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Una
tarde con unos amigos
Una
Cita a Ciegas    
Escuchó
a Belén especificarle muy bien que era imprescindible
que llegase puntual a la cita porque su amigo tenía un
horario muy comprimido.
Laura se apresuró para arreglarse, preparándose
mentalmente por dentro y visualizando de antemano el aspecto
exterior que le apetecía para esta cita a ciegas que
tantas veces le había recomendado Belén. Decidió
escoger, para esta ocasión, uno de los sugerentes conjuntitos
de lencería que había adquirido recientemente
en una boutique, donde sabían hacerla sentir cómoda
porque parecían captar sus gustos y la atendendían
cordialmente. Suave al tacto con encajes que realzaban la dulce
y redonda feminidad de sus senos.
Se sintió
excitada mientras se vestía... no reprimía caricias
para sí misma mientras comprobaba, con satisfacción,
que el color negro resaltaba descaradamente el tono de su piel
clara, e hidratada que resultaba extremadamente sedosa al tacto.
Al tiempo abandonaba su mente, constataba que estaría
otra vez abandonándose en brazos de un perfecto desconocido,
que esperaría de ella un comportamiento totalmente discreto.
Cuando llegó
el taxi a la dirección convenida, llamó al apartamento
y luego tomó el ascensor, en medio del vestíbulo,
no sin antes dirijirse una sonrisa de ánimo y esperanza.
"Si, todo irá bien, ...." se dijo ella
para sus adentros. Subió sola en el ascensor enorme de
metal. Siempre tenía fantasías cuando se hallaba
dentro de un ascensor enorme...un espacio suspendido en el espacio
era algo muy sugerente y provocaba que se le desbordara la imaginación.
Pararlo entre pisos, entre suspiros, entre unos brazos... entre
sus piernas... decidió tocarse levemente durante el trayecto
ascendente, para estimularse un poquito y disipar sus nervios.
En la planta diez
encontró una sola puerta de doble hoja. Inspiró
profundamente notando el oxígeno invasor llevarla a un
estado de calma. LLamó al timbre sin insistencia, con lentitud
que le permitió comprobar que todo estaría perfecto,
si.
Al cabo de unos instantes le abrió un elegante mayordomo
que aparentemente ya la esperaba. Dejó la sonrisa y las
puertas abiertas de par en par para dejarla entrar, y luego
la condujo a una enorme sala de estar con una panorámica
de la ciudad a través de una hilera de amplios ventanales.
Pasaron unos momentos
que la hicieron sobrecojerse por el magnífico espectáculo
ante sus ojos, tras las ventanas... antes de que apareciera
a sus espaldas un hombre apuesto, de rostro bronceado. Observándola
y sonriendo, sin que ella le hubiera visto aún, dijo:
"Hola, soy Luís,
tú eres Laura, verdad?".
¿Quien era?,
el nombre le era tremendamente familiar. Mientras él
se desplazaba hasta la elegante barra de madera de cerezo forrada
en cuero tostado, ella volvió a mirar a través
de las ventanas, dándole de nuevo la espalda. Se sentía
turbada, pues aquél rostro...aquel nombre...En su interior
tenía la certeza de conocerle, pero no conseguía
traer ese recuerdo de su memoria.
"Bonito nombre.
¿Te apetece una copa?...¿o no bebes?. Si no te
importa yo tomaré una copa de cava muy frío".
Él había pronunciado estas últimas palabras
muy despacio, arrastrándolas deliberadamente. "Me
gustaría que lo disfrutaras conmigo."
"De acuerdo,
estupendo." ¡¡Ya está!!. De
repente, surgió todo el recuerdo, explotando emociones
en su interior. Aquél encuentro que nunca existió
con el hombre al que más deseó. Se dio lentamente
la vuelta, queriendo eternizar este momento de dulce duda aún,
hasta que le miró de frente, y le sonrió. Se encontró
abrazada en una sonrisa que se le devolvía, acojedora
y, esta vez, muy cómplice.
Entendiéndose
a la perfección con esa sola mirada, decidieron jugar.
Él era educado, afable, y no le quitaba sus ojos lentos
de encima mientras hablaba con ella, sin mencionar un solo detalle
más que sugiriese que se conocían ya, y que se
habían amado.
Laura tomó
asiento en el sofá de piel crema, sobreponiéndose
a la emoción de este primer encuentro tan imaginado y
deseado y, recuperando su seguridad se dijo que sí, que
seguramente él estaría complacido con ella, y
que era evidente que le gustaban sus curvas. El mayordomo
les trajo las copas doradas de cristal burbujeante y luego salió
de la estancia, cerrando las puertas en silencio al marcharse.
