Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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La Moral

IV. La moral pura y austera de los cristianos

Pero los Cristianos primitivos mostraban su fe con sus virtudes; y era justamente supuesto, que la persuasión Divina que iluminaba o sometía el entendimiento, tenía a la vez, a purificar el corazón y a dirigir las acciones del creyente. Los primeros apologistas del Cristianismo quienes justificaban la inocencia de sus hermanos en la fe, y los escritores de ese último período quienes celebraban la santidad de sus primogenitotes, desplegaban con los colores más vivos, la reforma en el comportamiento que fueron introducidos al mundo por medio de la predicación del Evangelio.

A la vez que es mi intención señalar solamente las causas humanas que permitían ayudar la influencia de la revelación, también mencionaré brevemente dos motivos que naturalmente puedan mostrar la vida de los Cristianos primitivos como más austera que la de aquellos Paganos contemporáneos  o sus degenerados sucesores – arrepentimiento por sus pasados pecados y el laudable deseo de apoyar la reputación de la sociedad en la que ellos se encontraban.

Es un antiguo reproche, sugerido por la ignorancia o la malicia de la infidelidad, que los Cristianos integraban en sus filas a los más atroces criminales quienes, tan pronto eran tocados por un soplo de remordimiento, fácilmente eran persuadidos a limpiar, en las aguas del bautismo, la culpabilidad de sus pasadas conductas, de la que los templos de los dioses rehusaban otorgarles ningún tipo de expiación.

Pero este reproche, una vez limpiado de falsas interpretaciones, contribuía en mucho al honor como también al aumento de la iglesia. Los amigos del cristianismo pueden reconocer, sin sonrojarse, que muchos de sus más eminentes santos habían sido, antes de su bautismo, pecadores empedernidos.

Después del ejemplo del Divino Maestro, los misionarios del Evangelio no eludían asociarse con hombres ni mujeres especialmente, oprimidos por su remordimiento y a menudo por los efectos de sus vicios. A medida que salían del pecado y las supersticiones hacia la gloriosa esperanza de la inmortalidad, ellos decidían dedicarse a una vida, no solamente de virtud sino también de penitencia. Su deseo de perfección se convirtió una pasión que dominaba sus almas y es bien sabido que, en tanto la razón abraza un frío balance, nuestras pasiones nos urgen con violencia sobre el especio que se encuentra entre los extremos más apartados.

Cuando los nuevos conversos se encontraban dentro del número de los fieles y eran admitidos a los sacramentos de la iglesia, se encontraban restringidos a recaer a sus pasados desórdenes por otra razón no tan espiritual sino de una naturaleza más inocente y respetable. Cualquier grupo social que ha abandonado el gran grupo nacional, o la religión a la que pertenecían, inmediatamente se convierte en el foco de observación de todo el mundo.

En proporción a lo pequeño del número, el carácter de la sociedad puede ser afectada por las virtudes y los vicios de las personas que lo componen y cada miembro está encargado de vigilar con suma atención sobre su comportamiento y el de sus hermanos ya que en la misma forma que su mal comportamiento puede traer una desgracia común, su buen comportamiento le da la esperanza de incluirse y formar parte y partícipe de una buena reputación común.

Cuando los Cristianos de Bitinia fueron traídos frente al tribunal del joven Plinio, aseguraron al procónsul que no solamente estaban muy lejos de haberse envuelto en conspiración alguna puesto que estaban atados a una obligación solemne de mantenerse alejados de aquellos crímenes que podían perturbar la paz, tanto pública como privada, de la sociedad, tales como el robo, adulterio, perjurio y fraude.

Casi un siglo después, Tertuliano con sincero orgullo se enorgullecía de que pocos Cristianos habían sido castigados por manos de la ley excepto aquellos que fueron perseguidos por la creencia de su religión.

Su vida seria y obscura, contraria al lujo y boato de la época, les inculcaba castidad, temperancia, austeridad y todas aquellas virtudes domésticas.

Como la mayoría de ellos se dedicaba al comercio o eran profesionales, se les imponía la necesidad de la más estricta integridad y seriedad en su trato, la que los profanos estaban prontos a enfrentarse como una apariencia de santidad.

El mundo en que vivían les ejercitaba en los hábitos de humildad, temperancia y paciencia. Cuanto más eran perseguidos más se arrimaban los unos a los otros. El servicio mutuo y su confianza carente de sospecha, fue observada por los infieles y, a menudo, abusada por sus amigos deshonestos.

