VI. Los primeros años de la Iglesia
Es un derecho indudable de cada sociedad, el excluir de su comunión y beneficios a aquellos miembros que rechazan o violan las regulaciones establecidas por consentimiento general. En el ejercicio de este poder, las censuras de la iglesia cristiana estaban principalmente dirigidas hacia los escandalosos pecadores, en particular, aquellos que eran reos de crimen, fraude o incontinencia; contra los autores o los seguidores de una opinión herética condenada por el juicio de la orden episcopal; y contra aquellos infelices que tanto por su propia elección o por compulsión, se habían corrompido, después del bautismo, por medio de algún acto o adoración idólatra.
Las consecuencias de la excomunión eran de naturaleza temporal y espiritual y el cristiano contra quién había sido esta pronunciada era alejado de las ofrendas de los fieles, se disolvían los lazos de amistad, tanto religiosos como privados; se encontraba siendo un objeto de abominación por parte de las personas que más estimaba o por las que más tiernamente amaba y en tanto que la expulsión de tan respetable sociedad pudiera imprimir en su carácter una marca de desgracia, él era ignorado o sospechado por la mayoría de la humanidad.
La situación de esos infortunados exilios era por sí mismo muy doloroso y de profunda melancolía; pero como generalmente ocurre las aprensiones exceden con mucho a los sufrimientos.
Los beneficios de la comunión cristiana eran los de la vida eterna, no pudiendo ellos borrar de sus mentes la terrible opinión grabada en las mentes de aquellos gobernantes eclesiásticos, a quienes la Deidad había otorgado las llaves del infierno y el paraíso.
Los herejes, que podían haber encontrado apoyo en el conocimiento de sus intenciones y la aduladora esperanza de haber descubierto, en solitario, el verdadero camino de salvación, luchaban por reconquistar, en sus particulares asambleas, el descanso, tanto temporal como espiritual, que ya no podían obtener de la gran sociedad de cristianos.
Y casi todos aquellos que se habían luchado por rendirse al poder del vicio o idolatría, estaban sensiblemente conscientes de su situación de caídos y ansiosamente deseosos de ser restaurados a los beneficios de la comunión cristiana.
Referente al tratamiento de estos penitentes, habían dos opiniones opuestas, una de justicia y otra de piedad, las que dividían a la iglesia primitiva.
La más rígida e inflexible rechazaba otorgarles, para siempre y sin excepción, ni siquiera el peor lugar en la santa comunidad de la que desgraciadamente habían desertado; dejándoles con el remordimiento de una conciencia pecadora, les permitían solamente el débil rayo de esperanza de que, su vida y muerte de contrición, pudiera ser posiblemente aceptada por el Ser Supremo.
Los Montañistas y Novacianos, que con rigor y obstinación se adherían a esta opinión, llegaron ellos mismos a encontrase entre el número de excomulgados herejes. (Mosheim, Secul, i y ii)
Un sentimiento un poco más suave era abrazado, tanto en la teoría como en la práctica, por las más puras y más respetables de las iglesias cristianas.
Las puertas de reconciliación de los cielos, rara vez le eran cerradas a un penitente que regresaba, pero una severa y solemne forma de disciplina era instituida, la cual, en tanto servía para expiar el crimen cometido, podía poderosamente detener a los espectadores de imitar su funesto ejemplo.
Humillados ante una confesión pública, famélicos y demacrados por el ayuno y vestidos de tela de saco, el penitente se postraba a la puerta de la asamblea, con lágrimas implorando el perdón de sus ofensas, solicitando las oraciones de los fieles.
Si la falta era de aterradora naturaleza, años enteros de penitencia eran considerados inadecuados para satisfacer a la justicia divina; y siempre era por medio de un lento y doloroso proceso que el pecador, el hereje o el apóstata eran gradualmente aceptados dentro del centro de la iglesia.
Una sentencia de excomunión perpetua era, sin embargo, reservada para ciertos crímenes de extraordinaria magnitud y, particularmente para los inexcusables recaídas de aquellos penitentes que ya habían experimentado y abusado de la clemencia de sus superiores eclesiásticos.
De acuerdo a las circunstancias o el número de los pecadores, era variado el uso de la disciplina, estando esta sujeta a la discreción del obispo.
Los concilios de Ancira e Illiberis se llevaron a cabo casi simultáneamente, la primera en Galacia y la segunda en España; pero sus respectivos cánones, aún en nuestro poder, se respira un espíritu diferente.
Los gálatas que después de su bautismo habían, en repetidas ocasiones, ofrecido sacrificios a los ídolos, podían obtener el perdón después de siete años de penitencia; y si hubiera llegado a seducir a otros a seguir su ejemplo, solamente tres años más eran agregados al término de su exilio.
Pero el infeliz español que hubiera cometido la misma ofensa, era desposeído de la esperanza de reconciliación aunque estuviera próximo a la muerte; su idolatría era colocada por encima de otros diecisiete crímenes, contra los que una sentencia, no menos terrible, era pronunciada.
Entre ellos podemos distinguir la imperdonable falta de calumniar a un obispo, un presbítero o hasta un diácono.
La bien templada mezcla de liberalidad y rigor, la dispensación juiciosa de premios y castigos, de acuerdo a las máximas de política tan bien como de justicia, constituían la fuerza humana de la iglesia.
Los obispos, cuyo cuidado paternal se extendía al gobierno de los dos mundos, eran sensibles a la importancia de estas prerrogativas; y cubriendo su ambición con una cierta medida de amor y orden, eran muy celosos de cualquier rival ejerciendo una disciplina necesaria para prevenir la deserción de aquellas tropas que se habían alistado bajo la bandera de la Cruz y cuyos números se hacían, cada día, más considerables.
