Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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El Nuevo Nacimiento

EL NUEVO NACIMIENTO

Por C. H. Mackintosh

Ediciones Bíblicas

1166 Perroy (Suiza)

Edición original en inglés

EL NUEVO NACIMIENTO

¿QUÉ ES?

«Jesús le dijo: ... A menos que el hombre naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios... En verdad te digo: A menos que el hombre naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo» (Juan 3:37).

INTRODUCCIÓN

Pocos asuntos espirituales han originado mayor dificultad y perplejidad que el de la regeneración, o sea, el nuevo nacimiento. Muchísimos creyentes objetos del nuevo nacimiento ignoran su significado y más aun: dudan de que se haya operado en ellos mismos. Muchos, si fuesen a expresar sus pensamientos, dirían: « ¡Oh, si yo supiese con certeza que he pasado de muerte a vida!... ¡si solamente supiese que he nacido de nuevo!, ¡qué feliz sería! ». Y así permanecen, agobiados por dudas y temores, día tras día, año tras año. A veces, llenos (le esperanza, creen que el gran cambio se ha realizado en ellos; pero, de repente, algo surge en su alma o en su vida que les induce a pensar que dicha esperanza era ilusoria.

Lo que ocurre es que juzgan el asunto por sus propios sentimientos y experiencia, en vez de hacerlo a través de la pura y sencilla enseñanza de la Palabra de Dios. Me temo que la causa principal de la incomprensión a este respecto proviene de la costumbre de predicar la regeneración y sus frutos en lugar de anunciar a Cristo; de colocar el efecto antes de la causa, lo cual provocará siempre mucha confusión.

Consideramos, pues,

      • 1. ¿Qué es la regeneración?
      • 2. ¿Cómo se produce?
      • 3. ¿Cuáles son sus resultados?

1  ¿QUÉ ES LA REGENERACIÓN?

Muchos se figuran que es un cambio radical de la vieja naturaleza, operado por el Espíritu Santo, hasta que ésta quede exterminada. Lo que encierra dos errores: a) en cuanto a la verdadera condición de la vieja naturaleza y b) respecto de la personalidad del Espíritu Santo. En otras palabras, es negar que la naturaleza humana es irremediablemente arruinada y representar el Espíritu Santo más como una influencia que como una Persona.

El testimonio de la Palabra

Veamos lo que dice la Palabra de Dios con referencia a la naturaleza del ser humano: «Y vio Jehová (Dios) que era mucha la maldad del hombre en la tierra, y que toda imaginación de los pensamientos de su corazón era solamente mala todos los días», o sea, que todos sus pensamientos y deseos sólo y siempre tendían al mal (Génesis 6:5). Las palabras «toda», «solamente» y «todos los días» excluyen por completo cualquier idea de enmienda; es decir, de que pudiera haber algún principio redentor en la condición humana delante de Dios. Y más adelante, leemos aun: «Jehová desde el cielo tiende. la vista sobre los hijos de los hombres, para ver si hay algún entendido, alguno que busque a Dios. ¡Todos han apostatado a una se han corrompido: no hay quien haga bien, no hay ni siquiera uno!» (Salmo 14:2,3). Aquí nuevamente las expresiones «todos», «a una» y «no hay ni siquiera uno» excluyen la menor noción de mejoramiento en la condición del ser humano, tal como es juzgada en la presencia de Dios.

Habiendo sacado una prueba de los escritos de Moisés y otra de los Salmos, tomemos unas cuantas más de los Profetas: «¿ Por qué querréis ser castigados aún, para que sigáis rebelándoos más y más? la cabeza toda está ya enferma, el corazón todo desfallecido; desde la planta del pie hasta la cabeza, no queda ya en él cosa sana ... » (Isaías 1:5, 6). « Una voz dice: ¡Clama! y otra le contesta: ¿Qué he de clamar? Que toda carne es hierba, y toda su hermosura como la flor del campo», que se marchita pronto (Isaías 40:6). «Engañoso es el corazón más que todas las cosas y es desesperadamente malo» (literalmente: «incurable», «desahuciado») (Jeremías 17:9).

Bastarán dichas citas del Antiguo Testamento; veamos ahora unos textos del Nuevo: «Pero Jesús no se fiaba de ellos; porque conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca del hombre; porque sabía él mismo lo que había en el hombre» (Juan 2:24, 25). «Lo que es nacido de la carne, carne es» (Juan 3:6). Léase también el vivido testimonio de Romanos 3:919: «... ¿acaso estamos en mejor caso que los gentiles? No, de ningún modo; porque hemos ya acusado tanto a los judíos como a los griegos, que todos están bajo el pecado; según está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios... ni siquiera tino... Mas sabemos que cuanto dice la ley, ella lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca enmudezca, y el mundo todo se tenga por reo delante de Dios. » «Porque el ánimo carnal (esto es: el sentir, la mente de la «carne» o del «hombre natural») es muerte... por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra Dios; pues no está sujeto a la ley de Dios, ni a la verdad lo puede estar; y los que están en la carne (en su condición natural de ser no regenerado, no nacido de nuevo) no pueden agradar a Dios- (Romanos 8:68.) Y el Apóstol Pablo recordaba a los Efesios que: «en aquel tiempo estabais sin Cristo, estando extrañados de la ciudadanía de Israel, y siendo extranjeros con respecto a los pactos de la promesa; no teniendo esperanza, y sin Dios en el mundo» (cap. 2:12.) Podríamos multiplicar las citas, pero no es preciso. Estas prueban claramente que la naturaleza humana es «corrompida», cual«podrida llaga», «inútil», «sin esperanza» y completamente «desahuciada». ¿Cómo, pues, estando en semejante condición ante Dios, podría ella reformarse y menos aun transformarse? «¿Puede acaso el etíope mudar su piel o el leopardo sus manchas ?» (Jeremías 13:23). «Lo torcido no se puede enderezar, y lo falto no se puede contar» dijo ya el Eclesiastés (1:15).

