Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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K

El Celo

 

I. EL CELO DE LOS CRISTIANOS

Ya hemos descrito la armonía religiosa del mundo antiguo y la facilidad con que las más diferentes y hasta hostiles naciones abrazaban, o al menos respetaban, las supersticiones de cada uno.

Solamente un pueblo rehusó unirse a ese común interacción de la humanidad. Los judíos, quienes, bajo las monarquías persa y asiría habían sido por muchos años la porción de esclavos más despreciados,

“Dum Assiryos penes, Medosque et Persas Orines fruti, despectissima pars servientium” Tácito, Historia v. 8. Herodoto, quien visitó Asia obedeciendo el último de esos dos imperios, toca muy por encima los Sirios de Palestina, quienes, de acuerdo a su propia confesión, habían recibido de Egipto el rito de la circuncisión.

...surgieron de la oscuridad bajo el sucesor de Alejandro y en la medida que se multiplicaron en grandes cantidades en el Este, y luego en el Oeste, pronto atrajeron la curiosidad de otras naciones.

La celosa obstinación con que ellos mantenían sus peculiares ritos y sus maneras antisociales, parecían marcarlos como una especie distinta de hombres, quienes profesaban abiertamente o que escasamente ocultaban su odio implacable por el resto de la humanidad.

          Tradidit arcano quaecunque volumine Moses:

          Non mostrare vias eadem nisi sacra colenti,

          Quaesitum ad fontem solos deducere verpos.

                    Juvenal. Sat., xiv, 102

Esta ley no se encuentra en un volumen actual de Moisés. Pero el inteligente y humano Maimónides abiertamente enseña que si un idólatra cae al agua, un judío no debe salvarle de su muerte. Ver Basnage, Histoire des Juifs.

Es diametralmente opuesto al espíritu de la letra. Ver, entre otros pasajes Deuteronomio 10:18-19 “Que hace justicia al huérfano y á la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis pues al extranjero: porque extranjeros fuisteis vosotros en tierra de Egipto.” Juvenal es un satírico, cuya mas seria expresión, difícilmente puede tomarse como una evidencia histórica. Él escribió después de las horribles crueldades llevadas a cabo por los romanos quienes, durante y después de la guerra, puedan haber dado suficientes razones para el aislamiento de los judíos del resto del mundo. Los judíos eran dogmáticos, pero la religión no era la única fuente de su dogmatismo. ¿Después de cuántos siglos de equivocaciones y errores mutuos escribió Maimónides, que han seguido apartando al Judío del resto de la humanidad? O.S.

Ni la violencia de Antíoco, ni las artes de Herodes, ni el ejemplo de las naciones circundantes, pudieron persuadir a los judíos asociar, con las instituciones de Moisés, la elegante mitología de los Griegos.

Una secta judía que se acogían a un tipo de conformismo ocasional, derivó de Herodes, seducidos por su ejemplo y autoridad y tomaron el nombre de Herodianos. Pero fueron tan escasos en número que ni siquiera Josefo pensó que fueran dignos de ser mencionados.

De acuerdo a las máximas de tolerancia mundial, los romanos llegaban a proteger supersticiones que, por otro lado, despreciaban. El educado Augusto condescendió a dar órdenes para que fueran ofrecidos sacrificios en el templo de Jerusalén solicitando su prosperidad; en tanto que el último de los hijos de Abraham hubiera considerado una aberración, tanto par él como sus hermanos, el que un sacrificio por ellos hubiera sido ofrecido en el templo de Júpiter del Capitolio romano. Pero la moderación de los conquistadores fue insuficiente para apaliar los celosos principios de sus ciudadanos, que se alarmaban y escandalizaban ante las muestras de paganismo que naturalmente introducían en las provincias romanas.

La locura de Calígula de colocar su propia estatua en el templo de Jerusalén fue derrotada por la decisión unánime del pueblo que no tenían miedo a morir antes que llegar a hacer tamaña profanación.

“Jussi a Caio Cesare, effigiem ejus in templo locare, arma potius sumpsere.” Tácito His., v.9 Filo y Josefo dan un recuento circunstancial de este hecho que dejó perplejo al gobernador de Siria. A la simple mención de esta sacrílega propuesta, el rey Agripa se desmayó. Y tal fue su desmayo que no volvió en sí hasta después del tercer día.

Su apego a la religión de Moisés era tan fuerte como su rechazo hacia las religiones de los demás países. La corriente de celo y devoción, como conducida por un estrecho canal, corría con fuerza y a veces con la furia de un torrente.

Esta inflexible perseverancia, que aparecía tan odioso o tan ridículo al mundo antiguo, tomaba carácter aún peor, cuando la Providencia designó revelarnos la misteriosa historia del pueblo elegido. Pero la devota y hasta escrupulosa sujeción a la religión mosaica, tan conspicua entre los judíos que vivieron bajo el segundo templo, se convierte en algo más sorprendente si la comparamos con la obstinada incredulidad de sus antepasados.

Cuando la ley fue dada bajo el trueno en el monte Sinaí; cuando las mareas de los océanos y el desplazamiento de los planetas fueron detenidos para beneficio de los israelitas; y cuando los premios y castigos temporales fueron la consecuencia inmediata de su piedad o desobediencia, ellos constantemente caían en rebelión contra la visible majestad de su Rey Divino, colocando los ídolos de las naciones en el santuario de Jehová e imitando cada fantástica ceremonia practicada en las tiendas de los árabes o en las ciudades de Fenicia.

