" Simplemente, tan rápido "
por
Charlotte (
6:04 PM )
Le costó contenerse incluso más de lo que le costó encaramarse a la ventana para poder mirar al exterior del castillo, pero finalmente lo hizo. Laia acababa de salir del aula y sus compañeros de clase ya estaban entrando, pero no le importaba, bueno, no mucho. Se repetía una y otra vez que ella era prefecta, que tenía derecho a hacer cosas que en principio podrían parecer incoherentes, que debía cerrar bien la ventana del aula, porque por eso era prefecta, que nadie podía rechistar ante sus acciones y que si seguía asía acabaría embriagada de poder. Tonterías. Iba a cerrar una ventana antes de que la profesora llegase. Sólo eso.
Miró a través de la ventana abierta, el aire de la tarde chocó contra su rostro mientras intentaba descubrir qué era lo que Laia había estado mirando con tanta atención momentos antes. Pero no vio nada, ni a derecha, ni a izquierda, ni a ningún lado. No había nada.
El viento soplaba con tranquilidad y por un momento se dejó llevar por él. La mente en blanco, viendo sólo el verde jardín que rodeaba en toda su extensión los alrededores del castillo. Se estaba bien ahí, pero... estaba encaramada a una ventana de la clase, no debería estar allí.
Una punzada de intranquilidad apareció en su estómago, y se sintió culpable de lo que estaba haciendo. Sus ojos se movieron intranquilos buscando una respuesta a la pregunta de qué era lo que debía hacer, y de repente creyó que la había encontrado. Su mirada se fijó en un punto cualquiera del exterior, un punto que se perdía en un pequeño camino hacia el castillo, un punto que nacía en un lugar concreto, un banco de piedra. Podía percibir algo en aquel banco, sentía que había algo, algo sentado tranquilamente sobre la superficie de piedra.
Fijó más la mirada en aquel lugar, intentando descifrar qué era lo que veía. ¿Qué podía ser? No lo sabía, no podía haber nada, su sentido común se lo decía, pero creía ver algo.
De repente una silueta se dibujó donde ella miraba, una silueta que parecía una sombra, y por un instante le pareció que la sombra le devolvía la mirada. Sólo fue por un instante, pero percibió una mezcla de rabia y pena concentrados en ese lugar, como si de sus propios sentimientos se tratase. Una pena inmensa, una melancolía que la atravesó de parte a parte. Y pudo sentir lo mal que se encontraba, era como si la silueta tuviese esos sentimientos y los estuviese compartiendo con ella, mostrándole lo que tenía que soportar en busca de comprensión. Y ella sintió pena por lo que fuese que no estaba mirando.
Cuando la voz de la profesora sonó a sus espaldas se sintió turbada, no había nada ahí fuera. Murmuró unas pocas palabras de disculpa, cerró la ventana y volvió rápidamente a su pupitre.
______________Había estado todo el fin de semana esperando a que llegase el Lunes. Más que porque tuviese las cosas claras y algo que desease hacer con todas sus ganas, deseaba que llegase el Lunes porque con el Lunes vendría su liberación, por fin, de una vez por todas, saldría de esa enfermería que tanto había llegado a odiar últimamente.
No le gustaba tener que dar explicaciones a Pomfrey cada vez que quería salir por cualquier motivo, ni cuando llegaba tarde por cualquier otro motivo, era como volver a vivir en casa de sus padres y tener que escuchar a su madre decirle lo que tenía y no tenía que hacer. Era incluso peor, porque en esta situación se sentía estúpida hiciese lo que hiciese, sentía que todo el mundo la miraba esperando ver qué era lo que hacía, esperando a que hiciese algo mal y así poder criticarla.
Estaba desvariando. Necesitaba salir de allí ya.
______________Había estado todo el fin de semana pensando en lo que había visto, bueno... en lo que creía haber visto. Está bien, lo que había sentido, de eso estaba segura.
Había sentido algo como si ella misma lo estuviese sintiendo. Y eso que había sentido era lo que había sentido alguien que no había sido ella. Había sentido a alguien, y le había comprendido. Pero no había visto a nadie. No había nadie. Pero de todas formas sentía compasión por él y odio hacia lo que le había hecho sentir tan mal.
