" Adios a Hogsmeade "
por
Nimelen (
11:50 AM )
El tiempo pasaba apaciblemente; Nimelen había decidido dejar de pensar sobre si estaba bien o no sentirse a gusto junto a ese hombre, ya tendría tiempo de hacerlo cuando regresase a Hogwarts, además la vida en la cueva era mayormente monótona y de no ser por sus charlas sobre Hogwarts, bromas a Slytherins y Harry Potter, a estas alturas la joven estaba segura de que se habria vuelto loca o estaría muerta de aburrimiento. Sin embargo a pesar de las charlas el aburrimiento comenzaba a hacer mella en la joven y el hecho de no poder salir no mejoraba la situación, hacía una una semana que estaba alli y empezaba a coger complejo de murciélago por no poder ver laluz del sol directamente; y no era la única cansada de la situación, Buckbeak estaba cada vez más irritable hasta el punto de que casi le arrancó un dedo de cuajo a Sirius cuando este bromeo con que estaban encantados en la cueva. Tal vez no podían salir por Hogsmeade, pero podrían ir a algun otro lado, el problema era que Sirius no estaba por la labor asi que tendría que buscar una buena excusa para salir.
Sirius entró en la cueva trotando animosamente y dando un ladrido a modo de saludo a la joven sentada junto a Buckbeak; la presencia de la chica era una bocanada de aire fresco realmente y gracias a ella los días se habían vuelto menos aburridos. Tomó su forma humana y le alcanzó a la niña un ejemplar atrasado de "Corazón de Bruja" ignorando la cara de hastió que puso ella al ver la revista, él sabia que la joven no aguantaba esa revista pero si la leía al menos estaria entretenida mientras él leía "El Profeta" ya que si no la tendría durante horas mirandole fijamente. Lo cierto es que odiaba cuando ella se le quedaba mirando, le hacía sentir como cuando estaba de estudiante en Hogwarts, siempre bajo la mirada atenta de alguna admiradora; y aquello le molestaba porque su instinto natural era interesarse por la "admiradora" en cuestión para ver si era su tipo, cosa que no podía hacer de ningun modo con Nimelen. A fin de cuentas tan solo era una niña, por Merlin, ¡si tenía la edad de su ahijado! Sirius tenía la impresión de estar convirtiendose en un enfermo; la niña se movió hasta quedar junto a Sirius hombro con hombro, aún no había abierto su revista y se limitaba a someter al hombre a una sesión de miradas intensas lo cual hizo sospechar a Sirius que ella sabía que a él le molestaba ser observado de esa manera.
-¿Qué paso? -La voz de Nimelen resonó en la cueva; al ponerse tan cerca de él se había dado cuenta por primera vez de una cicatriz que el hombre lucía en la parte lateral del cuello, no era muy grande por lo que no se notaba a simple vista pero realmente tenía un feo aspecto.
-Dos días antes de su muerte tu padre dió conmigo; -el hombre se tomó un tiempo antes de contestar, sabía que esa pregunta llegaría tarde o temprano pero había esperado que fuese más tarde.- Sin embargo conseguí que me escuchase, me costó mucho ya que estaba bastante "obsesionado" pero aún asi lo logre; le explique todo y aunque no me creyó se puso en contacto con Dumbledore y Kingsley quienes se lo confirmaron. Entonces decidió quedarse conmigo y protegerme ya que por culpa de su investigación algunos mortífagos se habían movilizado en mi búsqueda, eso sin contar con los aurores. A él... Se le olvidó decirme que los aurores sabían de mi estado de animago y cuando salí un día con mi forma animal me descubrieron y me atacaron; Aiolus se interpuso entre ellos y yo pero en la noche no le vieron la cara, creyeron que era un mortífago y lanzaron sus conjuros. No murió entonces, solo le detuvieron pero cuando vieron quien era fueron a pedir ayuda y en ese lapso de tiempo, desde que se fueron hasta que regresaron con ayuda, alguien mató a tu padre. No sé quién fue ya que yo ya había huido siguiendo las indicaciones de tu padre; fue mi culpa, mi error, pero yo no le mate, al menos no directamente...
Se hizo un pesado silencio en la cueva, Sirius evitó mirar a la joven a la cara suponiendose que la mirada de la joven ahora era de todo menos agradable; se imaginaba la furia, el dolor y la rabia que la debían inundar ante semejante relato y en cierto modo esperaba que ella volviese a considerarle el asesino de su padre. En realidad de no haber sido por él, Aiolus seguiría vivo y él era muy consciente de eso por lo que no podía reprocharle nada a la niña. El silencio se alargo durante mucho rato hasta que por fin Sirius se obligó a si mismo a encarar a la joven encontrandose una expresión que no esperaba; confusión, incredulidad y sorpresa, aquello era lo único que habia en quel rostro juvenil y aquellos ojos esmeralda. Nimelen había sido tomada totalmente por sorpresa, ella no se refería a qué había pasado con la muerte de su padre, de hecho había decidido dejar de pensar al respecto y hacerlo una vez volviese al colegio; pero al parecer Sirius tenía aquello presente todo el tiempo, carcomiendole, por eso no dudó que la niña se refería a su padre con su pregunta. Además la historia era en si perturbadora, según eso había al menos tres culpables de la muerte de Aiolus Silveriver: Sirius Black, los aurores y otra persona que seguramente sería un mortífago. Pero aún había alguien más, el propio Aiolus, si él no se hubiese obsesionado tanto con el caso Black seguramente la cosa habría tenido un final diferente; Nimelen era consciente de la obsesión de su padre, esa obsesión que hizo que no abandonase a Black una vez lo había encontrado aún cuando ya no pretendía detenerle.
-No me refería a eso... -dijo al fin ella con voz quebrada.- Pero gracias, creo que necesitaba saberlo...
El hombre no respondió, se había dado cuenta de su error en cuanto miró a la niña a la cara, no estaba ayudando a cerrar heridas como él creía, las estaba abriendo; por alguna razón ella no había querido pensar más al respecto y él la había obligado a ello, cosa que le hizo sentir tremendamente mal. Habría jurado que ella estaba a punto de llorar pero no hizo nada, se limitó a volver al lugar donde había estado antes de acercarse a Sirius, se tumbó y cerró los ojos; aún era mediodía apenas, pero no quería pensar más y se encontraba tremendamente cansada. El hombre no dijo nada tampoco y volvió a su lectura aunque lo acabó dejando ya que no engañaba a nadie fingiendo que leía, estaba preocupado por la niña, quería ayudarla, quería cumplir su promesa pero hasta el momento lo había estado haciendo todo al revés.
*******************
Durante el resto de la semana la pareja no hablo, de hecho Nimelen apenas pasaba tiempo despierta, solo para comer un poco; el resto del tiempo dormitaba lo cual denotaba un gran cansancio, si no físico, si mental. Sirius por su parte no mejoraba el animo, una parte de él se sorprendía de que le afectase tanto el estado de la niña aunque otra parte se lo explicaba usando la excusa de la promesa que le hizo a Aiolus. Cuando el viernes llegó la situación no parecía querer cambiar, Sirius salió de la cueva en la mañana en busca de comida y de periodicos, dejando a una Nimelen profundamente dormida; regresó varias horas después, ultimamente se entretenía más fuera para "espiar" a los espias que había por Hogsmeade y para retrasar lo posible el afrontar el silencio de la cueva y la actitud autista de Nimelen. Al entrar en la cueva no dió ningún ladrido de saludo, sabiendo que la joven estaba dormida y que no respondería; sin embargo algo se avalanzó sobre él en cuanto volvió a su forma humana, tirandole al suelo, de pronto Sirius se encontró con una sonriente Nimelen encima de él, sujetandole los brazos para que no se moviese y los ojos brillando esperanzados y ansiosos. La situación hizo que la cabeza de Sirius decidiese imitar a los tornados comenzando a darle vueltas a una velocidad de vértigo haciendo que el hombre se sintiese medio enfermo; 12 años sin tocar a una mujer era mucho tiempo y de pronto se encuentra con una agradable cría encima suyo, Sirius no quería pensar mal pero su cerebro no le hacía caso e iba por su propia cuenta de pensamiento.
-Sirius... -comenzó a decir ella en voz baja.- ¿Me llevas a ver a mi padre?
Dicho esto la joven se levantó de un salto y corrió hacia Buckbeak desatandolo de la piedra; Sirius permaneció en el suelo un momento, envuelto en una contradicción y confusión bastante molesta, primero de todo la chica llevaba casi toda la semana durmiendo y sin decirle una palabra y de repente le propone irse a ver a su padre, el cual estaba muerto para más inri. Además para hacerle semejante proposición no se le ocurre nada mejor que colocarle en una postura bastante comprometida; todo eso llevó a Sirius a pensar que: 1) aquella cría era una veleta con respecto a su humor -algo que sin duda heredó de su padre-. 2) aquella cría no tenía ni la más minima idea de lo que era estar en prisión y mucho menos tenía algún respecto por aquella situación. Con esto en mente, Sirius se levantó por fin con mala cara y miró a la niña que le esperaba ansiosa junto a Buckbeak, había pensado discutir el asunto pero la mirada del hipogrifo le hizo cambiar de idea, aún recordaba cuando el animal casi le arrancó un dedo y estaba más que claro que Buckbeak deseaba salir de aquella cueva lo antes posible, no importaba a dónde iban, la cuestión era salir de allí.
Rezando porque nadie les viese e ignorando el sentido común que le decía que esperasen a la noche (ignorandolo porque entre otras cosas ese mismo sentido común le decia que ni Nimelen ni Buckbeak aceptarían un retraso en la marcha), el trio salió de Hogsmeade en dirección al norte. Ya en el aire, a lomos de un extasiado Buckbeak, Sirius decidió entablar una conversación más racional que la que habían tenido antes de partir, si es que a aquello se le podía llamar conversación, claro.
-¿Por qué quieres ir a donde murió tu padre?
-Porque no hay noticia de que este muerto, solo desaparecido, por algún motivo no trajeron el cadaver ni se encontró; -explicó ella.
-¿Cómo que no se encontró? ¿Y los aurores que había alli?
-Las noticias fueron que mi padre abandonó el grupo en el que iba para buscar más pistas sobre ti, y que cuando llegó el momento de volver él no apareció, le buscaron pero no encontraron nada salvo testigos que afirmaron verte huyendo del lugar. Según esto ningún grupo de aurores os encontró.
-¿Qué demonios...? ¡Yo no miento!
-No he dicho que mientas Sirius, es probable que fuese como tu dices solo que lo han tapado, papá una vez me comentó que el ministro de magia era muy paranoico con ese tipo de accidentes y siempre los tapaba por miedo a que la opinión pública se volviese contra él. Como sea aún no ha aparecido el cadaver asi que debe de seguir donde se quedó.
-Si dices que han podido tapar su metedura de pata lo más seguro es que se hayan llevado el cadaver y lo oculten por un tiempo.
-Pero no tiene mucho sentido, ¿no crees? Aunque tapasen su error podrían decir que tu lo mataste, no hacía falta ocultar el cadaver; tiene que haber algo más, quizas haya algo en él que delate lo que pasó en realidad o algo asi.
-¿Estás segura de querer verlo? -Preguntó Sirius después de un rato.- Solo eres una niña, ver un cadaver es algo traumante y además él era tu padre...
-No será el primer cadaver que vea, ya vi el de mi abuela; fui yo quien la encontró muerta en la cama, estaba con las piernas fuera de la cama, las zapatillas calzadas y los ojos muy abiertos. Al parecer iba a levantarse como todos los días para hacer el desayuno, pero mientras lo hacía su corazón se paró... Eso si que es traumante; -la niña se abrazó con más fuerza a Sirius.- Era una mujer tan llena de vida, severa pero muy dulce al mismo tiempo; siempre tenía grandes planes para hacer en el día, no permitía que hubiesen "horas muertas" como ella las llamaba. Seguramente aquel día se levantó haciendo sus planes de siempre, seguramente la idea de morir ni siquiera le parecía cercana... Seguramente ni siquiera se dió cuenta; al menos papá si lo hizo y estoy segura de que sus ultimos pensamientos iban para mi, pero la abuela no pudo pensar nada, no pudo acordarse de mi ni extrañarme...
La voz de la niña se quebró en un llanto apagado y silencioso; Sirius no dijo nada, no podía decir nada salvo que aquello le había recordado intensamente a su ahijado. Era curioso como Harry y Nimelen parecían fuertes a simple vista, cada uno en su estilo, pero parecián afrontar las muertes de su familia de forma natural; y sin embargo en el fondo eran lo que debían ser, niños tristes y desolados que se habían quedado solos en el mundo. Al menos Harry nunca pudo disfrutar de sus padres, no recordaba los momentos felices con ellos; pero la muchacha que ahora se aferraba a su espalda si los recordaba y aunque esos recuerdos la harían feliz y sentir que su familia no se había ido completamente, también le harían sufrir a partes iguales por el vació y el miedo a no poder volver a sentir el cariño de un ser querido. Entonces Sirius repitió sus promesas con más vehemencia, protegería y cuidaría de Nimelen y a Harry, les educaría como si fuesen hijos suyos, asi es como debía ser... Pero si es asi como debía ser, ¿por qué notaba una extraña presión en el corazón al pensar en Nimelen como hija suya? Solo era una niña y la única relación posible entre ellos dos era la de padre e hija o mejor dicho padrino y ahijada; no podía permitir que los años que pasó en Azkaban le convirtieran en una bestia y acabase dañando a la niña. Debía centrarse y dejar de pensar tonterías... Pero era extremadamente dificil cuando la niña no paraba de estrecharse contra él y de llorar de un modo que hacía que la tentación que consolarla, animarla y "algo más" creciese en intensidad.
" Rumores "
por
Laia (
3:57 PM )
Laia subió las escaleras que conducían a la torre Serpens cuando aún era de madrugada. No tenía ganas de empezar otra vez las clases y faltaban cuatro horas para que lo hicieran. Pero no había otro remedio. Ya había faltado dos días.
Después del entierro de su abuela, en sábado, había pasado la mañana del domingo con Marius. Su familia ya se había ido y habían podido hablar tranquilamente.
- Laia, se que no debería decirte esto… porque fui uno de los mejores amigos de tu padre pero… creo que deberías evitar a Lucius Malfoy lo más posible.
- Marius yo… es que… verás, él es como mi tutor ahora. Se siente obligado a continuar con la labor de mi padre, que vaya por el camino correcto.- ¿Pero ese camino es el que más te conviene? Laia, no me mires así. Tu padre eligió su destino, tu madre también, y Malfoy y yo… Pero a ti te lo están eligiendo ¿Estás segura que no has vacilado ni un momento? No dudo de tus principios, pero si lo hago es por tu seguridad ¿Sabes donde te puedes meter?- …Si, si lo se Marius, y tu siempre supiste donde estaba metida y como terminaría todo esto, y no hiciste nada… Ahora ya es tarde.Un ronroneo extraño de Maggie en la cama la sacó de sus pensamientos. Se levantó con pesadez y se dirigió al tocador, avasallado de productos de Pansy Parkinson. Lo retiró todo con desgana y se sentó ante el espejo. Se fue soltando las pinzas negras que se había colocado por todo el pelo y los cabellos empezaron a desparramarse por su cara.
- Recuerdo cuando aún eras una niña pequeña. Creciste en un lugar demasiado grande para ti. Intentaron amoldarte a un lugar que no era de tu medida, y lo más aterrador es que encajaste tan bien, que a veces te observaba de reojo y me daba miedo en lo que con tanta facilidad podías convertirte.- ... Ya lo sé, se que me mirabas. En realidad te recuerdo mejor entre sombras observándome que en las reuniones familiares, y éstas eran mucho más numerosas.Se habría quedado allí quieta un rato más, contemplándose pero sin fijarse en nada en concreto, pero estaba empezando a tiritar. Después de ponerse el camisón se metió rápidamente en la cama, y sorprendentemente, al segundo parpadeo, que fue más largo que el primero, ya eran las siete de la mañana.
Defensa contra las artes oscuras… Transformaciones… Pociones ¡Y clase por la tarde! ¿Lo resistiría? Con poca motivación se dirigió a la primera clase, pasando por uno de los cuatro pasillos en los que colgaba el contador de puntos de las casas, y se dio cuenta que incluso Slytherin había perdido muchos.
“
Dios mío, que hecatombe”
De repente recordó la figura de Snape cuando le fue a dar la nota de Marius.
“
Ah”
Y siguió caminando, aparentemente sin inmutarse.
En Defensa, Maria se sentó a su lado ¿Cuánto hacía que no hablaban? La chica se había juntado con Maggie una semana después de empezar el curso, en vistas que Laia no tenía intención de entablar una amistad con ella, pero últimamente siempre se veía con Pansy y sus amigas, dejando a Maggie abandonada. El problema es que a veces se burlaban de ella, y ahora se volvía a acercar peligrosamente a Laia, sabiendo que es mejor estar junto a alguien que pase de ti que ser siempre blanco de las bromas.
Por suerte María era muy buena en Transformaciones, la siguiente clase, y al trabajar en parejas Laia pudo pensar en sus cosas sin escuchar a McGonagall.
En Pociones todo fue muy… apacible. Snape estaba… ¿Suave? Incluso dio puntos a Ravenclaw [dos]. Eso si, el agonizante contador de Gryffindor parecía no poder remontar en varias generaciones de estudiantes, incluso estaba más descolorido que los contadores de las demás casas.
Cuando terminó la clase, Laia recogió su caldero y fue a una pica a lavarlo. Se entretuvo demasiado y se quedó a solas con Snape, que estaba guardando probetas en fundas de madera. Él la miraba de reojo, y ella se había dado cuenta. Al final habló.
- Señorita Wallravenstein…
Laia se giró, fingiendo sorpresa. Snape entrecerró los ojos.
- ¿Cómo se encuentra después de la muerte de su abuela?
Laia le observó atentamente. Snape quería saber algo, estaba segura.
- Perfectamente ¿Desea saber algo profesor Snape? –Dijo Laia en tono interrogante.
Snape la miró alzando las cejas, sorprendido por su pregunta.
- No…-dijo arrastrando las palabras- tan solo me preocupo por los alumnos de mi propia casa.
Y dicho esto hizo una mueca y le mandó retirarse.
Cuando Laia retomó el camino al Gran Comedor para comer, no podía creerse que Snape le hubiera preguntado eso. Quizás se sentía inquieto por algo… ella conocía su naturaleza, parte de su pasado –que era mortífago y poco más, era difícil saber más de él- y el hecho de tener como prefecta a una persona que estaba vinculada a su pasado le debía producir cierto malestar. En realidad, Laia había notado esa mañana que las miradas ajenas le eran muy esquivas. Confiaba en que no circularan rumores acerca de su herencia y –sintió un escalofrío- su relación con Malfoy, hasta entonces tan discreta.
Al terminar de comer ya podía ratificar que el ambiente en Slytherin era pesado. En el resto de casas no parecía producirse ningún cambio, pero Laia estaba segura que en ese fin de semana todos los alumnos de Slytherin habían descubierto, debido a rumores familiares, que la familia Wallravenstein se había ido a pique. Seguro, tenía que ser eso, si no ¿Por qué nadie le dirigía la palabra? ¿Por qué el capitán de Quiddich no la había citado aún? ¿Y Jameson? ¿Dónde diablos se había metido? Suspiró resignada al ver que al menos Maggie la había saludado al pasar ante ella.
Se levantó despacio y entonces se fijó en la mesa del profesorado. El profesor Lupin solía ausentarse bastantes comidas últimamente ¿Problemas con la licantropía? Youko Silvara si que estaba, pero no parecía que su rictus fuera muy tranquilo. No recordaba una cara tan tensa en ella desde que coincidió con su padre en el cumpleaños de Draco. Maliciosamente dirigió su mirada a su propia mesa, buscando a Draco, pero ya no estaba. Eso le recordó que existía la costumbre de hacer los deberes de Adivinación siempre a última hora, y que tenía una hora para hacer el gráfico para la práctica de ese día.
Al dirigirse otra vez a clase [sin gráfico], vio que un grupo de gente estaba amontonada ante la clase de Adivinación. Laia podía ver a Harry, Ron y ¿Hermione? Hizo una mueca. No soportaba a los repelentes, y por consecuencia no soportaba a Hermione. Por fortuna, la niña dejó de hacer Adivinación, porque no debía encontrarla suficientemente buena para su capacidad intelectual, pero separarse de esos dos debía parecerle muy duro, porque les seguía prácticamente a todas partes.
Se acercó al grupo de gente, bastante variopinto. Aunque la clase fuera Slytherin-Gryffindor, también estaban Padma y Terry Boot, de Ravenclaw. Lavender dijo, alarmada.
- Pero ya son muchos días ¿dónde se habrá metido? Ella nunca falta a las clases.
Hermione miró a Lavender y frunció el cejo, dando a entender la profundidad de su cavilación.
- A lo mejor la han secuestrado. Su familia tiene dinero ¿No?
Harry miró con seriedad a Hermione. Laia miró a Harry, y recordó a Helena, una Ravenclaw chismosa, bastante insoportable, que había ido diciendo que el niño de la cicatriz y Nimelen estaban saliendo. Lo creía todo el colegio a pies juntillas, por eso desde que desapareció la chica se había evitado hablar de ello ante él, pero eso era imposible, Harry había oído de todo, incluso un posible suicidio.
En ese momento apareció la profesora Trelawney por el pasillo y les instó a entrar. Hermione les despidió con la mano, sin notar como Trelawney la miraba con rencor.
Laia entró con su ya habitual cara de aburrimiento, dispuesta a intentar entender los desvaríos de Trelawney. Detrás suyo se encontraban Parvati y Lavender, y al lado de éstas, Potter y Weasley.
Trelawney se subió las gafas y se dirigió intentando ser incisiva, pero sin conseguirlo.
- Qué sea la última vez que les veo merodeando por los pasillos antes de una clase. Debían haber estado aquí preparándolo todo, sacad vuestro gráfico y la bola de cristal, por favor.
Se oyeron voces fastidiadas y todos sacaron una bola transparente de sus mochilas [los gráficos escasearon más]. Trelawney vaciló un poco y al final se animó a decir algo que parecía estar cavilando.
- Lamento decir que ya lo vi la última vez que Nimelen estuvo aquí, los astros me dieron señales inequívocas de su muerte.
La mirada trágica de Trelawney [“un suicido, tan joven… que triste que triste”] hizo que Laia la mirara por encima de sus ojos, con paciencia y escepticismo, y esa misma mirada fue la que dirigió a Potter, que en ese mismo momento se había levantado de su mesa.
- ¡¡No está muerta!! ¡¡Ella nunca haría algo así!!
Trelawney le miró con suma tristeza y compasión.
- Los astros también me informaron de vuestra relación, pero por mucho que te duela debes aceptar que tu amada se ha ido.
Laia mostró una actitud interrogante mientras oía los cuchicheos y mudos aspavientos de Lavender y Parvati detrás suyo. Lavender susurró.
- Harry tiene razón, Nimelen no ha podido suicidarse.
“
Si, ahora usad la bola de cristal” Pensó Laia.
- Dame la bola de cristal Parvati, tal vez así descubrimos el paradero de Nimelen.
Laia cerró los ojos pero no dijo nada. Decidió que esa fuera la última clase que se sentara cerca de ellas.
- Mira Lavender, sale algo… Un cartel.
- ¿Un cartel? ¿Qué pone?
- Hug… Hogma… Hogan… ¡Hogsmeade!
Laia resopló.
“
Si, está en Honey Dukes, comprando piruletas”
- Espera… está negra… No se ve nada.
- Se habrá hecho de noche- Lavender miraba a Parvati y decía las palabras con profunda e irrefutable lógica.
- No lo entiendo ¿Qué significa el negro? ¿Noche?
Lavender abrió bien los ojos y siguió con su lógica.
- Muerte.
Laia dejó de escucharlas y se fijó en su bola. La prueba trataba de adivinar todo lo posible del próximo año que se avecinaba.
- ¡Comerás con nosotros en Pascua Harry!
Weasley increpó, incrédulo en parte por haber visto algo medianamente nítido, y contento como si Harry nunca hubiera ido a comer con él.
Pero al fijarse bien en su bola, Laia no vio nada de las clases de 1997, ni de ninguna excursión veraniega, ni nada que ratificara que su 1997 fuera a ser semejante a 1996. Más le habría valido…
Su futuro a medio plazo estaría marcado por la lluvia… al menos ella veía lluvia. Pero no veía nada más, solo lluvia que ante la oscuridad de la noche parecía blanca.
- ¡Qué bonito!
Sin darse cuenta, un corrillo se había formado alrededor de ella, observando embobado la estética bola de cristal ¿Qué les entusiasmaba tanto? A ella le parecía una imagen angustiosa y triste, desesperadamente triste.
Bajó las escaleras que conducían a Adivinación muy deprimida. Esa imagen le había afectado más de lo que pensaba. Nada deseaba tanto como pasar las horas muertas antes de la cena en la Sala Común. Pero no le iba a resultar tan sencillo.
Casi no había pisado la sala cuando un empujón violento la arrastró y cayó en un sofá desde el respaldo. Ante ella aparecía la furiosa mirada de McGuillan.
- ¡Maldita embustera! ¡Me diste un té con un virus! ¡Madame Pomfrey tomó muestras de mi saliva al saber que tu habías merodeado por la enfermería cuando yo estaba allí por mi alergia a los gusarajos! ¡Y como no, encontró allí restos de virus de fiebre glandular que me dejaron un mes en cama!
Laia le miró atemorizada y luego fugazmente observó la sala. Estaban solos, gracias a dios. Pero ¿qué le diría a McGuillan? Él la sacudió, haciendo que ella hiciera una mueca de fastidio.
- Contéstame ¿no?
De repente ella le empujó, y ese mal genio aletargado renació como nunca.
- ¿Y que quieres que te diga imbécil? ¿Qué quería librarme de ti para jugar de titular? ¡Pues si! Tu también lo hubieras hecho, somos de Slytherin. El fin justifica los medios y ahora soy guardiana titular ¡Y soy mucho más buena que tu! Por si no te enteraste ¡Ganamos a Ravenclaw!
El rostro de McGuillan se infló y enrojeció, y soltó con veneno.
- Tu…
Y se fue acercando cada vez más a Laia, hasta que la alcanzó y la tiró al suelo. Le agarró de los pelos, se los estiró y apretó fuertemente, impidiendo que la chica pudiera levantar la cabeza del suelo. Ella le dio una patada en los bajos pero no consiguió hacerlo con fuerza, pues él le presionaba el estómago. Entonces ella dio un movimiento brusco, pero solo consiguió romperse la blusa.
Tan enfrascados estaban en el forcejeo, que no se percataron que alguien se asomaba por encima de ellos.
Jameson.
- ¿De que va la cosa, de asesinato o de erotismo?
McGuillan bufó y se levantó, mirando despectivamente a Laia. Hizo un gesto extraño con la boca y se largó con decisión hacia el exterior de la Sala Común. Jameson tendió un brazo a Laia, y mientras ella se ayudaba apoyándose en él, completamente despeinada, éste espetó:
- Creo que iba a escupirte.
Laia miró con desdén la puerta de la Sala Común y sonrió con ironía.
- Me da que ya no me quiere mucho.
Jameson hizo una mueca grave.
- No es el único. El pasado fin de semana le abrió los ojos, como a otros.
Laia miró interrogante a Jameson. Parecía no conocerle, estaba raro.
- Verás… solo que de un día para otro has sido borrada de la lista de pretendientes de bastantes familias de elevada clase social del país. Y eso que estabas en uno de los lugares más altos de la lista.