Cuando la protección de los cielos desaparecía de la desagradecida raza, la fe adquiría un valor proporcional de fuerza y pureza. Los contemporáneos de Moisés y Josué observaban con descuidada indiferencia los más increíbles milagros. Bajo la presión de cada calamidad la creencia de esos milagros preservó a los judíos de épocas posteriores del contagio universal de la idolatría; y en contradicción con todo principio conocido por la mente humana, este pueblo tan singular parece haberse mantenido más fuerte y más alejado de las tradiciones de sus antecesores que ante la evidencia de sus propios sentidos.

“Números 14:11 Y Jehová dijo á Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿hasta cuándo no me ha de creer con todas las señales que he hecho en medio de ellos?”. Sería fácil pero inadecuado justificar la queja de la Deidad del total resultado de la historia mosaica.

Milman dice acerca de esto que entre los pueblos bárbaros, las impresiones religiosas se hacen fácilmente y de igual manera desaparecen. La ignorancia, que multiplica las maravillas de la imaginación, debilitarán o destruirán el efecto del verdadero milagro. En el período de la historia del pueblo judío a que se refiere el pasaje de Números, el temor estaba por encima de la fe. Eran los miedos de un pueblo tranquilo, recién rescatado de una devastadora esclavitud y conminados a atacar a un fiero ejército, gigantesco y bien armado además de mucho más numeroso – los habitantes de Canaán. En cuanto a la frecuente apostasía de los judíos, por muchos siglos, después de la salida de Egipto su religión estuvo más allá de su estado de civilización. No es anormal que un pueblo apasionadamente se afierre a algo que en primera instancia no podía comprender su valor. El patriotismo y el orgullo nacional se enfrentará a la muerte por sus derechos políticos los cuales, en un principio fueron impuestos por fuerza a un pueblo renuente. El cristiano puede con justicia afirmar que el gran signo de su religión, la Resurrección de Jesús, era ardientemente creída y absolutamente afirmada por aquellos que fueron testigos del hecho. – O.S.

La religión judía estaba dotada admirablemente para su defensa, pero nunca fue diseñada para la conquista. Y parece muy posible que el número de prosélitos nunca fue mucho más grande que el de los apostatas. Las divinas promesas y el distintivo rito de la circuncisión, fueron originalmente hechas a una sola familia. Cuando la prosperidad de Abraham fue multiplicada como la arena del mar, la Deidad, de cuya boca habían recibido un sistema de leyes y ceremonias, fue declarada como rey y Dios de Israel; y con el más cuidadoso celo separó a su pueblo favorito del resto de la humanidad.

La conquista de la tierra de Canaán fue llevada a cabo en maravillosas y sangrientas circunstancias, que dejó a los victoriosos judíos en un estado de irreconciliable hostilidad con su vecinos. Les había sido ordenado extirpar a algunas de las tribus más idólatras y la ejecución de la voluntad divina rara vez fue detenida por las debilidades de sus enemigos. Se les prohibió contraer matrimonio ni hacer alianzas con otros pueblos; como también existía la prohibición de acogerlos en la congregación, que en algunos casos fue perpetuo, y esta prohibición llegaba hasta la tercera generación, o hasta la séptima o en algunos casos hasta la décima. Tampoco se les inculcó la predicación de la ley de Moisés a los gentiles; como tampoco los Judíos tomaban la imposición de la ley sobre ellos como cosa voluntaria.

En cuanto a la admisión de nuevos ciudadanos este pueblo, tan insociable, actuaba más con la egoísta suficiencia de los griegos que con la generosa política de los romanos. Los descendientes de Abraham se sentían orgullosos de su opinión de ser los únicos herederos de la alianza, y se preocupaban de no disminuir el valor de su herencia compartiéndola con mucha facilidad con el resto de los seres de esta tierra.

Un mayor conocimiento con la humanidad extendió su conocimiento si no sus perjuicios; y tan pronto que el Dios de Israel adquiría nuevos adeptos, se envolvía más en el inconstante absurdo del politeísmo que el celo activo de sus propios misioneros. La religión de Moisés parecía haberse instituido para un país en particular a la vez de una sola nación y si una estricta obediencia se hubiera puesto en práctica, en la que cada hombre, tres veces al año, debería presentarse ante el Señor Jehová, hubiera sido imposible que los judíos nunca hubieran sido capaces de extenderse más allá de las estrechas fronteras de la tierra prometida.

Este obstáculo fue eliminado con la destrucción del templo de Jerusalén; pero la mayor parte de la religión fue la causante de su propia destrucción; y los paganos, que por largo tiempo se habían preguntado el extraño informe de un santuario vacío, se asombraron al descubrir lo que era el objeto, o lo que podían ser los instrumentos, de una adoración carente de templos o de altares, de sacerdotes o sacrificios.

Cuando Pompeyo, utilizando, o mejor, abusando de su derecho de conquistador, entró en el Lugar Santísimo, dijo atónito “Nulla intus Deum efigie, vacua sedem et inania arcana” Tácito. (Hist. V 9) Era un dicho popular acerca de los judíos, “Nil praeter nubes et coeli numen adorant”.

