|
ACERCA DE LA ORACIÓN
1
Ediciones Bíblicas
1166 Perroy (Suiza)
Autores: C.H. Mackintosh y H. Rossier
La oración en su lugar adecuado
Existe una fuerte tendencia en la mente humana a percibir un solo lado de las cosas, y esto es algo de lo que deberíamos guardarnos con todo cuidado. Sería una muestra de sabiduría de nuestra parte ver siempre las cosas según nos las presenta Dios en su santa Palabra. Deberíamos poner las cosas donde Él quiere que estén y dejarlas allí. Si prestáramos a esto la debida atención, entenderíamos la verdad con mayor claridad, y nuestras almas estarían mejor instruidas. Dios ha designado un lugar determinado para cada cosa, por lo cual deberíamos evitar poner las cosas buenas en lugares impropios, así como dejarlas completamente a un lado; lo uno puede hacer tanto daño como lo otro. Si algo que Dios ha instituido se pone fuera del lugar destinado por Él, a la fuerza quedará destituido de su capacidad para alcanzar el objetivo que Dios le asignó. Seguramente, todos estarán de acuerdo en que está mal poner las cosas en un lugar diferente al que Dios quiso que ocuparan.
La importancia de tener cada cosa en su sitio crece con la importancia misma del objeto. Esto tiene especial validez con respecto al santo y valioso ejercicio de la oración. Resulta difícil imaginar cómo puede alguien, con la Palabra de Dios en sus manos, tener la presunción de quitarle valor a la oración, pues la oración es una de las funciones más altas y uno de los privilegios más importantes de la vida cristiana. Tan pronto como el Espíritu Santo ha implantado la nueva naturaleza, mediante la fe en Cristo, está se expresa en los dulces acentos de la oración.
La oración es la respiración anhelante del nuevo hombre, producida por la obra del Espíritu Santo, quien mora en todos los verdaderos creyentes. De ahí que hallar a alguien orando es verlo manifestando la vida divina en una de sus características más hermosas y conmovedoras: la dependencia. Es posible que, tanto en el carácter como en el objeto de la oración, se muestre una gran ignorancia; no obstante, el espíritu mismo de la oración es, sin duda alguna, divino. Quizás un niño pida muchas cosas insensatas; pero ciertamente no podría pedir nada si no tuviera vida. La capacidad y el deseo de pedir son pruebas infalibles de vida.
Tan pronto como Saulo de Tarso pasó de la muerte a la vida, vemos que el Señor dice de él: "¡He aquí, él ora!" (Hechos 9:11). Sin duda, como "fariseo" había dicho muchas "oraciones largas"; pero, sólo después que "vio al Justo y escuchó Su voz- pudo decirse de él: "¡Mira él ora!"
Decir oraciones y orar son dos cosas totalmente distintas. Un fariseo, quien busca su propia justicia, puede sobresalir en la primera, pero sólo un convertido puede disfrutar de la segunda. El espíritu de oración es el espíritu del hombre nacido de nuevo; el lenguaje de la oración es la expresión distintiva de la nueva vida. En el momento en que un alma nace a la nueva creación, viene a ser dependiente de la fuente de su nacimiento. ¿Quién se atrevería a calmar o impedir el grito de un bebé que acaba de nacer? Se le permitirá desahogarse, animándole suavemente, pero no se le tapará la boca con ruda ignorancia. El llanto mismo que la ignorancia intentaría sofocar llega como suavísima música a los oídos de sus padres, porque es prueba de la vida; muestra la existencia de un nuevo ser en torno al cual se entretejen los afectos del corazón de los padres.
Todo esto es suficientemente claro. Quien piense ahogar los acentos de la oración, ignora por completo los misterios preciosos de la nueva creación. Quizás el entendimiento del que ora necesite instrucción; pero el espíritu de la oración no debe ser apagado. Que brillen sobre la conciencia que lucha los rayos de la revelación divina con su poder libertador, pero que no sea sofocada la respiración de la nueva vida.
