CAPITULOS

 

 I

  TAPA

XV

II   XVI
III   XVII
IV   XVIII
V   XIX
VI   XX
VII   XXI
VIII   XXII
IX   XXIII
X   XXIV
XI   XXV
XII   XXVI
XIII   XXVII
XIV  

 

 

  detener o activar movimiento (poner o sacar el cursor sobre el cuadro de color celeste)

CAPITULO XVIII

En las especies más evolucionadas aparece un energizante que se ha originado en algún momento de la evolución. Es la frontera entre el antes y el después y en nuestra especie entre el homínido, la bestia y la humanidad.

Blaise Pascal reconocía –“… el corazón tiene razones que la razón no comprende…”.

Aunque en el amor radique la verdadera materialización de las sociedades humanas, muy poca atención le han prestado los filósofos y sociólogos aunque con mucho más sabiduría se nutrieron los poetas.

Con el espíritu del amor se canalizan los valores fundamentales. ¿No es el amor a la pareja que aguzamos el sentido de fidelidad?, ¿no es el amor filial luego con los hijos el fundamental impulso del sentido de protección y seguridad?, ¿no es el amor a nuestros padres y abuelos el sentido del respeto?, ¿no es el amor a nuestros amigos que exteriorizamos nuestras ansias y sed de solidaridad?, ¿no es el amor acaso el que impulsa a bucear la armonía, el equilibrio de la justicia y sondear sobre la libertad? San Pablo exponía a los corintios que con amor se llega a la fe.

Investigó H. Harlow en la Universidad de Winsconsin, practicando con simios para descubrir que en los primates bebés aislados, tenían dificultad para apegarse luego a otros de su misma edad y por el contrario se comportaban con mucha turbación.

Obviamente en los niños subyace esta inclinación al apego. Se ha comprobado que un recién nacido puede enfocar su vista hasta una distancia determinada que sorprendentemente es igual a la distancia que sostiene entre sus ojos, cuando está su cabeza en posición de amamantamiento, con los ojos de su madre. Ninguna otra especie animal tiene esta particularidad. Una estimulación innata de reconocimiento que permite el rápido desarrollo del apego.

En adelante el apego se trasladará hacia el padre, a los hermanos, a los abuelos y a las personas con que el niño se vincula.

Estas primeras impresiones cada vez serán más fuertes y estimulativas si hay correspondencia externa. El niño aprenderá a querer. Al desarrollar el apego se consolida la integridad del grupo familiar. Fluye el cariño, el respeto, la solidaridad, el altruismo y las más excelsas acciones del bien humano, hasta el heroísmo y la valentía de morir por alguien de la familia si es necesario.

El niño por naturaleza buscará ansiosamente el apego, pero si este es abortado por cualquier circunstancia, el niño quedará no obstante sus esfuerzos, sometido a otros instintos.

Provenientes de una cultura familiar instada por el amor el apego será constante. El niño buscará luego el cariño de su maestra. La búsqueda de reconocimiento de los jóvenes en su relación con ellos y de los adultos cuando llegue a la adultez en estado permanente y hasta el fin de su existencia. Hasta el abuelo espera en el último suspiro una demostración al apego. John Bowlby indicó en su “Teoría del apego” que éste corresponde a conductas observables que comienzan de manera refleja.

Aristóteles cuenta que –“En verdad no sólo la vejez, sino toda imbecilidad es prometedora de avaricia. Algo hay en lo que decía un caballero que economizaba sus riquezas no para obtener frutos, sino para que los suyos le honraran. Pero reconozcamos que quien obra así quiere curar un mal que debió impedir que naciera. Desdichado el padre que no recibe afecto de sus hijos, sino por la necesidad que ellos tiene de su socorro material, si es que a este cabe llamarlo afecto. Antes bien, debe el padre hacerse respetable por su virtud y capacidad, y amable por su bondad y por la dulzura de sus costumbres. De una materia rica hasta las cenizas conservan valor, e incluso las reliquias y huesos de una persona de gran honor reciben nuestro respeto y reverencia. No hay vejez, por caduca y rancia que sea, que no haga venerable a las persona que pasó sus años anteriores con honor…”-

Los niños desapegados, aislados sin estímulos cariñosos ni atención, resultan patéticos, retraídos, asustados, reticentes y agresivos. –“…A quien se la ha hecho sufrir lo indecible suele hacer sufrir lo indecible a los demás…” (Berkowitz). Mientras que los niños de hogares amantes, en cambio, tienen un proceso rápido en el desarrollo cognoscitivo y social.