Había que ser un ser desalmado para poder hacer daño a ...
Sacudió la cabeza al darse cuenta de lo irracionales que se estaban volviendo sus pensamientos y no quiso seguir perdiendo más tiempo en ellos. Pero no podía dejar de hacerlo, entre otras cosas porque parecía que nadie quería dejarla dejar de hacerlo.
- “Métodos de los cuerpos astrofísicos”. ¿Estás leyendo tu esto? – Le preguntó Ron cogiendo en sus manos el libro que hacía unos momentos ella había apartado a un lado.
- Sí. – Respondió Hermione sin dejar de escribir. – Lo estoy leyendo.
- No lo necesitaremos para clase, ¿verdad? – Preguntó él dudando.
- ¿Hasta tal grado de somnolencia has conseguido llegar últimamente en clase para no diferenciar siquiera los cuerpos astrofísicos de los cuerpos astrales? – Le preguntó ella en tono de reproche. Ya no se preocupaba en mostrar asombro cuando le venían con cosas así, ahora pasaba directamente a la censura.
- ¿Hemos dado los cuerpos astrofísicos en clase de Astronomía? – Dijo él con interés.
Podía ser que a Ron le pareciese interesante esa cuestión. Antes de que Hermione pudiese comenzar a regañarle, cosa que había jurado muchas veces no volver a hacer pero que no lograba cumplir nunca, Harry intervino.
- Más bien en Transformaciones. Creo que fue el día en que Neville volvió su salamandra líquida.
- ¡Ah! ¡Sí! ¡Ya recuerdo! – Dijo Ron. Y ambos comenzaron a reírse al recordar lo histérica que se había puesto Parvati al acercársele aquel líquido amarillo y negro que chorreaba de la mesa de Neville.
Hermione soltó un gruñido de enojo y tiró su pluma a un lado.
- ¿Cómo podéis ser tan irresponsables? Los cuerpos astrales los dimos la semana pasada en Astronomía. Los cuerpos astrofísicos no son materia para alumnos de sexto. Y lo que hizo Neville en Transformaciones fue realmente asqueroso. – Hermione hizo una mueca y se les quedó mirando con seriedad, esperando una disculpa.
Harry y Ron se miraron extrañados y volviendo la vista hacia ella comenzaron de nuevo a reírse.
- Siempre has sido muy remilgada, Hermione. – Le dijo Ron intentando contener la risa.
Pensó en contestarles, ponerles en su sitio, pero estaba tan enfadada... y podían buscar a otra que les dejase los apuntes de clase, porque ella no lo haría.
De un salto se levantó de la silla y cogiendo su tomo de “Métodos de los cuerpos astrofísicos” salió sin decir ni media palabra, de la sala común.
______________Bien, bien, bien. Acababa de hablar con Pomfrey y de mala gana ésta había cedido. Por fin le dejaba libre, por fin podía irse a... ¿a dónde podía irse?
Terminó de recoger las pocas pertenencias que tenía esparcidas por la enfermería y se dejó caer de mala gana sobre la cama. No sabía dónde iba a ir. Ahora estaba como al principio. Estaba perdida.
Oh, no, no, no. No podía volver a ese punto. Se dio unos leves golpes en la cabeza con las manos cerradas.
- Deja de pensar en eso. Deja-de-pensar-en-eso. – Se dijo en voz baja. Deja de pensarlo.
De un salto se levantó de la cama y cogió con decisión su bolsa.
Con pasos firmes y decididos salió de la enfermería sin encontrarse con nadie, se adentró en los pasillos sin encontrarse con nadie, y siguió sin encontrarse con nadie.
Intentaba no pensar en nada, llegar a su destino, que por cierto, no tenía muy claro, sin pensar, sin desanimarse, sin dejar de caminar... eso lo primero y más importante.
Se echó la bolsa a la espalda y siguió caminando, y siguió, y siguió, siguió... cruzó un pasillo y luego otro, y subió las escaleras, y dobló una esquina más y casi sin saber cómo había ocurrido chocó contra algo.
