Cap�tulo 3
UNA HOJA DE PERI�DICO
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�Qu� quiere decir �mirar con la cabeza�?
-
Un peri�dico pesado
-�Decidido! -anunci� mi hermano mayor, dando una palmada a los azulejos
de la estufa encendida-: esta tarde hacemos experimentos el�ctricos.
-�Experimentos? �Nuevos experimentos! -exclam� yo entusiasmado-.
�Cu�ndo? �Ahora? Yo quiero hacerlos ahora.
-Pues ten paciencia. Los haremos esta tarde. Ahora tengo que marcharme.
-�Por la m�quina?
-�Qu� m�quina?
-La el�ctrica. Para los experimentos har� falta una
m�quina.
-La m�quina que nos har� falta ya la tenemos, est� en mi
cartera. Pero, haz el favor de no buscarla sin m� -previ� mi
hermano lo que yo pensaba -. No la encontrar�s y me revolver�s
todo -a�adi�, mientras se pon�a el abrigo.
-Pero, �la m�quina est� ah�?
-Ah� est�, no te preocupes.
Y mi hermano sali� de casa, dejando tranquilamente la cartera, con la
m�quina, en la mesita que hab�a en la antesala.
Si el hierro pudiera sentir, experimentar�a junto a un im�n lo
mismo que yo notaba cuando me qued� a solas con la cartera de mi
hermano. La cartera tiraba de m�, atra�a todos mis sentimientos e
ideas. Era imposible pensar en ninguna otra cosa, era in�til pretender
mirar a otra parte ...
Es raro que una m�quina el�ctrica pueda caber en una cartera. Yo
me la figuraba menos delgada. La cartera no estaba cerrada con llave, y si, con
cuidado, echaba una ojeada a su interior... Aqu� hay algo envuelto en un
peri�dico. �Una caja? No, son libros. Libros y m�s libros, otra
cosa no hay en la cartera. �C�mo no se me ocurri� en el acto que
mi hermano me hab�a gastado una broma? �Puede, acaso, guardarse una
m�quina el�ctrica en una cartera!
Mi hermano regres� con las manos vac�as y, por la cara
desilusionada que yo ten�a, se dio cuenta en seguida de la causa de mi
triste aspecto.
-�Me parece que le has hecho una visita a mi cartera? -pregunt�
�l.
-�D�nde est� la m�quina? -fue mi respuesta. -En la
cartera. �No la has visto?
-Ah� no hay m�s que libros.
-Y la m�quina. Por lo visto has mirado mal. �Con qu� has mirado?
-�Qu� con qu� he mirado? Con los ojos.
-Est� claro, has mirado s�lo con los ojos. �Hay que mirar con
toda la cabeza! No basta mirar, hay que comprender lo que se ve. Esto es lo que
se llama �mirar con la cabeza�. Si quieres te demostrar� la diferencia
que hay entre mirar s�lo con los ojos y mirar con la cabeza.
Mi hermano sac� del bolsillo un l�piz y dibuj� en un papel
la figura representada a la izquierda.
-Aqu� las l�neas dobles representan v�as f�rreas, y
las simples, carreteras. Mira atentamente y dime: �qu� v�a es
m�s larga, la que va de 1 a 2, o la que va de 1 a 3?
-La de 1 a 3 es, naturalmente, la m�s larga.
-Eso es lo que has visto con los ojos. Pero ahora mira la figura con toda la
cabeza.
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Figura 62
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-�C�mo? Yo no s�.
-Con toda la cabeza puede mirarse esta figura as�. Fig�rate que
desde 1 bajamos una recta perpendicular a la carretera 2-3 -mi hermano
traz� una l�nea punteada en su dibujo-. �C�mo divide mi
l�nea a esta carretera? �En qu� partes?
-Por la mitad.
-Por la mitad. Por consiguiente, todos los puntos de esta l�nea
distar�n lo mismo de los extremos 2 y 3. �Qu� dices ahora del
punto 1? �De d�nde est� m�s cerca, de 2 � de 3?
-Ahora veo claramente que est� a la misma distancia de 2 que de 3. Pero
antes me pareci� que el ferrocarril de la derecha era m�s largo
que el de la izquierda.
-Antes miraste s�lo con los ojos, y ahora has mirado con toda la cabeza.
