LAS DOS NATURALEZAS DEL CREYENTE
Por G. Cutting
Ediciones Bíblicas - 1166 Perroy (Suiza)
Capítulo 1
Hechos divinos, no sentimientos
Los hechos divinos y nuestros sentimientos
Desde el momento en que Dios establece un hecho en su Palabra, debemos creerlo y aceptarlo, aun cuando nuestra razón no pueda comprenderlo, o aquello no esté de acuerdo con nuestra experiencia. Dios es su propio intérprete y, a su tiempo, aclarará todo al que pacientemente espera en él. Y aunque no lo haga, nuestro deber siempre es creer, puesto que Dios no se equivoca.
Antes de empezar el asunto que queremos tratar, permítanme expresar mi pensamiento por medio de un ejemplo. En Juan 3:3536 encontramos cuatro hechos positivos y establecidos por Dios:
1. "El Padre ama al Hijo".
2. "Todas las cosas ha entregado en su mano".
3. "El que cree en el Hijo tiene vida eterna".
4. "El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él".
Pues bien, lo repito, he aquí cuatro hechos que no son simples opiniones humanas basadas en la experiencia, sino hechos inalterables. La manera en que una u otra de estas verdades hace efecto en cada uno al creerla es otro asunto, que se basa en los sentimientos o la experiencia.
La noticia de la entrada victoriosa de las fuerzas armadas en la capital del país adverso producirá, sin duda, diferentes impresiones en las personas de ambos países; pero el hecho es el mismo, aunque afecte de diferente forma a la población. La experiencia es producida al saber la noticia, pero el hecho en sí no depende de la experiencia.
Un joven que confía en sus sentimientos
Veamos otro ejemplo. Un joven debe recibir una gran fortuna; para ello la única condición que se le exige es ser mayor de edad. Una mañana el padre le dice:
¡Te felicito, hijo mío!, desde hoy eres mayor de edad.
Perdón le contesta el joven creo que estás equivocado.
¿Cómo dices? pregunta el padre sorprendido.
¡Bueno!, por tres motivos. Primero, porque no siento que tenga los veintiún años. Segundo, porque acabo de mirarme en el espejo y estoy convencido de que no tengo aspecto de tener esa edad. Y tercero, muchos de mis amigos están convencidos de que no tengo más de dieciocho o diecinueve años. ¿Cómo, pues, habré llegado a la mayoría de edad? Mis amigos no lo creen, yo mismo no lo siento y no parece que los tuviera.
En tal caso, ¿qué hará el padre? Le mostrará su registro de nacimiento; y si el padre no logra convencer a su hijo por lo que está escrito en él, no lo conseguirá de ningún otro modo.
Pero, dirá usted, ¿quién sería tan tonto para pensar así? Pues bien, tenga cuidado de no cometer un disparate peor. Hoy día multitudes de cristianos que profesan creer en Cristo recurren a la misma clase de argumentación, y esto en presencia de los hechos más evidentes de la Palabra de Dios.
Mas, si el testimonio dado en el registro de nacimiento basta para convencer al hijo de su verdadera edad, no importan los sentimientos que él tenga a ese respecto. Con mayor razón, la "palabra que sale de la boca de Dios" debe bastar para darnos la plena seguridad de nuestra bendición eterna. Nótese bien cómo en Mateo 4:4 Cristo relaciona estas dos expresiones: "escrito está" y "la boca de Dios". La fe siempre considera lo que está escrito en la Biblia como viniendo de la boca de Dios.
Lo que Dios ha hecho
Consideremos ahora los cuatro hechos mencionados anteriormente:
1. "El Padre ama al Hijo "
¿Cree usted este hecho?
¡Pues, sí! dirá usted lo creo.
Pero, ¿siente usted que el Padre ama al Hijo?
No se trata de lo que yo piense o sienta contestará usted, tengo plena seguridad de ello, porque la Palabra de Dios así lo dice. Éste es un hecho y lo creo como tal.
2. "Todas las cosas ha entregado en su mano"
Sí responde, también lo creo firmemente.
Pero, ¿cree esto porque lo siente o porque ve que Dios ha puesto todas las cosas en las manos del Hijo?
Ni lo uno ni lo otro responde usted estoy plenamente convencido de ello porque Dios lo declaró así.
Antes del tercer punto, veamos el cuarto:
"El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Díos está sobre él
Entonces le pregunto: ¿Cree usted que la ira de Dios está sobre el incrédulo? Tal vez me responda afirmativamente. Pero supongamos que el incrédulo no lo sienta.
