" Fue hace tan solo... "
por
Charlotte (
3:45 PM )
Se iba a ir de la lechucería cuando oyó un gran estrépito tras de sí. Se dio la vuelta y vio una lechuza blanca y azul que acababa de entrar por la venta y que ahora descansaba apoyada de forma descuidada contra la pared. Se acercó con pasas rápidos a ella y la miró fijamente, no fue difícil encontrar su mirada, pues en su aparatoso aterrizaje se había arrojado contra una baldas situadas bastante cerca del suelo.
Los ojos del animal parecían cansados, ni siquiera brillaban, tan sólo le miraban como si se preguntase qué iba a hacer ahora con ella. Harry pudo observar que estaba agotada, como si hubiese estado volando desde hacía muchos días. Su plumaje, al igual que sus ojos, no brillaba, y lo sabía, lo podía comparar, porque ya la había visto antes, y entonces le había parecido un gran ejemplar, majestuoso en cierto sentido, ahora, en cambio, parecía enfermo, empequeñecido posiblemente por la pérdida de plumón. Cansado. Pero creyó que no enfermo del todo. Quizás había tenido un viaje difícil.
- ¿Has tenido un viaje largo? – Le preguntó con voz suave.
La lechuza ululó muy bajo, tan bajo que el sonido sólo se oyó en su comienzo.
- ¿Quieres que te lleve con tu dueña? – Le preguntó esta vez.
El mismo sonido que antes, más suave, si eso podía ser.
La dejó en su balda y fue lo más rápido que pudo a por la jaula de Hedwig. Sabía que Charlotte Jenkins seguía en la enfermería, así que no se le ocurrió otra forma para poder llevar su lechuza hasta allí sin que Pomfrey se lo impidiese.
Hilina entró pesadamente en la jaula y se quedó apoyada contra las barras en una esquina del piso de la jaula. Luego la tapó con su capa invisible y se dirigió hacia la enfermería. A esas horas había poca gente por los pasillos, la hora de la comida estaba terminando y quien más y quien menos ya había llegado al comedor, aunque fuese con retraso. Teniendo en cuenta ese planteamiento, también Jenkins estaría comiendo, y puede que Pomfrey estuviese por allí, vigilando.
Siguió caminando.
Madame Pomfrey no parecía estar en la habitación así que entró tranquilamente y sin hacer ruido. Bastante alejada de la entrada pudo ver una cabellera rubia vuelta hacia la ventana. La bandeja de la comida descansaba sobre la silla que había a su lado, a la que ella ya no prestaba atención. Se dirigió hacia ella, cuando de pronto oyó la voz de la enfermera a sus espaldas.
- ¿Qué haces aquí?
Harry iba a darse la vuelta cuando vio que Charlotte le dirigía la mirada. Se fijó en que el chico llevaba algo en la mano, aunque desde la distancia no podía ver qué era. De repente, un ruido pareció salir de su situación, pero eso no podía ser, pues nadie se había movido un ápice, y menos que nadie el chico. Advirtió que el famoso Harry Potter la estaba mirando, y eso llamó más su atención. ¿Venía a verla a ella? Dirigió su mirada alternativamente de él a Pomfrey hasta que por fin habló:
- Ha venido a traerme unas cosas. – Le dijo calladamente a la enfermera. Ésta no parecía muy convencida. ¿Por qué Potter iba a llevarle algo a ella? – El profesor Lupin me lo comentó antes. Me dijo que iba a enviar a un alumno con unos apuntes para que les echara un vistazo. – Definitivamente Pomfrey no parecía convencida. – Por las charlas que no pude terminar de dar... – Dijo rápidamente Charlotte.
Pomfrey les miró desconfiada, pero al final pareció ceder.
- Ya sabéis lo que opino de eso, tanto salir de paseo, tanto pasar frío, cuando deberías estar descansando... y ahora, si no fuera suficiente con eso, empieza a preocuparte con problemas del trabajo... – Comentó mientras se alejaba.
Harry volvió la vista de nuevo hacia Charlotte cuando comprobó que Pomfrey se había alejado lo suficiente, y se acercó a ella desconfiado.
- ¿Es verdad? – Le preguntó interesado.
- ¿El qué? – Preguntó Charlotte intrigada.
- Lo de Lupin. – Dijo él inseguro.
- ¿Qué me enviaría a un alumno? – Preguntó ella. – No. Es mentira.
- ¿Y porqué le dijiste eso a Pomfrey?
- Porque me pareció que querías algo. Creo que traes algo contigo... que suena. – Dijo señalando la mano izquierda de Harry. – Bueno, eso me pareció oír.
Harry levantó la mano delante de él para que Madame Pomfrey no viese lo que llevaba si es que volvía a aparecer a sus espaldas.
- Creo que es tuya. – Dijo levantando con la otra mano la capa y mostrando a Charlotte la jaula con la lechuza dentro.
- ¡Hilina! – Exclamó conteniendo el volumen de su voz para no llamar la atención. - ¿Por qué la tienes tu? ¿Qué... qué le pasa? – Preguntó llevándose la mano a la boca.
- No lo sé, la acabo de encontrar en la lechucería, llegó hace pocos minutos, parecía agotada, bueno... creí que debía traértela, ya que tu no podrías subir a por ella...
Charlotte intentó no parecer inquieta y susurró como si temiese que alguien no deseado pudiese oírles:
- ¿Traía alguna nota? ¿Alguna carta?
- No, no traía nada.
Charlotte pareció más inquieta que antes, ya no podía casi aparentar tranquilidad.
- ¿Qué...? – Intentó decir Harry. ¿Qué quería que hiciera?
Oyeron salir de la nada los pasos de Pomfrey moviéndose por la enfermería, haciendo que el sentido práctico de Charlotte volviese a la superficie, apartando la inquietud a un lado.
- No puedes dejarla aquí. Madame Pomfrey no lo permitiría. Tienes que llevársela a Lupin. – Harry hizo ademán de hablar, pero Charlotte se lo impidió. – Llévasela cuanto antes, él se encargará. Luego hablaré yo con él. Y gracias. – Le dijo mientras con la mano le indicaba que se podía retirar ya.
Harry dio media vuelta y vio que Pomfrey les estaba echando miradas de vez en cuando. Se alejó tras despedirse amablemente.
______________________- ¿Y dices que te pareció que pasaba algo extraño? – Preguntó Ron apartando un montón de pergaminos de encima de la mesa.
- Bueno, la lechuza parecía tremendamente agotada, y Jenkins pareció sorprendida, no creo que la enviase a ningún sitio del que pudiese volver así, además, esperaba una carta que la lechuza no trajo consigo. – Se explicó Harry.
- Pudo perderla por el camino. – Opinó Ron. – Quizá tuvo algún problema durante el viaje.
- Quizás. – Dijo una voz que salía de detrás de una alta pila de libros. Hermione estaba haciendo el trabajo que el profesor Binns les había mandado hacía tan sólo dos horas.
- Ese “quizás” no suena muy convencido, Hermione. – Advirtió Ron intentando buscar la cabeza de la chica tras los libros.
Hermione soltó un bufido alzándose durante unos instantes para que pudiesen verla y volvió a su trabajo.
- No entiendo por qué eres tan radical con ella, ¿ves algo que nosotros no veamos? – Le preguntó Ron.
Hermione no contestó, chascó la lengua sin saber cómo expresarlo y siguió a lo suyo.
- Pues supongo que esta vez estás equivocada, Hermione. Mi hermano la conoce, ya sabes lo que nos comentó el otro día. Además, incluso le dijo a Harry que acudiese a Lupin, ¿no es cierto? – Dijo Ron dirigiéndose a su amigo.
- Sí. Y menos mal, no creo que a Hedwig le hubiese gustado encontrar su jaula ocupada cuando vuelva.
______________________Remus Lupin se encontraba sentado al borde de su cama, mirando con expresión preocupada a la lechuza blanca y azul que reposaba pesadamente sobre su escritorio. Podría haber ido a buscarle una jaula, pero no quería molestarla más, sería mejor dejarla descansar un rato, se veía que lo necesitaba.
Ahora se preguntaba qué podía hacer, llevaba ya bastante rato pensando en ello. Tenía que ir a hablar con Charlotte, ella le había mandado a Harry con su lechuza, y el chico le había contado lo que había visto. Charlotte querría saber cómo se encontraba Hilina, pero para ello tendría que dejar a la lechuza sola. Bueno, esperaba que ninguna de las dos se enfadase por dejarla sola.
Cuando llegó a la enfermería Madame Pomfrey se interpuso en su camino hablando con voz severa.
- Espero que ahora no venga a pedirle que salga al bosque a recoger muestras.
Para luego seguir su camino sin esperar contestación.
¿A qué había venido eso? Remus caminó hasta la cama de Charlotte con un expresión interrogante en la cara. ¿Pomfrey acababa de regañarle?
Ella advirtió la expresión que traía y se encontró a sí misma divertida ante ello. Con una mano le indicó que se acercase, él, intrigado por la reacción de la chica, se acercó.
- Cree que estás mandándome trabajo. – Le dijo ella en un susurro.
Remus se quedó mirándola sin mostrar ninguna reacción, en cambio ella le pareció divertido y siguió sonriendo.
Él se dejó caer pesadamente en la silla en la que se sentaba todos los días y sin cambiar de expresión se inclinó hacia ella, ahora era él el que con la mano le indicaba que se acercase.
- ¿Eso te parece gracioso? Espera a encontrarte con el thriloud que se me escapó esta mañana. – Le dijo en un susurro para luego recostarse en la silla.
Charlotte le miró fijamente, él seguía con la misma expresión en la cara. Por un momento la sonrisa de ella desapareció, pero sólo por un momento.
- A veces eres de lo más retorcido, ¿lo sabías?
Él no contestó.
- De lo más retorcido. – Murmuró ella para sí misma. – Por otro lado...
- Tengo tu lechuza. – Remus finalizó la frase.
La sonrisa desapareció del rostro de Charlotte por fin para dejar paso a la preocupación.
- ¿E... está bien? – Preguntó sin saber qué más decir.
- Está cansada, como si hubiese tenido problemas en el viaje. Pero está bien. – Le informó él.
- Gracias por quedarte con ella. – Dijo Charlotte reclinándose contra el dosel de la cama, luego, volviéndose para mirarle, continuó. – Pomfrey no me habría dejado tenerla aquí y parecía demasiado enferma como para dejarla en la lechucería. Cuando puedas, agradécele a Harry el haberse preocupado. – Charlotte le sonrió. – No tenía por qué...
- Harry es así, lo hubiese hecho por cualquiera, o por casi cualquiera. – Comentó Remus. – Peor... ¿Cómo sabía que era tu lechuza?
- Me vio cuando mandé mi última carta.
- ¿Esperabas respuesta?
- ¿Cómo? – Preguntó ella un tanto alarmada.
- Harry me comentó que la recordaba bien porque la había visto irse hace bastante semanas, a los pocos días de empezar el curso, y que desde entonces no la había vuelto a ver por la lechucería, que lo sabía porque una lechuza así no pasaba desapercibida. Eso me hace suponer que el viaje del que vuelve es al que tu la enviaste. – Concluyó Remus. Charlotte no dijo nada. – Dime, ¿esperabas respuesta?
- Por lo visto no. – Repuso ella tras suspirar de forma pesada. - ¿Me estás interrogando? – Preguntó con aire ofendido.
Remus negó con la cabeza.
- No. Sólo te he hecho una pregunta. – “Que parece que no quieres contestar.” Se dijo a sí mismo.
Charlotte dejó de mirarle y buscó un nuevo objetivo en el que posar la vista y la atención. Hacía sólo cuatro días que su relación había cambiado. Desde el fin de semana seguían yendo a pasear por las tarde, seguían compartiendo el tiempo juntos, y a cada día que pasaba ese tiempo que pasaban juntos se hacía más ameno, los silencios eran más cortos y las conversaciones más extensas. Hablaban de cosas triviales, nunca de algo importante, porque ella nunca sacaba esas conversaciones y cuando él lo hacía, siempre obtenía la misma respuesta de ella, silencio, como una forma sistemática de castigarle. Eso, en cierto sentido, servía para indicarle el camino a las respuestas, o quizá mejor, a las preguntas, a las preguntas que él no sabía formular. Seguía queriendo ayudarla y tenía que aprender cómo hacerlo. Eso le hacía sentirse en cierto modo útil, en cierto modo menos culpable. Su mente le decía que las cosas nunca volverían a ser como antes, y por mucho que le doliese, prefería estar con ella como amigo que no estar con ella y saber que le odiaba.
Pero, ¿podría estar con ella como amigo? ¿Ella le admitiría como amigo?
No sabía si lo de los últimos días significaba algo, pero no lo estropearía haciendo preguntas de ningún tipo. En estos momentos ella parecía necesitar estar con alguien, alejarse de la soledad, y sin pretender ser un oportunista, él la apoyaría, no la dejaría sola, esta vez no.
Cuando se encontraba a solas se preguntaba si ella no estaría sólo acudiendo a él porque no había nadie más, si ella lo hacía instintivamente y si cuando se diese cuenta de sus actos se alejaría de él. Intentaba no pensar en eso.
Ella seguía sin mirarle.
“Bueno,”- se dijo para sí. – “parece que por hoy se ha terminado la función.”
Dándose una leve palmada en las rodillas se levantó tranquilamente.
- Bueno, te veo mañana. – Le dijo. Pero ella no contestó. Siguió sin mirarle.
Así que él se dio media vuelta para alejarse. Justo cuando hacía su primer movimiento oyó su voy a sus espaldas.
- ¿De verdad se te escapó un thriloud? – Preguntó ella con un deje de preocupación en la voz.