�Has comprendido la diferencia?
- S�. Pero, �d�nde est� la m�quina?
-�Qu� m�quina? �Ah, la el�ctrica! En la cartera.
Est� donde estaba. No la viste porque no sab�as mirar con la
cabeza.
Mi hermano sac� de la cartera el paquete con los libros, lo
desenvolvi� con cuidado, dej� libre una hoja grande de
peri�dico y me la dio:
-Esta es nuestra m�quina el�ctrica.
Yo mir� desconcertado el peri�dico.
-�Crees que esto no es m�s que un papel? -prosigui� mi hermano-.
Para la vista, s�. Pero el que sabe mirar con toda la cabeza reconoce
que el peri�dico es un aparato f�sico.
-�Un aparato f�sico? �Para hacer experimentos?
-S�. Coge el peri�dico. �Pesa poco, verdad? Y t� crees,
como es natural, que puedes levantarlo siempre hasta con un solo dedo. Pues,
ahora ver�s como este mismo peri�dico se hace a veces
pesad�simo. �Dame aquella regla de dibujo!
-Est� mellada, no sirve para nada.
-Tanto mejor, no sentiremos que se rompa.
Mi hermano puso la regla sobre la mesa, de modo que una parte de ella
sobresal�a del borde.
-Toca el extremo sobresaliente. �Es f�cil de inclinar, verdad? Bueno,
pues, prueba a inclinarlo cuando yo cubra el otro extremo de la regla con el
peri�dico.
Extendi� el peri�dico en la mesa, le alis� cuidadosamente
los pliegues y tap� con �l la regla.
-Coge un palo y da un golpe fuerte sobre la parte de la regla que sobresale.
�Dale con todas tus fuerzas!
-Le voy a dar un golpe, que la regla romper� el peri�dico y
saltar� hasta el techo -dije yo, y levant� el palo.
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Figura 63
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-No escatimes fuerzas.
El resultado del golpe fue completamente inesperado: son� un chasquido,
se rompi� la regla, y el peri�dico sigui� en la mesa, como
antes, cubriendo el resto roto de la desdichada regla.
-El peri�dico es m�s pesado de lo que t� cre�as,
�no es as�? -me pregunt� mi hermano con malicia.
Yo miraba desconcertado los restos de la regla y el peri�dico.
-�Esto es un experimento? �El�ctrico?
-S�, un experimento, pero no el�ctrico. Los el�ctricos
vendr�n despu�s. Sin embargo, yo quer�a demostrarte que un
peri�dico puede servir, en efecto, de aparato para hacer experimentos
f�sicos.
-Pero, �por qu� no dej� salir a la regla, si yo puedo levantarlo
f�cilmente de la mesa?
-Eso es el quid del experimento. Sobre el peri�dico presiona el aire y
... con no poca fuerza: cada cent�metro cuadrado de la hoja de
peri�dico es apretado por �l con la fuerza de un kilogramo.
Cuando se golpea el extremo de la regla que sobresale, �sta presiona con
su otro extremo, desde abajo, sobre el papel y el peri�dico debe
levantarse. Si esto se hace despacio, debajo del peri�dico, que empieza
a levantarse, tiene tiempo de entrar aire desde fuera, el cual, con su
presi�n, equilibra la que sufre el peri�dico por arriba. Pero tu
golpe fue tan r�pido, que el aire no tuvo tiempo de penetrar debajo del
peri�dico: el borde de la hoja de papel a�n estaba en contacto
con la mesa, cuando su parte central ya era empujada hacia arriba. Por esto
tuviste que levantar no s�lo el peri�dico, sino tambi�n el
aire que presionaba sobre �l. En resumidas cuentas: hubieras tenido que
levantar con la regla un peso aproximado igual a tantos kilogramos como
cent�metros cuadrados tiene la parte del peri�dico a levantar. Si
�sta fuera una parte del papel de s�lo 16 cent�metros
cuadrados -un cuadradito de 4 cent�metros de lado-, la presi�n
del aire sobre �l ser�a de 16 kilogramos. Pero la parte del papel
que hab�a que levantar era considerablemente mayor, por lo tanto, el
peso a levantar era grande, quiz� de medio ciento de kilogramos. La
regla no aguant� este peso y se rompi�. �Crees ahora que con un
peri�dico pueden hacerse experimentos? ...Cuando anochezca, empezaremos
con los el�ctricos.