A pesar de todo, hasta derrotados, los judíos aún afirmando sus grandes y exclusivos privilegios, condenaron, en lugar de cortejar, la sociedad de extranjeros. Insistían con rigor inflexible sobre aquellas partes de la ley que podían practicar. Su peculiar distinción de los días, las carnes y una variada, trivial y no por ello poco penosas observancias, eran consideradas objeto de disgusto y aversión por las demás naciones, cuyos hábitos y prejuicios eran diametralmente opuestos. El doloroso y hasta peligroso rito de la circuncisión era solamente digno de causar rechazo al más decidido prosélito en la misma puerta de la sinagoga.

Una segunda clase de circuncisión era aplicada a los prosélitos de Samaria o Egipto. La severa indiferencia de los Talmudistas, con respecto a la conversión de extranjeros puede ser leída en el libro de Basagne, Historie des Juifs.

Bajo estas circunstancias, el cristianismo se ofreció al mundo, armado con la fuerza de la ley mosaica y liberada del peso de sus cadenas. Un celo exclusivo por la verdad de la religión y la unidad de Dios fue cuidadosamente inculcada en el nuevo tanto como en el antiguo sistema. Cualquier cosa no revelada a la humanidad, concerniente a la naturaleza y designios del Ser Supremo, estaba lista para aumentar su reverencia de tan misteriosa doctrina. Era admitida la divina autoridad de Moisés y los profetas y hasta establecida, como las bases firmes del cristianismo. Desde el comienzo del mundo una ininterrumpida serie de predicciones han anunciado y preparado la tan esperada venida del Mesías, quién, cumpliendo la gran mayoría de las aprensiones judías, había sido más frecuentemente representado como Rey y Conquistador que como un simple profeta, un Mártir o el Hijo de Dios.

Por medio de su sacrificio de expiación, los imperfectos sacrificios del tempo fueron inmediatamente terminados y abolidos. La ley ceremonial, que consistía solamente de figuras, fue remplazada por una adoración pura y espiritual, igualmente adaptable a todos los climas, al igual que a cualquier condición de la humanidad y la iniciación por sangre fue sustituida por una más inofensiva iniciación por agua.

La promesa del favor divino, en lugar de ser parcialmente confinado a la descendencia de Abraham, fue propuesta universalmente tanto al libre como al esclavo, al griego como el bárbaro, al judío y al gentil. Todo privilegio que pudiera levantar al prosélito de la tierra hacia el cielo, que pudiera exaltar su devoción, asegurar su felicidad, y hasta gratificar ese secreto orgullo el cual, ante la apariencia de devoción se insinúa al corazón humano, estaba reservada a los miembros de la fe cristiana; pero al mismo tiempo toda la humanidad era permitida y hasta se le pedía, aceptar esta gloriosa distinción, que no solamente era presentada como un favor, sino impuesta como una obligación. Se convirtió en la labor más sagrada de un nuevo converso, el difundir entre sus amigos y relativos la inestimable bendición que había recibido, y prevenirlos contra rehusar a ella pues les traería como consecuencia castigos severos, como si de una desobediencia criminal se tratara hacia la voluntad de un benevolente pero todopoderoso Dios.

El despegue de la iglesia de las ataduras de la sinagoga fue, no obstante, un trabajo que tomó tiempo y dificultades. El judío converso, que reconoció en Jesús el carácter del Mesías profetizado en sus antiguas oráculos, le respetó como un maestro de profecía, virtud y religión; pero obstinadamente seguían adhiriéndose a las ceremonias de sus antepasados y de igual manera trataban de imponerlas a los gentiles, que continuamente aumentaban el número de creyentes. Estos cristianos judaizantes parecían haber discutido con algún nivel de credibilidad, acerca del origen divino de la ley de Moisés y las inmutables perfecciones de su gran Creador. Ellos afirmaban que, si el Ser Supremo que es el mismo por toda la eternidad, hubiera designado abolir aquellos sagrados ritos que habían servido para distinguir a Su pueblo elegido, su rechazo hubiera sido no menos claro y solemne que el momento en que fueron promulgados: que en lugar de aquellas frecuentes declaraciones que suponen o afirman la perpetuidad de la religión mosaica, hubiera sido representada como un esquema provisorio destinado a durar solamente hasta la venida del Mesías, quién debería instruir a la humanidad en una forma más perfecta de fe y adoración...

Estos argumentos fueron enarbolados, con gran ingenuidad, por el judío Orobio, y refutados, con igual ingenuidad por el cristiano Limborch. Ver, Amica Collatio (merecido nombre), que narra esta disputa.

...que el Mesías en persona y sus discípulos que con él conversaron en la tierra, en lugar de autorizar con su ejemplo las más pequeñas observaciones de la ley mosaica, deberían haber publicado al mundo la abolición de esas inútiles y obsoletas ceremonias, sin que la cristiandad sufriera permaneciendo por tantos años oscuramente confundida den­tro de las sectas de la iglesia judía.

“Jesús... circumcisus erat; cibis utebatur Judaicis; vestitu simili; purgatos scabie mittebat ad sacerdotes; Paschata et alios dies festos religiose observabat: si quos sanavit sabbatho, ostendit non tantum ex lege, sed et ex receptis sententiis, talia opera sabbatho non interdicta.” Grotius de Veritate Religionis Cristianae. Después de esto, se extiende acerca de la condescendencia de los apóstoles.

