Era Halloween. El mes terminaba y no era lo único que lo hacía.
Terminaban sus pensamientos confusos, quería que abandonasen su cabeza y que no dejasen rastro alguno. No quería que hiciesen más daño cuando ya no había motivo para ello. Terminaba también su sentimiento de odio y de compasión hacia ella misma, ya no podía seguir compadeciéndose porque las cosas ya no eran tan sencillas como para eso. Por eso mimo ya no podía seguir allí, por eso mismo debía hacer que las cosas cambiasen.
Muchas cosas había terminado, y también muchas cosas había cambiado.
Una sensación extraña a ella la invadió por completo y se sintió capaz de cualquier cosa. Era capaz de hacer cualquier cosa. Estaba segura de ello, lo había demostrado, en realidad.
Tenía que irse, y para conseguir eso tenía que actuar. Y eso sería lo que hiciese, sólo era cuestión de tiempo saber cómo debía actuar.
_______________“Métodos de los cuerpos astrofísicos”¿Cómo se le había podido comenzar a leer ese libro?
Ella era capaz de leer cualquier cosa, hasta la más aburrida que se pudiese encontrar, pero aquello... aquello se lo estaba poniendo muy difícil. Ese libro era imposible de seguir. Escrito como estaba por la misma persona, parecía más, que cada capítulo hubiese sido redactado por alguien diferente. Incluso a veces, en el mismo capítulo, se podía apreciar ese cambio. Era imposible de seguir algo así, que además de escrito con diferentes estilos explicaba cosas incoherentes incluso para ella.
Parecía como si quisiese tomarle el pelo, reírse de ella, forzarle a abandonar. No, el libro no era tan listo, y sus autores, su autor, tampoco lo era, o tampoco lo había sido, se lo estaba demostrando. Y no desistiría.
Continuó leyendo, sus ojos recorrían las letras en cada palabra, y las palabras en cada frase. Había muchas frases conformando un único párrafo. Siguió leyendo, pero el párrafo no terminó, no terminaba.
- ¿Pero qué demonios? – Exclamó Hermione apartando los ojos del texto sin dejar de mirarlo.
- ¡Esto es horrible! ¡Absurdo! ¡Estúpido Henry Svenssiven!
Cerró el libro de golpe y sin llegar a pensárselo dos veces lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared más cercana de la sala común.
Estaba sola, pero no le hubiese importado que la hubiesen visto hacer lo que había hecho.
“Ese libro incoherente”De repente un sonido brusco llamó su atención, sus ojos se dirigieron hacia el libro que acababa de lanzar contra la pared y se posaron en él. Se encontraba abierto de par en par y con las tapas hacia el cielo. Sus hojas se agitaron bajo su peso y durante unos segundos se movieron a toda velocidad. Parecía como si tuviesen vida.
Hermione se levantó de la silla y con pasos cautos fue acercándose al libro. Las hojas volvieron a moverse más rápido que antes.
“¿Qué hechizo podía tener el libro, impreso en él?”Volvió la quietud. Hermione se acercó más aún y con cuidado se agachó frente a él. Imprevisiblemente el libro volvió a mover sus hojas, el sonido del papel frotándose entre sí la asustó por lo inesperado. Inclinó la cabeza a un lado y miró más de cerca el tomo. No se paraba. Esta vez no se detenía el movimiento de las hojas. Cada vez se movían más rápido, produciendo un sonido semejante al zumbido de una abeja. El ruido era hipnotizador.
Sin pensar en las consecuencias de sus actos, acercó su mano a las hojas que continuaban moviéndose. No debería hacerlo, pues el rápido movimiento semejaba unas pequeñas cuchillas y el ruido recordaba que podría cebarse con sus dedos si le daba la oportunidad, pero lo hizo.
Sin que las hojas se detuviesen, Hermione acercó su mano a ellas y sin pensárselo dos veces las rozó. No podía ser real. Contrario a lo que podría haber esperado que ocurriese, no cesó el movimiento del libro, y tampoco lastimó sus dedos. Contrario a lo que esperaba del libro, sus hojas no habían dejado de moverse ni un solo instante, no cedieron bajo su peso, y moviéndose más rápido aún formaron una masa que su mano atravesó como si fuera de crema.
