|
Una
tarde con unos amigos
Animo
de tu piel (Nox 13)   
Dos
horas más tarde ya sentíamos el deseo quemándonos
las entrañas. La misma historia de siempre, estando bien
o estando mal, nuestro sexo se llamaba mutuamente, como si ambos
fueran complementarios, como el fuego a la pólvora, como
la carroña al rapaz. La verdad es que los enamorados
eran ellos, no nosotros, si algo fuimos, fue hacer de sus instrumentos,
éramos el medio a través del cual su sexo y el
mío, terminaban por desembocar su fuerte mística
hermanada.
- "Vámonos
a tu casa amor, pero ya. Te deseo tanto, te quiero sentir dentro
de mí...".
Y yo también
completamente omnubilado, a media noche y en omnubilación
y media; sobando con fuerza aquel monte de venus que, dentro
de poco, redescubriría; sentados de la manera más
extraña al fondo de cualquier micro que nos lleve hasta
mi guarida.
Ella mordía
mi oreja y en sus manos, mi sexo se erguía incontenible
y en las mías, se endurecían sus eléctricos
pezones, y se derramaban líquidos suplicios por aquel
averno acidulado que había entre sus piernas.
Porqué nuestras
carnes se deseaban tanto, nunca pude descubrirlo; porqué
todo lo nuestro desembocaba siempre en cópula feroz,
en terremoto hormonal.
Nunca arreglamos
nada en serio, por eso es que todo acabó como acabó,
siempre preferimos que el sexo se encargara de nuestros problemas,
que nos gobierne. Ella era mi maldito complemento de alcoba,
lamentable, porque en todo lo demás fallamos, en todo.
A pocos metros de
llegar a mi casa, repetíamos la rutina de siempre. Ella
se quitaba los zapatos para no despertar a mis padres, y yo
le abría las puertas para que vaya ingresando lo más
rápido posible, hasta que sola llegaba hasta mi cuarto
y allí encerrada me esperaba. Yo la alcanzaba al rato,
cuando ya me había cerciorado de que nadie había
escuchado nada, que me suponían solo, como debía
ser, y la encontraba recostada sobre mi cama, con la ropa puesta,
porque me encantaba desnudarla, y le encantaba que la desnude,
como si fuera mi muñeca, mi juguete.
Radio a medio volumen
para esconder sus gemidos, los "voltéate",
"sube más las piernas", y otras frases dichas
en exacerbado instinto. Descarnizada manera de dejarla desnuda
para que la disfruten sólo mis ojos, mientras yo recién
me descubría de mis ropas.
- "Que rico
hueles amor pero a qué sabrás.....".
Y eso la volvía
loca.
- "Lámeme
acá, aquí, más abajo, más arriba,
allí, allí".
Todo aquello me transformaba
y trastornaba, me convertía en animal y ella en mi trampa
mortal. Sentía el deseo asesino de devorarla, literalmente
de tragármela, de engullirla; por eso siempre habría
la boca lo que más podía y encajaba hasta mi garganta
toda la carne que pudiera. Eso era sexo puro y sin remilgos,
si había que fornicar, había que hacerlo bien,
como los gatos.
- "Métemela
ya, métela".
- "Espérate
un ratito, déjame probar tus jugos, déjame contarte
a que saben esta vez...".
Qué delicia
entre salada y acre. Cuántas copas habré bebido
de aquel manantial rosa.
Jamás fornicábamos
con normalidad, siempre hacíamos algo impropio, siempre
lindábamos el exceso, la exageración. Algunas
veces nos golpeábamos de una manera casi salvaje, al
día siguiente el cuerpo ardía de tanto arañazo
y mordida, y a ella, el trasero le quedaba rojizo por el castigo
que la hizo gimotear.
- "Así,
así..... qué rico, más, más....."
Y yo le pedía que dijera cosas para mí, mientras
la poseía una y otra vez.
- "Repite, dilo,
dilo.....".
Y ella repetía
con los ojos abiertos: - "Soy tu perra, soy tu puta, más,
quiero más....." Mientras, yo continuaba con más
y más frases que en otras circunstancias hubieran lastimado
la autoestima más fortalecida. Pero para nosotros todo
estaba permitido, todo, y ella también disfrutaba al
denigrarme con toda su pasión: - "Así, métemela
así, perro bastardo..... eres un bastardo y yo tu perra,
reviéntame el culo, me gusta tu pinga... ".
Una vez me sorprendió
con una frase que jamás le había enseñado,
diciéndomela en el momento exacto en que me posaba entre
sus piernas e irrumpía en sus entrañas: - "Si,
cáchame así, cáchame, cáchame....."
Luego me contó que lo había leído en una
novela de Bayli.
- "Me encanta
cuando vienes más perrita", le decía en el
oído.