Argumentos como este parecían haber sido utilizados en defensa de la caducidad de la ley mesiánica, pero nuestro aprendizaje acerca de Dios, nos ha explicado con abundancia el leguaje ambiguo del Antiguo Testamento y la conducta ambigua de los padres apostólicos. Era apropiado desarrollar el sistema del Evangelio, y pronunciar con suma cautela y cuidado una frase de condenación, tan repugnante a la inclinación y prejuicios de los creyentes judíos.

La historia de la iglesia de Jerusalén muestra una viviente prueba de lo necesario de estas precauciones y de la profunda impresión que la religión judía había hecho en las mentes de sus sectarios. Los quince primeros obispos de Jerusalén eran judíos circuncisos y la congregación sobre la que presidían unían la ley de Moisés con las doctrinas de Cristo.

Paene omnes Cristum Deum sub legis observatione credebant. Sulpicius Severus II, 31. Ver Eusebio, Historia Eclesiatica IV, c 5.

Era natural que la tradición primitiva de una iglesia que fue fundada solamente 40 días después de la muerte de Cristo y que fue gobernada por otros tantos años bajo la supervisión directa de los apóstoles, recibiera tales estándares de ortodoxia.

Mosheim de Rebus Cristianis ante Constantinum Mágnum. P 153. En esta obra maestra de la que continuaré extrayendo citas, el autor profundiza mayormente en el estado de la iglesia primitiva que cuando tiene la oportunidad de hacerlo en su Historia General.

Las distantes iglesias a menudo solicitaban la ayuda del venerable pariente y recibía alivio mediante la generosa contribución de almas (contribuciones hechas por otro miembros de la iglesia en ayuda de sus hermanos N. del T.). Pero cuando se establecieron sociedades en numerosas y opulentas ciudades del imperio, Antioquia, Alejandría, Éfeso, Corintio y Roma, la reverencia que Jerusalén había inspirado a todas las colonias de cristianos, insensiblemente disminuyó. Los judíos conversos, o como fueron llamados más tarde, los nazarenos, que habían trazado los cimientos de la iglesia, pronto se vieron abrumados por multitudes que no cesaban de crecer y que, proviniendo de diferentes religiones politeístas se enlistaban bajo el estandarte de Cristo. Por otro lado, los gentiles, quieres con la aprobación de su propio apóstol, habían rechazado el peso intolerable de las ceremonias mosaicas, ahora se oponían con mayor fuerza a los hermanos más escrupulosos la misma tolerancia que, en un principio ellos mismos habían humildemente solicitado para su propia práctica.

La ruina del Templo, de la ciudad y de la religión pública de los judíos, fue severamente sentida por los Nazarenos; pues en sus costumbres, aunque no en la fe, ellos mantenían una conexión muy íntima con sus impíos compatriotas, cuyas desgracias eran, por los paganos, atribuidas a su condescendencia y por los cristianos, a la ira de la Deidad Suprema.

Los nazarenos se retiraron de las ruinas de Jerusalén a la ciudad de Pella, al otro lado del Jordán, donde esta anciana iglesia languideció por más de sesenta años en soledad y oscuridad.

Eusebio, I, iii, c. 5. Le Clerc, Historia Eclesiástica, p. 605. Durante esta ausencia ocasional, el obispo y la ciudad de Pella aún retenían el título de Jerusalén. De la misma manera, los pontífices romanos residieron por setenta años en Avignon, y los patriarcas de Alejandría transfirieron, por mucho tiempo, su sitio episcopal a el Cairo.

Aún disfrutaban del confort de hacer frecuentes y devotas visitas a la Ciudad Santa, con la esperanza de, algún día, ser restaurados a aquellos lugares que tanto natural como religiosamente les enseñaron a amar a la vez de reverenciar. Pero, con mucho, bajo el reino de Adriano el fanatismo desesperado de los judíos fue la gota que colmó el vaso de sus calamidades, y, los romanos, exasperados por sus continuas rebeliones, ejercieron su derecho de victoria con inusitado rigor. El emperador fundó, bajo el nombre de Aelia Capitolina, una nueva ciudad en el monte Sión, la cual recibió los privilegios de colonia.

Dion Cassius. El exilio de la nación judía de Jerusalén es atestiguada por Aristo de Pella y es mencionada varias veces por distintos escritores eclesiásticos, aunque alguno de ellos son muy rápidos al enviar esta extradición a todo el área de Palestina.

Anunciando severas consecuencias para todos aquellos judíos que se atrevieran a entrar al recinto, el emperador colocó una guarnición de soldados romanos para vigilar y llevar a efecto sus órdenes. Los nazarenos tenían solamente un camino para escapar a esta prohibición y en honor a la verdad, la ocasión se presentó asistida por ciertas ventajas temporales.

Ellos eligieron a Marco como su obispo. Este era un prelado de la raza de los gentiles y más probablemente nativo de Italia o alguna de las provincias romanas. Él persuadió a la mayor parte de la congregación a renunciar a la ley de Moisés, practica en la que habían perdurado por unos cien años. Por medio de este sacrificio de sus costumbres y prejuicios, adquirieron libre acceso a la colonia de Adriano y cementaron más firmemente su unión con la iglesia Católica.

Eusebio l. IV c. 6. Sulpicius Severus, ii, 31. Comparando nos narraciones poco satisfactorias, Mosheim llega a una diferente representación de las circunstancias y motivos de esta revolución.

