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Una
tarde con unos amigos
Una
Increible Historia  
Se
acerco hasta sus pertenencias, saco su látigo de mango
estriado, punta redondeada y una larga cinta de cuero trenzado;
y se desnudo cerca del fuego. Fuera caía la nieve. Y
tras unas semitransparentes cortinas, dos ojos la observaban,
recorrían con algo mas que curiosidad su cuerpo, sus
largas y torneadas piernas, sus delgados brazos, sus hombros
rectos y musculosos, su espalda perfecta, ajena a todo Laura
empezó, con el mango del látigo, a acariciarse
los pechos. Estos eran redondos, grandes, suaves, rosados, tersos
y firmes. Con mucha delicadeza bajo por su firme vientre hasta
su pubis, depilado prácticamente en su totalidad, excepto
un pequeño triangulo castaño que se estaba acariciando.
Se llevo el mango del látigo a los carnosos labios, lo
beso y poco a poco empezó a lamerlo, se puso de rodillas
dejando ver su respingón y duro culo, y se paso la cinta
del látigo entre las piernas hasta su arqueada, (ya de
placer), espalda, mientras se pasaba el mango del látigo
entre los pechos. De pronto, vio algo fuera, siguió como
si no hubiera visto nada, el corazón le latía
con fuerza, quién o qué sería. Había
venido aquí a estudiar a los lugareños, no a que
estos la estudiaran a ella. Pero por otra parte era tan morboso
que la observaran mientras se masturbaba, y ella estaba tan
excitada... Se lamió un dedo y frotó con el, suavemente
su clítoris, e introdujo el mango del látigo en
su boca para humedecerlo. Ya se sentía mojada, estaba
a punto de llegar, se tumbó sobre su abrigo de piel con
las piernas bien abiertas, y utilizó el mango del látigo
para masturbarse, despacio primero, acelerándose poco
a poco...
De repente algo la
sacó de su sopor, ¡el extraño!, con la excitación
lo había olvidado. Paro en seco, pero él con un
gesto suave, le animó a continuar y empezó a desvestirse.
Era un hombre alto, de facciones muy marcadas, y tenía
los ojos verdes como dos lagos, una melena morena que le caía
a la altura de los hombros, fuertes y muy musculosos. El pecho
sin vello, de complexión fuerte, pero sin llegar a marcar
excesivamente los músculos. La miraba con intensidad
sin apartar los ojos de ella, y ella le correspondía,
con una mano se acariciaba los pechos y con la otra se masturbaba
sin dejar de mirarle y gozar con la visión de su estupendo
cuerpo masculino. Él terminó quitándose
los pantalones, no llevaba ropa interior y lo que dejó
a la vista era increíble. Unos preciosos testículos
forrados de suave vello y un enorme pene en erección,
aterciopelado, rosado... Lo acariciaba con su mano derecha,
mientras con la izquierda rozaba el pecho de ella, como pidiendo
permiso, con una mano delgada, de largos y finos dedos. Laurara
todavía tenía el mango del látigo en la
vagina y la visión la desbordo, y tuvo un orgasmo.
El hombre se acerco
aún mas a ella, y paso sus grandes manos por todo su
cuerpo, al igual que antes la recorriera con la mirada, ahora
lo hacia, suavemente y muy despacio. Le puso las manos en la
cara y cual ciego que intenta reconocer por el tacto, le acaricio
dulcemente los ojos, la nariz, los labios, las mejillas, junto
los dedos por detrás de su nuca y bajo hasta sus hombros;
por delante hasta sus pechos, mientras los sostenía con
las palmas de las manos, con el pulgar rozaba haciendo círculos
los pezones; bajó hasta su cintura y la agarro con fuerza
atrayéndola hacia él; Laura se dejaba llevar.
Se quedo a milímetros de su cara, el aliento de él
al respirar le acariciaba las mejillas; se miraban fijamente
a los ojos, y el seguía explorando su cuerpo, sus firmes
nalgas, sus muslos y de vuelta a las nalgas.
Y por fin la beso,
en la comisura de los labios al principio y luego con pasión,
abriendo paso a su dulce lengua, Laura se creía derretir,
lo abrazo con fuerza, entrelazando los dedos en su pelo. Pero
él la aparto, estaba decidido a hacerlo todo solo. La
tumbo sobre las pieles boca abajo, y se puso encima, dejando
que sintiera su calor, y su pene apoyado en sus muslos, mientras
le besaba la nuca, y le hacia cosquillas en el lóbulo
de la oreja con la lengua. Le beso y lamió toda la espalda,
despacio, mientras sus manos seguían recorriendo todo
su cuerpo sin descanso, como queriendo aprenderse de memoria
cada rincón. Cuando llegó a las nalgas, se las
apretó con fuerza, las beso, lamió y mordisqueo.