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Los dedos despiden chispas
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Un palo obediente
-
La electricidad en las monta�as
Mi hermano cogi� con una mano un cepillo de la ropa y con la otra
arrim� una hoja de peri�dico a la estufa caliente y empez�
a frotarla con el cepillo, lo, mismo que un empapelador cuando extiende el
papel sobre la pared para que se pegue bien.
-�Mira! -dijo mi hermano, al mismo tiempo que retiraba ambas manos del
peri�dico.
Yo esperaba que el papel se deslizar�a hacia el suelo. Pero no fue
as�: el peri�dico qued� sujeto de un modo raro a los lisos
azulejos, como si estuviera pegado.
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Figura 64
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-�C�mo se sostiene -pregunt� yo -, si no tiene cola?
-Lo sostiene la electricidad. Ahora est� electrizado y lo atrae la
estufa.
-�Y por qu� no me dijiste que el peri�dico que ten�as en
la cartera estaba electrizado?
-Antes no lo estaba. Lo he electrizado yo ahora, delante de ti,
frot�ndolo con el cepillo. Se ha electrizado por frotamiento.
-Entonces, �esto ya es un experimento el�ctrico de verdad?
-S�. No hemos hecho m�s que empezar. �Apaga la luz!
En la oscuridad se dibujaba confusamente la negra figura de mi hermano y una
mancha gris�cea en el lugar en que estaba la blanca estufa.
-Ahora f�jate bien en mis manos.
Yo m�s bien supon�a, que ve�a, lo que hac�a mi
hermano. Desprendi� el peri�dico de la estufa y,
manteni�ndolo con una mano en el aire, aproxim� a �l los
dedos abiertos de la otra mano.
Y entonces -yo no pod�a dar cr�dito a mis ojos de sus dedos se
desprendieron chispas: �Chispas largas, blanco-azuladas!
-Estas chispas eran el�ctricas. �Quieres probar t� mismo?
Yo me apresur� a ocultar mis manos detr�s de la espalda. �Por
nada del mundo!
Mi hermano volvi� a aplicar el peri�dico a la estufa, lo
frot� con el cepillo y de nuevo hizo saltar de sus dedos haces de largas
chispas. Pude darme cuenta de que sus dedos no llegaban a tocar el
peri�dico, sino que se manten�an a unos diez cent�metros
de �l.
-Prueba, no tengas miedo, no duele nada. Dame la mano -dijo, y cogi� una
de mis manos y me acerc� a la estufa-: �Abre los dedos! ... �As�!
�Qu�, te duele?
Yo no tuve tiempo de volver en m�, cuando de mis dedos sal�an ya
haces de chispas azuladas. A su luz pude ver que mi hermano s�lo
hab�a separado de la estufa la mitad del peri�dico, la parte
inferior de la hoja de papel segu�a como pegada a ella. Al mismo tiempo
que las chispas sent� un ligero pinchacito, pero el dolor fue
insignificante. En efecto, no hab�a nada que temer.
-�M�s! -ahora era yo el que quer�a.
Mi hermano aplic� el peri�dico a la estufa y comenz� a
frotarlo con las palmas de las manos.
-�Qu� haces? �Te has olvidado del cepillo!
-Es lo mismo. �Prep�rate!
-No saldr� nada. Lo has frotado con las manos, sin cepillo.
-Sin cepillo tambi�n se puede hacer, si las manos est�n secas. Lo
que hace falta es frotarlo.
Efectivamente, tambi�n esta vez despidieron chispas mis dedos, lo mismo
que antes.
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Figura 65
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Cuando me hart� de ver chispas, me dijo mi hermano:
-Bueno, basta. Ahora te ense�ar� la descarga en penacho, la misma
que vieron Col�n y Magallanes en las puntas de los m�stiles de
sus embarcaciones ... �Dame las tijeras!
Mi hermano acerc� en la oscuridad las puntas de las tijeras abiertas al
peri�dico, medio separado de la estufa. Yo esperaba ver chispas, pero vi
algo nuevo: las puntas de las tijeras se coronaron de haces brillantes de
cortos hilos azul-rojizos, aunque a�n se hallaban del papel bastante
lejos. Al mismo tiempo se o�a un ligero susurro prolongado.