Es posible que el recién convertido se halle en gran oscuridad. Es posible que la fría neblina del legalismo envuelva su espíritu. Quizá aún no sea capaz de descansar totalmente en Cristo y en su obra acabada. Quizá su conciencia, aunque despertada, no haya hallado la respuesta pacificadora en la sangre preciosa de Jesús. Pueden turbarle las dudas y los temores. Quizá no conozca bien la importante doctrina de las dos naturalezas y el conflicto continuo que existe entre ellas. Esa alma está abatida por el sentimiento humillante del pecado que mora en su interior y no ve todavía la amplia provisión que el amor redentor hizo, precisamente para eso, en el sacrificio y la intercesión la sangre y la abogacía del Señor Jesucristo. Puede ser que se haya disipado el gozo que sintió en los primeros momentos de su conversión. Quizá los rayos del Sol de Justicia se hallan escondidos tras las densas nubes que surgen de su interior y de su entorno. No está como en días pasados; se sorprende del triste cambio que experimenta y hasta lo asaltan dudas de si en realidad se convirtió.
¿Nos resulta extraño que tal persona dirija su llanto, a grito pelado, a Dios? En realidad, lo extraño sería que hiciese cualquier otra cosa. ¿Cómo, pues, lo trataremos? ¿Vamos a decirle que no ore? ¡Dios no lo permita! Eso sería hacer la obra de Satanás, quien odia de todo corazón la oración. Expresar una sola sílaba que se entendiera como un menosprecio a un ejercicio enteramente divino equivaldría a oponerse a todo el libro de Dios, a negar el ejemplo de Cristo mismo e impedir los gemidos indecibles que el Espíritu Santo pone en el alma del recién convertido.
Las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento rebosan de exhortaciones y admoniciones alentadoras a orar. Citar las porciones llenaría un volumen. Nuestro adorable Señor y Maestro ha dejado a los suyos un ejemplo sobre el ejercicio incesante de un espíritu de oración. Él no sólo oraba, sino que también enseñó a sus discípulos a orar. Lo mismo hizo el Espíritu Santo en los apóstoles (véase los siguientes versículos: Lucas 3:21; 6:12; 9:2829; 11:113; 18:18; Hechos 1:14; 4:31; Romanos 12:12; 15:30; Efesios 6:18; Filipenses 4:6; Colosenses 4:24; 1 Tesalonicenses 5:17; 2 Tesalonicenses 3:12; 1 Timoteo 2:13; Hebreos 13:18; Santiago 5:1415).
Si miramos y ponderamos dichas porciones, tendremos una visión recta del lugar que ocupa la oración en la vida cristiana. Veremos que se exhorta a los creyentes a orar, y sólo a ellos. Veremos que la oración es un ejercicio prominente en la familia de Dios y que debemos pertenecer a esa familia para ejercitarnos en la oración. Comprenderemos que la oración es la expresión indudable de la vida nueva y que, por consiguiente, esa vida debe existir para poder expresarse así. Veremos que la oración es un importante privilegio del creyente, y que de ninguna manera es el medio sobre el cual fundamenta su paz.
De este modo, podremos poner la oración en su debido lugar. ¡Qué importante es que el investigador angustiado vea que el fundamento profundo y sólido de su paz presente y perpetua fue puesto en la obra de la Cruz hace casi veinte siglos! ¡Qué importante es que la sangre de Cristo esté ante nosotros en un relieve claro y pronunciado, en su grandeza sin par, como el único fundamento del descanso del pecador! Un alma puede buscar ansiosamente la salvación y estar clamando por ella, sin percatarse en todo ese tiempo de que la tiene al alcance de la mano. Se le pide que acepte una salvación gratuita, completa, personal, presente y eterna, pues Cristo ha provisto todo eso. Una copa desbordante de salvación está delante de él y sólo necesita tomarla con fe y beberla. El Evangelio de la gracia que Dios regala apunta hacia el velo rasgado, la tumba vacía y el trono ocupado arriba (Mateo 28; Hebreos cap. 1 y 10). ¿Qué nos declaran esas cosas? ¿Qué dicen a los oídos del pecador angustiado? ¡Salvación! ¡Salvación! El velo rasgado, la tumba vacía, el trono ocupado, todos ellos gritan: ¡Salvación!