Girándose levemente dijo:
- Yo que tu mantendría la varita a mano. – Y sonrió, lo suficiente para que ella lo advirtiera. Y se alejó.
Ella también sonrió, pero como sonríen aquellos que quieren creer que una de las cosas que más repelús les da no está removiéndose a pocos metros de sus pies.
Con la sonrisa de él todavía en sus ojos volvió la vista hacia la ventana, fuera estaba oscuro, aunque aún no era tarde. Pasaron los minutos y aunque mirase a través del cristal se dio cuenta de que lo que en realidad veía era su sonrisa, sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos, intentó decirse que era lo normal, estaba sola en un lugar más extraño de lo que podía haber supuesto en un principio, y era normal que buscase compañía. Sí, era normal.
Agradecía que él se comportase a veces como si las cosas fueran de lo más simples, agradecía sus bromas, como las que antes le hacía...
”Antes te dejó, estúpida. Las palabras sonaron en su cabeza. Se estaba adormeciendo. Habría jurado que las había dicho ella.
" Tres Veces "
por
Saffron (
6:32 PM )
Sería una exageración decir que Saffron no durmió nada aquella noche. Lo cierto es que estaba muy nerviosa, pero dormir ocho horas era para ella casi tan importante que fantasear con Severus. Casi más importante.
Lo cierto es que durmió perfectamente. Soñó con algo alegre, pero si le hubieran pagado para que contara en qué había consistido el sueño, no habría podido contestar. Suponía que había tenido algo que ver con su profesor de pociones, y con pasar todo el día en Hogsmeade con el. En fin, eso ahora no importaba. Ella se había levantado una hora antes de lo acostumbrado. Era obvio: tenía que bañarse, depilarse, peinarse, elegir cuidadosamente su ropa, pintarse las uñas, hacer rabiar a Ein, y unas cuantas cosas más, que en ese momento no recordaba.
Jo, que nervios.
Severus Snape también estaba nervioso, y no por las mismas razones que ella. Aun se estaba preguntando como demonios se las había arreglado ella para conseguir sacarle la promesa de que irían a Hogsmeade. El, que siempre conseguía escaquearse de aquella responsabilidad. Tener que acompañar a cinco cursos de estudiantes atolondrados, que solo buscaban empacharse de golosinas lo más rápido posible y equiparse de un cargamento de artículos de broma que les durase hasta la próxima visita al pueblo. Francamente insoportable. Aquella tarea estaba a cargo de McGonagall y Flitwick, aunque Severus sospechaba que para ellos no era una carga muy pesada. Y ahora, de repente, se veía en la obligación de pasar todo un día en Hogsmeade con Saffron. ¿Qué demonios iba a hacer todo el día con ella?
En realidad, podría haberle dicho que no. ¿Pero donde iba a quedar su honor si el iba rompiendo las promesas que le hacía a una chiquilla?
De todas maneras, nada de lo que el hubiera pensado le habría preparado para aquello. Subió la torre Ravenclaw intentando ignorar los gritos excitados de sus alumnos y con infinita paciencia llamó a la puerta de la habitación de Saffron.
Nunca nunca nunca habría estado preparado para aquello.
- OHHH! BUENOS DÍAS!!!- ella le abrió la puerta y gritó. Y se echó a reír. Justo lo que se temía: ella estaba completamente nerviosa y alocada.
Suspiró imperceptiblemente y achicó los ojos. Y entonces la vio. Casi se atraganta. Parecía que Saffron se hubiera vestido dos veces.
Llevaba un pantalón. Con una falda encima.
Y una blusa. Con otra camiseta encima.
Todo ello combinando el color rosa y el azul. En varios tonos. Snape se quedó sin palabras. ¿Cómo iba a pasear por Hogsmeade con alguien que iba vestido así? Dios, a su lado la muchacha destacaba como una farola en medio de la oscuridad.
- No Ein, cariño, tu no puedes venir con nosotros- Saffron acarició a su gato, que pareció levemente molesto. Se incorporó de nuevo y le dio una gran sonrisa a Severus. Entonces, cogió un gorro de lana, se lo puso, y dijo- ¿Nos vamos?
Severus cerró los ojos con fuerza. Por Salazar, el gorro era rosa. RO-SA. Iba a ser un día muy, muy largo.
Durante todo el camino a Hogsmeade ella no paró de parlotear excitada. Le contaba anécdotas de cuando ella era estudiante y esperaba aquel día con ilusión. De cómo Guenolee y ella habían quedado con dos chicos mayores cuando estaban en cuarto; de cómo Rufus había hecho una apuesta con los de su curso, prometiendo entrar en la Casa de los Gritos, y después había simulado que se rompía una pierna para evitarlo. Severus no decía nada, ni una palabra, limitándose a mirar por la ventanilla con expresión fastidiada.
De todos modos, podría haberle dicho que se callara. Y también hubiera podido decirle que se sentara frente a el, y no a su lado.
Pero hubiera sido algo maleducado, ¿no?
- Umm... ¿Dónde quieres que vayamos?- fue lo primero que preguntó Saffron cuando llegaron al pueblo.
Severus se sorprendió. ¡El no quería ir a ningún sitio! Si estaba allí, era por ella. Con gusto el hubiera pasado el día en sus habitaciones, leyendo o haciendo cualquier cosa que le hubiera venido en gana. Pero no iba a pasar todo el día lamentándose. Estaba allí, y ya no tenía remedio. Se encogió de hombros levemente ante la pregunta.
- ¿Te parece bien que paseemos?- preguntó ella de nuevo, con una sonrisa y aproximándose a el- No hace muy mal día, ¿no crees?
Severus miró el cielo por primera vez. Lucía un débil sol y corría poco viento, pero aun así hacía fresco. ¿Acaso ella no quería pasear? ¿No era eso para lo que habían venido? Pasearían entonces. Se pusieron a caminar lentamente, siguiendo al resto de estudiantes que se dirigían hacia la calle principal de Hogsmeade, en medio de risas y bromas.
Pero pronto se dio cuenta Severus de una cosa: que caminar junto a una muchacha vestida de colores pastel por medio de la calle principal de aquel pueblucho de mala muerte no era algo agradable. En absoluto. Y mas cuando cientos de sus alumnos estaban observándole, dándose codazos unos a otros y riéndose indiscretamente cada vez que el pasaba cerca.
- Saffron...- el la llamó en voz baja.
Ella se volvió, sonriéndole, con las mejillas sonrojadas por el frío y los labios rojos. Y Severus, por primera vez aquel día, pensó que ella era bonita. El mismo pensamiento le golpeó, bajando desde su cabeza al estómago, sorprendiéndole. Sacudió la cabeza, como para liberarse de el, y entrecerró los ojos.
- ¿Si?- dijo ella, ladeando la cabeza de una manera muy graciosa.
Severus carraspeó, y murmuró en voz baja.
- Vayámonos de aquí- y haciendo un gesto imperceptible con la cabeza, añadió- Hay demasiada gente.
Y tiró levemente de su brazo. Saffron abrió tanto los ojos que creyó que se había convertido en un búho. “Oh dios” pensó “Oh dios, dios. ¡Quiere que nos vayamos a un sitio apartado! Los dos solos!”. Estaba tan emocionada que hubiera llorado.
Severus la arrastró imperceptiblemente, su mano sobre su brazo, tirando de ella, llevándola hasta, hasta...
Otra calle. Otra simple calle. Lateral, con menos gente, pero una calle, al fin y al cabo. Saffron sintió como su pecho se desinflaba por la desilusión. Pero que idiota, que estúpida era. ¿Qué demonios había esperado? ¿Qué Severus se revelara como un amante genial y la arrastrara hacia una de aquellas sórdidas casas? Haber leído toda aquella porquería romántica con catorce años le estaba pasando factura.
- ¿No querías pasear?- preguntó el, mirándola fijamente, ella clavada con expresión ausente en medio de la calle.
Saffron suspiró con fuerza, y asintió. Volvió a situarse a su lado, comenzando los dos de nuevo a pasear. A cada paso, Saffron rozaba su brazo contra el suyo, deliberadamente; un roce continuo, suave pero firme. Si Severus se dio cuenta o le molestaba, ella nunca lo supo, pues el no dijo nada.
Siguieron caminando, el en silencio, ella hablando sin parar. No era precisamente la idea que tenía Severus de pasar un sábado agradable, y sin embargo... De repente, Saffron se paró ante el escaparate de una tienda ropa, dejando escapar un “Oh, que bonito!”, completamente emocionada. El enarcó una ceja y la miró susceptiblemente. Ella no pensaría entrar a mirar ropa, ¿verdad? Pero cuando quiso mirarla de nuevo ella ya había desaparecido.
- Vamos, Severus!!- llamó ella, ya dentro de la tienda mientras sujetaba la puerta, haciendo gestos apremiantes.
El la miró con un gesto completamente aborrecido, pero no tuvo más remedio que entrar. Saffron ya estaba dando vueltas excitada, mirando vestidos, pantalones y camisetas. Pronto se acercó a ella la dependienta, una mujer de mediana edad entrada en carnes que aun creía que tenía veinticinco años. Le dio una sonrisa falsa a Saffron, mientras no le quitaba el ojo a Severus, y a la vez se ajustaba las gafas de concha y se acomodaba el pelo teñido de rubio.
- ¿Puedo ayudarla?
- Oh, si, por favor- dijo Saffron alegremente- me gustaría probarme ese vestido de ahí.
La mujer volvió a sonreír afectadamente, y enseguida le trajo el vestido, indicándole donde estaban los probadores.
- Ahora salgo- le dijo Saffron a Severus, quizás temiendo que el se fuera sin ella. El se limitó a asentir irritado.
Y al cabo de unos minutos, salió ella. Llevaba puesto un vestido negro, entallado y con un generoso escote. Quizás demasiado generoso. Severus sintió como si el estómago se le hiciera un nudo, y la sensación le puso de mal humor.
- Tachaaaaaan!!- ella dio una vuelta sobre si misma, y sonrió.
- Oh, le queda perfecto! – la mujer palmoteó y gritó con su voz chillona. Saffron le sonrió educadamente, pero Severus pudo ver asombrado como había una mueca de disgusto en sus ojos.
Quizás Saffron no era tan absolutamente complaciente como algunos creían.
- ¿Qué te parece? – Ella de nuevo estaba sonriendo, y le preguntaba a el concretamente.- Es muy bonito, pero... no se... es que negro...¿No crees que el negro es aburrido?
Severus arqueó tanto la ceja que Saffron creyó que se saldría de su cara. Lo miró, y se sonrojó levemente.
- Emmm... mejor olvídalo...
- De todos modos, lo tenemos en otros colores- la mujer les sonrió a ambos, mientras asentía con fuerza.
Esta vez la mirada que le dirigió Saffron fue algo más que molesta. Pero la mujer no pareció darse cuenta.
- Bueno...- Saffron siguió, decidida a ignorar a la mujer.- pero... ¿qué piensas? ¿Crees que el escote es demasiado bajo?
Y lo miró fijamente, la expresión seria. Severus tragó saliva con fuerza. No podía ser que ella estuviera pidiendo su consejo en algo tan trivial como la ropa. Para que negarlo, el vestido le sentaba muy bien. Y lo cierto era que el escote llamaba la atención. Mucho. Una incómoda sensación de calor se instaló en su pecho. Saffron le sonrió levemente, expectante, y el no se había sentido más incómodo en toda su vida. Carraspeó ligeramente, buscando algo que decir; abriendo la boca para decir algo, cualquier cosa, mientras ella tenía la bonita mirada azul clavada en el.
- Oh, no no no. Las chicas jóvenes no deben ser remilgadas en ese aspecto- la mujer dio una escandalosa risa afectada.
Saffron sintió deseos de matarla con sus propias manos. Un momento perfecto, un asomo de (casi) intimidad entre Severus y ella y aquella mujer idiota lo había mandado al carajo. Volvió a mirar a Severus, que había cerrado la boca, y con expresión hosca simplemente se limitó a encogerse de hombros.
Si, la mataría.
- ¿Podría enseñarme los otros colores?- Saffron le dio una sonrisa falsa a la mujer.
Quizás ella no lo había notado, pero Severus se dio cuenta del rictus de enfado en su boca, imperceptible. Las dos mujeres se alejaron hacia el otro extremo de la tienda, mientras el miraba irritado hacia la calle, a través del escaparate. Con tan mala fortuna que lo hizo justo cuando dos alumnas pasaban por delante. Las dos chicas lo miraron descreídamente, y después prorrumpieron en carcajadas, marchándose corriendo.
Severus solo pudo cerrar los ojos con fuerza, intentando controlar su ira interior.
- También lo tenemos en verde pistacho y en rojo- dijo la mujer mientras enseñaba los dientes a través de la sonrisa, mostrándole a Saffron los vestidos. Saffron asintió. De repente, la mujer la miró fijamente, y continuó hablando, esta vez en tono confidencial- Perdone que le pregunte pero... ¿No es usted Saffron Bahn? ¿La hija del diseñador? La he visto en algunas revistas y...
De repente, toda la confianza de Saffron se fue al traste. Solo pudo dar una sonrisa tímida y asentir. Odiaba aquello. Afortunadamente, solían dejarla bastante en paz, pero de vez en cuando aparecía alguien que la reconocía. Cuando esto ocurría, toda su seguridad se desvanecía y se convertía en una chiquilla tímida que no sabía que decir.
- ¡Oh!- la mujer gritó emocionada- ¡Lo sabia! Me sonaba su cara desde que ha entrado y por fin he caído... sus padres tienen mucho talento y...- la mujer continuó dándole coba durante un buen rato, mientras Saffron sonreía forzadamente- ¿Sabe? Tengo un hijo de su edad, muy guapo, y muy buen muchacho, podría darle su numero de chimenea y podrían quedar algún día para comer...