Bajó por sus muslos hasta las corvas y se quedo allí
un rato haciéndole cosquillas. Siguió lamiéndole
hasta el dedo gordo del pie, que introdujo en su boca, mordisqueándolo
y chupándolo con pasión. Suavemente le dio la
vuelta y le levantó las piernas hasta que estas casi
tocaban su pecho. Se interrumpió a medio camino, para
poder mirar con detenimiento el valle que quedaba entre las
piernas, acerco su nariz, cerrando los ojos, como el experto
enólogo oliera la copa de vino que le sirven en bandeja.
La beso con gran pasión, recorriendo con su húmeda
lengua cada pliegue, cada rincón de sus labios, deteniéndose
en su clítoris lo suficiente para que pudiera alcanzar
un orgasmo. Y sin dejarla descansar, siguió con su ataque
le introducía su lengua en la vagina una y otra vez.
Por fin un relámpago le recorrió el cuerpo. Esta
vez el orgasmo casi le hace perder el conocimiento.
La abrazó
con pasión, la atrajo hacía él y la beso
con una ternura increíble. Laura estaba anonadada, no
sabía si echarse a llorar de felicidad. Le correspondió
en sus besos y abrazos. Empezó a acariciar su musculoso
cuerpo. Él le cogió dulcemente por la nuca y le
hizo inclinar la cabeza hasta la altura de su cintura. Ella
comprendió enseguida su necesidad. Le cogió el
pene con las dos manos, y empezó a acariciarlo con la
lengua y a besarlo, a lo largo. Deteniéndose en el glande,
lamiéndolo, chupándolo, mordisqueándolo...
Sin soltar las manos, haciendo que le acompañaran, con
un suave masaje arriba y abajo. Bajo un poco más la cabeza
y besó los sedosos testículos. Siguió acariciándolos
con una mano, mientras con la otra le masajeaba el ano, y se
introducía el formidable falo en la boca, notando como
le llegaba a la garganta. El extraño, seguía acariciándola,
no paraba de gemir entrecortadamente, y le dio la vuelta para
poder besarle la vulva. Así, dándose placer mutuamente,
bajando el ritmo cuando notaban que uno u otro se aceleraban.
Laura tuvo otra culminación, y se maravillaba de lo que
aquel extranjero podía aguantar sin llegar a experimentar
ningún orgasmo. Ella no podía más, necesitaba
sentirlo dentro, ver aquella poderosa verga que se le inflaba
en las manos y en la boca cuando la besaba. Tomo la iniciativa,
se levanto y lo tumbo sentándose poco a poco, encima
de él. Al principio solo le miraba, y comprimía
y soltaba el vientre, masajeando con su vagina el duro pene.
Cuando se sintió completamente llena, movió rítmicamente
la cadera hacia delante y detrás, despacio al principio,
deprisa después. Y otra vez.
Agotada se dejó
caer sobre él, este volvió a besarla. Parecía
que sus manos no tenían fin, que nunca iban a dejar de
acariciarla. Volvió a sentirse excitada, aunque su cuerpo
estaba agotado, él la levanto, y le hizo arrodillarse,
y la atacó por detrás; con fuerza le sujetaba
por las nalgas y le hacia ir y venir, sin parar. Sin soltarla,
la obligo a levantarse y apoyarse en el frío suelo, y
de esta manera, de pie, amarrándole por detrás
los pechos, el continuó con sus embestidas, cada vez
mas salvajes, cada vez mas fuertes... Laura perdió la
noción del tiempo, pensó que aquello era irrepetible,
que debía estar soñando, no había hombre
que aguantara tanto, a ella se le sucedían los orgasmos,
y el extraño cada vez ponía mas pasión
e ímpetu en sus acometidas. Salió un momento de
ella, le dio la vuelta y la cogió en vilo, abriéndole
las piernas la obligo a sentarse sobre su falo, que chorreaba
los dulces líquidos de su intimidad; ella le rodeo el
cuello con sus brazos, y la cintura con sus piernas, mientras
él la sujetaba por el culo, subiéndola y bajándola,
y no paraba de besarle en el cuello; finalmente le mordió,
emitiendo un terrible grito de placer, y victoria. Y Laura se
desmayo.
Al
despertar, vio que ya clareaba el alba, el extraño estaba
tumbado a su lado, dormía placidamente. Su rostro reflejaba
paz y era hermoso, sus manos excesivamente suaves, y sus maneras
exageradamente buenas. Ella se vistió, recogió
sus cosas, preparó un té y se sentó tranquilamente
a esperar que se despertara. Quería saber su nombre,
después se despedirían, y quien sabe que nuevas
aventuras le esperaban ....
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