¡Ah! exclamará usted no por eso la ira de Dios dejaría de estar sobre él. Siéntalo o no, la verdad es la misma. Es un hecho que está en la Palabra, y "la Palabra de Dios nuestro permanece para siempre" (Isaías 40:8).
Pero usted dirá, yo no soy un incrédulo, verdaderamente creo en el Hijo de Dios.
Bien, entonces pasemos al tercer punto, que omitimos a propósito:
3. "El que cree en el Hijo tiene vida eterna
En el versículo 33 leemos: "El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz" (Juan 3:33). Note usted que, según esto, Dios no solamente ha dado un testimonio claro con relación a su muy amado Hijo, sino que en varias oportunidades ha declarado los más firmes hechos en relación con los que creen en él verdaderamente. «Si solamente pudiera creer que soy salvo, lo sería decía una persona de edad; pero todavía no tengo suficiente fe».
Por muy humilde que parezca este lenguaje, no es el del Evangelio. Dios no dice: «Si tienen suficiente fe para creer, tendrán vida eterna». Esto sería hacer de nuestra fe un salvador y excluir a Cristo. Pero si creo en su Hijo, Dios declara en mi favor un simple hecho: que tengo vida eterna; por mi parte, simplemente me resta afirmar que "Dios es veraz". Si la ira de Dios esta sobre el incrédulo, lo sienta o no, de igual forma el creyente tiene vida eterna, lo crea o no.
Dos Imposibilidades
Tal vez alguna persona angustiada diga:
«Mi problema no es ése; no dudo, ni por un solo instante, que el creyente posea actualmente la vida eterna; pero comparando mi experiencia diaria con otras verdades muy claras de la Palabra de Dios, dudo mucho que yo haya nacido de nuevo. En la primera epístola de Juan, por ejemplo, hay tres hechos absolutos que caracterizan al que es "nacido de nuevo", y por más que me esfuerce en buscar, no veo cómo éstos pueden corresponder a mi estado:
1. "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado... y no puede pecar (1 Juan 3:9).
2. "Lo que es nacido de Dios vence al mundo" (1 Juan 5:4).
3. "El maligno no le toca" (1 Juan 5:18).
Estos pasajes a menudo me molestan, y hasta me horrorizan en vista de mis propias experiencias. Pues me veo obligado a confesar que:
1. Sí puedo pecar, y ¡ay!, cómo peco.
2. En lugar de vencer al mundo, él constantemente me vence a mí.
3. El enemigo sí que me toca, pues me derrota sin cesar.»
En efecto, lo que le sucede no me sorprende. Pero con el fin de animarle, permítame decirle que los que están "muertos en sus pecados" jamás sienten semejante angustia. Sólo los convertidos pueden responder a los pensamientos y a los deseos de Dios. El inconverso no desea "conocer sus caminos". Porque "no hay temor de Dios delante de sus ojos" (Romanos 3:18).
Volvamos a nuestro asunto. Usted acaba de mencionar una imposibilidad: "El que es nacido de Dios... no puede pecar". Consideremos además otra dificultad: "Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios" (Romanos 8.78). Fíjese bien en estos contrastes:
En "la carne" y "no pueden agradar a Dios" "nacidos de nuevo" y "no pueden pecar".
Nótese que en la Escritura la palabra carne tiene dos significados:
1. Se usa para hablar del cuerpo físico: "Dios fue manifestado en carne" (1 Timoteo 3:16). Pablo, escribiendo a los Colosenses, dice: "Y para cuantos no han visto mi rostro en la carne" (Colosenses 2:1)
2. También se usa para hablar de la naturaleza mala y caída de todos los hijos de Adán, la naturaleza envenenada por el pecado que en ella mora, la cual es fuente de todas las malas acciones que comete el hombre. "Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu..." (Gálatas 5:17).
Dos naturalezas distintas en una misma persona
Al nacer recibimos una naturaleza mala, tan mala que le es imposible someterse a la santa ley de Dios. Ella no puede "agradar a Dios". "He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre – dice el salmista David (Salmo 51:5).
Pero en el momento en que nacemos espiritualmente (el nuevo nacimiento), recibimos por la obra soberana del Espíritu Santo, a través de la Palabra (Juan 3:5; Santiago 1:18; 1 Pedro 1:23), una naturaleza enteramente diferente, una "naturaleza divina" (2 Pedro 1:4), una vida nueva. El Señor lo declaró hablando con Nicodemo: "Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es" (Juan 3:6).