Saffron abrió los ojos con horror. ¿QUÉ? ¿Aquella mujer estaba tratando de endosarle a su hijo soltero? Si no pensaba algo con rapidez se veía en una cita a ciegas con un paleto de pueblo antes de que pasara un mes. Tragó saliva con fuerza, mientras su mente trabajaba más rápido que nunca.
- No... verá... es que yo...- Saffron le dio una sonrisa nerviosa. Miró donde se encontraba Severus, demasiado alejado como para oírlas. Quizás... era una idea alocada y muy inconveniente, pero... bajó la voz aun más.- Yo... yo ya....
E hizo un gesto con la cabeza hacia Severus. Rogó al cielo que la mujer entendiera el mensaje, y que Severus no hubiera oído nada.
- Oh- la mujer la miró sorprendida. Miró a Severus, y volvió a mirarla aun mas sorprendida.- Ya… ya comprendo...
Saffron dio una sonrisa tímida. Eligió el vestido verde, mientras volvía al vestidor a cambiarse de ropa. Estaba deseando salir de aquella tienda.
- Es una chica encantadora- la mujer hizo que Severus se sobresaltara. No la había esperado tan cerca. Severus la miró impasible- Muy bonita, su novia.
Severus casi se atragantó, mientras un agradable cosquilleo se extendía por su estómago y sus extremidades. La miró con seriedad y fijeza, notando como la mujer se ponía nerviosa.
- No es mi novia- dijo secamente, intentando acallar toda duda.
La mujer lo miró con seriedad, sin comprender. De repente, un brillo de entendimiento surgió en sus ojos, y Severus temió.
- Ah, ya... claro... ya lo entiendo...- y rió de nuevo, mientras sacudía el pelo teñido en todas direcciones. Y le guiñó un ojo.
A el.
Le había guiñado un ojo. Severus la miró tan fijamente, que la mujer se retiró presurosa, murmurando que tenía que envolver el vestido. Bufó.
“Su novia”.
Y el calor no desaparecía.
Saffron salió rápidamente del probador. Estaba sonrojada, y rehuyó la mirada de Severus. De repente, Severus se encontró preguntándose si ella les había oído. No sabía que Saffron se preguntaba lo mismo. Salieron de la tienda rápidamente, casi huyendo.
Caminaron unos pasos. Saffron ya no hablaba y había fijado la mirada en el suelo, con expresión preocupada y ausente. La voz untuosa de Severus la sacó de sus pensamientos.
- ¿Dónde vas?
- No se- confesó ella apurada.
Se quedó parada, en medio de la calle, mirándole. El hizo un gesto con la cabeza, apartándose el pelo sin tocarse la cara y no pudo menos que mirarlo embelesada. No entendía como, porqué aquel hombre oscuro y extraño la atraía de aquella manera tan absoluta. Era algo que escapaba a su entendimiento, pero cada vez que el la miraba, le hablaba o la rozaba, ella simplemente, se derretía. Sobre todo cuando la rozaba. Sintió la mirada de el clavada en ella, mirándola como si fuera idiota, y Saffron bajó la vista, avergonzada.
- ¿No vamos a ir a comer?- su voz sonó como cuando indicaba a sus alumnos algo tan obvio que no merecía la pena decirlo en voz alta. Realmente, no había querido sonar tan déspota. Se ablandó. Un poco, cuando ella asintió. El asintió también, y de nuevo comenzaron a caminar.
Y de nuevo, la voz de Severus se dejó oír. Arrastrando las palabras, fastidiado.
- ¿Dónde cree que va, Señorita Bahn?
- Eh...- Saffron lo miró un segundo, sus ojos negros achicados, y se sintió confundida.- Pues a Las Tres Escobas, ¿no? ¿No has dicho que íbamos a comer?
El volvió a mirarla y se sintió incomodado. ¿Es que acaso cada vez que le hablaba tenía que hacerlo como si ella tuviera cinco años? Ella ya era una mujer adulta.
Una mujer.
Un momento.
No. Ella era su alumna. Y sus alumnas eran niñas. Y, siguiendo una sencillísima regla de tres, Saffron también era una niña. Eso era. Una niña, como cualquier otra. Y sin embargo, considerarla como una “niña” le hacía sentirse incómodo. Un conjunto de sensaciones y pensamientos encontrados que bullían bajo su piel.
- Yo nunca como en Las Tres Escobas.- dijo el, esta vez mas suavemente, pero con la seguridad de quien dice algo obvio. Saffron abrió la boca, sorprendida, y solo dejó escapar un “Ahh”.
El comenzó a caminar, en sentido contrario al que ella se dirigía. Estaba bien. Comerían donde el quisiera, a ella no le importaba. Mientras estuvieran juntos...
“JETHRO, EL ENCANTADOR”
Saffron enarcó una ceja cuando vio el cartel. El bufó y le lanzó una mirada impaciente mientras ella llegaba lentamente hasta el pub. Parecía... parecía... pequeño. Y oscuro. Y muy del estilo de Severus. Saffron sintió un escalofrío por su espalda. Pero que tonta era. El no la llevaría a ningún sitio peligroso. Le rozó con suavidad cuando entraron, sonriéndole. De repente, el la agarró por el brazo, tirando de su cuerpo hacia el suyo.
- Espera- dijo el, su boca pegada a su oreja. Lo miró, viendo con sorpresa como la mirada de el se oscurecía, mientras toda la sangre de su cuerpo se agolpaba en sus mejillas. La voz de Severus vaciló casi imperceptiblemente- Hace años que no vengo. No se que se moverá por aquí. No te separes.
Ella negó con la cabeza tan rápidamente que casi se mareó. ¿Qué tenían que estar las próximas horas cogidos del brazo? No había problema. Ella no iba a quejarse. Pronto se dio cuenta que el local no era tan sórdido como parecía. Había algunos ancianos, sentados por separado, y un par de chicas que los miraron con curiosidad durante unos dos segundos, para después volver a ahogarse en risitas. A Saffron le recordó a Guenolee y ella misma. Aunque con peor sentido del gusto estético, todo había que decirlo.
De ese modo, se sentaron en una mesa, apartados de todos los demás. No podía evitarlo, estaba nerviosa. Era la primera vez que comía a solas con el. ¿Cómo no iba a estarlo? Enseguida vino un muchacho a atenderles. Permanecieron en silencio mientras miraban la escasa carta.
- ¿Aun no sabes lo que vas a pedir?- murmuró el irritado, cuando ya había pedido y el muchacho esperaba pacientemente que se decidiera.
- Emmm... si... no, espera... umm... tomaré sopa de puerros y cordero asado.
El había pedido haggish. Ella odiaba el haggish, pero a el parecía gustarle. Otro dato más sobre Severus Snape para guardar. Lo miró de reojo, sin decir una palabra, mientras esperaban a que llegara su comida. El parecía pasar del enfado a la suavidad en cuestión de segundos y continuamente, y eso ella no lo entendía. El la trataba como una cría, y un minuto mas tarde pasaba su mano por su brazo, haciendo que su interior se encendiera como una bombilla. Quien lo entendiera, que lo comprase. Y ahí no acababa todo. El parecía estar ligeramente (solo ligeramente) mas suelto, menos irritado desde que habían estado en aquella tienda. ¿Y si la había oído? ¿Y si el simplemente la trataba así por conveniencia? Saffron estaba hecha un mar de dudas.
Le sorprendió que el iniciara una conversación. Una simple pregunta sobre una complicada poción, pero formulada en un tono conciliador, que hizo que ella se animara de nuevo. Se enfrascaron en una acalorada conversación acerca de los usos de las raíces en las pociones antiguas. Ella lo miró, con una expresión tierna en los labios mientras comían. No era la conversación que ella hubiera elegido para cita, pero no iba a quejarse. De todos modos, aquello no era exactamente una cita. El no hubiera pisado Hogsmeade si ella hubiera podido salir sola. Pero, aun así, estaban allí, estaban comiendo juntos y hablando. Puede que el no fuera la persona mas agradable del mundo, pero ella se sentía extrañamente cómoda con el. Y aunque su tono de voz fuera hosco o irritado, aunque de vez en cuando sus miradas fueran descreídas, ella sabía que si el hubiera estado realmente incómodo, habrían vuelto enseguida a Hogwarts.
- Y entonces, con una infusión de gingseng...- el paró automáticamente de hablar cuando ella soltó una sonora carcajada. La miró interrogante, aun sabiendo hacia donde se dirigía ella. Hacia un terreno muy resbaladizo.
- Oh... nada... es solo que, bueno, el gingseng... ya sabes...- y volvió a dar una risita sofocada. – Todos esos efectos secundarios...
No. No podía estar hablando de aquello. Ella le sonrió con una sonrisa totalmente nueva. Y por segunda vez aquel día, Severus Snape pensó que Saffron Bahn era una muchacha bastante bonita. Y que, de repente, el cuello de la chaqueta parecía estar muy apretado. Carraspeó ligeramente antes de hablar.
- Desde luego, son conocidas sus propiedades excitantes, muy utilizadas en pociones afrodisíacas...
Intentó mantener un tono de voz neutro, pero parecía realmente difícil de conseguir si ella continuaba mirándolo de aquella manera.
- Aja...- ella lo miró fijamente. No importaba que el calor creciese en su estómago. Curvó los labios, en un gesto deliberadamente seductor- Excitante...y... ¿Es cierto?
El asintió violentamente. Por Salazar, eran dos personas adultas, podían hablar de esas cosas sin sonrojarse ni soltar risitas.
- Por supuesto. Sus propiedades han sido comprobadas- sintió como su estómago se endurecía y el calor en su cuerpo aumentaba. Pero solo ver la gran sonrisa que se dibujaba en la cara de ella le instó a seguir, hablando algo atropelladamente.- Han sido comprobadas por magos respetados. Pero, por supuesto, lo que nos interesa a nosotros son sus propiedades conjuntadas con otras plantas.
- Por supuesto- asintió ella levemente.
Pero la gran sonrisa curvada no desapareció de su cara durante toda la comida. Ni siquiera cuando el comenzó una aburrida disertación sobre la diferencia de medidas según el tipo de planta, en un intento desesperado de olvidarse de aquella conocida tirantez que atenazaba su estómago.
Respiró aliviado cuando ella se marchó al cuarto de baño al finalizar la comida. Sentía calor. Mucho calor. Y una sensación mezclada de incomodidad y frustración. Y a la vez, un cosquilleo agradable por todo el cuerpo. Muy, pero que muy agradable. No sabía que era lo que había ocurrido exactamente en la última media hora, pero lo que era indiscutible es que se le estaba yendo de las manos.
Y eso le enfurecía y hacía que vibrara su estómago a partes iguales. Digamos que el estómago vibraba un poco más que el enfado.
Estaba sumido en estos pensamientos cuando el muchacho que les había atendido se acercó hasta el.
- Señor.- Severus levantó su mirada impasible hasta el, y el muchacho tembló ligeramente.- Su hija me ha encargado que le diga que no tomará postre.
Fue como si hubieran abierto un pozo en medio del estómago de Severus Snape.
- No es mi hija- y le dio tal mirada que el muchacho tragó saliva con dificultad. Se limitó a asentir vigorosamente y marcharse rápidamente, dejando la cuenta sobre la mesa. Y no volvería hasta que se hubieran ido.
De repente, Severus estaba enfadado. Un enfado idiota, estúpido e irracional, como eran todos sus enfados.
“Su hija”
Se sintió levemente deprimido. El no era tan mayor. No podría ser el padre de Saffron. Bien, quizás técnicamente, si pudiera ser su padre. Pero era algo descabellado. Ella era una adulta, no era una... niña. Entrecerró los ojos, irritado consigo mismo. Si el mismo no se ponía de acuerdo en considerarla una mujer o una niña, no podía culpar a los demás de no poder hacerlo.
Era culpa de ella, desde luego. Jugaba con la ambigüedad. Una risa infantil ahora y un segundo mas tarde una mirada de mujer experimentada. Nadie podía culparle a el.
Y ella volvió, sonriendo de aquella manera que hacía que el vello se le erizase bajo la camisa, aun en contra de su voluntad.
“Su hija”.
Por el amor de dios. No era su hija. No lo era.
Salieron a la calle, y ella tiritó de manera inconsciente, por la diferencia de temperatura. Se acercó a él, de manera suave y dulce, como si estuviera envuelta en algodones.
- Muchas gracias- dijo con una sonrisa. El enarcó una ceja, interrogante, y ella continuó hablando. – Por invitarme a comer. Ha sido muy amable por tu parte.
Se encogió de hombros, impasible. No había sido amable, había sido lo correcto. Saffron sonrió, y le apretó el brazo por encima de la chaqueta en un gesto amistoso.
Severus dio un respingo involuntario, y ella se sorprendió. Y un segundo mas tarde, podía ver como la sombra del miedo cruzaba los ojos de ella.
- Oh, perdóname- ella hablaba ahora en voz baja, realmente compungida- No lo recordaba... ¿te duele?
El no respondió, la mirada totalmente neutra. Quizás, precisamente por eso le sorprendió que ella rozara sus dedos contra los suyos, entrelazándolos durante un segundo solamente.
- Lo siento- susurró ella contra su oído, peligrosamente cerca, su nariz rozando su mandíbula.
Tan solo un segundo mas tarde, ella estaba separada de el nuevamente, mirándolo con aquella sonrisa enigmática y echándose a reír.
- Severus... esto no te va a gustar nada...
El temió lo peor.
- Verás… es que quedé con Guenolee... En Las Tras Escobas. Pero te prometo de verdad que yo no sabía que no te gustaba el sitio. Pero es que hace tanto que no la veo... ¡casi dos meses!