Hicarno, el perro del rey Lisímaco, cuentan que cuando murió su dueño, permaneció obstinadamente sobre su lecho sin querer comer ni beber. Y el día en que se quemó el cadáver, el animal se lanzó a la carrera dentro del fuego. Lo mismo hizo el perro de un hombre llamado Pirro.

Las bestias son afectuosas y tan capaces de cariño como el ser humano, o tal vez mucho más. No abandonan a sus amos por mejores condiciones, ni caricias, ni alimentos que un tercero le ofrezca. Son fieles y únicamente a su dueño demostrarán su cariño con evidencias de júbilo cada vez aun cuando sean maltratados.

Si esta condición está reconocida aun para especies animales, las sociedades humanas tienen una gran deuda con el apego y el amor. La moral y la ética no pueden pensarse sin este principio natural que se consolida en una familia amante.

Hablamos anteriormente sobre la trasmigración del ente naturaleza y cultura que es el hombre, y sobre este aspecto se fija otra responsabilidad subjetiva. –“… Obra en todo momento como si las máximas de tu conducta particular debieran convertirse en leyes generales…”- Halló Kant en este credo un acto de disciplina personal, quizás sin advertir que en el haciendo personal, comprometemos además la herencia humana futura.

Reivindicar el amor, el conocimiento, el libre albedrío, la fe, son los tópicos donde pueden encauzarse la armonía de la naturaleza con que estamos hechos. No puede amarse a Dios, no puede amarse a la Patria, si ese principio de amor, de apego, no se ha desarrollado en la familia. No se siente de adulto, lo que jamás se ha sentido en la niñez

No se pueden trazar principios en la hipocresía. Los valores no han decaído, no hay crisis moral, cuando nunca hemos aplicado valores sociales ni moral social sino meras especulaciones con beneficios egoístas sobre los de buena voluntad. No obstante, la humanidad se revela ante la circunstancia, a pesar de los edictos, de las proclamas, de las arengas, de los preceptos y conceptos que se le trata de meter en la cabeza. El amor resiste y aun sobreviven millones de familias bajo ese entorno a pesar de todo, a raíz de ese amor que los hace perdurar, sin comprender lo que pasa allí afuera, en la sociedad sin respuestas: la selva de hombres, en la que mucha gente se revela, pero no sabe porqué se revela. Reflota lo que esgrimían algunos antiguos -“… el hombre tiene los bienes por fantasía, y los males como esencia…”-

El denominador común humano es el amor. Podemos tener problemas de entendimiento, de cultura, de fe religiosa, lenguaje, pero no hay diferencias con el sentimiento.

Aunque muchos están dispuestos a apretar un botón para que dispare un misil con cabeza nuclear. Tal vez sean cientos de miles a los que les carcome esa idea, pero aun subyace en millones de conciencias el proyecto de humanidad construida con la naturaleza del amor, del conocimiento y la tecnología. Los valores quedan de provecho constituidos.

El romanticismo moderno dejó atrás a la pobre Isadora Duncan, obnubilado por las anoréxicas y bulímicas del foro fashion y los reyes de la farándula con dinero disponible.

El hombre es por su conocimiento, su inteligencia y su educación. Elementos con que logró desembarazarse de la cadena alimentaria. El arte de la caza y la pesca sin recursos externos, quedaron sepultados tras herencia de ciencia y tecnología. El hombre moderno está imposibilitado de arrancarle una chispa de fuego a la naturaleza sin artificios. Desnudo en una selva no podría determinar cual sería su alimento. Confinado a convivir con artificios debe aprenderlos en vida tan sólo para evitar accidentes al cruzar una avenida automovilística. La tecnología se le ha hecho carne de su propia carne para sobrevivir. Obligado a establecerse entre cercos, fronteras, propiedades privadas que evitan su retorno al medio natural para la consecución de sus recursos alimentarios, el hombre es un ave desplumada sin alas.

La tecnología y el conocimiento deben estar al alcance de todos por razones subjetivas de vida y por razones de trasmigración. Sublimar estas particularidades es sublimar la humanidad o en todo caso desechar la especie.