¿Desea usted realmente la salvación? Entonces, ¿por qué no la toma como un don gratuito de Dios? ¿Está usted mirando a su corazón para ser salvo, o a la obra acabada de Cristo? Piénselo bien, ¿es necesario esperar a que Dios haga alguna cosa más para su salvación? Si es así, la obra de Cristo no está cumplida; el rescate no se pagó por completo. Pero Cristo dijo: "Consumado es" (Juan 19:30). Y Dios dice que "halló redención" (véase Job 33:24; Mateo 20:28). Y si usted tuviera que hacer, decir o pensar una sola minucia para completar la obra de la salvación, Cristo no sería un Salvador total y perfecto.
Además, sería negar claramente lo que dice Romanos 4:5: "Al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia". Tenga usted cuidado, no sea que esté mezclando sus pobres oraciones con la obra gloriosa de la redención, cumplida en la cruz por el Cordero de Dios. La oración es algo muy precioso, pero recuerde que "sin fe es imposible agradar a Dios" (Hebreos 11:6). Si usted tiene fe, tiene a Cristo; y teniendo a Cristo, lo tiene todo. Si usted está clamando por misericordia, la Palabra de Dios le señala con el dedo la corriente copiosa de misericordia que fluye del sacrificio ya consumado. Todo lo que necesite su corazón angustiado, lo encuentra en Jesús. Él es el don gratuito de Dios para usted, ahora, tal como usted es y donde está. Si tuviera que ser algo diferente de lo que es, o ir a cualquier otro lugar, la salvación no sería "por gracia, por medio de la fe" (Efesios 2:8). Entonces, puesto que está ansioso de obtener la salvación, y Dios desea que la tenga, ¿por qué va a estar sin ella ni un momento más? Todo está preparado. Cristo murió y resucitó. El Espíritu Santo da testimonio. La Palabra es clara: "Cree solamente" (Marcos 5:36).
¡Ojalá el Espíritu de Dios guíe a toda alma angustiada para que encuentre en Jesús un reposo permanente! ¡Ojalá Él la lleve a desviar sus ojos de cualquier otra cosa, y a mirar directamente a una expiación del todo suficiente! Que Él dé a todos claridad de percepción y sencillez de fe. Que a todos los que enseñan y predican, los dote de modo especial con la habilidad para "usar bien la palabra de verdad" (2 Timoteo 2:15), a fin de que no apliquen al pecador inconverso, ni a la persona ansiosa de encontrar la salvación las porciones de la Escritura que se refieren únicamente al creyente. Con un trazo inexperto y la aplicación incorrecta de la Palabra, se puede hacer un daño muy serio a la verdad de Dios y a las almas de los hombres.
Antes de que haya actividad espiritual, tiene que haber vida espiritual; y el único modo de obtener la vida espiritual es creer en el nombre del Hijo de Dios* (Juan 1:1213; 3:1416, 36; 5:24; 20:31). Por lo tanto, si los preceptos de la Palabra de Dios son aplicados a personas en quienes la vida espiritual no actúe, el resultado será la confusión. Los preciosos privilegios del cristiano son cambiados en pesado yugo para los inconversos. Se expone un sistema extraño de medioley, medioevangelio, con el que se le roba al cristiano su gloria característica, y las almas de los hombres se hunden en la neblina y la perplejidad. La necesidad de exponer con claridad el fundamento verdadero de la paz del pecador es urgente. Cuando las almas son convictas de pecado y tienen la vida, pero no gozan de la liberación, necesitan un Evangelio pleno, claro y sin nubes. Las exigencias de una conciencia que ha sido despertada por Dios sólo pueden ser satisfechas por la sangre de la cruz. Si a la obra acabada de Cristo se le añade algo, no importa lo que sea, forzosamente se ha de llenar el alma de dudas y oscuridad.
Quiera Dios otorgarnos la gracia de conocer mejor el lugar verdadero y el valor genuino de la fe sencilla en el Señor Jesucristo, y de la oración ferviente con la ayuda del Espíritu Santo.
C.H. Mackintosh
* Cuando el carcelero de Filipos les preguntó a Pablo y a Silas: «¿Qué debo hacer para ser salvo?" ellos le respondieron sencillamente: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa" (Hechos 16:3031). Seguramente todo marcharía bien, si se adoptase con más fidelidad este método de tratar con una persona ansiosa de encontrar la salvación.
Carta sobre las reuniones de oración
Querido hermano:
Deseo presentarle algunos pensamientos con relación a las reuniones de oración.