Dejó escapar un suspiro imperceptible. Gracias a dios que solo sería un día lo que estarían allí. Se encaminaron hacia el pub. mas famoso de todo Hogsmeade (y por ende, el mas abarrotado), una mas contenta que el otro. Pero Severus no sabía a lo que tendría que enfrentarse hasta que llegó al pub.
Los grititos excitados de las dos amigas cuando se vieron no era algo para lo que cualquiera estuviese preparado, y mucho menos el profesor de pociones de Hogwarts. Después de un cuarto de hora intercambiando unos cuantos “Oh, ¡Estás guapísima!” “¿Qué te has hecho en el pelo?” “Esa camisa es preciosa” y “Tengo muchísimas cosas que contarte” se sentaron en la única mesa libre en la que cabían.
- ¿Y esta quien es?- preguntó Saffron sonriendo a una niña rubia de unos ocho años que se sentó muy seria en una parte del sofá.
- Oh- y con este simple “oh” Guenolee dejó escapar una expresión de terrible fastidio- Es Daisy Ann, la hija de mi hermano Ivor. Mi cuñada acaba de traer un hijo al mundo y me ha pedido que la quitara de en medio. No he tenido más remedio que traérmela.
- Vaya. Hola Daisy Ann, yo soy Saffron- le dio una sonrisa dulce, y la niña sonrió a su vez, cruzando las piernas de una manera totalmente repipi.- y este es el profesor Snape. Te dará clases dentro de unos años.
La niña clavó sus ojos en el profesor, y sus pupilas se dilataron. Daisy Ann lo encontraba fascinante: era tan oscuro, y tan feo... y no hablaba nada, mientras su tía y su amiga reían escandalosamente, poniéndola en ridículo, por mucho que ella intentara mantener la elegancia.
Severus Snape estaba empezando a ponerse nervioso y esa era una sensación que odiaba con todas sus fuerzas. Saffron y Guenolee parecían haberse olvidado de el, mientras hablaban sobre los últimos cotilleos, mientras que aquella niña no hacía otra cosa que mirarlo fijamente. Muy fijamente. Sentía sus ojillos acuosos seguir hasta el mas nimio movimiento que el hacía. Además, había comenzado a balancear las piernas. Y el odiaba que balancearan las piernas.
- Vaya por dios, esto está a tope- Guenolee dejó escapar un suspiro mientras miraba a su alrededor del atestado pub.- Mejor será que Saffron y yo vayamos a pedir a la barra. ¿Qué es lo que tomará, profesor?
- Un té...
- Solo, sin azúcar.- Saffron terminó la frase por el y le sonrió, sin darse cuenta de que seis pares de ojos la observaban fijamente- ¿Y algo de comer?
Severus negó con la cabeza, y las dos muchachas se fueron hacia la barra, aun mas atestada, donde Madame Rosmerta parecía haber desaparecido engullida por la muchedumbre.
- Eso ha sido monísimo- dijo Guenolee con una sonrisa pícara.
- ¿El que?- Saffron preguntó inocentemente.
- Oh, vamos, no te hagas la tonta. Hasta el se ha dado cuenta. Saber exactamente lo que toma...
- No es demasiado difícil. Es lo único que toma. Y siempre igual...- de repente, la voz de Saffron pareció quebrarse. Miró hacia la mesa, ya alejada. No, desde allí no las podía escuchar, y mucho menos con aquel ruido. – Tengo que contarte una cosa...
Guenolee abrió los ojos excitada. Un secreto! Adoraba los secretos! Y mas si eran de su mejor amiga. Y mas su mejor amiga se estaba sonrojando profundamente. Aquello prometía. La instó a hablar rápidamente.
- Pues... veras... el jueves de la semana pasada Julius se quedó a dormir conmigo y...
- Alaaaa, que guarra eres... a dormir, si claro...
Saffron abrió desmesuradamente los ojos y apretó el brazo de su amiga para que se callase.
- Sigo. El caso es que fue esa noche y nunca, nunca mas. No, en serio. Créeme. Todo se ha acabado definitivamente. Y bueno, en realidad eso no tiene mucho que ver con lo que de verdad quería contarte pero el caso es que... – Saffron sentía cada vez mas calor, y era incapaz de contar nada rápidamente, para desesperación de su amiga.- En fin, que el viernes, Severus y yo discutimos, y yo me porté como una estúpida, así que fui después a su despacho a pedirle perdón, y entonces... entonceslebesé.
Dijo las últimas palabras muy rápidamente y en voz baja, mirando al suelo, completamente acalorada. Guenolee abrió la boca. Y la cerró. Y volvió a abrirla. Y volvió a cerrarla. Y volvió a abrirla. Y gritó.
- TUUU... tu eres una zorra!!!
- Shiishh, por dios, Nolee, calla....
- ¡El viernes pasado! ¡Hace mas de una semana! Y no fuiste capaz de llamarme, de mandarme una nota, ¡NADA! Por merlín, Saffron ¿te das cuenta de lo que me estas contando? ¿Te das cuenta? Que te vas a dar cuenta... cuéntamelo, AHORA; TODO. Absolutamente todo. ¿Respondió al beso? ¿estuvo bien? ¿No te dio asco? ¿Vomitaste después?
- Pues... si, respondió al beso- Saffron se sonrojó, mientras Guenolee ponía los ojos en blanco.- Y fue un beso muy bonito...
- ¿Pero le metiste la lengua o no? Que eso es importante. Y por dios, ¿llegasteis a algo más? O solo os quedasteis en el beso bonito...
- No, no pasó nada más. Es mas, no hemos hablado de eso. Como si no hubiera pasado nada.
Saffron pareció ligeramente abatida. Guenolee la miró divertida, y miró a su vez a Snape, que por lo que podía adivinar, estaría tratando de no degollar a su sobrina con un machete oxidado. Sonrió perversamente.
- Mira, nena, a eso se le llama negación. Y no conozco a nadie más reprimido que Snape, así que tendrás que echarle paciencia.
De repente, Saffron sonrió en dirección a la mesa. Guenolee también miró, y vio la mirada irritada de Snape fija en ellas, seguramente estaría suplicando su vuelta a la mesa o una muerte lenta y dolorosa a cambio de eliminar a aquel incordio de niña.
- Te lo juro, Saffron. Solo por un momento, me encantaría ver a Snape con tus ojos.- miró a su amiga con curiosidad, intentando entenderla. - ¿Lo ves guapo?
- No, tonta- Saffron se rió suavemente- Claro que se que no es guapo, y que no tiene buen cuerpo. Ni siquiera es agradable. Pero a mi me gusta- Se encogió de hombros, y se abrazó a su amiga, simulando que lloraba- Jooo, es que me gusta mucho, Nolee, de verdad que me gusta mucho... y ni siquiera se como acercarme a el. El me ve como.. como una cría. Su alumna de pociones, simplemente. Y eso es muy frustrante. Paso todo el día con el, pero no hay manera de hacer que ceda, aunque solo sea un poquito. Parece inmune a mis encantos.
Ambas chicas rieron. Severus las vio reír, desde lejos, las vio abrazarse, y como Saffron lloraba tan solo un minuto antes. ¿Ella lloraba? Sintió un pinchazo de desazón en el vientre. Y por otro lado, estaba aquella niña. Aquella insoportable niña.
No paraba de moverse. Parecía que tuviera siete brazos y ocho piernas. Y lo que era aun más desesperante, no paraba de mirarlo, fijamente. Hiciera lo que hiciera, se moviera hacia donde se moviera, sus ojos estaban clavados sobre el.
- ¿Puedes dejar de moverte de una maldita vez?- dijo con la voz perfectamente calma, en su tono mas terrorífico. Cualquiera de sus alumnos habría huido despavorido. Pero aquella niña no. Dejó momentáneamente de moverse, de balancear sus piernecitas.
- Mamá dice que “maldita” es una palabra que no debe decirse- y sonrió afectadamente.
Severus achicó sus ojos, y pensó que había llegado el momento de probar a intentar cortarse las venas con el canto romo de aquella mesa.
Quizás tardaría un poco, pero habría puesto fin a aquella pesadilla.
- Sabes, Saffron... sigo pensando que deberías presentarte en camisón una noche en su habitación. Si aceptó un beso quizás acepte algo más. Al fin y al cabo, y debajo de toda esa ropa es solo un tío. Y ya sabes como piensan los tíos...
Saffron asintió, con la sonrisa ligeramente triste. Y de repente, la vio, justo a menos de un metro de donde estaban ellas. Guenolee desvió también su mirada, para ver quien era.
- ¿Quién esa?
- Laia Walrras... pff, una. Slytherin. Es un poco idiota. Solo he hablado con ella un par de veces con ella, pero siempre se ha comportado como una estúpida engreída.
- Wow. ¿Y quien es el?
- Umm... Steve Jameson. También de Slytherin. Solo he hablado una vez con el, pero parece agradable. ¿Por qué? ¿Te gusta?- Nolee asintió. Saffron rió levemente- ¿No crees que es un poco joven para ti?
Guenolee alzó una ceja descreídamente.
- ¿No crees que eres demasiado joven para “Severus”?
Saffron bufó.
- Por supuesto que no. Es diferente.
Su mirada se encontró entonces con la de Laia, pero la apartó enseguida. Sin embargo, Guenolee siguió mirándola de manera hosca. Una vez que había visto a un chico que le gustaba, cualquier fémina a su alrededor sobraba. Llamó la atención de Nolee, su mano sobre su brazo.
- Oye... esa sobrina tuya parece un poco incordio- ambas miraron hacia la mesa. La niña se había cambiado de sofá, y ahora estaba sentada junto a un atormentado Severus. Por un momento, Saffron temió que le lanzara alguna maldición imperdonable.
- Uff, ni te lo imaginas. Ha salido a la familia de su madre. Es absolutamente insoportable, repipi y marisabidilla. Ya ves tú, con ese nombre... y no te puedes hacer una idea de cómo quiere mi cuñada llamar a mi nuevo sobrino: Bruno. ¡Bruno! ¿Qué clase de nombre es ese?
Ambas chicas rieron. Unos minutos mas tarde, por fin fueron atendidas y diez minutos mas tarde, estaban de vuelta a la mesa con todos sus pedidos.
- Tu, niña, deja ese asiento libre. Siéntate aquí que te tenga controlada. – Guenolee arrastró a su sobrina hacia el sofá que ocupaban ellas dos, dejando que Saffron se sentara al lado del profesor Snape.
Daisy Ann miró a Saffron con seriedad, sentándose frente a ella y al lado del profesor silencioso.
- ¿Porqué Saffron puede tomar batido de chocolate y menta y tarta de tiramisú y yo no?- la vocecilla impertinente provocó una oleada de impulsos homicidas reprimidos.
- Porque Saffron es mayor y tu no. Y porque la próxima vez que se queje de que no le entra alguna de esas preciosas faldas que tiene podré recordarle este momento para gozo personal.
No era justo. Desde luego que no lo era. Ya tenía ocho años, y aun seguían obligándola a tomarse un vaso de leche como si fuera una patética cría de cinco . Y además, Saffron podía sentarse al lado de aquel hombre fascinante, mientras que ella tenía que sentarse con su insoportable tía. Desde luego que no lo era.
- Ahhhhh!!! Me has dado una patada!!
- Lo siento- dijo la niña. Pero no parecía sentirlo en absoluto.
Saffron miró con odio a aquella pequeñaja, mientras se frotaba la dolorida espinilla. Y además, no le gustaba un pelo como miraba a Severus. Estuvo tentada de rodear el cuello de el con sus brazos y decir “miomiomio”.
Pero eso hubiera sido terriblemente infantil, ¿verdad?
De repente, una diminuta lechuza dejó caer una nota doblada sobre el regazo de Guenolee.
- Ohhh, mierda!- Guenolee miró la nota con evidente fastidio. Daisy Ann parecía que tenía algo que decir sobre la palabra “mierda” pero nadie la escuchó.- Saffron cariño, tengo que irme urgentemente para el curro. ¿Podrías hacerme un favor titánico? ¿Podrías quedarte con la niña hasta mañana? Profesor, ¿cree que Dumbledore tendrá alguna queja? Es que tengo que salir pitando si no quiero que me echen y metan a alguna quinceañera buenorra cualquiera en mi maravilloso puesto de trabajo.
Snape negó con la cabeza, y Saffron aseguró que no le importaba quedarse con Daisy Ann. Guenolee y Saffron se achucharon y después la chica morena se fue rápidamente.
Así que habían quedado ellos tres. Saffron sonrió, pero el ambiente estaba demasiado tenso.
- Saffron...- la mirada de la niña no le gustaba nada, pero aun así sonrió levemente.- ¿Tu no tienes novio? ¿Con lo mayor que eres?
“Maldita niña puñetera”. Saffron ahogó su rabia cerrando el puño con fuerza. No miró a Severus, porque sabía que se sonrojaría, pero sentía la mirada de el fija en su cara. Se estaba enrojeciendo de todos modos.
- Pues no. Ahora mismo... ejem... no, no tengo… ejem… novio.
- ¿Y no te gusta nadie?- la mirada perversa de la niña pasaba de Severus a ella intermitentemente, arqueando la ceja con inusitada maestría para su edad.
“Una zorra precoz” pensó Saffron.
- Umm... Daisy Ann... esas son cosas de mayores...- y de repente, se le ocurrió una idea genial- ¿Qué te parece si cuando termines el vaso de leche te llevamos a Honeydukes?
Algo le decía que las niñas eran menos preguntonas rodeadas de golosinas. La idea fue acogida con alegría por parte de la insoportable cría, que se tomó lo que le quedaba de leche de un trago.
Así que, se pusieron en marcha. Cuando se dirigieron a la salida del local ya prácticamente no quedaba nadie. Laia, como por arte de magia, había desaparecido, dejando solo a Jameson, que ahora parecía sumido en sus pensamientos. Saffron se despidió de él educadamente y salió del bar.