Saber no sabía cómo había ocurrido, pero el golpe sí que lo pudo sentir. Y le dolió.
- Auch!. – Gimió Charlotte pasándose la mano por la cara. Se frotó los ojos y miró al frente justo en el momento de ver cómo él se inclinaba hacia ella, y cómo tomándola por los hombros la miraba torciendo levemente la cabeza.
- ¿Estás bien? Debes tener más cuidado cuando caminas por los pasillos a oscuras. – Dijo él sin dejar de mirarla.
- Mira quién fue a hablar. Si el golpe no me ha afectado demasiado, me parece que no he sido yo sola la que ha chocado. – Dijo ella entornando los ojos. – Así que tienes parte de la culpa.
Remus se quedó mirándola y casi sin darse cuenta se olvidó de contestar a su acusación. Él siempre contestaba, ambos lo hacían...
Se dirigía hacia la enfermería porque sabía que esa tarde Pomfrey le daría el alta. Iba a verla a ella, y vaya si la había visto. No había esperado chocar con ella ni con nadie de esa forma. Y menos con ella. Y menos de esa forma.
Se daba cuenta de que no estaba pensando con claridad, y no tenía claro que eso le molestase o perjudicase o... realmente el pasillo estaba oscuro, era normal que la gente se fuese chocando por las esquinas. No, bueno, eso no podía ser cierto del todo.
La escasa luz que entraba por los pequeños ventanales que se encontraban repartidos por el solitario pasillo les alumbraba a ambos mostrando sus siluetas entrecortadas. Y entonces a su mente llegaron fragmentos perdidos de hechos ya pasados: un roce mientras paseaban, una caricia en un banco, una mirada en un sótano con una desconocida... un encuentro fortuito en un bosque y ahora, un choque frontal con el pasado. ¿Y qué era lo que quería? ¿era ese pasado lo que quería?
No podía pensar en nada, sólo la veía a ella, iluminada como estaba por los rayos de un sol que ya se extinguía. Sus ojos castaños, sus mejillas sonrosadas, sus labios rojos.
No estaba seguro, pero creía que se había quedado mirándola todo embobado, pero quizás... ella también le estaba mirando así... ¿Y si ella también le estaba mirando así? ¿Qué significaba eso?
Una oleada de calor le recorrió el cuerpo y su respiración se aceleró levemente. Sus manos seguían posadas en los hombros de ella y sintió como si nada fuera real. Tuvo la necesidad de volver aquello real, o no podría soportarlo por más tiempo.
- Charlotte.
Pronunciar su nombre le mostró que era real, pero no le devolvió a la realidad como había pensado que lo haría. Eso le gustaba.
Ella también había empezado a respirar con agitación. ¿Podría ser que ella supiese qué iba a pasar? Él posiblemente lo sabía, pero como ya había notado, no sentía la realidad, ni las consecuencias, nada, sólo a ella bajo sus manos, frente a él, rodeada por la débil luz.
Llevaba inclinado sobre ella desde hacía unos segundos, o unos minutos, o lo que fuera, no importaba, sólo importaba lo que estaba a punto de hacer.
Se inclinó aún más, se acercó aún más sintió su calor cerca de él, rodeándole, y se acercó más, un movimiento lento y ella le vio acercarse, con su suave sonrisa aún en los labios, su sonrisa sólo para ella.
Su nombre había sonado en sus labios de forma privada. Su voz, sus manos, sus... sus labios. Remus se acercó lo más que pudo hasta que no hubo resquicio de duda. Sintió sus labios, suaves, dulces, conocidos. Ella creyó que se caería allí mismo, sus rodillas fallaron y él no supo qué debía hacer ahora.
Fue lento, dulce, simple pero maravilloso. Sólo un beso, nada más. Sólo fueron dos bocas que se juntaron durante unos momentos.
Cuando él se retiró, sus manos siguieron sobre sus hombros, en verdad, ella no quería que las apartase. Querían quedarse allí para siempre, rodeados por esa luz, por esa quietud, por esa paz, sin nada por lo que preocuparse, sólo un beso, un dulce beso, porque a decir verdad, eso no era nada que complicase las cosas. Sólo era algo agradable.