-Penachos de fuego como �stos, s�lo que mucho m�s grandes,
ven con frecuencia los marinos en los extremos de los m�stiles y en las
vergas. Ellos les llaman �fuegos de Santelmo�.
-�Y c�mo se producen all�?
-Es decir, �qui�n sostiene el peri�dico electrizado sobre los
m�stiles? �Eso es lo que quer�as preguntar? Pues, como es
l�gico, all� no hay peri�dico, pero hay en cambio una nube
electrizada baja. Ella es la que hace las veces de peri�dico. Y no creas
que esta luminosidad el�ctrica de las puntas agudas suele producirse
s�lo en el mar. Tambi�n se observa en tierra, sobre todo en las
monta�as. Julio C�sar describ�a ya c�mo una noche
nublada se iluminaron con estos fuegos las puntas de las lanzas de sus
soldados. Los marinos y los soldados no tienen miedo a los fuegos
el�ctricos, al contrario, los consideran buena se�al, aunque sin
ning�n fundamento razonable. En las monta�as suele ocurrir que la
luminosidad el�ctrica se manifiesta incluso en las personas, en sus
cabellos, gorros, o�dos y en todas las partes salientes del cuerpo. Al
mismo tiempo suele o�rse un susurro parecido al que produc�an
nuestras tijeras.
-Y este fuego, �quema mucho?
-No quema nada. Porque no es fuego, sino una luminiscencia, es decir, una
luminosidad fr�a. Tan fr�a e inofensiva, que con ella ni se puede
encender una cerilla. Mira: en vez de las tijeras, cojo una cerilla, y, como
puedes ver, su cabeza queda rodeada de luminiscencia el�ctrica, pero
ella no arde.
-Pues, yo creo que arde: la llama sale de la misma cabeza.
-Enciende la luz y mira la cerilla junto a la l�mpara.
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Figura 66
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Me convenc� de que la cerilla no s�lo no ten�a indicios de
carbonizaci�n, sino que hasta su cabeza estaba intacta. Hab�a
estado, pues, rodeada de luz fr�a, y no de fuego.
-No apagues la l�mpara. El experimento siguiente lo haremos con luz.
Mi hermano puso una silla en medio de la habitaci�n y sobre su espaldar
coloc� un palo atravesado.
Despu�s de varios intentos logr� que el palo, apoyado en un solo
punto, descansara sobre el espaldar de la silla sin volcarse.
-Yo no cre�a que el palo pudiera quedarse as� -dije yo-, porque
es bastante largo.
-Por eso se sostiene, porque es largo. Si fuera corto no se sostendr�a.
Un l�piz, por ejemplo, no se sostiene.
-Un l�piz, de ninguna manera -afirm� yo.
-Y ahora a lo que �bamos. Sin tocar el palo, �puedes hacer que se vuelva
hacia ti?
Yo me qued� pensativo.
-Si a uno de sus extremos se le echa un lazo ... -comenc� yo.
-Sin ninguna cuerda y sin tocarlo en absoluto. �Puedes?
-�Ah, ya s�!
Acerqu� la cara al palo y empec� a absorber aire con la boca,
para atraerlo hacia m�. Pero el palo ni se movi�.
-�Qu� dices?
-Que es imposible.
-�Imposible? Ahora veremos.
Y retirando de la estufa el peri�dico, que durante todo este tiempo
estuvo adherido a los azulejos, como si estuviera pegado, comenz� mi
hermano a acercarlo lentamente al palo por un lado. A casi medio metro de
distancia, el palo percibi� la atracci�n del peri�dico
electrizado y se volvi� obedientemente hacia �l. Moviendo la hoja
de peri�dico, mi hermano consigui� que el palo lo siguiera, y le
hizo girar sobre el espaldar de la silla, primero en un sentido y
despu�s en otro.
-Como ves, el peri�dico electrizado atrae el palo con tanta fuerza, que
�ste lo seguir� mientras que toda la electricidad del papel no
haya pisado al aire.
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Figura 67
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-�Qu� l�stima que estos experimentos no se pueden hacer en verano
! Entonces la estufa est� fr�a.