Entonces el creyente posee dos naturalezas: la nacida de la carne, que por su misma esencia no puede agradar a Dios, y la que es nacida del Espíritu, la cual por su misma esencia no puede pecar, porque es nacida de Dios. En la epístola de Pablo a los Romanos, capítulo 7:25, se mencionan estas dos naturalezas: "Así que, yo mismo con la mente (es decir, con el espíritu renovado o nueva naturaleza) sirvo a la ley de Dios, mas con la carne (vieja naturaleza) a la ley del pecado". Y en los versículos 2223: "Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros".
Una ilustración doméstica
Un simple ejemplo nos podrá servir de ilustración: Una campesina puso a una gallina a empollar huevos de pata; después de una semana se dio cuenta de que un enemigo de la clueca había destruido la mayor parte de los huevos. Entonces los reemplazó por huevos de gallina.
Cuando los polluelos salieron del cascarón, la gallina fue madre de dos especies muy distintas de seres. Al comienzo no se inquietó mucho; pero un día vio, muy espantada, cómo los patitos iban y se echaban en un estanque. Estaban tan contentos en su primera excursión acuática que todos los cloqueos y apremiantes llamados de la madre resultaron inútiles para hacerles salir de allí. Los pollos, por el contrario, no mostraron el menor deseo de aventurarse en el peligroso elemento. Habrían sido muy desgraciados si se les hubiera obligado a hacerlo.
Aquí tenemos dos naturalezas muy distintas, con gustos y costumbres enteramente diferentes. El polluelo que proviene del huevo de pata lleva la naturaleza de la pata; y el que proviene del huevo de la gallina, la naturaleza de la gallina, aunque los dos fueron empollados en el mismo nido. Así pues, todas las campesinas del mundo, aunque fuesen apoyadas por los científicos, jamás lograrán cambiar la naturaleza de un pato por la de un pollo. Cada uno conservará su naturaleza y su modo de ser.
Pues bien, las dos naturalezas en el cristiano, por la diferencia de origen, son mil veces más distintas. Una viene del hombre, perdido, culpable, caído; la otra viene de Dios, santo y sin mancha. Una es humana y pecaminosa, la otra es divina y, por consiguiente, perfectamente pura. Todo mal pensamiento o acción impura en el creyente proviene de la vieja naturaleza. Todo buen deseo, toda acción aprobada por Dios se origina en la nueva naturaleza.
¿Puede la nueva naturaleza mejorar a la vieja?
Sólo existe una respuesta: Nada puede mejorar a la carne. Se ha intentado hacerlo de múltiples maneras, desde la caída de Adán en el Edén hasta la cruz de Cristo. Pero, ¿cuál ha sido el resultado? El hombre desobedeció voluntariamente la santa ley de Dios, cuando Dios le mandó obedecerle. Su Hijo, quien en gracia vino a este mundo, fue cruelmente entregado a la muerte.
Entonces, la presencia de la vida divina, en lugar de mejorar la vieja naturaleza, pone de manifiesto la completa perversidad de ella. Si usted le regala un vestido nuevo a un mendigo, ¿cree que éste embellecerá su viejo chaleco roto?
Bueno dirá usted, si mi vieja naturaleza no puede ser perdonada, ni mejorada, me veo ante dos nuevas dificultades:
1. ¿Cómo puedo ser librado de ella?
2. ¿Cómo podré sujetarla a mí?
Capítulo 2
Dos naturalezas en pugna
-El pecado- en la cama y -los pecados-
El principio malo, nacido en nosotros por naturaleza, con frecuencia es llamado el pecado, mientras que las acciones, palabras y los pensamientos malos resultantes de la posesión de esta naturaleza corrompida, son los pecados. Nótese esta distinción en 1 Juan 1:89: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos..."; y "si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados". Esta distinción es importante porque si la Escritura nos enseña que Dios perdona nuestras culpas, es decir, nuestros pecados, por el derramamiento de la sangre de Cristo, también nos enseña que Dios jamás perdona el pecado en la carne, sino que lo "condena". Me explicaré:
Supongamos que usted tiene un hijo de carácter violento y arrebatado. Un día el muchacho, en un arrebato de cólera, echa un libro a la cabeza de su hermano rompiendo al mismo tiempo un espejo. Luego se arrepiente, confiesa su falta y usted le perdona. Pero, ¿qué hará con el carácter violento que le ha impulsado a cometer este acto? ¿Lo perdonará? ¡Imposible! Usted lo detesta, lo condena por completo; lo haría desaparecer si pudiera.