- Borrada.
Lo decía como si no le importara demasiado.
- Si, y McGuillan se ha dado cuenta de golpe que ese enamoramiento venía más dado por el… dinero. El dinero y tu apellido, un apellido que ya no sirve de nada.
Laia no podía tener la boca más abierta.
- Pero a McGuillan siempre le caí bien.
- Laia… abusaste de su confianza ¿A quien se le ocurre infectarle fiebre glandular? Eres una bestia ¿Es que no tienes ni pizca de sentimientos?
De repente le apareció Lucius Malfoy en su mente.
- Parece ser que no…
- Laia –Jameson la acercó a él, instándola a mirarle- tienes que cambiar, si sigues así, vas a acabar muy mal.
De repente se fijó en su blusa rota, y en el sujetador que se entreveía entre las rasgaduras. Eso lo dio a entender perfectamente. Desvió la mirada y se alejó un tanto.
Laia se alejó silenciosamente y al llegar al umbral del pasillo que llevaba a los dormitorios espetó.
- También me han borrado de la lista tus padres ¿Verdad?
Jameson parecía distante, cabizbajo pero distante.
No necesitó mayor respuesta que esa.
- Ya…
Y se alejó en dirección a los dormitorios, no sin oir antes como Jameson le decía en la lejanía.
- En mi familia no hacemos listas de esas.
Al llegar a su cama se sentía hueca. Menudo disgusto. No era fácil aceptar que te querían por interés. Ella no era fea pero… era cierto, no era de trato fácil. Pero ella tenía estilo, nada que ver con Parkinson y sus estúpidas seguidoras, ni con la tonta de Maria o la pusilánime de Maggie.
Pero lo que más le había dolido era la reacción de Jameson ¿Y él que? Tan claro y transparente que lo había visto siempre, y ahora la sorprendía con esa actitud tan insondable y misteriosa. Jameson era otro. Y McGuillan le había echo sangre. Si, ahora lo veía, una notable rascada en el pecho. Miró fijamente como caía una gota de sangre. No era mucha, pero la suficiente como para que cayera por su propio peso. Se sacó lentamente su blusa rota y restregó la tela contra la herida. Luego decidió que no se encontraba bien, que tenía el estómago fatal de los nervios, y decidió ir a la cama sin cenar.
A la mañana siguiente no se encontraba mejor. Le dolía mucho la cabeza, pero decidió ir al desayuno y no hacer caso de Maggie, que le había recomendado pasarse por la enfermería –a Laia le daba la sensación que Madame Pomfrey le recetaría fiebre glandular-. Rehusó el consejo de su compañera, pues ya sabía la causa del dolor. Nervios acarreados durante días que llegaron al clímax el día anterior, con la pelea con McGuillan. El hecho de reencontrarse con los slytherin en el desayuno –McGuillan incluido- se le hacía insoportable.
Pero no pasó nada, no le hicieron el vacío. Quizás un par de chicos dejaran de saludarle, pero nada grave. Entonces se dio cuenta de otra cosa. Sin querer levantó la vista. Saffron desayunaba tranquilamente, esperando pacientemente a que se enfriara un poco su té, y estaba sola. Julius se había marchado. Frunció el cejo y pensó que era lo mejor, era auror y había estado a punto de hacerle cometer un grave error –un momento, ya lo había cometido-. Algo en su subconsciente le dijo que además, era inútil interesarse en alguien así. Se repitió a si misma que alguien que hubiera tenido una relación sentimental con alguien como Bahn no podría tenerla con ella, ni de lejos. Se sintió extrañamente melancólica.
De repente vio que Saffron la observaba, y se dijo que había leído sus pensamientos, cuando en realidad Laia solo había sido descubierta en una actitud menos agresiva de lo que en ella era habitual. Se levantó de golpe y sintió un ligero mareo, seguido de una intensísima punzada en ambas sienes. El dolor era insufrible. Laia reconoció que debía ir a la enfermería, y eso no le gustaba nada, nada en absoluto.
Subió las escaleras como quien se dirige al patíbulo. Cruzó el estrecho pasillo y giró hacia otro pasillo. Desde allí oyó voces.
- ¿Qué día es?
Laia reconoció una voz de mujer. Se acercó sigilosamente, pero no se atrevió a asomar la cabeza para mirar, estaban muy cerca.
- Martes- Esta vez era una voz masculina.
- Han... ¿han sido cuatro días? El partido...
- El partido fue hace más de dos semanas, Charlotte, has estado inconsciente todo ese tiempo.
Laia abrió los ojos alarmada ¡Jenkins había despertado! La imagen de Lucius reapareció en su mente.
- ¿Te encuentras bien?- Laia agudizó su oído.
- Sí. Puedes..., quiero cambiarme de ropa ¿Puedes ir a mi habitación y traerme algo limpio?
Laia se sobresaltó. Oyó un ruido y supo que el hombre desconocido se estaba levantando, y que en unos segundos asomaría por la puerta. Luego se dio cuenta que por el otro lado del pasillo se acercaba el profesor Lupin.
¿Cercada?
Apretó a correr hacia el otro lado del pasillo, un callejón que por fortuna era lo suficientemente oscuro, y se escondió tras la estatua de un grifo. Entonces reconoció al hombre que hablaba con Jenkins ¡Bill Weasley! El pelirrojo se acercó sonriente a un Lupin aparentemente cansado.
- ¡Remus! Te alegrará saberlo, Charlotte se ha despertado por fin! Pasa a verla. Ya le he explicado lo que ocurrió, y también le he dicho que estuvimos turnándonos para acompañarla. Le he dicho que tú casi no te has apartado de su lado en todo momento.
Laia abrió los ojos otra vez. Ignoraba que Weasley y Jenkins tuvieran tanta confianza, y también que Lupin se turnara con el pelirrojo para velar por la chica. Se preguntaba que tipo de relación tenían esos tres. No tardó mucho en descubrirlo.
Una vez Bill se hubo ido, Remus respiró hondo. Parecía armarse de valor para entrar.
Laia no sabía mucho de relaciones sentimentales, pero la reacción del profesor era bastante elocuente.
Sonrió para si, aunque era una sonrisa dolorosa. Esa escena le recordaba vagamente esa visión que tuvo en el bosque. Jenkins había despertado, y eso sin duda era lo que Malfoy le había encargado, que descubriera cuando lo hacía y se lo dijera de inmediato. Había sido una suerte que fuera a la enfermería justo en el momento que ella despertara. Salió de la oscuridad y se fue corriendo a la Sala Común. Ahora todos estaban en clase, era el momento perfecto. Quizás también era conveniente que Malfoy supiera que Jenkins era tan amiga de un licántropo y un Weasley.
Antes de la comida, Lucius Malfoy ya lo sabía todo.
" Si soñase con el día en que se conocieron, vería que ese comienzo había sido de verdad un buen principio. (Parte III) "
por
Charlotte (
7:23 PM )
Habían pasado muchas noches desde que se conocieran, y ella siempre pensaba en ello cuando amanecía. Tumbada sobre unas mantas y un mullido colchón que había sido acomodado en el suelo, cerraba aún los ojos, recordando su primer encuentro, no con el lobo, sino con el hombre.
La habitación se encontraba a oscuras, pero ya había amanecido, una débil claridad se colaba por el hueco del techo que dejaba paso al piso superior de la casa.
Ya había amanecido, siempre amanecía, pero ahora a ella le daba lo mismo, porque hubiera luna llena en el cielo, o una inmensa oscuridad alumbrada sólo por una pequeña franja del disco lunar, ellos se volvían a encontrar en la pequeña casa del bosque siempre que querían.
Giró sobre si misma y alargó los brazos, pero no encontró nada allí, él ya se había levantado. Un instante de pereza hizo que se estirara cual larga era entre las mantas, pero pronto se levantó de un salto y se acercó hasta la trampilla.
Llevaba puesto tan sólo un fino camisón azul, con unos finos tirantes que dejaban al descubierto sus hombros blancos, cuando caminaba la tela del camisón se iba bamboleando lentamente y produciendo un sonido casi inaudible, a ella le gustaba esa sensación.
Subió al piso superior y vio a Remus frente a la ventana. Era verano, así que tan sólo llevaba puestos unos pantalones de pijama. Ella se acercó y rodeó con sus brazos la cintura de él, apoyó la cabeza en su hombro y miró en la misma dirección.
- "¿Qué miras?" - Preguntó ella.
Remus no contestó, siguió mirando la extensión del bosque que se encontraba ante él, y ella le imitó. No pronunció palabra alguna, limitándose a quedarse allí, abrazándole, con el sol del verano cubriéndoles con sus rayos.
Pasaron los minutos, hasta que por fin él se movió. Tomó la mano derecha de la chica y la acercó a sí hasta depositar un cálido beso en ella.
- "¿Sabes?" - Dijo Remus. - "Hacía tiempo que nadie se preocupaba tanto por mí como tú lo has hecho." - Charlotte sonrió y besó su cuello. Remus siguió jugando con su mano. - "Hace años, cuando estudiaba en Hogwarts, también encontré a gente que se preocupó por mí, y que se puso en peligro por mí. Eramos grandes amigos. Grandes amigos... Sabían lo que me pasaba, y nunca se preocuparon por si era peligroso, me apoyaron en todo momento. Sin pensar en las consecuencias."
- "Porque te conocían bien." - Dijo ella.
- "Sí, me conocían bien. Y yo también a ellos. ¿Sabes? Eramos el terror del colegio, siempre metidos en líos..." - Remus sonrió y una risa sincera salió de sus labios.
- "¿Tu?, ¿en líos?, eso no me lo creo." - Dijo Charlotte sonriendo.
- "Sí. Deberías creértelo." - Respondió él.
- "Y ¿dónde están ahora?" - Preguntó ella con inocencia. - "Seguís siendo el terror del ... "
- "Están muertos." - Le cortó él. Toda sonrisa se desvaneció de su rostro.
- "Lo siento." - Dijo Charlotte desconcertada. Pero no preguntó el porqué, siguió allí pegada a él, sin moverse.
Remus se giró y quedó frente a ella, mirándola a los ojos, viéndola cómo le miraba. Ella estuvo a punto de preguntar qué ocurría, pero él habló antes.
- "¿No tienes que ir a trabajar?" - Le dijo.
- "Sí. Pero tengo tiempo, podemos quedarnos otro poco aquí." - Sonrió ella mientras balanceaba su brazo.
Él separó su mano de la suya, y cesó el balanceo.
- "No quiero que llegues tarde. Además..." - Intentó decir él.
Charlotte se quedó mirando sus ojos y dudó durante unos instantes.
- "Tienes... un empleo?" - Dijo al fin.
- "Podría ser." - Afirmó él.
Una sonrisa apareció en el rostro de la chica y se giró para salir corriendo hacia el sótano. Allí se quedó él. Viendo cómo se alejaba descalza por el piso de madera, cómo el fino camisón se movía con sus pasos, produciendo un sonido casi inaudible.
_____________- "¡Remus! ¡Remus!" - Gritaba ella cuando entró en la cabaña. Ni siquiera cerró la puerta tras de sí, su sonrisa llenaba toda su cara y blandía un pliego de pergamino doblado a la mitad mientras seguía llamándole. - "¡Remus! No te creerás esto. Tienes que leerlo." - Volvía a llamarle, bajó al sótano y encendió las velas de la estancia con un simple golpe de varita. - "Remus. ¿Remus?" - La sonrisa que vestían sus labios se quebró en un instante de duda, pero no quería irse, hoy no.
Iba a volver a llamarle cuando vio un trozo de pergamino sobre la mesa. Su sonrisa desapareció completamente de su rostro. No tenía por qué, pero algo se revolvió en su estómago, y tuvo miedo de ese simple trozo de papel. ¿Tenía que acercarse?
Con pasos lentos intentó llegar hasta la mesa, el pergamino estaba doblado, parecía una pequeña nota, nada más. Sin soltar el suyo tomó la nota entre sus manos.
No se sentía capaz de abrirla. Presentía que algo no iba bien. Pero ¿tenía que abrirla?
Cuidadosamente desplegó la nota y leyó las dos simples palabras que estaban escritas con mano firme en ella:
"Lo Siento."
Ni siquiera había firma, pero conocía su letra. Dejó caer la nota sobre la mesa y el pergamino que había traído con ella siguió el mismo camino.
Con la vista perdida se llevó una mano a los labios. Era incapaz de decir nada. Sólo brotó de su boca un inaudible susurro. Una petición de una explicación. Un:
- "Remus..."
_____________- "Remus." - Sus ojos se abrieron y no supo si había hablado ella, o sólo había sido un sueño. Se encontraba mareada, tenía la vista borrosa y la garganta seca.
Pudo ver ante ella lo que se suponía era una figura humana, pero no sabía de quién se trataba. Entornó los ojos y vio a la figura revolverse en su asiento.
- "¿Remus?" - Preguntó esta vez.
La figura borrosa se acercó a ella y pronunció unas palabras que no pudo entender. Tras unos instantes se sintió más confusa aún. ¿Qué...?
- "¿Bill?" - Preguntó Charlotte.
- "Sí, pequeña, soy yo. Vaya susto nos has dado. ¿Cómo te encuentras?" - Dijo él con su voz tranquila y animada.
Charlotte sintió cómo él le tomaba la mano.
Eso había sido toda una sorpresa, pero ¿qué hacía Bill en Hogwarts?
- "¿Qué ha ocurrido?" - Preguntó ella intentando levantarse.
- "Creo que te desmayaste y caíste inconsciente." - Decía Bill mientras colocaba la almohada tras la espalda de ella para que se sentase. - "¿Estás bien?" - Preguntó él mirándole a los ojos.
- "Sí, sí, creo que sí... ¿qué día es?" - Preguntó ella.
- "Martes." - Respondió Bill que volvía a estar sentado en su sitio.
- "Han... ¿han sido cuatro días?" - Charlotte observó la mirada confusa de Bill. - "El partido..."
- "El partido fue hace más de dos semanas, Charlotte, has estado inconsciente todo ese tiempo." - Le informó él.
Charlotte pareció horrorizada, sus ojos se abrieron de par en par y parecieron salirse de las órbitas.
- "¿Te encuentras bien?" - Bill estaba preocupado.
- "Sí. Puedes..., quiero cambiarme de ropa." - Dijo ella mirándose las mangas de la camisa. - "¿Puedes ir a mi habitación y traerme algo limpio?" - Preguntó intentando sonreír.
Bill asintió y salió caminando de la enfermería.
Cuando salía por la puerta se topó de bruces con Remus Lupin. Le pareció extraño que se encontrase parado, sólo y apoyado contra la pared fuera de la enfermería, pero no sabía que Remus les había visto hablar, y que al ver a Charlotte despierta, le había dado un vuelco al corazón y roto todos los esquemas que tenía planteados en la cabeza.
- "¡Remus!" - Dijo un muy alegre Bill. - "Te alegrará saberlo, Charlotte se ha despertado por fin! Pasa a verla." - Se detuvo unos instantes al ver la mirada indecisa de Remus, pero luego continuó. - "Ya le he explicado lo que ocurrió, y también le he dicho que estuvimos turnándonos para acompañarla." - Esperó sin saber si debía continuar la frase, si decir algo más pudiese significar un acto de osadía hacia Remus, o pudiese significar una reacción de vergüenza por parte del mismo Remus. ¿Cómo podía decirle: 'Le he dicho que tú casi no te has apartado de su lado en todo momento.'? Ni siquiera sabía si estaba preparado para admitir algo así delante de él, aunque de verdad así se lo había dicho a Charlotte.
Una vez Bill se hubo ido, Remus respiró hondo. Sabía lo que suponía entrar a verla. Sí, había estado junto a ella todo ese tiempo, había cuidado de ella cuando estaba inconsciente, pero ahora ella ya no lo estaba, y no sabía si consciente y despierta le aceptaría a su lado.
Por fin entró.
Charlotte se le quedó mirando, con ojos vidriosos y entornados, no apartó la vista de él en ningún momento, hasta que por fin, él se sentó en la silla que había ocupado Bill.
- "¿Cómo te encuentras?" - Preguntó Remus no sin temor.
- "Bien." - Dijo Charlotte sin dejar de mirarle.
Remus no supo que contestar a eso. Por su cabeza no pasó ningún comentario que pudiese superar a ese 'Bien' en simplicidad y veracidad. No quería meter la pata de nuevo. Así que allí se quedaron ambos, quietos, sin mediar palabra pero eso sí, sin dejar de mirarse directa y descaradamente a los ojos.
_____________Al día siguiente se había vuelto a despertar, y eso en verdad suponía un gran cambio. Despertarse... casi había olvidado qué significaba esa palabra. Aunque cuando se había despertado y había visto a Bill allí sentado todo se había agolpado en su mente sin que pudiese entender lo que sucedía, también revoloteaban por su cabeza pequeñas nubes, sentimientos que habían acudido a ella y que le impedían realizar su voluntad, que le hacían sentir perdida y hundida en un pozo.
Se giró en la cama para intentar de esa forma olvidar esas sensaciones. Era lo único que podía hacer. No la dejaban levantarse ni abandonar la enfermería. Aunque si lo pensaba, tampoco estaba segura de que quisiese hacerlo.
Bill se había ido a descansar hacía un rato. Le había insistido una y otra vez que podía quedarse con ella todo el tiempo que fuese necesario. Pero, ¿cuánto tiempo podría ser ese?, ¿otra semana? ella no lo sabía, y los demás tampoco, así que le aseguró que se encontraría bien, que Pomfrey ya estaría pendiente de ella.
Aquella mañana Severus había ido a visitarla, había hablado con ella todo lo que se suponía que se podía hablar con una persona que acababa de pasar en "coma" más de quince días. '¿De verdad hablaban de "coma"?' Charlotte se había reído.
- "Sí. ¿Por qué te resulta tan gracioso?" - Había preguntado él un tanto confuso.
Pero Charlotte no contestó, mantuvo su sonrisa unos instantes más y volvió a su estado anterior. Severus había visto que ella aún no se encontraba bien, es más, ahora veía que desde que había llegado a Hogwarts no se había encontrado bien. Veía que algo pasaba, pero sabía que ese no era un buen momento para hablar de nada.
Después de un rato Severus se había ido, tenía que ir a dar clases a una alumna que estaba realizando su trabajo de fin de carrera.
- "Me ha alegrado verte sonreír." - Le había dicho él a ella. No estaba acostumbrado a decir cosas como esa, pero era cierta, y debía decirlo, aunque fuese tan sólo por la amistad que los unía, y porque de verdad le había alegrado.
_____________Remus había entrado sin hacer ruido, y sin hacer ruido se había sentado en la silla que seguía situada junto a su cama.
No había dicho nada, y parecía que no diría nada. Charlotte podía haber seguido haciéndose la dormida, pero se había cansado de hacerlo.
- "¿Ya has acabado las clases?" - Preguntó ella sin volver su cara, aún tendida en la cama, como si continuase con su sueño.
- "Más o menos." - Respondió él.
Los minutos pasaron sin que nadie dijera nada. A ella no le incomodaba el silencio, pero sí sentir su presencia a su espalda.
- "¿No vas a comer?" - Preguntó ella.
Remus no supo que responder a eso. '¿Cómo que si no iba a comer?' A él no le importaba saltarse una comida, ella se acababa de despertar de un "coma" y la comida era lo de menos!
- "Supongo que Bill volverá dentro de un rato." - Respondió él.
Charlotte se giró por fin y se quedó mirándole.
- "Que yo sepa esa no es una respuesta." - Dijo un tanto molesta.
- "Oh!, creí que tu pregunta tenía doble sentido, o algo así." - Contestó él con retintin. '¿Estaban comenzando a discutir?'
- "¿Doble sentido? No! Ni tu ni yo sabemos ir con dobles sentidos, antes ocultar que ir con dobles sentidos." - Respondió ella con más fuerza.
- "Si lo prefieres puedo ir a despertarle, debe de estar durmiendo, pero si requieres su presencia ahora mismo, no me importa ir y decirle que necesitas que vuelva!!" - Sí, estaban comenzando a discutir, y él no quería, se había alegrado tanto al encontrarse con que ella se había despertado por fin que no soportaba pensar que se estaban peleando.
- "¿Es eso no? Todo es por él." - Le acusó ella sentándose en la cama. - "No puedes ser menos y te ves en la necesidad de hacer lo que ves que hacen los demás."
- "Tu eres la que lo has dicho." - Pero es que en realidad ya no pensaba, decía las cosas según venían a su boca. - "Y para tu información, llevo aquí mucho antes de que el viniese." - Le espetó por fin él.
- "ahhh! ¿ves? yo tenía razón, es por eso." - Dijo ella con fingido sentido de ganadora.
Remus se quedó mirándola, ¿en realidad estaba allí por eso? ¿sentía celos de Bill? no, no podía ser, eso ya lo había superado al poco tiempo de que él llegase. Sabía que habían sido novios, y bueno, ¿qué más daba? ¡ellos habían sido amantes! Eso lo superaba, ¿verdad? pero quizá... quizá sí sentía celos, no por lo que había habido entre Bill y ella, sino por lo que ya no había entre él y ella. Quizá la verdad es que sentía celos de sí mismo, y que el estar allí suponía una forma de olvidarlo todo, de creerse que todo iba como a él le gustaría que fuese, pero eso había sido posible cuando ella no podía opinar, ahora ya podía, y veía que ella no podía ni quería olvidarlo todo.
- "No tienes por qué estar aquí." - Le dijo ella con la voz más calmada.
- "Pero quiero estarlo." - Respondió él. Una casa en medio de un bosque vino a su mente. - "Esta vez soy yo el que no quiere irse." - Murmuró.
Esperaba que ella volviese a gritar, esperaba que le volviese a decir algo estúpido como lo podía ser una verdad. Esperaba algo.
Ella cerró los ojos por un infimo momento, respiró profundo antes de reclinarse hacia atrás. No, no se había reclinado, se había desvanecido por unos segundos. Remus se levantó corriendo y se acercó a ella. Charlotte había vuelvo a abrir los ojos, mareados ante la claridad.
- "¿Te encuentras bien?" - Preguntó él.
- "No. Me... me cuesta respirar, un poco. Tengo, frío." - Dijo ella.
- "¿Cómo?" - Dijo él sin sabe qué hacer.
- "Suele durar poco, llevo toda la noche igual, Bill me daba de esa poción." - Le explicó ella sin llevar con sentido las palabras.
Remus le acercó un vaso de cristal que estaba posado en la pequeña mesa al lado de la cama. Pasó su mano por detrás de su cuello y la ayudó a beber un pequeño trago.
- "¿Cómo te sientes?" - Preguntó de nuevo él.
- "Como si un remolino me tragase en medio de una corriente helada."- Charlotte se revolvió para indicarle que quería volver a recostarse. - "Mareada." - Le tradujo con una ínfima mueca de burla, sabía que lo anterior había sonado demasiado poético.
" Dos cargas opuestas buscando lo mismo... "
por
Saffron (
11:40 PM )
Después de que Julius cerrara la puerta ante el profesor Snape, se sintió ligeramente incómodo. Miró a Saffron, aun dormida, la respiración acompasada, y el pelo rojo extendido en la almohada. Decidió que lo mejor sería ducharse, y así dejarla dormir un poco mas.
Sin embargo, cuando salió del cuarto de baño, se encontró con que ella ya se había levantado, y se había puesto el camisón. Julius le dio los buenos días, acompañado de una sonrisa radiante, pero solo consiguió de ella una sonrisa forzada.
- Tengo que ducharme, y llego tardísimo- dijo ella a modo de excusa, penetrando rápidamente en el baño, cerrando la puerta tras ella. Se dejó caer, arrastrando la espalda por toda la puerta, golpeándose ligeramente en la cabeza.
“Mierdaaaaa” resopló nerviosa “¿Qué demonios he hecho?”. Por primera vez, dio gracias a dios por llegar tarde al desayuno.
Sin embargo, una vez que tomaron asiento en el comedor, ya no había motivo por el que correr. Apenas si quedaban alumnos desayunando, y la sensación de intimidad era mucho mayor. Saffron se sentía cohibida y forzada, teniendo los nervios a flor de piel. Se había comportado egoístamente, y ahora tendría que solucionarlo. Por mucho que le costara. Suspiró nerviosa, y trató de quitar una arruga invisible de su vestido. Desde que se había levantado, no había cruzado mas de dos palabras con Julius, y lo había estado evitando. Ahora ya no había escapatoria. Inconscientemente, miró hacia la mesa de profesores, esperando encontrar allí alguna especie de señal divina. Pero estaba vacía. Los profesores ya se habían marchado.
De repente, Julius tomó una de sus manos. Inmediatamente, ella la retiró, con la excusa de tomar la taza de te. Interiormente, supo que allí acababa todo. Julius también se dio cuenta, y apartando las manos, se echó hacia atrás. Sus dedos tamborilearon ligeramente sobre la mesa, mientras su mirada seguía fija en Saffron.
- Lo siento- dijo él por fin; ella levantó la vista hacia el, ligeramente asombrada- Quizás te he presionado demasiado estos días... y se que no tenía derecho. Somos dos personas adultas, y podemos acabar esto sin mayores traumas. No tienes porqué darme explicaciones de ningún tipo.
Saffron lo miró, muda. Sabía cuanto le estaba costando a Julius decir aquellas palabras, y sabía perfectamente que una parte de aquella culpa le pertenecía a ella. Cerró los ojos momentáneamente, sintiendo como una parte de la carga que había llevado durante estos últimos días se aliviaba en parte.
- Yo también lo siento mucho Julius- dijo ella con voz franca- estos últimos días han sido terribles, y lo de anoche... supongo que me comporté como una egoísta. No tenía derecho a usarte así.
- Bien, no iba a ser yo quién me quejara- dijo Julius riendo ligeramente. Saffron también sonrió.- esta bien, me alegro de solucionar las cosas. Mejor hablar pacíficamente que gritar, y acusarnos de cosas injustas. Quizás sería mejor que me fuera por un tiempo, para calmar las cosas...
Saffron lo miró dulcemente. Había sido feliz con él, pero aquello se acabó. Ahora empezaba una nueva etapa en su vida, y tendría que aprender que no siempre habría alguien a su lado para reconfortarla. Iba a ser duro, desde luego.
Julius la acompañó de nuevo a su habitación, tras el desayuno. Ninguno de los dos dijo nada durante todo el recorrido. Cuando llegaron hasta su puerta, ella se volvió para hablarle.
- No quiero perderte como amigo, Julius- dijo ella, totalmente sincera.- eres una de las mejores personas que he conocido en mi vida, y me dolería mucho...
Julius asintió, sonriente, tomándola de una mano, sin que ella pusiera la menor resistencia. Ella la apretó calurosamente.
- Además- añadió en un tono confidente- Podría buscarte alguna buena chica... Hogwarts está lleno de chicas guapas.
Saffron se rió, y le guiñó un ojo. Aquello volvía a ser terreno conocido: las bromas cariñosas, las risas...
- Umm- Julius también rió- Creo que ya he visto a alguna que otra...
Y sin saber porqué, la imagen de Laia apareció en su mente. De repente, recordó todo lo que le había dicho la chica. Su semblante adquirió seriedad de nuevo.
- Saffron, prométeme que te cuidaras, y tendrás mucho cuidado. Y, sobre todo, que no iras al Bosque prohibido- Saffron asintió, también seria- No, no, prométemelo.
- Esta bien. Te lo prometo. Tendré mucho cuidado, y no iré al Bosque Prohibido yo sola. ¿Está bien así?.
