Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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K

La Disciplina

V. La unión y disciplina de la república cristiana

 

Pero el carácter humano, aunque pueda ser exaltado o deprimido por una emoción temporal, regresará, poco a poco, a sus niveles normales y resumirá aquellas pasiones que parecen las más adecuadas para las condiciones del momento. Los Cristianos primitivos estaban ciegos y sordos a los placeres del mundo; pero su amor por la acción, que no podía ser extinguida de ninguna manera, pronto revivió, encontrado un nuevo quehacer en el gobierno de la iglesia.

Una sociedad separada que atacara la religión del imperio, estaba obligada a adoptar alguna forma de política interna y nombrar el suficiente número de ministros envestidos con el poder, no sólo de las funciones espirituales, sino hasta de la temporal dirección de las riquezas comunitarias de los Cristianos. La seguridad de la sociedad, su honor, su aumento, eran productivos hasta en las mentes más pías, como un espíritu de patriotismo tal como el que los Romanos habían sentido por su primera república y en algunas ocasiones, de igual manera actuaban con la misma indiferencia al utilizar cualquier medio que se encontraba a su alcance para llegar al deseado final.

La ambición de elevarse, ellos o sus amigos, a los honores y puestos dentro de la iglesia, se distinguía por la plausible intención de dedicarse al beneficio público; y no solamente por esta razón solicitaban el poder y la consideración, sino que además, hacerlo, era tomado como una obligación.

En el ejercicio de sus funciones, frecuentemente eran llamados a detectar errores provocados por herejías en la forma de actuar de algunos y oponerse a las decisiones de miembros portadores de perfidia,  destinada a estigmatizar el carácter del grupo con especial infamia, para arrojarlos del centro de una sociedad cuya paz y felicidad habían intentado disturbar.

Los gobernantes eclesiásticos de los Cristianos habían sido enseñados a unir la sabiduría de la serpiente con la inocencia de la paloma; pero en la medida que la primera era refinada, sin percibirse corrompían la segunda por la forma de llevar a cabo su gobierno. En la iglesia, igual que en el mundo, las personas que eran colocadas en un lugar público se consideraban por su elocuencia y firmeza, por su conocimiento de la humanidad y por su destreza en los negocios; y en tanto ocultaban de los demás, e inclusive hasta de sí mismos, los motivos secretos de su conducta, frecuentemente, ellos también se denigraban dentro de las turbulentas pasiones de su vida activa, la cual tiznaban con un grado adicional de amargura y obstinación influenciado por su celo espiritual.

El gobierno de la iglesia, a la vez que su valor, a menudo ha sido objeto de disputas religiosas. Los hostiles adversarios de Roma, París, Oxford y de Ginebra, han luchado por igual para destruir y someter el primitivo modelo apostólico a la política de cada uno de sus respectivos grupos.

Los aristócratas franceses al igual que los ingleses, han mantenido incansablemente el divino origen de los obispos. Pero los presbíteros Calvinistas, se sentían incómodos con un superior y el pontífice Romano rehúsa reconocer a otro igual. (ver Fra Paolo)

Los pocos que han seguido estudiando este asunto con más candor e imparcialidad, son de la opinión que los apóstoles declinaron el cargo de legislar y en su lugar el sufrir en carne propia algunos escándalos y divisiones, que el excluir a los Cristianos de una época futura de la libertad de tener una variada forma de gobierno eclesiástico de acuerdo al cambio de los tiempos y de las circunstancias.

En la historia de la jerarquía Cristiana, he seguido, en la mayor parte, al erudito y cándido Mosheim.

El esquema del sistema utilizado, bajo su aprobación, fue, en el siglo primero, los practicados en Jerusalén, Efeso o Corinto. Las sociedades instituidas en esas ciudades del Imperio Romano, estaban solamente unidas por lazos de fe y caridad. La independencia e igualdad formaban las bases de su constitución interna. El deseo de la disciplina y el conocimiento humano era proveído por la ocasional asistencia de los profetas, quienes eran llamados a ese puesto sin distinción de edad, sexo o habilidades naturales y quienes, en la medida que sentían el divino impulso, derramaban las afluencias del Espíritu sobre la asamblea de los fieles.