Pues bien, en este ejemplo el mal carácter corresponde al pecado que mora en nosotros, en tanto que el desarrollo, la manifestación en una mala acción corresponde más bien a los pecados. Así, lo repito, aunque Dios perdona gratuitamente los pecados del creyente, no perdona jamás el pecado. En su justicia tiene que castigarlo con la condenación; sólo la muerte puede librarnos del pecado.
Veamos Romanos 8:3: "Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado (es decir, como sacrificio por el pecado) condenó al pecado en la carne".
Los primeros capítulos de la epístola de Pablo a los Romanos hablan de la liberación de los pecados; pero en el capítulo 6, el apóstol nos enseña cómo somos redimidos del pecado. El último versículo del capítulo 4, por ejemplo, habla de Cristo como quien fue "entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación". La consecuencia bendita de este hecho es que todos los que creemos en él somos perdonados justamente, es decir, "justificados", y tenemos "paz con Dios". Pero como acabamos de decir, el capítulo 6 trata un asunto del todo diferente: la redención del pecado. "Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado" (v. 7).
El leproso de Levítico 14 y Naamán
Usted podrá formarse una idea de la diferencia entre estas dos cosas comparando la purificación del leproso (Levítico 14:17) con la de Naarnán (2 Reyes 5:1014).
En el primer caso el leproso, totalmente incapaz de hacer algo para purificarse a sí mismo, debía estarse quieto, viendo todo lo que por él se hacía. El ave viva y limpia era bañada en la sangre de la avecilla que había sido degollada, luego el sacerdote la soltaba por los campos. El leproso inmundo veía, pues, en figura a alguien "limpio" descender a la muerte por él. Luego, el sustituto, mojado en la sangre, volaba libremente, y el leproso era declarado limpio por boca del sacerdote.
Asimismo, "Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Pedro 3:18). Por consiguiente, ninguna mancha se halla sobre nosotros, no hay ninguna acusación contra los que creemos en él. "La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7). En Cristo, el creyente es justificado de todo lo que la ley de Moisés no pudo justificar (véase Hechos 13:39).
Pasemos ahora al caso de Naarnán. Aquí no vemos que alguien descienda a la muerte por él; es necesario que él mismo se sumerja en el Jordán, figura de la muerte. No me extenderé sobre el resultado de esto; basta con observar que, en figura, todo lo que él había sido como leproso, desapareció por la muerte.
Las Escrituras no solamente nos enseñan que Cristo descendió a la muerte en lugar del creyente, sino también que este último, como Naamán, entró en la muerte él mismo. Así él murió con Cristo. "Si morimos con Cristo... también viviremos con él" (Romanos 6:8).
Sin embargo, hay una gran diferencia entre nuestro rescate y el de Naamán. Él fue librado de la presencia de la lepra, mientras que nosotros no somos librados de la actual presencia del pecado que habita en nosotros. Sólo seremos librados cuando salgamos de este mundo, ya sea que pasemos por la muerte o que el Señor venga por nosotros.
Al morir en figura con Cristo, todo lo que somos por naturaleza, como también todo lo que hemos hecho, ya ha sido juzgado en la cruz, y el que llevó nuestra condenación dijo: "Consumado es". ¿Quién, pues, nos condenará? Nada queda por condenar. Si Satanás nos presenta nuestros pecados, no intentaremos negárselos, ni excusarlos; le responderemos sencillamente: "Cristo murió por nuestros pecados" (1 Corintios 15:13). Y si procura turbarnos a causa de nuestra naturaleza pecaminosa, añadiremos: "Yo también he muerto".
¿Creer que estamos muertos con Cristo o sentirlo?
Ello supone una dificultad práctica para muchas personas. Una vez oí a un creyente orar con insistencia pidiendo a Dios que le hiciera sentir que él estaba muerto con Cristo. ¿Acaso Dios nos habla de sentir que estamos muertos? No, él nos dice únicamente: Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Romanos 6:11).
Es preciso creer que estamos muertos con Cristo, porque así lo dice Dios, y no porque lo sintamos, pues nunca lo sentiremos. Dios nos dice que a sus ojos así es, y quiere que lo creamos tan sencillamente como creemos en el hecho de que Cristo murió por nuestros pecados. Dios cuenta la muerte de nuestro sustituto como si fuera la nuestra, y los cálculos de la fe siempre están de acuerdo con los de Dios.
En la cruz nuestra naturaleza como hijos del Adán caído ha muerto ante Dios, o como dice la Escritura: "Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él" (Romanos 6:6); ahora nos hallamos en relación de vida con el segundo Adán, el Cristo resucitado, como dice Romanos 7:4: "Habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos".
