Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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K

La Doctrina

II. La doctrina de la vida futura.

Los escritos de Cicerón representan con vibrante colorido, la ignorancia, los errores y la inseguridad de los filósofos antiguos con referencia a la inmortalidad del alma. Cuando ellos se sienten deseosos de armar a sus discípulos con­tra el miedo a la muerte, les inculcaban, como algo obvio aunque bajo una posición de melancolía, que el golpe fatal de nuestras desilusiones, nos libera de las calamidades de esta vida, y en consecuencia, no pueden sufrir lo que no existe.

No obstante, hubo algunos sabios en Grecia y Roma que concibieron un más exaltado y, en ciertos casos, una idea más justa acerca de la naturaleza humana, a pesar de que, tenemos que decir que si hurgamos profundamente, sus razones han sido guiadas por su imaginación y esta imaginación ha sacado a relucir su vanidad. Cuando vieron con complacencia la importancia de sus poderes mentales, cuando ejercitaron sus variadas facultades, tales como la memoria, interpretación y juicio, en lo más profundo de sus especulaciones o de sus labores y cuando ellas se reflejaron en el espejo de la fama, transportándoles a épocas futuras, más allá de los límites de la muerte y la tumba, declinaron confundirse con la bestias del campo, o suponer que un ser, por cuya dignidad mantenían en sincera admiración, podía limitarse a ser un punto sobre la tierra y a unos pocos años de duración.

Con esta favorable posesión ellos convocaron la ayuda de la ciencia, o mejor, el leguaje o metafísica. Ellos pronto descubrieron que ninguna de las propiedades de la materia aplicaban a las operaciones de la mente y por tanto el alma humana tenía que ser de una sustancia diferente a la del cuerpo, puro, simple y espiritual, incapaz de disolución, y susceptible a un más alto grado de virtud y felicidad después de abandonar su prisión corporal. Desde esos erróneos y nobles principios, los filósofos que siguieron en los pasos de Platón dedujeron una muy poco confiable conclusión, ya que afirmaron, no solamente la inmortalidad futura, sino también la pasada eternidad del alma humana, que estaban muy inclinados a considerarla como una parte del infinito espíritu que existe por sí mismo y que prevalece y sostiene el universo.

La pre-existencia del alma humana, al menos como una doctrina compatible con la religión, fue adoptada por muchos de los padres de la iglesia griegos y romanos. Ver Beausobre, Historia del Maniqueísmo.

Una doctrina de estas características situada más allá de los límites de los sentidos y la experiencia humana parecía haber servido para entretener y hacer divagar a la mente del filósofo; o, en el silencio de la soledad, puede de alguna forma impartir un rayo de tranquilidad a otrora desesperado sentimiento; pero la débil impresión recibida en las escuelas pronto desaparecía por el abrumante ajetreo de la vida activa.

Conocemos perfectamente a las personas de eminencia, que florecieron en la época de Cicerón y de los primeros césares, sus acciones, caracteres y motivos, para estar seguros que, su conducta en esta vida, nunca estuvo regulada por una seria convicción de los castigos o premios a ser recibidos en una forma de estado futura. En sus reuniones y en el senado de Roma, los más hábiles oradores no tenían prejuicio alguno en ofender a sus oyentes exponiendo esa doctrina como una opinión inoperativa y extravagante que era rechazada rápidamente por cada hombre que poseyera una educación liberal y progresista.

Y como, en consecuencia, los esfuerzos más sublimes de la filosofía no pueden extenderse más allá que débilmente apuntar a un deseo, una esperanza o, como mucho, a la probabilidad de un estado futuro, no quedaba nada, si no es la revelación divina para asegurar la existencia y describir la condición del país invisible que está destinado a recibir las almas de los hombres una vez que se han separado de sus cuerpos humanos.

Pero podemos darnos cuenta de varios defectos innatos a las religiones de Grecia y Roma que las colocaban en serias desventajas para cumplir esta difícil tarea.