Julius asintió, aun intranquilo. Volvió a mirarla: era hora de la verdad. La despedida estaba costando más de lo que había pensado. Ella lo vio dudar, y tomó la iniciativa: le besó ligeramente en los labios, un beso de gratitud y amistad.
- Vendré a verte alguna vez- dijo él, la sonrisa triste dibujada en su cara.
- Cuento con ello- Saffron lo miró también triste. Nunca pensó que decir adiós sería tan doloroso, aun cuando el amor se había acabado. Sin decir nada más, entró en su habitación, y cerró la puerta. Unas lágrimas mezcla de tristeza y alivio, asomaron a sus ojos.
Pasó el resto del día tumbada en la cama. Después de su última reunión con Snape no sentía demasiadas ganas de bajar de nuevo a las mazmorras. Y sin embargo, lo echaba de menos. A pesar de su resolución de la noche anterior de no esperar nada de Snape salvo instrucción profesional, ella sentía deseos de verle. Y maldita sea, a ella no le gustaba echarle de menos. No se lo merecía. Y aun así, ahí estaba ese sentimiento, agujereando su estómago sin piedad, atenazándole, y recordándole aquellos pequeños momentos en los que él la había mirado, o la había rozado.
No, no se lo merecía en absoluto. Y allí estaba ella, pensando en él como una idiota.
******************
Cuando Severus Snape vio cerrarse la puerta de la habitación de Saffron a manos de Julius Strandberg, no solo se quedó mudo. Pareció que quedaba también ciego, y sordo. Sin saber cómo, se encontró de nuevo en su despacho. Estaba aletargado, embotado. Sabía que debía estar impartiendo una importante clase de pociones, y aun así permaneció sentado en su sillón.
No podía pensar, era incapaz de hacerlo. Así que solo permaneció allí, sentado, con la luz apagado, mirando fijamente ningún punto en concreto. Así lo encontró Laia cuando pidió que firmara su excusa, y así lo dejó ella.
Y, de repente, sin saber como, la bestia dormida despertó. Realmente furioso, penetró en la clase. Fue el peor día en Hogwarts para mucho de sus estudiantes. Un día que se recordaría aun mucho tiempo después.
No escaparon del mal humor ni sus compañeros profesores. Muchos de ellos dirigieron miradas a Dumbledore, esperando que este pusiera fin al caos. Pero el amable anciano, o no se dio cuenta, o hizo caso omiso de aquellas mudas peticiones de ayuda.
Sin embargo, lo peor llegó con la noche. La visita a Youko solo fue la excusa para descargar todo aquel odio que estaba conteniendo dentro. Simplemente, no cabía mas odio en su interior. Hubiera destrozado todo el mobiliario, si la muchacha no lo hubiera parado. Estaba completamente fuera de si. Sin embargo, las palabras de ella consiguieron calmarlo. Un poco.
Nunca se había dado cuenta de lo necesario que era hablar de uno mismo hasta ese momento. Aquel no era él. Severus se sentía como un mero espectador. Como si fuera otro el que había destrozado aquellas cosas; como si fuera otro el que le estaba contando a Youko lo ocurrido. “Nos hemos dicho cosas horribles” le dijo. Y era cierto. Él había dicho cosas terribles, con la intención de herirla, de hacerle daño.
Se sintió sorprendido cuando su crueldad, y el dolor que sentía ella no le reportaba ninguna satisfacción. Genuinamente sorprendido.
Y también estaba la cuestión del auror. Para Severus resultaba incomprensible, como aquel hombre, con su simple presencia, podía hacer que se sintiera furioso. “Celos”, había dicho Youko. Severus lo negó. No eran celos, no podían ser celos. Que sintiera celos de él implicaba sentimientos que Severus no estaba preparado para aceptar.
No. No podían ser celos. Tenía que ser otra cosa.
Otra cosa.
Miró a Youko silenciosamente durante la cena: ella tampoco presentaba muy buen aspecto. Suponía que su relación con Draco Malfoy, y con la familia de este, no podía ser sencilla. “mucho desgaste” pensó él. Y, por un momento, pensó en sus otros problemas: Charlotte estaba en coma, en la enfermería; Youko estaba comenzando una difícil relación con un muchacho aun más difícil; Laia Wallravestain, que había perdido a su única familia; aquella chica de Gryffindor que había desaparecido...
Realmente, la tranquila cena y la conversación con Youko le sirvieron de cauce para sus pensamientos. Terminaron de comer en silencio, y sin muchos mas preámbulos, el se despidió. Sin duda alguna, la cena lo había calmado, volviendo su rostro a parecer una máscara impenetrable. De todos modos, aun estando engañosamente tranquilo, decidió tomar una poción para dormir.
Descansar, era todo lo que necesitaba. O al menos, eso creía.
***************
A la mañana siguiente, sin embargo, no fue a recoger a Saffron. Algo le decía que no sería capaz de enfrentarse dos veces a lo mismo. Por lo tanto, se dirigió directamente hasta el comedor.
Como todas las mañanas, el comedor bullía de vida. Los niños reían y hablaban en voz alta, las lechuzas entraban por los altos ventanales, lanzando el correo. Sin embargo, Severus no pudo menos que darse cuenta de que, por donde él pasaba, las risas se hacían mas débiles, llegando incluso a apagarse.
No le importó lo mas mínimo. Se sentó en su sito, sin murmurar siquiera un “Buenos días” y se dispuso a tomarse su te, y sus tostadas con la mayor tranquilidad, mientras leía el periódico.
De repente, una lejana mota envuelta en colores desvió su atención. Levantó la vista del periódico, y la vio: Saffron estaba entrando en el comedor, blanco y rojo destellando contra las monocromas túnicas de los estudiantes. Casi aguantando la respiración, Severus esperó que Julius entrara tras ella, pero estro no ocurrió. Ella estaba sola, y sola se sentó a desayunar.
Terminó su desayuno con celeridad, y se levantó, dispuesto a llegar hasta ella.
Saffron no se dio cuenta de que el estaba a su espalda hasta que se inclinó sobre su oído, y habló.
- ¿Ha venido sola hasta aquí?- la voz ligeramente ronca de él le hacía cosquillas en los oídos. Ella asintió, mientras sentía como su estómago se encogía.
- No vino nadie a recogerme, y se estaba haciendo tarde- Saffron no quería que su voz sonase como un reproche, pero fue así exactamente como sonó. Snape enarcó una ceja.
- ¿Y el Señor Strandberg?- dijo con toda la acidez posible- ¿Estaba demasiado ocupado vistiéndose?
El vio como ella se sonrojaba, y se dijo que aquel no era el mejor modo de arreglar las cosas. Se llamó mentalmente estúpido.
- No- dijo ella suavemente- Julius se fue ayer por la mañana. No... no volverá en algún tiempo.
Severus la miró fijamente, la mirada impasible. Sin embargo, no entendía porqué aquello le resultaba un alivio. Era algo incomprensible.
- Ya veo- dijo simplemente- La próxima vez, mándeme una nota, y subiré a buscarla.
Saffron asintió vigorosamente, el calor y el sonrojo asomándole a la cara de nuevo. Se sintió completamente incapaz de comer nada más. Así se lo dijo a Severus, levantándose para regresar a su habitación.
Para su asombro, el resto del día fue pasmosamente tranquilo. Severus parecía haber pasado su mal humor, y se comportaba de una manera totalmente neutra. Ella respiró aliviada, decidida a olvidar y perdonar todas las discusiones. Sin embargo, no podía menos que preguntarse si la marcha de Julius tenía algo que ver en todo aquello.
Y aquella tarde, cuando llegaron al despacho para estudiar, el la sorprendió de nuevo.
- Vamos a hacer una poción conjunta- anunció él, a la vez que se desprendía de su túnica negra, apareciendo ante ella su figura alta y delgada, como pocas veces aparecía ante nadie. – Así que mas vale que esté atenta, porque necesito toda su concentración.
“Claro” pensó ella nerviosa “como si fuera fácil concentrarme contigo a mi lado así” . El comenzó a elaborar la poción, indicándole a ella lo que debía hacer. Pronto ella también se despojó del jersey que la incomodaba, quedando con una fina camiseta simplemente. Por dos veces, las manos de ellos se rozaron levemente, mientras ella cortaba las alas de murciélago en finas tiras. Otra vez, el posó su mano en su espalda, indicándole cuando tenia que añadir los ingredientes. Los dos eran conscientes de aquellos roces esporádicos, y ninguno de los dos dijo nada.
Pero para Saffron la situación había llegado demasiado lejos: se moría de frío. Sin embargo, el jersey le molestaba, y , para que negarlo, la camiseta le sentaba muchísimo mejor.
- Severus...¿Puedo encender el fuego?- preguntó suavemente- Tengo mucho frío, y el jersey me molesta para trabajar...
- Haz lo que te parezca- musitó el. ¿Siempre había sido así, o ella estaba especialmente bonita aquella tarde? La miró de reojo, mientras ella encendía el fuego: el pelo cayéndole por la espalda en largas guedejas levemente onduladas, la escotada camiseta blanca, y aquella falda con grandes flores blancas y rojas, las medias rayadas. Ella se veía realmente encantadora.
Como pudo comprobar Severus, encender el fuego no era tan buena idea como parecía. Quizás ella, con aquella fina camiseta estuviera a gusto, pero él se estaba asfixiando. Quizás parte del calor que sentía se debiera a los roces continuados de ella; pero Severus Snape nunca lo hubiera reconocido. Se debiera a lo que se debiera, el caso es que el se estaba ahogando bajo aquella chaqueta negra. Y así, aprovechando una salida momentánea de ella (“Cosas de chicas” había dicho con una sonrisa misteriosa), había aprovechado para quitarse la chaqueta. Nunca había aparecido ante nadie con la camisa blanca que sobresalía bajo su chaqueta, pero si no lo hacía en ese momento, probablemente moriría deshidratado. Maldijo en voz baja, y con razón, las camisetas de manga corta escotadas, y a las chicas frioleras. Se remangó levemente las mangas, y continuó con su trabajo.
De repente, llamaron a la puerta del despachó. Masculló un “Adelante!” y la puerta se abrió. Ante él apareció un incómodo Julius Strandberg. Severus Snape le lanzó una mirada dura.
- ¿Qué es lo que quiere?- preguntó con voz agria.
- Tan solo quería devolver un libro a Saffron- dijo Julius, cada vez más incómodo. Era cierto: se dio cuenta cuando llegó a Londres. Por equivocación, en su maleta había metido uno de los libros de ella. Estaba dispuesto a mandárselo por correo cuando se enteró de que tendría que volver a Hogwarts con un informe para Dumbledore. Hubiera sido ridículo estar allí, y mandárselo por polvos floo. Estaba dispuesto a seguir dando explicaciones a Snape (ya que estaba en su despacho), cuando lo vio.
En realidad, solo podía ver una parte muy pequeña, pero podría reconocerlo en cualquier lado: la marca tenebrosa, en el antebrazo de Snape. Sus sentidos de auror comenzaron a funcionar como un resorte, repasando mentalmente donde tenía su varita, y calculando la distancia que los separaba. El profesor no pareció darse cuenta.
- Ha salido un momento- dijo con voz serpenteante, mientras seguía añadiendo ingredientes a su poción. Julius Strandberg asintió, tenso, los músculos listos para un ataque.
Y en ese momento, entró Saffron, sonriente y bonita. Cerrando la puerta tras ella, suavemente.
- Ya estoy...- y entonces vio a Julius. Le dirigió una mirada extrañada: después de la despedida de aquella mañana ella había creído que tardaría mas en volver a verlo.- Hola.. Julius...
También se fijó en el profesor Snape, y en que se había quitado la chaqueta. Sonrió levemente: era como ver cumplido un sueño de adolescente. En multitud de ocasiones ella había soñado con verle con aquella camisa blanca. Y ahora, por fin, tenía la oportunidad.
- Saffron- Julius atrajo su atención- ¿Puedo hablar contigo un momento fuera?
Por su mirada seria, Saffron supo que algo grave ocurría. Asintió y salió con el al pasillo.
- ¿Qué pasa?- dijo preocupada, buscando sus ojos azules- ¿Ha ocurrido algo?
Realmente, Julius no sabía por donde empezar. Se dijo a si mismo que lo mejor sería decir las cosas claras, y evitar rodeos.
- Saffron, escúchame atentamente. Severus Snape es un mortífago. Acabo de ver la marca en su brazo.
- No... no puede ser- ella negó con la cabeza, asustada- Él no es un mortífago. No.. el me está protegiendo de ellos, y...
- Saffron, he visto la marca. He visto demasiadas de esas como para reconocerlas- Julius la miró: ella estaba angustiada, y el la comprendió. Si Snape era un mortífago significaba que había estado en sus manos todo aquel tiempo; el no habría estado protegiéndola, habría estado vigilándola.- Deberías entrar, decirle que te marchas, y correr a tu habitación. Cierra la puerta, y no le abras a nadie, salvo a Dumbledore, ¿de acuerdo?
Saffron asintió. Estaba como en shock. No era posible, no podía ser. Snape, un mortífago. Dios, tenía sentido. Cuanto mas pensaba en ello, mas sentido tenía. Se sintió levemente mareada. Julius le apretó el hombro ligeramente, infundiéndole ánimo.
Cuando volvió a entrar en el despacho, Severus se volvió para mirarla. En un momento, ella había perdido todo su buen aspecto. Se veía nerviosa, mientras que la piel estaba tan pálida que casi se mimetizaba con su camiseta.
- ¿Estas bien?- preguntó él, ligeramente preocupado.
- Si.. digo, no.. no...creo que voy a marcharme a mi habitación...Si no te importa- ella apenas lo miró mientras hablaba, y el sintió que ella no estaba siendo del todo sincera.
- Como prefiera- y se volvió sobre la poción. Había algo en todo aquello que no le gustaba. Y su instinto raras veces fallaba.
Lo supo cuando, unos minutos después de que ella se hubiera marchado, Julius entrara en su despacho apuntándole con su varita.
- Será mejor que me explique lo de esa marca en el brazo- le dijo el auror con la mirada seria y los nervios templados.
Severus Snape supo que había ocurrido de nuevo.
*************
Saffron , tal y como le había dicho Julius, corrió hasta su habitación, encerrándose en ella. La posibilidad de que Severus fuera un enemigo oculto la atenazaba. No, no podía ser, no podía ser...
Y sin embargo, tenía la marca, una prueba irrefutable. Cerró los ojos, pensando que iba a volverse loca. Dios, era tan lógico, tan lógico.. el cabeza de casa de Slytherin, le gustaban las artes oscuras, su manera de ser, las frecuentes visitas de Lucius Malfoy.. todo concordaba.
Se sentía mareada. Y muy, muy asustada. Tenía tanto miedo que ni siquiera podía llorar.
Evidentemente, Snape había engañado a Dumbledore. No había otra explicación, ya que el anciano director nunca hubiera consentido que un mortífago impartiera clases en su colegio.¿verdad?
Pasó casi dos horas sentada en una silla, esperando que Dumbledore o Julius fueran a verla. El mismo nerviosismo la dejó como atontada, impidiéndole pensar con claridad. Lo único que sabía con seguridad es que tenía miedo. Y ese mismo miedo la estaba atenazando, haciendo que su cabeza diera vueltas.
Por fin, después de todo aquel tiempo, que se le hizo eterno, Dumbledore llamó a su puerta, pidiéndole que abriera. Ella corrió a abrirle, dejando que el director entrara en su habitación.
Albus Dumbledore recorrió la habitación con la mirada, asintiendo aprobatoriamente.
- Un gusto exquisito- dijo lentamente, como era costumbre en el- Aunque creo que prefieres que hablemos de otra cosa que no sea decoración.
Saffron asintió, y esperó a que el hombre continuase.
- Me temo que ha habido un terrible error. El profesor Snape, es cierto, tiene la marca tenebrosa, como también es cierto que fue mortífago. Sin embargo, debes saber que todo eso forma parte de su pasado. Todo el mundo comete errores, pero también tienen el derecho a subsanarlos. En la actualidad, Severus cuenta con toda mi confianza y mi apoyo.
- Entonces... el no...- Saffron rompió a llorar, aliviada. Se sorbió las lágrimas con la nariz- Yo.. estaba tan asustada y creí que...
- Lo se, querida, lo se- dijo Dumbledore paternalmente- pero no todo el mundo es lo que aparenta ser, y en ocasiones las apariencias engañan. Comprendo tu preocupación. Precisamente por eso, Severus siempre lleva la marca oculta. Para evitar juicios precipitados.
Saffron se sonrojó, y se sintió como una estúpida. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
- ¿Cree.. cree que debería ir a pedirle disculpas?- preguntó ella con un hilo de voz.
Dumbledore se encogió de hombros.
- Creo que deberías hacer lo que creas más correcto.
- ¿Y Julius?- preguntó, incómoda.
- Julius ya ha solucionado su situación y está de vuelta en Londres.
Saffron asintió. Dumbledore dio por terminada la pequeña reunión, y, despidiéndose, se marchó. Ella quedó cavilando durante un rato. Desde luego, lo más acertado sería ir a ver a Severus y pedirle disculpas. Si, eso es lo que haría. Un cosquilleo de temor recorrió su espalda mientras descendia hacia las mazmorras. El ya no lo era, pero había sido un mortífago.
Dios santo. Un mortífago. Saffron sintió como se le erizaban los vellos de la nuca. Y sin embargo, seguía atrayéndola. De una manera insana. Algo preocupante.
Estuvo parada frente a su puerta al menos cinco minutos. Quería llamar, pero no se atrevía. por fin, alzó el puño, y tocó. Un malhumorado “Pase” hizo que por fin se atreviera a traspasar el umbral.
Él se asombró de verla allí, en su puerta, pero disimuló perfectamente. Volvió la vista a su escritorio.
- ¿De nuevo andando sola? No hay manera de que recuerde las cosas...
- Yo...- Saffron carraspeó, y tragó saliva- Yo solo venía a pedirle disculpas. Me he portado como una estúpida, y quería hacerle ver que.. lo siento.
- De acuerdo, disculpas aceptadas- dijo él, mientras seguía escribiendo, la voz untuosa y serpenteante- Puede marcharse.
Sin embargo, ella no se movió un milímetro de donde estaba, de pie. Aun estaba encendido el fuego, y el calor que hacía en la habitación era sofocante. El aun vestía con aquella camisa blanca. Severus sentía la mirada de ella clavada en él, y se estaba poniendo cada vez más nervioso. De repente, soltó un bufido, dejó la pluma con la que escribía en la mesa y se puso en pie. Llegó hasta el otro lado de la mesa, apoyándose en ella levemente, los brazos cruzados.
- Maldita sea, ¿Qué es lo que quiere ahora? Ya le he dicho que acepto sus disculpas!!
La mirada interrogante de ella lo dijo todo. Ella quería todo lo que el procuraba evitar como a los gryffindors; ella quería hablar.
- Esta tarde... yo.. bueno, me asusté mucho...y no quería creer que fuera un.. uno de ellos...- Saffron estaba sudando. El calor en la mazmorra había hecho que las normalmente húmedas paredes despidiesen aun mucho mas calor, convirtiendo el despacho en una especie de sauna finlandesa.
- Evidentemente- dijo Severus con sarcasmo- usted creyó lo que decía su amigo, pudiendo comprobar que no andaba tan descaminada...
El podía ver en sus ojos el miedo. Lo mismo que lo había visto en otros tantos ojos. Ya era inútil, no había nada que hacer. mas tarde o mas temprano, ella lo hubiese sabido. Y entonces..¿Qué?. quizás fuera mejor que ella lo supiera ahora. Seguramente, ella decidiría abandonar su trabajo con él. Si, mejor ahora que mas tarde.
Y entonces, la pregunta de ella llegó como una bomba.
- ¿Ha matado a gente?- el podía ver el miedo en sus ojos. Era indudable que estaba asustada. Pero no se movía. Simplemente, estaba allí de pie, frente a él.
- Si- contestó el; y pudo apreciar como ella se estremecía con horror. Y añadió, en voz baja- Y, créame, hay pecados que nunca se terminan de expiar.
Saffron respiró con dificultad. El era un antiguo mortífago, un asesino. “Un asesino” se repitió. Le tenía miedo. Y sin embargo, le atraía. Ejercía sobre ella tal fascinación, que Saffron pensó que debía ser inmoral. Dio unas pasos hacia el, aunque sin acercarse del todo. Aun así, el no estaba mas lejos que el alcance de su brazo estirado.
El la vio acercarse, aun mas. “Maldita sea” pensó, casi enojado “¿porqué demonios no se va?”. ¿porqué no se iba, como los demás?. Interiormente, él sabía la respuesta: ella no era como los demás. Fue como si se hubiera desatado un huracán.
- Si, señorita Bahn. Soy un asesino. Maté y torturé a gente inocente. He lanzado maldiciones imperdonables. ¿Sorprendida, señorita Bahn? ¿No se adecua eso a lo que usted pensaba de mi?
Saffron estaba aterrorizada. El había llegado hasta ella, y le estaba gritando. La había cogido por las muñecas. Sin embargo, no intentó marcharse, no intentó huir. Se quedó allí, anclada a él. Severus pareció calmarse. Se odiaba a si mismo. No podía menos que odiarse. Sentía la camisa pegada a su cuerpo, por la calurosa humedad de la habitación y la transpiración. Miró a la aterrorizada muchacha que estaba a su lado, cuya respiración aun era entrecortada. Le había gritado con todas sus fuerzas, y bien sabía que sus manos le estaban haciendo daño en las muñecas. “Mejor así” pensó. Que ella viera como era él realmente. Lo peor de él.
Soltó sus muñecas, pero no se apartó. Había algo intoxicante en la cercanía de ella. Algo que le incitaba a quedarse allí, a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo. No entendía porqué ella no se iba. Y lo miraba. Una mirada asustada, si; pero enfrentada a él. Y entonces, sintió su mano, intentando levantar la manga de la camisa y mostrar la marca.
- No- dijo el, agarrando su mano, la mirada peligrosa. Pero ella no cedió. Unió su mano a la de él, con fuerza, casi como un abrazo, mientras que con la otra mano intentó levantar de nuevo la manga. Él no se sintió con fuerzas para negárselo dos veces. Que más daba, que lo viera, o que no. Ella ya sabía el monstruo que era.
Saffron lo miró fijamente, con curiosidad. La marca cubría casi todo el antebrazo, a lo largo. Infundía pavor, y ella sintió como su mano temblaba ligeramente cuando la pasó sobre el dibujo. Sus dedos cálidos se posaron sobre el antebrazo de él, dibujando la marca bajo ellos. No tenía buen aspecto, y por el respingo que dio Severus pudo deducir que aun le dolía. Sin embargo, ninguno de los dos se apartó. Seguían estando muy cerca, tanto que sus respiraciones se confundían, ella acariciando con las yemas de los dedos el antebrazo de él.
Pero no solo estaba la marca tenebrosa. Ella pudo ver, y palpar numerosas cicatrices a lo largo de su antebrazo. Cicatrices que como telarañas cubrían su brazo. Y cual no sería su sorpresa al descubrir bajo su muñeca otras largas cicatrices. Ella lo miró, interrogante, anonadada. Pero el no la miró siquiera. Con celeridad, ella descubrió su otro brazo, encontrando las mismas cicatrices alargadas en la muñeca, y similares en el antebrazo. Ahogó un grito cuando comprendió lo que era aquello.
-... Severus...- murmuró ahogadamente.
- Nunca...- dijo el en voz tan baja que ella apenas si pudo escucharle- Nunca he dejado de arrepentirme... y nunca me arrepentiré lo suficiente...
Por primera vez, desde que estaba junto a ella, se atrevió a mirarla a los ojos. Para descubrir con sorpresa que ella estaba llorando.
Igualmente por sorpresa le cogió que ella lo abrazara. Ella lo abrazaba con fuerza, su cara enterrada en su cuello, su mano mesándole el cabello, igual que el la había visto abrazando a los niños de primer curso cuando lloraban, para confortarlos. Ella trataba de confortarlo a el. A él, que era un asesino, que le había gritado, y que había tratado de hacerle daño. Lo estaba abrazando, y lo estaba acunando. Las lágrimas de ella mojando su pelo, la piel suave de su cara contra su cuello, Severus Snape pensó que iba a asfixiarse. Y ella arropándole, abrazándole.
Solo duró un segundo, pero Severus Snape respondió a ese abrazo. Le estrechó contra su cuerpo, importándole poco si la ahogaba, o le hacía daño. Ella gimió levemente, quejándose, pero el no hizo caso. Por un segundo, durante un segundo, el dependió de ella. Durante ese segundo, el se dejó llevar, fue débil, ella fuerte. Solo duró un segundo, pero Saffron se dio cuenta. Inmediatamente, el soltó el abrazo. No quería que ella le tuviera lástima, que pensara que se dejaba llevar por las emociones. El no era así.
La miró de nuevo, cuando se separaron, los ojos de ella arrasados en lágrimas, sus cuerpos aun demasiado próximos, el calor condensándose en sus frentes y en sus cabellos.
Y entonces, sin previo aviso, ella venció de nuevo el breve espacio que les separaba, y le besó. Fue un beso breve, tembloroso. El se sintió aun mas sorprendido; era algo para lo que no estaba preparado, pero abrió la boca, con aceptación. Hacía años que no besaba a una mujer, y cuando decía años, se refería a no menos de doce. La lengua de ella se introdujo suavemente en su boca, dejándole un sabor dulce; las manos de él fueron hacia su cara, acariciando la piel suave de ella. El calor y la humedad hicieron mella en sus cuerpos, haciendo que chocaran inconscientemente, atrayéndose igual que se atraen las cargas opuestas de un imán. Ella terminó el beso, y suspiró quedamente. No lo besó de nuevo, pero él podía notar el aliento cálido de ella en su boca, la nariz de ella frotándose contra sus mejillas, una de sus manos aun unidas.
No, el no había estado preparado para algo así en años.
No dijeron nada durante unos minutos, pero tampoco se separaron. Hasta que Severus recobró la cordura: el sabía que ella iba abrazando a los demás para confortarlos, el lo había visto. Y la creía muy capaz de besar a alguien con tal de que se sintiera mejor. Es más, el era la prueba viviente. De algún modo, supo que ninguno de los dos diría nada de aquello.
- Creo que es mejor que nos vayamos- añadió con la voz totalmente ronca, sintiendo aun el sabor dulce de los labios de ella en su boca.
Ella asintió. Con pesar, soltó su mano. Saffron aun no sabía como se había atrevido, pero lo cierto era que lo había hecho. Había besado a Severus Snape, y ahora sentía las piernas temblorosas. Lo había hecho; había aprovechado el momento debilidad de Severus para hacerlo. “Ahora o nunca” se había dicho.
Y había sido ahora.
Sabía perfectamente que el no hablaría de aquel beso, pero no le importaba. El no la había rechazado, y había respondido. Sintió como la camiseta estaba completamente húmeda, pegada a sus pechos y a su estómago. Le hubiera gustado continuar, seguir besándole, quitarle la camisa, y que el colara la mano bajo su camiseta, pero sabía que no era el momento. Suspiró levemente, y tragó saliva con fuerza.
Aun no era el momento, pero llegaría.
" Acelerando "
por
Youko (
3:48 PM )
Youko no estaba de muy buen humor para bajar a cenar así que le encargó a uno de los elfos que le trajera la cena a la habitación. “Esto empieza a convertirse en una costumbre”, pensó mientras se refrescaba un poco la cara, y comprobaba en el espejo que no quedaban rastros de lágrimas. Se sobresaltó cuando unos golpes fuertes sonaron en su puerta. Se quedó mirándola sin saber que hacer, temiendo abrirla. Cual no fue su sorpresa cuando al abrir para ver quien estaba al otro lado, se encontró con un Severus Snape realmente furioso.