______________Caminando por los pasillos tan sólo podía pensar en una cosa, en él. Se maravillaba de la facilidad con la que los hechos se habían sucedido la tarde anterior y de lo simple que todo había resultado, de lo bien que todo había resultado. Como por arte de magia se habían cruzado en un lugar cualquiera y se habían besado. Un beso de mutuo acuerdo, porque él se había acercado, pero ella le había llamado en su silencio, sus ojos, su sonrisa al ver lo que él se proponía. Ella había querido lo que finalmente había sucedido, sino, se hubiese apartado cuando él se acercó por fin. Pero no lo hizo, porque los dos lo habían decidido, habían decidido que ocurriese aquello incluso mucho antes de chocarse en la esquina. De alguna manera los dos lo habían decidido.
Se sentía bien esa mañana. Todo estaba bien porque nada había ido mal, porque las cosas resultaban más simples después de lo que había pasado. Nunca habría podido imaginar lo fácil que resultaría arreglar las cosas, lo fácil que sería, tan fácil, tan fácil, como fácil podía ser abrir una puerta.
En el interior del despacho había poca luz y lo primero que vio fue la sonrisa de una chica pelirroja que apareció justo frente a ella y que se apagó en el mismo instante en el que ella hubo cruzado el umbral. Aún así Charlotte la saludó alegremente. ¿Qué por qué? Pues porque no tenía motivo para no estar feliz.
- Hola.
- Hola.
El saludo de la chica, que Charlotte recordó que se llamaba Saffron, no fue tan amable como el de ella. Y su mirada tampoco lo fue. Charlotte se sintió extrañada, pero no tuvo tiempo de intentar entender la situación y menos aún de intentar que cambiase. De la nada una mano apareció para tomarla con firmeza del brazo, era Severus, que sin un mísero saludo la empujaba de forma brusca hacia la habitación contigua.
La puerta se cerró tras ellos de un golpe. Charlotte, que había entrado en la habitación casi de un empujón, se giró instintivamente hacia él.
- ¿Qué ocurre? – Preguntó extrañada.
Severus no contestó al instante, se tomó su tiempo para volverse hacia ella, la cabeza gacha, su pelo negro como el carbón sobre su rostro, acalorado por la rabia que reflejaban sus ojos.
- ¿Cómo puedes ser tan estúpida? – La acusó exasperación.
- ¿Cómo dices? – Charlotte no entendía qué estaba pasando allí. Por qué Severus se comportaba de esa forma.
- ¿Qué cómo digo? ¿Qué cómo digo? No recordaba que fueras tan dura de entendederas, pero puede ser que tanta tontería te haya reblandecido el cerebro.
Charlotte no entendía nada. Severus comenzó a hablar, a decirle todo lo que le pasaba por la cabeza, a decirle lo que había estado dando vueltas por su cabeza desde hacía días, a decirle lo que ella ya sabía, lo que ella había intentado olvidar. A preguntarle qué era lo que se proponía, cómo podía ser tan incauta, cómo podía hacer lo que estaba haciendo.
Las palabras bullían en su cabeza y en pocos minutos dejaron de tener sentido para ella, en pocos minutos dejó de escuchar lo que Severus le estaba diciendo, se dio cuenta, aún así, de todo.
Cuando volvió en sí ya no estaba en las mazmorras, Severus había dejado de hablar hacía tiempo. Charlotte estaba ahora en su habitación, pensando.
Sintió que las cosas no funcionaban, que no eran como ella había querido que fuesen. Se pasó toda la tarde encerrada en su habitación, pensando, sin mostrar el más mínimo atisbo de oposición a lo que la rodeaba. Encerrada en sus pensamientos, oyendo todo lo que Severus le había dicho, una y otra vez en su cabeza.
Había ido a comer y había ido a cenar. Decía estar cansada, intentaba no hablar con nadie, veía a Severus, sus miradas acusadores, recordándole que lo que hacía no estaba bien, que no tenía cabeza, y sabía que era verdad, y los motivos que él le había dado se juntaban con los que sólo ella conocía, y sabía que tenía razón.