-La estufa hace falta aqu� para secar el papel, porque estos
experimentos s�lo salen bien cuando el peri�dico est�
completamente seco. Y t� te habr�s dado cuenta, seguramente, de
que el papel de peri�dico absorbe la humedad del aire, por eso
est� siempre algo h�medo y hay que secarlo. No creas que en
verano es totalmente imposible hacer nuestros experimentos. Pueden hacerse,
pero no salen tan bien como en invierno, porque en invierno, en una
habitaci�n con calefacci�n, el aire est� mucho m�s
seco que en verano. Y la sequedad tiene mucha importancia para estas
experiencias. En verano se seca el peri�dico sobre la plancha de la
cocina, cuando �sta, despu�s de comer, se enfr�a lo
suficiente para que el papel no se queme. Una vez bien seca en la plancha, la
hoja de peri�dico se traslada a una mesa seca y all� se frota
fuertemente con un cepillo. El papel se electriza, pero no tan intensamente
como cuando se prepara en la estufa de azulejos. Y ... ya est� bien por
hoy. Ma�ana haremos otros experimentos.
-�Tambi�n el�ctricos?
-S�, y con la misma m�quina el�ctrica: con el
peri�dico. Mientras tanto te dar� a leer un relato interesante
acerca de los fuegos de Santelmo en las monta�as, del que es autor el
c�lebre naturalista franc�s Saussure.
En 1867 estuvo con varios compa�eros en una cumbre de los Alpes, de
m�s de tres kil�metros de altura. Y aqu� tienes lo que
all� experimentaron.
Mi hermano cogi� del estante el libro de Flammarion �La
Atm�sfera�, lo hoje�, y me dio a leer el pasaje siguiente:
�Los que hab�an realizado la escalada acababan de dejar junto a una
pe�a sus bastones con conteras de hierro y se dispon�an a comer,
cuando Saussure sinti� en los hombros y en la espalda un dolor, que
parec�a estar producido por agujas que se le hincaran lentamente en el
cuerpo. �Suponiendo -dice Saussure que en mi capote hab�an ca�do
alfileres, me lo quit�, pero no sent�a alivio, sino, por el
contrario, el dolor se hizo m�s intenso y se extendi� a toda la
espalda, desde un hombro a otro; este dolor iba acompa�ado de cosquilleo
y de pinchazos dolorosos, como si por mi piel anduviera una avispa y la llenara
de picaduras. Despu�s de quitarme r�pidamente mi segundo abrigo,
no encontr� nada que pudiera producir esta afecci�n. El dolor
prosegu�a y empez� a parecerse a una quemadura. Pens� que
se hab�a inflamado mi jersey de lana. Estaba ya dispuesto a desnudarme,
cuando me llam� la atenci�n un ruido parecido al abejorro. Este
ruido proced�a de nuestros bastones apoyados en la pe�a; era
semejante al ruido que hace el agua caliente en v�speras de arrancar a
hervir. Todo esto durar�a unos cinco minutos.
Comprend� entonces que la sensaci�n dolorosa era debida al flujo
el�ctrico procedente de la monta�a. Sin embargo, como era de
d�a, no vi ning�n resplandor en los bastones. Estos
produc�an el mismo ruido agudo cuando, teni�ndolos en la mano,
dirig�amos las conteras de hierro hacia arriba, hacia abajo u
horizontalmente. Del suelo no sal�a ning�n sonido.
Al cabo de algunos minutos sent� que se me erizaban los pelos de la
cabeza y la barba, parec�a que me estaban pasando una navaja de afeitar
seca por la barba fuerte y crecida. Mi joven ayudante grit� que se le
ergu�an los bigotes y de la parte superior de sus o�dos emanaban
fuertes corrientes. Al levantar la mano sent� como la corriente
sal�a de mis dedos. En una palabra, la electricidad emanaba de los
bastones, de las ropas, de los o�dos, de los pelos, de todas las partes
salientes del cuerpo.
Abandonamos r�pidamente la cumbre de la monta�a y descendimos
unos cien metros. A medida que �bamos bajando, nuestros bastones
emit�an cada vez un sonido m�s d�bil; por fin, el sonido
se hizo tan sordo, que s�lo pod�a o�rse llev�ndose
el bast�n al o�do�
.
As� termina la narraci�n de Saussure. En el mismo libro
le� las descripciones de otros casos de aparici�n de los fuegos
de Santelmo.
