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Un lugar para vivir, un lugar para morir. Es inconcebible que los habitantes de una Nación no tengan un lugar para vivir. Miles y millones de familias en esta parte del mundo no tienen un techo, un espacio donde formar un hogar. La propiedad de la vivienda familiar ha sido tratada como aquel derecho de propiedad privada de la tierra, con ciertos artilugios, es cierto, para esconder el escandaloso criterio que fácilmente se resbala que atenta contra la justicia, la igualdad, el derecho a la vida. La propiedad de la vivienda familiar es la única propiedad que podemos considerar privada que no sólo es admisible por razonamiento sino por verdadera naturaleza de sustancia natural. No es posible andar llevando la casa a cuesta como un caracol, hasta las especies menos desarrolladas tienen su nido, su madriguera, su cubil o guarida. El sentido de las repúblicas es la libertad, la igualdad, la justicia y la dignidad de las familias y por ende la dignidad humana. Es indigno no tener un lugar donde cobijar la familia. La división de poderes en la república obedeció a evitar el abuso y la corrupción. Sin embargo, nuestras democracias no parecen evitar nada. Millones de personas en América latina ni siquiera tienen derecho a un entorno que los contenga, sin tierra para cultivar, cazar, pescar, sin posibilidades de trabajo; viviendo en ghettos, espacios reducidos que en muchos casos tampoco les pertenece, sin agua potable o energía eléctrica o combustible para cocinar o calentarse ¿qué pueden hacer para subsistir? El perro callejero, mejor dotado para sufrir los embates del invierno o tomar agua de charco o carne cruda, tiene más libertades que aquellos, pues cruza fronteras y se interna en distintos terrenos para buscar su alimento. El animal, al menos, no se lo juzga o castiga por invasión. Valga esta comparación, porque en estos países, la gente, no debería comer ratas ni gatos ni perros por estar condenados a la no pertenencia. Pero es tanta la presión de estos sistemas corruptos que las opciones son muy pocas y como perros, mucha gente además, busca su alimento en los residuos de otros. Los países de América latina, la mayoría de ellos, son ricas en recursos naturales y no lo ignoran sus gobernantes, aunque la mayoría de la población vive en condiciones paupérrimas. La tierra no es privada, ni siquiera la tierra es de quien la produce, sino que la producción es de quien la produce con su esfuerzo, capital y riesgo y este debería ser el cambio radical. La tierra, los ríos, mares y montañas no son propiedad privada sino propiedad de la humanidad. Los territorios de la república no pueden ser cotos feudales. Aunque este concepto monárquico se filtró entre las ideas de igualdad, libertad y soberanía de los pueblos que inspiraron la Revolución Francesa con un buen disfraz ideológico. Con este sistema de la propiedad privada se siguen avasallando regiones, esquilmando culturas, desplazando poblaciones autóctonas a ghettos de miseria con beneficios a un capital por encima del interés de los pueblos. El capital debe dedicarse a lo que debe dedicarse, a la inversión, producción o servicio. Que está claro que sin producción ni servicio no hay desarrollo posible. La tierra, los ríos, los mares y montañas no son en si mismo producto del intercambio económico o del invento inmobiliario. La “Forestal” en la Argentina es un ejemplo entre miles en América latina de esta infame potestad feudal. No se culpe pues, sólo a la economía de mercado la devastación y desertificación ocurrida en California, en el lago Aral, lo que está ocurriendo en la selva brasilera y en otros muchos países. Esto no es más que puro sustento de la propiedad privada abogada por los estados liberales u otros democráticos o no, que pierden de vista la tierra o la exponen en vidrieras para la venta al mejor postor. Y así, casi en forma directa, es que vendemos al mercado para que unos cuantos feudales se hagan cargo del futuro de la tierra y de la vida. Trujillo era dueño del setenta y cinco por ciento de la tierra en República Dominicana, y casi el ochenta de toda la industria. El estado dominicano, no era el sobredimensionado, el sobredimensionado era su “presidente”. Lo mismo ocurrió en Cuba con el parecido “reinado” de “Don Fulgencio”, que había convertido la isla en el prostíbulo más imponente del caribe y como casa propia de la mafia de los Estados Unidos. O acaso estas historias no hay que escribirlas con sinceridad. Cuando el hombre primitivo abandonó su deambular nómada, fue el inicio que constituyó el origen de las naciones. El arraigo, fue el sentido de permanencia y este sentimiento es el que abrazó definitivamente a la composición social de los pueblos sobre un territorio. Si bien la primera germinación de una semilla haya sido el principio de quedarse en algún lugar, el amor a la tierra luego fue el que condimentó aun con más preeminencia que el fruto de lo que había al alcance de la mano o la seguridad que le ofrecía. El arraigo pues, es a la región donde se ha nacido, y es más profundo el hecho de la casa donde se ha nacido y donde se vive; el hogar familiar. Es el sentimiento más fuerte, uno de los condimentos conducentes al amor