No había nada allí, no sentía el tacto de las hojas en su piel, era como atravesar un fantasma, pero sin las sensaciones que eso conllevaba. Era como atravesar un dibujo en el aire, una proyección inexistente.
Aún pensaba qué era ante lo que se encontraba cuando un ruido agudo la sacó de su ensimismamiento.
Juraría que no había parpadeado, pero de un segundo a otro se vio lejos del libro, apartada de él por completo, como se había encontrado antes de decidir tocarlo. El libro estaba parado, boca abajo, pero sin moverse. Una voz salía de él la reconoció al instante, era la voz de la bibliotecaria.
- Señorita Granger. Devuelva inmediatamente el libro a la biblioteca. El material del colegio no está a su disposición para ser utilizado como una bluger...
- Mierda. – Murmuró Hermione.
- ... No intente eludir su responsabilidad. Este libro a sido hechizado con sumo...
Con firmeza cogió el libro entre sus manos y corrió al hueco del retrato para dirigirse a la biblioteca.
Cerrado como estaba el libro no dejó de hablar, repetía una y otra vez las mismas acusaciones, cada vez con voz más alta. Hermione sabía que hasta que no devolviese el libro a la biblioteca, no dejaría de acusarla a voz en grito. Lo tapó como pudo con su capa y comenzó a correr. Los alumnos que se encontraban con ella se la quedaban mirando y viéndola pasar se reían a sus espaldas.
Aceleró el paso todo lo que pudo y esquivando a todos los transeúntes que pululaban por los pasillos llegó hasta la biblioteca. Los gritos que salían del libro pararon una vez que Hermione cruzó el umbral de la puerta. Avergonzada, miró a su alrededor esquivando la mirada de los pocos alumnos que se encontraban en la biblioteca y con pasos rápidos se acercó hasta la mesa de préstamos.
La bibliotecaria estaba ojeando un catálogo de grandes proporciones con lo que parecía ser la lista de libros de todas las bibliotecas mágicas del condado. Justo en el instante en que Hermione llegó frente a ella, alargó la mano sin siquiera mirarla, tomó el libro en sus manos y se lo arrebató a la chica de un tirón.
Hermione pudo ver cómo Madam Pince apartaba el volumen a un lado y lo posaba sobre una bandeja blanca que pareció fijarlo a ella. Pero no dijo nada. No sabía qué hacer, si irse, pedir perdón, clemencia... Madam Pince era muy dura con lo que se refería a sus libros, nunca pasaba una, y los hechizos que ponía en ellos para que nadie se olvidase de sus deberes eran históricos. Hermione se preguntaba cómo era posible que después de haber hecho lo que había hecho no le hubiesen salido ya orejas de perro ni patas de gallina, o algo por el estilo.
Cuando Hermione se atrevió a moverse, Pince le dirigió por fin la mirada, y con una sonrisa demasiado amplia, le preguntó:
- ¿Hermione Granger?
Hermione pasó saliva con dificultad y en un susurro casi inaudible dijo:
- Sí.
- Muy bien, señorita Granger. No es, digamos, la primera vez que hace uso del material disponible en esta biblioteca, y a mi entender usted es una persona lo suficientemente sensible como para saber qué cosas son más y cuales son menos apropiadas.
Antes de anda, debo decir que su comportamiento me ha defraudado enormemente. Y llegados a este punto.... – Pince cogió aire y se permitió unos segundo para mirarla antes de proseguir. - ... debo comunicarle que su carnet de biblioteca estará inhabilitado durante toda una semana. Lo siento. Pero de alguna manera tiene que aprender a comportarse.
_______________También era tener mala suerte. Podía evitarle continuamente, era fácil, ni siquiera era huir por los pasillos, tan sólo era no encontrarle. No se sentía mal por ello, estaba en un punto en el que esos pequeños detalles no la amargaban en absoluto. Por eso mismo era mala suerte.