�La emanaci�n de electricidad de las pe�as prominentes se observa
con frecuencia cuando el cielo est� cubierto de nubes bajas que pasan a
poca altura de las cumbres.
El 10 de julio de 1863, Watson y varios turistas m�s ascendieron al
puerto de Jungfrau (en los montes Suizos). Hac�a una ma�ana
magn�fica, pero ya cerca del desfiladero, los viajeros tuvieron que
aguantar un viento fuerte con pedrisco. Se oy� el horr�sono
bramar del trueno, y poco despu�s Watson percibi� un sonido
silbante procedente de su bast�n; este sonido era parecido al de un
calentador en que se inicia la ebullici�n. Los viajeros se detuvieron, y
notaron que sus bastones y hachas emit�an el mismo sonido y no dejaron
de sonar ni despu�s de clavar uno de sus extremos en tierra. Uno de los
gu�as, que se quit� el sombrero, comenz� a gritar que le
ard�a la cabeza. Y, efectivamente, sus cabellos estaban erizados como si
los tuviera electrizados. Todos experimentaban sensaci�n de cosquilleo
en la cara y en otras partes del cuerpo. Watson ten�a los cabellos
completamente de punta. En los extremos de los dedos, cuando los
mov�amos en el aire, se o�a el silbido el�ctrico�.
-
La danza de los payasos de papel
-
Al d�a siguiente, las serpientes
-
Los pelos de punta
Mi hermano cumpli� su palabra, cuando anocheci�, continu�
los experimentos. Lo primero que hizo fue �pegar� un peri�dico a la
estufa. Despu�s me pidi� un papel m�s fuerte que el de
peri�dico - de escribir - y empez� a recortar de �l
figuras graciosas: mu�equitos en diversas posturas.
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Figura 68
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-Estos payasos de papel van a bailar ahora. Trae unos alfileres.
Cada payaso tuvo pronto su alfiler clavado en una pierna.
-Esto es para que los payasos no salgan volando ni sean arrastrados por el
peri�dico -me explic� mi hermano, mientras pon�a las
figuras de papel en una bandeja-. �Atenci�n! �El espect�culo va a
comenzar!
�Despeg� el peri�dico de la estufa y, sosteni�ndolo
horizontalmente con las dos manos, lo acerc�, desde arriba, a la bandeja
en que estaban las figuras.
-�Levantaos! -orden� mi hermano.
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Figura 69
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Y, fig�rese usted, los mu�ecos le hicieron caso y se levantaron.
Se pusieron de pie y as� estuvieron hasta que mi hermano retir�
el peri�dico; entonces volvieron a tumbarse. Pero �l no los
dej� descansar mucho: acercando y alejando el peri�dico, obligaba
a los payasos ya a levantarse ya a acostarse.
-Si no les hubiera puesto los alfileres, ser�an m�s livianos, se
lanzar�an hacia el peri�dico y se pegar�an a �l.
Mira -mi hermano quit� los alfileres a varias figuras-, han sido
atra�das por el peri�dico y ya no se desprenden. Esto es la
atracci�n el�ctrica. Y ahora haremos un experimento de
repulsi�n ... �D�nde has puesto las tijeras?
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Figura 70
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Yo le di las tijeras, y mi hermano, despu�s de �pegar� el
peri�dico en la estufa, empez� a cortar de su extremo, de abajo a
arriba, una tira larga y estrecha. Sin llegar hasta arriba, comenz� a
cortar, del mismo modo, una segunda tira, despu�s una tercera y
as� sucesivamente. La tira sexta o s�ptima la cort� del
todo. Result� una especie de plumero de papel que no se desliz�
de la estufa, como yo esperaba, sino que sigui� adherido a ella.
Sujetando la parte superior con la mano, mi hermano pas� varias veces el
cepillo por las tiras y luego retir� el �plumero� de la estufa,
sosteni�ndolo por arriba con el brazo extendido hacia adelante.
En vez de pender libremente hacia abajo, las tiras se separaron formando una
especie de campana, repeli�ndose sensiblemente unas a otras.
-Se repelen -me explic� mi hermano -, porque todas est�n
igualmente electrizadas. En cambio, se acercar�n a los objetos que no
est�n electrizados. Mete la mano, por abajo, dentro de la campana: las
tiras se acercar�n a ella.