El método divino

Cuanto más detenidamente examinemos la Palabra de Dios, tanto mejor veremos que el método divino no consiste en reformar una cosa arruinada, sino en crear algo enteramente nuevo. La finalidad del Evangelio no es la de mejorar al hombre  como si le pusieran un remiendo en su vestido viejo, deshilachado y gastado sino en proveerle de uno nuevo. La Ley y los Mandamientos (que el hombre no cumplió) no surtieron efecto alguno; aquélla esperaba algo del hombre, pero nunca lo recibió, y éstos fueron promulgados, pero el hombre se valió de los mismos para excluir a Dios. El Evangelio, por el contrario, nos muestra a Cristo magnificando la Ley y haciéndola honorable; nos revela a Cristo muriendo en la cruz y clavando allí las ordenanzas que nos eran contrarias; presenta a Cristo levantado de la tumba y ocupando su sitio  como Conquistador a la diestra de la Majestad en las alturas; y, finalmente, declara que cuantos creen en su nombre son partícipes de su propia vida y vienen a ser una sola cosa con el Señor resucitado. Lea cuidadosamente los siguientes pasajes:

«Estas (cosas) empero han sido escritas, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20:31). «Séaos pues notorio..., que en el nombre de éste (Jesús) os es predicada remisión de pecados; y que de todo aquello de que no pudisteis ser justificados por la ley de Moisés, en él es justificado todo aquel que cree» (Hechos 13:38, 39). «Fuimos pues sepultados con él, por medio de¡ bautismo a la muerte: para que, de la manera que Cristo fue resucítado de entre los muertos, por el glorioso poder del Padre, así también nosotros anduviésemos en la virtud de una vida nueva. Pues si hemos venido a ser unidos con él por la semejanza de su muerte, lo seremos también por la semejanza de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, para que fuese destruido (eliminado o abolido) el cuerpo del pecado, a fin de q ue ya no estuviésemos más bajo la servidumbre del pecado: pues el que ha muerto al pecado, libertado está del pecado. ... Asimismo también vosotros, estimaos como muertos en verdad al pecado, mas vivos para Dios, en Jesucristo» (véase Romanos 6:411). «Ya vosotros os dio vida, estando muertos en las transgresiones y los pecados, en que anduvisteis en un tiempo... Empero Dios, siendo rico en misericordia, a causa de su grande amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestras transgresiones, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y nos levantó juntamente con él, y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales en Cristo Jesús» (Efesios 2:16). En el capítulo 3:1419 de la misma epístola añadirá el Apóstol: «Por esta causa, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, ... (rogando) que seáis fortalecidos con poder, por medio de su Espíritu, en el hombre interior; que habite Cristo en vuestros corazones, por medio de la fe; a fin de que, estando arraigados y cimentados en amor, podáis comprender, con todos los santos (o sea, los creyentes) cual sea la anchura, y la longitud, y la altura y la profundidad y conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento; para que seáis llenos de ello, hasta la medida de toda la plenitud de Dios. » No deje de leer, por fin, Colosenses 2:915.

Es de suma importancia conocer claramente tan vital asunto, porque si creemos que se producirá un cambio paulatino en nuestra vieja naturaleza, permaneceremos, naturalmente, en continua ansiedad, con dudas y temores, hasta comprobar desilusionados que la «carne» sigue siendo la «carne» (Juan 3:6); o sea, que la vieja naturaleza nunca dejará de serlo hasta el fin. Ninguna influencia u operación del Espíritu Santo puede transformar la «carne» en algo espiritual. Las Sagradas Escrituras la presentan, no como algo que ha de ser mejorado, sino como algo que Dios considera como « muerto », y somos llamados a «amortiguarla» (subyugarla y negarla) en todos sus deseos y obras. Es en la cruz del Señor Jesucristo donde vemos el fin de cuanto pertenece a nuestra vieja naturaleza: «los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne, juntamente con sus pasiones y sus deseos desordenados» (Gálatas 5:24).

No dice aquí que los que son de Cristo, tratan de mejorar y reformar su «carne», sino que «la han crucificado ». ¿Y cómo pueden realizarlo? Por el poder del Espíritu Santo actuando, no sobre la vieja naturaleza, sino en la nueva, capacitándolos para relegar al viejo hombre donde la cruz lo ha colocado: en el lugar de la muerte.

Dios no espera nada de la vieja naturaleza

Dios no espera nada de la «carne» y la considera como muerta; nosotros debemos hacer lo mismo. La puso fuera de su vista, y allí es donde hemos de mantenerla. No debería permitirse la menor manifestación de la vieja naturaleza, por cuanto Dios no lo permite. Bien es verdad que ella está en nosotros, pero Dios nos concede el precioso privilegio de considerarla y de tratarla como muerta. Y la exhortación que el Señor nos dirige es: «Asimismo también vosotros, estimaos como muertos en verdad al pecado, mas vivos para Dios, en Jesucristo>> (Rom. 6:11).

Esto produce un inmenso alivio en el corazón q u e ha luchado desesperadamente durante años para mejorar su naturaleza. Constituye también un poderoso consuelo para la conciencia que intentó fundamentar su paz sobre una reforma gradual de algo que no tiene la menor posibilidad de mejoramiento. Finalmente, es un inmenso descanso para el alma que  año tras año  haya ansiado la santidad, pero que haya considerado a ésta como el mejoramiento de la «carne» que odia la santidad y ama al pecado. Para todas y cada una de éstas, resulta de infinito valor y de suma importancia entender la verdadera natu~ raleza o condición del nuevo nacimiento. Nadie que no lo haya experimentado puede concebir la intensidad de la angustia y la amarga desilusión que siente el alma que esperando en vano alguna mejora en su naturaleza se da cuenta, tras años de lucha, que aquélla sigue siempre siendo la misma. Y, en la medida de su angustia y de su desilusión, será su gozo descubrir que Dios no espera mejora alguna en la vieja naturaleza, sino que la considera como muerta, y a nosotros como vivos en Cristo, unidos a El y aceptos en El para siempre.