a la Patria. Hemos de ver el mundo, como millones de personas, se aprietan en los centros urbanos como única posibilidad de subsistencia, pero indigno a toda persona humana. El arraigo es horadado por la necesidad, mientras que los ghettos de miseria, aumentan día por día, hombres sin identidad, repúblicas con ciudadanos sin identidad. El derecho a una vivienda digna es una utopía constitucional y las murallas de contención de la miseria ya no son suficientes. Los pobres son cada vez más pobres y más numerosos sin madriguera, nido o cubil que los contenga, mientras una elite minoritaria y corrupta, filisteos, parecen condenar con hipocresía lo que siempre promovieron y promueven. El hábitat, es parte de nuestra naturaleza y vida: la tierra. Y si los prescindibles no son parte de esta economía, ni siquiera de su propio hogar y se los acorrala en ghettos, no son parte de nada. ¿Acaso alguien ignora la cantidad de viviendas vacías que se ofrecen en venta o alquiler ante la demanda de cientos de miles de ciudadanos desahuciados en nuestras repúblicas o monarquías democráticas? La Tierra ni siquiera es propiedad humana para trozarse a antojo, y si bien los Estados han trazado fronteras, no pueden ellos alterar la naturaleza al capricho ocurrente ni al egoísmo abierto individual que proclamaba Smith en aquel tiempo La vivienda familiar ni puede estar sujeta a hipotecas, avales o negocios financieros, economía de mercado, embargos o tributos imponibles. Esta propiedad no puede ser enajenada ni por el Estado ni por terceros, ni por hipotecas ni por avales. La vivienda familiar es “sagrada” como lo es un templo, una iglesia si vale alguna relación. La vivienda familiar es un derecho natural. Esto no impide que los capitales privados tengan acceso al coto de construcción de hoteles y hospedajes, oficinas, sanatorios o que núcleos familiares puedan construir solares o casas de veraneo o según su bolsillo, un palacete como hogar familiar. Entiéndase que la tierra es propiedad del Estado quien conviene contratos de arrendamiento o permisos de construcción para explotar un negocio o esparcimiento particular o vivienda familiar especial, explotación minera, forestal, agropecuaria, ganadera, etc. por tiempo determinado. En todos los casos, lo plantado, es propiedad del Estado con exclusión de la vivienda familiar. Con estas normas específicas y ligeras sobre la propiedad, casas de familia y propiedad de la República, se disuelve la Propiedad Privada y se ejerce la verdadera soberanía del territorio, se entrega a hecho a las familias un derecho constitucional insoslayable de las repúblicas, el derecho a la vivienda, descuidado y convertido en negocio inmobiliario en acciones especulativas de bolsa y mercado por sobre el padecimiento de la gente y su sentimiento de arraigo y su derecho al techo. De esta forma la propiedad casa de familia, impide que las corporaciones económicas y financieras puedan meter las “manos” fundamentalmente en el área inmobiliaria para dedicarse a lo que siempre debieron dedicarse, a la prestación de una explotación temporal de un inmueble construido o a construir en lotes del Estado, de tierras a producir, de industrias o comercios con inversiones genuinas y trabajo y les cabe aquel aspecto en el que reparó Smith en su teoría económica liberal en cuanto a la libre competencia, el egoísmo o la codicia como ejes para el desarrollo económico y social con prescripciones claras de la conservación del medio ambiente. Precisamente la conservación del medio ambiente es en si misma economía pura. La tierra no es para comérsela como estas “economías” se la están comiendo, consumiendo, deteriorando, extirpando y acabando. Al desaparecer la propiedad privada, los zánganos herederos, que en muchos casos ni siquiera conocen la tierra que dicen propia, pero reciben las utilidades a la manera de la vieja doctrina monárquica, deberán buscar otro recurso para llevar sus vidas adelante. Hasta los cementerios humanos resultan un sucio comercio, donde los restos de algunos van a mausoleos lujosos y costosos, mientras otros cientos de miles de deudos no tienen el derecho de un lugar para homenajear a sus queridos, más que fosas comunes. Tampoco pasa desapercibida las grandes concentraciones y acopio de alimentos o cosechas record para la exportación y negocio de comercialización de un circuito de intermediarios, cuando una mayoría silenciosa no tiene un gramo de aquello para alimentarse como la alegoría de la charca. Una de las citas más terribles que resume la acción de esta globalización fue la del clérigo Thomas Robert Malthus - “Un hombre que nace en un mundo ya ocupado, si sus padres no pueden alimentarlo y si la sociedad no necesita su trabajo, no tiene ningún derecho a reclamar ni la más pequeña porción de alimento (de hecho, ese hombre sobra). En el gran banquete de la Naturaleza no se le ha reservado ningún cubierto. La naturaleza le ordena irse y no tarda mucho en cumplir su amenaza”. La emigración en general, no es una cuestión que emerge de la voluntad individual, sino de la necesidad y la desesperación. Convertido en emigrante proveniente de la necesidad y la desesperación el hombre pierde todos sus derechos ciudadanos y es lisa y llanamente