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CAPITULO IV

Cuando los conceptos se arraigan en el proceso de crecimiento, en la niñez por la inducción de los padres, se enraízan en la conciencia de manera muy contundente, “marcan al individuo” por vida. Los padres impregnarán las conciencias de sus hijos con amor, con disciplina, con instrucción, con protección, con castigos pero también le transmitirán no sólo su apego o falta de cariño, sino también sus miedos, su violencia, sus defectos. Sea lo que sea el hogar, será el niño en la adultez por añadidura.

En la etapa de la niñez, los miedos del niño no se resuelven a través de un salvador celestial, sino en el apego a sus padres. No necesita un Dios hasta que despierta el entendimiento sobre lo desconocido y la muerte en la que sus progenitores no pueden ayudarle. Si no le han metido un Dios, él inventará el suyo para su catarsis natural.

Cuando joven, en la adolescencia al trato independiente con el entorno social, el individuo conocerá cosas nuevas e incluso otras contrarias a su educación familiar. En esta dimensión surgirán los conflictos internos, las rebeldías, las culpas del joven acorde hayan sido lo que se le ha inculcado o se le ha omitido por ocultamiento y fundamentalmente por el afecto recibido. En un hogar de fuertes apegos y respeto mutuos con educación paternal abierta honesta, justa y amorosa florecen jóvenes de fuerte vigor de conciencia sin altibajos psíquicos enfrentándose con mayor firmeza mental a la vida.

Los jóvenes procesan sus reacciones con lo tangible o lo que a su criterio conceptual le pueda parecer evidente, no obstante es sorprendente que sea cual fuere el hogar del que proviene, aún de los más severos y caóticos, ninguno ofrecerá resistencia al credo o religión que se la ha implantado, lo que resulta saludable en cuanto a evitar circular en el sondeo sin son sobre la muerte y otros cuestionamientos de la vida.

La falta de fe conduce lisa y llanamente al suicidio. A la conciencia le seria imposible soportar el peso de la angustia, el stress, desazón, desencanto por la pérdida de la fe. No precisamente o exclusivamente la fe en Dios sino la fe en cualquier objetivo que se manifieste. Una enamorada engañada se debate en una seria confusión de fe. Un objeto importante de la fe en puerta que se disipa es causante de serios traumas.

La fe religiosa ha sido la que más hondamente ha afectado al hombre prescindiendo donde se viva, en el África, Asia, Europa, Alaska, China o en el Ecuador.

Donde se practica el hinduismo es común ver a la gente en el puja, donde ofrecen coco, flores y manzanas a sus deidades, mientras un sacerdote colorea con rojo o amarillo (tilak) la frente de los fieles. En las regiones católicas, los crucifijos y las cuentas del rosario acompañan los rezos en devoción a María o Jesús. En tierras protestantes se puede apreciar el desfile de feligreses a su culto, congregándose para cantar himnos, escuchar sermones. En los países islámicos se oyen las voces de los almuédanos musulmanes que desde los alminares convocan cinco veces al día a los fieles a salat. En los países budistas puede notarse el deambular de los monjes con su túnica de color azafrán, negras o rojas como señal de humildad y piedad. El efecto del sintoísmo, practicado en Japón, se ve en la vida cotidiana por los santuarios de las familias y las ofrendas a los antepasados. Los judíos acudiendo a la sinagoga celebrando el sabbath, el día de la expiación Yom Kippur, la fiesta del Sukkot,  Hunaká, Purím, Pesaj.

La fe hacia las divinidades se presenta en gran variedad. Los cazadores de cabezas en las selvas de Borneo, los esquimales de las heladas regiones árticas, los nómadas del desierto del Sahara, los moradores de las grandes metrópolis del mundo. Todo el “mundo”, toda nación tiene su Dios o dioses y su manera de adorar. Es asombrosa la diversidad que hay en el campo de las religiones donde absolutamente todos los líderes de uno u otro lado se atribuyen la inspiración divina.

Por otro lado y fundamentalmente debido al avance científico, millones de personas no siguen órdenes religiosas por desencanto o desilusión y eso no significa que no tengan fe. Los agnósticos creen que Dios es desconocido y que quizás sea imposible conocerlo. Hasta los ateos tienen fe, aunque no en un Dios ni religión determinado.