Lo que es

La regeneración es, pues, un nuevo nacimiento  el don o comunicación de una vida , la implantación de una nueva naturaleza; la formación de un nuevo hombre. La vieja naturaleza permanece con todas sus características, pero la nueva es introducida también con todas sus cualidades, tendencias y afectos, mas éstos son espirituales, celestiales, divinos. Todos sus anhelos y afanes se dirigen hacia arriba, suspira hacia la fuente celestial de donde ha brotado. Y así como en la naturaleza el agua busca siempre alcanzar su nivel, del mismo modo en el ámbito de la gracia la nueva (y divina) naturaleza apunta siempre al cielo, de donde ha emanado. La regeneración es, pues, para el alma lo que el nacimiento de Isaac fue para la casa de Abraham (Génesis cap. 21). Ismael siguió siendo el mismo Ismael, pero apareció Isaac; del mismo modo, la vieja naturaleza sigue siendo la misma, pero la nueva es introducida en la vida del creyente: «lo que es nacido del Espíritu, espíritu es». Así como el niño participa de la naturaleza de sus padres, los creyentes son hechos «participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4). «De su propia voluntad él (Dios) nos engendró» (Santiago 1:18).

Finalmente, la regeneración es solamente obra de Dios, desde el principio hasta el fin. El es quien obra, el hombre es el feliz y privilegiado objeto de aquella acción. No se busca su colaboración en una obra que llevará siempre el sello de una sola mano todopoderosa. Dios actuó solo en la creación, solo en la redención; de igual manera, debe ejecutar solo la gloriosa obra de la regeneración.

«No a causa de obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino conforme a su misericordia él nos salvó, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo, que él derramó sobre nosotros en rica abundancia, por medio de Jesucristo nuestro Salvador» (Tito 3:56).

2. ¿CÓMO SE PRODUCE EL NUEVO NACIMIENTO?

Habiendo intentado demostrar, con varios pasajes de la Escritura, que la regeneración (o nuevo nacimiento) lejos de ser un cambio en la naturaleza del hombre caído es únicamente la adquisición de la nueva naturaleza (divina), intentaremos ahora  apoyándonos sobre la ense~ nanza del bendito Espíritu Santo  considerar cómo se produce el nuevo nacimiento; cómo se comunica la nueva naturaleza.

Esto es un punto de suma importancia, ya que nos presenta la Palabra de Dios como el gran instrumento del cual el Espíritu Santo se vale para avivar las almas muertas en sus delitos y pecados. Del mismo modo que los cielos fueron de antiguo tiempo creados por la Palabra de Dios (2 Pedro 3:5), así las almas muertas son llamadas por la palabra del Señor de muerte a vida nueva. La Palabra de Dios es creadora y regeneradora; creó los mundos, llamándolos de la nada, y llama a los pecadores de muerte a vida. La misma voz que, antiguamente, dijo: «Haya luz», debe, en cada caso, clamar: «Haya vida».

Conversación de Jesús con Nicodemo

Si el lector abre la Biblia en el capítulo 3 del evangelio según Juan, hallará en la conversación de nuestro Señor con Nicodemo muchas preciosas enseñanzas acerca del modo en que se produce el nuevo nacimiento. Nicodemo ocupaba una posición muy elevada en lo que llamaríamos el mundo religioso. Era «un hombre de los fariseos», «hombre principal (o gobernante) de los judíos», «un maestro de Israel». Difícilmente hubiera podido ocupar una posición más elevada o de mayor importancia. Pero era evidente que este hombre muy privilegiado no estaba satisfecho. A pesar de todas sus ventajas en materia religiosa, su corazón anhelaba de continuo algo que ni el fariseísmo, ni siquiera el conjunto del sistema judaico podía darle. Es muy probable que haya sido incapaz de definir lo que le faltaba, pero ansiaba algo; de otro modo no hubiera venido a Jesús de noche. Era evidente que el Padre estaba atrayéndole de modo irresistible, aunque suave, para llevarle al Hijo; y que, para ello, el Padre creó en él este ardiente anhelo, esta necesidad que nada podía satisfacer en derredor suyo. Es lo que suele ocurrir; algunos son llevados a Jesús por un hondo sentir de culpabilidad, otros por el hondo sentir de su necesidad. Nicodemo pertenece, desde luego, a esta última clase. Su alta posición parece excluir la idea de que fuese reo de alguna grosera inmoralidad; y por lo tanto, en su caso, no sufriría tanto de una conciencia culpable como de un corazón vacío. Pero ambas cosas han de llegar al mismo fin, a la misma meta; tanto la conciencia culpable como el insaciable corazón han de ser llevados a Jesús, por cuanto él es el único que puede satisfacer las necesidades de ambos. Por su precioso sacrificio, puede quitar hasta la menor mancha, el más leve borrón de la conciencia; y por su incomparable Persona puede llenar todos los lugares vacíos del corazón. La conciencia que ha sido limpiada por la sangre de Jesús es perfectamente, limpia, y el corazón lleno de la Persona (le Jesús es plenamente satisfecho.

