LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO
No cabe la menor duda que para todos los interesados en la iglesia primitiva, el capítulo 15 de esta obra del insigne historiador inglés Edward Gibbon, es de lectura obligada. Es por esto que lo hemos seleccionado para la Lectura de Hoy.
Sin embargo debemos hacer un poco de historia, con objeto de preparar al lector acerca de lo que vamos a ofrecerle.
Edward Gibbon nació en el año 1737 en Inglaterra en el seno de una familia acomodada. Su padre era un hombre rico, miembro del parlamento. Era de contextura enfermiza y fue enviado a estudiar a Westminster y a Magdalena College en Oxford. Sin embargo al año fué expulsado por convertirse al catolicismo, acto imperdonable por sus tutores anglicanos.
A la edad de 25 años fué enviado por su padre a estudiar en Lausana bajo la dirección de un tutor calvinista, pastor y erudito a la vez de extremadamente exigente con sus alumnos.
En el año de 1764 visita Roma y la ciudad le inspira a escribir su historia. Lo hace desde la muerte de Marco Aurelio hasta la caída de Constantinopla en el año 1453.
En el proceso de escribir la historia de Roma, ve al papel jugado por la Iglesia, como parte fundamental de la caída del imperio romano. Gibbon, personalmente y como vamos a leer más adelante, es un deísta y sus filtreos con las religiones católicas y anglicanas le demuestran aún más, la influencia sociológica de las religiones y el papel que estas juegan en el proceso de la historia. Esto es especialmente lo que a él, como historiador, le interesa.
Es profundamente influenciado por el monje alemán Johann Lorenz von Mosheim quien es citado en repetidas ocasiones en su historia. Este historiador luterano, considerado el padre de la Escuela de Historia Pragmática, decía que la historia había sido siempre escrita por los vencedores y en el caso de la historia de la iglesia no era diferente, por tanto había que separar la simpleza del Evangelio de lo que las iglesias representaban a través de la historia.
Y esto es lo que exactamente hace Gibbons, la historia de la iglesia forma, para él, un fenómeno sociológico que al ser detectado en su historia de la caída del imperio romano, se da cuenta del papel que esta juega en ella y lo reporta, para algunos un tanto cínicamente, para otros con la seridad de la rigurosidad histórica, sin dejarse llevar de uno u otro bando.
El primer volumen de su THE DECLINE AND FALL OF THE ROMAN EMPIRE fue publicado en Londres en el año 1776 y está considerado, si no “el”, sin duda uno de los tratados históricos más importantes de la lengua inglesa. El lenguaje de la época hace que las frases sean largas y no muy fáciles de traducir, por lo que les ruego tengan paciencia.
Este capítulo, como casi todos en el libro, viene lleno de copiosas notas, unas del autor y otras del editor. Las notas de Gibbon irán en color azul y las del editor, quien actúa como severo crítico de Gibbon, en rojo. Como estas notas vienen al pié de página y en el formato web no podremos hacerlo, las intercambiaremos, cuando se produzcan. Muchas de ellas vienen en latín, así que prepárense para traducirlo y enviármelo. (Lo mío es de inglés a español)
El capitulo es largo y subiremos en la medida que lo vayamos traduciendo
EL DECLINE Y CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO
Por Edward Gibbon
Capítulo XV
-- El progreso de la religión cristiana, y los sentimientos, costumbres, números y condiciones de los primeros cristianos --
Debemos preguntarnos de una manera sincera y racional acerca del progreso existente en el establecimiento del cristianismo considerándolo como una parte muy esencial de la historia del imperio Romano.
En tanto que el gran conjunto era invadido por la violencia destapada, minando lentamente su decadencia, una humilde y pura religión gentilmente se insinuaba a la mentes de los hombres, creciendo en silencio y oscuridad, otorgando un nuevo vigor a la oposición y finalmente irguiendo triunfante el símbolo de la Cruz sobre las ruinas del Capitolio.
No fue la influencia del cristianismo confinada al final del período ni a los límites del imperio Romano. Después de una revolución de trece o catorce siglos, esa religión aún es profesada por las naciones de Europa, la parte más sobresaliente de la humanidad en artes y conocimiento a la vez que en poderío militar. Por el empeño y celo de los europeos, la religión ha sido difundida profusamente hasta los más distantes lugares de Asia y África; y con el establecimiento de las colonias, ha sido establecida firmemente desde Canadá hasta Chile, en un mundo desconocido para los antiguos.