Cuando el nombre y honores de la iglesia de Jerusalén fueron restaurados en el monte Sión, los crímenes de herejía y cisma fueron imputados a los al oscuro remanente de nazarenos que rehusaron acompañar al obispo latino. Conservaron sus antiguas casas de Pella y se esparcieron por los pueblos alrededor de Damasco formando una in considerable iglesia en lo que hoy se conoce como Alepo, en Siria.

Le Clerc (Historia Eclesiástica p. 477) parece haber recogido de Eusebio, Jerónimo, Epifanio y otros autores, todas las circunstancias relativas a los nazarenos y ebionitas. La naturaleza de sus opiniones pronto les dividieron en una estricta y otra liviana sectas y hay razones para conjeturar que los restantes miembros de la familia de Jesucristo permanecieron en la última más moderada.

El nombre de nazarenos estaba considerado como muy noble para aquellos judíos cristianos y pronto recibieron, de la supuesta pobreza de su entendimiento, al igual que por su condición, el peyorativo epíteto de ebionitas.

Algunos escritores se han contentado creando un Ebión, el imaginario autor de la secta. Pero nosotros podemos mejor y más seguros confiar en el erudito Eusebio que en el vehemente Tertuliano o el crédulo Epifanio. De acuerdo a le Clerc la palabra hebrea “ebjonim” puede ser traducida al latín como “pauperes”. Ver la Historia Eclesiástica p. 477.

Unos cuantos años después del retorno de la iglesia a Jerusalén, se convirtió en tema de duda y controversia si un hombre, que sinceramente aceptaba a Jesús como el Mesías, pero que aún continuaba observando la ley de Moisés, podría tener esperanza de salvación. El humano carácter de Justino el Mártir le inclinó a contestar esta pregunta afirmativamente; y a pesar que se expresaba con una cuidada timidez, él se aventuró a opinar positivamente de tan imperfecto cristiano, si se contentaban a practicar las ceremonias mosaicas sin pretender afirmar su uso generalizado ni hacerlo necesario. Pero cuando Justino fue presionado a declarar el sentimiento de la iglesia, él confesó que había muchos entre los cristianos ortodoxos que no solamente excluían a sus hermanos judaizantes de la esperanza de salvación, sino que declinaban tener ningún tipo de relación con ellos en el sentido de hermandad, hospitalidad y vida social.

Ver el curioso diálogo de Justino Mártir con el judío Trifón. La conferencia entre ellos se llevó a cabo en Éfeso durante el reinado de Antonino Pío y alrededor de veinte años del retorno de la iglesia de Pella a Jerusalén.

Justino Mártir hace una importante distinción que Gibbon ha pasado por alto. Me refiero a que había algunos que no solamente se contentaban con observar las leyes judías, sino que además trataban de imponérsela a sus hermanos conversos como requisito imprescindible de su salvación y ellos mismos rehusaban tener todo contacto social con ellos si no marchaban de acuerdo a la ley. Justino Mártir admite con toda libertad aquellos que guardaban la ley para ellos de la comunión cristiana, no obstante admite que algunos, pero no la totalidad de la iglesia, pensaban de otra manera. Los primeros eran considerados los nazarenos, los últimos los ebionitas. O.S.

Prevaleció la opinión más rigurosa, como era de esperar, sobre la más tibia y una eterna línea divisoria se trazó entre los discípulos de Moisés y los de Cristo.

Los desafortunados ebionitas, rechazados de una religión como apóstatas y de otra como herejes, se vieron obligados a asumir un carácter más decidido y a pesar que algunos restos de esta secta obsoleta pueden encontrarse hasta el siglo cuarto, poco a poco estos fueron diluyéndose hacia la iglesia o hacia la sinagoga.

De todos los sistemas de cristianismo, los de Abisinia son los únicos que aún se adhieren a los ritos Mosaicos. El eunuco de la reina Candace puede sugerir algunas suspicacias; pero somos asegurados (Sócrates, Sozomen, Ludolfo) que los etíopes no fueron convertidos hasta el siglo cuarto, es más razonable creer que ellos respetaban el sábado y distinguían los alimentos prohibidos, imitando a los judíos, quienes, en una época muy temprana, se asentaban a ambos lados del Mar Rojo. La circuncisión era practicada por los ancianos etíopes por motivos de limpieza y salud, lo cual parece ser explicado en “Recherches Philosophiques sur les Americains”.

En tanto la iglesia ortodoxa preservaba un punto medio entre la excesiva veneración y una impropia confrontación por la ley de Moisés, los diferentes herejes se desviaban en igual pero opuestos extremos de error y extravagancia. Desde la reconocida verdad de la religión judía, los ebionitas habían concluido que esta no podría ser nunca abolida. Desde sus supuestas imperfecciones, los gnósticos rápidamente concluían que nunca había sido instituida por la sabiduría de la Deidad. Había algunas objeciones contra la autoridad de Moisés y los profetas que rápidamente aparecían a la mente escéptica; a pesar de estas solamente podían ser consecuencia de nuestra ignorancia sobre la lejana antigüedad y por nuestra incapacidad de formar un adecuado juicio del orden divino. Estas objeciones fueron petulantemente abrazadas por los gnósticos dentro de su vana ciencia.

Beausobre, Historia del Maniqueísmo, enumeró sus objeciones, con erudita imparcialidad, principalmente aquellas de Fausto, el adversario de Agustín.