Ciertamente, Severus había estado con un humor realmente infernal estos días pasados: quitaba puntos a todo aquel que se le cruzara, de tal forma que los marcadores empezaban por primera en la vida a marcar puntos negativos. Y todo parecía coincidir con la llegada de Julios. Youko ya empezaba a oler de que iba el asunto. Se apartó y dejó que el furibundo profesor pasara. Apenas había cerrado la puerta cuando oyó un fuerte CRASH! En la pared opuesta de la sala. Se giró inmediatamente sólo para ver como una copa que había dejado sobre la mesa se encontraba ahora hecha añicos en el suelo.
-“¡Profesor!”—gritó mirando totalmente anonadada al siempre frío y compuesto Maestro de Pociones. En vista de que no le hacía caso llamándolo se acercó corriendo y sujetó la muñeca del hombre, que ya había cogido otro objeto, esta vez una taza vacía.—“¡Severus! ¡Haz el favor de calmarte! Y deja de destrozar mis cosas para cenar”.
Esta vez Severus pareció reaccionar. Primero miró la mano que sujetaba su muñeca, después la cara entre preocupada y sorprendida de Youko y por último, la copa rota en el suelo. Se avergonzó por su comportamiento.
-“Lo siento. He perdido el control”—musitó mientras se dejaba caer en una de la sillas junto a la mesa. Apoyó los brazos sobre la mesa y enterró su cara entre las manos.
-“No pasa nada. Nos pasa a todos alguna vez”—respondió Youko mientras apuntaba con la varita a la copa en el suelo, la reparaba y la ponía de nuevo sobre la mesa. Llamó a otro elfo y le pidió que trajeran un servicio más de comida. Youko se sentó en la otra silla y observó al hombre frente a ella. Al parecer ella no era la única que estaba pasando una mala racha.—“Déjame adivinar cual es el problema: Saffron Bahn y Julius Strandberg.”
Severus asintió levemente sin quitar sus manos, no dejando ver nada de su expresión. Youko suspiró. ¿En qué momento había pensado que su vida era complicada? ¿Y en qué momento había pasado de auror a psicóloga?.
-“¿Le importaría apartarse las manos de la cara, profesor? Me gusta ver los ojos de las personas con las que hablo, no sus dedos”—dijo mientras servía un poco de zumo de calabaza en las copas.
Severus apartó sus manos y notó por primera vez el plato de comida frente a él. Miró a Youko ligeramente sorprendido.
-“He pensado que no querrías bajar a cenar al comedor. Probablemente acabarías descontándola puntos hasta a McGonagall. Así que me he tomado la libertad de pedir por ti. Aunque los elfos parecen saber que es lo que te gusta”—explicó Youko mientras se servía un poco de ensalada.
-“Soy un imbécil. Me odia”—dijo Severus en voz baja. Youko se quedó con el tenedor a medio camino del plato a su boca. Ella no tenía una enorme confianza con Severus como para estar hablando de esto. Ese lugar lo tenía Jenkins, la cual seguía inconsciente en la enfermería.
-“¿Puedo hablar libremente?”—preguntó mirando fijamente al profesor. Este asintió con la cabeza.—“A veces te haces odiar. Eres demasiado frío, demasiado controlado... y has estado solo durante demasiado tiempo. No se bien lo que ha pasado y realmente no estoy segura de querer saberlo, pero no creo que Saffron te odie. No está en su carácter el odiar a las personas. Sí en el tuyo o en el mío, pero no en ella. Es demasiado buena para eso”.
-“Nos hemos dicho cosas horribles. Le he dicho cosas horribles. Y encima ese estúpido Strandberg está siempre tras ella. Y no lo soporto”—Severus apretó la servilleta con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
-“La gente normal suele llamar a eso celos, Severus”—indicó Youko mirando al profesor. “Te estás enamorando de ella y ni siquiera te das cuenta” pensó para sí Youko mientras bebía un poco de zumo.
El resto de la cena transcurrió prácticamente en un absoluto silencio. Aquella tranquilidad sirvió para que Severus pusiera algo de orden en su mente. No quería analizar los sentimientos que la pelirroja provocaba en él. Y cada vez que pensaba en aquel maldito auror notaba como el enojo volvía a subir. Cuando terminaron de cenar, Severus se levantó, y despidiéndose de Youko se retiró a sus habitaciones.
Entrando en su habitación, Youko cogió una caja que había guardada en su armario. Abriéndola, sacó de su interior un pequeño frasco. Lo observó detenidamente. Hacía mucho tiempo que no había tenido la necesidad de tomar aquella poción. Dormir sin soñar. Eso era lo que necesitaba. No soñar, no pensar. Quitó el sello y se la bebió sin respirar. Se puso el pijama y nada más apoyar la cabeza en la almohada se durmió.
*******************************************************
La mañana parecía ir bastante bien. Las clases con lo Ravenclaw y Hufflepuff era una maravilla. Tranquilos, obedientes, hablaban poco... desgraciadamente antes de la comida tenía salón de duelos con los Slytherin y Gryffindor de 6º curso. Genial, sencillamente genial. Además Remus no estaría para ayudarla porque quería estar en la enfermería con Charlotte un rato. Bien, podía defenderse ella sola con las fieras...
Cuando entró en el aula donde hacían los duelos se encontró con que habían unos cuantos alumnos esperando. Y entre ellos estaban Potter, Granger y Weasley. Viendo que llegaba sola, Potter se acercó.
-“¿No viene el profesor Lupin?”—preguntó ligeramente preocupado.
-“No señor Potter. El profesor Lupin me ha pedido que me encargue yo sola de la clase mientras el visita a una persona en la enfermería”—respondió Youko mientras se ajustaba las mangas de su túnica de duelo.
Justo cuando Harry iba a preguntar algo más empezaron a entrar el resto de alumnos. Malfoy entró con su grupo de amigos y se quedó mirando primero a Youko y después a Harry, y se preguntó que demonios le estaría preguntando Potter.
-“Muy bien clase. Como podéis ver hoy no nos acompaña el profesor Lupin. Así que me veo en la obligación de recordaros que al que no se comporte correctamente lo echaré a patadas del aula directo a buscar al Cabeza de su Casa. ¿He hablado claramente?”—se oyeron breves ‘sí, profesora’ y una suave risita. Youko miró en aquella dirección.—“Señor Malfoy, estas normas también se aplican a usted. No crea que porque su padre sea miembro del Consejo Escolar va a tener más privilegios que el resto de alumnos”—dijo mirando duramente a Draco, el cual se quedó tieso ante el tono de la profesora. Asintió ligeramente con la cabeza y se dedicó a mirar el suelo, preguntándose a que venía aquel trato por parte de Youko.
Una vez los grupos estaban hechos Youko se percató de que faltaba alguien en la clase.
-“¿Alguno puede decirme donde se ha metido Wallravenstein?”—preguntó Youko viendo que la ‘infiltrada’ no estaba en el aula.
-“Al parecer a fallecido su abuela y ha sido excusada de las clases por un par de días para ir al entierro”—respondió Draco. Como prefecto había sido informado de la ausencia de Laia por Snape, por s algún profesor preguntaba.
Youko asintió y siguió con la clase. Los duelos iban bastante bien, quitado el caso de Neville Longbottom, que era un auténtico peligro, tanto para su adversario como para él mismo. Si Youko no recordaba mal, sus padres habían sido excelentes aurores. ¿Por qué el muchacho era tan pésimo en todas las materias? En lo único que destacaba era Herbología y porque no había que usar magia...
Al menos cuando terminó la clase no había sucedido ningún accidente (vale, accidente, mejor digamos pelea). Algunos rasguños sin importancia y un par de hechizos que Youko tuvo que quitar de Crabbe y Goyle para que pararan de bailarles las piernas. Poniendo un poco de orden en el aula ahora vacía, se giró para ver a Draco cerca de la puerta y mirándola confuso.
-“¿Sucede algo señor Malfoy?”—preguntó Youko mientras recogía su capa, que había dejado sobre una silla.
Draco iba a preguntar que a qué había venido lo que le había dicho durante la clase cuando una cabeza se asomó a través de la puerta. Youko arqueó las cejas sorprendida y sonrió levemente.
-“¿Puedo pasar o estas ocupada?”—preguntó un chico de unos 25 años, con pelo castaño oscuro y ojos con un brillo divertido.
-“Vaya Tom, es un placer verte por aquí. Y no, ahora mismo no estoy ocupada. Ya he terminado las clases por hoy”—contestó Youko mientras se acercaba a saludar a Thomas Elliot, compañero auror y antiguo novio, con el que mantenía una buena amistad.
-“¡Estupendo! Entonces podríamos ir a Hogsmeade y comer allí mientras nos ponemos al día”—dijo Tom con una sonrisa.
-“Profesora...”—dijo Draco mirando a al chico y a Youko. esta última giró la cabeza para mirarle.
-“Pase a las 6 por mi despacho y hablaremos, señor Malfoy. Y dese prisa o no llegará a la comida”—interpuso Youko antes de que Draco siguiera hablando. Despidiéndose con una ligera inclinación de cabeza, Youko salió del aula, seguida por Tom, el cual miró disimuladamente a Malfoy.
Mientras la pareja se alejaba por el pasillo, charlando animadamente, Draco no pudo evitar sentir un pinchazo de celos. Y el estómago se le hizo un nudo cuando el chico puso un brazo sobre los hombros de Youko y ella no hizo nada por quitarlo.
*****************************************************
Las Tres Escobas era un local bastante tranquilo. Su clientela era buena gente y no extraños magos como los que solían ir a Cabeza de Cerdo, el otro local de Hogsmeade. Pero de todas formas Youko y Tom escogieron el rincón más discreto para sentarse. Desde donde estaban Youko podía observar a la gente que entraba y salía del local.
-“Bien Tom, ¿vas a explicarme por qué has venido? Ya eres el segundo auror que aparece por la escuela en menos de una semana”—dijo Youko mientras cogía su cerveza de mantequilla y la acercaba a sus labios.
-“¿El segundo? ¿Ha venido alguien más?”—pregunto Tom curioso. No sabía de ningún otro auror en Hogwarts a parte de Youko.
-“Bueno, la semana pasada llegó Strandberg. Y si no me equivoco todavía ronda por la escuela. Claro que supongo que el que Saffron Bahn esté estudiando en Hogwarts a lo mejor tiene algo que ver...”—contestó Youko mirando distraídamente a la puerta que se acababa de abrir.
-“¿Bahn? ¿La conozco? Espera, espera. Creo que ya la recuerdo. Una chica pelirroja con la que salió Julius hace algún tiempo, ¿me equivoco?”—sí, ahora la recordad Tom, una chica simpática.—“Era esa que vestía un poco raro”—añadió con una sonrisa divertida.
-“Esa misma. Y tanto como raro... Digamos que viste diferente. A mi me gusta...”—defendió Youko ante la mirada escéptica de Tom.—“Y no te desvíes del tema. ¿Por qué has venido?”.
-“Bueno, a parte de que quería verte, Moody pensó que sería bueno enviar a la escuela algunos aurores cada semana para ver como van las cosas. De momento fija como infiltrada te tenemos a ti. ¿Has descubierto algo interesante?”—pregunto el auror observando fijamente a su acompañante.
-“Realmente no. No hay mucho movimiento entre los alumnos de Slytherin. Tan sólo me he encontrado con una chica que podría representar un problema. Laia Wallravenstein, ¿te suena el apellido?”—explicó Youko. Tom iba a contestar pero esperó hasta que Rosmerta dejara su comida sobre la mesa y se alejara.
-“Wallravenstein... buena familia. Todos mortífagos reconocidos. Ahora mismo su casa está vigilada. Con la muerte de su abuela creemos que pueden acudir mortífagos importantes.”—Tom se quedó pensando un momento antes de hacer la siguiente pregunta.—“La casa de Lucius Malfoy también está vigilada. Me han dicho que te vieron entrar el sábado pasado acompañada de su hijo. Y que saliste pocas horas después llorando”—dijo el chico mientras miraba atentamente el rostro de Youko, el cual se oscureció momentáneamente.
-“Lucius Malfoy ha estado pasando por la escuela. Tengo la impresión de que Wallravenstein es su espía allí dentro. Ha estado... acosándome un poco. Me invitó a la fiesta de cumpleaños de su hijo, si entiendes lo que quiero decir por invitar. Mientras estuve allí no vi a nadie que fuera sospechoso, claro que tampoco iba a cometer la imprudencia de vagabundear por la casa. Al único que vi fue... a mi padre”—explicó Youko mirando por la ventana, recordando aquella noche.—“Y no fue agradable. Discutimos, me pegó y Draco me sacó de allí.”
-“¿Draco? El hijo de Lucius... ¿Tienes... alguna relación con él?”—preguntó Tom, casi esperando que ella le dijera que no. Deseando que dijera que no.
-“Más o menos... no es algo muy firme todavía, pero podría decirse que estoy saliendo con él. Y antes de que me digas nada cuento con el permiso del Cabeza de su Casa y el de Dumbledore, si ese maldito centelleo en sus ojos no me engaña”—dijo Youko desviando su mirada de la ventana al rostro de Tom.
-“Pero es un crío Youko. Te estás comprometiendo. Y así estás demasiado cerca de Lucius Malfoy. No creo que eso sea muy seguro”—Tom notaba como una especie de nudo en la garganta. Le seguía gustando Youko y no quería perderla, mucho menos con un Malfoy.
-“Como ya te he dicho, la cosa todavía no es muy firme, por o menos por mi parte. Y de todas formas no creo que tengas ningún derecho a decirme con quien debo salir y con quien no. Además, vendrá bien tener a Lucius vigilado desde más cerca”—respondió Youko y mirando fijamente a los ojos a Tom le dejó bastante claro que aquella parte de la conversación terminaba ahí.
El resto de la comida lo pasaron hablando de cosas triviales tales como su tiempo en la academia y de aquellos amigos a los que hacía tiempo que no veían. Pasadas las cinco emprendieron el camino de vuelta a la escuela. Apenas hablaron durante el trayecto, el cual hicieron andando, con las escobas apoyadas en el hombro, disfrutando de una tarde bastante agradable para el mes en el que estaban.
Ya en el castillo , Tom la acompañó hasta el despacho de DADA, el cual estaba vacío. Evidentemente Lupin seguiría en la enfermería al lado de Charlotte. Youko abrió la puerta y se giró para despedirse de Tom. Pero no tuvo tiempo. Tom la cogió desprevenida y la besó. Y Youko se quedó helada en el sitio. Y Draco que acababa de girar la esquina para ir al despacho de Defensa también.
Tom, al ver que Youko no respondía al beso se apartó y la miró a los ojos. Suspiró ligeramente derrotado. La soltó y se apartó un poco.
-“Ya nos veremos Youko”—y con esto se giró y empezó a alejarse por el pasillo. Youko n siquiera lo miró. Entró rápidamente en el despacho y cerró la puerta tras de sí.
En el pasillo, Thomas y Draco se quedaron mirando fijamente. Draco furioso, Tom molesto. Y de pronto Tom tuvo la impresión de que besar a Youko no había sido buena idea. Retirando la mirada se alejó por el pasillo hasta las escaleras. Y Draco se dirigió hecho un mar de celos al despacho.
*******************************************************
Youko saltó cuando la puerta del despacho se abrió y se cerró dando un violento golpe. Draco musitó un par de hechizos para bloquear la puerta e imponer silencio.
-“Se puede saber a que...”—empezó Youko mirando severamente al chico.
-“¡Por qué demonios le has besado! ¿Tan poco te importo? ¡¿Qué soy para ti, un pasatiempo?!”—el tono de voz de Draco iba aumentando a medida que hablaba.
-“No te consiento que me hables en ese tono Draco Malfoy. Yo no soy una posesión tuya. Y ya que has visto tanto, espero que te hayas dado cuenta de que ha sido él quien me ha besado y ¡no al revés!”—respondió Youko levantando la voz y mirando furiosa al chico.
Aquello demostró ser una mala idea. Draco se acercó con rapidez y empujándola contra la pared la besó con furia. Youko intentó golpearle y éste cogió sus manos, apretándolas contra la pared. Youko jadeo por el golpe y la sorpresa y Draco aprovechó momento en el que ella abrió la boca para besarla más profundamente. Soltando un pequeño gemido acabó por rendirse y respondió al beso. Draco aflojó la presión en sus manos y ella se soltó y puso sus brazo alrededor de su cuello, apretándose más contra él. Al hacer aquello, Youko notó que algo la tocaba en el estómago. Y confirmó sus sospechas cuando Draco se frotó inconscientemente contra ella. Rompiendo el beso miró los ojos claros de Draco, aunque el gris casi había desaparecido tras la dilatadas pupilas.
-“Draco no...”—intentó decir Youko pero él la interrumpió.
-“Por favor.... por favor...”---susurró roncamente contra la boca de Youko y frotaba contra ella un poco más insistentemente.
Cediendo finalmente Youko deslizó una mano entre los dos y como pudo la resbaló dentro del pantalón de Draco. Éste gimió cuando su mano se cerró sobre él y apretó ligeramente. Aquello no iba a durar mucho, después de todo era un adolescente. Volviendo a besarla empezó a mover sus caderas al ritmo de la mano de Youko. Y en menos de un minuto gimió ahogadamente contra la boca de Youko, mientras la mano de ésta se cubría con un calor mojado. Draco ocultó su rostro contra el cuello de Youko, pidiéndole disculpas una y otra vez.
-“Shh... no pasa nada. No hay nada que perdonar. Tranquilo Draco, tranquilo...”—musitó Youko en su oído. Murmuró un conjuro de limpieza y sacó su mano. Draco gimoteó un poco. La zona estaba un poco sensible todavía. Para su sorpresa, algo húmedo tocó su cuello.—“Draco, no llores, por favor. No pasa nada...”.
-“Sï que pasa, me he comportado como un imbécil. No tendría que haberte gritado. Pero me han cegado los celos. Me he enamorado de ti y no he podido evitarlo”—dijo Draco contra su cuello. Youko se separó un poco y levantó el rostro del chico, mirándole fijamente a los ojos. Le sonrió levemente.
-“Es normal que reaccionaras así. No te preocupes. Mira, hablaremos de esto mañana, más tranquilamente. Será mejor que vayas y te des una ducha. Yo tengo un montón de trabajo por hacer todavía”—dijo Youko mientras le daba un pequeño beso en los labios.
Draco asintió levemente y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Pareció dudar un momento hasta que preguntó.
-“Este sábado hay excursión a Hogsmeade. ¿Crees que podríamos ir juntos?”—preguntó ya más tranquilo, aunque su voz seguía siendo un poco ronca.
-“Claro, por que no. Y ahora vete, antes de que venga alguien”—dijo Youko mientras lo dirigía hacia la puerta. Antes de abrir Draco se inclinó y le dio un suave beso.
-“Hasta mañana”—se despidió. Y con eso salió del despacho y se dirigió a as mazmorras.
Youko cerró la puerta y se apoyó contra ella. Suspirando pesadamente intentó calmar el latido de su corazón antes de que se le saliera por la garganta. Llevándose una mano a los labios, intentó no pensar en lo bien que se había sentido estar contra aquella pared.
Todavía tardo una hora en ponerse a corregir los trabajos frente a ella. Ciertamente, las cosas se estaban acelerando...
" Conociendo al ¿enemigo? "
por
Nimelen (
10:29 PM )
Despertó de un sueño intranquilo cuando algo le dio un suave golpe en la cabeza; abrió los ojos con pesadez, estaba desorientada, no recordaba como había llegado allí y ni siquiera sabía donde estaba. Se sentó despacio y se cubrió la cara con las manos intentando poner en orden sus ideas, recordaba la trampa que le había tendido a Black y como se había visto incapaz de atacar a alguien por la espalda y con mentiras por muy asesino que fuese. Entonces él se le había acercado mucho, demasiado y había hecho algo, ella corrió metiéndose por poco en el Bosque Prohibido pero acabó yendo a Hogsmeade, se cayó y Black se le echo encima le tapo la boca... Y ya no recordaba más.
Nimelen alzó la vista mirando el lugar en el que se encontraba; el lugar en cuestión era una cueva, de dónde, aún no lo sabía. Un nuevo golpecito en su espalda le hizo girarse para encontrarse con un hipogrifo que la miraba con ojos curiosos y furiosos. Lo reconoció en seguida; era Buckbeak, por lo que esa debía de ser la guarida de Black. La niña se puso en pie alejándose un poco del hipogrifo y se inclinó todo cuanto pudo ante el animal; después de observarla unos segundos, Buckbeak se inclinó también y Nimelen pudo acariciar al animal. Mientras deslizaba sus manos por el cuello emplumado la niña dirigió otra mirada al lugar, su mente llena de dudas, ¿qué pretendía Black? ¿Por qué aún no estaba muerta? Buckbeak bajó la cabeza para comer algo del suelo, eran huesos pequeños aunque Nimelen no supo decir de qué animal eran; un ladrido resonó en la cueva y la niña vio como un perro negro grande y lanudo entraba a través de la estrecha entrada, llevando varios ejemplares de periódico en el hocico.
Buckbeak gruño y la niña se apartó de él para sentarse en un rincón lo más alejada posible del perro que acababa de transformarse en Sirius Black y la miraba en silencio; el hombre se acercó hasta ella aunque no tanto como la noche anterior, tomó algo del suelo y se lo acercó. Nimelen se fijó en que se trataba de una camisa y de unos pantalones que supuso pertenecían al hombre, le dirigió una mirada interrogante y él como respuesta señaló las ropas de ella. Tenía las medias llenas de carreras por culpa de los enganches con ramas cuando corría la noche anterior, su falda y su camisa también estaban algo rotas y sucias; realmente se sentía incómoda. Intentando no pensar en el asunto se levantó y comenzó a desnudarse para ponerse la ropa que Black le había dado; dirigió una mirada al hombre antes de quitarse del todo el jersey de tirantes, él estaba sentado en la pared opuesta leyendo los periódicos que había traído y no prestándole la más mínima atención. Con un suspiro Nimelen continuó desnudándose para vestirse.
Un nuevo gruñido de Buckbeak resonó en la cueva pero fue ignorado, Sirius hacía esfuerzos por centrarse en lo que estaba leyendo pero la tentación era grande y acabó por dirigir fugaces miradas a la joven que se cambiaba de ropa frente a él, con la única obstrucción de un hipogrifo. Aún así el hombre "disfruto" del "espectáculo"; llevaba mucho tiempo sin estar junto a una mujer, 12 años para ser exactos, y agradecía la oportunidad de ver una que se le había dado; ciertamente aquella niña distaba mucho de ser una mujer hecha y derecha pero tenía cierto encanto y algo que llamó poderosamente la atención de Sirius. Una vez ella acabó de vestirse Sirius pensó que quizás su ropa le quedase mejor a ella, realmente se notaba que le quedaban grandes tanto la camisa como los pantalones, pero aún así le quedaban bien; parecía que iba a según alguna moda muggle; la niña volvió a sentarse y el hombre suspiró, tendría que hablar él primero o no llegaría a ninguna parte.
-¿Estudias en Hogwarts? -La pregunta era estúpida pero parecía buena para romper el hielo; la niña respondió con un movimiento de cabeza.- ¿Cómo te llamas? ¿De qué casa eres?
Los minutos pasaron sin que hubiese respuesta alguna hasta que, justo cuando Sirius empezaba a impacientarse realmente, la niña respondió a media voz.
-Nimelen Silveriver, soy de Gryffindor; -hubo un gesto de asombro en la cara de Black, de seguro el apellido le sonaba pero al ver que él no decía nada la niña supuso que no recordaba exactamente dónde había oído el susodicho.- Mi padre fue compañero de cuarto tuyo... Y murió a tus manos hace menos de dos semanas.
-Yo no maté a tu padre...
-¡Mientes!
Buckbeak se agitó por el grito y Sirius suspiró apesadumbrado, casualidades de la vida, encontraba a la chica con la que tenía que hablar y esta le consideraba el asesino de su padre; así sería difícil hacerle llegar el mensaje y cumplir con su promesa. Nimelen se arrastró y se recogió más en el rincón, ocultándose de la luz y la vista de Sirius; el hombre nuevamente suspiró, estaba claro que la niña no hablaría más por ese día y él decidió no presionarla... De momento.
**********************
Nimelen despertó con el ladrido que Black dio, como siempre, al entrar en la cueva con los periódicos viejos que había recogido; ella le miró de reojo, ya llevaba tres días en esa cueva junto con aquel asesino y él aún no había intentado nada, ni siquiera habían hablado desde que ella se presentó. Y aquella situación no le gustaba, por alguna razón empezaba a sentirse cómoda, no sentía ninguna amenaza y eso no estaba bien, ¡él era un peligroso asesino! No podía sentirse cómoda con él; sin embargo él parecía no querer hablar ya lo cual significaba que ella tendría que intentar sacar algo en claro de todo aquello.
-¿Cuánto tiempo más piensas tenerme aquí? -Preguntó al fin la niña mientras acariciaba a Buckbeak.- Tengo clases ¿sabes? Si planeas matarme no hay problema, claro, muerta no puedo ir a las clases pero si no lo haces agradecería que me dejases marchar.
-Ya te dije que yo no maté a tu padre; -no hubo interrupción alguna lo cual sorprendió a Sirius que levantó la mirada del periódico para fijarla en la niña que acariciaba al hipogrifo y evitaba su mirada.- Tu padre murió por mi culpa, es cierto, pero no fue como tú crees.
Ella mantuvo la mirada apartada de él, una parte de ella le creía por alguna razón, en realidad algo en ella le decía que él era inocente desde el momento en que le vio acudir a aquella trampa tan deseoso de ayudar a Harry. Pero no quería creerle, no podía y no entendía porque le era tan fácil cambiar de opinión respecto a él; quizás fuese porque empezaba a pensar que la culpa principal fue de su propio padre al insistir en seguir trabajando en el caso, realmente pensándolo fríamente, su padre estaba bastante obsesionado con Black. Y cuando su padre se obsesionaba, se cegaba, quizás realmente Black fuese inocente de la traición a los Potter, eso explicaría porqué Harry se hablaba con él y encajaría más en la descripción del hombre que le habían hecho su padre y su abuela. A fin de cuentas aunque no eran grandes amigos, Black y su padre se llevaban bien y a menudo pasaban las vacaciones juntos en sus respectivas casas a fin de cuentas ambos eran de sangre limpia y pertenecían a grandes sagas familiares. El corazón de Nimelen dio un vuelco, los Silveriver habían sido una gran saga de magos de sangre limpia pero ahora el linaje moría ya que al ser ella mujer su apellido desaparecería; nunca le había dado importancia a ese tema pero ahora que resultaba tan claro e irrefutable le hacía sentir como si la aplastasen con una pesa de una tonelada. La última de su linaje; sonaba aterrador. Una mano se posó en su cabeza y comenzó a acariciar su cabello; sin que ella se diera cuenta, Sirius Black se había situado a su lado y le acariciaba consoladoramente.
-Tu padre era un buen hombre; nunca fue de mis amigos más próximos pero ambos nos apreciábamos, además nuestros respectivos padres se conocían también desde siempre... Tu padre murió por salvarme, por mi culpa ya que cometí un estúpido error, y eso es algo que nunca me perdonaré junto con otras cosas. Pero yo no le maté.
-¿Cuándo podré irme? -Le creía pero aún así no podía aceptarlo tan fácilmente, ella era incapaz de odiar a nadie, pero aun así no quería "rendirse" tan rápido; no quería afrontarlo.
