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He aquí que la gran masa humana ha perdido la realidad, se sumerge en la fe divina que le han incrustado cegándole observar el mundo en que vive contraponiéndole un espacio ideal que no se asemeja al suyo. Al menos aquellos que creían en los dioses de la lluvia, del viento, del fuego, de la tierra estaban más sincronizados con su existencia y entorno real. Un Dios de la tierra no hubiera permitido la degradación sistemática que nuestro mundo está sufriendo. Y así vamos, de estrés en estrés comiéndonos la Tierra con la esperanza del paraíso La fe es y fue la primera respuesta necesaria de la conciencia humana para catalizar los miedos, hasta que la fe fue privatizada al mercado de la fe, manipulada por la inquisición y profanada, empujando a la domesticación de los pueblos a la paranoia de vivir medroso del mismo miedo. Cuenta Filón, que los reyes eran dioses y sus pueblos bestias. El mismo Calígula analógicamente extrajo de aquel pensamiento antiguo, sobre que las sociedades eran pequeños rebaños conducidos por un pastor o quizás inspirado en los faraones del viejo Egipto. La fe individual y saludable de la conciencia, fue vapuleada y es aun vapuleada por leyes y edictos de Estado que obliga a tener fe por lo que el Estado dispone con la complicidad eclesiástica, atacando directa o indirectamente otras creencias o si bien se quiere, la libertad religiosa o de pensamiento. La presión a la conversión, la persecución y el descaro, la mentira, la hipocresía, la violencia, las desapariciones, las hogueras, la muerte azotaron el espíritu individual por un espíritu colectivo radical, fanático y contundente. En Grecia en época de los helenos y mucho antes que Epicuro o Isócrates existía la teoría que la religión era una invención política. Platón así lo creía, y fue Critias quien frecuentando a los “ateos” la expuso, determinando además que la religión tenía relación directa con el desarrollo de la cultura. En todas las conciencias dominantes del imperio romano está presente esta antigua doctrina de la religión como instrumento de dominación y utilidad pública. Polinio en sus “Historias” hace referencia a esta relación: “Pero a mi me parece que la auténtica superioridad del Estado romano hace referencia a la concepción de los dioses… dado que la multitud es inconstante y desenfrenada en sus ilícitos deseos, fácil a la ira, violenta e impetuosa, no hay más remedio que tenerla sujeta con misteriosos temores…” La religión como instrumento de dominación y manipulación en nuestro occidente se pone de manifiesto abiertamente con la llegada de Constantino al poder del Estado Romano, un hombre sin escrúpulos, sanguinario, perverso pero inteligente promulga la religión Cristiana como religión de Estado. No por casualidad, ya que los devotos de Jesús eran, como tantas otras sectas secretas, una minoría ausente y sin influencia en ningún otro pueblo organizado por gobierno. De esta manera, Constantino se aseguraba la propiedad y liderato. Nombra obispos que envía a cada región del Imperio que a su vez eran jefes de gobierno de cada región. Y comienza por fuerza la conversión de los súbditos de Roma. En poco menos de 100 años todo el imperio estaba a merced del cristianismo romano. Justiniano continúo la obra de su antecesor y luego Carlomagno creó la monarquía absoluta y divina, asegurando que los reyes eran representantes de Dios en la Tierra ungidos por el mismo Dios. El poder religioso de Estado podía así, a los conversos, controlar mejor que el poder político. Estos acatarían cualquiera de los intereses ofrecidos por el rey, el obispo o del emperador al ser un deseo de la divinidad, un cuento que ya había sido utilizado y aún persiste en nuestro tiempo. La desobediencia entrañaba una ofensa a los dioses más que a los jefes de estado. Se abatía así todo posible intento de libertad. El imperio romano cayó, no obstante, el poder de influencia de la Iglesia quedó incólume en todo el viejo imperio, con excepción de la región asiática perdida en poder de los otomanos. Los monarcas ahora eran independientes y absolutos en sus reinados sin evadir que sobre sus cabezas estaba la Iglesia a la que le debían no sólo la santidad, sino estamento jurídico de legitimidad documentada desde el emperador romano Carlomagno. De todas formas, cualquier atisbo de romper las reglas vaticanas, fueron severamente castigadas y pocos se atrevieron a revelarse. Enrique VIII de Inglaterra, hombre sanguinario, temible y loco ejerció el poder más absoluto que se tenga memoria histórica entre los monarcas y no tardó enfrentarse al clero por cuestiones maritales (Se casó seis veces, asesinó a dos de sus esposas y torturó a otras tres). Rompió relaciones con el Papa, expulsó de Inglaterra toda la red católica eclesiástica y tal como Constantino, se apoderó de la estructura, de “los principios” y se autoproclamó Jefe de la nueva Iglesia, nombró los nuevos obispos, expropió toda propiedad en la isla y se apoderó del diezmo eclesiástico consiguiendo de esta forma una enorme fortuna que integró a las arcas de la corona aliviando al reino de la grave crisis económica de aquel entonces. Lutero fue más radical en el sentido religioso. Su exhortación para que la Iglesia regresara a las enseñanzas de la Biblia fue totalmente desestimada. Fue entonces que impulsó la transformación del cristianismo y provocó la Contrarreforma, como se conoce a la reacción de