Pero esos dones extraordinarios eran frecuentemente abusados o mal aplicados por los maestros proféticos. Los desplegaban en desapropiados momentos, presuntuosamente disturbando el servicio de la asamblea y por su orgullo o errado celo introducían, particularmente en la iglesia de Corinto, una larga y melancólica lista de desordenes. En la medida que la institución de los profetas se convirtió en algo de poca utilidad y hasta pernicioso, sus poderes les fueron siendo retirados y eventualmente su puesto fue abolido.

Las funciones públicas de la religión fueron solamente confiadas a establecidos ministros de la iglesia, los obispos y los presbíteros; dos nombres que, en sus orígenes, aparentaban haber ocupado el mismo puesto y con las mismas funciones. El nombre presbítero era un reflejo de su edad, o mejor de aplomo y sabiduría. El título de obispo denota su inspección sobre la fe y comportamiento de los Cristianos que estaban asignados a su cuidado pastoral. Proporcionalmente al respectivo número de fieles, un número mayor o menor de esos presbíteros episcopales guiaban a cada infante de la congregación con igual autoridad y unidad de instrucción.

Pero las más perfecta igualdad de libertad requiere la mano directora de un magistrado superior;  y el orden de las deliberaciones públicas pronto introduce el puesto de presidente, al menos investido con la autoridad de recoger los sentimientos y ejecutar las resoluciones de la asamblea.

En consideración a la tranquilidad pública que sería frecuentemente interrumpida por sus anuales o sus ocasionales elecciones, indujo a los primeros cristianos a introducir una honorable y perpetua magistratura y escoger a uno de los más sabios y uno de los más queridos de entre los presbíteros, para ejecutar, durante toda su vida, las obligaciones de su gobierno eclesiástico.

Fue bajo esas circunstancias donde el pomposo título de Obispo comenzó a elevarse por sobre el más humilde nombre de Presbítero; y en tanto que este último permanecía como la más natural distinción para los miembros del senado Cristiano, el primero era más apropiado para la dignidad de un nuevo presidente.

Ver Jerónimo y Tito y la Epístola 85 edición benedictina 101, y la elaborada apología de Blodel “pro sentencia Hieronymi”. El estado antiguo, tal como es descrito por Jerónimo, de los obispos y presbíteros de Alejandría, recibe una firme confirmación por parte del patriarca Eustaquio (Anales, tom. i, versi. Pocock) cuyo testimonio no puedo rechazar, a pesar de las objeciones del erudito Pearson en su Vindiciae Ignatiae.

Las ventajas de esta forma de gobierno episcopal, que parece fue introducida antes del fin del siglo primero, fueron tan obvias y tan importantes para su futura grandeza a la vez de la presente paz del Cristianismo, que fue adoptada sin demoras por todas las sociedades esparcidas a lo largo de todo el imperio Romano y que ya contaban con un cierto tipo de antigüedad y es aún reverenciada por las iglesias más poderosas, tanto del Este como del Oeste como si fuera esto un primitivo y hasta divino establecimiento.

Ver la introducción a la Apocalipsis. Los obispos, bajo el nombre de ángeles, ya estaban instituidos en las siete ciudades de Asia y sin embargo, la epístola de Clemente, que probablemente es tan antigua, ni si quiera nos indica la posibilidad de la existencia del episcopado ni en Corinto ni en Roma.

“Nulla ecclesia sine Episcopo” ha sido una máxima desde tiempo de Tertuliano e Ireneo.

Una vez pasadas las dificultades del siglo primero, encontramos el gobierno episcopal universalmente establecido hasta que fue interrumpido por los genios suizos y alemanes que llevaron a cabo la Reforma.

No es necesario observar que los píos y humildes presbíteros que fueron primeramente dignificados con los títulos episcopales, no podían poseer y de seguro hubieran  rechazado, el poder y la pompa que ahora acompaña la tiara del pontífice romano, o la mitra del prelado alemán.

Pero podemos definir en unas pocas palabras los estrechos límites de su jurisdicción, que era principalmente espiritual, aunque en algunas ocasiones era de naturaleza temporal.

