciaban al gato o al buey por la utilidad y la paciencia, mientras que los alemanes en el siglo XIX veneraban al felino por sus actitudes de independencia.

Además, muchas culturas deificaban a las bestias, según el beneficio y hasta el temor que habían recibido de ellas y le proporcionaban un alma adecuada.

Otros situaban el alma en el corazón o en el estómago, y no por simple intuición, sino que estos sistemas detectados por experiencia, responden incontenibles a un efecto directo de causas internas, como por ejemplo en la sensación de miedo, la vergüenza; erizando los pelos de la piel, vómitos o diarreas, aceleración o disminución en el bombeo de la sangre.

Sea como fuese, la idea del alma, estuvo arraigada desde el primero momento del pensamiento humano, pero es a fines del siglo XX, en la carrera por completar la información del genoma humano por los equipos científicos del Instituto para la Investigación Genómica de Rockville y de la Universidad de Carolina del Norte, donde el hombre y la ciencia han circunscripto a este ente presumido, al menos para saber que está allí.

Craig Venter trabajó para fabricar vida a través de una bacteria (mycomplasma genitalium), quitándole uno a uno los genes para quedarse sólo con los indispensables, como si tuviera una célula vacía: y luego le fue añadiendo otros genes hasta que la célula “echó a andar por si misma”.

Este experimento ingresa al irreverente sueño humano de crear vida a partir del polvo. No obstante, en este caso, los científicos no pudieron lograr en realidad la vida mezclando química pura, pues la célula tratada se quedó con “genes indispensables” vivos. Pocos pero vivos, que lograron reactivar los otros componentes adosados. En realidad Venter logró cambiar los códigos de la genética.

El equipo científico en concreto, logró descomponer una célula, quitándole sus componentes uno a uno sin matar la célula, sólo descomponerla hasta el límite de su vitalidad. Y luego sobre ésta, le agregaron componentes nuevos, con códigos compatibles iniciando la era de una nueva posibilidad de crear nuevas castas - los clones -

Este gran descubrimiento permite además de los análisis sobre la biogenética propiamente dicha, la certeza que allí, en aquellos “elementos indispensables” se encuentra el alma de la vida y bien, un alma sin conciencia.

Tengamos en cuenta que el hombre posee entre veinte y veinticinco mil genomas. Cada gen celular lleva el código genético que contiene la información hereditaria suficiente para desarrollar un organismo igual del que proviene. Podemos inducir o al menos imaginar que cada ser vivo podría tener tantas almas como genomas tienen sus células.

Almas organizadas desde los cabellos hasta las uñas del pie, ubicadas en sus respectivas cápsulas celulares. Nacen, se desarrollan, se reproducen y mueren con las células, transmigrando a las nuevas con todo el potencial genético incólume. Autosuficientes en condiciones adecuadas y potencialmente diseñadas con un solo propósito, crear otro organismo igual al que proviene.

Con la muerte cerebral muere la conciencia, pero aún así el cuerpo no pierde vida orgánica. Con la muerte orgánica, de igual forma es posible que la vida cerebral siga funcionando. Sobre estas cuestiones existen posturas contrarias y quienes opinan que la muerte cerebral es la muerte definitiva del sujeto. De todas formas, todos están de acuerdo, teólogos y científicos que con la muerte cerebral y orgánica la vida culmina.

Sin embargo, siguiendo la línea científica, después de haber ocurrido el deceso (cerebral y orgánico), en aquellos restos inanes que no se han desintegrado con el paso de los años y siglos, permanece un elemento del que se puede extraer ácido desoxirribonucleico, vestigio intacto de datos genéticos del que fuera, que, por otra parte, en condiciones adecuadas podrían producir un clon con todas las facultades vitales y provocar el desarrollo de una nueva conciencia.

De todo ello, y por lo dicho surge el interrogante menos metafísico y más científico: ¿hay vida después de la muerte? ¿Será acaso el ADN nuestro primer vestigio cerebral como motor potencial? Obviamente no. Todo ser vivo posee ADN, pero no todo ser vivo tiene estructura cerebral y tampoco lo tiene el ADN. En algunas especies como la nuestra, esta base de datos de la naturaleza, permite formar una estructura orgánica que favorece el desarrollo de una conciencia en instancias de tiempo y desarrollo.

Es evidente que el alma no está en la conciencia y hemos inferido que el alma, el soplo de la vida le cabe a cada uno de nuestros entre veinte y veinticinco mil genomas y los genomas no piensan ni razonan, pero si ponen en marcha todo el proceso evolutivo, la complejidad orgánica y los instintos natos.

