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Una
tarde con unos amigos
Figuras
Recortadas contra el Alba    
Abrí
los ojos y por unos breves instantes no tuve conciencia del
sitio dónde me encontraba. Todo eran imágenes
ambiguas e incompletas. La confusa luminosidad parecía
señalarme que afuera, entre la lluvia y agosto, amanecía.
Dentro, en una habitación desconocida yo estaba despertando
abrazado a un cuerpo, y mi mano sostenía la ajena placidez
de un seno tibio. Una piel húmeda me deslizaba con suavidad
a la vigilia.
Tenía mis muslos enlazados a los de la mujer que respiraba
pausadamente, desnuda contra el sueño y en paz consigo.
Era Carmen. Aquel era su aroma y ese su cuarto, al que llegué
ayer por la tarde después de un vuelo de varias horas.
Le avisé que estaría en su ciudad, en una convención
que prometía ser mortalmente aburrida y que me gustaría
volver a verla, y quedarme en su apartamento una semana.
En el aeropuerto ella se distinguía entre la multitud
que aguardaba con impaciencia la llegada de los viajeros. Vestida
impecable con un pantalón de piel color negro y una blusa
blanca también ajustada, y con el cabello a la altura
de las perlas del cuello, su figura era resplandeciente. Después
de tantos años continuaba siendo un primor. Sus ojos
brillaban, y como siempre, las lágrimas de su alegría
los ensalzaban.
En el coche nos besamos mientras nuestras manos buscaban ansiosas
la suavidad más allá de las hebillas, las cremalleras
y el encaje. Yo tenía un par de kilos extra, pero ella
se mantenía en su mismo peso. Carmen aún era magnética
al hablar, y seductora. El timbre de su voz había adquirido
una sensualidad distinta; sus palabras y ademanes, ahora más
mesurados aunque inquietos y vivaces, evocaban el afecto que
en nosotras perduraba.
Cenamos e hicimos el amor en la terraza, bajo las burbujas de
la tina de baño y en la cama entre corolas, con nueva
pasión y desenfreno. Por los viejos tiempos, nos dijimos,
como si nada en realidad hubiese cambiado y todavía fuéramos
los mismos que gustaban de escandalizar a los amigos y a los
íntimos desconocidos, metiéndose mano bajo las
blusas y las faldas en cualquier borrachera de la facultad.
Teníamos el color de las manzanas y un lazo de walkirias
en el sexo. Los dorados ochenta, pese a todo, llevarán
en su piel nuestra mordida, era nuestro vital y pretencioso
lema de batalla.
Quién iba a pensar entonces que iríamos a volvernos
tan formales y sobre todo, tan distantes; quien nos hubiera
profetizado que la vida se encargaría de encauzarnos
por senderos divergentes, y que al paso evaporado de los años
nos reencontraríamos para moldearnos en nombre de aquellos
hermosos sobrecogimientos que, para nuestro recíproco
deleite, los dos nos inventamos en otra ciudad, en otra edad
y en otro tiempo.
Quién diría, cuál de nosotros hubiese dicho
o vislumbrado que cuando volviésemos a estar juntos nuestros
cuerpos iban a abrir, como si nada, sus cálidas esclusas
para dar rienda suelta a sus deseos en la vorágine de
las lenguas y los labios, de los brazos y los dedos, y que ambos
responderíamos de aquella misma forma al tacto y al embate.
Entre los suaves pliegues de la frazada y varios pétalos,
podía distinguir su nuca y la parte posterior de un hombro,
y en el hombro el tatuaje de una estrella. Años atrás,
cuando no estaban de moda los tatuajes en los cuerpos femeninos,
la había acompañado a que se lo hiciera. Fue un
día antes de que se fuese a Londres a terminar su doctorado
y, con él, su primera juventud. Aquella marca puso punto
final a nuestra convivencia, y brillaba espejeante después
de más de una década, como un rastro difuso de
memoria.
En doce años cruzamos algunas cartas, nos enviamos mensajes
más bien fríos, y salvo algunos encuentros fortuitos
prácticamente no volvimos a vernos, ni lo intentamos.
Hace algunas navidades coincidimos en casa de unos amigos comunes;
yo entonces tenía como pareja a la intransigente María
José, quien en el nombre llevaba su doble penitencia.
Las dos se aborrecieron en cuanto cada cual se enteró
de quién era la otra.
De Carmen supe entonces que había concluido sus estudios
post doctorales con las máximas calificaciones y con
honores, que tenía un muy buen trabajo, que estaba llena
de ambiciones y proyectos. Que había vivido con varias
chicos, que se había enamorado y que incluso llegó
a casarse con Pedro, a quien yo le había presentado en
una fiesta, muy al principio de nuestra relación, cuando
ambos vivíamos en el piso de Reforma.
Antes de Carmen, él había sido mi amante y algunas
veces, no tantas como lo hubiéramos querido, los tres
juntos nos corrimos unas juergas memorables. Pedro tenía
el don de aparecer en nuestras vidas de forma imprevista; Pedro,
nuestro grato confidente y fotógrafo, nuestro objeto
sexual, el que reforzaba la agitada pasión entre nosotros.
Con certeza era él quien me había sacado del sueño;
si no, a quién tenía abrazándome tan dulce
y cariñoso por la espalda, hurgando entre mis muslos
el calor de la nostalgia.
Semidespierto doblé y subí mi pierna a la dulce
cadera de mi amiga, y oprimí con delicadeza la punta
de sus pechos; la dura verga entró deliciosa y por completo,
y empecé a menearme, rezumante y jadeando a la primera
como antaño, como hacía pocas horas me moví
sobre y debajo de mi querida Carmen en la hamaca, en el jacuzzi,
entre acuarelas de pétalos y lino. Lenta, la claridad
se pobló de sólidos fantasmas, y mordí
aquel hombro del alba entre temblores. Al derramarme, también
lo humedecieron mis lágrimas de júbilo.
Estábamos ahí ciñéndonos la nueva
madrugada sin paisaje. El deseo o el tiempo quizá, tal
vez el destino que jamás para nosotros fue importante,
nos fundió en el abrazo, abriéndonos la piel del
corazón desde el pasado, con la misma calidez que yo
me abría contra el cuerpo de ella y del que me empujaba
de atrás hacia el delirio. Carmen --le susurré
pegándome a su cuello-- seguimos siendo hermosos. Ella
buscó mi sonrisa con su lengua y apretó a sus
nalgas el hueco fulgente de mi pelvis. Ondulamos los tres como
solíamos hacerlo, despacio y rápido, poco a poco,
en lentos intervalos, saboreando cada pausa, volumen y cadencia,
variando de postura y dejándonos tan sólo el trecho
necesario para que cada cuerpo pudiera expandir con espontánea
libertad su regocijo.
Los tres intentamos regresar al sueño con el alba, trenzados
brazos y piernas, tenue vellosidad a su abandono. Mientras la
lluvia persistía sobre los cristales de agosto, en mis
labios la estrella en duerme vela iba borrándose, abriéndose
hacia adentro, remojada.
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