Calladamente triste
Pero a veces me gusta
esa manera de estar
calladamente triste,
inquietante soledad
que siente el desgaste
del tiempo que me tiembla
entre las manos
y las cenizas del cabello.
Pensar que no hay gloria
en escribir y en cambio sí
en tocar las llagas que en los ojos
la noche me hunde,
aunque luego la palabra
lo niegue y asome de la niebla
como un lirio,
bella paz sobre la mesa
al primer pan del día
que me muestra sin vacilar
los caminos que no andaré.
Prefiero el río de septiembre,
las lluvias y las sombras ciegas,
naufragar y reponerme
para naufragar de nuevo,
no quiero coronas
ni ahogarme en océanos
de derrotas y de triunfos,
mejor la mirada agachada
de las candelas,
soledad torpe del umbral,
pactada tristeza para esto.
L. Gómez