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Tomás Hobbes fue quizás el primero en definir el Estado como un contrato entre individuos. Y acerca del origen de las sociedades motivó a éste y a Juan Jacobo Rousseau a reaccionar con argumentos contractualistas enfrentando a una teoría evolucionista. Mientras la Iglesia, anteponía tenazmente que la formación de la sociedad aparece en los principios con Adán y Eva. Los dioses y demonios con siglos de insertación social no dejaron de alentar e impregnar los poros del pensamiento aun los más libertinos sobre la república. Berkeley y D´Alambert se situaron en los dos extremos aunque la imagen no sea perfecta y Marx que supone la anulación total del alma y levanta la bandera del materialismo curiosamente lo desarrolla bajo estructuras milenaristas. Keyserling, supuso por otro lado que sus antecesores habían dejado el alma al margen del progreso y Kayes llegó a decir que bajo la influencia destructiva del espíritu llegará a su ocaso, en un día no lejano, la vida terrenal, oponiéndole en su esencia el alma. Esta pugna por reprimir la rebeldía de la materia y subordinarla al espíritu o la inversa, fue planteada desde los albores de la civilización. Un forcejeo permanente entre lo material y lo espiritual. Heidegger y aun con Kierdegaard observamos un cierto esfuerzo por retomar la vía de la vieja comunión. Dioses y demonios no han dejado de asistirnos, materia y espíritu, blanco y negro esotérico en la historia del pensamiento humano. Hasta que punto estas incidencias han operado sobre nuestro linaje cultivado por miles de años. Maquievelo orientó la vida al imperativo de las necesidades del mundo por sobre otra ley, principio o valor y “El príncipe” es el de las reglas viciosas que sigue siendo lectura asidua porque desmantela el velo de la realidad que no ha dejado de asistirnos. Era costumbre antigua en la mayor parte de las polis griegas confiar a extranjeros la institución de las leyes para evitar que las pasiones internas, los intereses egoístas y partidarios no incidieran sobre el bien común. Hasta la guardia vaticana utilizó y utiliza milicias extranjeras bajo cargo de la seguridad y el servicio secreto. Este espíritu de desconfianza dio nacimiento a la división de poderes: “Quien manda en los hombres no debe citar las leyes y el que dicta las leyes no debe mandar a los hombres; de otro modo, estas leyes, vehículo de sus pasiones, no harían, con frecuencia, sino perpetuar sus injusticias, y nunca podría evitar que miras particulares alterasen la santidad de su obra”… “Roma, en su época más gloriosa, vio renacer en su seno todos los crímenes de la tiranía, y estuvo a punto de perecer por haber reunido bajo las mismas cabezas, la autoridad legislativa y el poder soberano…” Tales preocupaciones no quedaron vacías. Los iunaturalistas Grocio, Pufendorf y Locke escogieron el magnífico estudio de Robert Dérathé y en el “Ensayo sobre el Gobierno Civil”, Locke atribuye la soberanía al pueblo a través de representantes, trazando principios de delegación, mientras que Rousseau se opone desprender este privilegio al pueblo. Robespierre fiel al ideal rusoniano terminó traicionando el modelo ante la imposibilidad de aplicación. Y finalmente las sociedades modernas democráticas, herederas de aquel legado del siglo XVII, aplicaron el sistema incompleto. Hemos de ver que esta idea no mejoró sustancialmente el orden social antiguo, no trajo la igualdad ni la paz ni la justicia ni la felicidad esperada, al menos para los desposeídos. Robespierre mismo insiste que hay que recurrir a la violencia para conseguir transformar a hombres insolidarios, egoístas e independientes en un cuerpo colectivo que persiga el bien común. Es decir que el mismo sistema se convertía en una mera imposición, como el exabrupto “…con el sistema o mutilado…” El diablo metido también se introdujo en el espectro de las ideas. Nuestras sociedades están pervertidas. No parecen un mundo hecho para los más capaces sino para los más rapaces. Dijo Woodrow Wilson –“…Cuando algo está pervertido, lo mejor que se puede hacer es no ocultarlo, sino mostrarlo para que la gente pueda ver la distorsión y entonces o bien se lo endereza, o bien se lo elimina…”- Pues nada se ha enderezado o eliminado en este mundo donde ya poco puede ocultarse. La extensión del sufragio supuso, siguiendo la idea de Locke y como consecuencia del régimen democrático, delegar las decisiones del pueblo a través de representantes. La expansión territorial y la demografía en constante aumento dificultó el conocimiento directo de