Como creyentes, hemos entrado en una posición enteramente nueva. Aquel que sobrellevó nuestra condenación, habiendo sido hecho pecado por nosotros en la cruz, resucitó de entre los muertos. Dios nos ve "en él". Somos hechos "justicia de Dios" en Cristo, y por consiguiente, para siempre nos hallamos libres de la condenación.
¿Puede "el pecado en nosotros" impedir nuestra comunión con Dios?
Pero dirá alguien, ¿cómo puede ser posible que la presencia de algo tan malo como lo es la carne no sea un impedimento para la comunión del creyente con Dios? Procuraré explicar esto por medio de otro ejemplo.
Padre e hijo se hallan un día en casa, gozando de una dichosa comunión; tienen en común los mismos pensamientos y sentimientos. En aquel momento, otro hijo, que acaba de recorrer los bosques, entra en la habitación y pone sobre la mesa unas bayas de belladona (fruto parecido a la grosella, pero venenoso). El padre las condena como un terrible veneno que no se debe probar, ordenando que las quiten en el acto. Si el hijo opina igual que su padre respecto al veneno, rechazándolo como él, se comprenderá fácilmente que la sola presencia del mal fruto no ha causado la menor ruptura de comunión entre el padre y el hijo. Pero si el hijo, engañado por la hermosa apariencia de estos frutos, se niega a aceptar la opinión de su padre y trata de conservar las bayas, pierde la comunión con su padre; y si además las prueba, sufrirá las consecuencias de ello. No obstante, si confiesa humilde y voluntariamente su falta, reconociendo su error y rechazando el mal fruto, recupera la comunión perdida.
Cuando el creyente descubre que el pecado aún mora en él y que la vieja naturaleza es peor que nunca, puede tomar el lado de Dios contra ella en lugar de intentar inútilmente mejorarla. Entonces la considera como un enemigo mortal del que siempre debe cuidarse y al que jamás debe tolerar. Sabe que Dios la condenó por completo en la cruz de Cristo, y por consiguiente él mismo también la condena. Se considera como muerto al pecado, mas vivo para Dios en Jesucristo, Señor nuestro.
¿Espera Dios algo bueno de la cama?
Qué gracia que Dios no espere más de la carne algo bueno, sino que la puso de lado para siempre como una cosa mala e incurable. Además, ella ya no tiene ningún derecho legítimo sobre nosotros. No somos más deudores a la carne, "para que vivamos conforme a la carne" (Romanos 8:12). Aunque nuestra responsabilidad es vigilar para no dejarla obrar, Dios, por medio de la muerte y la resurrección de Cristo, nos permite considerarla como no teniendo lugar alguno en nuestra nueva condición ante él. La cruz de Cristo rompió para siempre el lazo que nos unía al primer Adán caído, y el Espíritu Santo trajo a nuestras almas la vida del segundo Adán resucitado.
Dios no nos considera ni nos ve "en la carne", sino "en el Espíritu"; para él, la única vida que ahora poseemos es la vida de Cristo. Por eso el apóstol podía decir: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:20).
Capítulo 3
La victoria de la nueva naturaleza
¿Cuál es el secreto de nuestro poder?
Recordemos la historia de la gallina y de su empollamiento. Su desesperación representa el estado de un gran número de personas en nuestros días. ¿A qué se debía la angustia de la pobre gallina? Sencillamente a la imposibilidad de cambiar los patos en lo que según su instinto debían ser. Cuanto más crecían, más estaban deseosos de echarse al agua. Es cierto que algunas veces iban a descansar debajo de las alas de la gallina; entonces ella se imaginaba que por fin había ganado la victoria, que habían mejorado. Pero, ¡ay!, las decepciones continuaban; ellos iban de mal en peor. Un día, cuando la campesina oyó el angustioso cacareo, mandó a su hija para impedir que los patos se echaran en el estanque, porque veía que la inquietud de la gallina por estos animales perjudicaba seriamente el cuidado de los otros pollos.
Esto produjo inmediatamente un verdadero sosiego en la pobre gallina, pues, aunque no lograba mejorar las inclinaciones de los pequeños nadadores, podía vigilarlos más de cerca.
Así también, todo el que ha nacido del Espíritu de Dios posee instintos propios de la nueva naturaleza. Estos instintos se deleitan en la ley de Dios y se someten a su Palabra. Pero uno descubre también que permanecen los instintos y deseos de un carácter del todo opuesto, los cuales son propios de la vieja naturaleza. Así hay "las cosas de la carne" y "las cosas del Espíritu". Los gustos y anhelos de estas dos naturalezas son tan opuestos que se contradicen unos a otros.
