Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.

Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;

Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:

Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Mat 20:25-28

 

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K

Tú destuíste

Capítulo 6

"Tú destruiste todo el esfuerzo del infierno y de la muerte"

Después de los versículos 16 a 18, tan destacables por su precisión profética, de la cual Cristo debía conocer toda la realidad "a fin de que se cumpliese la Escritura", él apela a aquel que había sido su fuerza durante toda su vida

Salmo 22

19 mas tú, Jehová, ¡no te alejes!
Fortaleza mía, ¡apresúrate a socorrerme!

20 Libra de la espada mi alma,
del poder del perro mi vida.

21 Sálvame de la boca del león
y líbrame de los cuernos de los toros salvajes.

En Getsemaní...

Hebreos 5

7 Y Cristo, en los días de su vida terrena, ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente.

A él se dirige aún, en la hora misma en que deberá exclamar: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has desamparado?

Ya le oímos decir

Salmos 22

11 No te alejes de mí,
porque la angustia está cerca
y no hay quien me ayude.

La súplica la vuelve a repetir

Salmos 22

19 Mas tú, Jehová, ¡no te alejes!
Fortaleza mía, ¡apresúrate a socorrerme!

No dice "Dios mío" sino "Jehová", ¡tú que no cambias, tú que siempre eres fiel, tú que siempre has sido mi fuerza y mi liberación! Estas ardientes plegarias del Señor ¿quién las podrá sondear jamás? ¿quién podrá medir la angustia y el horror de su alma durante esas horas tenebrosas? "¡Jehová, no te alejes!". Sentía que Jehová se alejaba de él, que estaba obligado a alejarse.

Se ve qué terrible asalto dirigía Satanás contra Cristo durante esas horas de las cuales el Señor había dicho a los hombres, instrumentos de Satanás, venidos para arrestarle:

Lucas 22

53 Habiendo estado con vosotros cada día en el Templo, no extendisteis las manos contra mí; pero esta es vuestra hora y la potestad de las tinieblas.

Como otrora el filisteo con todas sus armas, el Enemigo avanza aquí con un completo arsenal de violencia, de maldad, de malicia y de corrupción. ¡Qué grito de dolor escapa del corazón del Señor en ese momento! Siente todo el furor de Satanás, su rabia, su odio en sus múltiples formas. Entonces exclama: "¡Sálvame de la boca del león!".

No parece, hablando con propiedad, que se pueda llamar combate a lo que pasó en la cruz entre Cristo y Satanás. En efecto, aquí no hay lucha, como en el desierto, cuando Jesús respondía al adversario por medio de la irresistible espada de la palabra de Dios, o como en Getsemaní, donde la angustia del combate hacía manar su sudor como grumos de sangre que caían sobre la tierra. Satanás lo asalta, por cierto, desesperadamente, pero se ensaña contra un Cristo sin defensa, quien no tiene más batalla que librar, ya que ha aceptado la copa, por lo cual no le opone ninguna resistencia. Las flechas y los dardos encendidos del príncipe de las tinieblas se agotan en vano contra la perfección de nuestro Señor Jesucristo. De esta extraordinaria manera fue obtenido el más clamoroso triunfo, una victoria no conseguida en los anales de los pueblos, pero que exaltará durante la eternidad al cántico de los rescatados. « ¡Tuya, Jesús, fue la victoria en la cruz! ».

Aunque es preciso ser prudente en la interpretación de las expresiones que describen los diversos sufrimientos del Señor, parece que se puede ver en la espada, el poder del perro y en la boca del león lo que Cristo soportó respectivamente de parte de Dios, de los hombres y Satanás. La espada de Jehová se despertó contra el hombre socio suyo

Zacarias 13

7  «¡Levántate, espada, contra el pastor
8  y contra el hombre que me acompaña!,
9  dice Jehová de los ejércitos.
10 Hiere al pastor y serán dispersadas las ovejas;
11 yo tornaré mi mano contra los pequeñitos.

Recordamos que el grito del primer versículo fue lanzado al final de las tres horas sombrías, hacia la hora novena. Cuando el Señor, presa de los dolores provocados por los hombres y Satanás, grita a Dios, es para comprobar que tampoco de ese lado hay algo para él; y no sólo que no hay nada a su favor volviéndose hacia Dios, sino que Dios está contra él. Precisamente allí está lo que ha sido llamado el «misterio de misterios». Su grito hacia Dios ante el sufrimiento, recibió por respuesta el desamparo y la cólera. En el curso de su vida, como ya ha sido señalado varias veces, Cristo, por más humilde y desprovisto que haya sido — pues fue un hombre desprovisto, ya que su vida entera es la de un hombre que no tenía nada — en el curso de su vida, tuvo a Dios consigo, y dio pruebas de fuerza y de poder al cumplir innumerables milagros. Pero aquí, en la cruz, no hay el menor despliegue de poder exterior de su parte, no hay ningún milagro; sólo debilidad. Por eso dice él "mi fuerza", asumiendo la debilidad humana de una manera absoluta. La cruz era eso para Cristo: el sentimiento de una debilidad completa y de una debilidad aceptada. Fue crucificado — como está escrito — en debilidad

2 Corintios 13

4 Aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Y también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros.

Como ya lo hemos considerado un poco, durante estas horas no vemos ningún ejercicio de poder, ningún rasgo de cualquier clase de heroísmo, ningún arranque de voluntad como lo tienen los hombres, sino el abandono de toda voluntad, la aceptación consciente de todo lo que debía encontrar. ¡Y pensar que el Señor —quien ante todo era Dios, creador de todo y quien tenía en sus manos el poder— aquí confiesa su debilidad! Es una maravilla moral que se agrega a las otras suyas. Ya no esconde más su debilidad, como así tampoco escondía su vergüenza. En eso también brilla su total perfección.

Como se ha dicho, ha habido fieles que experimentaron, en el curso de los tiempos, algo de esa vergüenza en una muerte ignominiosa, pero hay, entre ellos y el Señor, una diferencia inmensa, además de lo que se refiere a la perfección: los santos siempre pueden contar, en el momento de la prueba, con el auxilio de Dios, mientras que Cristo debió probar que Dios estaba contra él. Incluso a causa de ello todos los cristianos pueden estar seguros de que Dios no los abandonará jamás; no los abandonará jamás porque abandonó al único que merecía no ser abandonado. No hemos terminado de meditar acera de este punto, pues lo haremos eternamente. Es de la mayor importancia que la Iglesia, en cada asamblea local, no lo olvide.

 

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