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Una
tarde con unos amigos
En
la Intimidad   
Vengo
de la calle, amor, aterida de frío. Lentamente me sumerjo
en el baño de espuma, calentito, humeante. La piel de
mi cuerpo desnudo se eriza al primer contacto con el agua que
me recibe, acogedora, y un suspiro de puro placer se me escapa
cuando lo dejo abandonarse en la envoltura de calor líquido.
Mi dedo pulgar en movimientos circulares baila alrededor de
mis tobillos, ¡qué agradecidos mis pequeños!...,
bien se merecen mis caricias y cuidados... a todas partes me
llevan.
Con las rodillas dobladas y las piernas todo lo separadas que
permite el espacio que me contiene, mis manos se dirigen hacia
el interior de mis muslos. Unas leves caricias aquí no
pueden evitar, sino más bien incitar a que mi mente dispare
flashes de escenas voluptuosas. Pienso en hacerlas realidad.
Nadie me ve. Estoy abandonada a darme placer.
Las palmas de mis dos manos abarcan y surcan, subiendo y bajando,
cada uno de mis dos muslos ahora elevados sobre mis nalgas.
Imagino entonces que me acompañas, tocando mis labios
allí escondidos, con tenues sorbos, capaces de sonsacar
mi dulce humedad.
Lo que mi mente y mi deseo acaban de crear en una erótica
visión interior enciende mis mejillas. Noto el calor
ascender por mi cuerpo hasta ellas, sonrosándolas, y
volver a regresar camino abajo hasta el lugar cercano donde
se originó.
Lentamente, con suavidad, como a mí gusta hacérmelo.
Deslizo mis brazos por debajo, a los lados de mi cuerpo, hasta
que mis manos alcanzan a recoger cada una un cachete, separándolo
muy despacito del otro, disfrutando enormemente de la sensación
que provoca el agua caliente al introducirse entre mis labios
entreabiertos. Bañando mi interior y acrecentando su
calor.
Mis caderas bailan arriba y abajo, mis manos sujetan mis nalgas
separando y abriendo mis labios cada vez un poquito más,
hasta que un torrente cálido de agua serpentea raudo
por el cauce de mis paredes vaginales.
Mis ojos hasta ahora entrecerrados han vislumbrado un objeto,
y otro flash de atrevimiento me acaricia.
Invadida por el placer
que adivino venir me incorporo y, arrodillándome sobre
el suelo de la bañera tomo el objeto entre mis manos,
y lo observo con deliberación carnal.
Abro los dos grifos, salpicados de gotitas, y ajusto la temperatura
y la presión necesarias.
Erguida sobre mis rodillas dobladas y separadas acerco el mango
de la ducha a mi sexo entreabierto. Con una mano lo sostengo
y pienso decididamente darle trabajo a mí otra mano libre.
Suavemente con dos dedos separo despacito la distancia entre
un labio y otro, y mi pequeño tesoro asoma entre ellos,
su cabecita ansiosa de recibir la presión acuosa.
Lentamente me cuesta cada vez más reprimir mi ritmo.
Mi clítoris recibe ahora una delicada ducha. Nada excepto
el agua lo acaricia. Mis dedos separan mis labios y mis caderas
van y vienen.
Escucho mis propios sonidos de placer femenino Y deseo por fin
sentir como se abre mi cueva. Me ayudo buscando con mis dedos.
Descubro que mi esencia de fémina es arrastrada por la
cascada de agua, bajando ambas por el camino entre mis muslos.
Sé que esa sensación invasora, mi cavidad más
íntima así abierta mientras el agua estimula mi
perla, me va a pedir más y más, hasta desear como
nunca sentirme penetrada por dentro.
Mi espalda arqueada en extremo hacia adelante, mis caderas y
culo moviéndose adelante y atrás en un ritmo un
tanto más acelerado, un placer cosquilleante conquistando
mis territorios secretos, unos suspiros ahogados que pujan por
respirar convertidos en una sucesión de gemidos teñidos
por el sonido del gozo difícilmente contenido.
Voluntariamente contenido, pues quiero más, me detengo.
Apago las cosquillas al cerrar los grifos del placer.
Entonces recorro mi sexo por dentro y por fuera, contrastando
la dulce suavidad de miel interna con la sutil rasposidad de
mi vello púbico, libremente con mis dos manos. Acariciando
y tranquilizando mi clítoris tremendamente excitado,
dándole un nuevo ritmo más pausado, unos lentos
masajes circulares a su alrededor que hacen el placer más
soportable.
Se me escapa un leve grito pues me doy cuenta de que incluso
así voy a llegar a donde no quiero ir todavía.
No sin imaginar, no sin sentirme penetrada.
Alcanzo a coger otro objeto de la estantería. Su superficie
es suave, lisa y fría, metálica y dorada. Una
vez se deslice en mi interior la fricción elevará
su temperatura y sé que cuando haya terminado su trabajo
y lo acaricie con gratitud, me quemará entre los dedos.
Una vez más abro mi sexo ardiente y mirando con propósito
lascivo lo observo perderse dentro de mí. Desde donde
estoy puedo ver mi clítoris hinchado, sonrojado, abiertamente
expuesto fuera de su envoltura. Y mi vibrador dorado acariciando
su base una y otra vez, con suavidad y lentitud primeras, al
aventurarse en mi interior, entrando y saliendo sin prisa, en
toda su extensión. Hasta el fondo de mí, hasta
afuera de mí.
Pongo en marcha su sistema vibratorio y unas ondas de placer
me recorren incansables, absolutamente toda. Cuando me llega
hasta el final lo noto muy dentro de mí. Cuando lo devuelvo
al exterior no puedo evitar acariciarme con su extremo vibrante
la puntita de mi clítoris.
Miro como me doy placer y no me pierdo movimiento alguno ni
sensación. Disfruto muchísimo de este momento
de intimidad conmigo misma.
El ritmo de mi penetración se acelera por instinto, desde
donde estoy puedo escuchar el sonido producido por mi sexo apretando
fuertemente el objeto que lo penetra, contrayendo los músculos
en un intento de no dejar escapar el placer, de llevarlo más
y más adentro aún.
Y con los dedos de mi mano libre ahora sí que acaricio,
fricciono y ayudo a mi perla a sentir. Mis movimientos ya no
quieren más ser controlados. Me abandono al ritmo salvaje
al percibir y detenerme a escuchar el sonido que produce mi
flujo al ser penetrada.
Friccionando mi clítoris con urgente abandono y clavándome
y atravesándome, totalmente penetrada y abierta y sin
embargo cerrándome desesperadamente alrededor de tu miembro
imaginado, deseado, cabalgándote.
Me dejo ir finalmente.
Escucho mi orgasmo explotar en un largo y entrecortado gemido.
Mi cuerpo es sacudido de la cabeza a los pies y mis adentros
se tornan en un fuego trémulo. A cada oleada de placer
suspiro tu nombre con voz arrastrada, penetrándome aún
con tu nombre, hasta caer desplomada de nuevo dentro del agua.
Su calidez me envuelve y devuelve descanso a mi cuerpo y mis
sentidos hace un momento desatados.
A unos metros de mí, vuelves a mirar por el ojo de la
cerradura, y una última imagen de te provoca hasta el
extremo.
Mi cuerpo extendido, relajado, envuelto de agua y espuma. Sobre
la superficie líquida asoman mis dos senos coronados
de dos hermosos, duros, erguidos, apetecibles pezones marrones.
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