Pero, lo que turba a los recién convertidos, es que ellos no pueden someter la carne a lo que exige la Palabra de Dios. Y la ley no puede ayudar al que ha nacido de nuevo, porque no le da ninguna fuerza. En otras palabras, éste intenta cumplir algo que Dios declara que es del todo imposible, es decir, intenta sujetar la carne a Su santa ley (ver Romanos 8:78). Comprueba que la carne quiere ocuparse de las cosas de la carne, que es enemiga de la ley de Dios e incluso de Dios mismo.
Cuanto más se esfuerce el alma por lograr este imposible, tanto más grande será su miseria. En efecto, querer someter la carne a la ley no produce otra cosa que evidenciar cada vez más su desesperada iniquidad. Si usted echa agua a la cal viva, en lugar de enfriarla, pone en evidencia el fuego que ella oculta. Lo mismo pasa con la carne; aplique usted la ley de Dios y sólo logrará descubrir "la enemistad" que la carne encerraba ya anteriormente. "Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (Romanos 3:20). Si bien es cierto que el creyente posee una naturaleza que quiere practicar el bien, se da cuenta de que el mal está en él. Es liberado cuando renuncia a la lucha desesperada, fijando su mirada lejos de sí, y exclamando: "¡Miserable de mí! ¿quién me librará? Entonces da gracias a Dios por Jesucristo.
Así aprendemos lo que cada hombre debe saber para experimentar la liberación, primero, que "la carne" es una cosa sin valor alguno, y que en ella no mora el bien, ni tampoco existe remedio para ella (Romanos 7:18; 8:7); segundo, que aun en la nueva naturaleza, con sus excelentes deseos, no existe poder eficaz, ni para hacer el bien, ni para evitar el mal.
Pero el Espíritu de Dios hace más que dar vida a un pecador muerto; se constituye en potencia de esta nueva vida. Después de haber creído al Evangelio, el Espíritu Santo como persona distinta viene a vivir en el recién convertido (Efesios 1:13). Lo sella para "el día de la redención es decir, de la redención del cuerpo (Efesios 4:30). (Véase también Romanos 8:916 y las palabras del Señor en Juan 14:17). Según 1 Corintios 6:1920, el cuerpo del creyente viene a ser "templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros... y que no sois vuestros" porque "habéis sido comprados por precio".
Bajo una dirección enteramente nueva
Hace unos meses vi el siguiente anuncio al frente de un gran edificio, parecido a un hotel: «Esta casa se abrirá de nuevo al público en breve, bajo una dirección enteramente nueva».
Supuse que dicho hotel había cambiado de dueño. El anuncio me hizo pensar en el pasaje que acabamos de citar (1 Corintios 6:1920). La casa era la misma de antes; las ventanas, las puertas, la chimenea y las habitaciones tampoco habían cambiado; pero había un nuevo propietario y por consiguiente «una dirección enteramente nueva».
Sucede igual con el creyente: sigue siendo el mismo individuo, con las mismas facultades que antes de su conversión; tal vez también con las mismas ocupaciones; las mismas circunstancias sociales le rodean, pero ha pasado a ser propiedad personal de otro. Pertenece a Cristo, y como tal ahora está bajo una «dirección enteramente nueva»; pues el Espíritu Santo mora en el cuerpo del cristiano, establece allí su residencia, y en lo sucesivo gobierna la casa de acuerdo a los principios celestiales.
¡Qué solemne e infinitamente precioso es todo esto! En ello está la fuerza del creyente para toda actividad según Dios. En ello consiste su poder para resistir a la carne, a fin de hacer "morir las obras de la carne" (Romanos 8:13). En Gálatas 5:17 se nos dice: "El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais''. Debemos tener mucho cuidado de no "contristar" al que ha venido para instruirnos y guiamos, al Espíritu Santo de Dios, '&con el cual fuisteis sellados para el día de la redención" (Efesios 4:30).
Pero preguntará usted, si la naturaleza mala todavía está en la persona convertida, siempre lista a dar señales de vida, ¿cómo puede decir la Palabra que cualquiera que es nacido de Dios no peca?
"Todo aquel que es nacido de Dios... no puede pecar"
Observemos que no se trata de una cosa extraordinaria que sólo se realiza en unas pocas personas que, según una expresión vulgar, tienen «la fe que se necesita». Este pasaje abarca el total de los que han nacido de nuevo: "Todo aquel que es nacido de Dios" (1 Juan 3:9).