Por las imperiosas declamaciones de Cipriano, naturalmente podemos concluir que las doctrinas de excomunión y penas formaban una parte importante de la religión y que era mucho menos peligroso para los discípulos de Cristo del dejar pasar por alto el cumplimiento de ciertas obligaciones morales que desoír las censuras contra la autoridad de sus ministros.
En algunas ocasiones podemos imaginar escuchar la voz de Moisés, cuando ordenó a la tierra abrirse y tragar bajo un fuego consumidor, a la raza rebelde que rehusaba dar obediencia al sacerdocio de Aarón; y en algunas ocasiones podemos suponer escuchar al cónsul Romano afirmado la majestad de la república y declarando su inflexible resolución de aplicar todo el rigor de la ley.
“Si tales irregularidades son sufridas con impunidad” (es tal que el obispo de Cartago reprueba la clemencia de su colega), “si tales irregularidades son sufridas, habrá un fin al VIGOR EPISCOPAL” (Cipriano Epístola 69).
Cipriano había renunciado aquellos honores temporales que quizá nunca hubiera obtenido; pero al obtener un mando tan absoluto sobre las conciencias y entendimiento de una congregación, aunque por pocos conocida y despreciada, era más gratificante para el corazón humano que la posesión del poder más despótico impuesto por las armas o la conquista sobre un pueblo reacio a someterse.
En el curso de esta importante, aunque tediosa, encuesta, he intentado mostrar las causas secundarias que tan eficientemente ayudaron a la verdad de la religión Cristiana. Si entre esas causas hubiéramos descubierto algún artificial ornato, circunstancias accidentales o alguna mezcla de error y pasión, no sería sorprendente si la humanidad hubiera sido la más sensiblemente afectada por tales motivos, como resultado de su imperfecta naturaleza.
Fue por la ayuda de esas causas, – celo exclusivo, la inmediata espera de otro mundo, los milagros, la práctica de una virtud rígida y la constitución de la primera iglesia – que el cristianismo se extendió con tanto éxito por todo el imperio Romano.
Hasta el primero de aquellos Cristianos se sentía agradecido por su invencible valor, que desdeñaban el capitular ante un enemigo al que habían decidido eliminar.
Las tres siguientes causas reesforzaron su valor con las armas más formidables.
La última de esas causas unieron su coraje, dirigieron sus armas y puso su fuerza en ese irresistible peso que hasta una pequeña banda de intrépidos y bien entrenados voluntarios tan a menudo poseen sobre la indisciplinada multitud, ignorantes del asunto y despreocupados de los eventos de la guerra.
En las varias religiones del Politeísmo, algunas formadas por deambulantes fanáticos de Egipto y Siria, que se dirigían a la crédula superstición del pueblo, eran quizá la única orden de sacerdotes que traían completo apoyo y credibilidad a su profesión sacerdotal, siendo muy profundamente afectados por una preocupación personal acerca de la seguridad y prosperidad de sus deidades tutelares.
Las artes, maneras y vicios de los sacerdotes de la diosa Siria, fueron humorísticamente descritos por Apuleo en su octavo libro de su Metamorfosis.
Los ministros del Politeísmo, tanto en Roma como en provincias, eran en su mayoría hombres de noble cuna y generosa fortuna, quienes recibían, como honorable distinción, el cuidado de un conocido templo o un lugar sacrificio público. Estos mostraban, frecuentemente a sus propias expensas, los juegos sagrados y con fría indiferencia ejecutaban sus ritos ancestrales de acuerdo a las leyes y modas de su país.
Cuando se encontraban ejecutando sus ocupaciones normales de trabajo diario, su celo y devoción no eran influenciadas ni existía interés alguno en mostrar un carácter religioso.
Dedicados a sus respectivos templos y ciudades ellos permanecían sin conexión alguna de disciplina o gobierno; y en tanto reconocían la suprema jurisdicción del senado, del cuerpo de pontífices y el emperador, estos magistrados civiles se contentaban con mantener en paz y con dignidad la general adoración de los creyentes.
Ya hemos observado cuán sueltos e inciertos eran los sentimientos religiosos de los politeístas. Eran abandonados, casi sin control a las artes y supersticiones de sus obras.
Las accidentales circunstancias de su vida y situación determinaban el objeto a la vez que el grado de su devoción; y en tanto que su adoración estaba prostituida por miles de deidades, era poco probable que sus corazones pudieran estar susceptibles de una muy sincera y viva pasión por alguno de ellos.
Cuando el cristianismo apareció en el mundo, hasta esas débiles e imperfectas expresiones habían perdido mucho de su poder original.
La razón humana, que por sí misma es incapaz de percibir los misterios de la fe, había ya obtenido un fácil triunfo sobre el loco paganismo y cuando Tertuliano y Lactancio hicieron el trabajo de exponer su falsedad y extravagancia, se vieron obligados a transcribir la elocuencia de Cicerón o la chispeante inteligencia de Luciano.
El contagio de estos escritos escépticos fue difundido más allá del número de sus lectores.
La moda de la incredulidad se transmitió desde el filósofo hacia el hombre de mundo o de los negocios, del noble al plebeyo y del dueño al esclavo que servía a su mesa y que ávidamente escuchaba la libre conversación.