Es necesario nacer de nuevo

Sin embargo, Nicodemo – como otros muchos – tenía que olvidar bastante antes de que pudiera realmente discernir el conocimiento de Jesús. Tenía que dejar de lado una engorrosa cantidad de normas religiosas antes de poder comprender la divina sencillez del plan de salvación de Dios. Tenía que bajar de las encumbradas alturas de la doctrina rabínica y de la religión tradicional para aprender los rudimentos del Evangelio en la escuela de Cristo. Esto era muy humillante para «un hombre de los fariseos», «un principal entre los judíos», y «un maestro de Israel ». No hay nada a lo cual el hombre se adhiera tan tenazmente como a su religión y a sus dogmas; y, en el caso de Nicodemo, las palabras de «un maestro venido de Dios» debieron de resonar de modo extraño en sus oídos, cuando Este le dijo: «En verdad, en verdad te digo: A menos que el hombre naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Siendo judío de nacimiento y, como tal, heredero de todos los privilegios de un hijo de Abraham, debe de haberle dejado sumamente perplejo el oír que debía de nacer de nuevo; que tenía que experimentar un nuevo nacimiento para ver el reino de Dios. Esto implica la pérdida total de sus privilegios y distinciones. Le hacía caer repentinamente de la más alta posición religiosa. Revela que un fariseo, un gobernante, un maestro no estaba en modo alguno más cerca de, o más apto para este reino celestial que el más despreciable de los hijos de los hombres. Esto le humillaba en grado sumo. Suponiendo que Nicodemo hubiera podido llevar consigo todas sus ventajas y distinciones, de tal modo que las tuviese a su crédito en ese nuevo reino, hubiera sido alguien. Le hubiera asegurado una posición en el reino de Dios muy por encima de la que tendría una ramera o un publicano. Mas el oír que debía nacer de nuevo no le dejaba nada en que pudiera gloriarse. Y esto, lo repito, era humillante para un hombre sabio, religioso e influyente como él.

Era tan enigmático como humillante. «Dícele Nicodemo: ¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Podrá acaso entrar segunda vez en el seno de su madre y nacer?» Seguramente que no. Un segundo nacimiento natural no tendría mayor valor que el primero. Ni aunque naciese diez mil veces, pues « lo que es nacido de la carne, carne es». Por más que hagamos con la «carne» (con la vieja naturaleza) no podemos cambiar ni mejorarla. Resulta imposible convertir la carne en espíritu. Si esta verdad fuese más ampliamente conocida, centenares de personas cesarían en sus «piadosos» esfuerzos, en la consecución de ventajas o méritos religiosos, en sus «obras de justicia», al saber que la Palabra de Dios los considera «como trapos asquerosos» (lsaías 64:6).

Pero veamos cómo nuestro bendito Señor contesta la pregunta de Nicodemo; es de sumo interés: «A menos que el hombre naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento de donde quiere sopla; y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:58).

Nacer de agua y del Espíritu

Este pasaje nos enseña claramente que la regeneración, o nuevo nacimiento, es producido por «agua y el Espírítu». El hombre debe nacer de agua y del Espíritu antes de que pueda ver el reino de Dios, o penetrar en sus profundos y celestiales misterios. La vista más aguda de un mortal, por penetrante que sea, no puede ver el reino de Dios, ni el más potente cerebro humano es capaz de entrar en los profundos secretos del mismo. «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni las puede conocer, por cuanto se disciernen espiritualmente » (1 Cor. 2:14). «A menos que el hombre naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios».

Puede ser, con todo, que muchos no acierten el significado de haber nacido de agua. Esta expresión ha suscitado en todo tiempo discusión y controversia. Pero es únicamente cotejando escritura con escritura como podemos hallar el sentido real de cualquier pasaje, y es una gracia especial hasta para el creyente más sencillo, que puede entender de este modo el Volumen inspirado.

¿Qué significa, pues, haber «nacido de agua»? Al principio de evangelio según Juan, leemos: «A lo suyo vino; y los suyos no le recibieron. Mas a todos cuantos le recibieron, es a saber, a los que creen en su nombre, les ha dado el privilegio de ser hechos hijos de Dios; los cuales fueron engendrados, no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios» (Juan 1:1113). Este pasaje nos enseña que todo aquel que cree en el nombre del Señor Jesucristo y le acepta en verdad como su Salvador viene a ser un creyente en Cristo, alguien que ha «nacido de nuevo», que es «nacido de Dios». Todos los que por el poder de Dios el Espíritu Santo, creen en Dios el Hijo, son nacidos de Dios el Padre. La fuente del testimonio, el objeto del testimonio y el poder para recibirlo son divinos: toda la obra de la regeneración es de Dios. Por lo tanto, en vez de preguntarme como Nicodemo:  ¿ Cómo puedo yo volver a nacer?, debo  sencillamente arrojarme en los brazos de Jesucristo; entregarme a él por la fe, y así habré nacido de nuevo. Todos cuantos pusieron su entera con~ fianza en Cristo han recibido una vida nueva; han sido regenerados.

Nueva vida en Cristo

Leamos el testimonio del Señor: «En verdad, en verdad os digo, que quien oye mi palabra, y cree a aquel que me envió, tiene vida eterna, y no entra en condenación, sino que ha pasado ya de muerte a vida» (Juan 5:24). «En verdad, en verdad os digo: El que cree en mí tiene vida eterna» (Juan 6:47). «Estas (cosas) empero han sido escritas, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20:31). Todos estos pasajes prueban que la única manera en que podemos obtener esa vida nueva y eterna es recibiendo el testimonio que las Sagradas Escrituras dan acerca de Cristo. Notemos que esto no se aplica a los que dicen creer, sino a los que realmente creen (que han dado plena fe, o depositado su entera confianza en) según el sentido que tiene la palabra en los pasajes que acabamos de citar. Hay poder vivificante en el Cristo que nos revela la palabra de Dios, y en la Palabra que nos revela a Cristo. «En verdad, en verdad os digo, que viene la hora, y ahora es, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyen vivirán. » Y para disipar toda duda en cuanto a que los muertos puedan vivir, añade el Señor: «No os maravilléis de esto; porque viene tiempo en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán; los que hicieron bien, para resurrección de vida, y los que hicieron mal, para resurrección de condenación» (Juan 5:25, 28, 29). Cristo el Señor es poderoso para hacer que tanto las almas muertas como los cuerpos muertos oigan su voz vivificadora. Es por su poderosa voz como la vida puede comunicarse tanto al cuerpo como al alma. Y si el incrédulo o el escéptico razona o presenta objeciones es sencillamente por cuanto hace de su conceptuación y de su vana mente la norma de todo cuanto ha de ser, excluyendo por completo a Dios de sus pensamientos. Dicho orgullo raya con la locura.

