NUESTROS MEJORES RELATOS ERÓTICOS

Nuestra Calificación: Malo (1) - Regular (2) - Bueno (3) - Muy bueno (4) - Excelente (5)
Opina


 

Una tarde con unos amigos

La Puerta se abre Sola (Si)

La puerta se abre sola, como en las películas, y apareces recostada en el marco, pura silueta definida por las luces brillantes del corredor. Por la ventana yo veo entrar la luna, aunque la noche esta lluviosa y negra. Tu sonrisa, que tiene una ligerísima falta de simetría, brilla iluminada por los rayos de esa luna que yo invento para verte. Avanzas un poco, como flotando, y cierras la puerta de una forma perfecta, sin el más mínimo sonido. Apenas tres pasos bastan para tenerte al borde de la cama.

El chal gris rueda por el suelo, marcando fugazmente tu silueta, dejándote ceñida y ofrecida en un vestido negro, que de puro sobrio parece recargado. Los zapatos y las medias han desaparecido, y tu única, pero maravillosa joya, es el resplandor plata y oro de tu piel.

Estiro las manos para atraerte hacia la cama, pero tu te inclinas ofreciéndome los senos, los brazos echados atrás, buscando con ellos mis manos hasta hallarlas. Los siento más grandes de lo que se notan cubiertos por la tela, algo blandos, tibios, con la caída exacta para retener un lápiz con su peso, pero aún no más.

Mientras tanto tus manos desabrochan el cierre de la espalda, un roce que te recorre la columna como un escalofrío y te hace enderezar, dejando mis manos tocando el aire que ocupó tu lugar. Un movimiento de hombros y cintura hace caer la mitad del vestido, y yo no sé si mirar a lo ya descubierto, o estar atento a lo que falta por descubrir. Mueves el cuerpo cadenciosamente, dos o tres veces, y el vestido acaba su recorrido en los pies.

Más hermosa que nunca, estás desnuda frente a mí, iluminada claramente por las luces de la luna y el deseo, y sólo entonces me doy cuenta que estoy lleno de trapos. Tengo la cobija enrollada hasta la cintura, un viejo pantalón de pijama, y un suéter igual de antiguo y maltratado. Pero al igual que tu, tampoco tengo interiores.

Te mueves para quedar frente a mis pies, y tiras lentamente la cobija, centímetro a centímetro, mientras tu lengua revolotea entre los labios, como una paloma roja de deseo. Yo me dejo destapar, muy quieto, sintiendo ese calor que me cubre donde me vas descubriendo. La cobija cae al borde de la cama, y comienzas a tirar de la pijama. Me arqueo para facilitarte la labor. El pantalón cae, y por un afán que en ese momento ya me pesa me adelanto a quitarme el suéter y arrojarlo lejos, y extiendo las manos hacia ti.

Saltas como una atleta sobre la cama, que vieja y mezquina chirrea su queja, y te colocas sobre mí, imponente y perfecta, mostrándome tu sexo que brilla por la humedad, pero mucho más por la pasión. Tus manos elevan un poco los senos, acarician los pezones, y lentamente vas bajando, tan lentamente que me da tiempo de correrme hacia abajo, acompañado de una cómplice sonrisa tuya, y recibirte en la boca.

Tu sabor me penetra, suave, insistentemente, mientras te mueves un poco hacia adelante, levemente hacia atrás, buscando que mis labios y mi lengua no dejen un sólo punto sin conocer, sin hacer gozar. Pasan muchos años antes que te separes y me beses en la boca, chupándote golosa tu propio sabor. Yo recorro tu cuerpo, primero con la punta de los dedos, después con las manos llenas, hasta encontrar el centro. Pero tu, una vez más sorpresiva, quitas tiernamente mis manos, chupando mis dedos al hacerlo, y ansiosa te diriges a mi sexo.

Apenas unos segundos bastan para darme cuenta que ninguna boca ha sido como la tuya. Tu lengua roza las partes más sensibles, los dientes muerden suavemente, reforzando el arte de la lengua, los labios me aprisionan con firmeza, acariciando hasta muy abajo. Hay un momento en el que siento que voy a reventar dentro de ti, y tengo que hacer algo, pensar en cualquier cosa, y cuento ovejitas, alcanzando a contar casi cincuenta antes de tirar bruscamente de ti hacia arriba. Nuevo encuentro de bocas, largo, larguísimo, y entonces te acuestas bocarriba, y el sólo echo de tu postura me pide, con urgencia, que te penetre.

