Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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Los milagros

III. Los poderes milagrosos otorgados a la iglesia primitiva.

Los poderes sobrenaturales que, hasta en esta vida eran dados a los cristianos, sobre el resto de la humanidad, tienen que haberles dado una cierta tranquilidad hasta haber llegado a convencer a los infieles.

Aparte de los prodigios ocasionales, que pueden, algunas veces, puestos en efecto por la inmediata interposición de la deidad, cuando él suspendía las leyes de la naturaleza para el servicio de la religión, la iglesia cristiana, desde el tiempo de los apóstoles y sus primeros discípulos, ha reclamado para sí una ininterrumpida sucesión de poderes milagrosos, el don de lenguas, de visión y profecía, el poder de arrojar demonios, de sanar a los enfermos y resucitar a los muertos.

El conocimiento de lenguas extranjeras era frecuentemente comunicado por los contemporáneos de Ireneo, a pesar de que, Ireneo en persona, se encontraba con bastantes dificultades frente a los dialectos bárbaros cuando predicaba el Evangelio a los nativos de las Galias.

La inspiración divina, tanto si fue traída en forma de visión, caminando o en sueños, se describe como un favor investido liberalmente sobre todos los rangos de los fieles, en mujeres y ancianos, en niños como también en los obispos. Cuando sus devotas mentes estaban lo suficientemente preparadas por medio de la oración, el ayuno y la vigilias, para recibir el impulso extraordinario, eran transportados fuera de sus sentidos y llevados en éxtasis que lo había inspirado, convirtiéndose en simples órganos del Espíritu Santo, en la misma forma que lo es una flauta para que él pueda soplar en ella. Tenemos que agregar que el diseño de esas visiones estaba dirigido, en la mayor parte de los casos, a describir el futuro de la iglesia, o para ayudar a su presente administración.

La expulsión de los demonios de los cuerpos de aquellos infelices que les había sido permitido atormentar, era considerada como una señal del triunfo de la religión y es constantemente repetida por los antiguos apologistas como la evidencia más convincente de la verdad del Cristianismo.

La terrible ceremonia se llevaba a cabo en una forma pública y en presencia de un gran número de espectadores donde el paciente, era sanado por medio del poder o habilidad del exorcista y donde, el derrotado demonio, confesaba que era uno de los dioses de fábula de la antigüedad que de forma impía había usurpado la adoración de la humanidad.

Pero la milagrosa cura de enfermedades, las más extrañas y hasta las más fuera de lo normal, no puede dar ocasión a sorprendernos cuando encontramos que en los tiempos de Ireneo, a finales del siglo segundo, la resurrección de los muertos estaba lejos de considerarse como un evento fuera de lo común; pues el milagro era frecuentemente llevado a cabo en muchas ocasiones por la iglesia del lugar, la cual se unía en largos ayunos y súplicas y donde las personas resucitadas vivían luego por largos años entre los miembros de su iglesia.

En ese período en que la fe podía alardear de tantas y tan maravillosas victorias sobre la muerte, parece difícil encontrar el escepticismo de aquellos filósofos que aún rechazaban la despreciada doctrina de la resurrección de los muertos.

Un griego, perteneciente a la nobleza, se apoyó en este punto de controversia y prometió a Teófilo, obispo de Antioquía que abrazaría la fe cristiana si veía la resurrección de una sola persona. Es interesante saber que el prelado de la primera iglesia oriental, a pesar de estar ansioso por la conversión de su amigo, pensó ser adecuado declinar este razonable desafío.

Los milagros de la iglesia primitiva, después de ser sancionados en el tiempo, últimamente han sido atacados de una manera muy abierta, la cual, a pesar de haber tenido una muy favorable recepción por parte del público, aparentemente ha llevado a un escándalo general entre los divinos que andan entre nosotros como también a otras iglesias protestantes de Europa.

Los diversos sentimientos que albergamos sobre este asunto serán mucho menos influenciados por un argumento en particular que por nuestros hábitos de estudio y reflexión y, sobre todo, por el grado de evidencia a que nos hemos acostumbrado a requerir como prueba del evento milagroso. El deber de un historiador no le llama a interponerse en este juicio privado de importante controversia; pues él no debe desarticular la dificultad de adoptar dicha teoría permitiendo la reconciliación del interés de la religión con la razón, haciendo la adecuada aplicación de esa teoría y definiendo, con precisión, los límites de aquél período feliz, libre de errores y engaños al que estamos dispuestos a otorgar los dones de los poderes sobrenaturales.