El instrumento: la Palabra de Dios

Pero algún lector preguntará:  ¿Qué relación tiene todo esto con la palabra « agua », citada en Juan 3:5?  Y respondemos: tanta como para demostrar que el nuevo nacimiento se produce, y la vida nueva se comunica, por la voz de Cristo, la cual es realmente la Palabra de Dios, según leemos en Santiago: «De su propia voluntad él nos engendró, con la palabra de verdad» (1:18). Y asimismo en la primera epístola de Pedro: «habiendo sido reengendrados, no de simiente corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios, la cual vive y permanece para siempre» (1:23). En ambos pasajes, la Palabra de Dios nos es presentada expresamente como siendo el instrumento por el cual se produce el nuevo nacimiento. Santiago declara que somos engendrados «con la palabra de verdad y Pedro manifiesta que somos renacidos «por la Palabra de Dios». Es pues obvio que el Señor, al hablar de nacer «de agua» representa bajo esta figura la Palabra de Dios; figura o símbolo que «un maestro de Israel» podía haber entendido con sólo estudiar rectamente el pasaje de Ezequiel 36:2527, «Luego rociaré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios; de todas vuestras inmundicias, y de todos vuestros ídolos os limpiaré. También os daré un nuevo corazón, y pondré un espíritu nuevo en medio de vosotros, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Pondré también mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis leyes, y las pongáis por obra».

Hay también un hermoso pasaje en la epístola a los Efesios (5:2526), donde la Palabra nos es presentada bajo la figura del agua: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo también amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella; para santificarla, habiéndola limpiado con el lavamiento de agua con la palabra». E igualmente en la epístola a Tito (157): «no a causa de obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino conforme a su misericordia él nos salvó, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo, que él derramó sobre nosotros en rica abundancia, por medio de Jesucristo nuestro Salvador; para que, siendo justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, según la esperanza de vida eterna».

Lección de la serpiente de bronce

Todas estas citas nos enseñan que la Palabra de Dios es el gran instrumento (o medio) del cual se vale el Espíritu Santo para alcanzar a las almas sin vida, haciéndolas pasar de muerte a vida. Esta verdad se confirma en la respuesta que da el Señor al «¿ cómo puede ser eso ?» de Nicodemo. A este «maestro de Israel», Jesús le enseña la sencilla lección que se desprende de la serpiente de bronce; antiguamente, los israelitas mordidos por los reptiles eran sanados con una simple mirada a la serpiente alzada (Números 21:59); ahora el pecador muerto en sus delitos y transgresiones puede hallar vida al mirar por la fe a Jesús clavado en la cruz y luego sentado sobre el trono. Al israelita no le dijeron que tenía que contemplar sus heridas o mordeduras, aunque era el dolor producido por la herida lo que hacía volver su mirada hacia la serpiente de bronce; del mismo modo el pecador muerto en sus delitos no debe contemplar sus pecados, aunque sea el hondo sentir de los mismos lo que le haga mirar. Una mirada de fe a la serpiente alzada sanaba al israelita; una mirada de fe a Jesús colgado en la cruz del Calvario vivificará al pecador sin vida. Aquel no tuvo que mirar dos veces para ser sanado; éste no debe mirar dos veces para recibir la vida. No fue la manera de mirar, sino el objeto que miró el israelita lo que le sanó; tampoco es el modo de contemplar, sino el objeto sobre el cual el pecador clava la vista lo que le salva: «Mirad hacia mí» dice el Señor «y sed salvos, todos los términos de la tierra» (lsaías 45:22). Esta fue la preciosa lección que Nicodemo tenía que aprender; ésta fue la respuesta a su pregunta. Si alguien empieza a razonar acerca del nuevo nacimiento, llegará a la confusión; pero si deposita su fe en Jesús, nacerá de nuevo. La razón humana nunca podrá comprender el nuevo nacimiento, el cual es producido por la Palabra de Dios. Muchos se equivocan en este asunto; se ocupan del proceso o marcha de la regeneración, en vez de ocuparse de la Palabra regeneradora. Y el resultado es que están perplejos y confusos. Están mirándose a sí mismos, en vez de clavar la mirada en Cristo. ¿Qué hubiera ganado un israelita al contemplar sus heridas? ¡Nada! ¿Qué ganó al mirar a la serpiente alzada? La salud. ¿Qué consigue el pecador al mirarse a sí mismo? ¡Nada! ¿Qué gana al clavar la mirada en Jesús? «La vida eterna».

3. ¿CUÁLES SON SUS RESULTADOS?

Como tercero y último punto, consideraremos los resultados de la regeneración, tema  sobra decirlo de sumo interés. ¿Quién podrá jamás apreciar debidamente los gloriosos resultados de ser hijo de Dios? ¿Quién podrá describir los afectos propios de estas altas y santas relaciones en las que entra el alma al nacer de nuevo? ¿Quién puede explicar plenamente esa preciosa comunión de la que goza el privilegiado hijo de Dios con su Padre celestial? «¡Mirad, qué manera de amor nos ha dado el Padre, para que seamos nosotros llamados hijos de Dios! y así en efecto lo somos. Por eso el mundo no nos conoce a nosotros, por cuanto a él no le conoció. Amados míos, ahora somos hijos de Dios; y todavía no ha sido manifestado lo que hemos de ser; sabemos empero, que cuando él fuere manifestado, nosotros seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es. Y todo aquel que tiene esta esperanza puesta en él, se purifica, así como él es puro» (1 Juan 113). «Porque todos cuantos son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Porque no recibisteis espíritu de servidumbre otra vez, para estar con temor; mas recibisteis espíritu de adopción, en virtud del cual nosotros clamamos: Abba, Padre. El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios; y si hijos, luego herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo, si es así que sufrimos con él, para que también seamos glorificados con él» (Romanos 8:1417).