En el único momento en el que no tenía más remedio que encontrarse con él, era durante las comidas, pero aún así, un muro teñido de negro, llamado Severus Snape se interponía entre ellos. También era una suerte que Severus le odiase, porque así se destruía cualquier posibilidad de que las relaciones o el contacto verbal apareciese en cualquier momento. Aunque visto de ese modo, esa había sido la causa de la situación en la que se encontraba. Si no hubiese sido por Severus y su sentido común, ahora las cosas serían por completo diferentes, pero no quería pensar en eso.
Ella había llegado a una decisión, y no había más que hablar. Por eso era mala. Convencida y segura como estaba de que no tenía nada que temer y que no tenía que enfrentarse a ninguna situación comprometida, había entrado en un leve estado de shock al ver la disposición que habían preparado para esa cena de Halloween. Por no sabía qué designios, Severus había sentado en la mesa de los profesores a Saffron Bahn, dejando junto a ella una silla libre. Ese no habría sido ningún problema si el ocupante de la silla contigua no hubiese sido Remus.
Charlotte había caminado tras los ocupantes de la mesa de los profesores hasta alcanzar su silla. Se había sentado sin dirigir la más mínima atención a los comensales que la rodeaban. Y allí, seguía, comía lo poco que su estómago le permitía y eludía cualquier movimiento que la llevase a una situación incómoda.
No se hablaba del tiempo, no se hablaba de la comida, ni de las clases, ni de lo maravilloso que era el día y la fiesta preparada.
Se preguntaba por qué motivo se había vestido de manera tan festiva cuando la voz lúgubre de Severus Snape llamó su atención.
- ¿Qué tal la familia? – Preguntó mientras daba otro mordisco a su pastel de calabaza y queso.
¿Se podía saber a qué venía eso? Charlotte le maldijo entre dientes por la entrometida forma de ser que tenía algunas veces y volviendo la vista hacia él contestó con voz demasiado aguda:
- Perfectamente.
- Me alegro. – Respondió él. – Es agradable cuando las respuestas no se hacen esperar.
- Creo que no te entiendo. – Replicó Charlotte algo molesta.
- Sí. La respuesta a tu felicitación, cabe suponer. Créeme que comprendo tu preferencia por las cartas antes que por las llamadas, son más duraderas.
- ¿Qué...?
Severus se giró hacia ella enarcando una ceja.
- Eveline... Por las barbas de Merlín, Charlotte, hoy es el cumpleaños de tu hermana!!
Charlotte sintió cómo una oleada de frío seguida de un calor extremo la invadía. Oh! ¿Cómo podía haberle pasado eso? Siempre le mandaba una carta de felicitación a Eveline el día de su cumpleaños. Palideció, se sintió avergonzada, estaba rodeada de gente que posiblemente había oído hasta qué punto llegaba su idiotez. Y encima sentía cómo la mirada de esa Saffron Bahn se clavaba en ella.
- ¿Cómo podía esperar que hubieses cambiado? – Comentó Severus todo lo alto que pudo. – Siempre has sido una irresponsable, y no fue tu madre quien te enseñó eso. – Sin mirarla ni un momento, continuó. – Eveline nunca se olvidó de ninguno de tus cumpleaños, y tu... ¿cuántos llevas ya?
No podía soportarlo, ya era la segunda vez en menos de una semana que la regañaba como si fuese una cría, y ahora, para colmo, delante de todo el mundo.
Pero como una cría le contestó y le hizo frente.
- Qué se iba a esperar de mi, ¿verdad? Si no fuera por ti... por un momento habría olvidado que en vez de cuatro tíos tenía cinco. Debería estar orgullosa...
Se sentía furiosa, las palabras habían sonado hirientes en sus labios, pero estaban lejos de resultarlo, ni si quiera lo parecían. No herían en absoluto.
Pinchó con el tenedor la última patata que quedaba en su plato mientras murmuraba con rabia:
- Mi querido tío Snape. ¡JA!