la gente con su eventual candidato y más adelante los candidatos se congregaron en partidos políticos organizados que aparecen a mediados del siglo XIX teniendo como antecedentes facciones que se disputaban el poder como los Tories (conservadores) y los Whigs (liberales) en Inglaterra nacidos dentro del seno del Parlamento. El enfrentamiento de estas dos asociaciones sin embargo, tenía una connotación negativa en cuanto a los intereses públicos persiguiendo fundamentalmente intereses particulares, partidarios y egoístas. El egoísmo, una condición humana que Smith ya la había trazado en su teoría económica como motivación para el emprendimiento y la competencia. Pero en este caso, como es obvio, la cuestión era el interés público. Sea como fuere, el comienzo de los partidos políticos pasan al escenario orgánico de las democracias como única posibilidad de ejecución. Aristóteles antes del siglo V antes de Cristo, definió al ser humano como “un animal político” y su obra “Política” es material indispensable para el estudio de la Ciencias Políticas que más tarde se iba a desarrollar. Lo que queda claro es que la política es la actividad humana que tiene como objetivo gobernar o dirigir la acción del Estado o del bien público. Es decir, el ejercicio del poder. Esta perspectiva con el transcurso del tiempo y la aplicación del sistema de partidos políticos, pondrá a muchos sociólogos nerviosos y desencantados ante el dudoso zarandeo de estas agrupaciones entre corrupción, intereses particulares que hacían tambalear los principios republicanos. Carl Schmit indica que la política es como un juego o dialéctica amigo-enemigo que tiene en la guerra su máxima expresión. Para Max Weber la política está estrechamente vinculada en función del poder. Maurice Duverger fue categórico cuando apuntó que la política es como una lucha o combate de individuos y grupos para conquistar el poder que los vencedores usarían en su provecho. Más allá de considerar las posiciones del pensamiento ya filosófico o sociológico en el mundo de las ideas, se palpa en lo tangible, hasta el hombre común explora en las contingencias de su mundo concreto que las actuaciones de los partidos políticos no ha prevalecido aquel objetivo que se proclama sobre el provecho del bien común. La corrupción parece ser la mejor representación, el engaño, las apariencias, los privilegios, el abuso y fundamentalmente el manejo a antojo de las decisiones ajenas Para nosotros es incompatible la ingerencia de partidos políticos en la república, ni más ni menos ético, por cuanto nuestra idea de poder individual o poder colectivo partidista no existe dentro de una organización democrática. El poder es soberano y las decisiones de Estado emanan directamente del soberano a través de la Constitución. Es en la Constitución, además de los principios y funcionamiento orgánico del Estado obviamente, donde deben volcarse las políticas programáticas. De igual forma no tiene cabida el antiguo poder legislativo integrado por los partidarios políticos de las distintas fracciones que componen la mayoría y las minorías. Imposible y escandalosa institución que si bien se origina en el sufragio, es donde los particulares electos, una vez pasada esa etapa sin más aportación que sus propios intereses (buenos o malos, partidarios o personales o sociales, presionados o no presionados por fuerzas externas o internas) deciden sobre el destino social dejando grandes dudas y abriendo una gran brecha en cuanto a coincidencia con la decisión popular o ciudadana. Pero más lejos de estas simples connotaciones no positivas, este reducto ha servido para alojar sucios negocios, cambios de favores, arreglos partidarios, vagancia, pronunciaciones auto privilegiadas e inmunidades y un circuito cuasi perenne de las mismas personas encumbradas de cada fracción reubicándose en cargos del poder público o ejecutivos de alto rango en empresas privadas o terratenientes forestales aun cuando el voto haya sido adverso, dejando en claro la sospecha de componendas asociadas de la vida privada. El proyecto de país, el proyecto político, el proyecto económico, cultural, educativo, de salud y trabajo debe estar inserto en la Constitución, no en los escaparates de bandos tras la oportunidad de atrapar votos de los ideales políticos o económicos que siempre quedan en el cofre de las promesas incumplidas. No se incomode el lector ante esta conclusión, no se trata de una anarquía (en su definición literal) sino de presentar un estado en pleno funcionamiento de la República que no traicione los principios de una