Es una memorable circunstancia para la moral de los primitivos Cristianos, que hasta sus faltas, o mejor dicho: sus errores, eran generalmente generados como una consecuencia de su virtud. Los obispos y doctores de la iglesia, como demuestra la evidencia y hasta la práctica de sus contemporáneos, habían estudiado las escrituras con menos habilidad que devoción; pues a menudo recibían los preceptos más rígidos de Cristo y los apóstoles, en su forma literal, los que la prudencia de comentaristas posteriores han aplicado una interpretación menos rígida y figurativa.

Ansiosos por exaltar la perfección del Evangelio sobre la sabiduría de la filosofía, los celosos padres se habían hecho cargo de la auto-mortificación, pureza y paciencia para llegar a la altura de lo que difícilmente es posible llegar y mucho menos mantener y preservar en nuestro presente estado de debilidad y corrupción. Una tan extraordinaria doctrina y tan sublime tiene inevitablemente que traer consigo la admiración del pueblo; pero no fue bien calculado para obtener el sufragio de los aquellos poetas mundiales quienes, en el comportamiento de esta vida transitoria, solamente cubrían sus sentimientos naturales y los intereses de la sociedad.

Existen dos muy naturales tendencias que pueden distinguir a la más virtuosa y la más liberal de las disposiciones, el amor a los placeres y el amor a la acción. Si el primero es refinado por el arte de aprender, mejorado por la elegancia del trato social y corregido un poco por la economía, la salud y la reputación, este será el productor de la mayor parte de la felicidad de la vida privada. El amor por la acción es un principio de una naturaleza mucho más fuerte y dudosa. A menudo lleva hacia la furia, ambición y venganza, pero cuando es conducido por un sentido de propiedad y benevolencia, se convierte en el padre de todas las virtudes y si esas virtudes vienen acompañadas con iguales habilidades, una familia, una propiedad o un imperio, pueden llegar a estar en deuda con el indomable coraje de un solo hombre por su seguridad y prosperidad. Por tanto podemos estar de acuerdo que el amor por los placeres es el más aceptable y que el amor por la acción habrá que darle las calificaciones de más útil y respetables.

El carácter en el que ambos, el uno y el otro, debe unirse y armonizarse, parecería constituir la idea más perfecta de la naturaleza humana.

Una disposición insensible e inactiva, que pueden considerarse similares para destruir a ambos, debe ser rechazada unánimemente por el ser humano, como totalmente incapaces de procurar felicidad alguna para el individuo, ni beneficio alguno para el resto del mundo. Pero no era en este mundo en el que los primitivos cristianos tenían deseos de que se estuviera de acuerdo con ellos ni tampoco de ser útiles.

El adquirir conocimiento, ejercitar nuestro razonamiento o el agradable fluir de una conversación amena y relajada, pueden emplear el abandono de una mente liberal. Tales esparcimientos, sin embargo, eran rechazados con horror o admitidos con muchísimo cuidado, por la severidad de los padres de la iglesia, quienes desechaban todo conocimiento que no era útil para la salvación y quienes consideraban el peso del discurso como un abuso criminal del don de la palabra. En nuestro presente estado de existencia el cuerpo está tan inseparablemente conectado con el alma que parece ser nuestro interés probar, con inocencia y moderación, las alegrías a las que es susceptible nuestro fiel compañero. Muy diferente era el razonamiento de nuestros devotos predecesores, vanamente tratando de imitar la perfección de los ángeles, ellos despreciaban, o aparentaban despreciar, cualquier placer bien fuera terrenal o corporal. Algunos de nuestros sentidos son necesarios para nuestra conservación, otros para nuestra subsistencia y otros para nuestra información; por esta razón era imposible rechazar su uso.

La primera sensación de placer era marcada como el primer momento de su abuso. El insensible candidato al cielo era enseñado, no solamente a resistir los groseros ataques del gusto o del olfato, sino hasta cerrar sus oídos ante la profana armonía de los sonidos, y ver con indiferencia el más elaborado producto de arte humano.