Vida y paz

Es de suma importancia comprender la diferencia que existe entre «vida» y «paz». La primera es el resultado de nuestra unión con la Persona de Cristo; la última es el resultado de su obra. «El que tiene al Hijo, tiene la vida» (1 Juan 5:12); pero «siendo pues justificados por la fe, tenemos paz... » (Romanos 5:1)  «habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz» (Colosenses 1:20). Tan pronto como un hombre acepta, en su corazón, la sencilla verdad del Evangelio, viene a ser un hijo de Dios; y esta verdad es la «simiente incorruptible» de «la naturaleza divina» (1 Pedro 1:23; 2 Pedro 1:4). Muchos no están conscientes de todo cuanto implica la aceptación de la verdad evangélica, así como el hijo de un noble puede ignorar  por su corta edad las ventajas de su parentesco. Pero esto no cambia nada el hecho; puedo no estar plenamente consciente del parentesco y de sus resultados, pero esto no modificará en nada mi posición, disfruto de los efectos propios del mismo, y he de cultivarlos para que me unan estrechamente a Aquel que me ha engendrado por la Palabra de verdad (Santiago 1:18). Tengo el privilegio de gozar plenamente del abundante amor paterno que fluye del seno de Dios, y de devolver este amor, esta devoción, por el poder del Espíritu que mora en mí. «Ahora somos hijos de Dios» (1 Juan 3:2). El nos hizo así, disponiendo que este maravilloso privilegio fuese la porción de todo aquel que creyese en la verdad revelada: «mas a todos cuantos le recibieron, es a saber, a los que creen en su nombre, les ha dado el privilegio de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12). Y no conseguimos esta posición «a causa de obras de justicia que hayamos hecho nosotros», sino sencillamente «conforme a su misericordia él (Cristo) nos salvó, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo, que él derramó sobre nosotros en rica abundancia, por medio de Jesucristo nuestro Salvador; para que, siendo justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos» (Tito 3:5 y esto sencillamente por depositar nuestra fe en la verdad del Evangelio, que es «la simiente incorruptible» de Dios.

¿Cuándo se recibe la vida?

Tomemos el caso del más vil pecador, de quien hasta entonces ha llevado una vida hundida en el cieno de la corrupción. Dejemos que el puro Evangelio de Dios ilumine su conciencia, revelándole su condición de pecador irremisiblemente perdido, le lleve luego al arrepentimiento sincero, de tal modo que reciba en su corazón las buenas noticias de salvación; dejemos que crea de todo corazón que «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; y que fue sepultado; y que fue resucitado al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Corintios 15:34); en cuanto este pecador acepte así a Cristo será un hijo de Dios, una persona completamente salvada, perfectamente justificada y aceptada por Dios. Al recibir en su corazón el sencillo testimonio acerca de Cristo, ha recibido vida nueva. Cristo es la verdad y la vida; y cuando recibimos la verdad, recibimos a Cristo; y cuando aceptamos a Cristo, recibimos la vida: «El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que no obedece al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Juan 3:36). ¿Y cuándo recibe aquella vida? Desde el momento en que deposita su fe en Cristo: «... para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20:31). La verdad acerca de Cristo es simiente de vida eterna, y cuando esta verdad es aceptada en el corazón, se recibe la vida.

No sentir, sino creer

Notemos que esto es cuanto afirma la Palabra de Dios; se trata pues de un testimonio divino, y no de humanos sentimientos. No recibimos la vida por sentir algo en nosotros, sino en cuanto creemos realmente en Cristo; y para esto tenemos la autoridad de la Palabra eterna de Dios, las Santas Escrituras. Conviene entender bien este aspecto de la verdad. Muchos esperan ver en ellos mismos las evidencias o pruebas de la vida nueva, en vez de mirar hacia fuera para contemplar a Aquel que imparte dicha vida. Bien es verdad que «el que cree en el Hijo de Dios tiene en sí mismo el testimonio» (1 Juan 5:10); pero es también cierto que, si tomo tal testimonio como meta o centro de mi vida espiritual, viviré sumiso en dudas e incertidumbre. Mientras que si Cristo llena mi visión, el testimonio en mí estará revestido de toda su divina integridad y poder, y mi conciencia hallará reposo. Conviene mucho esclarecer este punto, ya que existe una fuerte tendencia en nuestros corazones para buscar dentro de nosotros mismos el fundamento de nuestra paz y satisfacción, en vez de edificarlo sólo y exclusivamente sobre Cristo. Cuanto más sencillamente clavemos la mirada en Cristo, fuera de cualquier otra cosa, tanto más sosegados y felices seremos; pero, tan pronto como apartemos la mirada de él, seremos desgraciados, desquiciados e infelices.

En una palabra, el lector debe esforzarse en comprender, según nos enseña la Biblia, la distinción que existe entre «vida» y «paz». Aquélla es el resultado de nuestra relación con la Persona de Cristo; ésta es el resultado de la fe en su obra perfecta. Encontramos muy a menudo almas nacidas de nuevo que están turbadas e inquietas en cuanto a su aceptación por parte de Dios. Han recibido la vida; pero, como no ven la plenitud de la obra de Cristo para borrar sus pecados, están turbadas en su conciencia, y no tienen descanso o paz en su alma.