    1. El sistema general de su mitología no estaba apoyado en pruebas sólidas; y el más listo entre los paganos ya había denunciado la usurpación de la autoridad por este sistema.

    2. La descripción de las regiones infernales habían sido abandonadas al deleite de los pintores y poetas quienes las poblaban con enormes cantidades de fantasmas y monstruos, encargados de dispensar los premios y los castigos, con tan poca equidad, que la verdad, lo más cercano al corazón humano, era oprimida y desgraciada por la más absurda mezcla de ficciones.
    En el libro 11 de la Odisea se narra un horrible e incoherente lugar infernal. Pindar y Virgilio adornaron más el cuadro; pero estos poetas, aunque más correctos que su gran modelo, son culpables de inconsistencias muy extrañas.

    3. La doctrina de un estado futuro del ser humano como un artículo fundamental de la fe, era rara vez considerada por los devotos politeístas de Grecia y Roma. La providencia de los dioses era, generalmente, dirigida hacia las comunidades públicas en lugar de los individuos privados y era principalmente exhibida en el escenario del mundo real. La expresiones de petición llevadas a cabo ante los altares de Júpiter y Apolo, expresaban la ansiedad de sus adoradores en espera de una felicidad temporal y mostraban ignorancia y despreocupación por la vida futura. La importante verdad de la inmortalidad del alma era inculcada con más profusión y éxito en la India, Asiria, Egipto y las Galias; y aunque no podamos atribuir esta diferencia al mayor conocimiento de los bárbaros, tenemos que atribuirlo a la influencia de un establecido cuerpo sacerdotal que empleaba motivos de virtud como instrumento de ambición.
    Si nos concentramos en los galos, podemos observar como ellos entregaban su confianza de no solamente sus vidas, sino su dinero también, a la seguridad de otro mundo. “Vetus ille mos Galorum occurrit – dice Valerio Máximo – quos, memoria proditum est, pecunias mutuas, quae apud inferos redentur, dare solitos”. La misma costumbre es más obscuramente insinuada por Mela. Es innecesario agregar que las ganancias del negocio tienen una justa proporción con el crédito del mercader y que los druídas derivaban de su santa posición un carácter o responsabilidad que difícilmente puede encontrarse en otro grupo de hombres.

Nosotros naturalmente esperamos que un principio tan esencial a la religión – inmortalidad del alma – debería haber sido revelado en los términos más claros y precisos al pueblo elegido en Palestina y que a su vez hubiera sido confiado al sacerdocio hereditario de Aarón. Para nosotros es normal adorar las misteriosas dispensaciones de la Providencia...

El correcto y reverendo autor de “El Legado Divino de Moisés” da una, muy curiosa, razón por esta omisión e ingeniosamente contesta a los incrédulos.

La hipótesis de Warburton acerca de este importante hecho, referente al silencio de Moisés, es que éste deliberadamente excluyó la inmortalidad de su sistema para no permitir que los israelitas se creyeran dioses. Sin lugar a dudas es imaginativo y difícilmente puede considerase otra cosa que un ejercicio de fuerza intelectual. Escritores más modernos se han atrevido a dar varias razones por este silencio de Moisés acerca de la inmortalidad del alma. Michaelis dice “Moisés escribió como un historiador y como un portador de la ley; él regulaba la disciplina eclesiástica en lugar de las creencias religiosas de su pueblo y al ser las sanciones de la ley temporales, no tenía ocasión, como un legislador civil, el amenazar con propiedad con castigos en otro mundo”. M. Guizot considera que el estado de civilización en el tiempo del legislador, esta doctrina, si hubiera llegado a hacerse popular entre los judíos, hubiera dado lugar a un sinnúmero de idólatras supersticiones que él deseaba prevenir.