Luis, advirtiendo
esta lucha en el interior de ella, se sentó en el sofá
a su lado con ademán estudiado para tranquilizarla. Aún
separados por una pequeña mesita de cristal y nácar.
Coversaron, divertidos por este juego cómplice durante
un rato, y Laura descubrió que ya no sentía ninguna
incomodidad ni tensión charlando con él.
Entre frases, tenía
la mirada siempre fija en ella, en su cara hermosa, su piel
clara y sus eternas piernas. "Eres un ángel muy
hermoso", dijo por fín.
Laura sonrió, complacida y soprendida por la memoria
de este hombre. Quizá sí era cierto que la había
amado. Aquellas palabras tenían mucho significado en
su pequeño mundo. "Gracias".
Él derramó una sonrisa antes de deslizar, con
gesto lento, los finísimos tirantes, ayudándolos
a deslizarse, con su dedo índice, sobre los hombros dorados
de Laura, descubriéndolos para sus ojos.
Después bajó el otro brazo para deslizar la mano
por entre las rodillas ahora temblorosas de Laura, bajo el dobladillo
de su vestido.
Ocurrió tan deprisa que su pulso se aceleró.
Fue abriendo poco a poco los muslos bajo la suave y lenta presión
de su mano, temblando de excitación al sentir, por fin,
después de tanto tiempo, sus dedos acariciándole
la sensible parte interior de los muslos a través de
las medias.
"Tengo que asistir
a una conferencia dentro de una hora....así que no tendremos
demasiado tiempo"...anunció Luis.
"De acuerdo".
Laura recordó que tenía una vida intensa, y que
sabía estar en cada momento.
"Pero no demasiado
corta, ¿vale?".
Ella notaba como
le temblaban las piernas mientras la mano seguía acariciándole
sin ninguna clase de prisa los muslos y un escalofrío
de sudor recorría su piel ahora erizada en todo su cuerpo.
"¿Estás
excitada, dulce Laura?"
"Ssssi".
La mano de Luis pasó
directamente a posarse sobre el montículo de su sexo.
Allí la dejó reposar de su lento viaje, compartiendo
en un mirar la excitación creciente que de ella emanaba.
Un instante después sus dedos jugaban dentro de
las braguitas y una corriente de placer inundó el cuerpo
de Laura torrencialmente, cuando le frotó el clítoris
con la punta de sus dedos mediante caricias suavemente circulares.
"Estás
mojada, cielo" le susurró al oido, y Laura se sintió
derretir.
Sintiendo el rubor
apoderarse de su rostro, cerró los ojos. Estaba intensamente
excitada por él. Por la experta caricia de sus dedos
en el sexo, por su actitud, por la sorpresa, por el modo en
que la miraba, por la seguridad que emanaba. Por la idea de
que podía poseerla como quisiera. Pero, por encima de
todo, lo que más la excitaba era estar con él,
de nuevo, pero en semejante realidad.
Pasó una dulce
eternidad de suspiros hasta que retiró la mano del sexo
excitado de Laura, y dijo que quería verle los pechos.
Él mismo le desabrochó los botones del vestido,
y se los liberó del negro sujetador de escote bajo que
llevaba puesto, introcuciendo sus manos dentro de esa suavidad
y extrayéndolas llenas de otra diferente. "Son adorables",
dijo, con los ojos encendidos, mientras contemplaba sus manos
recogiendo unos preciosos senos desnudos y altivos.
Descubrió
un paraiso de sensaciones al arrastrar su mano deliberadamente
por la superficie tersa de la que estaba hecha.
Jugueteó un momento con uno de los pezones de canela
y luego inclinó la cabeza para besarlo y saborearlo.
Después Laura sintió absorber y mientras
Luis sujetaba el botoncito con cuidado entre sus dientes, su
mano volvió a iniciar su exploración con total
libertad entre los muslos de ella para llegar a acariciar el
clítoris, hinchado, mojado y nadar en la abertura
de su vagina inundada.
Laura estaba ya al
borde de un incontenible orgasmo y las rodillas y el vientre
volvían a temblarle. Se recostó acomodándose
en el sofá, dejándose hacer con las piernas ahora
muy abiertas. Él frotaba y paseaba su dedo solo alrededor
del delicado centro de placer, sin llegar a tocarlo directamente,
al tiempo que que se entretenía con sus pechos, dulce
y húmedamente. Era evidente que sabía lo que hacía
y que pretendía hacer que se corriera en su mano. Quería
escuchar sus gritos de placer deshinibido en su oido. Quería
lograrlo tan solo acariciándola. Quería recoger
en su mano su esencia de mujer y dársela a saborear de
sus dedos.