Desde el primero de los padres hasta el último de los papas, una sucesión de obispos, de santos, de mártires y de milagros, ha continuado sin interrupción; y el progresivo avance de la superstición ha sido tan gradual y casi imperceptible que desconocemos en qué particular anillo debemos romper la cadena de la tradición.

Cada época porta el testimonio de los maravillosos eventos por los que ha sido distinguida y estos testimonios aparecen no sin menos peso y respetabilidad que las generaciones precedentes, hasta que insensiblemente somos conducidos a darnos cuenta de nuestra propia inconsistencia si, en el siglo ocho o en el doce, negamos al venerable Bede, o al santo Bernardo, el mismo grado de confianza que en el siglo segundo otorgamos a Justino e Ireneo.

Si la verdad de cualquiera de esos milagros es apreciada por su aparente uso y propiedad, cada época tiene no creyentes que convencer, heréticos que refutar y naciones herejes que convertir; y por tanto existen los suficientes motivos para la intervención de los Cielos. Y como cada amigo de la revelación es persuadido por la realidad y cada hombre razonable es convencido del cese de los poderes milagrosos, es evidente que tiene que haber habido un periodo en el que, o bien de repente, o bien poco a poco, estos fueron desapareciendo de la iglesia cristiana.

No importa la era que escojamos, la muerte de los apóstoles, la conversión del imperio romano, la extinción de la herejía de Ariano, la insensibilidad de los cristianos que vivieron en esas épocas podrán igualmente enfrentarse a un justo asunto de sorpresa. Ellos seguían apoyando sus pretensiones después de haber perdido su poder. La credulidad llevaba a cabo la obra de la fe; se permitía al fanatismo utilizar el lenguaje de la inspiración y a los efectos del accidente o las maquinaciones se les otorgaban causas sobrenaturales.

La reciente experiencia de los genuinos milagros deberían haber instruido al mundo cristiano en los caminos de la Providencia y habituar su ojo (si nos es permitido utilizar una muy inadecuada expresión) al estilo del Divino Artista.

Si el más habilidoso de los pintores de la Italia moderna presume con decorar sus vanas imitaciones con el nombre de Rafael o Correggio, el insolente fraude sería prontamente descubierto y rechazado con indignación.

Cualquiera sea la opinión que tengamos acerca de los milagros de la iglesia primitiva desde el tiempo de los apóstoles, esta irresistible suavidad de temperamento, tan conspicuo entre los creyentes de los siglos segundo y tercero, demuestra traer un beneficio accidental a la causa de la verdad y la religión. En tiempos modernos, un latente y hasta involuntario escepticismo se adhiere a cualquiera disposición pía. Sus admisiones de verdades sobrenaturales es mucho menos un consentimiento activo que una aceptación fría y pasiva. Por mucho tiempo acostumbrados a observar y respetar el invariable orden de la naturaleza, nuestra razón, o al menos nuestra imaginación, no está lo suficientemente preparada para sustentar una acción visible de la Deidad. Pero en los primeros tiempos del Cristianismo, la situación de la humanidad era completamente diferente. El más curioso o el más crédulo entre los paganos, era frecuentemente persuadido a entrar en una sociedad que afirmativamente reclamaba ser portadores de poderes milagrosos. Los Cristianos primitivos constantemente deambulaban por terrenos místicos y sus mentes estaban ejercitadas en creer los eventos más extraordinarios. Ellos sentían o se gozaban que por todos lados eran incesantemente atacados por demonios, confortados por visiones, instruidos por profecía y sorprendentemente salvados del peligro, enfermedades y hasta de la muerte misma, por medio de las plegarias de la iglesia.

Los verdaderos peligros imaginarios de los que frecuentemente se consideraban ser objeto, bien como instrumentos, bien como espectadores, felizmente les predisponía a adoptar con la misma facilidad, pero con mucha mayor justicia, las auténticas maravillas de la historia evangélica; y estos milagros que no excedían la medida de su propia experiencia, les inspiraba con la más viva seguridad de misterios que fueron reconocidos el sobrepasar los límites de su entendimiento.

Es esta profunda impresión de las verdades sobrenaturales las que fueron tan celebradas bajo el nombre de la fe; un estado mental descrito como la más segura dádiva del favor Divino para una futura felicidad que reclamaba ser el primero o quizá el único mérito de un Cristiano.

De acuerdo a los doctores más rígidos, las virtudes morales, que podían ser igualmente practicadas por los infieles, estaban destituidas de cualquier valor o eficacia en el trabajo de nuestra justificación.

 

 

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