Esta consistía en la administración de los sacramentos y las disciplinas de la iglesia, la supervisión de las ceremonias religiosas, que imperceptiblemente aumentaban en número y variedad, la consagración de los ministros a quienes el obispo les asignaba sus respectivas funciones, la administración de los fondos públicos y la determinación de aquellas diferencias existentes entre los fieles no deseosos de exponerlas ante un tribunal donde el juez era un idólatra.

Esos poderes, durante un corto período de tiempo, fueron ejercidos de acuerdo al consejo de los presbíteros y con el consentimiento y aprobación de la asamblea de Cristianos.

Los primeros obispos fueron considerados los primeros de sus iguales y los honorables siervos del pueblo libre. Siempre que la silla episcopal quedaba vacante como consecuencia de la muerte, un nuevo presidente era elegido entre los presbíteros por medio del sufragio de toda la congregación, donde cada miembro se consideraba investido con un sagrado carácter sacerdotal.

“¿Nonne et Laici sacerdotes sumus? – Tertuliano.

Los sínodos no fueron los primeros medios tomados por las aisladas iglesias para entrar en comunión y tomar un carácter corporativo. Las diócesis fueron primeramente formadas por la unión de varias iglesias dentro de una misma ciudad; muchas iglesias unidas entre ellas o la unión de varias iglesias dentro de una metrópolis. Las diócesis no fueron formadas antes del comienzo del siglo segundo, antes de esa época los Cristianos no tenían suficientes iglesias que necesitaran de una unión. Los sínodos provinciales no comenzaron hasta la mitad del siglo tercero. O.S.

Esta era la benevolente constitución plena de igualdad, por la que los Cristianos fueron gobernados por más de cien años después de la muerte de los apóstoles. Cada sociedad formaba dentro de ellos mismos, una república separada e independiente; y, a pesar de que hasta los más distantes de esos pequeños estados mantenían un constante comunicado de cartas y visitas, el mundo Cristiano aún no se encontraba unido por una autoridad suprema o asamblea legislativa. En la medida que el número de los fieles aumentaba gradualmente, estos fueron descubriendo las ventajas que una más cercana unión les traería para sus intereses y designios.

Hacia el fin del siglo segundo, las iglesias de Grecia y Asia adoptaron institucionalizar los sínodos provinciales y podemos justamente pensar que el modelo había sido tomado de los concilios representativos que con éxito se llevaban a cabo en sus países, los Amfictions, la liga Acaya, o las asambleas de las ciudades ionas.

Pronto quedó establecido, como costumbre y como ley, que los obispos de las iglesias independientes, deberían juntarse en la capital de la provincia en ciertas y determinadas fechas de la primavera y el otoño. Sus deliberaciones eran asistidas por el consejo de unos cuantos distinguidos presbíteros y moderados por la presencia de una multitud que asistía a escuchar.

Sus decretos que eran llamados Canons, regulaban toda importante controversia de fe y disciplina; y era natural el creer que una liberal efusión del Espíritu Santo sería derramado sobre la unida asamblea de delegados del pueblo Cristiano. La institución de los sínodos estaban idealmente preparados para la ambición privada y el interés público que en un corto espacio de tiempo, muy pocos años, fueron celebrados a través de todo el imperio.

Es establecía una correspondencia regular entre los concejos provinciales, que mutuamente comunicaba y aprobaba sus respectivas decisiones; y la iglesia católica pronto tomó forma y adquirió la fuerza de una grande y federativa república.

En la medida que la autoridad legislativa de estas iglesias era insensiblemente desoída por el uso de los concilios, los obispos obtenían una mayor participación del ejecutivo y arbitrario poder; tan pronto fueron conectados por un sentido de interés común, pudieron atacar, con inusitado vigor, los derechos originales del clero y el pueblo.

Los prelados del siglo tercero imperceptiblemente cambiaron el lenguaje de exhortación hacia el de mandato, desparramando las semillas de futuras usurpaciones, y proveyeron, por medio de alegorías de la Escritura y retórica reclamativa, sus deficiencias de fuerza y razón. Exaltaron la unión y la fuerza de la iglesia, tal como era representada en la oficina episcopal, de la que cada obispo disfrutaba de una igual e indivisible porción.