Advirtiendo el momento
oportuno y deseado su dedo comenzó a dar pequeños
toquecitos sobre el montoncito de Laura, y después desplazó
esos pequeños toques sobre los lados de su brillante
perla. En un lado, y en el otro alternativamente, incrementando
la presión y el ritmo del roce. En menos de dos centímetros
de piel se le concentraba un placer que trascendía las
medidas del universo.
Laura se volvió
loca de placer y se perdió de repente en unos espasmos
abruptos que la obligaron a estrechar las piernas sobre su mano
y a emitir unos jadeos y gritos que describían el orgasmo
perfecto que la invadió en oleadas lentas y calientes,
a la vez que reclinaba la cabeza sobre el respaldo del sofá,
abandonada. A Luis le encantaba la manera tan desenfrenada y
, deshinibida de vivir el orgasmo que tenía Laura.
Siempre la escuchó
a través del auricular, se corría para él, llevada
por su voz.
Esta vez él quería sentirla en su oido mientras
la besaba. Escuchar su voz de placer más íntimo
y poder sentir su aliento en la piel. Le dió a sorber sus
propios jugos de entre sus dedos mojados, y sus lenguas se acariciaron
con sabor a sexo.
Con una sola mirada
de Luis, Laura se sintió de nuevo enrojecer. Acusó
el temblor de excitación en su vientre en una última
sacudida al comprender lo que él quería de ella.
Le observó mientras se bajaba despacio, sin prisa, la
cremallera del pantalón.
Sacó su miembro, largo, con el glande completamente expuesto
ya, y la sonrió mientras separaba las piernas y con un
único gesto le indicaba la alfombra, delante de él.
Se estremeció
al sentirse así de dominada y al contemplar su pene grande
y erecto. Entonces se arrodilló frente a él y
lo tomó en sus manos. Luis retiró las suyas y
se acomodó en el sofá mientras ella le acariciaba
todo el miembro con manos infinitas.
Podía percibir el aroma viril del miembro mojado, mezclándose
con su propio perfume de mujer. Tembló de excitación,
esta vez al notar el calor de él en su mano.
Luego se acercó más, sin dejar de mirarle a los
ojos. Navegó la superficie rosada de sus labios con la
lengua, humedeciéndolos de saliva, y hundió el
glande en su boca.
Laura pasaba sus labios sobre la tersa piel del glande, con
la boca extendida por el grosor del pene. Movía la lengua
sobre la punta y desplazaba la cabeza lentamente, arriba y abajo,
mientras le hacía suyo.
Le oía murmurar. Se detuvo y, mirándole, le jadeó
palabras de sexo que bañaron sus oidos impregnándolos
de toda la lujuria posible. Él la incitaba a seguir.
Ella sentía el cosquilleo del borde del cojín
del sofá en la punta de sus pezones endurecidos.
Sacudió la cabeza un poco más rápido, y
al poco advirtió que iba a derramarse, le tenía
a punto desde que la oyó correrse.
Síiii, Laura se moría por verle así.
Tantas veces le había imaginado, desde su habitación.
Le había imaginado acariciándose pausada y luego
frenéticamente el glande, su dedo pulgar deslizándose
arriba y abajo...mojándose.
Retiró la boca y, utilizando una mano, frotó el
pene, subiendo y bajándo los dedos alrededor de la piel
tensada de su tallo, acabando en lentas caricias sobre
el glande mojado recogido en su mano. Sin cesar, en un ritmo
cadente y caliente.
Al cabo de un instante de fijarse en los ojos y la sonrisa inexplicablemente
angelicales de Laura, Luis empezó a eyacular. Todo el
torrente que fluía por su cuerpo recorrió su
sexo con saboreada lentirud y se derramó a borbotones.
La esencia disparada en chorros intermitentes describía
un arco ascendente y caía sobre la alfombra, entre las
rodillas de Laura.
Ella cerró los dedos en torno al tallo hinchado y siguió
sacudiéndolo entre besos hasta que la última gota
de semen se hubo derramado de la punta enrojecida del miembro
de él.
Luis le mostró
donde estaban los aseos, junto a la sala de estar, y ella entró
para recomponer su aspecto. Cuando descubrió la entrepierna
de sus braguitas empapada, se las quitó y las metió
dobladas en el bolso. Seguidamente se arregló la ropa,
se aseó, rehizo su maquillaje y salió.
Se había ido,
pero el mayordomo sonriente la esperaba para acompañarla
a la puerta. De reojo vió, sobre la mesita de nácar,
una copa de cava recién servida y una nota..."Àngel"
.Nunca sabría cómo la había encontrado,
tal y como le fue prometido la última vez que le escuchó,
cuando la vida les separó. Pero sabía que volvería
a encontrarla...
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