Capítulo 25: Hola Susana te estamos llamando...
A una hora que usted no sabría bien definir, que parece aleatoria pero no lo es en ningún caso, y créame, es así, esa hora determinada responde simplemente a un sincronizado ejercicio de su femineidad, ella lo llama. Su intuición por momentos lo dejará pasmado, justo cuando estaba por hacer un macanón, o contestando un mensajito de alguien que aparece del pasado, o simplemente porque sí, porque dice que lo extraña, lo llama, y quiere hablar, quiere que usted hable, porque si se tratara solo de escucharlas, hasta eso sería tolerable, pero por qué, que necesidad hay de dar tantos detalles de un hecho insignificante, para qué tanto adjetivo, tanto paréntesis y acotación sobre vestuarios, colores, ay dios, qué ejercicio de tolerancia hay que hacer a la hora de atenderlas por teléfono, y de tener que contarles lo que nos pasó, que en realidad ya se lo dijimos, que no tiene ninguna importancia pero en una oración, sin nada que agregarle y eso amigo mío para nada les alcanza. Quieren detalles, explicaciones, bajo apercibimiento de considerar que usted la engaña. Y desde la aparición de los celulares la cosa ha empeorado. Por qué no me atendiste? Por qué me daba ocupado? Con quién hablabas? A esta hora quién te está llamando? Hablar por teléfono les apasiona. Es algo que podrían hacer 23 de las 24 horas del día. Y que quede bien en claro, a nosotros no nos molesta que ocupen horas de su tiempo contándose episodios de Friends, Sex and the City, Gilmore Girls, Amas de casa desesperadas, eso está súper genial, las apoyamos y admiramos su temple, el tema es, para qué nos llaman a nosotros, si nos van a ver a la noche o a la tarde, si vamos a cenar en un rato, para qué quieren que les contemos antes, les anticipemos lo que vamos a repetir luego, qué necesidad hay de forzarnos a algo que a nosotros nos pone de la cabeza, nos quita toda la paciencia, al punto de no soportarlas ni un segundo más, de querer matarlas, y entonces escuchamos, decimos un aha o un, sí claro, hasta ahí todo bien, pero si mechan con una pregunta y no estamos atentos, chau la debacle, el reproche, hasta a veces el llanto. La factura consumidor final que nos presentarán al cobro subrepticiamente cuando llegamos al cuarto.
Entonces le daré algunos consejos, aunque supongo usted ya estará bastante al tanto. No asigne ringtones especiales a sus amigas o mujeres del trabajo, no las agende en el teléfono, póngales seudónimos, nombres de animales, apodos de cancha, Tito, Cholo, Cabeza, Negro, Rulo, o cualquier otro. Cuando sale con ella, cambie al modo silencioso o vibrador y téngalo fuera de su campo visual, ya que las luces pueden llamar su atención y en seguida dirá: te suena el teléfono, no vas a atender? Señores, a ellas les encanta llamarnos por teléfono, pero detestan que nos llamen a nosotros y convengamos que las otras, ya sabe quienes, siempre tienen el olfato de llamar en los momentos más inoportunos. Y la torpeza nuestra al contestar, es peor de lo que podríamos imaginarnos, contestamos de usted, “sí, ahora estoy en una reunión, hablamos en un rato”. Decimos que era un amigo, algo del trabajo, inútil, su sexto sentido nos capta al instante, saben de lo que hablamos y hasta que no lo averigüen no paran, y por supuesto el triste corolario final es que siempre, pero siempre, terminamos confesando. Además se están imponiendo las cargadas por celular, se acuerda cuando la joda era llamar a cualquier teléfono de línea y preguntar cualquier pavada y llorar de risa un rato. O cuando llamábamos a alguien y cuando atendía, cortábamos o le poníamos una canción de amor, bueno ahora con los caller id eso ya es cosa del pasado, ahora hay graciosos/sas que te mandan, “un te chupar&iiacute;a todo bombón”, o “quiero que estés adentro máo ya!” Y de esos bretes no hay salida salvo la inmolación o el desparpajo. Mecanismo este último que desde ya aconsejamos. Y los chistes ahora quedan por escrito y al alcance de sus manos. Por eso, cuando se levanta al baño o baja del auto a cargar nafta o la deja sola por cualquier motivo, no deje el teléfono ahí, ella aunque sea fuerte, aunque diga que confía en usted ciegamente, alguna vez se va a ver tentada de husmearlo, porque sabe que usted no es perfecto, claro si es hombre cómo iba a serlo. Y su teláfono es un archivo de pasiones, un berenjenal de soluciones posibles, un secreto recorrido por su alma. Entonces a no confundirse el amigo Graham Bell hizo una cosa maravillosa, que le permite soluciones para momentos de vacío, y recursos nuevos como la comunicación vía texto que lo desinhibe y agranda, pero no sea cosa que entre tantos contratiempos, precauciones y amenazas que usted, lejos de parecer un romántico héroe, se transforme en un vulgar y simple ídolo del presente el mismísimo Doctor Tangalanga.