A menudo era repetido que los príncipes y magistrados, podían vanagloriarse de sus mundanos poderes y poderes transitorios, mas era la autoridad episcopal y ella solamente, la que era derivada de Dios extendiendo su autoridad sobre este y el otro mundo. Los obispos eran los vice-regentes de Cristo, los sucesores de los apóstoles y los místicos sucesores del Sumo Sacerdote de la ley Mosaica. Su privilegio exclusivo de conferir el carácter sacerdotal, invadía la libertad de ambos los clérigos y las de las elecciones populares: y si, en la administración de la iglesia, consultaban aún el juicio de los presbíteros o el deseo del pueblo, cuidadosamente dejaban saber el mérito de tan voluntaria condescendencia. Los obispos reconocían la autoridad suprema que residía en la asamblea de los hermanos; pero en el gobierno de su diócesis en particular, cada uno pedía de su rebaño la misma implícita obediencia como si fuera literalmente justo y como si el pastor hubiere sido de una naturaleza más prominente que aquella de la de sus ovejas.

Su obediencia, sin embargo, no fue impuesta sin esfuerzo por un lado o resistencia por el otro. La parte democrática de la constitución era, en muchos lugares, fuertemente soportada por los celosos o la interesada oposición de los clérigos inferiores. Pero su patriotismo recibía ignominiosos epítetos de partidistas y separatistas y la causa episcopal se vio envuelta, debido a su rápido progreso, en las obras de muchos prelados activos, quienes, como Cipriano de Cartago, podían conciliar en ellos las artes del político más ambicioso, con las virtudes Cristianas que serían propias de una santo y mártir.

Las mismas causas que en un principio destruyeron la igualdad de los presbíteros introdujo, entre los obispos, la importancia de los rangos y por tanto una superioridad de jurisdicción. Tan a menudo que se reunían en los sínodos provinciales de primavera y otoño, las diferencias de los méritos y reputación personales eran fáciles de detectar entre los miembros de la asamblea y la multitud era gobernada por la sabiduría y la elocuencia de unos pocos.

Pero el orden de las sesiones públicas requería de más regular y menos envidiosas distinciones; el puesto de los perpetuos presidentes del concilio de cada provincia, era conferido sobre los obispos de las ciudades principales; y aquellos aspirantes prelados que pronto adquirieron el pomposo título de Metropolitanos y Primados, se preparaban en secreto para usurpar de sus hermanos los obispos la misma autoridad que anteriormente estos habían asumido por sobre le colegio de Presbíteros.

No tardó mucho tiempo para que la manifestación de la preeminencia y poder se hiciera manifiesta entre los Metropolitanos, mostrada en cada uno por términos pomposos, los honores temporales y ventajas sobre la ciudad  que presidían; los números y opulencia de los Cristianos sujetos a su cuidado pastoral; los santos y mártires que habían surgido entre ellos; y la pureza con la que ellos preservaban la tradición de la fe en la forma que había sido transmitida por una serie de obispos ortodoxos desde el apóstol o el discípulo apostólico a quien se atribuía la fundación de esta iglesia.

Desde cualquier causa, bien fuera civil o eclesiástica, era fácil ver que a Roma, se le debía respeto y pronto reclamaría para sí la obediencia de las provincias. La sociedad de los fieles tenía en número su justa proporción por ser la capital del imperio y la iglesia de Roma era la más grande, la más numerosa y considerando el Oeste, la más antigua de todas las establecidas iglesias Cristianas, muchas de las cuales recibieron su religión por medio de las pías obras de sus misioneros. En lugar de un fundador apostólico.

En lugar de un fundador apostólico, lo máximo que podían enorgullecerse Antioquia, Éfeso o Corinto, las riveras del Tiber se suponían haber sido honradas por las predicaciones y martirio de dos de los más eminentes entre todos los apóstoles y los obispos de Roma muy prudentemente reclamaban ser los herederos de cualquiera de las prerrogativas que eran atribuídas a sus personas o al puesto de San Pablo.

