PrImAvErA
Dejó la nitidez en la infancia,
invierno lloraba y algo más.
En verde le nació al campo
flores blancas,
pétalos, labios en alboroto,
cuevas que están por descubrir;
en verde y gozo
se alzó madre de la tierra.
Perfiles inmensos
como sombras de mucha gente.
Sangre veloz por sus guías,
alegre insecto entre las matas;
en verde y lluvia
le nació a la tierra otra tierra,
frutos, esperanza básica,
sol niño y desgajado.
Donde las manos verdes
la fuente tropieza en su chorro.
Nubes capitanas,
andamios en los ventanales del cielo,
osada primavera
en los naranjos de siempre
¿qué metes y luego sacas
de repente en sus troncos?
La tibieza que presume
no la muestra de golpe.
Acaso un romper de lágrimas,
trepa la luz hacia las copas,
instrumentos en claves inciertas,
devenir de recuerdos y basta;
la primavera respira en colores
que no se logran definir.
Invierno pataleó fiero,
primavera en victoriosa llegaba.
VeRaNo
Agotada, la primavera
murió en su música.
El verano empieza a existir
en los cielos de junio,
ese azulado afán que avanza
perdiendo horas junto al río,
venganza violenta,
rojos boquetes abiertos.
Pócima de vida y muerte,
lechos de agonizantes olores.
Desde la izquierda, un sol diestro,
anuncia fuego y arde
dejando los cuerpos en cobre,
hermano pequeño de otro sol,
que cobra fuerzas para hundirse
como un guerrero en la tierra.
Es un no pero siempre un sí
que incómodo y maravilloso te toca.
Verano, trasiego de hondas locuras,
amores de rostros insensatos
que no dejarán puentes
para el próximo;
es un país de leyes ocultas
en la belleza.
Un sí pero siempre un no
si no te toca incómodo y maravilloso.
En sus días todo se presiente,
azules y blancos acodados
en la orilla
-todo gira en torno al agua
en aras de las terrazas profundas-
hamacas de silencios mortales.
Luces solitarias van en avaricia
escondiendo lo que dejaron.
Pero el verano tiene
una codiciosa disciplina,
olorosos jazmines con sabor a mar
zozobrante,
injusticia en las bocas abandonadas
que dejan sus habitantes.
Y la primavera parece algo lejano,
casi inexistente.
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EsTaCiOnEs
Sólo sé que sé lo que sabiendo no
sé decir

El amor no pregunta de dónde
vienes sino si te sucedió alguna cosa

Creo en el amor que llega sin
aviso, aún

L. Gómez |
OtOñO
Verano quedó dormido
en sus árboles inmóviles.
Tiene esa mescolanza,
tertulia entre lo que aún es
y lo que presentimos
sin saber su certeza,
qué o qué desventura,
otoño inconmensurable.
Despierta la ternura,
al salón las primeras hogueras.
Otoño se saborea en la hojarasca,
en las platabandas de uralita,
mares destrozados, fósiles,
lamentos quedos en la arena,
ese olor tibio que el sol dejó
y va engullendo un ocre rudo.
Manos, versos viejos
retornan al principio.
Nace para que los atentos
busquen belleza entre tanta muerte;
no sube al cerro ni baja al río,
los espera como un asesino
para confinarlos
a un mismo viento.
Destruye la tierra
para que aprendamos de nuestros errores.
En los poetas descansan
sus velas amarillas,
trémulos roces, cálidas sinceridades,
destierro al primer pan,
y llora otoño
golpeándose el pecho.
Y verano se resignó
en las viejas hélices de septiembre.
InViErNo
Como siempre, otoño
se exilió a sus caminos muertos.
Avanza en el hielo que se afila,
blancas cintas de rabia,
en la lluvia que se tercia,
limpias aceras, ángel caído,
el invierno muestra en alabanza
todo sin pudor ni gloria.
Vendrán a las verdinas
rostros de grises espantos.
Tiempo si testigo,
alivia sus tensiones
con dureza a la tierra,
remanso de nieves oblicuas,
silencio de vapores lejanos
que se sudan en las ventanas.
No atrapa el frío a los huesos,
libera el que siempre estuvo.
Pájaros de río fuerte,
la mimbre, miedo disoluto,
enero hasta agotarse;
invierno soldado vencedor,
vacuo héroe de entonces,
armas y piedras límpidas.
Sueña que marchará con el día
y al siguiente lo mismo.
Que sí, que no dicen sus celajes,
que sí, que no sus mendigos,
llueve a cántaros nuestros muertos
que a poco levanta de sus tumbas,
murallas de aguas toscas
corren por delante, sí y no.
Otoño quedó en minúsculo
cuando llegó como un coloso.
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