Como todos esos herejes estaban, en su mayoría, contrarios a los placeres de los sentidos, airosamente denunciaban la poligamia de los patriarcas, las galanterías de David y las debilidades de Salomón. En cuanto a la conquista de la tierra de Canaán extirpando a los descuidados nativos, no tenían claro como reconciliar tales acciones con las nociones comunes de humanidad y justicia. Pero cuando recogían la lista sanguinaria de crímenes, ejecuciones y masacres que cubren cada una de las páginas de los anales judíos, reconocieron que los bárbaros de Palestina habían ejercitado la misma compasión hacia sus idólatras enemigos que siempre habían mostrado hacia sus amigos y compatriotas.

Apud pisos fides obstinata, misericordia in promptu: adversus omnes alios hostile odium. Tácito, Historia. Sin duda Tácito veía a los judíos muy favorablemente. El examen de Josefo debía haber destruido la antítesis.

Pocos escritores hubieran sospechado la parcialidad de Tácito hacia los judíos. El resto de la historia de los judíos ilustra sus fuertes lazos de humanidad hacia sus hermanos y su hostilidad hacia el resto de la humanidad. O.S.

Pasando del sectarismo a la ley misma, afirmaban que era completamente imposible que una religión basada en sacrificios sangrientos y ceremonias triviales y cuyos castigos y premios eran todos de naturaleza carnal y temporal, podrían llegar a inspirar el amor y la virtud o llegar a controlar la impetuosidad de la pasión.

La narración mosaica de la creación y caída del hombre era tratada con profano desdén por los gnósticos quienes no podían escuchar con paciencia el reposo de la Deidad después de seis días de labor, la costilla de Adán, el jardín del Edén, los árboles del bien y del mal, la serpiente parlante, la fruta prohibida y la condenación pronunciada contra la humanidad por la ofensa venial de los primeros progenitores.

El Dios de Israel era impíamente representado por los gnósticos como un ser que podía caer en la pasión y el error, caprichoso en sus deseos, implacable en su resentimiento, maliciosamente celoso de su supersticiosa adoración, dedicando su providencia parcializada hacia una sola clase de gente y a esta vida transitoria.

Bajo este retrato no podíamos descubrir las características del sabio y omnipotente Padre del universo.

Los gnósticos más suaves consideraban a Jehová, el creador, como un ser de una naturaleza mixta entre Dios y demonio. Otros le confundían con el principio del mal. En la Historia General de Mosheim, consultar el siglo segundo, donde nos da una muy clara, si bien concisa, descripción de sus extrañas opiniones acerca de este asunto.

Aceptaban que la religión de los judíos era un poco menos criminal que la idolatría de los gentiles; pero era su doctrina fundamental que el Cristo, a quien adoraban como la primera y más brillante emanación de la Deidad, apareciera sobre la tierra para rescatar a la humanidad de sus varios errores y revelar un nuevo sistema de verdad y perfección.

Los más estudiosos de los padres, en una condescendencia singular, habían imprudentemente admitido la falta de imaginación de los gnósticos. Reconociendo que el sentido literal repugna a todo principio de fe al igual que de la razón, se declaran seguros e invulnerables detrás de un amplio velo de alegoría, que, con mucho cuidado, extendían sobre cada parte delicada de la dispensación mosaica.

Ha sido remarcado, con más ingenuidad que verdad, que la pureza de la virgen nunca fue violada por cisma o herejía antes del reino de Trajano o Adriano, unos cien años después de la muerte de Cristo. Tenemos que observar, con mucha más propiedad que, durante ese período, los discípulos del Mesías se desenvolvieron en un ambiente más libre y relajado de fe y práctica que jamás volvió a ocurrir en épocas posteriores.

A medida que las bases de comunión fueron estrechándose y la autoridad espiritual del partido en poder se iba implementando con creciente severidad, muchos de sus más respetables miembros, a quienes se había pedido renunciar, fueron provocados a exponer sus opiniones privadas para sufrir las consecuencias de sus principios equivocados y así abiertamente erigir el estándar de rebelión contra la unidad de la iglesia.

Los gnósticos se distinguían por ser los más conocedores y mejor educados y los más ricos entre los portadores del nombre de cristianos. Y esa forma general de ser llamados, que expresaba superioridad y conocimiento, era asumida o como orgullo, o irónicamente impuesta por la envidia de sus adversarios. Casi sin excepción provenían todos de la raza de los gentiles y sus fundadores principales provenían de Siria y Egipto, donde el clima templado prepara el alma y el cuerpo a la indolencia de la devoción contemplativa.

Los gnósticos mezclaron con la fe de Cristo muchas sublimes y oscuras creencias, derivadas de filosofías orientales y de la misma religión de Zoroastro, referentes a la eternidad de la materia, la existencia de los dos principios y las misteriosas jerarquías del mundo invisible.

Acerca de los gnósticos del segundo y tercer siglo, podemos comentar acerca de los que hablaron de ellos, que Mosheim es ingenioso y cándido; Le Clerc aburrido, pero exacto; Beausobre casi siempre un apologista y tenemos que temer que los padres primitivos eran, muy frecuentemente, calumniadores.

Tan pronto se lanzaban al profundo abismo, los gnósticos se presentaban como guiados por una imaginación maníaca y sus caminos de error eran variados e infinitos, los gnósticos se dividían, imperfectiblemente en más de cincuenta sectas.

