En la ventana espero

A tu bien soberana,
pesadísima carga por cientos,
a la composición, a la palabra
que escribo en versos,
a su rostro como algo que yace
perdurando en mi tiempo.

A la mujer que me auxilia
las horas bajas con su cuerpo,
sus manos como aceite
y sus alas en el descenso,
párpados de cristal
que en el mismo cristal encuentro.

A la legión que sostiene el aire
por sus regiones como el viento,
y a su reposo y no a su reposo
que duerme su ángel fiero
adoptando las posturas
de los pájaros en vuelo.

A mi amante. A mi poesía.
En la espalda llevo su peso
como algo incauto y frondoso,
parra que tiembla en el hierro,
me abre sus puertas y marcha,
me asomo a la ventana y la espero.

¡A mis hijos! ¡a mis hijos!
sangre que nunca miento,
líneas de ramas cenicientas
sin luto por mis entierros
¡a mis hijos! ¡a mis hijos!
y a mis hijos que son versos.
 

L. Gómez

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