Nada es eterno
Ya sé que nada es eterno,
que todo lo que empieza
aboga la pausa del cansancio,
pero cuando algo acaba
volvemos al principio.
Por ejemplo, sería bello
que al abrir la ventana
el viento acercara todos los pasados
y me embriagara un sol justo,
como el que inunda
a las nueve de septiembre
de luz solitaria
y luego se va, se va
a caber en los días del mundo.
Sería bello ir por la calle
en cueros y encontrarme
en ese libro abierto
que se deja en la puerta esperando
por si pasa alguna voz perdida
a inundar sus salones.
Vivir un rato, no demasiado,
sobre algo que no fuera bello
y así apreciar la belleza pálida
que casi tiene vivir
esos instantes incluso, y no.
Sería bello, no sé,
que al salir sintiera el olor
de las tardes del sábado,
la bicicleta que me arrojaba al suelo
porque la tierra es redonda.
Que los cuerpos fueran inseguros,
sería bello y que avanzaran
siempre hacia la ignorancia
y volar en el espanto
para que nada nos una,
el dolor nos una,
la soledad nos una;
sería bello soportar el recuerdo
de las horas al principio,
cuando la voz no eran palabras
y nada caminaba hacia el olvido.
L. Gómez