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Una
tarde con unos amigos
LA
C@RT@ (por Rowena Citali )    
Querido
Alberto:
Sabes
bien que en estos 15 años de convivencia nunca he puesto reparo
ni condición a ninguno de tus gustos y proposiciones, aunque
muy al principio tus fantasías me parecieron demasiado sofisticadas
e incluso atrevidas para una mujer como yo, criada en un ambiente
conservador aunque no exageradamente estricto, que siempre se
ha considerado a sí misma un ser humano de contemporánea mentalidad
inquisitiva. Fueron el amor, la curiosidad y el deseo la mezcla
explosiva de cada una de las aventuras que ambos hemos explorado
juntos para ensanchar el horizonte de nuestro placer. Como tantas
veces te lo he dicho, estoy orgullosa de mi.
Fui
yo quien en los últimos tiempos tomó las iniciativas más audaces
en los territorios de nuestra sensualidad y compartida satisfacción.
Los primeros años de matrimonio, años de intensa plenitud y
entrega, agotaron en buena medida nuestras posibilidades de
expresión y capacidad de sorpresa como bien me dijiste después
de que hicimos el amor en un hotel de Venecia, donde los espejos
del techo y de los muros devolvían la bella imagen de nuestros
jóvenes cuerpos sudorosos. Ciertamente, luego de aquellos primeros
siete años de vivir juntos habíamos aprendido a acoplarnos de
mil maravillas en lo intelectual, en lo afectivo y en lo físico.
No había ya un rincón de mi piel que no disfrutara, temblando,
con el roce de tu lengua o de tus dedos o con la embestida furiosamente
dulce del exquisito manjar de tu sexo, o con el zumbido de la
rica colección de vibradores que hemos formando de a poco.
En
estos años he disfrutado el estar desnuda en casa todo el tiempo
que paso en ella, o tomando así el sol mientras leo en el jardín
de Cuernavaca al lado de la alberca, o en top less en la playa
contigo y con nuestros queridos amigos y amigas comunes, o a
no llevar ropa interior, a excepción de medias, cuando salimos
a alguna fiesta o al teatro, humedeciéndome al saber que te
encanta tenerme a tu lado semidesnuda, presintiendo que de pronto
y sin aviso previo acercarás tu mano para sentir mi vulva sin
la mínima sombra de vello.
He
disfrutado y disfruto intensamente acariciarme para ti, para
mirar cómo me miras con los ojos prendidos --ojos de fuego negro--
cuando con lentitud me introduzco un vibrador o el collar de
perlas o las esferas chinas, o cuando insserto mis dedos muy
al fondo de mi entrepierna; cuando acaricio mi botón rosado
ya sea boca abajo, levantando la grupa en nuestra cama o sentada
sobre tu pecho. Siempre me ha gustado provocarte en el auto,
camino de nuestras respectivas oficinas, cuando tus manos a
pesar de su inquietud no pueden separarse del volante y yo me
froto y me vengo en líquidos gemidos, apretándome un pezón como
a un rubí enmedio del tráfico del periférico.
De
tu pene, cetro de mis placeres, puedo decirte que aprendí con
cada milímetro de mi piel a degustar su sabor a fresas silvestres,
a paladear su tamaño, consistencia y grosor e, incluso a necesitar,
como una adicta, de su textura triunfal en las profundidades
de mi lugar más recóndito y estrecho: ese apretado y prieto
cerco que siempre será virgen, que siempre quiere ser amado,
acariciado, abierto, descubierto, distendido, lengueteado, ensalivado,
aceitado, asaltado y perforado por tu dureza.
Y
es que no me averguenza contar a mis amigas y mucho menos a
mi analista que el placer anal es la más atisfactoria de nuestras
mutuas preferencias eróticas, a pesar de que las primeras veces
que lo hacíamos sentía, cuando comenzabas a entrar, una mezcla
de dolor y goce, aún si lo hundías despacio y profusamente ensalivado
por mi lengua o bien empapado de resbalosa vaselina. Pero el
dolor desaparecía de golpe por ese torrente de magia que brotaba
de tu jadeo, por ese privilegio de dejármelo ir de raíz a lo
más profundo, de empujármelo con firmeza pero con suavidad,
hasta tocar el invisible fondo, hasta que me encendías como
a una cegadora luz de pirotecnia, enloquecida en la cadencia
de mi propio placer y acompaséndome al movimiento de tus caderas,
desparramada, pegada a ti, poseída, aferrada por tus brazos
como indómito animal sin darnos tregua.