En públicas ocasiones, la parte filosófica de la gente, predispuesta a tratar con respeto y decencia las instituciones religiosas del país, su secreta contención traspasaba el delgado y extraño disfraz y entonces, el pueblo, cuando descubría que sus deidades eran rechazadas por aquellos rangos del entendimientos a los que ellos acostumbraban a admirar, se llenaron con dudas y aprensiones concernientes a las verdades que emanaban de aquellas doctrinas a las que se habían sometido en la más implícita de las creencias.
La decadencia de los antiguos prejuicios expuso a una porción muy numerosa de la humanidad al peligro de una situación sin consuelo. Una situación de escepticismo y suspenso puede admirar a las mentes más inquisitivas. Pero la práctica de la superstición era tan aceptada por la multitud que, aunque fueran despertados por la fuerza, aún lamentaban la pérdida de la agradable visión o creencia.
Su amor hacia lo maravilloso y sobrenatural, su curiosidad acerca de los acontecimientos futuros y su fuerte propensión de extender sus esperanzas y miedos más allá de los límites del mundo visible, eran las causas principales que favorecían el establecimiento del politeísmo.
Tan urgente en lo vulgar es la necesidad de la creencia, que la caída de cualquier sistema mitológico será, con toda seguridad, seguido por la introducción de cualquier otra manera de superstición.
Alguna de las deidades, de un más moderno y glamoroso reparto, pronto habrán ocupado los desiertos templos de Júpiter y Apolo, si, en el momento decisivo, la sabiduría de la Providencia no hubiese interpuesto una genuina revelación preparada a inspirar la más racional estima y convicción, a la vez adornada con todo lo que pudiera atraer la curiosidad, la maravilla y la veneración de las gentes.
En su actual disposición, en tanto muchos habían sido casi despojados de sus perjuicios artificiales, pero quedando igualmente susceptibles y deseosos hacia una unión de devoción, algo mucho menos merecido hubiera sido suficiente para llenar el espacio vacío de sus corazones y con ello gratificar la incierta ansiedad de sus pasiones.
Algunos que están inclinados a seguir esta reflexión, a la vez de ver atónitos el rápido progreso del Cristianismo, quizá se sorprendan que su éxito no haya sido aún más rápido y universal.
Ha sido observado, con verdad a la vez de propiedad, que la conquista de Roma preparó y facilitó la de la Cristiandad.
En el segundo capítulo de esta obra, hemos tratado de explicar de qué manera, las más civilizadas provincias de Europa, Asia y África, fueron unidas bajo el dominio de un soberano y gradualmente conectadas por medio de un más íntimo lazo de leyes, procedimientos y lenguaje.
Los judíos de Palestina que tan gustosos esperaban a su temporal libertador, dieron una tan fría recepción a los milagros del profeta divino que se encuentra innecesario publicar, ni siquiera preservar, evangelio hebreo alguno.
Las auténticas historias sobre los hechos de Cristo, fueron compuestos en el idioma griego, a una considerable distancia de Jerusalén y después que los gentiles conversos fueron extremadamente numerosos.
Los críticos modernos no están dispuestos a creer lo que los padres unánimemente afirman, que S. Mateo compuso su evangelio en hebreo, del que solamente se conserva su traducción griega. No obstante es peligroso rechazar su testimonio.
Tan pronto esas historias fueron traducidas al latín, fueron perfectamente inteligibles para todos los habitantes del imperio romano, excepto los campesinos de Siria y Egipto, para cuyo beneficio, versiones más particulares se llevaron a cabo más tarde.
Las carreteras públicas, construidas para el uso de las legiones, abrieron un fácil camino para los misioneros cristianos desde Damasco hasta Corinto y desde Italia hasta los extremos de España e Inglaterra. Tampoco esos conquistadores espirituales encontraron alguno de los obstáculos que usualmente retrasan o previenen la introducción de una religión extranjera en un distante país.
Existe una fuerte razón para creer que antes de los reinos de Diocleciano y Constantino la fe de Cristo había sido predicada en todas las provincias y en todas las grandes ciudades del imperio; pero la fundación de congregaciones y el número de fieles que las constituían, al igual que su comparación con la multitud de infieles, se encuentran ahora perdidos en la oscuridad o desteñidas por la ficción.
No obstante las imperfectas circunstancias de como han llegado a nuestro conocimiento el crecimiento del número de cristianos en Asia y Grecia, en Egipto, en Italia y en el Oeste, nos prepararemos ahora a relatar, sin rechazar los datos recogidos, tanto reales como imaginarios que encontramos más allá de las fronteras del imperio Romano.
Las ricas provincias que se extienden desde el Eufrates hasta el mar Jónico, fueron el escenario principal donde el Apóstol de los Gentiles llevó a cabo su muestra de celo y piedad. Las semillas del Evangelio, las que él hubo esparcido por suelo fértil, fueron diligentemente cultivadas por sus discípulos y pareciera que durante los primeros dos siglos, el más considerable grupo de cristianos se encontraba dentro de estos límites geográficos.
Entre las sociedades instituidas en Siria, ninguna era más antigua o más industriosa que aquellas de Damasco, Berea o Alepo e inclusive Antioquia.
La profética introducción del libro de las Revelaciones de S. Juan, describió e inmortalizó las siete iglesias del Asia – Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Laodicea y Filadelfia – y sus colonias pronto fueron difundidas sobre aquel populoso país.
En un período temprano, las islas de Chipre y Creta, las provincias de Tracia y Macedonia, dieron una favorable recepción a la nueva religión y las repúblicas cristianas pronto fueron fundadas en las ciudades de Corintio, Esparta y Atenas. La antigüedad de las iglesias griegas y asiáticas permitió un suficiente espacio de tiempo para su aumento y multiplicación y hasta un grupo bastante grande de gnósticos y otros herejes sirvió para mostrar la floreciente condición de la iglesia ortodoxa, no obstante, los llamados herejes siempre fueron dados a un grupo de seguidores menos numeroso.