Pronto comprobó Saffron que Daisy Ann tenía la irritante manía de ponerse entre Severus y ella cuando andaban. Y encima tenía la desfachatez de darle la mano a ella. Sentía ganas de abofetearla. Por fortuna, un gesto de Severus le hizo saber que el pensaba lo mismo. Un gesto mínimo, una mueca casi, pero la seguridad de saber que compartían aquello, aunque fuera nimio, la llenó de alegría, y fue capaz de soportar el resto de la tarde en Honeydukes con relativa estoicidad.
Y por fin, llegó la hora de marcharse. Daisy Ann se quejaba de que tenía sueño y ella misma estaba agotada. Además, el cielo se había cubierto, parando el viento y aumentando la presión. Lo mas probable era que el domingo amaneciera lluvioso.
La primera en subir al carruaje fue Daisy Ann. Después Saffron. Y cuando Severus metió la cabeza para subir, se encontró con que cada una de ellas se había sentado en un asiento, viéndose el obligado a elegir acompañante de viaje. Sentarse con aquella niña era francamente insoportable, pero sentarse con Saffron significaba con seguridad que volviera a renacer aquel conocido nudo en su estómago (que se había deshecho del todo apenas hacia media hora) y volver a sentir el cosquilleo por sus músculos.
Solo dudó un segundo.
Saffron lo recibió con una sonrisa cansada, pero radiante. El se hundió en el asiento, al lado del cuerpo de ella. Curiosamente, ya no le resultaba un cuerpo tan extraño. Era suave y blando, y sorprendentemente adaptable.
- Estoy muerta... Pero ha sido un gran día...
Ella le sonrió con infinita dulzura, y se recostó ligeramente sobre el. Muy ligeramente, que aunque el no dijera nada, tampoco era cuestión de abusar. Cerró momentáneamente los ojos, y se sintió muy feliz.
Severus la miró ligeramente. Ella casi se estaba quedando dormida encima suya, y a el no le importaba lo mas mínimo. Como tampoco le importaba el cosquilleo recorriendo su cuerpo.
Y, por tercera vez aquel día, Severus Snape pensó que ella era chica realmente bonita.
Y que olía inusitadamente bien.
Y que, después de todo, no había sido un día tan malo.
" Peor imposible "
por
Laia (
10:59 PM )
Nos veremos en Hogsmeade. Había dicho Lucius Malfoy.
El carruaje bajaba la última de las pendientes que conducían al pueblo de los magos y Laia miraba absorta los paisajes que se sucedían ante ella. No concebía un día entero en Hogsmeade sin saber que hacer. Y el hecho de saber que se encontraría con Lucius Malfoy no la tranquilizaba en absoluto. Más bien le entraba el pánico. Quizás se quedaría sentada en Las Tres Escobas durante toda la excursión, ocultando su cuerpo en algún rincón oscuro, rezando para que no la encontrara.
Porque desde que vio que Lucius Malfoy era capaz de acercarse a ella y besarla, sentía una especie de vértigo impresionante. ¿Cómo demonios se había hecho realidad ese sueño que llevaba persiguiendo desde pequeña? Ahora que tenía a Lucius Malfoy más cerca que nunca le entraba el miedo, como una vulgar cobarde.
Llegaron a Hogsmeade más pronto de lo que Laia hubiera deseado. Al bajar a la explanada se sintió desagradablemente expuesta, como si la estuvieran espiando. Por fortuna tenía cosas que hacer, como reunirse con Draco para organizar los grupos e informar de la hora de vuelta a los carruajes.
Cómo odiaba eso. No le gustaba nada ser prefecta. Ahora mismo le gustaría que hubiera conseguido el cargo su amigo Steve…
Oh vaya, ese si que era un problema. Stephen Jameson, el amigo perfecto… Hasta el miércoles en el que lo besó, cuando la amistad se fue a la mierda, al menos momentáneamente.
¿Cómo podía un pequeño error cambiar tantas cosas? Ella lo había besado por capricho, para calmar un poco su necesidad de estar con Lucius Malfoy, pero no había reparado en que a Jameson… quizás le gustaba un poco más de lo que ella creía. Había conseguido pasar el jueves y el viernes evitándolo discretamente. Pero ¡ah! Ahora estaban en Hogsmeade y Laia no tenía la excusa de estar terriblemente ocupada. Tarde o temprano él se acercaría a ella dispuesto a aclarar las cosas.
Apretó a andar con paso firme hasta que una voz la llamó. Se giró molesta y vio acercarse a Jameson en la lejanía. Parecía que el chico por fin se había decidido a decirle algo, cosa que a Laia no le ilusionó en absoluto. Adoptó un rictus de fastidio que tuvo que disimular cuando él ya estaba a poca distancia. Desde hacía dos días la observaba y hacía acercamientos para hablar, pero las miradas hostiles de Laia –había pasado dos días enfadada con el mundo- le habían echado atrás.
La sonrió nervioso, seguramente procurando no ser muy pesado.
- Laia oye… perdona si parezco inoportuno… -observó a dos alumnos de Slytherin de tercer curso que estaban con ella, seguramente preguntándole alguna calle-, pero tenemos que hablar.
Laia entrecerró los ojos debido al sol y le miró de reojo. Jameson no iba a hablarle, iba a rogarle, que no era lo mismo.
El hecho que su único amigo se hubiera enamorado de ella había sido una mala jugada.
- Comamos juntos en Las Tres Escobas ¿eh?
Jameson le pasó una mano cariñosamente por el brazo, mientras le susurraba cuidadosamente las palabras. Laia hizo un amago de retirarlo pero lo reprimió a tiempo. Como amigo no le molestaba que hiciera eso, pero a la mínima que esos roces significaran otra cosa, las alarmas del cerebro de Laia se disparaban.
Laia bajó la cabeza y mirando al suelo dijo, con voz vacilante:
- Ya… Bueno vale –no pudo ver la sonrisa de Jameson- pero antes deja que vaya a hacer unas compras.
- Claro… ¡Por supuesto! Yo también tengo que hacer unas cuantas compras. Nos vemos al mediodía en Las Tres Escobas pues. ¿Seguro eh?
Jameson frunció el entrecejo, aún sin saber si podía confiar en que Laia se presentara. Ésta ya estaba subiendo la cuesta en dirección al pueblo.
- Qué si hombre.
Empezó a andar rápido, mirando continuamente de un lado para otro. Recorrería todo el pueblo si era necesario, pero se mantendría visible hasta que Lucius la encontrara.
Al cabo de dos horas estaba sentada en un banco y con muy mala leche.
Menuda mierda de día. No solo no encontraba a Lucius sino que en media hora tenía que estar en Las Tres Escobas escuchando una charla de Jameson de la que no sabría como huir.
Qué situación más delicada.
Se levantó perezosamente y miró su reloj. Eran las doce y media del mediodía. Cruzó la calle principal del pueblo y se dirigió a Las tres escobas.
Las tres escobas era un pub-restaurante bastante cochambroso, al menos desde el punto de vista de Laia. Y no era nada discreto. Allí iban a parar casi todos los visitantes que venían al pueblo. Y Madame Rosmerta… No tenía nada contra ella, pero quizás si algo contra su vestuario. Era…
Pobre.
Miserable.
Al cruzar la puerta ya pudo vislumbrar a Jameson sentado en una mesa, levantando la mano para señalar a Laia donde se encontraba. Cruzó el pub y se acercó a él, sentándose de espaldas a la puerta. Le sonrió forzadamente, mientras pensaba.
“Mierda, no he pensado nada que decirle” Suspiró con fuerza. Madre mía, que nerviosa estaba. Miro a la barra y observó a Rosmerta y a uno de sus horribles trajes moverse de un lado para otro. Jameson carraspeó y Laia fijó la vista en él.
- ¿Quieres un poco?
Jameson la sonrió mientras le cedía su plato, una deliciosa tarta de chocolate y mouse de nata. Laia tomó su tenedor y se llevó un trozo a la boca, mientras notaba la mirada de Jameson clavada en ella. De repente, ella abrió los ojos sorprendida.
- Esta un poco caliente ¿No?
Intentaba mostrar una cara neutral mientras su lengua era carbonizada por algo que parecía haber prendido fuego. Jameson rió.
- Es la nueva receta de Rosmerta. Tarta de chocolate caliente. No creas, es bueno. Lo que pasa es que si no estás acostumbrado puedes quedarte sin paladar.
Laia miró fijamente la tarta, pensando en si esa idea de invitarla a esa tarta en estado de ignición era una especie de venganza. Lo descartó, Jameson era un buenazo, aunque un poco suicida escogiendo platos.
Preguntó asombrada.
- ¿Y porque no se deshace el chocolate?
Un momento, un momento. ¿Estaba ELLA iniciando un diálogo de besugos?
Jameson tomó el tenedor de las manos de Laia y pilló otro trozo de tarta.
- Magia, supongo.
Laia asintió, cerrando los ojos y sintiéndose completamente estúpida. Se retiró un poco hacia atrás mientras observaba a Jameson comiéndose el resto de la tarta. La expresión de él había cambiado por completo, y Laia supo que el joven estaba pensando en como encaminar la conversación. Decidió darle todo el tiempo que deseara, ella no tenía ningún interés en afrontar la situación.
Levantó la vista descuidadamente a la barra y de repente sus pensamientos se disiparon. Había dos muchachas en la barra que la miraban fijamente. Si. Y una de ellas la conocía.
Saffron Bahn.
Saffron Bahn y una extraña la estaban mirando, y ella las había pillado. ¿Desde cuando la observaban? Laia no lo sabía, pero vio que la mirada de Bahn caía lentamente y volvía a fijarse en un menú que permanecía apoyado en un barril de cerveza. Su amiga, en cambió, siguió mirándola unos segundos más, manteniéndole la mirada. Hasta que Bahn le dirigió la palabra y la chica tuvo que desviar la mirada.
Laia respiró hondo y frunció el entrecejo. ¿Qué demonios…? ¿De dónde habían salido? Empezó a buscar alguna mesa donde pudieran estar sentadas. De repente se fijó en la última mesa del bar, la que siempre permanecía a oscuras, totalmente alejada de los grandes ventanales. De espaldas a ellas se encontraba una figura inconfundible.
Severus Snape.
Y supo al momento que era ahí donde se sentaba Bahn.
Snape no parecía moverse en absoluto, y Laia dedujo que estaba francamente incómodo.
“Cómo no iba a estar incómodo, con esa chica de colorines que tiene como alumna…” Sonrió sarcásticamente, saboreando la incomodidad del jefe de su casa, cuando de repente asomó una cosa amarilla de delante de Snape. Una cabecita de una niña que estaba sentada ante él. Una cría de unos ocho o nueve años que miraba a su profesor fijamente, mientras se revolvía en su asiento. Aún sin parar de moverse, los ojos de la niña permanecían inamovibles observando al profesor.
- Bueno…
La voz de Jameson la sacó de su ensimismamiento. Le miró rapidamente, aún con la expresión de asombro en su rostro.
Él hizo un amago de sonrisa, pero le salió una expresión melancólica y triste. Se recostó en la silla de madera y la volvió a mirar. Ella se apoyó en la mesa y se dispuso a escucharle. Por fortuna esas dos mironas ya estaban en su mesa, aunque la amiga de Bahn estaba sentada en dirección a ella y eso no le resultaba agradable.
- Más vale no darle muchas vueltas al asunto y decirlo a la primera ¿No crees? –A Laia esa pregunta repentina le pilló sorprendida, pero asintió rápidamente.
- No se… -movió su jarra de un lado a otro antes de beber- no se que te ocurrió el miércoles, en serio. No te reconocí aunque… reconozco que soñé eso muchas veces.
Bebió de la jarra, intentando así pasar menos vergüenza.
Laia se quedó en la misma posición, sin poder reaccionar. Era la declaración más extraña que jamás le habían dicho, y aunque no lo reconociera, también la más bonita. Le miró pensativa, intentando salir del embrollo dignamente sin estropear la situación.
¿Pero cómo demonios se hacía eso? Laia no sabía lo que era el tacto. Por fortuna, Jameson siguió.
- ¿Estas enamorada de alguien con ojos grises?
Laia abrió los ojos sorprendida. Jameson continuó.
- El miércoles te sorprendiste porque me dijiste que yo tenía los ojos grises. Yo también me sorprendí –otra vez esa sonrisa triste- los tengo castaños.
- Oh –Laia se hizo la desconcertada- vaya… -Laia se sentía abochornada. Qué fácil le había sido meter la pata. Ella, que siempre era tan cuidadosa con las palabras.
Hizo una mueca y miró fijamente la mesa, mientras intentaba salir del embrollo sin herir a Jameson. Al menos no mucho. Qué incómoda se sentía, por favor.
- Steve… -Jameson levantó la mirada y la observó, Laia inspiró con fuerza- me siento muy alagada, de verdad. Siento mucho haberme aprovechado de ti. Es que yo el miércoles estaba muy rara y… -se encogió de hombros sin dejar de mirar la mesa, odiándose a si misma por llevar tan mal la situación-… ¿Me disculpas? Ahora mismo vuelvo.
No podía creerse lo que estaba haciendo. ¿Había salido del pub y había dejado plantado –otra vez- a Jameson? Se encontró andando con rapidez por la calle principal con el pulso acelerado, metiéndose por callejuelas y callejones sin pensar siquiera a donde se dirigía.
¿Qué demonios le pasaba? ¿Tan difícil era rechazar a alguien? No, Laia sabía bien lo que ocurría. Era una inútil si se trataba de abrir su corazón y de ser sincera con alguien. Si, le era completamente imposible mostrarle a Jameson una sonrisa franca y apoyarle como amiga que era. Es más, le daba vergüenza. Si, vergüenza por acabar resultando una cursi. Pero ¿Cómo saldría del embrollo dignamente sin resultar ridícula?