Bien
conoces que no nos negamos a nada. Al igual que tú y en igualdad
de circunstancias lo consentí todo por el puro gusto de sabernos
excitados, deseándome y deseándote, por la única y plena satisfacción
de sentirme constantemente amada, seductora mojada y seducida,
llena de vida y de sensualidad febril. Como cuando al terminar
la fiesta inolvidable de tu cumpleaños 45 me pediste que hiciera
el amor con Xavier, aquel guapo amigo tuyo que se quedó hasta
el final del festejo, para hacer realidad nuestra fantasía de
verme gozar sobre la alfombra persa con la minifalda de seda
negra arremolinada en mi cintura, mientras frente a mi cara
te masturbabas goteando, provocado por mi hábil manera de montarlo
y de gemir como una loca. Luego me diste tu sexo entero hasta
el caoba de tus rizos para que yo lo lamiese y succionara antes
de que me penetraras, al mismo tiempo que Xavier, por el culo
y de un solo y certero envío. Los tres nos venimos al unísono
y así, hechos un suculento emparedado de miel, nos quedamos
largo rato sin decir media palabra, ronroneando, esperando por
el siguiente set que no tardamos en jugar como si fuéramos ya
expertos.
Hoy me parece que aquella primera vez que hicimos un trío tuve
la sensación más exquisita y extraordinaria que he experimentado,
alcanzando un larguísimo orgasmo una y otra vez, doblemente
alanceada por dos hombres deseantes que mordían mis hombros,
mi nuca, mi espalda, mis pezones endurecidos; dos hombres que
abrían totalmte mi jadeo, que me hacían proferir fogosas obscenidades
mientras mi botón endurecido al máximo dolía de puro ardor.
Me acuerdo, y me da risa, que no pude sentarme bien en el despacho
al día siguiente, y que durante toda la semana tuve que llevar
una blusa o un suéter cerrados y un vestido hasta el tobillo
para ocultar las hermosas marcas que enrojecían mi cuello y
mis muslos.
Reflexionamos
y hablamos mucho después de aquello. Yo sentí y creo firmemente
que mi sexualidad empezó a florecer con mayor plentitud, y que
nos habíamos unido aún más como pareja, como amorosos cómplices
que compartían sin tapujos clasemedieros ni celos estériles
una misma y hasta entonces inédita perspectiva de nuestras ricas
posibilidades humanas. El erotismo nos transformó y se transformó
de ese modo en una activa forma de felicidad encarnada por la
sensualidad y fidelidad conjuntas.
Repetimos
y mejoramos con creces esa experiencia novedosa ¿cuántas veces?
¿en cuántos lugares? No lo recuerdo. Fueron muchas las ardientes
ocasiones en que, con Xavier o con Pedro o con Daniel o Ángel,
con sus respectivas parejas o sin ellas, me llevaste a desconocidas
y más altas montañas de mi femeneidad en pleno éxtasis, mordisqueando,
olfateando, lamiendo, entrando y saliendo, haciendo de mi cuerpo
un doble o triple albergue que hospedaba generosamente tu verga
y la de los otros que, para mi deleite, iban intercambiandose
de lugar detrás o enfrente, debajo o encima de mi. Luego tú
y yo volvíamos a casa, aún excitados por las sensaciones e imágenes
compartidas, y hacíamos el amor con más dulzura, con mayor pasión,
entregados sin reparo a nuestras propias fantasías y al recuerdo
de la experiencia reciente que muchas veces filmaron y fotografiaron
los amigos para nuestra videoteca y nuestro álbum íntimo y secreto.
Así
sucedió también cuando lo hacíamos con Amarilis, tu amiga de
la universidad, la adorable historiadora de fino y abundante
vello pelirrojo en el sexo y las axilas y con percing en el
ombligo y en cada pezón unido por una cadenita de plata, quien
nos lamió lenta pero delicada y salvajemente mientras hacíamos
el amor el verano pasado en Acapulco, hasta que se le inflamaron
los labios de su delectación. O con Guadalupe, la arquitecta
y dulcísima gritona de pechos opulentos que a tu pedido siempre
llevaba un liguero beige y te montaba y lengueteaba y besaba
mi boca, a la vez que yo me ponía a horcajadas sobre el río
impetuoso de tu rostro para sentir tu barba raspándome y tu
lengua como un áspid inquieto entre mis piernas. O con Valentina,
que tenía tatuado un pegaso con las alas desplegadas en la ingle
derecha, y que me enseñó a usar con ella aquel enorme vibrador
de dos cabezas en el jacuzzi de un hotel en Can Cún y que al
lado de su marido vouyerista disfrutó embelesada el ver la manera
en que yo pausadamente chupaba y aprisionaba tu miembro entre
mis senos, embadurnados de aceite de almendras comestible.