A principios de la década de los setenta, Paul D. Mac Lean (director del Laboratorio de Evolución Cerebral y Conducta del Instituto Nacional de Salud Pública de California en 1997) propuso que el cerebro humano era tres en uno: el cerebro de los reptiles donde tienen lugar el celo y la agresión; el cerebro de los mamíferos donde actúan las emociones y el neocórtex humano que da lugar a la inteligencia lógica y conceptual. Precisamente el neocórtex es la corteza cerebral más reciente en la escala filogenética en nuestra evolución.

Ahora bien, discurramos sobre la conciencia, haciendo un reparo general de lo que se ha insinuado, se insinúa y obviamente nuestro propio concepto que no descarto aparejar a conceptos evaluados teniendo en cuenta que sin estos parámetros nos sería imposible trazar fundamentos sobre principios sociales como la libertad, la independencia, la educación y otros, despejando absolutamente las doctrinas generalmente arraigadas en nuestro mundo de hoy traídas de la mera especulación esotérica, mágica o religiosa.

Probablemente fue Cicerón quien uso la voz latina “conscientia” en su obra donde distingue la “bona conscientia” de la mala conscientia” de puro tinte moral, extraída de la traducción de la palabra “sineidesis”, usada por primera vez por Demócrito al que el alemán H. Diels interpretaría como el temor de desconocer que le sucede al alma después de la muerte, aunque W. Nestle luego, en un estudio en “Philologus”, designa en oposición a Diels que la voz “sineidesis” usada por el filósofo griego significa el reconocimiento de una mala acción y el remordimiento sentido, lo que fue aceptado por Dios.

Aristóteles usa el verbo en tres pasajes de su “Ética a Nicómaco” a la que distingue como “darse cuenta”. Más tarde Séneca con el mismo vocablo le atribuye variados significados (conocimiento de si mismo, de los actos, del estado anímico, de la bondad o malicia o de obrar correcta o incorrectamente). En la edad media, Pedro Lombardo y luego Santo Tomás serán más profundos en el tratamiento del concepto.

Hasta la llegada de Sigmund Freud, la palabra conciencia estuvo ligada a la moral, la ética y lo religioso, fundamentalmente impulsada por la Iglesia y que muy a pesar aún sigue y rige la impresión conceptual trastabillando entre las ciencias psicológica y sociológica. Obviamente nos quedamos con el “yo” de Freud, la vieja escuela Gestalt y la vieja definición de Aristóteles en la simple expresión de “darse cuenta”. Además debemos poner en consideración en cuanto al conocimiento de la comprensión de la conciencia, lo aportado por el Congreso “Quantum Mind 2003” que sostuvo que los procesos cuánticos pueden llevar a cabo la explicación sobre la conciencia como una manifestación más de los procesos de la materia, estimando que la conciencia se comportaría igual que las partículas cuánticas.

Lo cierto es que en el supuesto que a una criatura humana recién nacida se le practicara un efecto de sueño continuo por un tiempo prolongado (ocho o diez años), al regresarlo a vigilia, su consciente no se habría desarrollado más que cuando comenzó el asunto hipotético. Es decir, que el sujeto tendría una conciencia de recién nacido.

La conciencia también responde no solamente a los estímulos emocionales o sensitivos del entorno sino además a los estímulos químicos como los alucinógenos que trastocan la eficiencia emótica/cognitiva.

En la instancia de recién nacido, la conciencia está vacía no sólo del “yo” sino además de todo conocimiento, de fe y de amor. El bebé es pura estructura instintiva.

Por otro lado, hemos de ver que la conciencia humana, por naturaleza, es dependiente, contrariamente a las conciencias libres de las aves que paradójicamente tienen menos desarrollo cerebral. El pichón, en el reducto de su nido sólo obedece al reflejo de alimentación. Al momento de volar, establece contacto solitario con su entorno que deberá aprehender per se sólo apoyado por sus instintos.

En las especies de animales más desarrolladas, que incluye la nuestra, la progenie necesita un tiempo de sometimiento, entrega y aprendizaje durante el desarrollo físico y mental, conducida, tutelada y vigilada por sus progenitores, progenitor u otro de su especie. Su conciencia entonces no sólo establece un vínculo con la propia experiencia de su entorno, sino además y fuertemente con la inducción de vínculos directos obligados y ordenados por los que cuidan y controlan los actos de libre albedrío de la prole, una instrucción externa dependiente temprana del propio ordenamiento natural, una necesidad de la continuidad de la especie. En esta instancia se vigoriza entonces el concepto de conciencia propiamente dicha al término que equivale a “con-otro-ciencia”, lo que implica un saber ordenado por otro. Terreno de la educación paterna, la autoridad, la instrucción e incluso del entramado esquema de la especulación sobre la libertad de conciencia que desmenuzaremos más adelante.

Falta preguntarnos en este grado, en qué momento de la evolución las especies comienzan a producir proles totalmente indefensas y dependientes en un largo proceso de crecimiento donde paralelamente nace un estado de conciencia relativa, una cuestión para los biólogos.