Su objetivo primario era el de establecer una firme teocracia, hacer a su pueblo los conservadores de la doctrina de la Unidad Divina, las bases sobre las que el Cristianismo florecería más tarde. Él cuidadosamente excluyó todo lo que pudiera oscurecer o debilitar esta doctrina. Otras naciones habían extrañamente abusado de sus conocimientos acerca del la inmortalidad del alma; Moisés deseaba prevenir este abuso, por esto el prohibió a los israelitas consultar a la nigromancia (los que evocan a los espíritus de los muertos – Deuteronomio 18:2). Aquellos que meditan acerca de los paganos y los judíos y con la facilidad que la idolatría penetraba por todos los lados, no se asombrarán ante el hecho de que Moisés no haya desarrollado una doctrina, cuya influencia podía haber sido más perniciosa que beneficiosa para sus pueblo.

Moisés, tomando en consideración diferentes aspectos encontrados en sus escritos, como el pasaje relativo a la translación de Enoch (Génesis v. 24), la prohibición de nigromancia (Michaelis cree que él es el escritor del Libro de Job, a pesar de que esta teoría está generalmente rechazada. Otros eruditos consideran este libro era conocido por Moisés), a la vez de considerar su larga residencia en Egipto y su conocimiento acerca de la sabiduría egipcia, no podía ser ignorante a la doctrina de la inmortalidad del alma. Pero esta doctrina, si bien podía haber sido popular entre los judíos, era considerada puramente egipcia y, total e íntimamente conectada con todo el sistema religioso de aquel país. Sin lugar a dudas esta doctrina estaba diseñada principalmente hacia la trasmigración de las almas, quizá con nociones análogas al sistema de las “emanaciones” de la India en las que el alma humana era un efluente, y e consecuencia parte, de la deidad.

La religión mosaica trazó un amplio e insalvable trecho entre el creador y lo creado, tanto seres como cosas: esto los hace diferentes a todas las religiones orientales y la egipcia. Como entonces la inmortalidad del alma estaba así inseparablemente mezclada con aquellas religiones extranjeras que deberían ser erradicadas de las mentes del pueblo, y de ninguna manera necesarias para el establecimiento de la teocracia, Moisés mantuvo un silencio al respecto y dejó que, en un futuro más favorable de la historia de la humanidad, se desarrollara una noción más pura de este concepto. O.S.

...cuando descubrimos que se omite la doctrina de la inmortalidad del alma, de la ley de Moisés; esta es oscuramente insinuada por los profetas; y durante los largos períodos que ocurrieron entre los cautiverios egipcio y babilónico, los miedos y las esperanzas de los judíos, parecían haber sido relegados al estrecho momento de la presente vida.

Después que Ciro permitió a la exilada nación regresar a la tierra prometida, y después que Ezra re-estableciera los antiguos ritos de la religión, dos conocidas sectas, los Saduceos y los Fariseos, surgieron en Jerusalén. La primera, surgida de los sectores más opulentos y distinguidos de la sociedad, estaba fijamente atada al sentido literal de la ley mosaica y rechazaban la inmortalidad del alma como una opinión que no recibía apoyo alguno por parte de los libros sagrados quienes ellos reverenciaban como única regla de su fe.

A la autoridad de las Escrituras, los fariseos le agregaban la tradición y ellos aceptaban, bajo el nombre de tradiciones, varias doctrinas provenientes de la filosofía o religiones de naciones orientales. Las doctrinas de la predestinación o el destino, las de los ángeles y espíritus y las de un estado futuro del alma con objeto de recibir los premios o los castigos, eran, entre otras, algunas de sus creencias; y como los fariseos, por su vivir austero, habían arrastrado a su partido la mayoría del cuerpo de los judíos, la inmortalidad del alma se convirtió en un sentimiento prevalente en la sinagoga durante el reinado de los príncipes y pontífices Asmoneos.

El temperamento de los judíos era incapaz de contentarse con una afirmación tan lánguida y fría como la que satisfacía a las mentes politeístas y tan pronto como admitieron la idea de un estado futuro del alma humana, la abrazaron con el celo que siempre fue característico de esta nación. Su celo, sin embargo, no agregaba cosa alguna a su evidencia o ni siquiera a su probabilidad y era aún necesario que la doctrina de la vida y la inmortalidad, que había sido dictada por la naturaleza, aprobada por la razón y aceptada por la superstición, pudiera obtener la sanción como verdad divina por medio de la autoridad y el ejemplo de Cristo.