Pero dirá usted esto contradice completamente lo que experimento en mí mismo, o lo que veo en otros. Es cierto que puede parecer así, pero consideremos las cosas de cerca y con oración. El primer paso para comprender la Palabra de Dios es creerla: "Por la fe entendemos" (Hebreos 11:3).
Citaré un ejemplo muy usado por un siervo de Dios que ahora está con el Señor: el del injerto del manzano silvestre. Sin duda, usted sabe que esta operación empieza «decapitando» el manzano silvestre dejándole sólo el tronco; luego, cuidadosamente se introduce en él el injerto que consiste en un pequeño tallo del manzano bueno. Se le protege con una capa de resina o de arcilla colocada alrededor de la hendidura y se le deja crecer y desarrollar durante la primavera y el verano.
Trasladémonos en pensamiento al huerto en donde el árbol en cuestión ha sido plantado, y hablemos con el cultivador:
¿Cómo llama usted este árbol? - le preguntamos.
Un manzano nos contesta sencillamente.
Pero, ¿por qué no dice usted que es en parte manzano silvestre y en parte manzano bueno?
A ningún agricultor se le ocurriría decir algo semejante. En verdad antes era un manzano silvestre; pero ahora es un buen manzano. En realidad es el mismo árbol; pero, al ser decapitado, su historia como manzano silvestre terminó. Y a partir del momento en que el injerto empezó a dar señales de vida, su nueva historia como buen manzano también comenzó.
Pero, ¿hay posibilidad de que este árbol produzca manzanas silvestres?
No, y aún más, no puede. Tan imposible es que el buen manzano produzca manzanas silvestres, como que el manzano silvestre produzca buenas manzanas.
¿Quiere usted decir que a este árbol absolutamente nada le queda del manzano silvestre?
No, claro que no, pues quedan las raíces y parte del tronco del manzano silvestre, pero todas sus ramas han sido cortadas. Y si diera señales de vida echando retoños del tronco viejo, inmediatamente debo podarlo y no perdonar el más pequeño retoño.
Hagamos ahora la aplicación de esta figura. El manzano silvestre representa a un hombre en su estado natural, antes de haber nacido de nuevo. A su segundo nacimiento, una vida nueva semejante a la del injerto M manzano es producida en él por el Espíritu y la Palabra.
En sus epístolas, el apóstol Juan, por lo general, habla de una manera abstracta. Así como el agricultor sostenía que el árbol era un buen manzano, el apóstol Juan considera al creyente sólo en relación con la nueva naturaleza, con la vida divina que posee al nacer de Dios.
Entonces, así como es imposible que el manzano lleve frutos silvestres, porque es un manzano bueno, igualmente es imposible que el que es nacido de Dios practique el pecado. %o puede pecar, porque es nacido de Dios" (1 Juan 3:9). ¿Cómo podría pecar una naturaleza divina?
Esta naturaleza divina fue la que Cristo manifestó en el curso de su vida terrenal. Él no pecó. ¿Cómo hubiera podido pecar? Él venció al mundo. El maligno no podía tocarle. "Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí" (Juan 14:30). Como ya lo hemos visto, estas mismas cosas son verdaderas en los que han nacido de Dios, de tal forma que el apóstol puede decir: "Os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él (Cristo) y en vosotros" (1 Juan 2:8).
¡Qué maravilloso! Bien podemos exclamar en santa adoración: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él" (1 Juan 3:1).
Aunque el apóstol presenta la naturaleza divina, de esta manera abstracta y absoluta, no por eso ignora la existencia de la naturaleza pecadora en el creyente. Así en 1 Juan 1:8 dice: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros". Luego, en 1 Juan 2:1, se nos exhorta a no pecar; pero si pecamos, hay un remedio, a saber, el Abogado junto al Padre, Jesucristo, el Justo, quien nos hace encontrar de nuevo la comunión con el Padre, haciéndonos reconocer, como hijos suyos extraviados, nuestra locura y confesar nuestros pecados.
Tenemos, además, en 1 Juan 1:9, la seguridad consoladora que "si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad". ¿Por qué fiel justo? Porque Jesucristo el Justo nos hizo plena justicia para siempre, cuando derramó su preciosa sangre en la cruz.