A esos testimonios podemos añadir la confesión, las protestas y las aprensiones de los propios gentiles. Desde los escritos de Luciano, un filósofo que estudió a la humanidad y que describe sus actos con los más vívidos colores, sabemos que bajo el reinado de Cómodo, su país de origen, el Ponto, estuvo lleno de epicúreos y cristianos.
Luciano en Alexandro, c. 25. Sin embargo el cristianismo debía haber estado muy desigualmente disuelto por el Ponto; a mediados del siglo tercero, no había más de diecisiete creyentes en la gran diócesis de NeoCesárea. Ver M de Tillemont, Memoirs Ecclesiast Tom. Iv p. 675, tomado de Basil y Gregorio de Nissa, quienes eran natives de Cesárea.
Después de ochenta años de la muerte de Cristo, el humano Plinio lamenta la magnitud del mal que él, en vano, trata de erradicar.
De acuerdo a los antiguos, Jesucristo sufrió bajo el consulado de los dos Géminis, en el año 29 de nuestra era. De acuerdo a Pagi, Plinio fue enviado a Bitinia el año 110.
En esta curiosa epístola al emperador Trajano, afirma que los templos estaban casi desiertos, que las sagradas víctimas apenas podían ser encontradas y que la superstición no solamente había infectado las ciudades, sino que también había llegado a las villas y al campo de Ponto y Bitinia. (Crisóstomo, tomo vii p. 658)
Sin dedicar un minucioso escrutinio a las expresiones y motivos de estos escritores que, o celebraban o lamentaban el progreso del cristianismo en el Este, en general podemos observar, que ninguno de ellos nos dejó una base desde donde podamos formar un justo estimado de la real cantidad de fieles habitando en estas provincias. Sin embargo una circunstancia ha sido afortunadamente preservada, la cual parece arrojar una luz un tanto diferente a tan oscuro e interesante asunto.
Bajo el reinado de Teodosio, después que el cristianismo disfrutó por más de sesenta años del favor imperial, la antigua e industriosa iglesia de Antioquia estaba formada por cien mil personas, tres mil de los cuales eran ayudadas por la generosidad pública.
El esplendor y dignidad de la reina del Este, el reconocimiento de las poblaciones de Cesarea, Seleucia y Alejandría, y la destrucción de doscientas cincuenta mil almas en el terremoto que sacudió Antioquia bajo el reinado de Justino el Viejo, son también pruebas muy convincentes que la totalidad de sus habitantes era de no menos medio millón y que los cristianos, a pesar de multiplicarse con celo y poder, no podían exceder a una quinta parte de la población que habitaba en la gran ciudad.
¡Que diferente proporción debemos adoptar cuando comparamos a los perseguidos, con la triunfante iglesia, el Oeste con el Este, remotas aldeas con populosas ciudades, y países, recién convertidos a la fe, con el lugar donde los creyentes por primera vez recibieron el nombre de Cristianos!
No podemos, sin embargo, desentendernos que en otro pasaje, Crisóstomo, a quién debemos esta útil información, enumera la multitud de fieles de ser superior a la de los judíos y los paganos.
Pero la solución a esta aparente dificultad es fácil y obvia. El elocuente predicador traza un paralelo entre las constituciones, civil y eclesiástica de Antioquia; entre los cristianos que han alcanzado el cielo por bautismo y los ciudadanos que tienen el derecho de compartir la libertad pública. Esclavos, extranjeros y niños, eran incluidos en el primero y estaban excluidos del último.
Acerca de esto, Milman dice que los escritos de Crisóstomo acerca de la población de Antioquia, cualesquiera fuera su veracidad, son consistentes. En un pasaje cifra esta en 200.000. En otra dice que los cristianos eran 100.000. En una tercera afirma que los cristianos conformaban más de la mitad de la población. Gibbon ha desconocido el primer pasaje y ha sacado su estimado de población de Antioquia de otras fuentes. Los 3.000 que eran asistidos por las dádivas, estaban compuestos solamente de viudas y vírgenes. O.S.
El amplio comercio de Alejandría y su proximidad con Palestina, permitió una fácil entrada a la religión. Al principio fue abrazada por gran número de Terapeutas, o Esenios, del lago Mareotis, una secta judía que había perdido su reverencia por las ceremonias mosaicas. La vida austera de los esenios, sus ayunos y retiros, la comunidad de bienes, su amor por el celibato, su celo por el martirio y su cálida aunque no pureza de fe, ya ofrecían una vívida imagen de la disciplina de esos primero tiempos.
Basagne, en su Historia de los Judíos, ha examinado con un detallado ojo crítico el curioso tratado de Filo de Alejandría en el que describe a los Terapeutas. Al probar que estuvo compuesto tan antiguo como en tiempo de Augusto, Basagne demuestra, a pesar de Eusebio y de un grupo de católicos modernos, que los Terapeutas no eran ni cristianos ni monjes. Aún queda la posibilidad que cambiaran de nombre, conservando sus actividades, adoptando algunos nuevos artículos de fe y gradualmente convirtiéndose en los padres de los ascéticos egipcios.
Fue en la escuela de Alejandría que la teología cristiana aparece haber tomado una forma regular y científica; y cuando Adriano visitó Egipto, fundó una iglesia compuesta por judíos y griegos lo suficiente importante como para traer la atención de tan inquisitivo príncipe.