Cuando le fue propuesto a la humanidad la promesa de la felicidad eterna con la condición de adoptar la fe y la observación de los preceptos del Evangelio, no es ninguna maravilla el hecho que tan favorable oferta hubiera sido aceptada por tan gran número de seres de todas la religiones, todos los rangos y en todas las provincias del imperio romano.

A los antiguos cristianos les movía la aceptación de su presente existencia y la justa confianza de su inmortalidad, a la cual, la dudosa e imperfecta fe de nuestra época, es incapaz de darnos la noción adecuada.

En la iglesia primitiva la influencia de la verdad era poderosamente reforzada por la opinión de que, a pesar de haber merecido el respeto por su utilidad y antigüedad, no había llegado a estar de acuerdo con la experiencia.

Era creído universalmente que el fin del mundo y el reino de los cielos estaba por llegar. Su proximidad había sido predicado por los apóstoles; la tradición había guardado esto por medio de sus primeros discípulos y aquellos que entendieron los discursos de Cristo en su sentido literal, estaban obligados a esperar la segunda y gloriosa venida del Hijo del Hombre en las nubes, antes del fin de la presente generación que había conservado su humilde condición sobre esta tierra y habían sido testigos de las calamidades sufridas por los judíos bajo los reinados de Vespasiano y Adriano.

El desarrollo de los diecisiete últimos siglos nos ha enseñado a no ceñirnos muy fuerte al misterioso lenguaje de la profecía y la revelación; pero tan pronto que, por sabias decisiones, este error era permitido en la iglesia, era provechoso con efectos saludables para la fe y práctica de los cristianos, los cuales vivían bajo la tremenda espera de ese momento, cuando el mundo entero y todas las razas de la humanidad temblarían ante la aparición del Juez Divino.

Esta espera era generada por el capítulo 24 de S. Mateo y la primera epístola de Pablo a los Tesalonicenses. Eramo elimina la dificultad por medio de la alegoría y la metáfora y el estudioso Grotius se aventura a insinuar que la pía decepción era permitida por muy sabios motivos.

Algunos teólogos – dice Guizot – lo explican sin el uso de la alegoría ni de la pía decepción. Ellos dicen que, Jesucristo, después de proclamar la ruina de Jerusalén y la destrucción del templo, habla de su segunda venida y de los signos que la precederían; pero aquellos que entendieron que el momento estaba cerca se engañaron a sí mismo por el sentido de dos palabras, un error que aún existe en nuestras versiones del Evangelio según S. Mateo 24:29, 34.

En el verso 29 leemos, “inmediatamente después de la tribulación de esos días...” La palabra griega “eutheos” significa “al mismo tiempo” “de repente”, pero no “inmediatamente”, así pues quiere decir la repentina aparición de los signos anunciados por Jesucristo y no lo corto del intervalo que lo separaba de los días de la tribulación de que estaba hablando.

De igual manera en el versículo 24 leemos “no pasará de esta generación sin que esto sea cumplido”.

Jesús, hablando a sus discípulos utiliza la palabra “genea”, que ha sido traducida por “esta generación” y que en realidad quiere decir “esta raza de mis discípulos” o que la raza de Cristianos permanecerán hasta su venida. – O.S.

La antigua y popular doctrina del Milenio estaba íntimamente conectada con la segunda venida de Cristo. En la medida que la obra de la Creación había sido completada en seis días, su duración en este momento, de acuerdo a la tradición que se atribuía la profeta Elías, había sido hecha en seis mil años.

Ver el libro de Burnet, Teoría Sacra, parte III, cap. 5. Esta tradición se remonta hasta el autor de la Epístola a Bernabé, quien la escribió en el siglo primero y que aparenta tener mitad de sangre judía.

Por la misma analogía se llegaba a la conclusión que este largo período de trabajos y labores, que ahora estaba casi concluido, sería seguido por un alegre Sábado de mil años.