Elegantes vestidos, casas magníficas y muebles elegantes eran supuestos unir una doble pena de orgullo y sensualidad: una simple y mortificada apariencia era más adecuada para el Cristiano que estaba seguro de sus pecados y dudoso de su salvación. Al censurar el lujo, los padres eran extremadamente meticulosos y circunstanciales.

Ver el trabajo de Clemente de Alejandría titulado El Pedagogo, el cual contiene los rudimentos de la ética tal como era enseñada en las escuelas cristianas más importantes.

 Entre los variados artículos que levantaban la pía indignación se encontraban: las pelucas o pelo falso, piezas de vestir de otro color que no fuera el blanco, instrumentos de música, vasijas de oro o plata, elegantes cojines (ya que Jacob posó su cabeza sobre una piedra), pan blanco, vinos extranjeros, saludos públicos, el uso de baños con agua templada, la práctica de afeitarse la barba, que, de acuerdo a la expresión de Tertuliano, es una mentira contra nuestra cara y un impío intento de mejorar la obra del Creador.

Cuando el cristianismo fue introducido entre los ricos y los educados, se abandonaron esas leyes para aquellos que ambicionaban una santidad mayor. Pero para los rangos inferiores de la humanidad, siempre es fácil, a la vez de agradable, reclamar el mérito de alejarse de la pompa  y el placer que la fortuna había puesto fuera de su alcance.

La virtud del cristiano primitivo, como la de los primeros romanos, era casi siempre guardad por la pobreza y la ignorancia.

La casta severidad de los padres de la iglesia, en todo lo concerniente a los dos sexos, fluía siempre por el mismo conducto: su horror por cualquier tipo de gozo que pudiera gratificar lo sensual y degradar la naturaleza espiritual del hombre. Era de su favorita opinión que si Adán hubiera preservado su obediencia hacia Dios, él hubiera vivido para siempre en un estado de pureza virginal y que algún tipo de inocente modo de vegetación hubiera poblado el paraíso con una raza de inocentes y eternos seres humanos. El uso del matrimonio fue solamente permitido a su caída descendencia como una necesidad para continuar la especie humana, y como un control, un tanto imperfecto, para la licenciosa naturaleza del deseo.

La indecisión de la casuística ortodoxa en este asunto interesante traiciona la perplejidad del hombre poco inclinado a aprobar una institución que estaban obligados a tolerar.

Algunos herejes gnósticos eran más consistentes: rechazaban el matrimonio.

Listar las leyes caprichosas que circunstancialmente impusieron sobre el matrimonio, forzaría una sonrisa de nuestros jóvenes y sonrojaría al pálido.

Era de consenso unánime que un primer matrimonio era adecuado para todos los propósitos de la naturaleza y la sociedad. La conexión sexual fue refinada en una semejanza a la mística unión de Cristo con su iglesia y fue pronunciada indisoluble ni por divorcio ni muerte. La práctica de un segundo matrimonio era catalogado como un adulterio legal y las personas que eran culpables de tan escandalosa ofensa contra la pureza Cristiana, eran inmediatamente excluidos de todos los honores y hasta de los brazos de la iglesia.

Como el deseo era imputado como un crimen, el matrimonio era tolerado como un defecto, esto era consistente y dentro de los mismos principios el considerar un estado de celibato como una cercana aproximación a la perfección Divina.

Era con gran dificultad que la antigua Roma pudiera soportar la institución de las seis vestales; pero la iglesia primitiva estaba llena con un gran número de personas de ambos sexos que se habían dedicado a la profesión de perpetua castidad.

Ver una curiosa Disertación sobre las Vestales, en las Memoires de l’Academie des Inscriptions. A pesar de los honores y premios que eran otorgados a esas vírgenes, era siempre difícil encontrar un número suficiente; como tampoco podían las penas más horribles detener su incontinencia.

Unos pocos, entre los que podemos nombrar el instruido Orígenes, juzgaba ser lo más prudente desarmar el temperamento. Algunos eran insensibles y otros invencibles contra los ataques de la carne. Desdeñando la ignominiosa lucha las vírgenes de clima caliente de Africa, encontraron al enemigo en su lugar más próximo; permitieron a los ministros y diáconos compartir su lecho y gloriarse entre las llamas de su inmaculada pureza. Pero insultaron a la naturaleza en algunos casos reclamando sus derechos, y esta nueva especie de martirio solamente sirvió para introducir en la iglesia un nuevo escándalo.

