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Una
tarde con unos amigos
La
Puerta se abre Sola (Si)   
La
puerta se abre sola, como en las películas, y apareces
recostada en el marco, pura silueta definida por las luces brillantes
del corredor. Por la ventana yo veo entrar la luna, aunque la
noche esta lluviosa y negra. Tu sonrisa, que tiene una ligerísima
falta de simetría, brilla iluminada por los rayos de
esa luna que yo invento para verte. Avanzas un poco, como flotando,
y cierras la puerta de una forma perfecta, sin el más
mínimo sonido. Apenas tres pasos bastan para tenerte
al borde de la cama.
El chal gris rueda
por el suelo, marcando fugazmente tu silueta, dejándote
ceñida y ofrecida en un vestido negro, que de puro sobrio
parece recargado. Los zapatos y las medias han desaparecido,
y tu única, pero maravillosa joya, es el resplandor plata
y oro de tu piel.
Estiro las manos
para atraerte hacia la cama, pero tu te inclinas ofreciéndome
los senos, los brazos echados atrás, buscando con ellos
mis manos hasta hallarlas. Los siento más grandes de
lo que se notan cubiertos por la tela, algo blandos, tibios,
con la caída exacta para retener un lápiz con
su peso, pero aún no más.
Mientras tanto tus
manos desabrochan el cierre de la espalda, un roce que te recorre
la columna como un escalofrío y te hace enderezar, dejando
mis manos tocando el aire que ocupó tu lugar. Un movimiento
de hombros y cintura hace caer la mitad del vestido, y yo no
sé si mirar a lo ya descubierto, o estar atento a lo
que falta por descubrir. Mueves el cuerpo cadenciosamente, dos
o tres veces, y el vestido acaba su recorrido en los pies.
Más hermosa
que nunca, estás desnuda frente a mí, iluminada
claramente por las luces de la luna y el deseo, y sólo
entonces me doy cuenta que estoy lleno de trapos. Tengo la cobija
enrollada hasta la cintura, un viejo pantalón de pijama,
y un suéter igual de antiguo y maltratado. Pero al igual
que tu, tampoco tengo interiores.
Te mueves para quedar
frente a mis pies, y tiras lentamente la cobija, centímetro
a centímetro, mientras tu lengua revolotea entre los
labios, como una paloma roja de deseo. Yo me dejo destapar,
muy quieto, sintiendo ese calor que me cubre donde me vas descubriendo.
La cobija cae al borde de la cama, y comienzas a tirar de la
pijama. Me arqueo para facilitarte la labor. El pantalón
cae, y por un afán que en ese momento ya me pesa me adelanto
a quitarme el suéter y arrojarlo lejos, y extiendo las
manos hacia ti.
Saltas como una atleta
sobre la cama, que vieja y mezquina chirrea su queja, y te colocas
sobre mí, imponente y perfecta, mostrándome tu
sexo que brilla por la humedad, pero mucho más por la
pasión. Tus manos elevan un poco los senos, acarician
los pezones, y lentamente vas bajando, tan lentamente que me
da tiempo de correrme hacia abajo, acompañado de una
cómplice sonrisa tuya, y recibirte en la boca.
Tu sabor me penetra,
suave, insistentemente, mientras te mueves un poco hacia adelante,
levemente hacia atrás, buscando que mis labios y mi lengua
no dejen un sólo punto sin conocer, sin hacer gozar.
Pasan muchos años antes que te separes y me beses en
la boca, chupándote golosa tu propio sabor. Yo recorro
tu cuerpo, primero con la punta de los dedos, después
con las manos llenas, hasta encontrar el centro. Pero tu, una
vez más sorpresiva, quitas tiernamente mis manos, chupando
mis dedos al hacerlo, y ansiosa te diriges a mi sexo.
Apenas unos segundos
bastan para darme cuenta que ninguna boca ha sido como la tuya.
Tu lengua roza las partes más sensibles, los dientes
muerden suavemente, reforzando el arte de la lengua, los labios
me aprisionan con firmeza, acariciando hasta muy abajo. Hay
un momento en el que siento que voy a reventar dentro de ti,
y tengo que hacer algo, pensar en cualquier cosa, y cuento ovejitas,
alcanzando a contar casi cincuenta antes de tirar bruscamente
de ti hacia arriba. Nuevo encuentro de bocas, largo, larguísimo,
y entonces te acuestas bocarriba, y el sólo echo de tu
postura me pide, con urgencia, que te penetre.