Al principio es preciso insistir en que la oración en común es la primera manifestación de la vida entre los hijos de Dios. En Hechos 1:14, aun antes que el Espíritu Santo fue dado para formar la Asamblea, todos los discípulos "perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos". Aquí no se trata, como en Mateo 18:19, de ponerse de acuerdo con el propósito de pedir algo en especial, aunque las peticiones especiales no estén en ninguna manera ausentes de la oración en común (Colosenses 4:3; 1 Tesalonicenses 5:25; Hebreos 13:18; 2 Tesalonicenses 3:1; Hechos 12:5,12), sino de perseverar unánimes en algo general, la oración. No es necesario, pues, tener un propósito especial al reunirse para orar.
Dios crea en nosotros individualmente, en la vida diaria, necesidades traídas a nuestras almas mediante las circunstancias que atravesamos, y nos da la posibilidad de expresarlas por medio de la oración. Igualmente, cuando estamos reunidos, nos trae los asuntos sobre los que debemos hablarle. Nosotros esperamos en Él y Él nos los comunica. Al igual que la oración individual, la oración en común sube a El, para presentárselos, y su potencia desciende en favor nuestro para respondernos. Sin embargo, existe una diferencia: la oración en común no debe expresar nuestras necesidades personales. Huelga decir que las oraciones en nuestra habitación no sólo conciernen nuestros propios asuntos, sino que pueden abarcar toda clase de necesidades. Es ahí donde podemos y debemos orar por nuestro estado personal, donde confesamos nuestros pecados, según 1 Juan 1:9, y donde buscamos la fuerza para resistir a las tentaciones, para cumplir nuestro servicio diario, para glorificar al Señor en nuestro ministerio, etc. No podemos introducir en las reuniones de oración esas necesidades individuales. Sin embargo, si resultan ser las mismas que las de nuestros hermanos, podremos expresarlas en la reunión de asamblea con tanta más fuerza cuanto que nosotros mismos hemos pasado por esa experiencia. Pero, lo repito, lo que nos concierne individualmente no es un asunto que debemos exponer en la reunión de oración.
La prueba de que no hay necesidad de un asunto en especial para congregarnos con la intención de orar en común, la hallamos, como ya lo he hecho observar, en Hechos 1:14. Se ha dicho que estos santos oraban con vistas al Espíritu Santo prometido (Lucas 24:49). Que ellos lo hicieran, no lo dudo, pero éste no era en absoluto el único objeto de sus oraciones, pues, tras el don del Espíritu Santo, los discípulos siguieron haciendo exactamente lo mismo: "Y perseveraban... en las oraciones" (Hechos 2:42). En general, cuando es cuestión de perseverar en la oración, se trata de la oración en común. Además de los dos pasajes citados, mencionaría aún Hechos 6:4 donde los doce apóstoles perseveraban en la oración y Romanos 12:12 donde la perseverancia en la oración forma parte de la acción común en la asamblea; Colosenses 4:2, 3, pasajes en los cuales a la perseverancia en la oración, como cosa general, se añaden aún las peticiones especiales del apóstol. ¿Hay necesidad de afirmar que la oración en común era practicada habitualmente en las asambleas, ya sea en general, ya sea con un propósito especial? Además de los pasajes citados, observemos todavía Hechos 4:24, 31; 20:36; 21:5.
Si usted pregunta cuáles son los temas de la oración en común, cuando ésta no tiene un propósito especial, he aquí algunos:
"Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad" (1 Timoteo 2:14).
"Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos" (Efesios 6:18).
"Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias" (Filipenses 4:6).
En consecuencia, vemos que el dominio en el que se ejerce la oración en común es ilimitado. No quiero decir que el de la oración individual sea más limitado, sino que en la oración en común o de asamblea hay una bendición y un poder especial para recibir lo que se pide, por el hecho de que el Señor está en medio de los que están reunidos a su nombre. Esto sobresale de una manera maravillosa en el capítulo 4 de los Hechos de los Apóstoles (v. 2431).
La oración en común es, pues, la primera manifestación de la vida en la asamblea; incluso precede a la realización del culto, como en Hechos 1:14. Además de su contestación, tiene un resultado infinitamente precioso: produce la actividad en el servicio de la Palabra, sea en la asamblea, sea fuera de ella. Esto es de una gran importancia. Un hermano que no ora en la asamblea es incapaz de hacer un servicio público; una asamblea que no ora es azotada por la inactividad; la inercia se apodera de ella; los dones no pueden ejercerse allí; el celo por el Evangelio no la anima; muy pronto cae en un sueño que se asemeja más a la muerte que a la vida. La experiencia muestra que tal asamblea sufre la incapacidad.