Sin embargo, entre los ascetas cristianos, muchos, cuanto menos presuntuosos, resultaban probablemente los más exitosos. La pérdida de placer sexual fue sustituido y compensado por un orgullo espiritual. Hasta la gran mayoría de los paganos se inclinaban a valorar el mérito del sacrificio debido a su aparente dificultad, y fue en la alabanza de estas castas esposas de Cristo que los padres de la iglesia derramaron todo el poder de su elocuencia.

Estos fueron los primeros trazos de los principios monásticos y las instituciones que, en una época posterior, hicieron el contrapeso a todos los avances temporales de la Cristiandad.

Los ascetas (tan temprano como en el siglo segundo) hicieron cosa propia el mortificar sus cuerpos, absteniéndose de la carne y el vino. Mosheim p. 310

Para los Cristianos no les era menos adverso a sus negocios que los placeres de este mundo. La defensa de sus personas y propiedad no sabían cómo conciliar con la paciente doctrina que abrazaba un perdón ilimitado a las injurias pasadas y que además les invitaba a la recepción de nuevos insultos.

Su simplicidad se ofendía por el uso de juramentos, por la pompa de los magistrados y la exclusión de participar en la vida pública; tampoco podía su ignorancia humana convencerse que era legal, en ninguna ocasión, derramar sangre de sus semejantes, ni por justicia ni por guerra, inclusive si intentos hostiles o criminales amenazaban la seguridad y la paz de toda la comunidad.

Ver Morale des Peres. Los mismos pacientes principios han sido resucitados por la Reforma por los Socinians, los modernos Anabautistas y los Quaqueros. Barklay el defensor de los quaqueros, ha protegido a sus hermanos por la autoridad de los primeros cristianos.

Era reconocido que, bajo una ley menos perfecta, los poderes de la constitución judía habían sido ejercidos con la aprobación celestial por inspirados profetas y ungidos reyes. Los Cristianos creían y así anunciaban que tales instituciones podían ser necesarias para el sistema presente del mundo y de agrado se sometían a la autoridad de sus gobernantes paganos. Pero si bien, por un lado inculcaban al máximo su pasiva obediencia, por otro rehusaban tomar parte activa en la administración civil o en la defensa militar del imperio. Alguna indulgencia podía permitirse a aquellas personas que, antes de su conversión, se dedicaban a tan violentas y sanguinarias ocupaciones; pero era imposible que los Cristianos, sin renunciar a una más sagrada obligación, pudieran tomar el papel de soldados, magistrados o príncipes.

Tertuliano, en De Corona Militis, sugiere la conveniencia de desertar; un consejo que, si hubiera sido de conocimiento general, no era muy adecuado para obtener el favor de los emperadores hacia la secta de los Cristianos.

No existe algo que deba asombrarnos, dice Guizot, en el rechazo de los Cristianos primitivos a tomar parte en la vida pública. Como Cristianos no podían entrar en el Senado, que, de acuerdo al propio Gibbon, siempre se reunía en un templo o lugar consagrado y donde cada senador, antes de tomar su asiento, hacía las libaciones de unas gotas de vino y quemaba incienso en el altar. Como Cristianos, no podían asistir a fiestas y banquetes, los cuales siempre terminaban en libaciones, las que al fin y al cabo, debido a la innumerable cantidad de deidades, estaban íntimamente entretejidas con cada circunstancia, tanto de la vida privada como la pública y a las que los Cristianos no podían participar sin caer en culpa o impiedad.

Este indolente y hasta criminal desdeño por el servicio público, les exponía ante los reproches de los paganos, quienes frecuentemente preguntaban ¿Cuál sería el destino del imperio, atacado por los bárbaros en sus cuatro costados, si toda la humanidad tomara la pusilánime actitud de la nueva secta?

A esta insultante pregunta, los apologistas Cristianos daban contestaciones oscuras y ambiguas puesto que no podían revelar el secreto de su seguridad: la esperanza de que antes de que la conversión de la humanidad se llevara a cabo, el gobierno, las guerras, el imperio Romano, y hasta el mismo mundo, dejarían de existir.

Debemos observar que de igual manera, la situación de los primeros cristianos muy felices con sus escrúpulos religiosos y su aversión hacia la vida pública contribuía en lugar de excusarlos del servicio en y no de su exclusión de los honores del estado y el ejército.   

 

 

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