Liberación de la antigua posición en Adán
En las epístolas de Pablo, el Espíritu Santo nos presenta la completa liberación del creyente de su antigua posición en Adán, y nos da a conocer su nuevo lugar: completamente justificado y perfectamente aceptado en Cristo. Nos enseña que aunque existan, en verdad, dos naturalezas diferentes en el creyente, Dios da por terminada nuestra antigua condición de manzano silvestre. Judicialmente, en la cruz nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, ha sido echado fuera de nosotros "el cuerpo pecaminoso camal" (Colosenses 2:11); ya no somos considerados como hombres en la carne. Por eso puede hablar del tiempo en que nos hallábamos en la carne (Romanos 7:5) y, en Romanos 8:9, sencillamente afirmar que no estamos en la carne, sino en el Espíritu. Esto se puede comparar con el árbol que, si pudiera hablar, diría: "Yo no he perdido mi individualidad como árbol, pero mientras que en el pasado yo era un manzano silvestre, ahora soy un manzano bueno y puedo fructificar en el huerto".
Es precioso saber que Dios no nos ve más ligados a la vida condenada del primer Adán, sino a la vida de resurrección de Cristo, el segundo Adán. "Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Colosenses 3:3). "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8:1)
¿A cuál naturaleza debo alimentar?
Hemos visto que hay dos naturalezas, y que con sus diferentes orígenes tienen gustos completamente distintos; existen, pues, las cosas de "la carne" y las del "Espíritu". No olvidemos que estas dos naturalezas reclaman a diario nuestra atención. Observe estos dos pajarillos en un nido de gorriones. Uno es un cuclillo ( Ave europea, poco menor que una tórtola. La hembra suele poner uno o más huevos suyos en los nidos de otras aves. Estas últimas nutren al pajarillo extraño al mismo tiempo que los suyos propios.) que, apenas roto el cascarón, grita: "Denme de comer"; el segundo, un pequeño gorrión, hace lo mismo. Igual sucede con las dos naturalezas: ambas piden de comer. La sola diferencia es que los dos pajaritos de distintas especies se nutren con el mismo alimento, mientras que en el creyente, lo que nutre la vieja naturaleza no tiene ningún valor nutritivo para la nueva, y lo que es alimenticio para la nueva, repugna absolutamente la vieja.
En vista de esto se nos exhorta en Romanos 13:14: “no proveáis para los deseos de la carne"; y en 1 Pedro 2:11: "Que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma". Por otro lado se nos exhorta: "Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación" (1 Pedro 2:2). Velemos, pues, como centinelas activos, y que todo lo que hagamos, digamos, leamos y pensemos lo probemos por medio de esta pregunta: Lo que hago, ¿alimenta a la nueva o a la vieja naturaleza? ¡Cuántas dificultades serían resueltas por esta simple pregunta! No dejemos entrar nada de lo que nutre a la carne, estos "deseos carnales que batallan contra el alma". No olvidemos que el que "siembra para la carne", y el que "siembra para el Espíritu", recogerán en esta vida los frutos correspondientes a su siembra (aquí no se trata de la cuestión de la eterna salvación del alma). "Pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción" (Gálatas 6:78). Al respecto, jamás debemos confundir la mano del Padre en gobierno o disciplina, con el amor del corazón del Padre.
La disciplina del Padre
Aunque sea un asunto distinto al que este escrito tiene por objeto presentar, quiero decir unas palabras respecto al gobierno del Padre sobre nosotros, sus amados hijos en Cristo y por Cristo. A pesar de su insondable amor por nosotros, el Padre se ve en el deber de castigarnos y azotarnos a menudo. Pero, si lo hace, lo hace "para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad" (Hebreos 12:10).
De esta manera somos llevados a hacer morir lo terrenal en nosotros (Colosenses 3:57). Porque si la carne se manifiesta, negamos de un modo práctico lo que somos en Cristo ante Dios. Dejar obrar la carne es tan malo como dejar sin cortar los retoños que brotan en el viejo tronco del manzano injertado; éstos pondrían en peligro su injerto, y el manzano volvería a su primer estado. Así, si dejamos obrar la carne, no podremos manifestar la nueva naturaleza que está en nosotros.
Si no nos juzgamos a nosotros mismos y no condenamos todo lo que en nosotros sea contra Dios, el Padre tendrá que hacerlo, porque nos ama y nos quiere vivos en el Espíritu.
¡Que nos sea concedido el ser caracterizados por una conciencia más sensible y por una mayor desconfianza de nosotros mismos! ¡Que el Señor sea, de día en día, más evidentemente nuestro único sustento, y su preciosa Palabra de vida sea nuestra delicia!
"Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias, ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. » Romanos 6.1113
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