En Marcos 9:28 los discípulos que permanecieron abajo del monte se lamentaban por no poder echar fuera un espíritu inmundo (v. 25); sin embargo, la autoridad sobre los espíritus inmundos les había sido otorgada (6:7), y ya habían echado fuera muchos demonios (6:13). ¿Por qué, pues, tal incapacidad en este caso? ¿Ya no 'poseían el poder conferido? Éste no les había sido retirado, en absoluto, sino que les faltaban tres cosas para ejercitarlo: la fe (comp. con Mateo 17:20), la oración y el ayuno (Marcos 9:29). Su incapacidad era tanto más humillante por cuanto otros, que no caminaban con ellos, podían ejercer esta potencia y echaban a los demonios en el nombre de Cristo (9:38). Si bien los discípulos seguían al Señor y ocupaban una posición privilegiada, ¡eran otros quienes hacían los milagros!
Estos hechos muestran las causas de la falta de resultados en nuestra obra. Lo que nos falta, es la fe; es el ayuno, que rechaza traer alimentos a la naturaleza pecaminosa; es por fin la oración, expresión de la confianza en Dios, el Todopoderoso, nuestro único recurso, y consecuencia de la desconfianza en nosotros mismos. También es la expresión de la dependencia de Dios, sin la cual nada podemos hacer.
Todo esto nos explica por qué, sin la oración, una asamblea de cristianos está reducida a la incapacidad.
En Marcos 11:2426, encontramos la alianza de la oración con la fe. La fe basta para recibir todo lo que pidamos por la oración: "Creed que lo recibiréis, y os vendrá". Hallamos a continuación, en este mismo pasaje, que sin la mutua comunión, la oración no tendría efecto.
Así, pues, las reuniones de oración pueden tener lugar sin un propósito especial; incluso deben ser un hábito y tener lugar a hora fija (además de otras reuniones que fuesen convocadas para un asunto en particular). Para los judíos, había "una hora de la oración"; los apóstoles se juntaban allí (Hechos 3:1; 16:13), reconociendo así la legitimidad de esta institución. Sin duda, era una práctica instituida bajo el régimen de la ley; pero ¿no deberíamos nosotros ser igualmente celosos en participar de algo perteneciente ahora al régimen de la gracia y donde la libertad del Espíritu se puede manifestar plenamente?
Observe usted bien que al decir todas estas cosas, paso voluntariamente por alto el asunto tan capital de la oración individual. Esta última es mencionada continuamente en las Escrituras y forma parte de la vida de los creyentes, tanto en el antiguo pacto como en el Nuevo Testamento. Es inútil citar aquí pasajes de la historia de Israel, hablar "de las oraciones de David", las cuales son recomendadas por el Señor mismo a sus discípulos, de aquellas con las que los santos son continuamente exhortados en las epístolas. De esto, como en todas las cosas, el Señor ha sido el ejemplo perfecto. El evangelio de Lucas, en particular, contiene numerosas oraciones de nuestro Salvador. Sin embargo, la oración en común no era extraña en el Antiguo Testamento (véase por ejemplo Nehemías 4:9; 1 Reyes 8:44; 2 Crónicas 7:14). Pero quisiera insistir sobre el hecho de que la oración de asamblea es un deber, un privilegio bajo el régimen de la gracia, y el no asistir es realmente conocer muy poco en qué consiste la vida de asamblea. Apenas formada, ella ora, al igual que rinde culto. Tales son los dos secretos de su fuerza y su gozo.
Ahora deseo hacer notar lo que se opone a la realización de las reuniones de oración, pues ahí es donde en parte reside nuestra debilidad y el poco interés en asistir a estas reuniones.