Me acomodo presuroso,
demasiado, y quedo incómodo, con una pierna en una posición
imposible, y pienso en penetrarte muy lentamente, pero el mutuo
interés no lo permite, y al primer contacto me hundo
dentro de ti, todo, hasta que tu propio movimiento me obliga
a repetir el mío, a continuar enervando la ola que montamos,
volviéndonos cada uno los dos cuerpos, y un sólo
movimiento sobre esta cama dura que hoy es la más blanda
de las nubes.
Casi enseguida recibo
tu orgasmo, rápido, inesperado, casi furioso, mostrándome
que tu también hubieras podido contar ovejitas. Me desconcierto
un poco y me detengo, pero tu sigues moviéndote, arrastrándome,
buscando mas con una energía inusitada pero nunca violenta,
hasta que mi propio placer explota dentro de ti, y los dos cuerpos
se tensan increíblemente, como para que nada se le pueda
escapar a este momento.
Sin saber muy bien
como llegamos, quedamos entrelazados en la parte de abajo de
la cama, recobrando el aire y la realidad, conversándolo
todo por gestos, diciéndonos lo que sentimos por medio
de un roce, de un movimiento de pestañas, del mínimo
acomodamiento de un músculo, cosas que hubieran requerido
muchísimas palabras, o que no era posible expresar con
palabras. Las cuatro paredes de todos los días parecen
conmoverse, por primera vez en tanto tiempo, y adquirir la calidez
de un abrazo.
Intento alcanzar
un cigarrillo, pero tu sonrisa me lo impide, y para compensarme
te mueves, te mueves hasta colocar uno de tus pezones en mis
labios, y los frotas en ellos hasta que se enciende y puedo
chupar de él, aspirar mas y mejor que el mejor humo,
que la mas deliciosa mariguana.
La llama crece velozmente,
y mi sexo se repone más rápido que nunca, dispuesto
a recomenzar mil veces con este placer que no debiera tener
final. Con gracioso movimiento trepas sobre mí a horcajadas,
tus manos templan mis muñecas sobre la cama, y te penetras
tu sola, con una fuerza que me hubiera causado daño si
no fuera toda felicidad.
Cabalgas sobre mí
como si yo fuera las montañas y tú el viento,
siempre más, siempre adelante, subiendo y bajando con
un inimitable ritmo sin ritmo, unas veces fuerte, y otras veces
suave, inclinándote hasta abofetearme con tus senos,
que no se dejan atrapar por mis besos, o enderezándote
hasta sentir dolor en las entrañas. Y te derramas con
un gemido larguísimo, salido desde lo mas profundo de
tu placer.
Me desmontas con
un suspiro y te acuestas bocabajo, atrayéndome con tus
manos, y levantando las caderas. Tu mano me atrapa en el momento
justo y me dirige por una ruta que aún no he recorrido.
Temo hacerte daño, y ese temor acrecienta mi deseo. Me
quedo quieto, temeroso, dudando de penetrarte así, y
tus caderas se aprietan contra mí, buscando saciar sus
ansias.
Esta vez si entro
lentamente, sintiendo que se tensa todo tu cuerpo menos donde
yo entro, y comienzas a marcarme el paso con tus movimientos,
con tus manos apoyadas trabajosamente sobre mi espalda, más
rápido, más fuerte, más profundo, con los
ojos llenos de lágrimas de dolor y de placer. Casi me
obligas a ser brusco antes de derramarme dentro de ti, y al
hacerlo tus movimientos duplican mi goce más allá
de la suma de goces de los dos.
Cuando quiero salirme,
mas por ternura y consideración que por deseo, no me
lo permites, y durante mucho tiempo sin otro espacio que nosotros
permanecemos así unidos, totalmente entregados, aunque
de tus ojos bajan cierto cada tiempo dos brillantes que se funden
en el colchón.
Ambos sabemos que
es hora de que te vayas. Me besas con mucha más ternura
que pasión. No solo con la boca sino con todo el cuerpo,
brincas de la cama para que no pueda detenerte y te vistes en
un santiamén. Por ultimo me lanzas un beso con la punta
de los dedos, intentas ordenar tus cabellos sin ningún
resultado, y sales corriendo nuevamente de una forma perfecta,
sin un sólo ruido.
Abro los ojos y veo,
antes que nada, las rejas de la ventanita, demasiado grandes,
demasiado fuertes para ese pequeño espacio por el que
nada mas que un poco de luz y aire pueden entrar, y solo la
esperanza puede salir. Limpio mis manos dos veces húmedas
contra la cobija deshilachada, en el momento en que suena la
campana, y tengo que levantarme a vivir otro día de prisión,
haciéndolo todo para que pase rápido, muy rápido,
y llegue la noche y el encierro, y la puerta se abra sola nuevamente.
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