Me puse en cuclillas y met� la mano en el espacio que hab�a entre
las tiras. Es decir, quise introducir la mano, pero no pude hacerlo, porque las
tiras de papel se enrollaron a ella como si fueran serpientes.
-�No te asustan estas serpientes? -me pregunt� mi hermano.
-Si son de papel, �c�mo me van a asustar?
-Pues a m� me horrorizan, �mira!
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Figura 71
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Mi hermano levant� la hoja de peri�dico hasta tenerla m�s
arriba de la cabeza, y yo pude ver como sus largos cabellos se erizaban.
-�Esto tambi�n es un experimento? �Dime, es un experimento o no?
-Es el mismo experimento que acabamos de hacer, pero de otra forma. El
peri�dico ha electrizado mis pelos, y ellos se han sentido
atra�dos hacia �l, al mismo tiempo que se repel�an entre
s�, lo mismo que las tiras de nuestro �plumero� de, papel. Coge un
espejo y te ense�ar� c�mo tus pelos se erguir�n lo
mismo que los m�os.
-Pero, �no duele?
-En absoluto.
En efecto, no sent� ni el menor dolor, ni siquiera cosquilleo, y, sin
embargo, vi en el espejo c�mo, debajo de la hoja de peri�dico,
mis cabellos estaban erizados.
Volvimos a repetir tambi�n los experimentos del d�a anterior, y
mi hermano dio por terminada la �sesi�n�, como llam� a nuestro
pasatiempo, prometi�ndome que al d�a siguiente har�a una
serie de experimentos nuevos.
-
Un rayo peque�o
-
Experimento con un chorro de agua
-
Un soplido de gigante
Al d�a siguiente empez� mi hermano los experimentos haciendo unos
preparativos muy raros.
Cogi� tres vasos, los calent� junto a la estufa, los puso
despu�s sobre la mesa y los tap� con la bandeja, que
tambi�n calent� previamente acerc�ndola a la estufa.
-�Qu� vas a hacer? -curiose� yo-. �Por qu� pones la
bandeja sobre los vasos, y no los vasos sobre la bandeja?
-Espera, no tengas prisa. Vamos a hacer un experimento con un rayo
peque�o.
Mi hermano puso en marcha su �m�quina el�ctrica�, es decir,
empez� a frotar la hoja de peri�dico que hab�a aplicado a
la estufa. Una vez frotada, dobl� la hoja por la mitad y volvi� a
frotarla. Luego la �despeg� de la estufa y la deposit�
r�pidamente sobre la bandeja:
-Toca la bandeja, �no est� fr�a?
Sin sospechar la mala pasada, alargu� despreocupadamente la mano hacia
la bandeja y ... la retir� precipitadamente: algo dio un chasquido y
sent� un pinchazo en el dedo. Mi hermano se ech� a re�r.
-�Qu� te parece? Te ha ca�do un rayo. �Has o�do el
chasquido? Pues, eso fue un trueno peque�o.
-He sentido un pinchazo fuerte, pero no he visto ning�n rel�mpago.
-Ahora lo ver�s, cuando repitamos el experimento a obscuras.
-Pero yo no quiero volver a tocar la bandeja -declar� yo resueltamente.
-Tienes que mirar estos experimentos s�lo con los ojos, y no con toda la
cabeza. Hagamos ahora otro experimento con un chorro de agua. Lo haremos en la
cocina, en el grifo del agua. El peri�dico se quedar� en la
estufa hasta que haga falta.
Dejamos salir del grifo un chorrito fino de agua, que, al caer, chocaba
sonoramente con el fondo de la pila.
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Figura 72
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-Ahora voy a hacer que este chorrito, sin tocarlo, corra de otro modo. �Hacia
d�nde quieres que se desv�e, hacia la derecha, hacia la izquierda
o hacia adelante?
-Hacia la izquierda -respond� yo sin reflexionar.
-Est� bien. No toques el grifo que ahora traigo el peri�dico.
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Figura 73
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Regres� mi hermano con el peri�dico, procurando sujetarlo con los
brazos extendidos, lo m�s lejos posible de su cuerpo, para que perdiera
menos electricidad. Acerc� el peri�dico al chorro, por la parte
izquierda, y vi claramente como el hilo de agua se torc�a a la
izquierda. Trasladando el papel al lado contrario, hizo que el chorro se
desviara hacia la derecha. Finalmente, le oblig� a torcerse tanto hacia
adelante, que el agua pas� por encima del borde de la pila.