-Hogsmeade es peligroso, -la niña le miró, al fin, sin entender.- Demasiados espías, tanto de los aurores como de los mortifagos; si sales ahora tendrás suerte de que no se te echen encima pero ten por seguro de que lo acabarán haciendo. Una estudiante de Hogwarts paseando por Hogsmeade es demasiado sospechoso; tendrás que esperar. ¿Cuándo es vuestra salida a Hogsmeade?
-A mediados de noviembre... ¿No podré moverme de aquí en casi 4 semanas? ¿Y si voy de noche?
-De noche y todo los espías vigilan el pueblo; la otra noche, cuando nos acercamos al pueblo, casi nos ven. Es demasiado arriesgado, no te preocupes, escribí a Dumbledore, no tendrás demasiados problemas por faltar, él se inventará algo si es necesario.
Nimelen agachó la mirada, ella quería irse de allí, necesitaba pensar con calma y la presencia de Black le alteraba. Quería repasar todo lo que había pensado hasta el momento, quería recordar el último año con su padre y sobretodo quería llorar; pero no podía hacer nada de eso con Black allí. Apoyó la espalda contra la pared y escondió su rostro entre sus rodillas, no quería hablar más por el momento; Sirius también se apoyó contra la pared, cogió el periódico y siguió leyendo, al parecer él tampoco tenía más que decir por ese día. La niña cerró los ojos; 4 semanas, ¿qué iba a hacer ella en una cueva con un hipogrifo y con Black como única compañía? Suspiró aguantándose unas lágrimas de frustración y pensó en la cantidad de puntos que el profesor Snape le quitaría a Gryffindor por su ausencia... Y eso que el profesor de Pociones ya andaba bastante "exaltado" las últimas semanas, ya debían puntos y todo.
-Últimamente el profesor Snape está muy desquiciado o algo así; -empezó a decir ella, no sabía porqué le contaba aquello a Black pero quería oír su voz, le tranquilizaba en cierto modo.- No hace más que quitar puntos, en realidad a estas alturas ya no hay quien quite puntos a las casas... No quedan y en cuanto ganamos más puntos se vuelven a ir porque se deben.
-Snape siempre se ha metido especialmente con los Gryffindor, nos odia; -respondió él, aliviado de ver que la niña intentaba entablar una conversación.
-No, si nosotros lo pasamos mal pero los que peor lo llevan son los de Ravenclaw; -exclamó ella levantando la cabeza para mirar a Black.- Normalmente el profesor Snape solo quita puntos durante sus clases y en raras ocasiones en los pasillos... Raras porque solemos evitarle cuando vamos por los pasillos; Lavender y Parvati, unas compañeras de mi curso, se han montado junto con otras casas una red de vigilancia para evitar que nos encontremos con él.
Sirius soltó una carcajada al imaginarse la susodicha "red de vigilancia" y pensó que los críos cada vez eran menos tontos si hacían semejantes cosas solo para no encontrarse con un profesor; también pensó que era una idea estupenda y que fue una lástima que no se les ocurriese a los Merodeadores, les habría facilitado mucho las bromas a Snape.
-También hay una red de cotilleos pero la verdad yo pasó bastante, en realidad de lo que se dice en esa red me entero vía Hermione que siempre se exaspera con esas cosas pero curiosamente siempre las escucha.
-Nunca subestimes la información, por ejemplo; -tomó un ejemplar atrasado de "Corazón de Bruja".- Incluso en una revista como esta, llena de cotilleos, temas del corazón y otras cosas de esas que vuelven tontas a las mujeres; en ocasiones encuentras cosas interesantes e importantes... Lamentablemente no es el caso de este ejemplar.
-El caso es que hay una antigua alumna de Ravenclaw haciendo un trabajo sobre pociones antiguas por lo que pasa mucho tiempo en el despacho del profesor; pero resulta que el profesor también va a buscarla a su cuarto en la sala común de Ravenclaw para desayunar, comer y cenar, y la acompaña a la habitación por la noche; -explicó Nimelen.- Puedes imaginarte la cantidad de puntos que le da tiempo a quitar desde que entra hasta que sale.
-El marcador de Ravenclaw debe de estar bonito; es algo que siempre me pregunté, ¿los marcadores marcan números menores de cero?
-Si, de hecho ahora... Bueno, el último día que estuve en Hogwarts todos los marcadores de las casas estaban en números menores de cero.
-¿Todas las casas? ¿Hasta Slytherin?
-Si; el profesor Snape ya no quita puntos por casa, quita puntos a todas las casas de una vez; al menos en las clases, en una clase de Hufflepuff y Ravenclaw quitó 30 puntos a todas las casas. Y eso que los Slytherins y nosotros no estábamos en esa clase; -dijo Nimelen con un puchero.
La conversación siguió durante horas, parando solo cuando Black salio a buscar comida y, posteriormente, cena; charlaron sobre Hogwarts, las clases, los profesores, de como era en la época de estudiante de Sirius y como era ahora, de las bromas que Sirius y sus amigos gastaron a Snape y otros Slytherins, etc... Al final del día Nimelen dormitaba junto a Buckbeak hecha un ovillo y con una sonrisa en los labios, el día había acabado siendo muy placentero, durante las horas que charló con Black no tuvo que recordar nada sobre su padre o su muerte, solo fueron dos estudiantes de Hogwarts intercambiando anécdotas y opiniones sobre el colegio y los que en él se encontraban. Y fue realmente agradable dejar de pensar en que tenía que odiar a aquel hombre o en si realmente él había matado a su padre; después de aquella charla, Nimelen pensó que no sería tan malo pasar 4 semanas con aquel hombre, y también pensó que sería más sano dejar de pensar en venganzas, muertes, culpas y traiciones. Por su parte Black observaba a la niña con atención y preocupación, ella era simpática, le había caído bien y le gustaba, el problema era que quizás el modo en que ella le gustaba no era el más acertado para un hombre de 36 años y una niña de 16; esas 4 semanas iban a resultar duras, quizás habría sido más fácil si ella hubiese seguido odiándole.
" Todo va demasiado deprisa "
por
Laia (
4:29 PM )
Al dia siguiente de tomar el jarabe que le dio Madame Pomfrey estaba mucho mejor, pero algo cansada. No había dormido muy bien esa noche debido a un insufrible ardor de estómago, pero al levantarse éste había desaparecido por completo. Igualmente, su aspecto seguía –aunque sin ojeras- igual de pálido.
Al llegar al Gran Comedor por la mañana, lo encontró desoladoramente vacío. Era un poco más tarde del habitual –lo cual significaba que volvería a llegar tarde a la primera clase- y en la mesa de Ravenclaw por ejemplo, ya prácticamente no había nadie –siempre tan aplicados, estos ravenclaw-. Aún así, en una de las puntas de las mesas se encontraba Saffron Bahn. Estaba frente a ella, y podía observarla bien. Ante la pelirroja estaba el auror Julius.
Si dudaba de la relación que había entre ellos, ahora estaba segura. Estaban juntos. Si no lo estubieran, Julius no le estaría agarrando la mano ¿Verdad? Pero… Un momento ¿Ella se la retira? ¿Se la ha retirado queriendo o para coger la taza de té? Parece arisca, a lo mejor no le ha hecho gracia que el le cogiera la mano. Pero igualmente…
Laia estaba tan concentrada en la acción de Saffron que no se dio cuenta que una pequeña lechuza castaña sobrevolaba rápidamente el comedor. El pobre animal chocó violentamente con las galletas glaseadas que Laia tenía ante su café con leche y el estrépito fue tal que todo el comedor se giró a observar la causa del estruendo. La cara de susto de Laia quedó gravada en los ojos de todos los presentes, y también su enfadado rictus – terrible, terrible- mientras agarraba exasperaba el collarín de su lechuza y la dejaba sobre la mesa con violencia.
Abrió el papel mientras la lechuza ululaba lastimosamente –no era de extrañar que fuera tan patosa, Laia había experimentado con sus ojos cuando era más pequeña. Aún así, ella siempre se negó a comprar otra-. La letra era pequeña y apretada, pero deliciosamente bien escrita. Ella sabía bien de quien era esa letra. Si, esa persona fue la que le regaló la lechuza. Marius Bergen.
Marius era de una acaudalada familia berlinesa que vivía frente a su casa cuando ella aún vivía en Alemania. Hacía mucho que no le veía, y por lo que significaba esa carta y que la hubiera traído su lechuza… Marius estaba allí, en Inglaterra.
“Marius…”
Al cerrar la carta otra vez, adoptó una expresión neutra ¿Realmente le importaba su contenido? Se levantó lentamente y la guardó en el bolsillo de su túnica. Se puso ésta pausadamente y se dirigió al despacho de Snape. Tenía que estar allí, en el comedor no estaba. El problema era que… quizás estaba ya haciendo clase.
Se dirigió corriendo a las mazmorras, a la clase de Pociones. Estaba abierta y aún entraba gente en su interior. Definitivamente aún no había entrado, si así hubiera sido no se oiría tanto barullo en el interior del aula. Giró sobre sus pasos y se dirigió a su despacho. Golpeó la puerta un par de veces y espero a oir el “Pase” de Snape.
Entró lentamente y observó que no había prácticamente luz.
- Profesor.
- ¿Qué desea Wallravenstein?
Snape estaba aposentado en su butaca de manera tan acomodadamente posible que parecía imposible que tuviera que estar ya yendo a una aula a hacer una clase. Laia sentía como si hubiera interrumpido al profesor, pero en realidad este no estaba haciendo nada. Parecía eso si, muy concentrado.
- Verá profesor, vengo a pedirle que me firme un papel conforme hoy y mañana voy a faltar a todas las clases.
Snape se incorporó de la butaca interrogante y levantó la mano para tomar el papel que Laia le ofrecía. Leyó el contenido y el entrecejo se tensó aún más de como lo tenía al entrar Laia. Luego, mirando fijamente a la chica y con un rictus preocupado, le devolvió la carta y acto seguido cogió una libreta y escribió su nombre en ella.
-No habrá ningún problema. Ya puede irse Wallravenstein.
Laia asintió con la cabeza silenciosamente y se dirigió a la puerta. Cuando ya estaba saliendo, oyó un susurró de entre las sombras donde se encontraba Snape.
- Mis… -Snape vaciló- condolencias.
Mientras recorría el pasillo en dirección a su habitación, Laia releyó el final de la carta.
“Te vendrán a recoger a las diez frente al colegio”
Laia sonrió para si ¿Y si venía Marius? ¡Hacía unos siete años que no le veía! Oh, esperaba que no le viniera a buscar ningún pariente lejano.
Hizo una bolsa rápidamente. Era jueves y tenía cuatro días de fiesta seguidos. De acuerdo que la situación era delicada, pero que más daba, eso eran unas minivacaciones. Ojalá Marius se quedara hasta el domingo y la llevara a Hogwarts el lunes.
Lo que había ante el colegio era una diligencia. Y estaba vacía. Un thestral como única compañía y gracias. Muy bien, genial ¿Qué importaba? Toda su adolescencia representaba soledad ¿Por qué le molestaba tanto ahora si nunca le había importado? Se sentó exasperada en la diligencia, odiando profundamente a Marius.
Al llegar a su enorme casa estaba profundamente dormida. Un golpe seco la despertó, un golpe producido por la puerta abriéndose bruscamente. Oyó algo en una lengua extraña.
“¿Alemán?” “¿Marius?”
Laia entreabrió los ojos y vio la silueta tras los cristales empañados. Al momento la puerta se abrió del todo y pudo verle perfectamente. Sonrió, intentando evitar bostezar y se incorporó, bajó las escaleras y miró fijamente al hombre.
- Hola.
Le daba un poco de corte hablar con él después de siete años. Intentaba parecer amable, pero eso era muy difícil, y más sabiendo que ese hombre la había visto en pañales. Pero Marius no parecía recordar nada de eso, sonreía como ella había recordado siempre, cálidamente. Agarró sus manos y suspiró.
- Déjame verte… Parece mentira que seas el mismo retaco que dejé en Berlín hace siete años, aunque ahora que lo pienso, entonces ya apuntabas maneras.
Laia se sonrió, pero no parecía que retuviera la mitad de lo que le decía Marius, estaba bastante dormida.
- Laia…
Bajaba de las escaleras como en una nube.
- Laia, te presento a mi esposa.
Laia cerró la boca y adoptó otra vez su rictus habitual. Dirigió su mirada a la figura que se alzaba frente a él, dispuesta a odiarla.
No es que Laia estuviera enamorada de Marius, era simplemente que no soportaba que alguien a quien ella le importara –a pocos les importaba Laia- quisiera más a otra persona. Marius era, según ella, la única persona en el mundo que se preocupaba por su seguridad –vale, siete años son muchos años, pero Marius la quería como una hija propia, eso era seguro-.
- Y estos dos que se acercan corriendo ¡Y que algún día se harán daño! –Dijo en voz alta, advirtiéndolos- Son nuestros hijos.
Laia se giró con cara de espanto, observando los dos niños que corrían en su dirección.
“Por Merlín, tiene hijos y todo…”
Le presentó a sus dos niños y acto seguido le pasó el brazo por los hombros y se la llevó en dirección a la mansión.
- Laia, se que debería darte mis condolencias, pero se que estaría siendo hipócrita. Se que os llevabais muy mal.
Laia se separó de él y adoptó una posición hierática, fría. Le miró con ojos tranquilos, y dijo despreocupadamente.
- ¿Cuándo se lee el testamento?
Marius sonrió con tristeza y la observó con mirada apagada.
- Esta tarde, después de la hora de comer.
Laia empezó a andar lentamente por un extenso pasillo. Una luz débil salía de la habitación del final, la de su abuela.
La habitación era grande y oscura. El papel de las paredes era de color rojo sangre –como a su abuela le gustaba- y tenía una ventana preciosa que nunca dejaba descubierta, pues le gustaba el rojo sangre a oscuras, y por ello unas pesadas cortinas negras negaban a la habitación de cualquier resquicio de luz. Toda la habitación estaba repleta de candelabros, la mayoría negros de suciedad.
Eso parecía una película de terror. Sobretodo después de ver que en el centro se alzaba el ataúd, completamente abierto, con la apergaminada cara de la difunta mirando al cielo. Frente a ella, una incomoda silla de madera.
Laia se sentó en ella y miró a su abuela, pero sin observarla, en realidad. De lo que si se dio cuenta, era que llevaba colgado en el cuello el colgante con la fotografía de su hijo –el padre de Laia-. Siempre había adorado a Nikolaus, era algo enfermizo, y nunca se molestó en querer a su esposa y a su hija. Realmente a su madre nunca le importó que su suegra no la quisiera, pues poseía lo único que a la desagradable mujer le importaba, Nikolaus.
¿Cuánto llevaba allí sentada? ¿Media hora? ¿Sería ya la hora de comer? El sueño la invadía de nuevo. No había dormido esa noche y estaba… estaba cansada. Cerró los ojos, todo se volvió espeso y lento, como ese ruido regular. Un ruido seco y continuo que se acercaba y se acercaba… Notó una corriente de aire a su izquierda. Se asustó y entreabrió los ojos. Alguien había acercado una silla a la suya y se había sentado en ella. Algo negro y grande, una capa. Unos guantes negros. Un bastón.
“Oh, dios mío”
Laia alzó los ojos y miró el duro perfil de Lucius Malfoy. Éste se sintió observado y dirigió sus ojos a Laia, sin mover la cabeza.
- ¿Y bien? ¿Qué siente la última de los Wallravenstein?
Laia abrió la boca. Nunca se había parado a pensarlo. Era la última de los Wallravenstein ¡Y era una chica! El apellido iba a desaparecer. Malfoy pareció captar la expresión de Laia –aunque más que angustiada, como Malfoy creía, era más de total descubrimiento y asombro-.
- Si, es desagradable, son tiempos malos para las familias de magos importantes. Primero cayeron los Black –rió- porque evidentemente, dudo que el señor Sirius Black esté capacitado para hacer resurgir una familia completamente abocada a la extinción, y ahora los Wallravenstein –la miró con intensidad- si, ciertamente en esta casa se huele la decadencia. Hoy ha muerto una saga, y muchos de los nuestros se encuentran profundamente apenados. La sombra de Nikolaus parece haber vuelto para quejarse… -Lucius se acercó al oido de Laia- ¿No lo sientes?
Laia apretó los puños con fuerza. Lo único que sentía era un calor insoportable al oir tan cerca la voz susurrante de Lucius. Éste, a su vez, sonrió y dirigió su mano al brazo de la chica. Lo apretó con fuerza, casi le dolió. Siguió susurrándole.
- Tenemos prisa, Wallravenstein. Los nuestros están inquietos. La pregunta es ¿Qué harás ahora?
Levantó lentamente la manga de la túnica de Laia, dejando al descubierto el antebrazo, y empezó a acariciárselo.
-¿Cuál es tu futuro?
Laia desvió su mirada de su antebrazo y dirigió sus ojos a la mirada interrogante de Lucius, que como era habitual en él, levantaba las cejas con cierta arrogancia.
“Madre mía, que tremendamente atractivo está a la luz de las velas. Le brillan los ojos, y parece… parece…”
Lucius se dio cuenta que Laia divagaba y, sacándose los guantes, la miró con decisión. No iba a escaparse. Ya no. Ahora estaba sola y él tenía que aprovecharlo.
Pasó su brazo izquierdo ante ella, agarrando el respaldo de la silla de Laia, aprisionándola, y acercó su cara a la suya, dispuesto a dar rienda suelta a su labia. Laia solo veía un rostro excesivamente cerca y un lazo de seda negro en su cabello que resplandecía temblorosamente a la luz de las velas.
- Laia… -Su nombre, había dicho su nombre.
Se acercó más.
- Laia –pasó una mano cálida por su cuello- Me tienes a mi –y lo dijo con intensidad, casi con devoción- ¿No ves que yo solo quiero tu bien? Y tu bien es estar con nosotros… -aprisionó las manos de ella con las suyas, y la miró con fiereza- conmigo.
Ahora lo único que veía Laia era una deseable boca a pocos centímetros. Él se acercaba y ella tenía que tomar la decisión ¿Si o no? ¿Y porque no? Si, estaba sola y era una de ellos, estaba sola y tenía que aliarse. Ahora no tenía miedo, Lucius le agarraba fuertemente ambas manos. Ahora estaba protegida, él la guiaría.
Y dejó que se acercara.
Lentamente, sin prisas, los labios de Lucius se acercaron a los suyos. Ya no era un beso violento, era tranquilo, como Lucius sabía que era necesario en ese momento. Laia no sabe cuanto tiempo estuvo besando a Lucius, pero parecía una eternidad. Era un beso suave y profundo. Se encontraba medio drogada por el sueño, la emoción de tener a Lucius tan cerca y el ambiente del lugar. Sentía un cosquilleo indescriptible en el estómago, angustia, emoción y nervios, no sabía muy bien la proporción de cada uno de esos sentimientos.
Lentamente, Lucius fue ralentizando el beso y se apartó de ella, que pudo percatar un ligero temblor en él, y volvió a quedarse frente a ella, con esa intensísima mirada taladrándola. Ella respiró con fuerza y, sin saber muy bien que hacer, se puso a contemplar el cadáver de su abuela.
Lucius se levantó rápidamente y con un ruido notable, volvió la silla a su lugar. Seguramente fue ese chirrido de la silla arrastrándose lo que la devolvió a la realidad, y miró hacia atrás, donde estaba Lucius.
- Habia venido a avisarte que ya es la hora del almuerzo.
Laia le miró fijamente y todo lo seria que podía. Debía serenarse. Al levantarse, se sorprendió que Lucius dijera algo, pero lo hizo.
- ¿Te suena el nombre de Charlotte Jenkins?
Laia abrió los ojos como platos y miró fijamente al mago. Luego intentó leer en su mirada.
- Si, la vi en la enfermería, fui por… estaba… dormida. Creo que en coma, pero la enfermera no me quiso decir nada. Nunca le caí bien a Madame Pomfrey, creo que es debido a que
- ¿En coma? –Dijo Lucius interrumpiéndola- ¿Sabes exactamente desde cuando?
- No, ya he dicho que la enfermera no me quiso decir nada, dijo que era diagnóstico reservado.
- Reservado ¿Eh? Interesante… No saben que le sucede ¿verdad?
Laia le miró silenciosamente, intentando adivinar algo en su mirada.
- Eso creo.
Lucius la miró por última vez y empezó a cruzar el umbral cuando oyó la voz de Laia detrás suyo.
- ¿Qué le sucede?
Lucius se giró y le lanzó una mirada dura a Laia.
- Tu vigila bien a esa mujer, y mándame una lechuza cuando se despierte.
Laia abrió los ojos asombrada.
- ¿Yo?
Lucius se acercó a ella y le susurró.
- Si, tu. Eres la única persona que se que me será fiel. No me traicionarás ¿Verdad?
Y dicho esto, le pasó el frío bastón con cabeza de serpiente por una de sus mejillas y desapareció por la puerta.
La mesa del comedor estaba llena de comida de nuevo. Pero vacía de gente. Lucius, que en ese momento se acercó a ella, le explicó la causa de ese vacío de gente.
- No tienes ni idea de la cantidad de aurores desplegados en el territorio. Ahora mismo están espiándonos. Hemos registrado todo y no hemos encontrado ningún tipo de mecanismo mágico y no mágico de espionaje. Esta mansión esta hecha a prueba de bombas pero… no podemos evitar que sepan quien entra en ella. Si quieres saber quien está contigo en estos momentos de pesadumbre, lee el libro de condolencias.
El libro que reposaba en una esquina del comedor, iba escribiendo frenéticamente frases de ánimos y muestras de respeto a su abuela, de gente que en esos momentos se encontraba a kilómetros de allí, gente que no había tenido el valor de venir, porque les buscaban. Claro, era peligroso pero ¿Cuántos eran en esa habitación? ¿Siete? ¿Ocho? Deprimente. Laia ignoró el libro de condolencias ¿Qué le importaba? Se dirigió a su sitio, en el cabezal de la mesa, mientras Lucius se sentaba en el otro extremo. Al menos Marius se había sentado a su lado, y lucía estupendamente. Se fijó más en él. Siempre había sido desgarbado y poco atractivo, pero con la edad estos defectos habían actuado a su favor, y ahora se encontraba con un hombre tremendamente interesante, en quien la fuerza recaía sin duda, en sus ojos azules. Su pelo, antes completamente negro, empezaba a esclarecer, y su vestimenta era completamente muggle –tejanos y americana- pero en el fondo seguía siendo él.
A Lucius no le agradaba nada Marius. Siempre creyó que los magos judíos eran demasiado pro-muggles. No era cierto que fueran demasiado pro-muggles, pero el odio anti-semita trascendía todas las barreras, y el mundo mágico no era la excepción. Se les culpaba por carecer de principios y entablar relaciones –sobretodo comerciales, evidentemente- con muggles. El pobre Marius carecía por completo de olfato para los negocios, y el dinero se le escapaba demasiado a menudo de las manos, pero eso a Lucius no le importaba, se relacionaba con muggles y estaba seguro que esa esposa suya era sangre sucia. Y esa americana… ¡Y los tejanos! Ciertamente Lucius encontraba eso motivo suficiente para odiarle.
Además de Marius y Lucius, habían venido tres personas más. Un padre y un hijo, Joseph y Caius Khan –Joseph era un inefable, Laia apostaría por ello ¿Sabrían los aurores que había un inefable en el sepelio de su abuela?- y un señor risueño pero de aspecto lúgubre que Laia reconoció como el vendedor de especias del Callejón Knocturn. Si, la abuela tenía cierta afición a las hierbas de esa tienda. Más de una vez Laia había ido con rapidez a comprarle cosas extrañas de una extensa lista.
Vale ¿Y nadie más? La lectura del testamento iba a ser terriblemente deprimente… Mientras, el libro de condolencias no paraba de firmarse automáticamente. Es más, el único sonido que se escuchaba regularmente –pues la conversación moría continuamente- era el incesante sonido de la pluma rasgando las hojas del libro.
El notario apareció a las tres de la tarde, más o menos. Laia lo guió al comedor, donde un elfo doméstico ya había recogido los restos de la comida. Se acomodó en el cabezal de la mesa y Laia se sentó a su lado, expectante…
Una vez el notario salió por esa puerta, Laia se encontraba sola en el comedor. Su expresión de pasmo no había desaparecido del rostro.
“¿Nada?”
Las puertas del comedor se abrieron lentamente y entró Marius, con el rostro grave. Se sentó a su lado y le pasó el brazo por los hombros. Siempre hacía eso.
- Lo siento.
Laia sonrió irónicamente.
- No se que esperaba, ella me odiaba –Laia miró a Marius con una sonrisa dolida- Estoy segura que cambió el testamento cuando murieron mis padres. No conozco a los testigos, deberían haber sido mis padres, pero ellos ya estaban muertos. Por eso lo cambió, para que su herencia no fuera para mí.
- Aún te queda lo de tus padres. La mansión era de Nikolaus, y siempre ha sido tuya, no de tu abuela.
- Ya, pero aparte de la mansión, nada de lo que habían conseguido mis padres era de la familia, todo lo habían ganado por ellos mismos. Pero lo que da dinero, las propiedades, las acciones, todo lo manejaban los abogados de mi abuela ¡Uno de los testigos era su contable! ¡Estoy segura que era ese canalla de Coch!
Marius la miró dolido, y dijo incisivamente.
- ¿Tanto te importa el dinero?
Laia sonrió lacónicamente.
- Es lo único que me veo capaz de conservar. Nunca he podido conseguir nada más que no fuera dinero.
Laia se levantó despacio y se hundió entre las sombras en dirección a su habitación. Marius le susurró.
- ¿Quieres que nos quedemos aquí todo el fin de semana? Mi esposa, mis hijos y yo. Te haríamos compañía. Al menos esta noche. No quiero que duermas sola en esta casa con un cadáver.
Laia observó la figura de Marius sentada en la silla, y le vinieron a la mente todas las sensaciones acumuladas durante los últimos días. La reunión de los mortífagos, sus visiones, el encuentro con Julius y el descubrimiento que era un auror, su abuela que no le había dejado nada, Marius y su vida completamente ajena a ella, Lucius instándola cada vez más a unirse a los mortífagos mediante sus encantos… Y había venido tan poca gente… Sus ojos brillaron durante unos instantes y Marius se dio por respondido.
" Si soñase con el día en que se conocieron, vería que ese comienzo había sido de verdad un buen principio. (Parte II) "
por
Charlotte (
6:26 PM )
Los días habían pasado, la misión de encontrar al hombre lobo había comenzado, días después ella se había unido por fin a la búsqueda, y su relación con Edward se había convertido en un conjunto de miradas huidizas por parte de ambos. Habían sido amigos, en parte, pero si en algún momento se podría haber vislumbrado un futuro para su amistad, éste se había perdido ya por completo.
Charlotte sabía muy bien que las cosas no serían fáciles incluso habiendo conseguido formar parte de la búsqueda, quería encontrar a ese hombre, aunque incluso en esos momentos ni siquiera ella se explicaba por qué había tomado tan en serio todo el asunto, al fin y al cabo ni siquiera le conocía.
Esa idea rondó por la cabeza de Charlotte muchos días durante la búsqueda, en los que iba aumentando la duda de por qué se había metido en ella. Estaba perdiendo la motivación que la había llevado a querer ese caso por encima del trabajo que había logrado conseguir, del trabajo que había soñado.
Ahora se encontraba sola, alejada del grupo y preguntándose qué hacía allí.