Ver la catalogación y listados hechos por Ireneo y Epifanio. Aunque podemos inclinarnos a pensar que estos autores pudieran haber multiplicado el número de sectas que se oponían a la unidad de la iglesia.

De todas ellas, las más celebradas eran las Basilidianas, las Valentinianas, los Marcionitas y luego en un período posterior, los Maniqueos. Cada una de esas sectas alardeaba de sus obispos y congregaciones, de sus doctores y sus mártires y, en lugar de los cuatro Evangelios adoptados por la iglesia, los herejes producían multitud de historias, en las que las acciones y discursos de Cristo y los apóstoles eran adaptadas a sus respectivas doctrinas.

El éxito de los gnósticos fue rápido y efectivo. Cubrían Asia y Egipto, llegando a establecerse en Roma y algunas veces penetrando en las provincias del oeste. En su mayoría, el crecimiento ocurrió en el siglo segundo, floreció en el tercero y fueron eliminados durante los siglos cuarto y quinto debido a la aparición de controversias más de moda y por el creciente poder de los gobernantes. A pesar de que siempre disturbaban la paz y frecuentemente dejaban en descrédito el nombre de la religión, ellos contribuyeron más a hacer crecer que a retardar la expansión del cristianismo. Los gentiles conversos, cuyas principales objeciones eran en contra de la ley de Moisés, podían encontrar entrada en muchas congregaciones cristianas, que no requería de ellos conocimientos previos o una creencia acerca de una revelación previa. Su fe fue fortalecida y aumentada y la iglesia fue últimamente beneficiada por las conquistas de sus más acérrimos enemigos.

Agustín es un caso memorable de esto, progresando de la razón a la fe pues por muchos años antes, el anduvo en la secta de los maniqueos.

Pero, cualquier diferencia existente entre los ortodoxos, los ebionitas y los gnósticos, referentes a la divinidad o la obligación de la ley mosaica, todos eran movidos por el mismo celo exclusivo, por la misma aversión contra la idolatría que anteriormente habían distinguido a los judíos del resto de las naciones.

El filósofo, quien consideraba el sistema politeísta como una composición de fraude y error humanos, podía disfrazar una sonrisa de complacencia bajo su máscara de devoción y, sin hacerse solidario de la mofa o aceptación, le expondría al resentimiento de algún invisible, o como interiormente concebía, poder imaginario.

Pero las establecidas religiones del paganismo eran vistas por los cristianos primitivos de una forma más presente y odiosa. Era un sentimiento universal para ambos, la iglesia y los herejes, que los demonios eran los autores, patrocinadores y los objetos de idolatría. Aquellos espíritus rebeldes que habían sido relegados del rango de ángeles y arrojados al pozo infernal, aún se les permitía deambular por la tierra, para atormentar los cuerpos y seducir las mentes de los hombres pecadores. Los demonios pronto descubrieron y abusaron de la tendencia natural del corazón humano hacia la devoción y hábilmente substraer a la humanidad de la adoración a su Creador para usurpar Su lugar y honores de la Suprema Deidad.

Por el éxito de sus maliciosas maquinaciones, inmediatamente satisficieron su propia vanidad y revancha y obtuvieron y obtuvieron el único descanso del les era posible, la esperanza de envolver a la especie humana en la participación de su culpabilidad y miseria.

Era confesado o al menos imaginado, que se habían distribuido, entre ellos, los caracteres más importantes del politeísmo, un demonio tomando el papel de Júpiter, otro el de Esculapio, un tercero el de Venus y un cuarto, quizá, el de Apolo.

Tertuliano (Apologética c.23) alega de la confesión de los demonios en persona siempre que eran atormentados por el exorcista cristiano.

Y debido a la ventaja por la larga experiencia de su naturaleza etérea, podían llegar a ejecutar con habilidad y convicción los trabajos a que se habían comprometido.

Deambulaban por los templos, instituían festivales y sacrificios, inventaban fábulas, pronunciaban oráculos y frecuentemente hacían milagros.

Los cristianos, quienes, por medio de la interposición de los espíritus malignos, podían tan fácilmente explicar toda aparición fuera de lo natural, estaban dispuestos y hasta deseosos de admitir las fábulas más extravagantes pertenecientes a la mitología pagana.

Pero la creencia cristiana era acompañada del horror. La más insignificante marca de respeto hacia la creencia nacional era considerada como un homenaje dirigido al demonio y como un acto de rebelión contra la majestad de Dios.

En consecuencia a esta opinión, era la primera y más ardua misión de un cristiano, el preservarse puro y sin mancha de la práctica de la idolatría.

La religión de las naciones no era simplemente una especulativa doctrina profesada en las escuelas y predicada en los templos. Las innumerables deidades y ritos del politeísmo eran firmemente entrelazadas con cada circunstancia de los negocios y el placer, de la vida privada o pública y parecía imposible escapar de su cumplimiento, sin, al mismo tiempo, renunciar a la relación del contacto humano de todos los oficios y entretenciones de la sociedad.

Todas las decisiones importantes concernientes a la guerra y la paz eran preparadas y concluían con solemnes sacrificios en los que el magistrado, el senador y el soldado era obligado a presidir o a participar.

El senado romano siempre era celebrado en un templo o en un lugar consagrado. Antes de comenzar su trabajo, cada senador derramaba un poco de vino y echaba incienso sobre el altar. Sueton.