Había intentado olvidar, había sido algo instintivo, y aquel beso había terminado el trabajo. Pero ahora recordaba, ahora volvía a la realidad. Durante unos días maravillosos había vuelto al pasado, y aunque Severus no podía entenderlo, ella sí lo hacía, y no se sintió mal por lo que había pasado. En cierto modo era una bonita forma de terminar las cosas, de terminar algo que había empezado hacía tiempo en un bosque a las afueras. Terminar algo que años antes no había podido terminar bien. No había podido terminar... Pero ahora tenía que terminar, y Severus lo sabía, y ella también lo sabía. Ahora sólo faltaba que él lo supiese.
Lo había decidido casi al instante entre el soufflé y la tarta de queso con moras. Cuando terminaron de cenar, Charlotte se levantó de inmediato intentando no mirar a Severus, rehuyéndole. Remus también se había levantado de su asiento, había estado todo el día intentando animarla, la encontraba triste, pero eso le resultaba imposible, pues ella no hacía más que huir de él. Le sorprendió que fuese ella quien se acercase y le propusiese ir a dar un paseo por el patio interior del castillo. Sin decir palabra salieron del Gran Comedor, caminando sin hablar, pues todos los intentos de Remus resultaron fallidos. Llegaron pues al patio interior sin más compañía que sus pensamientos.
Remus sabía que algo iba mal. Se sentía inquieto, y sentía que ella también se sentía así.
- ¿Qué ocurre? – Le preguntó él directamente.
Charlotte respiró hondo, no podía alargar más la espera, entre otras cosas porque no podría soportarlo, y porque él tampoco se lo merecía.
- Esto tiene que acabar. – Dijo sin más.
- ¿Cómo? – Remus no podía creerlo. - ¿Qué quieres decir?
- Lo sabes muy bien. Lo nuestro terminó hace tiempo. Creo que ha sido un error lo de estos días. Lo que ha pasado... no puede ser. – Dijo ella casi sin respirar. No podía soportarlo. Su voz tembló.
Creyó ver que él iba a rebatir sus palabras, que iba a oponerse, que iba a pedirle una explicación, pero no podía responder a ninguna de las tres cosas.
Negó con la cabeza más para sí que para él. Negaba para que él no hablase, para que ella no hablase, negaba que ella estuviese diciendo nada, diciendo eso. Se negaba a creer que ella estuviese diciendo eso, después de lo mal que lo había pasada cuando...
Tenía que irse. Y se fue. Remus no tuvo más que una negación como respuesta, una explicación a su extraño comportamiento durante ese día. Se quedó allí quieto, mirando a la nada, sin fuerzas para pensar. Ni siquiera la vio alejarse corriendo, pues no tuvo fuerzas para girarse y verla irse de su lado. No pudo ver cómo corría hacia los pasillos buscando su habitación, imposible de encontrar tras la pantalla de lágrimas que cubría sus ojos. Por fin volvía a llorar, por fin había hecho lo que tenía que hacer, por fin... no, por fin no, había terminado, tan sólo.
" Demasiada imaginación y muy poca prudencia "
por
Saffron (
7:00 PM )
El lunes amaneció con toda su crudeza.
El despertador sonó, tan temprano como siempre, y Saffron quiso estamparlo contra el suelo, pisotearlo, prenderle fuego y después tirarlo por la ventana. Pero no lo hizo. En vez de eso, se levantó, se duchó y se vistió, esperando a que llegara Snape. Tropezó con Ein y le gritó, para acto seguido cogerlo en brazos y acariciarlo.
- Pobrecito, tu no tienes la culpa de que ese hombre sea gilipollas.
Ein ronroneó, y aprovechó las caricias que tanto le gustaban. Unos minutos mas tarde, Snape llamaba a la puerta, con expresión hosca. Saffron abrió, con una mueca indiferente, aunque tuvo que morderse la lengua para no reír cuando Ein le dio al profesor una mirada de enfado. “Así se hace pequeñín” pensó divertida.