El viaje de San Pedro a Roma es mencionado por la mayor parte de los antiguos (ver Eusebio II, 25), mantenido por todos los católicos, permitido por algunos protestantes (ver Pearson y Dodwell “El éxito del Episcopado de Roma), pero ha sido vigorosamente atacado por Spanheim (Miscelanea Sacra, III, 3). De acuerdo al padre Hardouin, los monjes del siglo XIII, compositores de la Eneida, representaban a San Pedro bajo el carácter alegórico del héroe troyano.

Los obispos de Italia y de las provincias estaban preparados para permitir la primacía de orden y asociación (esta fue la expresión exacta con que se expresaban) dentro de la aristocracia Cristiana.

Pero el poder de un monarca era rechazado con horror y el esperanzado genio romano experimentaba de parte de las naciones de Asia y África una más vigorosa resistencia al poder espiritual que anteriormente lo había hecho a su temporal dominio territorial.

El patriota Cipriano, que había gobernado con absoluto poder la iglesia de Cartago y los sínodos provinciales, con éxito se oponía tenazmente a la ambición del pontífice romano conectando su causa, con gran habilidad, con la de los obispos del Este y, al igual que Aníbal, buscó nuevos aliados en el corazón de Asia.

Si bien esta guerra Púnica se llevó a cabo sin derramamiento de sangre, se debía mucho menos a la moderación que a la debilidad de los prelados contendientes. Nombramientos y excomuniones eran sus únicas armas y estas, durante el proceso de la controversia, las enarbolaban unos contra otros con igual furia y devoción.

La dura necesidad de censurar a un papa o a un santo y mártir, disturba al católico moderno, siempre que se ven obligados a relatar los particulares de la disputa en la que los campeones de la religión nadaban en tal pasión que más parecía adaptada a un debate en el senado que a una disputa en el campo de batalla.

El progreso de la autoridad eclesiástica dio a luz a la memorable distinción entre el clero y los laicos, que fue totalmente desconocida para los griegos y los romanos.

Los laicos comprendían el cuerpo del pueblo Cristiano; el clero, de acuerdo al significado de la palabra, era dado a aquella porción de elegidos que habían sido separados y sacados aparte, para el servicio de la religión; un celebrado grupo de hombres que han proporcionado los más importantes, aunque no siempre los más edificantes, temas para la historia moderna.

Sus mutuas hostilidades, con frecuencia disturbaban la paz de la joven iglesia, pero su celo y actos se unían en una causa común y la ambición de poder que podía percibirse habitando dentro de los pechos de los obispos y mártires, era para agrandar los límites del imperio Cristiano.

Estaban destituidos de cualquiera fuerza temporal y por mucho tiempo fueron desalentados y oprimidos, en lugar de asistidos, por la magistratura civil, pero ellos habían adquirido y empleado dentro de su propia sociedad, los dos más eficaces instrumentos de gobierno: recompensa y castigo; el primero derivado de la pía libertad y el segundo de las devotas aprehensiones de los fieles.

Los bienes comunitarios, que tanto habían gustado a la imaginación de Platón y que de alguna manera aún subsistían entre la secta de los esenios, por un corto espacio de tiempo fue adoptada por la primitiva iglesia cristiana. El fervor de los primeros prosélitos les empujó a vender todos sus bienes terrenales, que detestaban, para poner su valor a los pies de los apóstoles, contentándose con recibir una la misma equitativa porción que salía de la distribución general.

El crecimiento de la religión Cristiana se estabilizó y poco a poco se fue aboliendo esta generosa institución que, en manos menos puras que los apóstoles, enseguida fue abusada y corrompida por el regreso del egoísmo encerrado en la naturaleza humana; y así a los converso que se unían a la nueva religión les era permitido retener la posesión de su patrimonio, recibir legados y herencias y aumentar su propiedad por todos los medios legales en el comercio o la industria.

En lugar de un sacrificio absoluto fue aceptado una moderada proporción por los ministros del Evangelio; y en sus asambleas semanales o dominicales, cada creyente, de acuerdo a las exigencias de la ocasión y en la medida de sus posesiones y piedad, presentaban sus ofrendas voluntariamente para ser utilizadas en el fondo común.