Empezó a bufar exasperada, mientras sus propios pensamientos la agobiaban, cuando una mano enguantada le cerró la boca con fuerza y una sombra la arrastró con rapidez, llevándola a un oscuro rincón. Laia empezó a gemir, intentando soltarse, pero cuando tocó esas manos y reconoció los guantes, se calmó. Se relajó, procurando regularizar su respiración. Las manos dejaron de apretarla, pero seguían tapándole la boca.
Lucius permanecía detrás suyo, a una prudente distancia, aunque no podía evitar rozarle el cuerpo con su capa. Entonces, él se inclinó hacia ella y le susurró, con su natural voz ronca y arrastrada, mientras bajaba sus manos y recorría con ellas su cuello y sus hombros.
- Caminando tan rápido es difícil pillarte.
Laia notó como la cabeza se le iba un poco. El cálido aliento de él rebotaba en su cuello, y ella aún estaba alterada por lo acontecido en el pub. Sin duda, Lucius era un medicamento demasiado fuerte para ella, en ese momento.
Al no recibir ninguna contestación, Lucius se acercó más a Laia, aunque seguía sin siquiera rozarla. Siguió hablando.
- Aunque reconozco que no fui muy explícito en la carta. No puse hora y lugar. Razones de seguridad, tu ya me entiendes.
Laia asintió lentamente, mientras le observaba de reojo. Él empezó a recorrer los brazos de ella con fuerza, hasta que al llegar al final de los antebrazos, se los agarró con fuerza. Ella boqueó sorprendida mientras él se acercaba otra vez a su oreja. Laia soltó un gemido ronco al notar otra vez su aliento haciéndole cosquillas, ésta vez en la sien. Bajó la cabeza y entrecerró los ojos.
- Estaba un poco inquieto.
Seguía agarrándole los brazos, pero su cuerpo se mantenía desesperadamente apartado del de ella.
- Por eso quería felicitarte… personalmente.
Laia se echó repentinamente hacia atrás inconscientemente, buscando un contacto físico con el cuerpo de Lucius. Su espalda chocó con su pecho y Lucius soltó un bufido. Siguió hablando, aunque Laia pudo notar que terminó la frase con un casi imperceptible y mal disimulado jadeo.
- Y como has demostrado ser tan… tan leal... y como ya puedo considerarte la persona de más confianza que tengo en Hogwarts…
Laia sintió como vacilaba, mientras oía como revolvía algo en su capa. Luego continuó.
- ...Puedo entregarte esto.
De repente, la mano de Lucius apareció ante su pecho con un papelito. Lentamente lo introdujo por dentro de su túnica, buscando el bolsillo interior de la misma. Cuando rozó su pecho, Laia suspiró sorprendida y se echó más hacia atrás, apoyando la cabeza en el pecho del hombre. Pero quizás no debía haberlo hecho, pues en el mismo momento que reposó la cabeza contra él, éste sacó su mano enguantada del interior de sus ropas y se alejó de ella, como si hubiera sufrido un chispazo.
Ella perdió un poco el equilibrio y se giró despacio, temiendo caerse. Ese maldito hombre la dejaba sin fuerzas.
Ahí estaba, en la penumbra, observándola con sus ojos grises, que en esos momentos parecían febriles. Adoptó otra vez su posición habitual y habló.
- Léete eso que te he dado, pero en un lugar privado. Es un escrito de Jenkins que interceptamos hace un tiempo. Acabamos de liberar su lechuza… no queremos que sospeche que ha sido interceptada. Quizás incluso se crea que el animal ha perdido su nota. Por desgracia, Jenkins ya debía olerse que podía ocurrir eso, y ha escrito el mensaje en clave.
Se acercó a ella mientras se sacaba uno de los guantes.
- Tu estás cerca de Jenkins. Intenta descifrar la nota. Recuerda que ahora confío plenamente en ti –le dijo, mientras le recorría el rostro con sus dedos-.
Laia entreabrió la boca y sintió que flotaba en una nube. Asintió despacio mientras observaba como Lucius se adentraba en la oscuridad del pasaje, convirtiéndose en una sombra.
Estuvo ahí de pie durante varios minutos, intentando recomponerse. Luego salió de la estrecha callejuela y empezó a recorrer la calle principal. Las manos le temblaban mientras comprobaba que la nota seguía en su sitio. Caminaba ya por la ancha calle principal de Hogsmeade cuando un golpe seco en su frente la hizo volver hacia atrás, cayéndose inevitablemente contra el pavimento. Levantó la vista y vio una farola flotando ante ella.
Se levantó con pesadez, mirando fijamente y con odio la contundente farola de hierro forjado, mientras algunos alumnos se reían disimuladamente a su alrededor. Laia volvió a comprobar que seguía llevando la nota y siguió andando. De repente.
“¡Jameson!" El rostro del joven le apareció en la mente con tanta rapidez que se detuvo y todo. Se tapó la boca con la mano.
¡Se había olvidado de él!
Apretó a correr y llegó a Las tres escobas a los pocos minutos. Estaba empezando a refrescar y el cielo estaba plomizo. Las hojas secas eran arrastradas por el suelo debido al fresco viento. Todo era premonitoriamente desolador. Abrió la puerta y entró.
No solamente había desaparecido Jameson, todo el local estaba vacío ahora. Solo Rosmerta secando un vaso permanecía en la estancia.
- ¿Quieres algo niña?
Laia la miró confusa.
- N… No, gracias.
Cerró la puerta y se quedó fuera. Sintió un desagradable escalofrío. La temperatura estaba bajando vertiginosamente.
Y aún quedaban varias horas para volver a Hogwarts. Se dirigió a uno de los bancos de la calle principal y cayó pesadamente sobre el, mirando fijamente una hoja seca que daba vueltas ante ella.
" Soulmates Never Die "
por
Charlotte (
3:59 PM )
Incluso en la enfermería se podía percibir el aire de excitación que se extendía pro todo el colegio. Algunos niños habían entrado en la habitación para que la enfermera Pomfrey pusiese remedio a alguna que otra broma de mal gusto de la que a última hora habían sido objetivo. Lo revolucionaban todo, unos quejándose por su nariz dos veces más grande de lo normal, otros inquietos porque si no se daban prisa se perderían la visita a Hogsmeade, el resto quejándose porque ellos aún no podían ir de excursión y alguno más, responsable de las famosas narices dos veces más grandes, que se reían entrecortadamente desde el pasillo, echando nerviosas miradas al interior que aumentaban sus risas al comprobar que todavía nadie había conseguido poner fin a su broma.
Era divertido, la escena, el ambiente que lo cubría todo, los visitantes ocasionales de ese lugar casi siempre vacío... pero a Charlotte todo eso la irritaba, le levantaba dolor de cabeza, podía sentir el golpe de un pequeño martillo chocando con un pesado yunque en ambas sienes, tenía que salir de allí, dar un paseo, respirar el aire frío del otoño, porque si no lo hacía ahora, luego sería tarde y la apatía la cubriría por completo incluso para poder removerse en la cama.
Se incorporó, se apoyó contra la almohada, y se arregló el pelo con las manos, no podía verse en ningún espejo, pero sabía que tenía todo el cabello revuelto y con enredones.
Con cierta excitación empezó a preparar su plan para salir de allí ese día. Bill le había dicho que volvía de nuevo al trabajo, que aprovecharía que ese Sábado era la visita a Hogsmeade para acompañar a su hermano Ron y desde allí acercarse a casa de sus padres antes de volver el Lunes al trabajo. Convencería a Bill, y con su ayuda convencerían a Pomfrey de que la dejase salir a despedirse al patio del colegio. Bueno, no era un gran plan, más bien era infantil y simple a más no poder, pero tampoco era mucho a lo que ella aspiraba... desde que estaba allí la trataban como si fuera un raro jarrón de porcelana, como si cualquier movimiento que pudiese hacer la fuese a devolver al estado comatoso en el que había llegado allí, y claro, nadie quería eso, ella tampoco lo quería, pero tampoco quería convertirse en un vegetal arropado cuidadosamente con mantas.
Entonces Bill entró en la enfermería. Con una sonrisa en la boca se acercó sin decir nada. Ya estaba vestido para salir de viaje, probablemente todo estaba preparado para que se fuese. Antes de que él dijese nada, Charlotte le miró con una mueca de dolor y le dijo rápidamente:
- Tenemos que conseguir que Pomfrey me deje salir de aquí.
- ¿Quieres ir a Hogsmeade? – Preguntó Bill divertido.
- Creo que eso sería imposible, me conformaría con salir a dar un paseo antes de que te fueses. La idea de que me lleguen a confundir con las sábanas me está empezando a disgustar.
- Supongo que podríamos conseguirlo. – Dijo él guiñándole un ojo y alejándose en dirección a Pomfrey.
_________¡Vaya! ¡Estaba caminando! Bill y ella se alejaban en esos momentos de su habitación, de la habitación que había ocupado hasta que se había “mudado” a la enfermería de manera permanente. Charlotte se había empeñado en ir a su habitación para ponerse otra ropa, fuera haría frío y ya estaba harta de vestir siempre igual. Ahora, de la que recorrían los pasillos, se preguntaba qué quería demostrar haciendo eso, quería actuar posiblemente como si nada hubiese ocurrido, como si quisiese demostrar a todos que estaba preparada para volver a asumir su papel de adulta y responsable del que últimamente se veía más y más alejada. Vestida con ropa limpia, caminando con Bill, se preguntó si no sería que quería actuar como si más cosas no hubiesen ocurrido nunca, como si aún siguiese en el colegio y de verdad se fuese a Hogsmeade, y así dejar de preocuparse de no verse en ese papel de adulta, y así dejar de preocuparse por todo y no sentir remordimientos por ello.
Entonces se dio cuenta de que en ese caso no hubiese escogido esa ropa, mentalmente recordó su aspecto en el espejo, una de dos, o pretendía pasar desapercibida entre los árboles, o había decidido parecerse a una lechuga gigante. Iba completamente vestida de verde, lo que en otro momento no le hubiese importado, pero que en ese instante pareció tener la mayor importancia del mundo. Hacía que caminase con la esperanza de no encontrarse con nadie.
- ¿Qué ocurre? – Preguntó Bill.
- Nada. – Respondió ella.
No iba tan mal vestida, además, ella siempre se había tenido por una chica con gusto, y le gustaba ir conjuntada, ahora lo iba ¿no?. Eso le hizo gracia, le hizo gracia estar preocupada por una tontería semejante en vez de por lo que normalmente ocupaba su cabeza y la angustiaba por completo, y se sintió más pequeña, y más feliz, y entonces comenzó a reírse ligeramente, una risa casi imperceptible que ella sabía que por momentos se iba a convertir en uno de esos ataques de risa que antes le daban tan a menudo.
Que Bill se lo comentase al instante no ayudó a que dejase de reírse, y casi sin darse cuenta se vieron caminando por los pasillos, riéndose sin parar, como cualquiera de los alumnos que podrían encontrase a su paso.
Hablando y riéndose, Charlotte agradeció la brisa fría en su rostro al salir del exterior. Pudo tomar aire y así relajarse un poco, le dolía el cuerpo de tanto reírse, todos sus músculos se relajaron al instante, incluso su cerebro, sólo respiraba con tranquilidad mientras Bill hablaba a su lado.
Podrían haber estado allí sentados durante horas, hablando, riendo, todo en su cabeza había desaparecido, todo excepto lo que Bill le recordaba, y era precisamente aquello lo que ella quería recordar, porque ya había pasado y ahora se tornaba más deseable, más feliz, mejor.
Le estaba agradecida, estaba feliz porque él hubiese venido al colegio y por estar con ella, por alejarla de todas las preocupaciones, por hacerla retroceder en el tiempo más de cinco años.
Estaba escuchando sus palabras, mirándole de reojo mientras sonreía ante la visión de recuerdos casi olvidados, cuando vio que Bill saludaba a alguien con un ligero movimiento de cabeza. Dirigiendo la vista en la misma dirección pudo ver a Remus Lupin acercándose con paso tranquilo hacia donde ellos estaban. Sonreía ligeramente, igual que Bill, saludando del mismo modo.
Charlotte respiró despacio, lentamente, como si de ese modo, ralentizando su corazón, fuese a conseguir ralentizar también el tiempo, hasta el punto de que él no llegase hasta ellos, y ellos siguiesen sin llegar al presente. Pero Remus llegó finalmente hasta donde estaban sentados, había querido escapar de eso, y a la vez dejarse llevar desde que escuchase sus risas entrecortadas por las esquinas de los pasillos. Había tenido miedo de cruzárselos, hacía tanto que no la escuchaba reírse que temía romper esa voz sólo con su presencia. Había huido del sonido, se había dirigido en un camino opuesto, aunque seguía oyéndolo en su cabeza. El problema era que sus pasos no le llevaban a ningún sitio, sólo jugaban al escondite con él, por lo que no pasó mucho tiempo hasta que siguiendo la orden de Pomfrey volvía sobre sus pasos deshaciendo el camino hasta llegar a la voz que reía, a la voz que en esos momentos callaba al verle aparecer ante ella.
- ¿Pomfrey ya está preocupada? – Preguntó Bill en su dirección.
- Eso parece. Me dijo que ya hacía mucho que os habíais ido, y que no era bueno que te cansases. – Se explicó Remus dirigiéndose a ella.
Pero ella no respondió, sólo siguió mirándole.
- Pues entonces será mejor que la devolvamos a la cama. – Comentó Bill señalando a Charlotte.
- No estoy cansada. – Respondió ella, algo enfurruñada, dirigiendo su atención hacia él.