Para el antropólogo inglés R. R. Marett, la fe es la respuesta emocional del hombre a lo desconocido. Para Freud en su libro “Tótem y tabú”, es una neurosis en cuanto a una figura paternal, por cuanto los primitivos odiaban y amaban a su padre, se rebelaron contra él y no sólo lo mataron, “estos salvajes caníbales se comieron a su víctima”… y luego por remordimiento, inventaron ritos y ceremonias como expiación de lo que habían hecho. Voltaire fue categórico cuando dijo: “Si Dios no existiera, habría que inventarlo…” James Frazer, publicó la influyente obra “The Golden Bough” en la que afirmó que la religión se había desarrollado a partir de la magia. Decía que el hombre antiguo mediante imitar lo que veía que pasaban en la naturaleza, creyó que podía atraer la lluvia si rociaba agua sobre el terreno mientras le acompañaba con golpes de tambor que imitaban el sonido del trueno, o que podían causar daño a su enemigo mediante meter alfileres en una efigie. Edgar Tylor, propuso la teoría del animismo que surgió de experiencias de sueños, visiones, alucinaciones y la ausencia de vida en los cadáveres que la gente primitiva concluyera en la idea de un alma que salía del cuerpo y moraba en árboles, roca, ríos. El Dios azteca que controlaba la lluvia y el agua, Tláloc exigía la sangre de victimas sacrificadas, cuyas lágrimas derramadas simulaba la lluvia y por la tanto estimulaba su fluir.

En la ciudad de Atenas, prominente centro del pensamiento heleno, había muchas diferentes escuelas de pensamiento cada una con su propia idea acerca de los dioses. Con estas diferentes ideas y principios se veneraba a muchas deidades y se desarrollaban diversos modos de adoración y era común y pacífico profesar fe sin inconvenientes

Cuando la fe supera los límites de su natural equilibrio en nuestro pensamiento produce la locura. Como si los sueños gobernara la vigilia.

Aquellos que se autoinmolaban y se autoinmolan, los que se flagelaban y flagelan, los que sufrían y se hacen sufrir serias penitencias. No eran víctimas ni son víctimas, tal elección representaba y representa un honor y un escape emocional a las serias tribulaciones de la conciencia según la fe religiosa que profese.

La demencia de la fe religiosa no sólo se despertó individualmente y aisladamente como excepcional, sino que también se instituyó. Simeón el Estilita, falleció en el 459. Pasaba todo el tiempo de pie en una base de dos por dos elevada en una columna de quince metros de altura. Allí permanecía orando al cielo a pesar de las inclemencias del tiempo reinante, con viento, lluvia, nieve o granizo. En tales condiciones sus miembros anquilosados se cargaron de llagas y úlceras. Se le pudrió un muslo y la infección comenzó a devorarlo. Cuando los gusanos le caían a sus pies, los empujaba suavemente para que cayeran a tierra firme sin herirlos. Allí, un discípulo los recogía uno a uno, los ponía en una cesta atada a una cuerda y los subía nuevamente. Simeón tomaba estos y los volvía a poner sobre sus llagas putrefactas con la frase “Comed pues lo que Dios os ha dado”. El loco fue santificado luego de su muerte.

Juan el Evangelista fue desterrado por orden del Emperador Comiciano tras salvarse de ser quemado en aceite caliente por profesar su culto contrario al sostenido por el Imperio Romano. Lo deportaron a la isla de Patmos. Allí permaneció en total soledad durante dieciocho meses viviendo en una pequeña y húmeda cueva entre las rocas, sin otro milagro que el de mitigar su sed durante la lluvia. En ese ascetismo obligado, los exégetas, aseguran que le fue revelado el Apocalipsis. La batalla del Armagedón que relacionó con la región del Valle de Seguido en el oriente medio, sitio de muchas batallas importantes para el pueblo judío e intrascendente en el imperio Romano que era más mundo que el mundo aquel.

Hemos de ver que la situación de Juan el Evangelista en aquella diminuta isla griega en el Egeo, en total soledad, según estudios de la psicología moderna, podría haberle causado una seria deficiencia mental. Tristeza, desesperación e insanía que se produce en seres humanos y animales puestos en cautiverio en esas condiciones por un período de corto tiempo.

Precisamente el ascetismo religioso de vieja tradición humana produjo lamentables estados de abandono, melancolía y demencia y la negación absoluta al mundo real que no pasaron inadvertidas para la misma Iglesia Católica.

El asceta Evario el Póntico (el solitario) en el siglo IV, fijó en ocho las pasiones humanas pecaminosas donde consideraba a la “acedia” (“cansancio e inquietud del corazón”) como uno de los pecados capitales. Luego “el Dante” iba a ubicar este páramo como uno de los estadios del infierno.

A raíz de esta impresión de Evario el Póntico, a partir de la edad media, los estados de “trititia” eran tratados a través de exorcismos, porque se consideraba que el infeliz que la sufría había sido penetrado por el diablo, por el espíritu del mal, por Belphégor. Y generalmente el tratamiento se hacía a través de la provocación del vómito, de enemas de aceite caliente que corrientemente causaba la muerte del desdichado.