Ilustremos esta verdad. Si colocamos un peso de cien kilogramos sobre el cadáver de un hombre, éste no lo sentirá; por más que se aumente dicha carga, no le dolerá, ni estará consciente de la misma, porque ¡no tiene vida! Pero, supongamos por un instante que la recuperase, ¿qué sucedería? Experimentaría una terrible sensación de agobio. Ahora bien, ¿qué necesitaría para disfrutar plenamente de la vida que ha recibido?: que le quitasen por completo el peso que le oprime. Ocurre lo mismo con el pecador que recibe la vida al creer en la Persona del Hijo de Dios; mientras estaba en un estado de muerte espiritual, carecía de sensibilidad espiritual, no tenía la menor noción de que un peso le oprimiera. Pero la vida nueva le ha otorgado una sensibilidad espiritual y siente ahora esa carga que agobia su corazón y su conciencia, y no sabe cómo podría deshacerse de la misma. Aún no ha comprendido todo cuanto implica la fe en el nombre del Hijo unigénito de Dios; ni ha visto que Cristo es a la vez su justificación y su vida. Lo que necesita es considerar sencillamente el sacrificio expiatorio de Cristo, su obra redentora plenamente cumplida, por medio del cual todos sus pecados fueron hundidos para siempre en las aguas del olvido eterno. Y es esto, sólo esto, lo que puede quitar y alejar las cargas y congojas del corazón, e infundir ese hondo reposo espiritual que nada podrá turbar ya.

Si considero a Dios como un Juez, y me tengo por pecador perdido, necesito la preciosa sangre de Cristo, la sangre de la cruz para llevarme a su presencia por el camino de la justicia. He de comprender claramente que cualquier demanda que Dios, el justo Juez, tenga en contra de mí, pecador culpable, ha sido contestada y eternamente resuelta por «la preciosa sangre de Cristo». Esto es lo que infunde paz a mi alma. Y veo que, por medio de aquella sangre, Dios puede ser «justo, y justificador de aquel que tiene fe en Jesús» (Romanos 3:26). Veo que en la cruz, Dios ha sido plenamente glorificado en cuanto a mis pecados, y que inclusive la cuestión del pecado ha sido plena y perfectamente resuelta entre Dios y Cristo en la honda y espantosa soledad del Calvario, cuando él, la Víctima santa, pura e inocente, fue hecho pecado por nosotros, y tuvo que exclamar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado ?» Ahora, pues, mi carga ha sido quitada; el peso agobiador ha sido removido; he sido absuelto de toda culpa: puedo respirar libremente, disfruto de una paz perfecta, ya que no hay acusación en contra de mí; estoy libre por la sangre de Cristo. El Juez se ha declarado satisfecho por la resurrección (le mi Sustituto, sentándole a la diestra de su Majestad en las alturas.

La adopción divina

Pero hay algo más, y de inmenso valor. No sólo me considero como un pecador culpable al que le ha sido franqueado el libre acceso a Dios, justo Juez, sino que puedo contemplar cómo Dios en el desarrollo de sus eternos designios de amor  me engendró por la Palabra de verdad, hizo de mí su hijo al adoptarme en su familia, y me colocó ante él de tal modo que pueda disfrutar de su comunión paternal, y ser el objeto de los tiernos afectos del círculo familiar divino. Esto es ciertamente otro aspecto del carácter y de la posición del creyente. Ya no se trata de presentarse ante Dios, plenamente consciente de que cualquier demanda suya ha sido perfectamente satisfecha (cosa sumamente preciosa para un corazón agobiado por sus pecados), sino que hay mucho más: el hecho de que Dios es mi Padre y yo su hijo. Tiene un corazón de padre, con cuyo amor puedo contar en medio de mi flaqueza y necesidad. Dios me ama, no por lo que sería capaz hacer, sino porque he venido a ser su hijo.

Mirad ese vacilante chiquillo, esa criatura objeto de constante cuidado y solicitud, totalmente incapaz de ayudar en lo más mínimo en los intereses de su padre, a quien éste ama tanto que no le cambiaría por diez mil mundos; pues bien, si estos sentimientos anidan en el pecho de un padre terrenal, ¡cuánto más en el corazón de nuestro Padre celestial! El nos ama, no por lo que pudiéramos hacer, sino porque somos sus hijos. El nos ha engendrado de su propia voluntad, con la Palabra de verdad (Santiago 1:18). Del mismo modo que nos era imposible satisfacer las demandas del justo Juez, tampoco pudimos conseguir, con nuestros propios esfuerzos, un lugar en el corazón del Padre. Todo nos ha sido dado de pura gracia. El Padre nos ha engendrado y el Juez mismo ha hallado un rescate (Job 33:24). Por ambas cosas somos deudores de la gracia divina.

Responsabilidad

Pero, no olvidemos que si somos completamente incapaces de lograr, por nuestras obras, un lugar en el corazón del Padre, como así también de satisfacer las demandas del justo Juez, tenemos  sin embargo la responsabilidad de creer «en el testimonio que ha dado Dios respecto de su Hijo» (1 Juan 5:91 l). Digo esto porque hay algunos que se escudan tras los dogmas de una teología parcial e inexacta, mientras rehúsan creer el sencillo testimonio de Dios. Hay muchas personas (inteligentes también) que, cuando se les invita a aceptar el Evangelio de la gracia de Dios, responden fácilmente: «No puedo creer mientras Dios no me dé poder para hacerlo; y no seré investido de dicho poder hasta que no sea uno de los elegidos. Si pertenezco al número de los favorecidos, debo salvarme; en caso negativo, no puedo salvarme ».

Dicho razonamiento no sólo es inadmisible, sino falso, y destinado a desembocar en el más peligroso fatalismo el cual destruye por completo la responsabilidad del hombre y deshonra la administración moral de Dios. Equivale a afirmar que Dios es el autor de la incredulidad del pecador, lo cual, en verdad, es añadir insulto sobre insulto.