-�Ves con qu� fuerza influye aqu� la acci�n atrayente de
la electricidad? Este experimento puede hacerse tambi�n
f�cilmente sin estufa ni plancha, si se utiliza un peine de caucho, como
�ste -dijo mi hermano, sacando un peine del bolsillo lateral y
pas�ndolo por sus tupidos cabellos-. De este modo ya lo he electrizado.
-�Pero si tus pelos no son el�ctricos!
-Claro que no. Son pelos ordinarios, como los tuyos y los de otro cualquiera.
Pero si el caucho se frota con los cabellos, se electriza, lo mismo que el
peri�dico con las cerdas del cepillo de la ropa. �Mira!
Aproxim� el peine al chorro y �ste se desvi� sensiblemente
hacia un lado.
-Para los otros experimentos no sirve el peine: en �l se obtiene
demasiadas poca electricidad, mucha menos que con la �m�quina
el�ctrica� que, como te habr�s convencido, es f�cil hacer
con una simple hoja de papel de peri�dico. Y a prop�sito, quiero
hacer con el peri�dico otro experimento, el �ltimo, pero no
el�ctrico, sino otra vez acerca de la presi�n del aire, como el
que hicimos con la desafortunada regla.
Regresamos a la habitaci�n. Ya en ella, mi hermano se puso a recortar y
pegar una hoja de peri�dico, de modo que result� una bolsa larga.
-Mientras se seca nuestra bolsa, trae varios libros grandes y pesados.
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Figura 74
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Yo busqu� en el estante tres voluminosos tomos de cierto atlas de
anatom�a y los puse sobre la mesa.
-�Puedes inflar esta bolsa con la boca? -me pregunt� mi hermano.
-Claro que puedo -repuse yo.
-La cosa es f�cil, �no es verdad? Pero, �y si aplastamos la bolsa con un
par de libros de �stos?
-Ah, entonces por mucho que te empe�es no inflar�s la bolsa.
Mi hermano, sin decir palabra, puso la bolsa al borde de la mesa, le
coloc� encima un tomo y, sobre �l, puso otro tomo de pie.
-Ahora f�jate. Lo voy a inflar.
-�No querr�s soplar estos libros? -le dije ri�ndome.
-Pues, s�, eso es lo que pienso hacer.
Mi hermano se puso a inflar la bolsa. �Y qu� piensa usted? El libro que
estaba debajo se inclin�, levantado por la presi�n del aire en la
bolsa, y tir� al que ten�a encima. Y, sin embargo,
pesar�an unos cinco kilos.
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Figura 75
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Sin esperar a que yo saliera de mi admiraci�n, mi hermano se dispuso a
repetir el experimento. Esta vez carg� la bolsa con tres tomos.
Sopl� y -�qu� soplido de gigante! - volc� los tres tomos.
Lo m�s asombroso de todo es, que en este ins�lito experimento no
interven�a nada extraordinario. Cuando yo mismo me atrev� a
hacerlo, consegu� volcar los libros con la misma facilidad que mi
hermano. No hay que tener pulmones de elefante ni m�sculos de gigante:
todo ocurre de por s�, casi sin hacer esfuerzo.
Mi hermano me explic� despu�s el quid del fen�meno. Cuando
inflamos la bolsa de papel, introducimos en ella aire m�s comprimido que
el circundante, porque de lo contrario no se inflar�a. La presi�n
del aire exterior es igual aproximadamente a 1000 g por cada cent�metro
cuadrado. Calculando cu�ntos cent�metros cuadrados de papel hay
debajo de los libros, es f�cil determinar que aunque el exceso de
presi�n constituya solamente la d�cima parte, es decir, nada
m�s que un centenar de gramos por cada cent�metro cuadrado, la
presi�n total que ejerce el aire, desde dentro, sobre la parte oprimida
de la bolsa puede alcanzar casi 10 kg. Esta fuerza, como es natural, es
suficiente para volcar los libros.
Con esto se acabaron nuestros experimentos f�sicos con la hoja de papel
de peri�dico.
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