Pero el progreso del cristianismo fue, por mucho tiempo, confinado a los límites de una sola ciudad, que de hecho era una colonia extranjera, y hasta finales del siglo segundo los predecesores de Demetrio eran los únicos prelados de la iglesia egipcia.
Tres obispos fueron consagrados a manos de Demetrio y este número fue aumentado a veinte por su sucesor Heraclas.
El grupo de nativos, un pueblo que se distinguía por su exagerada inflexibilidad de temperamento, recogía la nueva doctrina con frialdad y reticencia, e inclusive hasta tiempos de Orígenes, era raro conocer un egipcio que hubiera podido superar los tempranos prejuicios a favor de los animales sagrados de su país. Tan pronto como el cristianismo ascendió al trono, el celo de aquellos bárbaros obedeció al impulso prevalente y las ciudades de Egipto se llenaron de obispos y los desiertos de Tebas surgieron ermitas por doquier.
Un perpetuo río de extranjeros y provincianos fluía por el espacioso centro de Roma. Todo aquello que era extraño y odioso, aquel que era culpable o sospechoso, podía esperar eludir la vigilancia de la ley en la oscuridad de tan inmensa capital.
En tan variada confluencia de naciones, cada maestro, de verdad o falsedad, cada fundador, de asociación virtuosa o criminal, podía fácilmente multiplicar sus discípulos o cómplices.
En el tiempo de la persecución de Nerón, según Tácito, los cristianos de Roma ya eran representados por una gran multitud y el lenguaje del gran historiador es parecido al empleado por Livy cuando relata la introducción y la supresión de los ritos de Baco.
Después que las Bacanales despertaron al senado por su severidad, de igual forma fue comprendido que una gran multitud, como otra clase de gente, habían sido iniciados en esos horrorosos ritos.
Una investigación más cuidadosa nos demuestra que los ofensores no eran más de siete mil, un número, en verdad lo suficiente alarmante cuando consideramos que son sujetos de la justicia pública.
T. Liv. Nada puede haber excedido el horror y consternación del senado, cuando descubrió acerca de las Bacanales, cuya depravación es descrita y probablemente exagerada por Livy.
Es con la misma cándida permisividad que debemos expresar las vagas expresiones de Tácito y en última instancia, las de Plino cuando exageran las multitudes de confundidos fanáticos que han abandonado la establecida adoración a los dioses.
La iglesia de Roma era sin duda la primera y más numerosa del imperio y tenemos documentos auténticos que demuestran el estado de la religión en esta ciudad a mediados del siglo tercero y después de una paz de treinta y ocho años.
En aquel tiempo, el clero estaba constituido por un obispo, cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos y otros tantos sub-diáconos, cuarenta y dos acólitos y cincuenta más entre lectores, exorcistas y porteadores.
El número de viudas, enfermos y pobres que eran sustentados por las dádivas de los fieles, alcanzaban a mil quinientos.
Por las mismas razones que adoptamos con Antioquia, debido a su similitud, nos aventuramos a estimar en cincuenta mil a los cristianos de Roma.
La población de la gran ciudad, no podemos estimarla con seguridad, pero un cálculo conservador no creo que podamos hacerlo bajar de un millón de personas, por lo que los cristianos constituirían un 20 % del total.
Los habitantes de las provincias occidentales parecen haber derivado el conocimiento del cristianismo de la misma fuente por donde aprendieron el lenguaje, los sentimientos y las costumbres de Roma. En esta tan importante circunstancia, África, al igual que las Galias, iban gradualmente tomando forma en el proceso de imitar a la capital. Y a pesar las favorables ocasiones que invitaban a los misioneros de Roma a visitar las provincias latinas, estos tardaron en cruzar el mar o ir más allá de los Alpes; ni tampoco podemos encontrar en estos grandes países trazo alguno de persecución o de fe que fuera anterior al reinado de los Antoninos.
El lento progreso del Evangelio en el frío clima de las Galias contrastaba con la avidez con que fue recibido en las cálidas arenas de África. Los cristianos de África pronto se constituyeron en unos de los primeros cristianos de la iglesia primitiva.
La práctica introducida en esta provincia de formar obispos hasta en las ciudades más pequeñas, contribuyó a multiplicar el esplendor e importancia de las sociedades religiosas, las que, durante el curso del siglo tercero fueron alentadas por el celo de Tertuliano, dirigidas por las habilidades de Cipriano y adornadas por la elocuencia de Lactancio. Pero si, por el contrario, volvemos nuestros ojos hacia las Galias, nos tenemos que contentar con descubrir, en el tiempo de Marco Antonio, las débiles y compactas congregaciones de Lion y Viena; y tan tarde como el reinado de Decio se nos asegura que en una cuantas ciudades – Arles, Narbona, Toulouse, Limoges, Clermont, Tours y París – algunas desparramadas iglesias eran mantenidas por la devoción de un pequeño número de cristianos.
El silencio es, en verdad, muy consistente con la devoción; pero de igual forma que es poco compatible con el celo, podemos percibir y lamentar el lánguido estado del Cristianismo en aquellas provincias que habían cambiado la lengua celta por la latina, ya que no fueron capaces, después de tres siglos, de aportar ni un solo escritor eclesiástico.
Desde las Galias, que clamaba para sí una justa preeminencia de conocimiento y autoridad sobre todos los países a este lado de los Alpes, la luz del Evangelio era más débilmente reflejada en las remotas provincias de España e Inglaterra; y si queremos dar crédito a las vehementes aserciones de Tertuliano, ellos ya habían recibido los primeros rayos de la fe cuando él dirigió su Apología a los magistrados del emperador Severo.
En una disertación de Mosheim, la fecha de esta Apología de Tertuliano es fechada en el año 198.