El estado de “trititia” no debe compararse al estado de “samaddhi”, practicado por varias tradiciones religiosas y místicas del este de Asia. El estado “samaddhi”, es un estado de conciencia mediante la meditación o contemplación o recogimiento, en la que el mediante siente que trasciende las limitaciones de su cuerpo y alcanza la unidad con dioses o fantasías de la ensoñación sin extremar la duración del rito.

Más allá de la trascendencia que significa para el mundo del cristianismo la batalla de Armagedón, éstas y las miles de incidencias demenciales dentro de otros cleros, no implicaron riesgos sociales. Sólo sucedían como consecuencia de la degradación de la fe con efecto de contundencia institucional pero no necesariamente social.

Pero cuando la Iglesia comenzó a regir con sus exigencias conductuales a las instituciones sociales, el asunto resultó seriamente controvertido o desconcertante para la propia ley civil y consecuentemente con impacto directo sobre lo social, por cuanto hasta la ley divina resultaba y resultó ser un paradigma para la propia institución por las locuras, en la interpretación confusa o conveniente de tales o cuales. Y lo que era moralmente malo para una época, resultó divino para otra o a la inversa.

La enajenación adquirió tal magnitud que, basados en la frase bíblica “a los hechiceros no los dejarán con vida” (Exodo 22:18) los sacerdotes dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, respaldándose además en obras de Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás, editaron el manuscrito Malleus Maleficarum (Martillo de brujas) en la sospecha que las mujeres eran fácilmente corruptibles y estaban totalmente endemoniadas. Por la ingerencia del diablo podían convertirse en animales monstruosos, podían volar y causar fenómenos atmosféricos catastróficos.

Con la aprobación de Bula Papal de Inocencio VIII, el manuscrito fue fuente de inspiración para que algunos sacerdotes destinados a perseguir brujas, violaran, torturaran y quemaran vivas a decenas de miles de mujeres en toda Europa.

No sólo el ascetismo admitido en su momento como exaltación santa y luego remitido a pecado marcaron otras controversias, innumerables variaciones en la interpretación bíblica afectaron y afectan el desenvolvimiento de las conductas humanas en las regiones donde infiere la religión-estado.

El papa León III ordenó la destrucción de todas las representaciones de Jesús, la virgen María y los santos. Sin embargo, no logró ni siquiera con la opresión y violencia disminuir la adoración de las imágenes por parte de los fieles. Fue entonces cuando el vaticano, a expensas de las Escrituras, permitió la adoración de íconos que llamaron a partir de allí, a diferencia de iconoclasta, iconodulia, aduciendo que esta forma de conducta no era adoración sino veneración.

Juan Pablo I, que sólo estuvo en el papado poco menos de tres meses tras una muerte extraña y no investigada, pretendía no solamente reorganizar el Banco Vaticano para detestarlo como paraíso fiscal luego del escándalo con el Banco Ambrosiano y la mafia P2 y además era partidario del uso de la píldora anticonceptiva en oposición a la tesis “Humanae vitae”. A la llegada del Juan Pablo II, tales cuestiones fueron archivadas. Lo más sorprendente es que el Banco Vaticano sigue en la esfera de los Paraísos Fiscales con un nuevo escándalo. Y nuevamente la controversial prohibición absoluta del uso de preservativos “ni verlos ni tocarlos”. La polémica se inició en una visita oficial de Benedicto XVI a Camerún y Angola en África. El papa allí rechazó de plano el uso del preservativo por considerarlo grave pecado como siempre ha sido la postura de la Iglesia. Lo hizo en momentos que la Organización Mundial de la Salud había iniciado una enorme campaña contra el Sida proponiendo el uso de preservativo como medida preventiva y a raíz de la muerte por esta enfermedad de 17 millones de personas en el África. Es decir, que el exabrupto de Raitzinger puso en peligro la vida de millones de personas. No obstante, alguien debe haber alertado al Sumo Pontífice, por cuanto al poco tiempo, tarde, en Alemania, lejos de aquel escenario justificó parcialmente el uso de preservativos. También el Vaticano, luego de años de ataques “endemoniados” contra la teoría de la evolución, terminó recientemente por aceptarla, como aceptó que la Tierra no era el centro del Universo.

Los ejemplos arrancados del esquema de la civilización occidental, como se la conoce, no implican de ninguna manera, que en otras organizaciones religiosas no cundan los prototipos enfermizos de igual o peor manera.