- "Calla huevón...
", me respondía, mientras con una mano me bajaba
la bragueta y la introducía para jugar con mi excitación,
con mi deseo; en el microbús, en un parque, en una tienda.
Sus orgasmos siempre
dolorosos, como disculpándose con el mundo por administrar
en un sólo instante todo el placer de la tierra. Orgasmo
tras orgasmo, uno más para su colección de placeres
brindados.
- "Voltéate
y quiébrate por favor".
- "¿Porqué
siempre te gusta por atrás?", me cuestionaba.
- "Porque tu
culo me vuelve loco", le decía sin mentir, y la
introducía con toda la sinceridad del mundo. Llegar a
su tibio refugio desde su culo era mi vicio más prensil,
el que jamás dejaría, del que siempre seré
adicto.
La excitación
muchas veces llegaba a drogarme, a envilecerme. Completamente
alucinado por su deseo y el mío, podía cagarme
en diez y en dios, sin ningún problema o remordimiento,
no me importaba nada más que el ánimo de su carne
y sus entrañas, tibiecillas, húmedas y voraces;
nunca satisfechas aunque sangrando, siempre pidiendo más.
Y yo también, dando todo lo que tenía y no tenía,
aunque sangrando, aunque se me hallan abierto las heridas mal
cicatrizadas en mi apéndice endurecido por tanto rozamiento
entre las carnes.
Mar de sudores ya
mezclados, los cuerpos resbalando uno sobre el otro y el otro
sobre uno, en nuestro clímax todo el ambiente se cargaba
de un olor y vapores densos y adormecedores. Los gemidos se
transformaban en gritos, los "puta, puta", ahora se
escuchaban "PUTA, PUTA"; las piernas anudadas entre
sí, las lenguas trabajando a mil por hora, la vista recorriendo
recovecos escondidos entre las carnes.
- "Tráeme
un espejo. Quiero ver cómo entra" Y yo ni corto
ni perezoso la complacía en su buena idea.
- "Ves cómo
te tragas todito, pecadora", le decía mirándola
en el espejo, mientras ella pedía mucho más.
- "Quiero sentir
tus huevos, quiero sentirlos..... así, así, aaaah!,
que ricos tus huevos, que ricos", mientras yo trataba de
complacerla, en una posición que machacaba mi columna
pero alimentaba mucho más mi mórbido deseo.
- "Llega dentro
de mí amor, llega dentro de mí".
Y yo seducido por
aquella petición irresponsable me entregaba de lleno
a mi lado cruel y tanático, y aceleraba el toma y daca,
con furia, con odio, como queriendo reventar a empujones sus
nalgas color marfil, su cintura de muñeca.
- "No te pongas
así, no tan fuerte que me asustas".
Y yo haciendo caso
omiso, buscando el placer de escuchar sus gritos y sus súplicas,
perdiéndola entre tanta lujuria, sobando con mis manos
cada centímetro de su cuerpo, descuidado por la faena
arrolladora entre mi genio y su concavidad.
Por fin, disfrutaba
del desfilar de algunas gotas libradas con la ira del cansancio,
depositadas como una enfermedad dentro de su ser.
- "Quédate
así, sobre mí", me pedía agitada,
"no lo saques todavía".
Yo tomaba mientras,
enormes bocanadas de aire que me aliviaran el corazón
a punto de estallar, sintiendo el dulce dolor de mis partes
aún erguidas e insatisfechas.
- "Nosotros
nunca dejamos de hacer el amor", le repetía, "nunca,
ni siquiera cuando estamos separados, o por teléfono,
o vestidos; siempre lo estamos haciendo, esto es sólo
el punto más alto de algo que hacemos todo el tiempo."
Y ella enrojecida me metía la lengua hasta la garganta
y me jodía sin piedad: "todavía quiero más...
".
Al día siguiente
salir de mi casa era toda una aventura ya que también
teníamos que evadir a mis padres que ahora estaban despiertos,
y el día descubría cualquier objeto. Así
y todo lo hacíamos, no sé cómo, y nos íbamos
por allí a comer algo, a planear la próxima vez,
que en muchas ocasiones era ese mismo día, disfrutábamos
nuestro apetito salvaje por vivir desnudos y enredados; desmesuradamente,
cometiendo gula sexual, la lujuria era poco decir, no cubría
ni siquiera un poco el tamaño de nuestro descomunal deseo
mutuo, de nuestro ánimo por probar cada vez más
y más cosas, de rebuscar en nuestro lado sórdido
algo que nos haga sentir nuevamente que éramos lo mejor
y lo más extraño del mundo y sintiéndonos
especiales, por la forma cómo lo que teníamos
entre las piernas, se llamaba y se atraía, de una manera
tan díscola e irracional.
|