Y fue entonces, cuando decidía si sería mejor dejarlo todo, pedir perdón, y volver a su puesto cuando encontró la casa.
A decir verdad era tan sólo una casita en medio del bosque. Una casa que se caía a pedazos y que parecía vacía. Caminó hacia ella, sin dar aviso a nadie, lo que se suponía que debían de hacer cuando encontrasen algo importante, y alargando la mano abrió la puerta.
Una vez dentro lo que observó fue un vacío solitario. La casa contenía los mínimos recursos que se podrían haber necesitado si alguien hubiese vivido en ella, pero en ella no vivía nadie.
Dio unas cuantas vueltas por el interior, observó con desgana los distintos objetos que encontró esparcidos por ella, depositados en su sitio como si alguien quisiese que fuesen encontrados, como si alguien quisiese que el que los encontrase supiese que allí vivía alguien. Pero ¿era así?, ¿en verdad allí vivía alguien? Charlotte no lo sabía, pero lo dudaba.
Siguió caminando por el interior hasta que decidió volver al punto de encuentro del grupo, echó un último vistazo hacia lo que parecía ser una sala de estar, cuando un tirón brusco la lanzó al suelo. Había tropezado con una argolla que se suponía que debía de estar tapada por una alfombra.
Con cuidado se levantó e inclinándose abrió la trampilla. El hueco que tenía ante ella era lo suficientemente grande como para dejar entrar a una persona, pero no había escaleras. Hizo aparecer una pequeña luz en la punta de su varita e iluminó la estancia que se encontraba bajo la casa, era muy grande, un sótano que cubría la misma extensión que la casa en sí. La caída no era demasiado grande, así que se preparó y con un salto calló al interior. Tras sacudirse el polvo que se había desprendido del techo del sótano miró a ambos lados mientras alumbraba con la varita y luego dirigió la vista hacia el agujero por el que había entrado. Estaba alto, sí, iba a resultar un tanto trabajoso volver a subir, pero podía hacerse. Además, si alguien había hecho la trampilla, se suponía que era porque la usaba. Y así parecía. La habitación que se mostró ante ella parecía haber sido más habitada que la propia casa. Una mesa, sillas, una chimenea, y un sinfín de cacharros que se encontraban tirados por todas partes. Era todo lo contrario que la imagen que quería mostrar el piso superior, aquí todo estaba destrozado, todo tirado por el suelo, jirones de telas amontonados e incluso dejados sin más en medio de la estancia. Ese sitio sí que había albergado a alguien, lo sentía.
Dirigió sin más interés la mirada hacia una de las paredes del cuarto, la más oscura de todas, puesto que era la que más alejada estaba de la trampilla, y vio algo que la interesó, algo que parecía despejar todas las dudas que podían estar rondándole por la cabeza. Clavados en la pared, había grilletes y cadenas de un material muy resistente, no sólo por su naturaleza, sino porque además parecían estar hechizados.
Charlotte se dirigió hacia ellos y con la varita tocó uno de los grilletes, una descarga hizo que se separase violentamente de ellos. Sí, estaban hechizados, o por lo menos lo habían estado, aún conservaban restos del hechizo.
El tiempo pasó y Charlotte no se movió del sótano, ya debía de estar anocheciendo, en una o dos horas sería de noche, y hoy había luna llena. Charlotte se sentó tranquilamente en una de las sillas que previamente había arrimado a la mesa y se quedó allí, esperando.
¿Qué se suponía que estaba esperando? Una parte de ella lo sabía, aunque pudiese sonar descabellado, aunque no tuviese pruebas de ello.
Un golpe sordo llenó la habitación y una figura se alzó ante ella, no podía ver bien al recién llegado, pero no se atrevió a apuntar hacia él con la varita. La sombra, sin embargo sí lo hizo.
- "¿Qué haces aquí?" - Su voz sonaba distinta a la que había oído la última vez, ahora había amenaza donde antes había habido miedo.
- "Tranquilo." - Dijo ella.
- "¿Habéis venido a por mi?" - Respondió él sin dejar de apuntarla.
- "Estoy sola. No hay nadie más." - Charlotte se movió despacio y dejando la varita en la mesa, se levantó y se apartó de ella. - "¿Ves? No voy a hacer nada."
Él se extrañó ante su comportamiento. ¿Qué se proponía? Entonces recordó, vino a su mente la mirada de asombro que había visto en los ojos de ella un mes antes, y un escalofrío recorrió su espalda.
- "Lo siento..." - Dijo él.
Pero antes de que pudiese seguir hablando ella le cortó.
- "No, no. No me mordiste ni nada." - Comentó Charlotte con una sonrisa. - "No te preocupes, no me voy a convertir en lobo, ni nada por el estilo."
- "Entonces vete. No deberías estar aquí." - Terminó él con voz seca.
- "Te equivocas, no lo entiendes, no puedo irme, he venido..."
- "¿Qué se supone que eres? ¿Trabajas para el Ministerio o sólo quieres amargarme la vida? Si no te vas ahora, no sé lo que podría pasar, no creo que seas tan insensata como para intentar tentar a la suerte." - Él guardó la varita y se quitó la chaqueta, caminó hacia una de las sillas que se encontraba más cerca y la dejó allí. - "Vete."
- "No tiene por qué ser así. He traído algo, algo que puede ayudarte." - Charlotte sacó un pequeño frasco de su túnica y sin dejar que él hablase siguió. - "Puede que no actúe al cien por cien, porque deberían tomarse antes otras dosis, pero hoy te ayudará, y luego las siguientes veces, ya..."
- "¡¡De qué se supone que estás hablando!!" - Gritó él mirándola a los ojos.
- "Una poción." - Explicó ella. - "Yo la llamo matalobos, te ayudará durante tu transformación y cuando más adelante tomes las dosis pertinentes, impedirá que te transformes en lobo."
- "Estás loca." - Respondió él. Y cogiendo de nuevo la varita se dirigió a los grilletes.
- "¿Cómo te llamas?" - Preguntó ella.
El silencio se hizo en toda la estancia. Él respiró profundo y bajó la varita.
- "No te vas a ir ¿verdad?"
- "Si me voy, ellos te encontrarán, y créeme, soy la única que está por la labor de ayudarte."
Él giró sobre sus talones y la miró. Se acercó lentamente a donde ella estaba y sin darle tiempo a reaccionar agarró la muñeca de la mano que no sujetaba el frasco y cerró la otra entorno a su cuello. Apretó fuerte.
- "Sabes lo que soy, sabes que podría despedazarte en un minuto si te me pusieses delante, y no tendría piedad. Me daría igual que me hubieses intentado ayudar con una poción o librándome de tus amigos." - Se encontraba muy cerca de ella, y sus ojos desprendían el brillo que Charlotte había visto en el bosque. Él la hacía daño, pero no se apartó. - "Podría matarte." - Dijo él.
- "Pero no lo harás, porque eso no puede ocurrir." - Replicó ella.
Él dudó, y aflojó sus manos.
- "¿Cómo?" - Preguntó intrigado.
- "Con esta poción, y conmigo impidiendo que escapes, la noche pasará sin ningún problema."
- "No atiendes a ningún argumento."
- "Pocas veces lo he hecho. Aunque intento que tu lo hagas. ¿Cómo te llamas?" - Volvió a preguntar ella.
- "Remus." - Respondió él. Su cara estaba tan cerca de la de ella que pudo sentir cómo las sílabas salían de sus labios. Seguía agarrándola, pero ya no le hacía daño.
- "Yo me llamo Charlotte." - Dijo ella sonriendo.
Remus se quedó quieto. La mano que había sujetado su muñeca se encontraba ahora entre la suya, enlazada, como un peso muerto, y la mano que la había rodeado el cuello se iba desprendiendo lentamente provocándola un extraño cosquilleo al resbalar por su piel.
- "¿Por qué quieres ayudarme?" - Preguntó él, casi sin aliento.
- "¿Por qué nadie te estaba ayudando?" - Replicó Charlotte, casi tanto como una pregunta que como una afirmación. Sus ojos se clavaron en los de él.
Remus la soltó y se apartó de ella. Dio media vuelta y tras mirar hacia el suelo con vista perdida se desabrochó la camisa. Lentamente se la quitó y la dejó en la misma silla en la que se encontraba su chaqueta. Charlotte miraba el ritual, sin decir nada, inquieta.
- "No quiero destrozarla." - Comentó él cuando dejaba la camisa sobre la silla. - "¿Cómo dices que se llama la poción?"
- "Matalobos." - Respondió ella levantando el frasco y enseñándoselo. - "Deberías tomarla ya."
- "Ya está ocurriendo." - Dijo él. - "Huelo la luna. Ese frasquito no podrá ayudarme." - Concluyó mientras la miraba.
- "Puede que hoy no, puede que hoy no haga todo el efecto. En realidad, eso ya te lo puedo afirmar ahora, pero será una ayuda. Y la próxima vez no tendrás por qué preocuparte." - Charlotte alargó su brazo entregándole el pequeño frasco de cristal. - "Bébela."
Remus tomó el frasco con una mano y durante un pequeño instante de tiempo sus dedos se rozaron. Avergonzado, como si hace unos minutos no hubiese agarrado a la chica de la forma en que lo había hecho, abrió el botecito y se bebió el contenido de un trago.
- "Argghh!" - Su cara se contrajo en un gesto de disgusto. - "Sabe horrible." - Dijo devolviéndole el frasco.
- "Lo siento, no he conseguido que el sabor fuese mejor." - Explicó Charlotte con una sonrisa.
Remus frunció los labios en lo que parecía una débil sonrisa y tras unos segundos de incomodidad se dirigió a los grilletes.
- "Son mágicos." - Comenzó a explicar Remus. - "Cuando tengo mi forma humana tan sólo tengo que ajustarlos a las muñecas." - Y con un simple golpe de varita los grilletes se adhirieron a sus muñecas fuertemente. Remus se preparó para decir un simple hechizo que enviase la varita hasta el bolsillo de su chaqueta, pero antes de que pudiese decir nada, Charlotte se acercó a él y le cogió la varita de las manos. Remus suspiró. - "Cuando me transformo en lobo, los grilletes y las cadenas forman un cierre mágico que me suele retener durante bastante tiempo, aunque, hay veces, que eso no es suficiente."
Charlotte afirmó con la cabeza y se retiró un poco.
- "Puede que duela." - Le dijo ella.
- "Siempre duele." - Murmuró él con resignación.
Pasado un tiempo Remus comenzó a sentir el dolor del que había hablado, el dolor que recorría su cuerpo momentos antes de la transformación. Pero algo había cambiado. Generalmente la transformación era rápida, en un abrir y cerrar de ojos, el hombre se convertía en lobo, pero esta vez no. El dolor era muy intenso, casi insoportable.
- "¿Qué ... está ... ocurriendo?" - Preguntó Remus con ojos llorosos y el cuerpo perlado de sudor. - "Duele demasiado."
- "La poción." - Le explicó Charlotte. - "Ralentiza el proceso de transformación. Incluso puede llegar a pararlo."
- "AHH!!" - Gritó Remus inclinando la cabeza hacia delante.
Charlotte se levantó de la silla y rápidamente se acercó a él. Con determinación tomó una de sus manos entre la suya y recibió la fuerte presión que él ejercía.
- "Vete... No deberías estar tan cerca, podría..." - Intentaba decirle él.
- "Lo sé. Pero esta vez será más tarde, y estoy preparada." - Dijo ella sujetando la varita con la otra mano.
- "Cuanto... cuanto... ¿cuánto puede durar esto?"
- "No creo que esta vez sea mucho. Acabarás transformándote." - Charlotte le agarraba con fuerza la mano.
Pasaron los minutos, y el dolor seguía haciendo acto de presencia. Cada vez más fuerte. Pero la transformación se retrasaba. Un poco más. Sólo un poco más.
- "No... quiero... hacerte... daño..." - Gimió Remus. Éste dirigió su mirada hacia ella y la pudo ver entre sus ojos llorosos. - "No... quiero..."
De repente, el momento había pasado. La sensación de estar parados en el tiempo se fue volando y Charlotte se alejó de un salto del lobo que se presentó ante ella, atado aún por las fuertes cadenas mágicas. No resistirían, eso ya lo sabía, así que se preparó para lanzar el conjuro. Y lo hizo. Y lo haría las veces que fueran necesarias hasta que el sol volviese a aparecer por el horizonte.
Y el sol apareció. Y el hombre volvió. Tendido en el suelo. Cubierto de sudor y jadeante. Charlotte se acercó corriendo hacia él y se dejó caer a su lado. Tomó su cabeza entre sus manos y la asentó en su regazo.
- "Te pondrás bien." - Le decía ella mientras le acariciaba el pelo. - "Te pondrás bien, y nunca más tendrás que llegar a convertirte en lobo."
_____________Los días pasaron, y también las semanas y en su cabeza todo parecía un sueño. Ya había transcurrido todo un mes y allí volvía a encontrase él. Remus se hallaba sentado en la silla frente a la mesa, en el mismo sitio en el que la había encontrado a ella la última vez. Con las manos sobre la superficie de madera miraba uno de los botecitos de cristal, ya vacío, que había separado de otros iguales que él, depositados con sumo cuidado en el otro extremo de la mesa. Jugaba con el botecito, lo miraba desde un lado, y volvía a mirarlo desde el otro. Lo abría y lo volvía a cerrar. ¿Vendría ella esta vez? Se preguntaba mientras tanto. Quería creer que sí, pero todo le seguía pareciendo un sueño.
Y el sueño se hizo realidad cuando de pronto una figura cayó de forma grácil por entre el agujero del techo. Cuando tocó el suelo se sacudió repetidas veces su túnica negra y continuando sus movimientos volvió el rostro hacia él. Una chica muy joven le sonreía, aún con su pelo rubio alborotado cayéndole sobre los ojos. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué había tanto silencio? La estaba mirando fijamente a los ojos, y eso hizo que se ruborizase, pero ella no pareció darse cuenta.
- "¡Hola!" - Saludó Charlotte con aire jovial.
- "Hola" - Respondió Remus. Dudó unos momentos y volvió a hablar. - "No sabía si volverías."
- "Si te lo había dicho." - Dijo ella mientras se acercaba. Él entornó los ojos. - "Pero puede que no lo recuerdes. Aún así, te has tomado todas las dosis, ¿verdad?"
- "Sí."
- "Eso demuestra que te lo había dicho." - Charlotte cogió una silla y la acercó hasta la mesa, tras lo cual se sentó junto a él.
- "Dime, ¿qué tal te encuentras?" - Quiso saber ella.
- "Bien, por ahora bien. Aunque claro, aún queda un poco para la puesta de sol..." - Respondió Remus.
- "Bueno, entonces veremos si de verdad funciona." - Dijo ella. - "Pero tranquilo. Funcionará."
Remus movió la cabeza y con un gesto indicó que no quería seguir hablando de eso. La miró y dijo:
- "Bueno, Charlotte..."
- "Jenkins, Charlotte Jenkins." - Dijo ella sonriendo.
- "Remus Lupin." - Él también sonrió. - "Jenkins..." - Dijo intentando recordar algo. - "Me suena tu apellido, tu padre no será..."
- "Sí, lo es, Alphonsus Jenkins." - Dijo ella.
- "El famoso Alphonsus Jenkins, el mejor golpeador Ravenclaw de la historia de Hogwarts."
- "Tampoco es para tanto, tu mismo lo has dicho, el mejor de su casa." - Dijo ella quitándole importancia.
- "Y bueno, ¿tu seguiste sus pasos?" - Se interesó él.
- "Más o menos sí. Puede que fuese genético o mi total nulidad para las demás posiciones del Quidditch, pero también jugué como golpeadora." - Afirmó ella con media sonrisa.
- "Entonces supongo que en tu casa quedarían encantados, teniendo a la hija de Jenkins como..."
- "No, no, yo no soy de Ravenclaw." - Le corrigió ella entre risas. - "Soy de Gryffindor."
- "Oh! Lo siento, es que, bueno, suele ocurrir que se pertenezca a la misma casa que la familia. Aunque pueden haber excepciones." - Se apresuró a decir Remus.
- "Ah!, sí, lo mío sí que es una excepción. Pero una excepción a lo grande."
- "¿Qué quieres decir?" - Preguntó intrigado él.
- "Deirdre Innis, mi madre, es de Slytherin." - Le explicó ella observando su expresión.
- "¡Vaya! Bueno, no sé que decir. Slytherin y Ravenclaw..."
- "Como digo siempre, lo extraño hubiese sido que saliese una Hufflepuff." - Charlotte se echó a reír y Remus la siguió. - "¿Y tu? ¿Fuiste también a Hogwarts?"
- "Ajá." - Asintió él. - "Gryffindor también." - La frase quedó cortada y Remus se inclinó hacia delante por una punzada de dolor en el pecho.
- "¿Estás bien?" - Preguntó ella acercándose y poniendo una mano sobre el hombro de él.
- "Sí. Creo, que está comenzando." - Dijo él.
- "Sabes que esta vez también dolerá." - Le dijo ella, aún apoyada en su hombro.
- "Lo sé. Lo sé." - Remus se enderezó de nuevo y respiró hondo. - "Dime, tuviste problemas en el Ministerio por..."
- "No, tranquilo, todo fue bien, les dije la verdad y ante eso no hay problemas." - Charlotte había vuelto a poner las manos sobre la mesa y le miraba preocupada.
- "¿La verdad?" - Preguntó Remus. El dolor estaba llegando poco a poco.
- "Sí, les dije que había matado al lobo, y es verdad ¿no es cierto?" - Charlotte le sonrió amablemente. Él asintió con la cabeza.
- "¿Y la explicación por tu retraso?"
- "Pelea, lucha, yo inconsciente, una varita para demostrarlo y unos cuantos golpes." - Ella giró la cabeza mostrándole una cicatriz al lado de la oreja izquierda, que ya parecía curada.
- "¿Cómo?" - Remus volvió a encogerse de dolor.
- "Tranquilo, no tienes por qué..." - Dijo ella mientras se acercaba a él.
- "No, quiero saberlo. Necesito hablar. Necesito que hables."
- "La varita, mi varita, la analizaron cuando volví, y vieron que había sido utilizada repetidas veces con un encantamiento oportuno para la supuesta pelea."
- "Pero entonces..."
- "Sí, no podía utilizar mi varita para nada, porque debía dejar los rastros que se suponía que debía tener. Aún así necesitaba mostrar indicios de pelea y todo eso, así que utilice tu varita. Ya sabes que utilizar varitas de otros puede tener efectos secundarios... pero no fue para tanto, y todo quedó como ellos querían."
- "Lo siento."
- "No, no tienes que sentirlo. Ya todo está bien, he vuelto a mi trabajo normal y en mis horas libres puedo ir a donde quiera... puedo venir aquí." - Le dijo ella cogiéndole la mano.
- "¿Por qué lo haces?" - Preguntó él. El dolor ya era demasiado fuerte, no podía casi soportarlo.
- "Porque quiero." - Respondió ella.
Remus recibió un espasmo y golpeó la mesa con la pierna, Charlotte impidió que esta cayera, él se levantó de un salto y fue impulsado hacia el suelo. Charlotte corrió hacia él y éste le tomó una mano entre las suyas.
- "Duele." - Susurró Remus.
Ella pasó su mano por su frente apartándole el pelo de los ojos, y repetidamente le acarició el rostro.
- "Tranquilo, me tienes aquí." - Le decía ella.
Visto allí, tirado en el suelo, retorciéndose de dolor, Charlotte supo por qué le estaba ayudando, y no era la respuesta que le había dado a él. No era tan simple. Mirando sus ojos supo que era porque quería, que era porque le quería.
_____________La noche pasó, y volvió el día, pero no había terminado, aún quedaban otras noches, y luego volverían a verse el mes siguiente. ¿Por qué tenían que esperar tanto?
_____________Cuando amaneció el último día, ambos se encontraban en el suelo. Ella sentada, apoyada la espalda contra la pared, él sobre su regazo, aún sosteniendo la mano de ella.
Un sobresalto los despertó a los dos.
- "Ya es de día." - Le tranquilizó ella.
- "¿Lo es?" - Preguntó él. Un toque de resignación acompañó las palabras. Nunca hubiese imaginado que el amanecer le pudiese llegar a parecer tan amargo.
Charlotte se levantó y le acomodó sobre unas mantas, se arrodilló junto a él y le acarició la cara.
- "Tengo que irme. ¿Te encuentras bien?" - Preguntó ella.
- "No quiero que te vayas." - Dijo él. Esas palabras la sorprendieron. ¿Podría ser que él sintiese algo por ella?
- "Volveré. Nos volveremos a ver." - Y Charlotte dejó esas palabras en el aire, mirándole a los ojos, viéndole allí, tan indefenso. Al hombre que una vez había estado a punto de matarla, al lobo que se ocultaba tras esos grandes ojos brillantes. Una punzada en el estómago la mareó momentáneamente y el corazón le comenzó a latir desbocado. Colocó una mano en el cuello de él y sin siquiera pensar lo que estaba haciendo se inclinó. Sus labios se juntaron en un beso tierno, que Remus le devolvió al instante. Levantó su mano y atrajo a la chica hacia sí, sintiendo el calor del cuello de ella bajo su pelo rubio.
Ambos se sentían ansiosos por apurar hasta el último segundo antes de que ella tuviese que irse. Se besaron durante unos instantes que les parecieron eternos, pero que al final, les pareció un simple segundo, que debía de durar más, que querían que durase más, que necesitaban que durase más.
Charlotte se despidió de él con un último beso y se alejó. Se fue y salió de la casa. Sentía el corazón roto por tener que dejarle allí, por tener que irse. Él sentía lo mismo.
" Sentimientos enredados "
por
Saffron (
9:30 PM )
El despertador sonó como cada mañana. Ella lo apagó violentamente, hundiéndose todo lo posible bajo las mantas. Si aquel nuevo día era la mitad de la malo que los anteriores, sería horrible. Para ella Hogwarts se había convertido en una casa de locos en las últimas semanas. Nada que ver con el colegio que había conocido.
Ella se sentía exhausta, física y mentalmente. La presión que ejercían Julius y Severus sobre ella, el constante mal humor, las discusiones; todo aquello la agotaban. Se sentía incómoda, y se irritaba por cualquier nimiedad. Se preguntó si así era como se sentía Severus, pensando que era terrible.
Y, sin embargo, si aquellas semanas habían sido malas, el día anterior podía considerarlo como uno de los peores de su vida. Después de una mañana intentando no enfadarse demasiado con un Julius opresivo, la actitud enfadada de Snape no había contribuido a mejorar su humor. Y aquellas historias, por merlín. Fuera donde fuera solo oía horribles historias sobre Snape y Pince.
Por la tarde, él había ido a recogerla a su habitación. Y ella estaba terriblemente enfadada. Un enfado irracional, que le atenazaba el estómago y sacaba lo peor de ella. Discutieron, comenzando por una tontería, y llegando a las frases dolorosas. Ella había querido herirle, hacerle daño. Creyó que de ese modo no se sentiría una estúpida, que conseguiría devolverle una parte del dolor que él le causaba a ella.
La victoria duró unos segundos.
Cuando vio la mirada de él, una mezcla de sorpresa, dolor y enfado, se arrepintió de lo que había dicho. El se recobró enseguida, volviendo a su pose digna y distante. Pero ella no. Ella no estaba preparada para aquello. No le gustaba aquella parte de si misma, ni en lo que se estaba convirtiendo.
Se echó a llorar, y le pidió perdón. Quiso acercarse hasta él, pero un gesto de su parte desveló que el no la quería cerca. Aun así, el se despidió normalmente, la voz fría y desagradable. Y ella volvía a tener los sentimientos enredados. Cuando el vino a recogerla para ir a cenar, ella intentó ser agradable con él. Severus Snape la ignoró deliberadamente, y ella sintió que se hundía en la oscuridad.
Saffron no sabía que dolía mas, si su enfado o que la ignorara.
Y ahora debía levantarse, ducharse, vestirse, y esperar a que el viniera por ella para ir a desayunar. Salió de la cama con desgana, y comenzó con la rutina diaria. Se preguntó mientras se arreglaba que humor tendría Snape aquel día. Imploró que pasara todo aquello. Algo le decía que no podría aguantar mucho mas, y no tenía ni idea de qué pasaría cuando alcanzase su punto máximo.
Como una premonición, Severus llegó mas temprano aquel día. Desde su discusión con ella la tarde anterior había tenido alojada en el estómago una incómoda sensación de desasosiego. La discusión había supuesto, en cierto modo, una decepción. Y por otro lado, el la había agradecido. Había podido saber qué era lo que ella pensaba realmente de él.
Casi había llegado a engañarle. Ella había sido agradable con el todo aquel tiempo, aun a pesar de su forma de ser. Había hablado con el, igual que la había visto hablar con otras personas, con dulzura y confianza, contándole cosas absurdas. En más de una ocasión el había tenido que hacer esfuerzos para no sonreír ante sus historias. ¿Dónde hubiera quedado entonces su reputación, su presencia?. Ella había preparado té para los dos, como si fuera lo mas normal del mundo que el tuviera una muchacha bonita todos los días en su despacho.
Severus se paró delante de su puerta, antes de llamar. ¿Cuándo había pensado el que Saffron era bonita?. No es que no lo supiera, simplemente lo había dado por hecho. Había muchas chicas bonitas en Hogwarts, pero eso no hacía que el les prestara mayor atención. Llamó finalmente, y ella le abrió.
- Oh, buenos días- dijo ella sorprendida por la hora- Aun no estoy lista, pasa, por favor.
Y esbozó una sonrisa nerviosa. Saffron intentó ser agradable, una manera de disculparse por lo del día anterior. A Severus aquello no se le pasó inadvertido. La miró mientras ella se dirigía al cuarto de baño para peinarse, el bonito vestido azul y amarillo. De nuevo cruzó su mente la idea de que ella era bonita, como una revelación. Y de nuevo se reprochó a si mismo su poca profesionalidad. Apartó la mirada, incómodo.
Ella volvió rápidamente. Severus podía ver que estaba nerviosa. La veía retorcerse las manos, la mirada inquieta. De camino al comedor, Saffron intentó entablar una conversación con el, pero Severus la ignoró, andando rápidamente. Ella tuvo que apretar el paso, para no quedar atrás.
Severus no quería mirarla. Después de descubrir que era bonita, se sentía extrañamente incómodo si la miraba. No quería, no debía mirarla. Y sin embargo, cuando entraron en el salón, se volvió bruscamente para hablar con ella. Saffron casi choca con el, quedando los dos muy cerca. Severus se inclinó sobre ella, para decirle algo, y Saffron sintió como el calor la invadía. ¿Cómo podía ignorarla, y un segundo mas tarde hacerla sentir así?. El solo le indicó que no se demorase mucho en el desayuno, pero para ella fue como si le hubiera dicho algo íntimo y secreto, como si solo estuvieran ellos dos en aquel enorme comedor. Asintió y le miró a los ojos, viendo con sorpresa que el apartaba la mirada. Se descorazonó, ¿estaría aun enfadado?. Quiso decir algo más, pero una mano se posó en su hombro.
Julius miraba a Severus con seriedad, sin apartar la mano de su hombro. Saffron se sintió atrapada, asfixiada entre los dos hombres. Severus se fue hacia la mesa principal, enfadado de nuevo.
Ella le dio una mirada enfadada a Julius cuando se sentaban, pero el no se dio cuenta, o no quiso darse cuenta. El parecía molesto, y Saffron estaba cansada. Se sirvieron el te sin decir nada, hasta que el rompió el silencio.