Ninguno de los dos dijo nada mientras bajaban al comedor. Él la dejó en su mesa, mientras avanzaba hacia la suya con paso resuelto y expresión enfadada. Los que vieron su cara temieron por sus próximas clases.
Saffron se sentó en su mesa, malhumorada, murmurando un buenos días.
- ¿Qué? ¿Nos hemos levantado con mal pie?- Helena habló como si todo fuera casual y no se estuviera muriendo de ganas por coserla a preguntas.
- Es que me duele la cabeza- se disculpó Saffron con desgana- Este tiempo...
- Ya... claro... y bueno... ¿qué tal lo pasaste en Hogsmeade?
“¿Ya?” se preguntó Saffron horrorizada. De repente, siete pares de ojos la estaban mirando con atención, pendiente de sus palabras. No, no perdían el tiempo. “Precaución, amigo conductor” pensó para ella misma. Debía ser muy cuidadosa con lo que decía.
- Pues... bien. Sí, bastante bien. Aunque me hubiera gustado que hubiera hecho mejor tiempo, ya sabes, mas sol, no tanto frío. Sobre todo por la noche, porque mira que hacía frío. De todas maneras, yo llevaba un gorro y un abrigo, que aunque estamos en octubre, nunca se sabe, y lo mismo te sale un día bueno, que llueve a cantaros. Como hoy, mira tu que...
- Ya vale Saffron- Helena y las demás la miraban con expresión de tedio. Vale, la maniobra de distracción no había funcionado. Tendría que pensar otra cosa. Helena continuó hablando- La verdad es que a todos nos sorprendió que fueras a Hogsmeade con Snape...
Vale. Muy bien. Saffron respiró nerviosa. Definitivamente, no sabía como lograban los mortífagos sonsacar a los capturados, pero nada podía ser peor que el método de Helena.
- Pues... si, verás, necesitábamos algunos libros, y fuimos a ver si los encontrábamos allí, en alguna librería... - la sonrisilla burlona de Helena la estaba poniendo nerviosa y a la vez le indicaba que no lo estaba haciendo bien. Mierda. Había utilizado el plural. No, no, no, plural malo. – El profesor Snape necesitaba unos libros y... bueno, yo también quería comprar algunas cosas. El estudio de pociones requiere mucho tiempo y mucha dedicación...
- Ya, claro. Es normal- los ojos de Helena chispearon y Saffron sintió deseos de meterse debajo de la mesa.- ¿Sabes? Fue muy... extraño que los dos desaparecieseis nada mas llegar al pueblo...
Saffron no daba crédito a sus oídos. ¿Es que ahora tenía que dar parte de cada movimiento que hiciese? Decidió acabar con aquello cuanto antes.
- Teníamos cosas más urgentes que hacer que andar por la calle delante de todo el colegio.- dijo estas palabras de manera cortante. Pero, por alguna razón que escapaba a su entendimiento, no tuvieron el efecto que ella esperaba. Helena y las otras soltaron unas risitas ahogadas.
- Claro... urgente.. es comprensible...
Saffron bufó. ¿Acaso era ella o todo lo que decían parecía tener un doble sentido?.
- Mirad- decidió ponerse seria, de una vez por todas- Esto no os interesa lo más mínimo. Es mi vida y ya está. No tengo porqué dar explicaciones.
- Ajam.
- ¿Pero como que “ajam”?- Saffron había perdido los nervios por completo.
- Bueno, está claro que si no tuvieras nada que ocultar nos lo contarías...
Y una mierda. Y que su patética vida amorosa (“¿vida?¿Qué vida?”) estuviera en boca de todo el colegio. Ni hablar.
- Mira, Helena, no pienso contarte NADA de mi vida privada, y puedes creer lo que te dé la gana. Puedes dejar que tu imaginación se invente lo que quiera, que a mí me da igual. No puedo perder el tiempo con estupideces de crías.
Helena la miró fijamente a los ojos, y todas las demás se habían callado de repente. Estaban demasiado serias como para que fuera una simple pausa en la conversación. Saffron agradeció que hubiera cesado su parloteo.
