Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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K

La Soledad

 

Corrian los años sesenta, era un joven de escasos 20 años con mi carrera recién terminada y grandes deseos de viajar. Mi padre, accedió a dejarme ir a ampliar estudios en Estados Unidos y, en lugar de viajar por avión, decidió lo hiciera en barco. Sus amigos americanos, conocedores del brusco cambio que experimentaría, le sugirieron comenzara haciéndolo en los nueve días de duración de la travesía. En mi inocente incompetencia, me sentía feliz.

Llegó el día del viaje; mis padres y yo viajamos a tomar el barco, anclado en medio de la bahía de Algeciras.

Cuando le vi, imponente, en medio de las azules aguas, empecé a darme cuenta que había ido demasiado lejos en mis deseos, pero era tarde para echarme atrás. Una lancha vino a recoger a los pasajeros y, cuando lentamente nos alejábamos del muelle, pude ver la lágrima de pena escapándose de los ojos de mi padre. Esa foto, jamás se ha borrado de mi mente, mi padre y mi madre, juntos, anclados en el muelle, mirándome mientras me alejaba, con una mirada de desgarradora pena en la separación indefinida; esta escena permanecerá conmigo mientras viva.

La novedad del trasatlántico, me hizo pronto olvidar aquel doloroso sentimiento y me entregué a descubrir las maravillas del lujoso barco.

Por fin desembarcamos en Nueva York y, por primera vez, me sentí solo.

Es difícil describir la angustia que encierra este sentimiento, pero encontré que debía combatirlo. La foto de mis padres en el muelle de Algeciras saltaba constante e inesperadamente a mi mente pidiéndome que regresara. Pero si lo hacía, hubiera regresado como fracasado, como un cobarde.

Nunca regresé y por mucho tiempo permanecí solo. Estudié en mí los diferentes aspectos de la soledad y como combatirla. Luché y luché contra ella. No sé si vencí.

Después de mucho tiempo, leí en la Biblia un hecho que me dejó boquiabierto. En la Biblia existe el caso más increíble de soledad absoluta. Algo digno de estudiar y tratar de comprender.

En mi mente daba vueltas a las horas de Jesús, en Getsemaní, su arresto y su crucifixión. Antes lo había hecho, pero ahora lo hacía bajo el punto de vista del abandono y la inmensa soledad que tuvo haber sentido Jesús en esas horas tan cruciales para la humanidad. Abandonado por todos ¡abandonado por Dios!

Me dejó perplejo, yo lo habré pasado mejor o peor, pero, a mí, Dios nunca me abandonó y mucho menos en un momento difícil.

Esta increíble escena de absoluta soledad me daba vueltas a la cabeza. Yo nunca había estado solo, si lo comparaba a lo que pasó Jesús, mi soledad era un chiste comparada con la suya.

Un día, hablando con un hermano, me dijo: Tienes razón, te voy a dar un libro que habla sobre ello.

El libro se llama "Cumplido Está", no tiene autor, solamente dice Ediciones Bíblicas, 1166 Perroy (Suiza).

Desde el primer momento el librito me fascinó, me demostró que nunca he tenido o sentido soledad alguna, al menos si de alguna manera entiendo por lo que pasó Jesús. Y ahí está la clave, que no es fácil entender lo que él tuvo que pasar. Es nuestra obligación acercarnos a él para que al hacerlo, nos deje sentir la soledad por la que él pasó y, al sentirlo, será para nosotros un signo de alegría y de acción de gracias.

Si usted se siente solo y abandonado, acérquese a Jesús y, si es capaz y tiene el coraje de hacerlo, mire la soledad por la que pasó Jesús entre las horas que van desde Getsemaní hasta la hora de su muerte. Le garantizo que si lo hace con honestidad y entrega, dejará de tener soledad para el resto de su vida.

Este librito, le ayuda enormemente a hacerlo.

La inspiración del Espíritu Santo rezuma por cada una de sus frases.

Pero lo más increíble de todo es que, para poder entender lo que pasa por el corazón de Jesús en estas desoladoras últimas horas, nos remitimos a un texto escrito casi mil años antes de su muerte: el Salmo 22.

No me he podido contener, hubiera sido demasiado egoísta, a continuación transcribo el texto íntegro.

 

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