La iglesia primitiva de Antioquia calcula casi 6.000 años desde la creación del mundo hasta el nacimiento de Cristo. Africano, Lactantius y la iglesia de Grecia redujeron el número a 5.500 y Eusebio contaba 5.200. Estos cálculos eran tomados del Septuaginto el cual fue universalmente recibido durante esos 6.000 años. La autoridad de la Vulgata y de los textos hebreos han determinado que Protestantes y Católicos modernos se inclinen por 4.000 años; aunque en el estudio de la antigüedad profana, ellos se encuentran con poco margen de operación en tan estrechos límites.

También que Cristo, con su triunfante grupo de santos y los electos que escaparon a la muerte o los que han sido resucitados milagrosamente, reinarían en la tierra por mil años, tiempo señalado para la resurrección general.

Era tan agradable esta esperanza en la mente de los creyentes, que la Nueva Jerusalén, lugar de la silla del resplandeciente trono, fue inmediatamente adornada con todos los colores más increíbles que la imaginación podía pensar.

Una felicidad consistente en solamente un placer puro y espiritual parecería altamente refinado para sus habitantes que aún se suponía poseyeran su naturaleza y sentidos humanos. Un jardín del Edén enmarcado dentro de una vida pastoral, no era considerado por la avanzada vida de la sociedad prevaleciente en el imperio romano. Por tanto se construiría una ciudad de oro y piedras preciosas y una sobrenatural plenitud de grano y vino en su territorio adyacente; en tan libre y alegre ambiente el pueblo feliz jamás sería oprimido por celosas leyes que regularan la propiedad privada.

La mayor parte de estas imágenes eran sacadas de una falsa interpretación de Isaías, Daniel y Revelación. Una de las más toscas imágenes se puede encontrarse en Ireneo, el discípulo de Papías, quién había visto al apóstol S. Juan.

La seguridad del Milenio fue cuidadosamente inculcada por una sucesión de padres de la Iglesia a partir de Justino Mártir e Ireneo quienes conversaron con los inmediatos discípulos de los apóstoles hasta Lactancio, preceptor del hijo de Constantino.

Ver el segundo diálogo de Justino con Tryfón y el libro séptimo de Lactancio. No es necesario discutir para llegar a la conclusión que el resto de los padres de la iglesia están de acuerdo y no disputan la doctrina del milenio. No obstante un curioso lector debería consultar “Daille de Usu Patrum” (L 2, C 4).

La doctrina del Milenio es presentada por Justino Mártir como su propia creencia y la de sus hermanos ortodoxos, de forma clara y solemne en “Diálogo con Tryfonte” páginas 177 y 178 de la edición Benedictina. Si al principio de este importante pasaje hay algunas inconsistencias, las podemos achacar o bien al autor o bien a sus transcriptores.

El Milenio es descrito en lo que en su tiempo fue el 41° Artículo de Fe de la Iglesia de Inglaterra, como “una fábula de herencia judía”. O.S.

A pesar de que esta doctrina puede no ser recibida universalmente, parece ser de la creencia de la mayoría de los creyentes ortodoxos; y parece estar bien adaptada a los deseos y aprensiones de la humanidad que ha contribuido, en gran parte, al progreso de la fe cristiana. Pero cuando el edificio de la iglesia fue casi terminado, el apoyo temporal fue dejado de lado.

La doctrina del reino de Cristo sobre la tierra fue, en un principio, como una profunda alegoría, fue considerado bajo diferentes grados de opinión dudosa y fútil y con mucho, rechazada como una absurda invención de herejía y fanatismo.

Una misteriosa profecía que aún forma parte del Canon Sagrado, pero que se pensó tomaba ventaja de un sentimiento, había escapado, por poco margen, a la crítica de la iglesia.