Ahora, ¿cabe pensar que tan fútil argumento resistirá un solo instante ante el rey de los terrores (la muerte), o ante el tribunal de Cristo? ¿Hay acaso una sola alma en las tétricas moradas de los perdidos que piense en acusar a Dios de ser el autor de su perdición eterna? ¡De ningún modo! solamente en la tierra se arguye de esta manera. Semejantes argumentos no se oyen en el infierno. Cuando los hombres bajan al infierno, sólo se acusan a sí mismos; en el cielo, alaban al Cordero. Todos los perdidos tendrán que agradecérselo a sí mismos; todos los redimidos tendrán que agradecérselo a Dios. Cuando el alma no arrepentida desemboque del estrecho acueducto del tiempo en el mar sin límites de la Eternidad, comprenderá la solemnidad de estas palabras del Señor: «¡cuántas veces quise..., y no quisiste!» En verdad, la Palabra de Dios enseña claramente tanto la responsabilidad del hombre como la soberanía de Dios. El ser humano se encuentra ante la imposibilidad de concebir un sistema teológico que define los límites de ambas verdades; pero no está llamado a idear sistemas, sino a creer, a aceptar por la fe el sencillo testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo Jesucristo, y a ser salvo por medio de El.

La disciplina del Padre

Pero seguiremos considerando los resultados de la regeneración en el asunto de la disciplina en la casa del Padre. Como hijos de Dios, participamos de todos los privilegios de su casa; y, en realidad, la disciplina de la casa constituye también un privilegio. Dios ejerce su disciplina hacia nosotros sobre la base de las relaciones en las cuales nos ha introducido. Si un padre corrige a sus hijos, es porque son suyos. Si veo, por ejemplo, a un niño desconocido cometer una mala acción, no me incumbe castigarlo. Para hacerlo, debería estar unido a él por los vínculos paternales y conocer los afectos y responsabilidades que entraña tal parentesco. Asimismo, nuestro Padre Dios, en su abundante gracia y fidelidad, no toleraría nada en nosotros que fuese indigno de él y que afectara a nuestra paz e impidiese bendiciones: «Además, nosotros hemos tenido nuestros padres naturales, los cuales nos han castigado, y los reverenciábamos: ¿ no nos hemos de someter pues con mucha más razón al Padre de los espíritus, y vivir? Porque aquéllos en verdad nos castigaron por unos pocos días, según les parecía; mas éste, para nuestro provecho, para que participemos de su santidad» (Hebreos 12:910). Por lo tanto, la disciplina constituye un privilegio positivo, por cuanto es una prueba de los cuidados de nuestro Padre, y tiene por objeto nuestra participación en la santidad divina.

La disciplina es una prueba de los cuidados de nuestro Padre

Mas tengamos siempre en cuenta que la disciplina de la mano de nuestro Padre debe siempre interpretarse a la luz del rostro de nuestro Padre, y que los profundos misterios de su gobierno moral han de contemplarse a través de su tierno amor. Si perdemos estas cosas de vista, caeremos en un espíritu de servidumbre en cuanto a nosotros mismos, y en un espíritu de juicio en cuanto a los, demás, ambas cosas en oposición directa con el espíritu de Cristo. Todo en nuestro Padre es perfecto amor; si nos alimenta con pan, lo hace con amor, y si deja caer su vara sobre nosotros, también lo hace con amor, porque «Dios es amor». Puede ocurrir a menudo que no sepamos averiguar el porqué, la causa de alguna dispensación o trato especial de la mano de nuestro Padre; nos parece esto oscuro e inexplicable. La niebla que rodea nuestros espíritus es tan densa que impide ver con claridad su actitud hacia nosotros. Atravesamos entonces unos momentos penosos; una solemne crisis en la historia del alma. Y corremos el peligro de perder el sentido del amor divino por nuestra inhabilidad en comprender los profundos secretos del gobierno divino. Mientras tanto, Satanás desarrollará una actividad febril para arrojar sus dardos inflamados de dudas y sugestiones diabólicas de las cuales tiene la aljaba llena. Así pues, expuesta entre los razonamientos impuros que surgen de dentro y las horribles sugestiones que vienen de fuera, el alma corre el peligro de perder el equilibrio y dejar su preciosa actitud de descansar sencillamente sobre el amor divino, cualquiera que sea la forma en que se manifieste el gobierno de Dios.

Respecto a los demás, puede ocurrir también que juzguemos erróneamente a nuestros hermanos cuando se hallen visitados de modo especial por la mano de Dios en mente, cuerpo o circunstancias. Hemos de guardamos de este espíritu y no pensar que la prueba se debe siempre a una causa pecaminosa; lo cual es un principio enteramente falso. Las experiencias a las que Dios nos somete pueden ser tanto preventivas como correctivas.

Citaré un ejemplo: Mi niño está en la habitación en dulce intimidad conmigo, cuando llega una persona que quizás diga algunas cosas que no deseo que oiga mi hijo, a quien, sin más explicaciones, ordeno salir de la habitación. Bien; si él no confiase en mí, podría interpretar mal mi actitud y poner en duda mi amor; pero apenas el visitante ha salido, llamo a mi hijo y le explico detalladamente el asunto; de tal manera que él entra en una renovada experiencia del amor de su padre, olvidándose en seguida del mal rato que ha pasado. Pues bien, así sucede frecuentemente con nuestros pobres corazones. Razonamos cuando deberíamos confiarnos, reposar; dudamos en vez de depender; la confianza en el inmutable amor de nuestro Padre es el mejor correctivo.

¡Eterno e infinito amor que nos ha levantado de nuestro miserable estado a la condición de «hijos de Dios »! ¡Oh, vivamos continuamente en la atmósfera de tal amor, hasta que entremos en la eterna e inquebrantable comunión de la casa de nuestro Padre!

¡Dios nos ayude, por su Espíritu Santo, a comprender más y más el significado y poder de la regeneración, y a compenetrarnos de esto, para que, sabiendo qué es y cómo se produce, sus resultados se traduzcan, se manifiesten en nuestras vidas!

C. H. Mackintosh

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