verdadera democracia. El pueblo no gobierna a través de ningún representante. El pueblo gobierna a través de su voto directo en las decisiones, en los servicios, en el orden, en el reparto y en la ley. Nuestros sistemas legales, no caben actualmente ni en el entendimiento ni en la razón, desencajados totalmente del desarrollo del pensamiento y las nuevas ideas de mejores principios. Las oportunidades de progreso material y uso tecnológico se han desarrollado tan rápidamente que el potencial moral humano quedó a la zaga, divagando sobre cuestiones del pasado, reducido a un montón de escombros entre miles de volúmenes de derechos y prescripciones que es difícil descubrir lo bueno y lo malo en tanta maraña de ideas confundidas entre promiscuidad y valores celestiales tejida durante siglos. Ariosto, exponía en “Orlando Furioso” –“…de citaciones plenas y de edictos, de exhortos y poderes tenía llenas manos y seno, amén de un gran legajo de sumarios, de glosas y consultas, con que los pocos bienes de los pobres ya nunca en la ciudad están seguros. Tenía detrás, delante y ambos lados notarios, curadores y abogados… Los que retornaban del “Nuevo Mundo” en la América conquistada, atestiguaban que aquellas naciones, sin magistrados y sin ley, vivían más lícita y ordenadamente que las naciones europeas, que paradójicamente, tenían más funcionarios que hombres no funcionarios y más leyes que acciones…” No extraña en los actuales sistemas que les quepa lo que decían los escépticos: -“Existe un derecho civil, no un derecho natural: pues si lo hubiese, las mismas cosas serían justas e injustas para todos, como cálidas o frías, amargas o dulces… Pero si quisiese describir las especies de derecho, instituciones, costumbres, mostraría que no sólo son diversos entre tantas gentes, sino en la misma ciudad, también en ésta, mil veces cambiados… Y si es propio del hombre justo y probo obedecer las leyes, yo pregunto, ¿a cuáles?. ¿Cualesquiera que sean?. Pero la virtud no admite inconstancia, ni la naturaleza tolera variedad, y las leyes están caracterizadas por la pena, no por nuestra justicia; luego, no existe derecho natural ni, por eso, justo por naturaleza… ¿Por qué en efecto, para todos los puestos están fundados diversos y varios derechos, sino porque cada uno sancionó para si el que creyó útil para sus cosas? Y en qué medida se halla alejada la utilidad de la justicia, no lo enseña el mismo pueblo romano que… deseando siempre lo ajeno y arrebatando su posesión, se apoderó de todo el mundo… Si quisiésemos ser justos, es decir, restituir lo ajeno, deberíamos volver a nuestra casa y permanecer en la pobreza y la miseria… Y un hombre bueno, si posee un siervo que huye una casa insalubre y pestoliente… y los pone en venta, ¿confesará o burlará el comprador que le vende un siervo que le huye de casa pestilencial? Si confesara, sería juzgado bueno porque no engaña, pero tonto…, si ocultara, sabio…, pero malvado… ¿Y qué hará el justo, si se produce un naufragio y otro más débil que él se ha aferrado a una tabla? ¿No lo arrojará de la tabla para aferrarse él y salvarse, especialmente si no se encuentra ningún testigo en el medio del mar? Si es sabio lo hará, pues no haciéndolo así tiene que morir, si prefiere morir en lugar de alzar la mano sobre otro, ciertamente justo, pero necio… Por lo tanto, diferenciada la justicia en dos partes, una civil y la otra natural, (Carneades) derriba a entreambos, porque la civil es ciertamente sabiduría pero no justicia; en cambio, la natural es ciertamente justicia, pero no sabiduría…” Rousseau apuntaba en El Contrato Social que -“… mil naciones han resplandecido sobre la tierra que nunca hubiesen podido tolerar buenas leyes, sólo habría sido por breve tiempo. Los pueblos, como los hombres sólo son dóciles en su juventud, se hacen incorregibles al envejecer, una vez que las costumbres están establecidas y los prejuicios arraigados, es empresa peligrosa y vana querer reformarlos: el pueblo no puede consentir que se toque a sus males para destruirlos, al igual que esos enfermos estúpidos y sin valor que tiemblan a la vista del médico…”- -“… Todo hombre nacido en esclavitud nace para la esclavitud. Los esclavos pierden todo con sus cadenas, hasta el deseo de romperlas, aman su servidumbre al igual que los compañeros de Ulises amaban su embrutecimiento…”- A estas palabras de Aristóteles, le continuamos lo dicho por Rousseau –“…Si hay, pues, esclavos por naturaleza es porque ha habido esclavos contra naturaleza. La fuerza ha creado a los primeros esclavos, su cobardía los ha perpetuado…”- |