O
con Aranxa, nuestra tierna poeta y vecina de larga cabellera
con quien tantas tardes y noches interminables me derretí en
un 69 fulgurante mientras tú la penetrabas largamente por cada
orificio. Y yo, debajo de ella, aferrada a sus nalgas bronceadas
que para ti abría al máximo y lamía, observaba extasiada como
espectadora de primera fila el jugoso espectáculo de tu forma
de disfrutarla, de darnos siempre a cada una prolongados orgasmos
sin escatimar en nada, de alzarnos hasta el goce de lumbre húmeda
que sabías encender y multiplicar para nosotras. Luego entre
risas dormitábamos abrazadas a ti, viendo uno de nuestros videos,
hasta que el deseo te hinchaba de nuevo y las dos, hembras en
celo, hacíamos turnos para absorber tu virilidad, apostando
a ver cuál de las dos conseguía mantener la punta en el fondo
de su garganta por más tiempo, antes de colocarnos las dos en
4 patitas y en paralelelo para que tú, desde atrás de nosotras,
nos tomaras alternativamente. O mejor dicho, para que nosotras
nos alternáramos para tomarte
Y
es precisamente por la hermosa Aranxa, nuestra escritora de
almohada y cabecera, que escribo esta carta que al volver de
tu trabajo leerás en esta misma pantalla. Debo decirte, querido
Alberto, que creo haberme enamorado de ella, que no dejo de
pensar en sus cálidas y elásticas curvaturas, en su eléctrica
forma de venirse, de coger y ser cogida, en las cerezas de sus
enormes aureolas tan parecidas a las míos que, como bien le
dijiste una vez, coronan dos montículos gemelos con un color
similar al de mis labios. Sueño constantemente con ella, con
sus gemidos a la hora de venirse, con su cintura flexionándose
para llevar sus rodillas a los lados del óvalo hirviente de
su cara, elevando sus piernas hacia el cielo, con el sólo propósito
de que nuestras lenguas y sexos froten su pubis ávido, o nuestros
dedos se disputen, una vez más, el privilegio de invadir sus
dos espesas hendeduras. Mis noches de unos meses a hoy así se
han convertido en una obsesión que se repite y se repite, y
que me despierta, empapada en sudor y néctar, enmedio de pétalos
de éxtasis cuando de algún lugar de la memoria me asalta el
olor marítimo de su cuerpo y hasta la siento jadear contra mi
oído.
En
este último año de hacer deliciosos tríos con ella o apasionados
cuartetos en los que ha intervenido Pedro, su ahora ex esposo,
me he dado cuenta de lo mucho que me gusta el embriagante sabor
de la dulce Aranxa, sobre todo cuando lo he probado en directo
de su sexo, sin tener que degustarlo por intermediación de tu
espléndida dureza o de la de Pedro. Me he percatado de lo mucho
que disfruto de su personalidad y de su compañía, ya sea entre
las sábanas o al ir de compras o al gimnasio o a algún restaurante,
sintiendo las miradas lascivas de los hombres que parecen adivinar
que bajo nuestros trajes sastre no llevamos nada puesto, y que
nuestros pubis igualmente depilados sonríen y chasquean en armonía
cada vez que caminamos tomadas de la mano. Como bien sabes,
no han sido pocas las oportunidades en que las dos, aguijoneadas
por el deseo, hemos terminado por abrazarnos, besarnos y acariciarnos
en algún baño público o en un estacionamiento.
No
te he negado nada, amor mío, y tú a mi tampoco nada me has negado.
Por ello, hoy que los tres hemos regresado de vacaciones, te
pido que acojas esta nueva experiencia. Más ahora, que ella
ha decidido separarse de su marido para vivir con nosotros y
compartir esta fantasía que se ha tornado en una realidad inquietante
y ajena al menor atisbo de pudor o inhibiciones. Tú podrás dormir
en la habitación de visitas o en la biblioteca y, de tanto en
tanto, te invitaremos a hacernos compañía en el lecho. Ella
sin duda también estará de acuerdo.
Te
quiere y desea...,.
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