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CAPITULO III

Aquel rudimentario razonamiento, pensamiento, libre albedrío y por ende operaciones mentales de nuestros ancestros condujeron al progreso de habilidades muy superiores a la vieja herencia con la creación de herramientas cada vez más sofisticadas que ninguna otra especie ha logrado. Nacía la tecnología.

Paradójicamente, aquella inteligencia embrionaria residente en la nueva estructura reflexiva alojó simultáneamente los miedos. La muerte sin dudas fue el interrogante que impactó fuertemente al entendimiento conjuntamente con lo desconocido que condujeron a nuevas conductas fuera del arco reflejo central de acción instintiva a los estímulos negativos exteriores.

La conciencia preparaba así su primera agitación e inquietud mental necesitada de una catarsis de alivio al peso del trauma evidente. Un submundo de réplicas internas vino a salvar la inquietud consciente originando creencias fantasmagóricas dando origen a los mitos, leyendas y religiones que de una u otra forma daban sosiego inmediato a aquellos miedos.

El mundo de los dioses pasó a ser parte de la realidad tangible del hombre con tal acelerado acervo que no sólo se incrustó en la conciencia como señal prima eficaz y saludable, sino que además se exteriorizaba con nuevas acciones conductuales. La misma conciencia generaba así y consolidaba los medios y recursos encaminados a resolver de modo satisfactorio las situaciones estresantes. Así el hombre primitivo admiró el fruto de la fantasía que el mismo se ofrecía y lo proyectó a sus proles y estas a las suyas, iconizando elementos cotidianos que fueron incrustándose en la cultura. Comenzaron a adorar rayos y truenos, tierra, aire, agua, el fuego, el sol, la luna, lluvias, las estrellas, animales, insectos y toda flora que por razones diversas se relacionaban con su vida conciente y subsistencia.

Lo que se inició como una armonía mental conllevó al cambio de conductas y generó normas de comportamientos nuevas tanto individuales como sociales.

Los descubrimientos paleontropológicos descubren y corroboran que no hubo vida humana desde nuestros principios que no estuviera ligada a estos fenómenos en todo sitio donde aquel homo sapiens dejó huellas de su existencia y se desprende que, desde el inicio del desarrollo de la conciencia inmediatamente se despliega el estado de “purificación catártica” contra los miedos y como motor del espíritu en los albores de la criatura humana.

Pero muy pronto, los ritos conductuales a las necesidades religiosas alcanzaron proporciones inauditas. Sacrificios humanos y animales para satisfacer a los dioses inventados de necesidades igualmente inventadas. Autoflagelación, canibalismo, suicidios, ascetismo, culpas fantaseadas y desprecio a los instintos naturales. Escapando de las turbaciones ellos mismos se atoraban en turbaciones.

Aquella circunstancia de actuar por elección de conciencia ha proporcionado al ser humano un potencial mental cada vez más sofisticado. Mayores operaciones mentales que la naturaleza adecuó y suministró poco a poco en mejoras estructurales físicas cerebrales y esta conciencia abierta al mismo tiempo aumentó la capacidad medrosa. Nuevos miedos que hicieron caer el equilibrio saludable en su origen para convertirse en fobias y el ciclo o camino de una demencia generalizada que se transmite de generación en generación vinculada con lo religioso y la fe.

Actuamos por instintos o por libre albedrío que indica tanto la razón como el empuje de la acción de la enseñanza recibida, cultural o de creencias. Pero no es sólo el ambiente y la cultura o las creencias lo que sacude la evolución humana. Algunos de los productos tecnológicos son ya imprescindibles para la subsistencia y se adosan como propia carne. Cada generación se sustrae más y más a estos cambios y descubrimientos de la ciencia y la tecnología tanto física como mentalmente. El desafío es asimilar rápidamente el ambiente artificial que se nos ofrece y que ha venido creciendo vertiginosamente a despecho de los cambios de la naturaleza. Los instintos no son suficientes frente a la avalancha de nuevos artificios y descubrimientos científicos, y las conciencias esclavas de aditamentos esotéricos muchos menos parecen obrar.

El conocimiento científico ha destruido paulatinamente aquellos primeros mitos inventados por los fantasmas del miedo. El fenómeno de la lluvia, del fuego, del aire, del agua, las estaciones… fueron develados como también la no tan vieja creencia que la Tierra era el centro del universo o aquella que era una plataforma plana que se movía encima de una tortuga gigante. Darwin echó por tierra los grandes principios de la creación divina. El alud y complejidad de los acontecimientos científicos tecnológicos y del pensamiento sacudieron de forma notoria al hombre moderno. Primero agitado por ilusiones, endeble a ser reemplazadas y que es la fase primera de la fe.

La fe es el conjunto de ilusiones que concreta la conciencia como evidencia tangible. Es, fue y sigue siendo el anticuerpo psíquico a los interrogantes que carcomen la existencia humana como nuestro destino y la muerte.

Tengamos en cuenta que toda esperanza es movida en principio por una ilusión en los pensamientos más insignificantes que conducen a conductas tentativas. Tener confianza consigo mismo es tener ilusión, también ilusionarse con un encuentro amoroso. La ilusión es un ente superlativo en la vida humana que permite elevarse a grados de felicidad, activar la motivación, las defensas orgánicas y provocar conductas insospechadas que tantean el estado estable de conciencia y que liberan un período esperanzador individual cuando se realiza en una estación equilibrada de emotividad y realidad. Cuando estas ilusiones acumuladas tranquilizan la conciencia en forma contundente y reiterada, la misma conciencia las acepta formando un halo impenetrable con un fuero de credibilidad tangible al margen de toda racionabilidad, conformando la fe.