En el concilio de Laodicea (alrededor del año 360) el libro de las Revelaciones de S. Juan fue excluido del Canon Sagrado por las mismas iglesias de Asia a quién había sido escrito; y también sabemos, debido a la ratificación hecha por Sulpicio Severo que esta sentencia había sido ratificada por la mayor parte de los cristianos de la época. ¿Cuál es la causa, entonces, de la razón por la que, en el momento presente, es acogido tan efusivamente por el mundo romano, griego y protestante? Las razones, pueden ser alguna de estas:

    1. Los griegos fueron sometidos a la autoridad de un impostor, quién, en el siglo sexto, asumió el carácter de Dionisio el Aeropagita.

    2. Una justa aprensión de que los eruditos podrían convertirse en más importantes que los teólogos envueltos en el concilio de Trento reunidos para poner el sello de su infalibilidad sobre todos los libros de la Escritura contenidos en la Vulgata latina, entre los cuales, afortunadamente se encuentra el libro de la Apocalipsis. (Fr. Paolo, Historia del Concilio de Trento, libro 2).

    3. La ventaja que ofrece este libro de volverse contra la Sede de Roma, inspiró positivamente a los protestantes hacia tan útil e insigne aliado. Ver los ingeniosos y elegantes discursos del obispo de Lichfield en tan prometedor asunto.

La exclusión de la Apocalipsis, dice Milman, no es improbablemente asignada a su poca posibilidad de ser leída en las iglesias. Al respecto, Lactancio creía que este libro profetizaba que un gran imperio asiático surgiría de las ruinas de Roma. O.S.

En tanto la felicidad y la gloria de un reino temporal eran prometidos a los discípulos de Cristo, las más terribles calamidades eran denunciadas contra el mundo no creyente. La construcción de la Nueva Jerusalén avanzaría a la misma velocidad que la destrucción de la mística Babilonia; y en tanto que los emperadores que reinaron antes de Constantino persistieron en profesar la idolatría, el epíteto de Babilonia era aplicado a la ciudad y al imperio de Roma.

Se hizo un listado de todos los males físicos y morales que podrían afligir a la incipiente nación: discordia interna y la invasión de fieros bárbaros procedentes de las desconocidas regiones del Norte, pestilencia y hambre, cometas y eclipses, terremotos e inundaciones.

Todas estas cosas no eran más que las alarmantes señales preparatorios de la gran catástrofe de Roma, cuando el país de los Escipiones y los Césares sería consumido por el fuego proveniente de los cielos y la ciudad de las siete colinas, con sus palacios, sus templos y sus arcos triunfales, se hundirían en un enorme lago de fuego y azufre. Sin embargo, podría haber algún consuelo para la vanidad romana, en el que el período del imperio sería igual al del mundo el cual, de la misma manera que en otro tiempo pereció bajo las aguas, su destino, ahora, era experimentar una segunda y rápida destrucción, esta vez bajo el fuego.

En la opinión de un consenso general de la fe cristiana, estos felizmente coincidían con la tradición del Este, la filosofía de los estoicos y la analogía con la Naturaleza; y hasta el mismo país el cual, por motivos religiosos, había sido el elegido como la escena principal de destrucción por fuego, estaba adaptada para ese propósito por razones naturales y físicas – por sus profundas cavernas, lechos sulfurosos y numerosos volcanes, de los cuales el Etna, el Vesubio y el Lípari imperfectamente representaban lo que sucedería. El más calmado y el más escéptico no podía rehusar reconocer que la destrucción del sistema de mundo presente, por medio del fuego era, en sí mismo, bastante probable. El cristiano, que fundaba sus creencias en la autoridad tradicional de la interpretación de las Escrituras y no en los equívocos argumentos de la razón, lo esperaba con terror y seguridad de ser un evento que ciertamente se aproximaba; y su mente estaba constantemente llena con la solemne idea, por lo que cada desastre que ocurría en el imperio lo consideraba como un síntoma infalible de un mundo que agonizaba.

Respecto a esto, cualquier lector que guste de profundizar, gozará con la lectura de la tercera parte de la Historia Sagrada de Burnet. Él hace de una mezcla entre filosofía, Escritura y tradición, un sistema maravilloso que en su descripción, muestra una fuerza e imaginación que no tienen nada que envidiar a Milton.