la Iglesia Católica Romana frente a la Reforma protestante La razón de aquella vieja doctrina seguida por Calígula había funcionado y resultó una conquista de poder. Los reyes eran dioses, sus súbditos corderos. La opulencia del imperio romano quedó de esta forma transferida a la opulencia del imperio vaticano, prosiguiendo con el producto del tributo de los reinos, salvo Inglaterra, sin importar los enfrentamientos y las guerras por dominio entre uno u otro, porque el diezmo no disminuía ante el poder de tal o cual, bastándole además y en definitiva su hegemonía e influencia de poder sobre ellos y sobre las masas. “Las ciudades se llenaron de altares y se establecieron los solemnes ritos que ahora florecen en las grandes ocasiones en lugares famosos, de donde aun hoy, un religioso terror está enraizado en los hombres, el cual les hace levantar por todo el orbe de la tierra nuevos santuarios a los dioses y les impulsa a llenarlos en los días festivos” Exclamaba Lucrecio. Los monjes y religiosos de la época, por otra parte, indicaban que el vulgo debía permanecer en plena ignorancia del conocimiento bíblico u otro conocimiento y que este era privilegio de unos pocos, precisamente para precaverse que los indulgentes, pudiesen interpretar a su modo las enseñanzas o promover derechos contra la organización religiosa. No fue extraño, por lo tanto, la persecución y eliminación de los agnósticos, aquellos intelectuales cristianos estudiosos de los documentos sagrados. Tampoco fue de extrañar luego que algo similar le ocurriera a Santo Tomás de Aquino en principio diabólico finalmente santo en la controversial y dudosa observación Vaticana. “…y piur se muove…” Aun percuta y lastima como puntual proyección histórica de miles y miles que aun peor que el observador de estrellas murieron en la hoguera por la necedad humana. He aquí el impacto social, el oscurantismo, la inquisición, las cruzadas y la conquista de América no pueden quedar fuera del estudio. Este “cristianismo” se instaló con una demanda de sangre jamás imaginada bajo el manto de pureza, amor y solidaridad. Y a punta de flecha, espada, hoguera y empalamientos convirtieron, sometieron y acallaron cualquier intransigencia. Las generaciones venideras ignotas de todo estamento cognitivo, incluso desconociendo la historia de sus mayores, fueron y resultaron el mejor cultivo. La ignorancia los sepultó. La idolatría a cosas e imágenes provenientes desde los principios de la fe y del invento de aquel hombre primitivo no pudo sepultarse en el mundo moderno. Nuevos inventos de dioses y demonios consecuentes de brutalidad e ignorancia. Las llagas milagrosas llegaron a nuestros tiempos disfrazadas de argumentaciones sorprendentes dentro de la Iglesia, rechazando y admitiendo según tiempo y conveniencia. La teoría de la evolución con la que el Estado Vaticano mediante sus ilustres intelectuales de negro y otros obsecuentes en torno al clero denostaron y atacaron por contraponerse a la “Creación Bíblica”. Finalmente fue aceptada con ciertos artilugios para que no fueran tan elocuentes ni lastimara susceptibilidades en los fieles. El tema lo resume la conferencia del Arzobispado de Lublín (Polonia) en 1998 “El diálogo ciencia-fe en el contexto de las cuestiones filosóficas de la física actual”: "Sería difícil indicar en la época moderna otro pontificado en el que el diálogo con el mundo de la ciencia fuera tan intenso como el llevado a cabo por Juan Pablo II. (Cf. la antología: Robert J. Russell – William Stoeger – George V. Coyne [ed.], John Paul II on Science and Religion: Reflections on the New View from Rome, Vatican Observatory, Vatican City 1990.) Una manifestación muy significativa de esta apertura es el mensaje dirigido a la Academia Pontificia de las Ciencias, del 22 de octubre de 1996, referido a la teoría de la evolución. Este mensaje aporta una importante clarificación para las controversias en que se ven envueltos los filósofos y los teólogos desde que Charles Darwin formuló su teoría de la selección natural. Sin vincularse con el darwinismo, que es una de las formas posibles del evolucionismo, Juan Pablo II determina el horizonte interpretativo en el que pueden cooperar de modo constructivo el pensamiento cristiano y las diversas formas del evolucionismo. Al calificar el evolucionismo como "teoría metacientífica", y no "científico-natural", Juan Pablo II indica que no se refiere a una de las versiones existentes de la teoría de la evolución, sino que habla del evolucionismo como de un paradigma interpretativo. Dentro de este paradigma, el filósofo teísta puede tratar los miles de millones de años de la evolución cósmica como la revelación del Logos divino, cuya presencia no se revela en las lagunas de nuestro conocimiento, sino en la descripción matemática de la naturaleza, en sus simetrías, o en la posibilidad de realizar previsiones efectivas." Algo parecido había ocurrido tiempos atrás cuando el papa León III ordenó la destrucción de todas las representaciones de Jesús, la Virgen María y los santos, sin embargo, la iconoclasta no logró ni siquiera con la sangre disminuir la adoración de las imágenes. Fue entonces cuando, el vaticano resolvió de un puntero a expensa de las Escrituras, permitir la adoración de íconos que llamaron a diferencia de iconoclasta, iconodulia para mal acomodarla a su evangelios, diciendo que esta llamativa conducta no era adoración sino veneración, nada más que veneración. |