Me acomodo presuroso, demasiado, y quedo incómodo, con una pierna en una posición imposible, y pienso en penetrarte muy lentamente, pero el mutuo interés no lo permite, y al primer contacto me hundo dentro de ti, todo, hasta que tu propio movimiento me obliga a repetir el mío, a continuar enervando la ola que montamos, volviéndonos cada uno los dos cuerpos, y un sólo movimiento sobre esta cama dura que hoy es la más blanda de las nubes.

Casi enseguida recibo tu orgasmo, rápido, inesperado, casi furioso, mostrándome que tu también hubieras podido contar ovejitas. Me desconcierto un poco y me detengo, pero tu sigues moviéndote, arrastrándome, buscando mas con una energía inusitada pero nunca violenta, hasta que mi propio placer explota dentro de ti, y los dos cuerpos se tensan increíblemente, como para que nada se le pueda escapar a este momento.

Sin saber muy bien como llegamos, quedamos entrelazados en la parte de abajo de la cama, recobrando el aire y la realidad, conversándolo todo por gestos, diciéndonos lo que sentimos por medio de un roce, de un movimiento de pestañas, del mínimo acomodamiento de un músculo, cosas que hubieran requerido muchísimas palabras, o que no era posible expresar con palabras. Las cuatro paredes de todos los días parecen conmoverse, por primera vez en tanto tiempo, y adquirir la calidez de un abrazo.

Intento alcanzar un cigarrillo, pero tu sonrisa me lo impide, y para compensarme te mueves, te mueves hasta colocar uno de tus pezones en mis labios, y los frotas en ellos hasta que se enciende y puedo chupar de él, aspirar mas y mejor que el mejor humo, que la mas deliciosa mariguana.

La llama crece velozmente, y mi sexo se repone más rápido que nunca, dispuesto a recomenzar mil veces con este placer que no debiera tener final. Con gracioso movimiento trepas sobre mí a horcajadas, tus manos templan mis muñecas sobre la cama, y te penetras tu sola, con una fuerza que me hubiera causado daño si no fuera toda felicidad.

Cabalgas sobre mí como si yo fuera las montañas y tú el viento, siempre más, siempre adelante, subiendo y bajando con un inimitable ritmo sin ritmo, unas veces fuerte, y otras veces suave, inclinándote hasta abofetearme con tus senos, que no se dejan atrapar por mis besos, o enderezándote hasta sentir dolor en las entrañas. Y te derramas con un gemido larguísimo, salido desde lo mas profundo de tu placer.

Me desmontas con un suspiro y te acuestas bocabajo, atrayéndome con tus manos, y levantando las caderas. Tu mano me atrapa en el momento justo y me dirige por una ruta que aún no he recorrido. Temo hacerte daño, y ese temor acrecienta mi deseo. Me quedo quieto, temeroso, dudando de penetrarte así, y tus caderas se aprietan contra mí, buscando saciar sus ansias.

Esta vez si entro lentamente, sintiendo que se tensa todo tu cuerpo menos donde yo entro, y comienzas a marcarme el paso con tus movimientos, con tus manos apoyadas trabajosamente sobre mi espalda, más rápido, más fuerte, más profundo, con los ojos llenos de lágrimas de dolor y de placer. Casi me obligas a ser brusco antes de derramarme dentro de ti, y al hacerlo tus movimientos duplican mi goce más allá de la suma de goces de los dos.

Cuando quiero salirme, mas por ternura y consideración que por deseo, no me lo permites, y durante mucho tiempo sin otro espacio que nosotros permanecemos así unidos, totalmente entregados, aunque de tus ojos bajan cierto cada tiempo dos brillantes que se funden en el colchón.

Ambos sabemos que es hora de que te vayas. Me besas con mucha más ternura que pasión. No solo con la boca sino con todo el cuerpo, brincas de la cama para que no pueda detenerte y te vistes en un santiamén. Por ultimo me lanzas un beso con la punta de los dedos, intentas ordenar tus cabellos sin ningún resultado, y sales corriendo nuevamente de una forma perfecta, sin un sólo ruido.

Abro los ojos y veo, antes que nada, las rejas de la ventanita, demasiado grandes, demasiado fuertes para ese pequeño espacio por el que nada mas que un poco de luz y aire pueden entrar, y solo la esperanza puede salir. Limpio mis manos dos veces húmedas contra la cobija deshilachada, en el momento en que suena la campana, y tengo que levantarme a vivir otro día de prisión, haciéndolo todo para que pase rápido, muy rápido, y llegue la noche y el encierro, y la puerta se abra sola nuevamente.

 

© Todos los dchos reservados -"El Rincón Clásico del Relax" - 2000 - Sevilla, España

 

Hosted by www.Geocities.ws

1