Pero esta pregunta, no obstante útil e interesante, se hace con dos dificultades muy peculiares. La escasa y sospechosa documentación de la historia eclesiástica, difícilmente nos ayuda a disipar las negras nubes que cubren sobre los primeros días de la iglesia. La gran ley de la imparcialidad nos obliga, muy a menudo, a revelar las inexactitudes de los no inspirados maestros y creyentes del Evangelio; y, a un observador descuidado, sus faltas parecerán arrojar sombra sobre la fe que profesaban. Pero el escándalo del pío cristiano y ignominioso triunfo del infiel cesará tan pronto se den cuenta de, no solamente por quién, sino de igual forma a quién, le fue dada la Inspiración Divina.
Los teólogos podrán holgadamente descansar en la agradable labor de describir la Religión como bajada de los Cielos, investida de su nativa pureza. Pero una obligación no tan agradable se le impone al historiador. Él tiene la obligación de descubrir la inevitable mezcla de error y corrupción que ella contrajo como consecuencia de haber habitado en la tierra entre medio de una raza de seres débiles y degenerados.
[Sir James Mackintosh, en su obra “Life”, hablando sobre estos famosos capítulos 15 y 16, dice que estos pueden ser aceptados por un escritor Cristiano y las causas dadas por la expansión del Cristianismo, pueden ser igualmente aceptadas cómodamente, quizá siendo presentadas de otra manera o cambiando un poco las palabras. Milman dice que el arte de Gibbon, o al menos la injusta impresión producida por estos dos memorables capítulos, consiste en confundir o juntar en una masa que hace indistinguible el origen de la propagación apostólica de la religión Cristiana, con su posterior expansión y progreso. La pregunta clave, el origen divino de la religión, es hábilmente eludida o falsamente aceptada en su planteamiento permitiéndole comenzar su narración en tiempo de los apóstoles y es solamente por medio de la fuerza que otorga a la oscura narrativa lo que le permite traer los errores y caídas de las eras siguientes, las que, a su vez, arrojan una sombra de duda y decepción a ese primitivo período del incipiente cristianismo. Si, de estos pasajes, extraemos y dejamos a un lado el sarcasmo latente en su presentación y comenzamos con la historia del Cristianismo, podemos decir que esta está llevada a cabo con un candor y espíritu Cristianos. O.S. ]
Nuestra curiosidad está pronta a preguntar ¿de qué medios la fe cristiana logra una victoria tan importante sobre el resto de las religiones ya establecidas en la tierra? A esta pregunta se nos va a dar una contestación obvia y no satisfactoria; y esta se debe a la convincente evidencia de la doctrina y a la providencia reinante de su gran Autor. Pero en la medida que la verdad y la razón en pocas ocasiones encuentran una tan favorable recepción en el mundo, y en la medida que la Providencia frecuentemente condesciende a utilizar las pasiones del corazón humano y las condiciones generales del ser humano, como instrumentos para ejecutar su propósito, aún se nos puede permitir, con la debida sumisión, preguntar, no necesariamente lo que hubo en el principio, sino ¿cuáles fueron las causas secundarias para el rápido crecimiento de la iglesia Cristiana? Aparecerá, quizá, que esta se debió a la asistencia recibida por las cinco primeras causas siguientes:
I. El inflexible y, si puedo utilizar la expresión, el intolerante celo de los cristianos, derivada, es cierto, de la religión Judía, pero purificada por un poco sociable y estrecho espíritu que, en lugar de invitar, desalentaba a los gentiles a abrazar la ley de Moisés.
II. La doctrina de la vida futura, mejorada por cada circunstancia que podía dar peso y eficacia a tan importante verdad.
III. Los poderes milagrosos otorgados a la iglesia primitiva.
IV. La moral pura y austera de los cristianos
V. La unión y disciplina de la república cristiana, que gradualmente formó un estado creciente e independiente en medio del corazón del imperio Romano.
VI. Los primeros años
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