Nada por inconsiderable, era rehusado, pero fue rápidamente inculcado que, con referencia a los diezmos, la ley Mosaica era aún una obligación divina y que, como los judíos, bajo una disciplina menos perfecta, habían sido ordenados pagar un diezmo de todo lo que poseían, serían los discípulos de Cristo los que se distinguirían con superior grado de liberalidad, y para lograr el mérito, resignarían un tesoro superfluo, que pronto sería destruido con el mismo mundo.

Ireneo, Orígenes y Cipriano escriben sobre el tema de los diezmos. Las Constituciones, introducen este divino precepto declarando que los sacerdotes están por encima de los reyes en la misma medida que el alma está por encima del cuerpo. Entre los artículos que se podían dar como diezmo están el maíz, vino, aceite y algodón. Sobre este interesante tema se puede consultar la Historia de los Diezmos de Prideaux y la Materia Benefidiarie de Fray Paolo, dos escritores de un carácter muy diferentes.

Esta misma opinión que prevaleció en el año mil vino como consecuencia de los mismos efectos. La mayor parte de las donaciones expresaban el motivo del fin del mundo “apropinquante mundi fine”

Era innecesario observar que las ganancias de cada iglesia en particular, poseedoras de una naturaleza  incierta y fluctuante, variaban con la pobreza u opulencia de los fieles, tanto si se encontraban en las pequeñas aldeas o en las grandes ciudades del imperio. En tiempos del emperador Decio, la opinión de los magistrados era los Cristianos de Roma, eran poseedores de una gran riqueza, que vasos de oro y plata eran utilizados en sus servicios religiosos y que muchos de los prosélitos habían vendido sus tierras y casas para incrementar las públicas riquezas de la secta, a costas de sus desafortunados hijos que se encontraban en el lugar de los pobres por haber sido santos sus padres.

            Tum summa cura est fratribus

            (Ut sermo testatur locuax)

            Offerre fundis venditis,

            Sestertiorun militia.

            Addicta avorum praedia

            Foedis sub auctionibus,

            Sucesor exheres gemit,

            Santis egens parentibus

            Haec occuluntur abditis

            Ecclesiarium in angulis

            Et summa pietas creditor

            Nudare dulces liberos

                                                                                 Prudencio, Himno II

La consecuente conducta del diácono Lawrence solamente prueba el debido uso dado a las riquezas de la iglesia de Roma. Sin lugar a dudas muy considerable. Pero Fray Paolo parece exagerar cuando supone que los sucesores de Commodus se les incitaba a perseguir a los Cristianos para su propia avaricia o la de sus perfectos pretorianos.

Debemos escuchar con precaución las suspicacias de extranjeros y enemigos, sin embargo, en esta ocasión se les da un especial colorido probablemente por las dos circunstancias siguientes, las únicas que han llegado a nuestro conocimiento las cuales definen cantidades precisas o transmiten una idea distinta.

Casi al mismo tiempo, el obispo de Cartago, una sociedad menos opulenta que la de Roma, recolectaba cien mil sextercios (más de ochocientas cincuenta libras esterlinas), con una simple llamada de caridad para redimir a los hermanos de Numidia, quienes habían sido hechos cautivos por los bárbaros del desierto. (Cipriano, Epístola 62).

Aproximadamente cien años antes, antes del reinado de Decio, la iglesia de Roma había recibido, en una sola donación, la suma de doscientos mil sextercios de un desconocido de Ponto, el cual pretendía fijar su residencia en la capital. (Las prescripciones de Tertuliano, c 30).

Estas donaciones, en su mayor parte, eran hechas en dinero; y la sociedad de Cristianos, no tenían ni interés ni estaban en posición de adquirir con mucha facilidad, la posesión de tierras.

Existían varias leyes que actuaban sobre los títulos de propiedad al igual que algunas de las nuestras, por las que los terrenos no podían ser dados en propiedad o adquiridos a un cuerpo corporativo a no ser que fueran otorgados como un especial privilegio por el emperador o el senado; los cuales rara vez estaban dispuestos a conceder este favor a una secta, en primer lugar por su significación, y en segundo por miedo a los celos que esto podría traer.