En primer lugar, se debe a la poca realidad de nuestras oraciones. En la oración de asamblea no debemos presentar asuntos que el Espíritu Santo no haya puesto en nuestros corazones. Dios a menudo se sirve de comunicaciones, orales o escritas, para hacer llegar a la asamblea alguna noticia, sea de la obra o de los obreros, sea sobre las necesidades individuales de los santos, etc., comunicaciones que pueden presentarse al principio o en el curso de la reunión, y dan objetividad a nuestras peticiones. Es posible que una reunión de oración, bajo la dirección del Espíritu Santo, sea consagrada a una sola necesidad individual, como en el caso del apóstol Pedro (Hechos 12:5, 12). No era sólo un hermano, sino toda la asamblea la que hacía ardientes oraciones por él. Lo mismo sucederá en cuanto a la obra. Si, por ejemplo, Dios presenta a la asamblea las necesidades de la obra en la China, no es con el fin de que todos los países en los que la obra del Evangelio se lleva a cabo sean sistemáticamente repasados. Tal manera de obrar a menudo es prueba de una falta de realidad en nuestras peticiones; ello pronto produce fatiga y cansancio, y el poder de Dios no desciende allí para responder.
Si se nos dijera: Dios no tiene necesidad de nuestras oraciones para llevar a cabo su obra, responderíamos: Sin duda, pero no olvidemos que Él atribuye a nosotros el resultado producido, es decir, a la fe que nos ha dado. Se place en dispensarla como una consecuencia de las obras hechas para Él, pues las oraciones forman parte de las buenas obras.
Cuando hay realidad, el interés de la asamblea siempre está alerta, el corazón, los deseos y los sentimientos entran en juego. La respuesta será dada y toda la asamblea volverá a la reunión de oración, porque ha experimentado, no la fatiga de peticiones estériles, sino preciosos otorgamientos.
En segundo lugar, existe el hábito demasiado común entre los santos reunidos de orar en voz baja, tan baja, que nadie oye sus oraciones sino uno mismo. ¿Es así como se es la boca de la asamblea? ¿Se puede decir amén a la oración cuando no se sabe lo que ha sido dicho? ¿Cuántas veces ha sido presentada esta exhortación entre nosotros? pero, ¡ay, con pocos resultados! ¿Cómo asombrarse de que las almas poco afirmadas cuyo estado nuestro amor debería tener en cuenta se cansen y abandonen las reuniones de oración?
Una tercera y muy grave falta, sobre la que nunca se podrá insistir lo bastante, aunque ya se ha dicho en varias ocasiones, es la noparticipación de todos los hermanos en la oración.
No digo que en cada reunión de oración deben orar todos los hermanos, sino que ninguno, sea joven o anciano, puede eximirse de hacerlo. El único motivo para no hacer oír uno su voz en una reunión de oración es cuando él carece de vida y de actividad espiritual, provocado por la mundanalidad, por un estado de corazón no juzgado ante Dios, por un pecado positivo. En estos casos, es necesario que tal hermano guarde silencio. El no guardarlo sería hipocresía, mientras que no participar, vendrá a ser para él un potente medio de juzgarse a sí mismo.
A menudo se argumenta la propia timidez para callarse. ¡Mala razón! El Espíritu no es tímido y nos ayuda a superar esta debilidad. El Espíritu desata el corazón y la lengua. "Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Corintios 3:17).
Lejos estoy, querido hermano, de haber expuesto toda la lista de nuestras faltas. No he hablado de oraciones interminables, de vanas repeticiones, de silencios angustiosos, frutos de la carne, de oraciones en las que parece que se tiene miedo de pronunciar el nombre de aquellos de quien se presentan las necesidades. Todos estos asuntos han sido señalados por otros; pero ¿no debemos atribuir lo poco que son frecuentadas las reuniones de oración a nuestras propias faltas, y humillarnos ante Dios para evitarlas de ahora en adelante?
¿Cómo no hablar, para terminar, de asambleas totalmente desprovistas de reuniones para la oración? Me hacen pensar en un hombre que tuviera la pretensión de vivir sin respirar; ¡moriría ahogado! ¡Que el Señor dé a estas asambleas el libre ejercicio de sus pulmones espirituales, sin lo cual una muerte pronta las amenaza!
Al decir estas cosas no olvido que los lamentos no remedian el mal. El verdadero remedio es el de despertarnos a la vida espiritual, y el medio de aplicar este remedio consiste en la oración en sí misma: oración individual y oración en común; oración de la fe y oración por el Espíritu. ¿Acaso no se nos ha dicho "velad y orad"? (Mateo 26:41).
Su hermano
H. Rossier
|