Bill la miró y le dijo:
- No es bueno enfadar a Pomfrey, ya lo sabes.
Ese comentario hizo aparecer en ella una sonrisa a la que él se unió al instante. Remus les miraba, comprendiendo que aquello debía de tener un significado particular que él no sabía, pero no dijo nada, no se rió, no tenía por qué.
Los dos se levantaron tranquilamente, pero no se movieron. Bill se dirigió a ellos atrayendo su atención sin darle a la situación mayor importancia.
- Bueno, creo que ya es hora de que yo me vaya. – Charlotte se le quedo mirando, como si el comentario le hubiese pillado por sorpresa. – No creo que a Ron le haga mucha gracia perderse la visita a Hogsmeade por mi culpa. – Comentó con amabilidad.
Charlotte frunció los labios en una sonrisa, pero no dijo nada, no sabía qué decir.
- Prométeme que esta vez no tardaremos tanto en volver a vernos, ¿de acuerdo? – Le dijo Bill. Era una despedida. Sí, ya se iba.
Ella asintió con la cabeza, sin dejar de sonreír. Bill se acercó y le dio un abrazo. Sí, ya se iba. Y ella se quedaría sola, sola en la enfermería, sola en el colegio. Bill se alejó un poco, el abrazo se había terminado. Y la miró a los ojos. Se iba. Ahora era de Remus de quien se despedía. ¿Sabrían ambos lo que estaba ocurriendo allí? ¿Sabrían cuál era su papel en ese grupo?
Ya se iba, había vuelto a sonreír, había dicho algunas palabras más, palabras de despedida, palabras que concertaban futuras visitas, escribe, ¿de acuerdo? Y con él se iba lo único que podía sacarla de la realidad, del presente y del pasado, dándole un nuevo presente y un más agradable pasado.
A su lado estaba Remus, sin decir nada, y Bill ya se había ido. Sí, ambos debían de saber algo, porque o bien no era un secreto, o bien ella se encargaba como una tonta de que dejase de serlo.
¿Qué pasaría si ahora ella le volvía a dar la mano? Se prometió que no lo haría, porque no había motivo para ello.
Remus no decía nada, no sabía qué podía decir, ni qué sería lo que ella querría oír, así que se quedó allí, parado, junto a ella. De repente sintió que ella se giraba, y entonces él también se giró, ella estaba mirándole y por un momento creyó que le quería decir algo con los ojos. Se quedaron allí quietos, mirándose, como habían hecho tantas veces desde que ella se había despertado, sin mostrar ninguna reacción que no fuese la que reflejaban en sus pupilas.
Era extraño, porque en otro momento se hubiese sentido incómoda por la situación, pero ahora no se sentía así. Quizás ese era el truco, alejarse de los sentimientos, olvidarse de todo, mantenerse fría ante todo. Hizo una mueca de aceptación con los labios y comenzó a caminar en dirección al colegio.
Remus se giró un poco aturdido, las situaciones como aquella se sucedían demasiado a menudo de un tiempo para acá, pillándole por sorpresa, dejándole con la sensación de no saber cuándo había comenzado ni cuando había de acabar, pero estaba vez ya había acabado, ahora la estaba acompañando por los pasillos. Ella caminaba con aparente tranquilidad, intentando alejarse de la situación, poniendo en práctica lo que se decía sería lo mejor para soportar su compañía, sabiendo en el fondo que no era ni por asomo porque no le quisiese ver, sino todo lo contrario. Él caminaba con aparente tranquilidad, intentando alejarse de los pensamientos descabellados que se agolpaban en su mente cada vez que ella se comportaba de aquella forma, porque él sí sabía que no era porque no la quisiese ver, sabía que era todo lo contrario.
_________Le pareció que se estaba convirtiendo en una costumbre, era Domingo y Remus había ido a verla por la mañana, cuando aún el día se estaba despertando, cuando aún los niños seguían perezosos sobre sus desayunos pues no había nada importante que les hiciese despedirse de ellos.
Remus había llegando, la había saludado y se había sentado en la silla en la que siempre se sentaba, inmediatamente después se había puesto a leer el libro que había traído con él, no había intentado comenzar una conversación inexistente entre ellos, hoy, como vencido, había decidido no hacerlo. Pero aun así, había ido a verla, mejor dicho, había ido a acompañarla, y eso hizo que ella se replantease la situación, quizás, quizás ya era hora de... dejar de odiarle, porque ¿le odiaba? Sí, ¿no?, él se había ido sin más, eso no es acabar bien las cosas, sino todo lo contrario... pero él seguía viniendo a verla, a acompañarla, aunque no dijesen nada, aunque no hablasen, estaba acompañada.
No quiso decidir en qué situación le colocaba eso, ni si estaba menos enfadada con él, sin lo que sentía hacia él. Continuó ahí, recostada contra la cabecera de la cama, mirando alternativamente a Pomfrey, a Remus y a la cama vacía frente a la de ella.
Era de esperar que sus ojos se encontrasen en algún momento, y cuando lo hicieron ninguno de los dos pareció incómodo con la situación. Debía ser que ya estaban acostumbrados a esa situación que se repetía tan a menudo.
- ¿Necesitas algo? – Preguntó Remus entonces.
Ella negó con la cabeza. El rostro amable. Remus volvió la vista al libro y siguió leyendo. Charlotte echó hacia atrás la cabeza y suspiró. No pretendía significar nada, pero Remus volvió a levantar la vista y cerró con cuidado el libro.
- ¿Quieres salir a dar un paseo?
Se quedó mirándole, ¿qué tenía que contestar a eso? Supuso que un “sí” o un “de acuerdo”, pero se decantó por afirmar con la cabeza, él aceptó también con un movimiento de cabeza y se levantó de la silla.
_________Llevaban ya un rato caminando, ninguno había dicho ni una palabra, y parecían no sentirse incómodos por ello. Por mutuo acuerdo y casi sin decir nada, acabaron sentados en un banco algo alejado del castillo. El uno junto al otro pero ahora sin mirarse.
Ante tanta quietud, Charlotte se encontró pensando en su trabajo, en lo que la había traído allí.
Vio una lechuza surcar el cielo hasta perderse entre las nubes, alguien en el colegio la debía de haber soltado hacía sólo unos segundos, probablemente en espera de una contestación. Y se acordó de Hilina. “Oh! Dios mio!, Hilina!” No sabía nada de ella desde... ¿desde cuando?, ¿un mes? Por lo menos. Algo le tenía que haber pasado a su lechuza, no era ni medio normal que tardase tanto en regresar. Y entonces tuvo miedo, estaba sola, completamente sola, nadie excepto los que estaban en el colegio sabían que estaba allí, si su lechuza no había regresado eso era lo que significaba, nadie lo sabía, y para empeorarlo todo, había perdido todo control sobre la situación.
Había sido débil, no lo había visto venir y había estado quince días fuera de combate, quién sabe lo que “eso” había podido hacer en ese tiempo. Lo único que la consolaba era tener la certeza de que ahora, de que por ahora, las cosas estaban en calma, pero no sabía por cuánto tiempo, y tampoco sabía si era verdad, porque si la había conseguido engañar una vez, ¿no podría estar haciendo lo mismo ahora?
Todo pasaba por su cabeza a toda velocidad, tan rápido que la ensordecía, no podía con todo, no podía con nada, respiraba nerviosa, mirando hacia delante, hacia la nada, la nada de su futuro, la incertidumbre completa de estar sola ante todo y de no saber qué hacer. Sin darse cuenta había comenzado a apretar los puños con fuerza, caídos a ambos lados de su cuerpo sus nudillos se tornaban blancos por momentos por la fuerza que estaba ejerciendo.
- ¿Qué ocurre? – La voz de Remus sonó lejana, como perdida entre la tormenta de pensamientos que la cubría.
El nudo que tenía en el estómago subió sin querer hasta su garganta, y sintió que no iba a poder contenerse.
- ¿Estás bien? – Volvió a preguntar Remus.
Pero ella no contestaba, seguía mirando al frente, a su futuro, y no le gustaba. Sabía que si ahora le miraba a él, se pondría a llorar, y no quería hacerlo.
Cuando él la tocó no supo que había pasado. Sintió su mano rodear la suya, pero no opuso resistencia, siguió apretando el puño, porque no sabía qué más podía hacer.
- Charlotte. – Murmuró él a su lado. - ¡Charlotte! ¿Qué pasa?
Remus la estaba viendo allí, absorta de la realidad. Como pudo deshizo el nudo que los músculos de ella habían formado en sus dedos. Ella reaccionó lentamente, de repente se dio cuenta de que Remus tenía su mano entre las suyas, sus dedos entre los suyos, sintió, recordó su calor, y lentamente aflojó sus dedos, su cuerpo, y se encontró allí sentada, en aquel banco alejado, con Remus a su lado, y con su mano entre las de él.
Él se había girado para enfrentarse a ella, la miraba entre asustado y preocupado, no sabía lo que precedía al estado en el que ella había pasado las dos últimas semanas y tuvo miedo de que fuera aquello.
- ¿Qué ocurre, Charlotte? Tu, tu tienes que saberlo. – Le dijo con miedo. – Sé que tienes que saber lo que ocurre, lo que ha ocurrido.
Había tenido ganas de decir eso desde que ella despertara y empezara a negar que supiese algo, porque estaba convencido de que ella sabía algo, que esa no era la primera vez que ocurría, si no a ella, a otras personas, y que ella lo sabía.
Ella lo sabía y por algún motivo lo estaba ocultando, no sólo a él, también a Severus, a Minerva, incluso a Dumbledore.
- Dime qué es lo que sabes. Así podría ayudarte. – Dijo con sinceridad, con la esperanza de que ella reaccionase.
Y reaccionó, respiró hondo y recostándose en el banco miró al cielo, pero no hizo nada más.
Veía lo que pasaba, veía que ella no iba a decirle nada, no iba a confiar en él, y sabía por qué era, y se sentía mal, no quería verla sufrir así, pero no sabía qué hacer.
- Lo siento. – Dijo esta vez. – Nunca pensé...
Remus dejó de hablar al verla a ella negar con la cabeza.
- No vamos a hablar de eso. De eso no. – Dijo ella de forma tajante.
- De acuerdo. – Aceptó él frunciendo los labios con un atisbo de resignación.
Él también se reclinó en el banco tras soltar con cuidado la mano de la chica, dejándola reposar sobre la superficie de piedra.
Durante unos segundos todo pareció detenerse y permanecer quieto por completo, sólo el aire parecía moverse. Ni un ruido, sólo aire volando. Remus sintió los dedos de ella rozar los suyos para quedar quietos a su lado, como llevados por un viento inexistente. Ambas palmas contra la fría piedra, sin moverse lo más mínimo para no eliminar el leve contacto que mantenían. Charlotte no parecía saber por qué lo hacía, ninguno de los dos parecía saberlo, pero eso era parte de la situación, y aunque ahora no pudiese admitirlo, era parte de lo que necesitaba.
- ¿Qué libro estabas leyendo?
" Una Semana "
por
Saffron (
1:34 AM )
- Prefiero que seas tu quien me lo diga.
Saffron escuchó mientras entraba silenciosamente en la enfermería. Los miró fijamente, Charlotte recostada en su cama, Severus sentado muy cerca de ella, los dos hablando en susurros. Sintió una punzada incómoda en el estómago. Estaban tan cerca y parecían tan enfrascados en la conversación que no se atrevió a decir nada, por temor a molestar. Y a la vez, el temor de enterarse de algo que no le gustara la atenazaba. Estaban tan tan cerca...
De repente, Snape paseó su mirada por la habitación y la vio, allí, parada ante la puerta. Saffron esbozó una breve sonrisa nerviosa, pero la mirada de el seguía siendo oscura. Rápidamente, se despidió de Charlotte y se marcharon.
Caminaron por los oscuros pasillos en silencio. Saffron no quería pensar, pero estaba pensando. Severus y Charlotte, tan cerca, tan amigos, tan... íntimos. Otra punzada en el estómago, y Saffron solo quería agarrarse a su brazo como una chiquilla.
- ¿Cómo se le ha ocurrido a ese idiota dejarte sola?- la voz susurrante de Severus la sacó de sus pensamientos.
Saffron lo miró. En aquella parte del castillo no había mucha iluminación y la cara de Severus quedaba parcialmente en sombras, agravadas por el pelo oscuro sobre sus ojos. Él era una sombra, gigante y oscura. Sintió un escalofrío al escuchar su voz.
- Severus... - la voz de ella era suave y tranquila. Paró un segundo, y pareció vacilar en continuar- No todos saben que necesito protección de día y de noche...
Su voz era ahora ligeramente sarcástica, con un deje de amargura. Pero, sin embargo, tenía razón. Severus lo sabía. Bill Weasley podía ser un idiota, pero si no sabía que ella no podía quedarse sola, no había nada que achacarle. Además, solo había permanecido sola un segundo... tampoco era para tanto...
Y sin embargo, odiaba esa sensación en su pecho. El colegio era un hervidero de espías en los últimos tiempos, y para alguien que estaba en el punto de mira de los mortífagos, había dejado de ser un lugar seguro. Él, que se había impuesto la defensa de la chica, no podría tolerar que le ocurriera algo.
¿Dónde iba a quedar su honor, su credibilidad?
- Deberías tener cuidado. No puedo estar pendiente de cada uno de tus movimientos.
Ni siquiera la miró cuando comenzó a caminar mas deprisa. Saffron tuvo que correr un poco hasta llegar a su lado. Lo miró curiosa, su ceño fruncido, la boca apretada en un gesto hosco. No podía dejar de mirarle. Su figura alta y oscura, el leve ondear de su capa, sus movimientos precisos, sus ojos negros clavados en los suyos...
Ups.