un esclavo no contenido en los principios de igualdad y justicia. Al contrario de lo que proclama Malthus (hombre de fe), aquel desgraciado sufriente sólo reclama una porción de alimento en el mundo ocupado. Las grandes distancias, las dificultades navales de la vieja época, la muralla china, dejaron a aquellas regiones y aquellos pueblos, fuera de la civilización occidental, que es la que justificaban los europeos para salvar a la barbarie. Todo lo demás, en aquel mundo, fue conquistado y occidentalizado, con cultura y moral religiosa romana cristiana con el acento sobre principios universales verdaderos y únicos. Pero he aquí, que en oriente, sin tener la más mínima conexión, de igual forma o mejor forma existían principios ancestrales tanto o más significativos que el occidente que presumía y presume bajo la tutelar vaticana ser los patrones de la ética y la moral humana. La historia que hemos escrito hasta hoy, nos enseña que al mundo ocupado hay que ocuparlo desplazando a los ocupadores con armas y el saqueo. Desde los principios de la historia humana estas cuestiones fueron una constante. ¿Es esto parte de la razón social humana de hoy?. El oro y la plata “extraído” de “las Américas”, legitimado por el Papa a los reyes de España y Portugal y a su propia dote no pueden quedar sepultados. Aquella civilización europea que precisa e hipócritamente promulgaba los derechos divinos del hombre por los camino de la razón ungida por Dios, es la misma que sustituyó a la civilizaciones americanas a mediados del primer milenio de la era cristiana. Los mayas, los aztecas, los incas, después de años de represión militar, política y religiosa, fueron alejados del conocimiento de 3.000 años de su propio y rico patrimonio cultural. Y son ahora, no sólo los desposeídos de su identidad y raíces, sino que son los empobrecidos, lo sometidos y carentes de dignidad y propiedad. La colonización de América vino a destruir las culturas americanas a cambio de aquella cultura europea que pretendía ser la más civilizada y moralina. Y mientras Inglaterra, España incluyendo el Vaticano llenaban sus arcas de oro y plata, las almas mayas, aztecas e incas cercadas y empujadas sucumbieron a un destino de miseria. Aquella ocupación fue refrendada por otro principio moderno inventado, la propiedad privada para que no afectara tanto el origen de la ocupación y para legitimar un derecho insólito. Si bien el pueblo judío junto con toda la humanidad lloró y llora los padecimientos de las torturas que padecieron millones durante la segunda guerra mundial, es cosa insignificante comparado con lo ocurrido con las torturas que padecieron los pueblos americanos. 1.500 años de sometimiento y denigración, aún continúa. América llora sin llorar y nadie se adhiere a este sufrimiento. No puede nadie asignarse la virtud de hallar virtud, cuando esconde la miseria, el hambre, las persecuciones, la violencia e incluso el sufrimiento de su propio pueblo o ejercida contra otro. Tenía razón Hobbes, el diablo no es celestial. No hay camino a la paz, no hay camino a la libertad, no hay camino a la virtud. La paz, la libertad, la virtud, la dignidad humana sin santos ni vicarios son el camino. Recién a mediados del siglo pasado con la nueva tecnología naval, los países comenzaron a expoliar los océanos y hemos de ver que en este espacio no existen principios de Propiedad Privada a la que según Juan Pablo II “procede de un derecho natural”. Aunque aun se discute el área correspondiente a las aguas territoriales que obviamente pertenecerían a los Estados. Nadie hasta el momento, fuera del área costera de cada país correspondiente a la plataforma continental, ha clavado la bandera de pertenencia de una posesión privada del Océano y obviamente la conquista aun no ha comenzado. El resto del mar ha quedado a merced de las grandes industrias pesqueras y petroleras provenientes de grandes países desarrollados, muchos de ellos empapados de economía liberal y el espectáculo es aterrador con la contaminación y el peligro de extinción de especies marinas. Por otra parte, nadie se interesa por el desierto del Sahara, ni siquiera en las condiciones que ahora vive el pueblo Saharaui y no es ridículo asegurar que si allí se descubriera petróleo o zona de aprovechamiento del calor y luz solar como energía o quizás una mina de diamantes, rápidamente aparecerían los defensores de alguna paz, alguna libertad, alguna democracia, algún derecho natural o con la monta de la economía liberal para invadir en defensa de algunas de esas cosas y se hagan repartos de propiedad para los “emancipadores” por principios inventados según convenga. Resumiendo, la economía liberal con su atuendo feudal de propiedad privada es devastadora e inmoral. La vivienda familiar es patrimonio familiar y patrimonio de la humanidad. La tierra es patrimonio de la humanidad. Lo que se degenera en una región tiene consecuencia degenerativa en todas las regiones. La tierra es el hábitat de todos. Si bien la condición razonable han trazado las fronteras entre los pueblos, es inadmisible que estos se auto dividan en cotos feudales de propiedad privada para que la explotación de los recursos naturales le pertenezcan al señorío de una elite minoritaria. |