Pero el difuso e imperfecto origen, de las iglesias occidentales de Europa, ha sido registrada tan negligentemente, que si fuéramos a relatar el año y forma de su fundación, tendríamos que otorgarle la antigüedad del silencio resultado de la avaricia o superstición que, mucho después, fueron dados por los monjes, habitando en la lánguida oscuridad de sus conventos.
En el siglo XV hubo unos cuantos que osaron, por decisión propia o por coraje de preguntar si José de Arimatea fue el fundador del monasterio de Glastonbury y si Dionisio el Aeropagita prefería su residencia de París a la de Atenas.
De todos esos santos romances, los del apóstol Santiago merecen ser mencionados, por su singular extravagancia.
Del pacífico pescador del lago de Genesareth, fue transformado en un valeroso caballero, cabalgando al frente de la caballería española en sus batallas contra los moros.
Los más serios historiadores han celebrado sus hazañas; la milagrosa capilla de Compostela muestra su poder; y la espada de la orden militar de caballería, asistida por los horrores de la Inquisición, fue suficiente para quitar de en medio cualquier objeción de profano criticismo.
Los progresos del cristianismo no quedaron confinados al imperio Romano y, de acuerdo a los primeros padres que interpretan los hechos de la profecía, la nueva religión, dentro del primer año después de la muerte del Divino Autor, había ya visitado todos los confines del globo. Dice Justino el Mártir:
No existe un pueblo, griego o bárbaro o de cualquier otra raza de hombres, por diverso el nombre que pueda ser conocido, aunque sean ignorantes de la agricultura, aunque vivan en tiendas o recorran las tierras en sus cubiertos carruajes, cuyas oraciones no sean elevadas al Padre y creador de todas las cosas, en el nombre del crucificado Jesús.
Pero esta gran exageración, la cual, hasta en el día de hoy sería extremadamente difícil de conciliar con el estado real de la humanidad, solamente puede ser considerada como una riesgosa ostentación de un devoto pero descuidado escritor, en la medida que sus creencias eran reguladas por aquellas de sus deseos.
Pero no las creencias ni los deseos de los Padres de la Iglesia pueden alterar la verdad histórica.
Aún permanece como un hecho indudable que los bárbaros de Cintia y Alemania, los que más tarde destronaron a la monarquía romana, estaban sumergidos en la oscuridad del paganismo; y que hasta la conversión de Iberia, de Armenia o de Etiopía, la expansión del cristianismo no fue intentado con algún grado de éxito hasta que el cetro estuvo en manos de un emperador ortodoxo.
Antes de esto, varios accidentes de guerra y comercio, podían, ciertamente, haber difundido un conocimiento imperfecto del Evangelio entre las tribus de Caledonia y entre los riverños del Rin, el Danubio y el Eúfrates.
Según Tertuliano, la fe cristiana había llegado penetrar en ciertos lugares de Inglaterra que eran inaccesibles a las huestes romanas. Un siglo más tarde, Ossio, el hijo de Fingal, se dice que en su senectud llevó a cabo una disputa con un misionero extranjero y que tal disputa aún se conserva en verso, en el leguaje Erse. Ver Macpherson - Disertación acerca de la antigüedad de los poemas de Ossio.
Más allá de aquel último río, Edesa fue distinguida con una firme y temprana adherencia a la fe.
Desde Edesa, los príncipes de la cristiandad eran fácilmente introducidos en las ciudades de Grecia y Siria, quienes obedecían a los herederos de Atajerjes; pero no aparentan haber causado una profunda impresión en las mentes de los persas, cuyo sistema religioso, por el trabajo de un disciplinado grupo de sacerdotes había sido construido con mucho mayor arte y solidez que las inciertas mitologías de Grecia y Roma
A partir de este estudio imparcial pero imperfecto acerca del progreso del cristianismo, quizá parezca improbable que el número de sus posibilidades haya sido magnificado en exceso, por un lado por miedo y por devoción por el otro lado.
De acuerdo al irreprochable testimonio de Orígenes, la proporción de los fieles era inconsiderable si la comparábamos con el universo del mundo no creyente; pero cuando se nos deja sin una información relevante, es imposible determinar como también es difícil hacer una conjetura, acerca del número real de los primitivos cristianos.
El cálculo más favorable, sin embargo, se puede deducir de los ejemplos de Antioquia y Roma, no nos puede permitir imaginar a más de un 20% de todos los individuos que constituían el imperio, enlistados bajo la bandera de la Cruz antes de la conversión de Constantino. Pero sus hábitos de fe, celo y unión, parecían multiplicar sus números; y las mismas causas que contribuían a su futuro crecimiento, sirvieron para proporcionar la fuerza actual, más aparente que formidable.
Tal es la constitución de la sociedad civil, que, en tanto unas cuantas personas se distinguían por sus riquezas, honores y conocimiento, el cuerpo del pueblo era condenado a la oscuridad, ignorancia y pobreza.
La religión cristiana, la cual se dirigía hacia toda la raza humana, tenía que reunir, en consecuencia, muchos más prosélitos de entre las más bajas que de las más altas clases sociales. Esta inocente y natural circunstancia fue ampliada hacia una odiosa imputación que parece ser menos negada por los apologistas que presentada por los adversarios de la fe: que la nueva secta de cristianos estaba casi enteramente compuesta por lo más bajo del pueblo, de campesinos y mecánicos, de mujeres y niños, de pedigüeños y esclavos y por último podían, en algunas ocasiones, mencionar a los misioneros de familias nobles y ricas a las que pertenecían. Estos oscuros maestros (tal era la malicia de los cargos imputados) eran tan mudos en público como locuaces y dogmáticos en privado. En tanto que cautelosamente evitaban los encuentros con los filósofos, se entremezclaban con la ruda y analfabeta multitud y se insinuaban dentro de las mentes de aquellos que por su edad, sexo o su educación estaban predispuestos a recibir una impresión de terror supersticioso.