La condena del más inteligente y virtuoso de los paganos, por causa de su ignorancia o incredulidad acerca de las verdades divinas, parece ofender la razón y la humanidad de la época presente.

Y no obstante, cualquiera que sea el lenguaje de los individuos, es aún doctrina pública de todas las iglesias cristianas; de igual manera no podemos rehusar a admitir las conclusiones que son extraídas de los Artículos ocho y dieciocho. Los Jansenitas, que con gran diligencia han estudiado las obras de los padres de la iglesia, mantienen este sentimiento con gran celo y el estudioso Tillemont nunca cita a un emperador virtuoso sin pronunciarle su condenación. Zuinglius es quizá es el único dirigente de un grupo que nunca ha adoptado un sentimiento más suave y no le quita culpabilidad a los Protestantes ni a los Católicos. Ver Historia de las diferentes Iglesias Protestantes de Bossuet, l. 2 c. 19-22

Pero la iglesia primitiva, cuya fe tenía una consistencia mucho mayor, sin duda alguna, envió al eterno castigo a la mayor parte de la raza humana. Una esperanza un poco mas caritativa podemos permitirnos a favor de Sócrates, o alguna otra parte de las épocas antiguas, que consultaron la luz de la razón antes del advenimiento del Evangelio.

Justino y Clemente de Alejandría permiten que alguno de los filósofos antiguos fueran educados por el Logos, confundiendo el doble significado de la razón y la Divina Palabra.

Pero era afirmado unánimemente que todos aquellos que nacieron después de la muerte de Cristo y que habían persistentemente participado en la adoración de demonios, ni merecían, ni podrían jamás esperar el perdón de la ofendida justicia divina.

Estos sentimientos rígidos, desconocidos en el mundo antiguo, habían, aparentemente, introducido un sentimiento de amargura dentro un sistema donde abundaba el amor y la armonía. Los lazos de unión de sangre y amistad, eran frecuentemente rotos como consecuencia de la diferencia de creencias religiosas; y los cristianos, que en este mundo se encontraron oprimidos por el poder de los paganos, eran algunas veces seducidos por el resentimiento y el orgullo espiritual, a deleitarse sobre la realidad de su prometida victoria futura.

“Estás lleno de expectativas” decía Tertuliano “espera la mayor de las esperanzas, el último y eterno juicio del universo. ¡Cómo admiraré! ¡Cómo me reiré! ¡Cómo me alegrare! Cuando observe a tantos monarcas orgullosos y tantos engalanados dioses, gruñendo en las más obscuras profundidades del abismo; tantos magistrados, que persiguieron el nombre del Señor, derritiéndose en un arrasador fuego mucho más fuerte que los que ellos prendieron contra los cristianos; tantos filósofos ardiendo entre las fuertes llamas con sus engañados seguidores; tantos famosos poetas temblando ante el tribunal, no de Minos, sino de Cristo; tantos dramaturgos hundidos en la expresión de su propio sufrimiento; tantos bailarines...” La humanidad del lector me permitirá poner un velo sobre el resto de esta descripción infernal que el celoso africano prosigue enumerando.

Sin lugar a dudas había muchos, entre los primitivos cristianos, con un temple más próximo a la humildad y la caridad dentro de sus actitudes. Había muchos que sentían una sincera compasión por el peligro que corrían sus amigos y vecinos y que expresaban su celo más benevolente para salvarlos de la próxima destrucción. El descuidado politeísta, asaltado por nuevos e inesperados terrores, de los que ni sus sacerdotes ni filósofos podían ofrecerle protección alguna, frecuentemente se aterrorizaban y se deprimían por la amenaza de las torturas eternas. Estos miedos podían ayudarles en el progreso de su fe y razonamiento y si lograba persuadirse a pensar que la religión cristiana podía ser la verdadera, sería luego una tarea mucho más fácil convencerse que era el mejor y más prudente grupo al que debía unirse.

 

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