- ¿Qué estas haciendo, Saffron?-Ella sabía perfectamente a qué se refería, pero no quiso contestar.- Por merlín, ¿Es que no te das cuenta?. Ese hombre te está cambiando!. Ya no eres la misma...Y no me gusta. Ese tipo me da muy mala espina y deberías confiar en mi, porque...
- Estoy harta , Julius- Saffron estaba enfadada, el podía verlo en sus ojos.- estoy harta de que me tratéis como si fuera una niña, como si no supiera lo que hago. Se perfectamente lo que estoy haciendo. Y Severus...
- Severus no hace sino influenciarte. Te maneja a su antojo; y no pienso dejar que un tipo así te ponga en peligro. No quiero que te ocurra nada, Saffron. He visto como lo miras y...
- Así que es eso. – ella comprendió lentamente, y notó que el enfado le quemaba el estómago y subía por su garganta. Habló lentamente, en voz baja- Toda esa preocupación, que no me pase nada...No puedo creerlo. Estoy cansada de las acusaciones, y cansada de que me eches cosas en cara.
Julius la miró un momento en silencio. Después, se levantó bruscamente de la mesa.
- No te molestaré mas.- y se fue rápidamente.
A Saffron se le cayó el té encima. “Mierda” resopló en voz baja, las manos le temblaban, y estaba histérica. Y enfadada. Estaba muy enfadada. Con Julius; con Severus, con Pince, con los niños que reían al otro lado de la mesa. Severus llegó hasta ella unos minutos mas tarde. No parecía de mejor humor que Saffron.
“Bonita paraje hacemos” se dijo malhumorada, mientras miraba su vestido arruinado por el té. Mierda. Tendría que ir a su habitación de nuevo a cambiarse. Se lo dijo a Severus, con la voz un poco mas agria de lo habitual. El tan solo asintió, y se pusieron en camino.
El olor a incienso y la luz le golpearon cuando entró de nuevo en su habitación. Severus aun no se había acostumbrado, y veía aquella habitación como un mundo aparte. Ella se dirigió rápidamente hasta el cuarto de baño, cogiendo una toalla y empapándola en agua. Salió de nuevo hasta donde estaba el, y comenzó a frotar vigorosamente la mancha de té que se extendía sobre su estómago. La mancha, en contacto con el agua se fue haciendo mas y mas grande, pegándose a su piel, amenazando con cubrir todo su estómago. El apartó la mirada, incómodo, consciente de que sus ojos habían estado posados allí durante demasiado tiempo.
“Maldita sea” la oyó decir entre dientes. La mancha no desaparecía, y el vestido estaba empapado. De repente, ella estaba a su lado de nuevo.
- Tira de aquí- le dijo hoscamente, mientras le indicaba un pliegue del vestido. El obedeció, mudo, tensando la tela levemente, para que ella pudiese limpiar mas cómodamente. Podía ver que ella estaba enfadada, las manos nerviosas, pero la cercanía cada vez le resultaba más incómoda. Estaban tan cerca que la respiración de el rebotaba contra la cabeza inclinada de ella, absorta en limpiar la mancha. Severus se sintió levemente mareado, y cerró momentáneamente los ojos.
- Tira más- dijo ella con voz enfadada. El obedeció de nuevo, acortando aun más el espacio que les separaba. Miró la mancha también, teniendo el cuello en una posición muy incómoda y antinatural: la mancha húmeda había conquistado ya todo el estómago de ella, pegada a su piel. Ella no estaba arreglando nada, al contrario, la mancha empeoraba. El consideró necesario indicárselo. Además, no podía perder el tiempo de aquella manera, tenía clases que atender.
Así que lo dijo.
- Quítate el vestido- dijo el con voz ronca.
Y nada más decirlo, se dio cuenta de cómo había sonado aquello. Ella paró de frotar inmediatamente, alzando la vista para mirarlo. Los enormes ojos azules de ella lo miraron, mudos de asombro, a la vez que empezaba a ruborizarse.
Evidentemente, el se refería a que sería mas fácil limpiar el vestido si se lo quitaba. Pero no había contado que aquello sonaría como algo.. intimo. La mirada de cristal de ella seguía fija en sus ojos oscuros, las manos suspendidas. Severus sintió que un extraño calor le invadía el estómago. Estaban tan cerca... tan cerca...
El sintió que debía decir algo, explicarse de algún modo, disculparse. Pero, extrañamente, las palabras se quedaban atascadas en su garganta. Ella estaba completamente sonrojada, pero no apartaba la vista de el. Severus sintió la necesidad acuciante de decir algo, lo que fuera. Aquello no era sano, no era natural...
Y cuando por fin fue a hablar, los labios apenas entreabiertos, la puerta de la habitación se abrió violentamente. Ambos miraron hacia el visitante, sin apartarse.
- Saffron...- comenzó Julius. Pero las palabras murieron en sus labios. Había oído los rumores, pero le habían parecido absurdos. Se había reído de ellos. Y ahora se encontraba con aquello: Saffron y Severus, pegados el uno al otro, él levantando el vestido de ella; ella completamente sonrojada. La preocupación que había en su mirada dio paso al enfado. Había ido a ver a Saffron, para disculparse, y para contarle lo que aquella chica, Laia , le había dicho. Pero todo aquello se esfumó cuando los vio.
Como una provocación, Severus se apartó lentamente de ella, sin mirar a ninguno de los dos. Julius lo miró con odio, antes de fijar la mirada en Saffron, pidiéndole una explicación. No pudo evitar fijarse en el vestido empapado de ella, adaptándose a su estómago. Ella habló lentamente, la voz un poco aguda.
- Severus, voy a estudiar aquí. Te veré a la hora de la comida- Severus asintió , y se dispuso a marcharse. Aun podía sentir aquel calor quemándole la piel. Pero también el enfado: ella lo había echado de su habitación, y Julius se había quedado con ella. Otro tipo de ardor recorrió su estómago. Se sintió como un estúpido. Por un momento, en aquella habitación, había sentido algo inexplicable. Y ella se había sonrojado. Evidentemente, sus actos le habían demostrado que ella se había sonrojado ante su estupidez. apretó con fuerza los nudillos, y le quitó veinte puntos al primer estudiante que vio por el pasillo.
La clase se estremeció aterrorizada cuando el penetró en ella gritando.
Mientras tanto, Saffron miraba con furia a Julius. Había sido algo extraño lo que había ocurrido hacía un momento. Por unos minutos, Severus y ella habían estado inexplicablemente unidos. Las palabras de el, el calor que había invadido sus músculos, ella se había sentido de una manera especial, como si realmente tuviera alguna oportunidad con Severus. Y Julius lo había arruinado todo. Y encima, tenía la desfachatez de pedirle explicaciones.
- ¿Qué estaba ocurriendo aquí?- preguntó el con la voz tensa. Ella le ignoró, y se dio la vuelta, pero el la alcanzó.- Dios , Saffron...Dime que no es cierto. Dime que los rumores no son ciertos, que entre tu y Snape no...
- ¿Qué?- dijo ella atónita. Sonrió amargamente. No; entre ella y Severus no había nada. El la veía solo como un estorbo, una chiquilla que entorpecía su trabajo y le hacía perder el tiempo. Pero no iba a consentir que Julius la dominara- Julius, no tengo porqué explicarte nada. Se acabó; lo nuestro se acabó.
- Saffron- Julius la miró dolido, y hablaba pausadamente- Ese hombre no es bueno. No lo es. Y no dejaré que te haga daño.
- Yo solo quiero que me dejéis tranquila- le dijo ella dándose la vuelta.
Julius la miró, enfurecido.
- Solo eres una niña caprichosa- dijo con despecho. Saffron se volvió lentamente para mirarlo.
- Fuera, Julius- dijo ella, la mirada fría, y la voz autoritaria. El se marchó, cerrando la puerta con un sonoro portazo. Saffron se dejó caer hasta el suelo, llorando desconsoladamente. Ein se acercó para consolarla, frotándose contra ella, y lamiendo sus manos. Ella lo abrazó, agradecida.
Ella creyó que todo sería diferente cuando viera a Severus. Aun revoloteaban mariposas en su estómago después del episodio de aquella mañana. Sus palabras, que habían sugerido una intimidad que no existía entre ellos, se habían quedado grabadas en su mente. Había esperado ansiosamente la hora de la comida; y con ella, un roce, una mirada.
Que estúpida era.
Severus vino a recogerla, y se limitó a ignorarla, al igual que aquella mañana. Podía percibir que él estaba enfadado, pero ¿por qué?. Evidentemente, lo de aquella mañana habían sido ilusiones suyas. El había dicho aquello, y ella no se había apartado de su lado. Al contrario, lo había mirado, esperando tan solo una palabra mas que confirmase, que concretase algo. Pero la palabra no llegó, y Saffron solo podía achacarla a que Severus no quería pensar en ella.
Pasó el almuerzo completamente deprimida. Helena intentó contarle algunas historias sobre Snape y Pince, creyendo que la animarían. Ella hubiera preferido comer gusarajos a tener que escuchar aquello. Que los citados estuvieran manteniendo una conversación aparentemente de lo mas animada no ayudaba mucho.
La tarde en el despacho fue peor de lo que había imaginado, Severus no solo actuó como si ella no estuviera allí, sino que las pocas veces que le dirigió la palabra se mostró terriblemente frío. Saffron se iba hundiendo mas y mas. Julius se había enfadado con ella; Severus se había enfadado con ella. Se sentía sola e incomprendida. Sintió ganas de llorar, pero la voz irritada de Severus ordenándole que le acercara un bote de azafrán hizo que se forzara a si misma a mantener el tipo. Costara lo que costara.
Llamaron a la puerta. Ella fue corriendo a abrir. Ante sus ojos apareció un Slytherin de primer año, un tanto atemorizado. Pasó , y le entregó un sobre a Snape.
- Madame Pince me ha pedido que le entregue esto, profesor- dijo temeroso- y que me mande una respuesta.
Saffron sintió como su estómago hervía, encolerizado. Severus leyó la carta, y procedió a escribir una respuesta, que entregó al niño. Repentinamente, ella se sintió cansada. Completamente agotada.
- Podría prestar atención a su trabajo, señorita Bahn- dijo el cuando estuvieron de nuevo a solas, la voz untuosa y agria- O quizás tenga cosas más importantes en la cabeza en estos momentos.
Ella lo ignoró, y continuó con la poción. Sin embargo, se sentía extrañamente pesada, como drogada. El tarro de algas dulces se escurrió de sus manos estrellándose contra el suelo. La voz irritada de Severus no se hizo esperar.
- Oh, por favor!! Preste mas atención!! Las algas dulces son incómodas de conseguir. Maldita niña estúpida...
Algo se quebró en el interior de Saffron. Severus supo que la había dañado cuando miró sus ojos. Los mismos ojos azules de esa mañana, mirándolo ahora con expresión dolida. Supo que debía disculparse, pero no lo hizo. Volvió a fijar la vista en el libro que leía. De alguna manera, la mirada dolida de ella lo incomodaba, y la sentía clavada en su cuello.
Saffron supo que había tocado fondo. Lo supo cuando el volvió a ignorarla después de decirle aquello, como si no le importara. Esperó unos segundos, mirándolo, esperando una disculpa que sabía que no llegaría. Se cansó de esperar cosas imposibles.
- Me voy- dijo simplemente. El asintió, y no la miró siquiera. Ella se demoró unos segundos en la puerta, quizás esperando que el la parara. Pero el no se movió, ni siquiera un ápice.
Saffron caminó, la vista nublada. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba en la puerta de su habitación. Se sentía extrañamente vacía., hueca. Todo aquel tiempo se había estado engañando a si misma. Sabía que Severus Snape no podía querer a nadie, y aun así, se hizo ilusiones. Fantaseó sobre una improbable relación. El le había demostrado que no deseaba nada así. La misma idea le resultaba ridícula. Ya no mas. Descansaría. Y al día siguiente continuaría con el trabajo. Pero solo eso. Una relación estrictamente profesional
Penetró por fin en su habitación. Ella no lo esperaba allí. El se levantó del sillón, y se acercó hasta ella.
- Saffron..-dijo simplemente. Y entonces la abrazó, y ella no puso impedimento ninguno.- Lo siento... lo siento tanto...
Ella miró a Julius. Y dejó que la abrazara. Lo necesitaba, necesitaba saber que era querida. El, animado por la actitud de ella, la besó tiernamente en la cabeza. Y después en las mejillas, hasta llegar a sus labios.
- Te echo tanto de menos...- le dijo entre susurros mientras la acariciaba y la besaba. La mente de Saffron clamó, pero su cuerpo no reaccionó, y siguió entre sus brazos. Severus no la quería, se lo había demostrado; y Julius estaba allí. A pesar de que ella lo había echado, estaba allí.
Quizás debería darle otra oportunidad. Quizás no debería pensar en aquello, y dejarse llevar. A ella le gustaban los besos, y que la abrazaran. Necesitaba sentirse amada, y Julius la quería. Y se lo estaba demostrando.
Pero no, no. Aquello no estaba bien. Se estaba comportando egoístamente. Tuvo la clara visión de Severus mirándola aquella misma mañana, con su voz insinuando cosas que no eran. Su corazón dio un vuelco, y quiso separarse de Julius. Este se lo impidió, abrazándola aún mas fuerte.
Y seguido, pudo ver de nuevo a Severus, ignorándola, y llamándola estúpida. Ya no quiso separarse de Julius.
Intentó no pensar mucho cuando comenzó a desabrochar algo frenéticamente los botones de la camisa de él, mientras Julius sonreía contra su boca, los ojos azules oscurecidos mirándola fijamente.
Severus Snape apenas durmió aquella noche. Ella se había despedido, y el no había echo nada por retenerla. Un sentimiento demasiado parecida a la culpa le invadió como oleadas. Quizás debería decirle algo, disculparse...
Dio vueltas en la cama, intranquilo. ¿Disculparse?. Que tontería. El no había dicho nada que no debiera. La excusa le pareció pobre hasta para el mismo.
Quizás... quizás...
A la mañana siguiente, iría a buscarla para ir a desayunar. La trataría como siempre. Quizás.. quizás intentase entablar alguna conversación con ella. Nada profundo, por supuesto. Preguntarle por el último libro que le había prestado, por ejemplo. Como si la tarde anterior no hubiera ocurrido.
Como borrada por arte de magia.
Con ese pensamiento, se durmió, aun algo intranquilo.
Y con esa firme resolución se puso en camino aquella mañana hacia la torre Ravenclaw. Subió las escaleras, hasta el último piso, sin quitar ni un solo punto. Bueno, quitando tan solo cinco puntos. Una verdadera proeza.
Llamó con decisión a la puerta, esperando que Saffron abriera la puerta. La puerta se abrió, si, pero no por manos de Saffron.
Ante el se alzaba un Julius despeinado, con la camisa puesta apresuradamente. Recién levantado, sin ninguna duda. Lo miró despectivamente durante un segundo, y después añadió:
- Saffron aun está dormida.
Severus se quedó mudo.
" Rompiendo con la familia. "
por
Youko (
2:29 AM )
Youko no supo realmente como había llegado a su habitación aquel sábado por la noche. Ni siquiera recordaba haberse puesto el pijama. Tan sólo sabía que se había dormido de tanto llorar en el carruaje que los llevaba de vuelta a Draco y a ella a la escuela. Desde que salieron de la casa, hasta que abriera los ojos aquella mañana, todo eran recuerdos vacíos.
Lo único que sentía ahora era un extraño sentimiento de seguridad. Todavía en un punto entre el sueño y la vigilia, buscó acurrucarse contra la fuente de calor que emitía aquella seguridad que la hacía sentirse tan bien... Espera un momento... ¿Qué fuente de calor?... Ella no tenía ningún perro... Abriendo los ojos totalmente sobresaltada miró a quien estaba tumbado a su lado. Y se encontró con el tranquilo rostro dormido de Draco. Sin saber que hacer, al principio Youko no se atrevió a moverse, pero después de unos minutos pensó que no era correcto que ambos estuvieran así e intentó escabullirse del abrazo. Sólo para encontrar que este se apretaba un poco más y que al mirar el rostro del muchacho se encontró de frente con unos tranquilos ojos grises, con un curioso tono plateado con la luz del amanecer.
-“¿Ibas a alguna a parte?”—preguntó Draco suavemente y sin aflojar el brazo con el que la sujetaba.
-“Realmente iba a levantarme. No considero apropiado que estés en mi cama...”—dijo Youko mientras intentaba soltarse, pero Draco no cedería.
-“¿Y desde cuando nos ha importado a alguno de los dos lo que es apropiado o no?”—murmuró Draco al tiempo que acortaba la distancia y la besaba suavemente. Rompiendo el contacto de sus labios, Draco miró a la joven frente a él directamente a los ojos.—“¿Qué sucedió anoche en esa habitación?”.
Los ojos de Youko se endurecieron repentinamente. Dando una última sacudida se soltó del abrazo de Draco y salió de su cama. Para su sorpresa, llevaba puesto el pijama de raso azul que tanto le gustaba, y para su alivio, toda su ropa interior estaba puesta. Draco solo había quitado el vestido.
-“Eso no es asunto tuyo”—contestó en tono cortante.—“¿Cómo llegué aquí anoche?”—inquirió sin mirar al muchacho que se había sentado en la cama.
-“Sí que lo es cuando lo que pasara allí dentro te deja en tal estado que ni siquiera recuerdas que te traje hasta tu habitación, te cambié, te metí en la cama y yo me acosté a tu lado, y todo eso sin inmutarte, como si estuviera manejando una muñeca rota”—la voz de Draco sonó ligeramente afilada y dura. Él tampoco iba a ceder terreno. No esta vez.
Youko se giró bruscamente, dándole la espalda.
-“Discusión familiar. Nada que deba importarte, ya te lo he dicho”—repitió de nuevo Youko mientras miraba a través de la ventana como subía el sol y llenaba la habitación de luz. Se sobresaltó cuando Draco la abrazó por detrás y puso un suave beso en su hombro.
-“Tu padre te pegó por algún motivo. ¿Cuál? ¿Intentó convencerte para pasar al otro lado?”—preguntó suavemente mientras miraba en la misma dirección que la chica.
Youko negó con la cabeza.
-“No, no intentó que pasara al otro lado. Tan sólo que abandonara mi humillante posición de auror que tantos disgustos les está costando y que regresara a casa...”—respondió mientras se recargaba un poco en Draco y apoyaba la cabeza sobre su hombro.
-“¿Y el golpe?”—evidentemente el chico no se estaba olvidando de esa cuestión.
-“Le grité, le dije poco y bonito, como solía decir un compañero nacido muggle de la academia”—añadió la joven.—“Supongo que no le hizo ninguna gracia que le faltara al respeto de esa forma. Es la primera vez que me ha pegado. Gritado, sí, castigado también, pero nunca me había levantado la mano... Y me dolió. Más que el golpe físico, fue la sensación de que con aquello me estaba separando totalmente de mi familia.”—la voz de Youko sonaba casi rota al final.
Draco apretó un poco más el abrazo y se quedaron así unos minutos más. Después Youko se soltó y entró en el baño, recogiendo antes ropa limpia con la que cambiarse. Mientras la joven se duchaba, Draco llamó al profesor Snape a través de la red flu y le contó lo sucedido en el cumpleaños. Así mismo le informó de que pasaría todo el día con Youko en sus habitaciones.
Para cuando la chica salió del baño, Draco había mandado llamar a un elfo y le había pedido que hoy sirvieran comidas para dos. Ella ni preguntó, ni dijo nada. Tan sólo se sentó y se sirvió un poco de café. Draco aprovechó entonces para entrar él en el baño y tomar una ducha.
Pasaron el día hablando de cosas triviales tales como Quidditch, el salón de duelos, la próxima excursión a Hogsmeade... Pero ninguno de los dos hizo intención de hablar lo sucedido el día anterior.
Mejor era dejar que las cosas se enfriaran un poco...
********************************************************
Cuando empezó la semana Youko no pudo alegrarse más. Tener que lidiar con el salón de duelos y con algunas de las clases de Defensa, así como corregir los trabajos que los alumnos entregaban (Lupin se pasaba todo el tiempo que podía al lado de Charlotte, todavía inconsciente en la enfermería) la dejaba tan agotada al final del día que caía rendida en la cama sin tiempo para pensar en su padre, las amenazas de Lucius Malfoy y su peligrosa y precaria relación con Draco.
Severus era el único que sabía de esta relación, y le había dado su visto bueno. Aunque Youko sospechaba que Dumbledore también lo sabía, por aquel dichoso brillo en sus ojos cada vez que se cruzaban.
Por supuesto otra persona que lo sabía, o por lo menos lo intuía era Wallravenstein. Apenas se había cruzado con Laia pero desde el lunes hasta aquel miércoles por la mañana, cada vez que la había visto la veía más desmejorada. Más pálida, con oscuras ojeras bajo los ojos. Casi parecía un fantasma. Eso sí, seguían siendo igual de borde y peligrosa como siempre. La espía de Lucius en Hogwarts, sin ninguna duda.
También había visto por la escuela a un joven al que había tenido el placer de conocer en la academia de aurores y que les había dado algunas clases de defensa. Julius Strandberg, un chico simpático y muy amable, aunque también tenía bastante genio, por lo que ella recordaba... Y estaba muy pegado a Bahn... Evidentemente eso no era del agrado del profesor Snape, el cual tenía el carácter más agrio que nunca. Youko ya no sabía quien le provocaría antes una úlcera al hombre: Potter, el Señor Oscuro o Julius. Se abren apuestas señores...
Pero como Youko sabía, las cosas buenas duran poco, y su tan agradecida (aunque estresante) tranquilidad se rompió el miércoles por la tarde con la llegada de un visitante realmente inesperado: su madre.
Youko se quedó parada con la puerta de su habitación abierta sin saber que hacer, observando a la persona a la que más había querido desde que era una niña. Annalee Dragg era una mujer en sus mediados cuarenta, casi idéntica a su hija de no ser porque su cabello era más oscuro y su rostro empezaba a mostrar algunas arrugas de la edad.
-“¿Puedo pasar, hija?”—preguntó al final la mujer, que había estado observando a la hija a la que hacía más de un año que no veía.
-“Por supuesto madre”—Youko se apartó un poco y dejó pasar a la majestuosa mujer. Siempre elegante, Annalee vestía hermosas túnicas bordadas en oro y plata, elegantes pero no recargadas. Su presencia resultaba imponente pero no atemorizante.
La mujer observó la habitación y se dirigió hacia las ventanas por las que entraba la tenue luz del atardecer.
-“Es una hermosa vista. Y la habitación es muy bonita”—dijo mientras se dirigía ahora hacia la chimenea y observaba las fotos que habían sobre ella. Solamente uno de los marcos estaba boca abajo. La mujer lo levantó y le entristeció ver que era una foto familiar, tomada las navidades del séptimo año de Youko. el resto eran de amigos y compañeros de escuela y de la academia. Y observó con verdadera curiosidad una foto realmente reciente (tomada el día anterior y revelada aquel mismo día por Colin Creevy) de su hija y un joven rubio platino, con ojos grises y que vestía el uniforme de Slytherin. El chico saludaba divertido a la cámara mientras intentaba evitar que Youko se escapara de su abrazo.—“Así que es cierto lo que me dijo tu padre. ¿Estás saliendo con Draco Malfoy?”—preguntó con suavidad la mujer girándose para mirar a Youko.
-“Con quien yo esté o deje de estar es asunto mío, madre. Ahora si es tan amable de decirme a que ha venido...”—Annalee casi se encogió al tono frío y cortante de su hija. Aquella no era la niña cariñosa que siempre le pedía que le contara alguna historia. ¿En qué momento había perdido a Youko?.
-“Tu padre me contó lo que sucedió en el cumpleaños. Me ha pedido que te diga que sintió mucho lo sucedido y que las puertas de casa siguen estando abiertas para que regreses”—dijo Annalee mirando a su hija casi suplicante.—“Vuelve a casa hija, te echamos mucho de menos”.
Youko no pudo evitar soltar una risa suave y amarga.
-“Lo siento madre, pero me parece que en su casa ya no hay lugar para mí, así que me temo que ha venido en vano. Dígale a padre que acepto sus disculpas”—la voz de Youko era tan monótona que dolía y asustaba.
-“¡Youko! Por favor, te lo pido por favor. Abandona tu posición como auror. Eres nuestra única hija. No queremos perderte. El hijo de Lucius Malfoy no podrá protegerte mucho más”—intentó convencerla casi a la desesperada pero Youko no daría su brazo a torcer.
-“¿Y quién dice que Draco me protege? Váyase madre, no voy a volver a una casa donde no me espera nada. Mi hogar es Hogwarts, y es el único sitio donde me he sentido bien y segura desde que puse los pies en él por primera vez”—Youko se giró y se dirigió a la puerta. La abrió y esperó fríamente a que su madre captara la indirecta.
A la mujer le partió el corazón ver el trato que recibía de su hija y no pudo evitar pensar que todo aquello se habría podido evitar si hubieran observado más de cerca de Youko o si no la hubieran obligado a que entrara al servicio del Señor Oscuro. Aunque en cierto modo seguía siendo un consuelo que no los hubiera denunciado como mortífagos.
-“Si alguna vez necesitas algo, no dudes en avisarme. A pesar de todo, sigo siendo tu madre”—y con esto, y dándole un suave beso en la mejilla a Youko, salió de la habitación.
En cuanto cerró la puerta, Youko se apoyó contra ella y se dejó caer hasta el suelo. Y escondiendo la cabeza entre sus brazos lloró por la familia que había perdido.
" Cita a medianoche "
por
Nimelen (
8:21 PM )
Dejó los documentos sobre la cama y se estiró hasta tumbarse de lado sobre la misma; había leido y releido aquellos documentos más de treinta veces desde que los recibió y se enteró de la muerte de su padre. Con la mirada perdida en el dosel de la cama, Nimelen recordó a su padre, Aiolus Silveriver un auror, de los buenos, junto con sus compañeros de trabajo rara vez que les escapaba un criminal. Pero la "racha" se les acabó el día en que Sirius Black escapó de Azkaban, aquel desalmado fue capaz de huir hasta de los dementores, nadie se sorprendería si los aurors se demostraban también incapaces de detenerle; aquello era algo que Nimelen siempre tuvo presente y se lo hizo constar a su padre en numerosas ocasiones, pero él no se amilanaba, era de familia el ser cabezota y no rendirse. Aiolus no se rendiría ni cesaría en su misión aun cuando le cambiasen de departamento, perseguiría a Black por todo el mundo mágico y el muggle, hasta darle caza y devolverlo a Azkaban; era tan cabezota, tan tenaz, tan decidido... Tan diferente a su difunta esposa.
Los pensamientos de Nimelen volaron hasta posarse en la figura de su madre; Meggara Havenworth antiguo miembro de la casa Hufflepuff había sido una mujer radiante, tranquila y amorosa, con una gran determinación pero sanas partes de calma y serenidad. Nimelen apenas recordaba gran cosa de ella, había muerto en un accidente mientras trabajaba para su sección del Ministerio de Magia: "Equipos de Reversión de Magia Accidental". Todos los recuerdos propios de la niña se reducían a una dulce y amorosa voz cantando viejas canciones de cuna, a unos ojos verdes como los suyos de mirada clara y limpia, y a la inconfundible calidez del cuerpo materno cuando la abrazaba junto con aquel tenue olor a bizcochos que siempre tenía tras estar preparandolos todo el día. Nimelen cerró los ojos intentando evocar con claridad algún momento que pasase con ella, pero todos se le escapaban de entre los dedos como si fueran agua; solo recordaba con claridad el día del funeral, cuán triste resultaba que al intentar recordar claramente a su madre lo único que podía ver era un negro ataud adentrandose en la oscuridad de la tumba.