Los espectáculos públicos eran una parte esencial de la jubilosa devoción de los paganos y se suponía que los dioses aceptarían, como la ofrenda más preciada, los juegos que el príncipe y el pueblo celebraban en honor de los festivales dedicados a ellos.

Los cristianos, que con pío horror evitaban las abominaciones del circo o el teatro, se encontraron metidos con las infernales miradas en cada entretenimiento de convivencia, tan pronto como sus amigos, invocando las deidades de la hospitalidad, derramaban sus libaciones para la felicidad de cada uno.

La anciana práctica de concluir un acto de entretenimiento con libaciones, puede ser encontrado en cualquier clásico. Sócrates y Séneca, en sus últimos momentos llevaron a cabo una noble aplicación de esta costumbre. “Postremo stagnum calidae aquae entroit, respergens proximus sevorum, hadita voce, libare se liquorem illum Jovi Liveratori” Tácito, Anales xv, 64.

Cuando la novia, luchando por su objeción, era forzada con la poma del himeneo en la entrada de su nueva casa, o cuando la triste procesión de los muertos lentamente se movía hacia la pila funeraria, los cristianos que asistían a estas ocasiones se sentían obligadas a abandonar a personas queridas por ellos, antes que contraer la culpabilidad inherente de esas impías ceremonias.

Los antiguos funerales no son menos exactamente descritos por Virgilio, que son ilustrados por su comentarista Servio. La pila en sí, era un altar, las llamas se alimentaban con la sangre de las víctimas y todos los asistentes eran rociados con agua.

Cada arte y cada oficio estaba en el menor caso de adoración, se veía machado por la idolatría; una severa sentencia que enviaba a la miseria a la mayor parte de la comunidad dedicada a las profesiones liberales o manuales.

Si echamos una mirada sobre los numerosos restos de la antigüedad, nos daremos cuenta que además de las inmediatas representaciones de los dioses y los instrumentos sagrados de su adoración, los griegos introdujeron a ricos ornamentos de las casas, los vestidos y los puebles paganos.

Hasta los reversos de las monedas griegas y romanas tenían, frecuentemente, una naturaleza idólatra. Aquí los escrúpulos de los cristianos se enfrentaban a una pasión más fuerte.

Hasta las artes, la música y pintura, la elocuencia y poesía, corrían por el mismo e impuro origen. En el estilo de los padres, Apolo y las Musas eran los órganos del espíritu infernal; Homero y Virgilio eran los más eminentes de sus sirvientes y la bella mitología llena de animaciones y composiciones de sus genios, está destinada a celebrar la gloria de los demonios. Hasta en el lenguaje más común de la Grecia y Roma está llena de expresiones impías que el imprudente cristiano puede pronunciarlas sin darse cuenta o está obligado a escuchar con paciencia.

Sin un amigo pagano, como ocasión de un estornudo, utilizaba la familiar expresión de “Júpiter te bendiga”, el cristiano estaba obligado a objetar contra la divinidad de Júpiter.

Las peligrosas tentaciones se emboscaban a ambos lados para sorprender al creyente poco preparado, le asaltaban con inusitada violencia durante los días de los solemnes festivales. Tan extraordinariamente estaba bien pensada su distribución por todo el año, que la superstición siempre se vistió con la apariencia del placer y a menudo de virtud.

Algunos de los más sagrados festivales del festival romano, estaban destinados a saludar las nuevas calendas de enero dedicadas a la felicidad, pública y privada; envolverse en el pío recuerdo de la vida y la muerte; asegurar los inviolables límites de la propiedad; saludar el retorno de la primavera y los geniales poderes de la fecundidad; perpetuar las dos eras de Roma: la fundación de la ciudad y la república y restaurar durante la licenciosas Saturnalias la primitiva igualdad de la raza humana.

Algunas ideas pueden ser concebidas del horror de los cristianos por tan impías ceremonias, por la escrupulosa delicadeza que mostraban en unas menos alarmantes ocasiones. En los días de festividad general, era la costumbre de los ancianos, el adornar sus puertas con lámparas y ramos de laurel y coronar sus cabezas con ramilletes de flores. Estas prácticas elegantes e inocentes, pueden haber sido toleradas como simples instituciones de carácter cívico. Pero difícilmente hubiera ocurrido si hubieran considerado que las puertas estuvieran bajo la protección de un dios del hogar, que el laurel estaba consagrado al amante de Dafne y que los ramilletes de flores, frecuentemente llevados como símbolos de muerte o de alegría, hubieran sido dedicados a su destino original: servicio a la superstición.

Los temblorosos cristianos, en esta instancia persuadidos a cumplir con la moda de su país y los mandados del magistrado, se debatían bajo las más tenebrosas aprehensiones, desde los reproches de su conciencia, las censuras de la iglesia y las denuncias de la venganza divina.

Esta era la forma que era requerida para guardar la castidad del Evangelio del infeccioso aliento de la idolatría. Las prácticas supersticiosas de los ritos, tanto privados como públicos, eran practicadas con toda normalidad, desde la educación al hábito, por los seguidores de la religión establecida. Pero, tan pronto como ocurrían, daban la oportunidad a los cristianos para declarar y confirmar su celosa oposición. Por medio de esas continuadas protestas su apego a la fe era continuamente fortificada y en la medida que su celo aumentaba, combatían con más ardor y éxito en la guerra santa a la que ellos se habían comprometido contra el endemoniado imperio.

 

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