Este cuadro tan desfavorable, aunque no dejando de tener un cierto parecido, traiciona, por sus oscuros colores y detalles distorsionados, al lápiz del enemigo.
Tan pronto la humilde fe de Cristo se difundió a través del mundo, fue abrazada por varias personas que habían obtenido resultados de las ventajas naturales o por fortuna.
Arístides, quien presentó una elocuente apología al emperador Adriano, era un filósofo ateniense.
Justino Mártir, había andado tras el divino conocimiento en la escuela de Zenón, Aristóteles, Pitágoras y Platón, antes de ser afortunadamente acosado por el viejo hombre, o el ángel, que le hizo poner su atención en el estudio de los profetas judíos.
Clemente de Alejandría adquirió muchas y variadas lecturas en lengua griega y Tertuliano en latín.
Julio el Africano y Orígenes tenían un profundo conocimiento de los escritos de la época y aunque el estilo de Cipriano es muy distinto del de Lactancia se puede casi descubrir que ambos escritores habían sido profesores públicos de retórica. Hasta el estudio de la filosofía era en gran manera incluida entre los cristianos, aunque no siempre producía el más saludable de los efectos; el conocimiento ha sido siempre el pariente tanto de la herejía como de la devoción y la descripción que fue designada por los seguidores de Artemón puede, con igual propiedad, ser aplicada a las varias sectas que se resistieron a los sucesores de los apóstoles.
Ellos presumen de alterar las Sagradas Escrituras, de abandonar la antigua regla de la fe y de formar sus opiniones de acuerdo a sutiles preceptos de lógica. La ciencia de la iglesia es dejada a un lado por el estudio de la geometría y pierden de vista el cielo en tanto se dedican a medir la tierra. Euclides está perpetuamente en sus manos. Aristóteles y Teofrasto son objetos de su admiración y expresan una reverencia poco común a las obras de Galeno. Sus errores vienen como consecuencia del abuso de las artes y de las ciencias de los infieles y corrompen la simplicidad del Evangelio por medio de los refinamientos de la razón humana.
Eusebio v.28. Debe esperarse que nadie, excepto los herejes, den oportunidad a la queja de Celso: que los cristianos estaban constantemente corrigiendo y alterando los Evangelios.
Tampoco puede asegurarse con veracidad que las ventajas por cuna o fortuna estaban siempre separadas del cristianismo. Algunos ciudadanos romanos fueron llevados ante el tribunal de Plino, tan pronto como este descubrió que un gran número de personas, de todas las clases sociales de Bitinia, habían abandonado la religión de sus ancestros.
Su inesperado testimonio puede, en esta instancia, tener más crédito que el violento desafío de Tertuliano cuando se dirige a los miedos a la vez que a la humanidad del procónsul de África, asegurándole que si persiste en sus crueles intenciones tendrá que destruir Cartago y encontrará culpables a muchas personas de su propio rango, senadores y señoras de noble extracción y a sus amigos y relativos de sus más íntimos amigos.
Parece, sin embargo, que cuarenta años más tarde, el emperador Valerio fue persuadido de esta verdad, cuando en uno de sus escritos evidentemente supone que senadores, caballeros romanos y señoras de alto rango, pertenecían a la secta cristiana.
La iglesia continuaba su aumento y esplendor a costa de su interna pureza; y en el reino de Diocleciano, el palacio, las cortes de justicia y hasta el ejército anidaban en su interior una considerable multitud de cristianos dedicados a reconciliar sus intereses presentes con aquellos de la vida futura.
A pesar de todo, esas excepciones eran o muy pocas, o muy tempranas, para quitar las imputaciones de ignorancia y oscuridad que arrogantemente habían sido arrojadas sobre los primeros prosélitos de la cristiandad.
En lugar de emplear, en nuestra defensa, las ficciones de años pretéritos, sería más prudente convertir la ocasión del escándalo en algo más edificante.
Nuestros serios pensamientos nos sugieren que los apóstoles mismos, fueron elegidos por la Providencia, entre los pescadores de Galilea, y eso, lo menos que consideremos el bajo estado de los primeros cristianos como una condición temporal, mayor razón encontraremos al admirar los méritos de su éxito.
Tenemos que tener presente el recordar diligentemente que el reino de los cielos fue prometido a los pobres de espíritu y a mentes afligidas por calamidades y que para satisfacción de la humanidad alegremente escuchó la divina promesa de felicidad futura; cuando, por el contrario, los afortunados se conformaban con las posesiones de este mundo y los sabios abusaban en su duda y disputa de su vana superioridad de razonamiento y conocimiento.
Tenemos necesidad de estas reflexiones para confortarnos de la pérdida de algunos caracteres ilustres, quienes a nuestros ojos, pueden habernos parecido los más valiosos en nuestro celestial presente.
Los nombres de Séneca, de Plino el joven y el viejo, Tátito, Plutarco, Galeno, Epicúreo el esclavo y del emperador Marco Antonino, adornan la época en la que florecieron y exaltaron la dignidad de la naturaleza humana.
Ellos llenaron con gloria sus respectivos puestos; en sus vidas tanto activas como contemplativas; su excelente entendimiento fue mejorado con el estudio, la filosofía purificó sus mentes de los prejuicios y supersticiones populares y sus días fueron empleados en búsqueda de la verdad y la práctica de la virtud.