Después de aquello, Nimelen y su padre se unieron mucho más aunque la niña siempre sospecho que era por el gran parecido que guardaba con su madre, quizas no fuese la única razón pero si una de las mas importantes. Como fuera vivieron felices los dos juntos, él le contaba cosas de su madre, de su época en Hogwarts, de su trabajo, y ella le contaba todo lo que podía por nimio que fuera ya que cada noticia que ella le daba arrancaba sonrisas del rostro de su padre; más que padre e hija eran confidentes, uña y carne. Ambos añoraban por igual a la madre de Nimelen, pero ambos habían seguido adelante apoyándose el uno en el otro y reconstruyendo lo mejor posible la felicidad familiar de los primeros años. Ahora su padre había muerto, ¿en quién se apoyaría Nimelen para seguir adelante? Estaba sola, tremendamente sola; se suponía que tenia amigos en su casa de Gryffindor pero tras la noticia de la muerte de su padre se sintió distanciada de ellos, quizás fuese simplemente su imaginación, pero aún así la soledad no se la quitaba nadie. Lo cierto es que todos se habían afectado por la noticia y quizás fuese eso lo que hacía que Nimelen los rechazara en cierto modo; las miradas de lástima de Lavender y Parvati le dolían como dagas, como si constantemiente le recordasen cual era su situación; la profesora McGonagall le había ofrecido firmarle un permiso para no ir a clase durante un tiempo, incluso le habia dicho que si queria regresase a casa aunque perdiese el curso y no se le tomaría en cuenta.
Regresar a casa, ¿a qué casa? Su padre había muerto ya no tenia casa, no tenía a donde ir, ni a quien acudir; por supuesto su padre tenía varios amigos que la conocían desde pequeña y estaba segura de que muchos estarían encantados de acogerla en sus casas. Pero ella no quería porque sabía lo que le esperaba si aceptaba aquella situación; más miradas de lástima, susurros de compasión a sus espaldas y seguramente secas paradas en las conversaciones que tratasen de su padre o algo relacionado con él cuando ella entrase en la habitación. No necesitaba aquello, no lo queria. Pero entonces ¿qué le quedaba? ¿Qué podía hacer para intentar aplacar el dolor para intentar superar la pérdida? Y entonces inmersa en aquellas preguntas durante toda la semana pasada, se le ocurrió la idea, la respuesta, la solución. Capturar a Sirius Black y vengar asi la muerte de su padre.
Podía hacerlo, claro que podía ¿acasó Harry no se había enfrentado a El-que-no-debe-ser-nombrado con solo 11 años? ¿Con un basilisco a los 12? ¿Con dementores a los 13 años? Y finalmente había ganado el Torneo de los Tres Magos con 14 años. Si él podía, ¿por qué ella no? No se necesitaba una cicatriz para enfrentarse a Sirius Black, y aunque resultase ser incapaz y muriese al menos lo habría intentado y estaría feliz porque podría volver a ver a sus padres. Sí, no tenía nada que perder y mucho que ganar fuese cual fuese el resultado; así, Nimelen recogió los documentos del trabajo de su padre y los empezó a estudiar dispuesta a seguir los pasos de su padre. De aquella decisión hacía ya cuatro días, y estaba donde empezó, tirada en la cama con pensamientos tristes en la cabeza y resignada a la perdida. Nada en aquellos papeles que le sirviera realmente, claro que, ¿qué esperaba? Si hubiese sido tan fácil detener a Black con esos documentos su padre ya lo habría logrado hacía tiempo; tenía que investigar, pero no sabía por donde empezar.
Su primer pensamiento fue hablar con los que hubiesen tenido contacto con Black, según las notas de su padre uno de los mejores para ello era la prima de Sirius Black: Narcissa Malfoy. Al parecer había sido de lo más colaboradora, no solo por la relación de "amistad" que tenía con sus padres, algo lógico siendo de familias de sangre pura, si no por su deseo de detener a Black y limpiar el nombre de su familia. Nimelen decidió hablar con ella, pero primero tenía que decidir bien qué preguntarle, estaba segura de que la señora Malfoy tenía muchas cosas que hacer y ninguna de ellas era perder su tiempo con una niñata; también pensó que era buena idea pedirle cita para charlar con antelación, asi se aseguraría de no molestarla y vería exactamente cuanta ayuda estaba dispuesta aquella mujer a darle. Una cosa era darle información a un auror y otra a una cría qu debería centrarse meramente en estudiar.
La segunda persona para hablar que se le ocurrió fue Remus Lupin, ese era fácil de localizar siendo como era su profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, el problema es que según las notas de su padre la ayuda de Lupin había sido bastante... "Escasa" por no decir nula, datos qu se contradecían con otros que su padre había reunido, reticencia a responder algunas preguntas... Su padre sospechaba que Lupin aun mantenía contacto con Black y que mantenía su amistad con él; si aquello era cierto Lupin era una mediocre ayuda a la investigación y había riesgo de que incluso la entorpeciese. Nimelen supuso que lo mejor era vigilarle estrechamente, si mantenía contacto con Black tarde o temprano se encontrarían o se mandarían lechuzas y aquella podría ser una ocasión fantástica para averiguar el paradero de Black o quizás incluso intentar capturarle.
La última persona de la lista era Harry Potter aunque no se podía esperar mucho de él, a fin de cuentas si realmente supiese algo de Black él mismo habria intentado ir a por él no en vano Black queria matarle y había matado a sus padres. Pensandolo bien resultaba algo extraño, recordaba que en tercero, cuando Black escapó y rondó por Hogwarts, Harry estaba alterado de un modo u otro. Sin embargo tras la huída de Black se calmó evidentemente hasta el punto de que no parecía importarle que ese asesino andase suelto. Quizás también era buena idea someterle a vigilancia como a Lupin, aunque no estaba del todo segura, necesitaba algo más concluyente que le instase a ello y no simples impresiones. Decidió hablar primero que nada con Harry, pero para saber exactamente su situación no podía ir de buenas, tendría que presionarle si queria que Harry cometiese un error si es que ocultaba algo, tenía que ponerle contra las cuerdas y estar a tenta a cada palabra y reacción del muchacho. Era fácil, Harry se dejaba llevar por su temperamento con facilidad, odiaba hacerle eso a un compañero de casa, pero lo necesitaba y si Harry estaba de buenas con Black no le daría la información que necesitaba asi como asi.
Tomó nuevamentelos documentos y buscó el informe de la noche en que Black huyó de Hogwarts, todo parecía normal, nada que pudiese suponer un error de Black o sus amigos, lo único "raro" es que lograse escapar con tantos miembros del Ministerio juntos en Hogwarts ya que al parecer aparte de para cazar a Black había una comitiva para sacrificar a Buckbeak, el hipogrifo de Hagrid. Nimelen recordó como había caido la noticia de la ejecución del animal en la casa de Gryffindor y todo por culpa de Malfoy, ¿por qué no le tocaría las narices a otro profesor cualquiera? A ser posible uno que no tuviese tanta relación con Gryffindor, aunque tampoco era cuestión de ir a por Snape, ¿qué tal la profesora de vuelo? ¿O Binns? Eso amenizaría las clases de este, desde luego. Nimelen sacudió la cabeza, se estaba descentrando y todo por culpa de Buckbeak aunque el pobre animal no tenía culpa de nada, menos mal que consiguió escapar... Un momento... ¿Escapar? Nimelen releyó el informe con avidez. Ahi estaba, comentado superficialmente, la huída del hipogrifo de Hagrid, pero ¿cómo? Una idea cruzó la mente de la niña, ¿y si Black había usado a Buckbeak para escapar? Eso explicaría porqué las investigaciones en medios de transporte normales habían fracasado, no necesitaba una moto o polvos flu o aparecerse en ningun sitio, ¡tenía un hipogrifo para volar donde fuese! Pero Black no pudo liberar a Buckbeak, tuvo que ser alguien que estuviese fuera ¿y quiénes estaban fuera en aquellos momentos? Hagrid y Harry. Bueno tambien estaba Hermione y alguien más pero los descartó por suponerlos de poca ayuda.
Aquello facilitaba mucho las cosas, Hagrid nunca fue bueno para callarse las cosas cuando se le presionaba aunque prefería no hacerlo, apreciaba demasiado a ese bonachón como para presionarlo asi. Primero iria a por Harry y si no resultaba tendría que ir a por Hagrid, rezó con todas sus fuerzas que Harry cayese en la trampa; haciendo un poco de tiempo revolvió nuevamente los documentos, y se sorprendió al ver la cantidad de datos incorrectos que había si es que su teoría de Buckbeak era cierta. Informaciones de haber avistado a Black en vehículos muggles poblaban los documentos, ¿qué significaba todo aquello? ¿Cómo era posible que nadie hubiese considerado que la huida de Buckbeak y la de Black tenían relación? No era posible, Kingsley, uno de los compañeros del difunto padre de Nimelen, era fantástico encontrando relaciones por nimias que fueran, ¿cómo se le pudo escapar algo asi? Al mirar las fuentes de las que provenía la información falsa una sombra de sospecha pasó por Nimelen, todas le eran dadas a Kingsley por diversos informadores que era mejor mantener en secreto... ¿Acaso Kingsley tenía algo que ver con Black? Nimelen recordó que en el verano Kingsley le había aconsejado a Aiolus que abandonase el caso y lo dejase estar, que se encargasen otros porque podía volverse muy peligroso. Tendría que hacer una llamada a Kingsley para aclarar algunas cosas.
Salió de la habitación enfurecida, la idea de que uno de los amigos de su padre fuese un traidor le hacía hervir la sangre pero aún no estaba segura, tenía que comprobarlo, de momento seguiría con su plan previsto: presionar a Harry, enviar una lechuza a la señora Malfoy para ver si le podía ayudar y vigilar estrechamente a Lupin y a Harry si era necesario. Al bajar a la Sala Común se encontró con Harry, Ron y Hermione aunque estos dos parecía que se iban.
-¿A dónde vais? -preguntó Nimelen con genuina sorpresa, había supuesto que para lidiar con Harry tendría que lidiar con Ron y Hermione a su vez.
-A la biblioteca hay un libro que necesitamos para el trabajo de Historia de la Magia, -contestó Hermione en su tono de siempre, ese que parecía decir "Soy inteligente y lo sé todo".- Se suponía que Ron iba a recogerlo pero se equivocó, y ahora tenemos que ir a devolver este y recoger el correcto. Eso si no lo ha cogido alguien de otra casa, aun.
Ron se encogió ante la mirada de reproche que le dio Hermione y la siguió afuera saludando debilmentea Nimelen; Harry y ella se quedaron solos en la Sala Común. La niña miró un momento a Harry que aún sonreía por la escena de sus amigos y dudó por un momento de saltarle a la yugular pero necesitaba la información si quería vengar a su padre; asi que en un acto digno de un Slytherin hizo de tripas corazón se cubrió lo mejor que pudo de furia (ya que el hielo a ella no le iba) y se preparó para atacar a Harry como si fuese el mismísimo Black.
-¿Qué paso con Buckbeak? -preguntó ella en un tono abrupto.
Harry la miró desconcertado, la sonrisa se había desvanecido de repente, no se esperaba esa pregunta ni ese tono.
-¿Buckbeak? Pues que consiguió escapar, en tercero ya sabes, -contestó Harry con un tono de denotaba su desconcierto.- La noche que le iban a ejecutar consiguió escapar.
-Sí, la misma noche en que Sirius Black escapó d Hogwarts. ¿Y dónde esta ahora Buckbeak? -Dijo alzando una ceja.
-Pues... No lo sé. -Harry había palidecido al oír lo de Sirius Black, ¿acaso Nimelen sabía algo sobre aquella noche?
-¿Lo tiene Hagrid? ¿Lo tiene escondido?
-No, bueno, si. No sé, solo sé que se escapó, preguntale a Hagrid... -Harry palideció aun más ante esto, lanzar a Nimelen contra Hagrid para que preguntase sobre Buckbeak era una mala idea, Hagrid acabaría cantandolo todo al menor descuido.- Bueno, no creo que él sepa nada, quiero decir, Buckbeak se escapó no solo de ser ejecutado si no también de Hogwarts. Huyó volando...
-Anda, ¿y cómo sabes que huyó volando y no corriendo? ¿Acaso tu le vistes? ¿Y lo de que se fue de Hogwarts? Quizás pudo irse al Bosque Prohibido ¿no crees? Estas bastante seguro de lo que Buckbeak hizo y dejó de hacer, ¿no será que tú le liberaste?
-No... No, yo estaba incosciente, fue antes de que Snape nos llevara al castillo. No pude ser yo.
-¿Cómo sabes el momento exacto de la huída de Buckbeak? -Presionó Nimelen aún más.
-¡No lo sé! Es decir, no sé el momento en que huyó solo lo supuse por lo que contó Hagrid, -esta vez Harry enrojeció otra vez la mandaba contra Hagrid y empezaba a enfadarse ¿qué demonios pretendía con aquellas preguntas?
-¿Entonces crees que Hagrid sabrá algo? Creo que iré a hacerle una visita, quizás si sepa dónde esta Buckbeak, me gustaría volver a verle, era muy simpático ¿verdad?
-¡Hagrid no sabe dónde esta! -Harry se empezaba a poner nervioso, tenía que evitar que Nimelen fuese donde Hagrid.
-¿Y tú que sabes? ¡Acabas de decir que Hagrid lo sabía! ¿No serás tu el que oculta algo? -Nimelen sonrió para sus adentros, lo estaba pasando fatal, odiaba pelear y Harry le caía bien pero realmente necesitaba hacerlo.
-¡¡Yo no oculto nada!! -Estalló Harry y antes de poder continuar Nimelen le cortó.
-Vale, ¿cómo esta Sirius? ¿Alguna noticia de él?
-Sigue escondido, creo que andaba por Hogsmeade. ¡Pero estabamos hablando de Buckbeak y de que...! -Harry paró en secó y su corazón también, su rostro empalideció hasta el punto de que casi podía verse a través de la piel.
Nimelen permaneció de pie, inmóvil, no esperaba conseguir información asi de relevante tan pronto aunque era precisamentelo que buscaba solo queria saber si Harry tenía contacto o no con Black. Y no solo lo tenía si no que parecía apoyarle; aquello rompía muchos esquemas, no podría volver a mirar a Harry igual que antes, para ella era un traidor no solo a ella si no a sus padres que era aún mas importante. Confraternizar con el asesino de sus padres era lo peor que podría haber hecho, porque si se hablaba con Black que traicionó a sus padres... ¿Quién decia que no se hablaba con El-que-no-debe-ser-nombrado? La idea aterrorizaba a Nimelen, vaya cuadro, el niño que vivió aliado con el-que-no-debe-ser-nombrado... Aunque quizás no se hablase con él y Black hubiese traicionado tambien a los mortífagos y ahora fuese un proscrito de ambos lados, pero aun así un traidor era un traidor y Black traicionó a los padres de Harry de la peor manera posible. Y Harry también lo había hecho.
Harry se quisó morir cuando vió la mirada de Nimelen tras recibir aquella información, ella siempre había sido una chica alegre, simpática y risueña, con mucho carácter y decisión, y aunque no eran tan amigos como con Ron y Hermione se llevaban bastante bien. Pero ahora todo aquello se venía abajo y lo estaba viendo reflejado en aquellos ojos verdes que le traladraban y le acusaban de todo. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido de decir eso? Sabía que el padre de Nimelen había sido asesinado mientras investigaba a Sirius, obviamente ella consideraba a Sirius culpable, había pensado hablar con ella y hacerle ver que Sirius era una buena persona y que era inocente, pero ahora todo se habia ido al traste. ¿Cómo iba a convencerla de la inocencia de Sirius ahora que ella le consideraba seguramente un traidor? Pero tenía que decir algo, hacer algo, tenía que haber un modo de arreglarlo...
Antes de que Harry pudiese decir nada Nimelen salió de la habitación enfurecida y dolida, al menos ya no tendría que atacar a Hagrid, pero aun así... La culpa era de Harry ¿quién le mandaba hablar tanto? Ella solo queria saber si tenia contacto con él, no si le ayudaba a ocultarse. Sacudió la cabeza deshechando esos pensamientos, cabeza fría, eso era lo que necesitaba y analizar la situación. Sabía que Sirius rondaba Hogsmeade, sabía que Harry podía localizarlo, de hecho seguramente cualquier lechuza podría, y también sabía que Harry se lo contaría a Hermione y a Ron y que tratarían de advertir a Sirius. Tenía que evitarlo, tenía que evitar que alertaran a Sirius y este se le escapase asi; se dirigió a la lechucería, una lechuza a la señora Malfoy, aún podía necesitar su ayuda y otra a Sirius, falsificar la letra de Harry era fácil se parecía mucho a la suya y cualquier lechuza bastaría no era necesario usar la de Harry. Escribió rápida pero esmeradamente una nota a la señora Malfoy explicandole brevemente su deseo de seguir con la investigación de su padre y solicitando una charla con ella para ver si le podía ampliar alguna información por nimia que fuese. Acto seguido escribió la carta para Sirius, decidió citarle para hablar con él, pero ¿dónde? Tendría que ser por la noche o Black no se arriesgaría a venir, aunque eso la pondría a ella en peligro de ser castigada, pero si capturaba a Black no importaba. Parecía que Hagrid sabía sobre Black asi que pensó buena idea citarlo cerca de la casa de Hagrid y a la vez lo suficientemente lejos para que no les viese y se metiese por medio. Acabó la carta y la releyó, obviamente no podía poner que era para Sirius Black si no queria que sospechas, seguramente Harry usaría algun nombre falso. El padre de Nimelen había sido compañero de cuarto de Black en sus años escolares y estaba al corriente de que era un animago, se transformaba en perro asi que usó algo que le pegase a un perro.
"
Querido Hocicos;
hoy he tenido una charla muy agradable con una compañera, al principio hablabamos de la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas, a ella le gustan mucho los hipogrifos ¿sabes? Está impaciente porque Hagrid vuelva a traernos alguno; el caso es que sin querer hablamos de ti y le comenté que estabas por aqui cerca. Tiene ganas de conocerte pero se parece mucho a esos tipos tan infelices que se meten contigo asi que no estoy seguro de que sea buena idea que os veais. Me gustaría contarte más sobre ella y sobre otros problemas que he tenido con la serpiente, ya sabes, esa que te molestó tanto cuando estabas en el colegio. ¿Podríamos vernos esta noche detrás de la cabaña del falso e inocente heredero?
Te estaré esperando hacia el cambio de día,
Harry"
Había tratado que la carta fuese lo menos reveladora posible y a la vez lo suficiente clara para que Black la entendiese, no se le ocurría nada más asi que la guardó en un sobre y la ató a la pata de una lechuza cualquiera, cogio la que le parecía la más común para que no llamase la atención de nadie. Escribió "Hocicos" en el sobre, rezó por haber acertado con el mote y le dijo a la lechuza a quién debía entregarla y por dónde podría encontrarle. La lechuza partió volando y Nimelen salió de la lechucería rumbo a la enfermería a por un calmante, tenía el corazón desbocado, todo estaba llendo demasiado rápido aunque contra antes pasase todo mejor. En la enfermería se encontro con Lupin y la mujer que les había estado dando charlas al principio del curso, parecía estar en coma la pobre mujer y Lupin parecía bastante abatido. Decidió dejarlo pasar y no molestar al pobre hombre, total quizás después de esa noche ya no necesitase vigilarle.
****************************************
Sirius estaba escondido en una cueva en las afueras de Hogsmeade junto con Buckbeak, sobrevivia comiendo ratas y haciendose pasar por un perro vagabundo muy educado; su compañero de huída, el hipogrifo, parecía algo molesto por la situación y no era de extrañar pudiendo estar escondidos en la mansión de los Black. Pero tenían que estar allí, Sirius necesitaba hablar con una estudiante de Hogwarts, tenía que darle un mensaje de su difunto padre a toda costa, se lo debía y Sirius nunca dejaba nada a deber. La lechuza de Harry le llegó por sorpresa, apenas había pasado un día desde su último contacto lo cual le hizo sospechar que pasaba algo malo para que su ahijado necesitase escribirle con tan poco margen de tiempo.
La carta le pareció algo extraña aunque no sabía decir el que, quizás fuese el hecho de que Harry parecía estar aprendiendo a usar el sutil arte de las indirectas. Como sea una idea estaba clara, cuando escribió esa nota Harry estaba muy alterado y nervioso y necesitaba verle aunque resultase ser una tontería; Sirius supuso que era algo asi, algun nervio por algo acaecido en el colegio y simplemente que Harry se sentía solo. Podía entenderlo y no le fallaría, Sirius estaría en el lugar convenido; además asi podría pedirle a Harry un favor personal, según recordaba Nimelen Silveriver estaba en la misma casa que Harry y tenía que hablar con ella desesperadamente.
La cita sería a la medianoche.
****************************************
Sirius fue el primero en llegar al punto convenido o al menos eso parecía, podía ser que Harry llevase puesta la capa de invisibilidad pero no podía llamarle si no queria arriesgarse asi que se limito a esperar pacientemente. La noche estaba silenciosa, de la luna quedaba apenas un resquicio que apenas iluminaba, de haber estado llena Remus habria estado encerrado en Hogwarts o quizas habría salido por ahi convertido en lobo. Durante un rato Sirius dudó si tomar su forma de perro o no, decidió que no puesto que con la oscuridad y el negro pelaje de su forma canina seguramente Harry no podría verlo y no queria sobresaltar al muchacho.
Por su parte Nimelen permaneció donde estaba, oculta entre los primeros árboles y matorrales del Bosque Prohibido observando a Black; por alguna razón no acababa de decidirse a actuar, sería porque no se acababa de creer que fuese tan fácil cumplir su venganza pero el caso es que no encontraba animos para intentar capturar a Black. Le había atraido con mentiras y ella ODIABA mentir, eso era de Slytherins no de ella; nunca logró mentir a su padre o si lo hacía al poco se derrumbaba y confesaba llorando, y asi con todo el mundo. No queria mentir ni presionar ni engañar pero tenía que hacerlo ¿verdad? Para atrapar a Black para vengar a su padre. ¿Y si era eso lo que tenía que hacer por qué cuanto más lo pensaba más falsa le parecía esa excusa? Observó con cuidado a Black, había venido tan rápido, tan confiado y buscaba a Harry con la mirada parecía deseoso de verle, realmente se había creído la carta, había creído que Harry necesitaba hablar con él... Nimelen sacudió la cabeza intentando echar fuera aquellos pensamientos, el corazón le empezaba a pesar sintoma inequívoco de la culpa que sentía burlando asi la confianza que la gente depositaba en otros. Pero Black era un asesino una mala persona... ¿Y entonces por qué había venido tan deseoso a ayudar a alguien?
La niña intentó convencerse de que era porque eran "socios" o algo asi, pero le sería más facil creer que Snape adoraba Gryffindor y que quitaba puntos y era injusto con ellos por causa de la frustación que sentia por no haber podido entrar a Gryffindor. No podía hacerlo, no podía capturarle asi, con mentiras, ¿pero entonces cómo pensaba hacerlo? Como fuera pero... No asi, asi actuaban los Slytherin y las malas personas en general, pero no un Gryffindor y mucho menos ella en particular. Con el corazón en un puño y aferrando con fuerza su varita la cual sabía que no podría usar, se levantó y salió de su escondite.
-Harry no vendrá señor Black; -dijo Nimelen con la voz quebrada, él se giró a verla sorprendido pero ella cerro los ojos para no verle.- La carta era falsa, yo se la mandé tras hacer que Harry cayese en una pequeña trampa para que me dijese si estaba en contacto o no con usted. Quería citarle aqui para detenerle y entregarle al Ministerio de Magia; lo siento. Siento haberle mentido.
Apretó más los ojos al sentir a Black moverse y aguardó el ataque, ¿cómo lo haría? ¿Tenía varita y le lanzaría un Avada Kedabra? ¿O primero le haria un Cruccio? ¿O quizás tomaría su forma canina y la despedazaría con sus colmillos y garras? El tiempo pasó y no sucedía nada, al menos ella seguía alli respirando y su corazón latía, como un caballo desbocado para más señas asi que no habia duda de que seguía viva. Aflojó los ojos y según el tiempo siguió pasando sin que ocurriese nada abrió despacio y con timidez un ojo para ver porqué no le atacaba, quizás hubiese huido... Abrió losdos ojos sorprendida a la par que la boca y se quedo sin respiración al ver que Black seguía alli, no habia huido, de hecho estaba cerca, muy cerca de ella escudriñandola con sus ojos negros en silencio.
Ninguno de los dos dijo nada, solo se miraban aunque a Nimelen cada vez le costaba más respirar, presa de un ataque de histeria ante la situación ¿por qué no la mataba de una maldita vez? ¿Por qué la miraba así? Cuando se quiso dar cuenta la mano de él estaba en su mejilla y el corazón paso de estar desbocado a pararse en seco asi como su respiración, ¿¡era una caricia?! ¿¡Acaso le estaba acariciando?! Black hizo otro movimiento que no pudo ver con claridad ya que tenía la vista fija en sus ojos pero si vio que abría la boca para hablar, seguramente para hacer un hechizo y matarla al fin. Nimelen deseo que todo acabase pronto pero el ataque de histeria y el instinto de supervivencia pudieron más, en un acto desesperado empujo a Black con todas sus fuerzas y girando sobre sus talones echó a correr... Directa al Bosque Prohibido aunque a ella eso no le importaba, solo queria huír de aquel hombre aunque no acababa de estar segura porqué.
Sirius cayó al suelo de espaldas sorprendido, la reacción de la chica le tomó desprevenido había caido en algo parecido a un trance; cuando aquella chica apareció pidiendole perdón por tenderle una trampa le pareció tan vulnerable y asustada que no pudo evitar querer acercarse a ella y tranquilizarle. Pero por el contrario ella se había asustado más y había huido, ¡directa al Bosque Prohibido! Sirius se levantó y corrió tras ella, tenía que detenerla antes de que se adentrase demasiado o se encontrase con alguno de los múltiples habitantes del bosque. De los cuales casi ninguno era muy agradable según recordaba; se transformó en perro para seguir mejor y más rapidamente el rastro de la chica.
Según corría Nimelen consiguió "tranquilizarse" y dándose cuenta de a dónde se dirigía cambio de rumbo intantando acercarse al camino hacia Hogsmeade, a sus espaldas podía oir a Black transformado en perro perseguirla. Sirius se alivió al ver que la niña variaba el rumbo dirigiendose a Hogsmeade aunque eso también resultaba peligroso, había muchos espías y malvados rondando el pueblo. Afortunadamente pudo darle alcance ya que la niña tropezó y cayó al suelo, volvió a su forma humana a tiempo de oír voces delante de ellos, alguien se acercaba, tomando a la niña en brazos y tapandole la boca como pudo, Sirius corrio a ocultarse. Eran dos hombres, vestidos con túnicas negras aunque él no se atrevía a segurar si eran mortífagos o no; miró al cielo, comenzaba a amanecer, ¿cuánto tiempo habían estado parados en la entrada del bosque? Debieron ser horas realmente; como fuese ya no podía enviar a la niña de vuelta al colegio, asi que, aun tapandole la boca la arrastró sacandola de allí. Sería mejor que se quedase con él en la cueva por hoy, ya mandaría una lechuza a Dumbledore explicandoselo para que la niña no se metiese en líos.