No sere marido pero tengo un remis


Sunflower Daisy

Dezign
(4 Janv, 2007)
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ill titleCapítulo 4: CHANGO Y A LA BOLSA - LA GRAN AUSENTE EN EL LUGAR MÁS NECESARIO

Epa amigo! Ya anda a lo grande, se pone ropa especial para hacer las compras y lo hace a sabiendas (suena feo decirlo así pero vale) de que como leerá en otro capítulo no hay como el supermercado a determinada hora y día para emprender la cacería de mujeres necesitadas. Pero el caso ahora, es cuando usted extraña a su mujer en un momento concreto que no había percibido hasta que le sucede en carne propia. Los primeros recorridos por las góndolas serán audaces, entre su postura de dandy recién recibido, y su ineptitud para desarrollar tareas que le eran ajenas su actitud va a parecer de entrada confusa y antimetódica.
Su carrito claramente muestra los dislates de una mecánica que desconoce totalmente, recorre los pasillos sin orden ni sentido, puede saltearse muchos por seguir a una mujer que le parece que es parecida a la madre de una compañera de colegio de su hijo mayor y pergeña un encuentro casual que por su inexperiencia resulta torpe y sinsentido.
Pero de las compras nos ocuparemos luego, ahora usted ya llegó a las cajas. Tiene su chango rebalsado de inutilidades y cosas que se repiten o superponen unas a otras. Hace la cola y cuando llega a la cinta que transporta las cosas comienzan sus problemas. Cree recordar que su mujer, perdón se me escapó igual que a usted, su ex mujer le decía desde el otro lado de la caja, "pasame primero los... ahora que sean los... y luego y siempre último las..." Claro es muy fácil, pero usted desconoce absolutamente que palabras ocupan los espacios de puntos.
Entonces sucede el milagro. La niña de la caja reconoce su virginidad e intenta ayudarlo, pero siempre pasa más rápido las cosas que usted, y además no carga todo, con lo cual usted trata de descargar el carrito, pasar incómodamente (¿cómo es primero el carro o usted?) por ese pasillo ínfimo que dificulta su ya de por sí complicada tarea, y poner en bolsas y vuelta al chango todas las cosas que compró.
Si le parecía mucho lo que su ex mujer gastaba en comida, bueno, ahora esta sarta de inutilidades que usted acaba de cargar en el chango sin cotejar mejores precios ni calidad le parecerán una fortuna incalculable que le inhibirán de ensayar la técnica de la caceráa en supermercados a escasas dos veces por mes.
Entonces volvamos a la triste escena de usted corriendo de un lado al otro de la cinta, poniendo los huevos con los desodorantes, el pan lactal debajo de las botellas, el fiambre con la lavandina y así, todo mal, todo mal. Qué frustrante la escena, qué patética. Usted enseguida percibe el desastre, la consagración de su inutilidad, de su impericia. Pero en un momento mágico, reivindicante, casi al borde de un ataque, eleva los ojos y los cruza con la madre de la compañerita de su hijo quien en un gesto de contención inconmensurable le sonríe dos cajas más lejos de la suya y lo redime de cualquier culpa, pena o flagelación. Allí está usted sacando pecho, agradeciendo su torpeza, y afilando las garras. No dejará pasar la oportunidad, se tomará su tiempo para llegar al auto, y atacará a su presa poseído por el espíritu de un guerrero medieval imponente.

 

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