Y no obstante, todos estos eruditos, (no es menos con sorpresa que con preocupación), pasaron por alto o rechazaron la perfección del sistema cristiano. Su lenguaje o su silencio igualmente demuestran su desdén hacia la creciente secta que, en aquel tiempo, ya se encontraba diluida por todo el imperio Romano. Aquellos que condescendían a mencionar a los cristianos, los consideraban solamente como unos obstinados y perversos entusiastas, que se apegaban, en una implícita sumisión, a sus misteriosas doctrinas, sin ser capaces de producir un solo argumento que pudiera inclinar a los hombres hacia la atención o un sentido de aprendizaje.
Dr. Lardner, en sus volúmenes primero y segundo acerca de los testimonios sobre judíos y cristianos, recoge e ilustra aquellos de Plino el Joven, de Tácito, de Galeno, de Marco Antonio y quizá de Epiceto, puesto que es dudoso que el filósofo estuviera hablando de los cristianos. La nueva secta pasó totalmente desconocida para Séneca, Plino el Viejo y Plutarco.
Es por tanto dudoso que cualquiera de estos filósofos tuvieran la oportunidad de echar una ojeada a las apologías que los primitivos cristianos repetidamente publicaban en defensa de ellos mismos y de los de su religión, pero es mucho más lamentable que tal causa no hubiera sido defendida por abogados más hábiles. Ellos exponían con superfluo sarcasmo y elocuencia las extravagancias del politeísmo. Interesaban nuestra compasión mostrando la inocencia y sufrimientos de sus heridos hermanos. Pero cuando trataban de de demostrar el origen divino del Cristianismo, reiteradamente insistían en las predicciones que lo anunciaban, que en los milagros que acompañaron la aparición del Mesías.
Su argumento favorito podría haber servido para edificar a un cristiano o convertir a un judío, ya que tanto uno como el otro reconocían la autoridad de esas profecías, y ambos están obligados, con devota reverencia, a buscar su sentido y cumplimiento.
Pero este modo de persuasión pierde mucho de su peso e influencia cuando es dirigida a un grupo de persona que o ni entiende ni respeta la dispensación mosaica y su estilo profético.
En las inexpertas manos de Justino y los apologistas que le sucedieron, el sublime significado de los oráculos hebreos se evapora de diferentes maneras como afectados conceptos y frías alegorías y hasta su autenticidad aparece sospechosa para un gentil inteligente, a causa de la mezcla de piadosas falsificaciones que bajo los nombres de Orfeo, Hermes y las Sibilas le eran lanzados como si tuvieran el mismo valor que las genuina inspiración de los cielos.
Los filósofos, quienes extraían de las Sibilas sus más antiguas predicciones, fácilmente hubieran detectado los plagios de los judíos y cristianos que tan triunfantemente fueron citadas por los padres, desde Justino el Mártir hasta Lactancio. Cuando los versos Sibilinos hubieron cumplido su cometido, estos, al igual que sistema del milenio, fueron calladamente puestos a un lado. La cristiana Sibila, había desafortunadamente fijado la ruina de Roma en el año 195. A.U.C. 948
La adopción del fraude y los sofismas en la defensa de la revelación nos recuerda frecuentemente la poco juiciosa conducta de aquellos poetas que cargan sus invulnerables héroes con el enorme peso de una extravagante y frágil armadura.
Pero ¿cómo podremos excusar la increíble falta de atención del mundo pagano y filosófico hacia esas evidencias que fueron presentadas por manos del Omnipotente, no a su razón, sino a sus sentidos?
Durante la época de Cristo, o de sus apóstoles y de sus discípulos, la doctrina predicada fue confirmada por innumerables prodigios, los inválidos caminaron, los ciegos vieron, los enfermos fueron sanados, los muertos resucitados, los demonios arrojados y las leyes de la naturaleza fueron frecuentemente suspendidas en beneficio de la iglesia. Pero los eruditos de Grecia y Roma los dejaron a un lado y siguiendo en sus ordinarias ocupaciones de la vida y el estudio, se mostraron inconscientes ante las alteraciones de la moral o el gobierno físico del mundo.
Bajo el reino de Tiberio, toda la tierra, o al menos una celebrada provincia del imperio Romano fue envuelta en una, mas allá de lo natural, oscuridad de tres horas de duración.
Hasta este evento milagroso evento que debería haber excitado la maravilla, la curiosidad y la devoción de la humanidad, pasó desapercibido en una época de ciencia e historia.
Ocurrió en tiempos de Séneca y de Plino el viejo, quienes tienen que haber experimentado sus efectos inmediatos, o recibido las más prontas informaciones del prodigio.
Cada uno de estos filósofos, en un trabajo laborioso, han registrado todos los más grandes fenómenos de la naturaleza, terremotos, meteoros, cometas y eclipses, todos los que su infatigable curiosidad pudo recoger.
Ambos, el uno y el otro, han omitido el mencionar el más grande fenómeno al que ojo de mortal ha presenciado y ha sido testigo desde la creación del mundo.
Un claro capítulo de Plino está hecho alrededor de eclipses de una naturaleza extraordinaria o de duración poco usual. Pero se contenta con describir el singular defecto de luz que siguió al asesinato de César, cuando, la mayor parte del año, el halo solar apareció un tanto pálido y sin esplendor.
Esta razón de oscuridad, que de ninguna manera se puede comparar con la, más allá de lo natural oscuridad de la Pasión, fue celebrada por la mayor parte de los poetas e historiadores de aquella memorable época.
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