Diocleciano transcribe lo que es solamente una declaración de la antigua ley: “Collegium, si nullo speciali privilegio subnixum sit, haereditatem capere non posse, dubium non est.” Fra Paolo (c. 4) cree que muchas de esas regulaciones fueron dejadas sin consideración desde el reinado de Valerio.

Sin embargo, una transacción de este tipo se registra en el reinado de Alejando Severo,  lo que da a entender que esta restricción era eludida o suspendida en algunas ocasiones y que, en algunas ocasiones, era permitido a los Cristianos ser dueños de terrenos dentro de los límites mismos de Roma.

El terreno había sido público; ahora era disputado por la sociedad de Cristianos y la de los carniceros. (Historia Augusta p. 131)

El progreso de la cristiandad y la confusión civil del imperio, contribuían a relajar la severidad de las leyes y antes de fines del siglo tercero, muchos y considerable número de propiedades eran entregadas a las opulentas iglesias de Roma, Milán, Cartago, Antioquia, Alejandría y de otras grandes ciudades de Italia y sus provincias.

El obispo era el guardián principal de la iglesia, el grueso del público le era confiado para su cuidado sin control alguno del que tuviera que dar cuentas; Los presbíteros estaban confinados a sus funciones espirituales y la orden de diáconos, más dependientes, estaban solamente encargados de la administración y distribución de las ganancias de la iglesia.

Si tenemos que dar crédito a una vehemente exclamación de Cipriano, había demasiados entre los hermanos de África quienes, en la ejecución de su cargo, violaban todos los preceptos, no sólo los que conllevaban una perfección evangélica sino también los que afectaban a las virtudes morales. Debido a esos infieles sirvientes,  las riquezas de la iglesia eran despilfarradas en placeres sensuales, para otros se habían pervertido con el propósito de ganancias privadas, de compras fraudulentas y de una predatoria usura.

Este cargo está confirmado en los cánones 19 y 20 del concilio de Illiberis. (Cipriano de Lapsis p. 89, Epístola 65)

Pero en tanto que las contribuciones de los cristianos fueran libres y sin restricciones, estos abusos de confianza no podían haber sido muy frecuentes y los términos generales sobre los que la libertad era aplicada reflejaban honorabilidad sobre la sociedad religiosa. Una generosa porción era reservada para el obispo y sus cleros, suficiente cantidad se destinaban para los gastos de la adoración pública de las que las fiestas de amor, el ágape, como ellos las llamaban, constituían una parte muy agradable.

El resto era el sagrado patrimonio de los pobres. De acuerdo a la discreción del obispo, era distribuido para ayudar a las viudas, los huérfanos, los incapacitados, los enfermos y los ancianos de la comunidad; para confortar a los extranjeros y los peregrinos y para aliviar los sinsabores de los presos y cautivos, principalmente cuando la causa de sus tribulaciones era como consecuencia de su firme apego a la causa religiosa.

Una generosa relación de caridad unía a las congregaciones de las más distantes provincias y las iglesias más pequeñas eran cariñosamente asistidas con las donaciones de los hermanos más opulentos.

Esta institución que prestaba menos atención a los méritos que a los problemas de los individuos fue lo que condujo al progreso material de la cristiandad.

Los paganos, quienes eran movidos por un sentido de humanidad de donde derivaban sus doctrinas, reconocieron la benevolencia de la nueva secta.

La propuesta de un remedio inmediato y de una protección futura, atraía hacia este hospitalario centro a muchas de las infelices personas dejadas a un lado por un mundo que las abandonaba a sus miserias, principalmente las enfermedades y ancianidad.

De igual manera también hay razones para creer que gran número de niños, de acuerdo a las inhumanas prácticas de la época abandonados por sus padres, eran frecuentemente rescatados de la muerte, bautizados, educados y mantenidos por la piedad de los cristianos a costas del tesoro público.

Esto, al menos, bajo las mismas circunstancias, ha sido la laudable conducta de la mayoría de los modernos misioneros. Más de tres mil recién nacidos son anualmente abandonados por sus padres en las calles de Pequín. Ver Memorias sobre la China e investigación sobre la China y Egipto. Le Comté.

 

 

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