- ¿Qué?- preguntó el molesto. La mirada de ella clavada en la suya durante mas tiempo del acostumbrado hacía que su estómago se contrajera de manera involuntaria. Una sensación la mar de incómoda.
- Esto... - Saffron se mordió el labio, nerviosa. Había sido pillada admirando a su profesor, y ahora debía decir algo lo suficientemente inteligente como para no quedar como una idiota integral- El sábado vamos a Hogsmeade... ¿no?
Iba ser que aquello no era lo suficientemente inteligente.
Él la miró durante un instante, achicando los ojos, y después asintió. Saffron sonrió de nuevo. Aquella desagradable punzada en el estómago se le había pasado, y solo de pensar en la perspectiva de pasar el sábado con él en Hogsmeade hacía que sintiera un cosquilleo por todo su cuerpo. Lo que no se le habían pasado eran las ganas de amarrarse a su brazo.
Rozó levemente su brazo contra el suyo, feliz, y siguió andando sonriente.
Aquella noche, después de cenar y un rato después que Severus la había dejado en su habitación, Saffron pensó que era una buena idea hablar con Guenolee. Así que sin mas, se recogió el pelo, echó un puñado de polvos flú a la chimenea y metió la cabeza.
- So zorraaaaaa- e, inmediatamente, le acometió un ataque de tos. Tosió tanto que las mejillas se le encendieron y los ojos le lloraban.
- Ay niña, ten cuidado... ¿Qué te pasa?- Guenolee preguntó entre divertida y asustada.
- Nada, que esto es lo que pasa por comprar los polvos flú de oferta... en fin ¿estas libre este sábado? Porque vamos a ir Hogsmeade, y así podemos quedar y tomarnos algo, que hace casi dos meses que no te veo...
- ¿”Vamos”? Tú y ¿quien? ¿Sigue Julius rondando por allí?- Guenolee acercó una silla y se puso cómoda, preparándose para una charla de tres cuartos de hora con su amiga.
- No, no... - Saffron tosió de nuevo, levemente- Severus y yo...
De repente, se calló. ¿Cómo iba a explicarle a Guenolee que no podía salir de Hogwarts sin Snape? Qué él tenía que acompañarla a todos lados. Se mordió el labio, pensativa; pero la mente de Guenolee trabajaba rápido.
- Ajá. Severus y tu... que bonito... y, no sé, ¿podrías iluminarme y explicarme porqué “Severus” y tu vais juntos a Hogsmeade?
Mierda.
- Jeje... veras, Guenolee, no te lo vas a creer, pero resulta que... bueno.. tenemos que mirar unos libros, en la librería, evidentemente, porque no vamos a ir a Honeydukes a mirar libros...
Guenolee la interrumpió.
- Tienes razón. No te creo. Así que, ya me puedes estar contando la verdad...
Saffron intentó pensar con celeridad. No era buena inventando excusas, nunca lo había sido. Suspiró imperceptiblemente, y habló de nuevo.
- Bah, mira, la verdad es que... yo le pedí que fuéramos.
Era cierto, ¿no? Mas valía una verdad a medias que una mentira.
- Peroperopero... ¡Qué me estas contando! – Guenolee abrió los ojos, ligeramente alucinada.- A ver... tu le pides a tu profesor que te acompañe un sábado a Hogsmeade... y el acepta... y me lo dices tan tranquila...
Saffron se encogió ligeramente de hombros. Aquello se le había ido un poco de las manos. Visto así, ciertamente la situación cambiaba. Un poco. Bastante. Mucho. Mientras, Guenolee seguía con su monólogo.
- Pero chica, ¿cómo se te ocurre? ¿Y como que te ha dicho que sí? Oh por dios, estoy hiperventilando... tienes que contarme TODA la conversación, palabra por palabra... oh dios... vamos, cualquier día vendrás diciéndome que lo has besado...
Saffron sonrió tímidamente.
Definitivamente, aquello se le había ido de las manos.
“Una semana”
Fue lo primero que pensó Saffron cuando se despertó el viernes por la mañana. Justo una semana que había besado a Severus Snape. Se estiró perezosa en la cama, soplándole con suavidad a Ein, solo para fastidiarle. ¿Se acordaría él, igual que se acordaba ella?
Saffron pasó el resto del día intentando averiguarlo, sin poder desviar su atención de los finos labios de él. Snape parecía de un buen humor casi exultante, comparándolo con su habitual humor de perros. No había gritado en todo el día (al menos, no mucho), y solo había quitado puntos a Sabelotodo Granger. Incluso había dado una mueca a Saffron, una casi-sonrisa, cuando ella había hecho un comentario tonto.
- Atenta, Saffron.- le dijo él cuando ya estaban en el despacho, por la tarde.- La poción que vamos a hacer hoy es muy delicada. Tendremos que pesar meticulosamente los ingredientes, pues él mas mínimo fallo en su cantidad daría como resultado un error fatal para...
Snape siguió hablando, pero Saffron ya no lo oía. Su mente se había quedado anclada. “Vamos” pensó ella emocionada “Vamos, primera persona, plural, el y yo... los dos juntos, entregados al difícil arte de la elaboración de pociones, mano a mano, en una increíble muestra de confianza por su parte...”
- Señorita Bahn, por favor- la voz irritada de Snape y sus ojos achicados la sacaron de su ensoñación- Le ruego que preste toda su atención posible, que, si bien no es mucha, al menos nos garantizará un mínimo de seguridad.
- Si... ejem, perdona Severus...
- Bien, como iba diciendo antes de cayera en estado catatónico, necesitaremos una absoluta coordinación para realizar esta poción, ya que aun no estamos seguros del orden de añadidura de los ingredientes. Si pensamos que es una poción que se realizaba en las comunidades romanas de Inglaterra, y que no se ha realizado desde hace mas de dos mil años, podemos ver como...
“Ajá” pensó Saffron mientras lo escuchaba fascinada “coordinación absoluta”. Él era un mago tan inteligente...
Estuvieron mas de una hora entretenidos, cortando, midiendo, pesando diligentemente. Saffron atendía embelesada a sus explicaciones, atenta a cada petición de el.
- Ve a por el diente de dragón, en el armario pequeño.
Saffron asintió. Se dirigió hacia la pequeña habitación de los armarios, sacó la pequeña llave dorada, que llevaba colgada al cuello y penetró allí. La habitación estaba completamente a oscuras, ya que las velas que ardían allí se habían apagado. Saffron suspiró, y dejó la puerta abierta, para al menos tener algo de luz. Odiaba la oscuridad. Con todas sus fuerzas. Y más aquella oscuridad húmeda, pegajosa de las mazmorras. Como si la oscuridad te atrapara y no te dejara escapar.
“Mejor darse prisa” murmuró Saffron. Abrió rápidamente el pequeño armario y se agachó, intentando mirar a contraluz los nombres de los botes. Maldita sea. No encontraba el puñetero bote de diente de dragón.
Y de repente, un ruido. Un golpe seco, contra la madera.
Saffron se irguió enseguida, volviéndose rápidamente. Había sonado justo a su espalda. Justo en el armario grande. Se acercó, vacilantemente. La puerta del armario grande estaba entreabierta, unos diez centímetros. Suspiró ligeramente aliviada. Solo había sido la puerta al abrirse. Se acercó hasta ella, y la empujó para cerrarla.
No se cerró.
Saffron tardó un segundo en percatarse que había chocado contra algo. Intentó cerrarla de nuevo, empujando levemente. Ahora no solo no se cerraba, sino que algo hacía fuerza desde dentro para abrir. Abrió desmesuradamente los ojos, y se apartó con celeridad. Se quedó a medio camino de la puerta.
Entonces lo vio.
La figura alta, oscura, saliendo del armario, lentamente. Saffron abrió la boca, muda de terror. La figura encapuchada, enmascarada, se acercaba hasta ella. Oh dios, un mortífago. Muy lentamente. Saffron boqueó, asustada, y dio un par de pasos vacilantes. Miró hacia la puerta, que le parecía a miles de kilómetros de distancia. No podía moverse, estaba completamente aterrada, hipnotizada. Intentó hablar, decir algo, avisar a Severus, pero las palabras se atascaban en su garganta.
Y lo reconoció.
Al hombre que estaba bajo la mascara. Aquellos movimientos precisos y elegantes, el largo pelo rubio que se entreveía en la oscuridad, reluciente. Lentamente, la figura alzó la varita, apuntando hacia ella. Saffron lo miró completamente aterrada, angustiada, y no fue capaz de hacer nada.
Severus lo oyó todo a la vez: el grito aterrorizado de ella, el golpe seco contra el suelo, y la luz verde proveniente de la pequeña habitación. Corrió hacia ella.
Enarcó una ceja cuando vio a Saffron tirada en el suelo de una manera muy poco elegante, desmayada. Meneó la cabeza, en señal de desaprobación.
- Riddikulus!- el profesor lanzó el encantamiento contra el boggart, que quedó neutralizado.
Se acercó hasta Saffron y la cogió en brazos, llevándola hasta el sillón. Ella estaba completamente pálida.
- Saffron, Saffron... - llamó él, mientras le daba leves golpes en la cara.
Ella se irguió, abriendo los ojos como un resorte. Aspiró con fuerza e, instintivamente, se abrazó a Severus. Este tropezó con su propia capa, ante el tirón brusco, cayendo literalmente sobre ella, en una posición a medias incómoda, a medias comprometida. Intentó en vano deshacerse del abrazo de la muchacha, pero ella había comenzado a sollozar contra su cuello.
- Hay... un... un... mortífago... Lucius...
Las palabras y las lágrimas la atragantaban. El terror le impedía pensar con claridad. Pero así se estaba tan bien. Tan a salvo. Abrazada a el, contra su pecho, contra su cuello, entre su pelo oscuro. Nada en el mundo podría obligarla a abrir los ojos y a sacar su cara de su cuello.
- Saffron... - murmuró el ahogadamente, intentando no moverse contra ella-... solo... solo era un boggart...
“Un boggart” escuchó ella. Dios. Un boggart. Ella había hecho el ridículo más espantoso. Muy lentamente, sacó su cara del cálido escondrijo. Bajó los ojos, evitando la mirada oscura de el.
Y turbada.
- Ah- fue lo único que acertó a decir, mientras se ponía cada vez más colorada.- Un boggart...
Severus asintió. Dios, ella estaba avergonzada. No sabía como iba a ser capaz de mirarle a la cara otra vez. Por el amor de dios, un boggart. Que la defensa contra un simple boggart se daba con trece años. Y que ella ya era mayorcita. No lo entendía. Como había sucumbido ante el terror, la impotencia.
- No... no he podido hacer nada... simplemente.. me he quedado quieta... no he hecho nada... - susurró ella, sin mirarle.
Severus la observó gravemente. Entonces se dio cuenta que aun permanecía arrodillado ante ella. Se levantó trabajosamente, poniendo especial cuidado en no tropezar de nuevo con su capa, y caer sobre ella otra vez. La miró desde arriba. Parecía tan pequeña, encogida sobre sí misma en aquella silla, no tanto por el miedo como por la vergüenza.
Sin poderlo evitar, posó una de sus delgadas manos sobre la cabeza de ella. Notó como ella temblaba ligeramente, y la apartó de inmediato. “Genial” pensó Saffron abrumada “ahora me tiene lástima”. Severus Snape se alejó de ella rápidamente, abrió la puerta del despacho y salió.
Saffron levantó la sonrojada cara. ¿La había dejado sola?. Eso parecía. Volvió a enterrar su cara entre sus manos. “Muérete, Saffron, muérete” pensó ella con rabia “Y deja de hacer el ridículo de esta manera de una puñetera vez”
Y a los dos segundos, la puerta del despacho volvía abrirse, dejando paso a Snape y a un muchacho alto y oscuro.
- Espere aquí, Jameson. Enseguida le traigo los papeles que debe entregar a los de su curso. Nunca puedo encontrar un prefecto cuando lo necesito...
Y Snape volvió a salir del despacho con celeridad. Saffron intentó borrar todo rastro de lágrimas de su cara, y le dedicó una sonrisa. El chico también sonrió, una sonrisa bonita y triste.
“Un slytherin que sonríe” pensó Saffron asombrada. Y enseguida se animó un poco.
- Hola – le dijo ella cálidamente. Él la estaba mirando curioso, pero cuando le habló pareció retraerse.- Soy Saffron Bahn.
- Yo... soy Steve Jameson- aceptó la mano que Saffron le tendía con una sonrisa.
El muchacho volvió a quedarse en silencio. Paseó nervioso por el despacho, mirando de reojo a Saffron, que se había levantado de nuevo para ver el curso de la poción. Ella también lo miraba, curiosa. Tendría unos diecisiete años, y era atractivo, alto y moreno, con una expresión de tristeza en sus ojos. No parecía muy diferente de cualquier chico de su edad, y carecía de esa sombra de malevolencia que rodeaba a muchos de los slytherins. Y, de todos modos, si Severus la había dejado a solas con él, sería por algo, ¿no?
Saffron inició una conversación impersonal sobre el tiempo, que pronto derivó en la próxima visita a Hogsmeade. Charlaron levemente, con tranquilidad, mientras él parecía acomodarse, y ella se tranquilizaba, después del susto y la vergüenza pasada.
Y al cabo de unos minutos, apareció Severus de nuevo. Entregó unos papeles a Jameson, que se despidió.
De nuevo solos. Saffron evitó mirarle, sintiendo como el rubor volvía a sus mejillas. De repente, él rompió el silencio.
- A partir del lunes, tendrás menos tiempo para dormir.
Saffron asintió, en silencio, sin atreverse a levantar la mirada. Y sin atreverse a preguntar a qué demonios había venido aquello.
Gracias a dios que al día siguiente era sábado y pasarían todo el día en Hogsmeade.