- ¿Sabes? Cada día te pareces más a él.- Helena la miró con lastima, y se marchó, seguida de todas las demás.
A Saffron aquello le dolió mas que si la hubieran abofeteado.
No quería ser como él. No quería ser una amargada y una déspota. No quería pasar su vida haciendo infelices a los demás. ¿Dónde estaba aquella Saffron divertida y que reía sin parar?. No, no quería ser así. Apoyó su cabeza sobre su mano y cerró momentáneamente los ojos.
- ¿Es que acaso no se encuentra bien?- la voz de en llegó hasta sus oídos sin rastro de preocupación.
Saffron levantó la vista hasta él, para verlo, imponente, alzándose ante ella al otro lado de la mesa. “Toda la culpa la tienes tu, maldito idiota” pensó ella, mirándole fijamente.
- Estoy perfectamente- dijo ella, la voz engañosamente calma, poniéndose de pie y siguiéndolo.
Ninguno de los dos dijo nada en todo el recorrido hasta las mazmorras.
+++++++++++++++++
Definitivamente, algo no iba bien.
Severus Snape podía olerlo en la tensión del aire que respiraba. Pero, sobre todo, podía verlo en sus ojos.
Parecía que ella no fuera la misma de dos días atrás.
Y se sentía estúpido, inconmensurablemente estúpido. Aunque lo negara, se sentía preocupado. Una preocupación sorda, como una piedra en su estómago. Una sensación que él había creído que se desvanecería el sábado por la noche; luego el domingo por la tarde, y que realmente no había esperado encontrarse el lunes por la mañana.
Una estúpida y dolorosa preocupación porque una de sus alumnas no sonriera como lo hacía habitualmente.
Estúpida idea.
A el le daba igual que sonriera o que no. Maldita sea, le daba exactamente igual. Ella era solo una de tantas.
Una más.
Además, la culpa no era suya, sino de ella. Ella era la mentirosa, la hipócrita. No debería haberla recogido esa mañana. Que se las arreglara como pudiera. Si estaba en peligro, allá ella. Que no se hubiese comportado de aquella forma.
“¿De qué forma, Severus?”
Y sin embargo, había ido hasta su habitación. Igual que el día anterior.
El día anterior, con aquella niña odiosa. Ella le había demostrado que no se alegraba precisamente de verle. Y justo después, cuando estaba a punto de marcharse, se habían mirado.
Había sido algo completamente recíproco. Él la había mirado a ella, y ella le había mirado a el. Y no había visto enfado en sus ojos. A decir verdad, no estaba seguro de lo que había visto. Estaban demasiado cerca. Demasiado. Tanto, que sus respiraciones se confundían. Ninguno de los dos había dicho nada, y él comenzó a sentir algo extraño, mientras un pujante impulso lo atenazaba.
Gracias a dios que aquella niña los había interrumpido, porque si no...
“Si no... ¿qué, Severus? ¿Qué ibas a hacer?”
Nada.
No iba a hacer nada. Nada de nada.
Absolutamente nada.
Nunca debería haber aceptado aquel cargo. No debería haberle dicho a Saffron Bahn que la ayudaría a estudiar pociones antiguas. Y tampoco debería haberse hecho cargo de su seguridad.
Un momento.
El no tenía ningún compromiso con ella. Podía romper su promesa cuando quisiera, sin sentirse culpable en modo alguno. Podía hacerlo.
Y dejarla a ella defraudada y en peligro.
El bastardo hijo de puta que había sido durante toda su vida pareció considerar esa opción mientras que una voz secreta le hizo saber que no lo haría.
Quizás se estaba volviendo viejo.
+++++++++++++++++
Saffron pasó la mañana sola y malhumorada, encerrada en aquel lóbrego despacho. Le dolía la cabeza, y la humedad la asfixiaba. Odiaba cada vez más las mazmorras. Ya no eran aquel lugar misterioso donde se escondía su oscuro profesor de pociones. Ahora eran ese lugar deprimente donde debía permanecer todo el día estudiando y realizando pociones, mientras le dolía la cabeza y su idiota profesor de pociones daba clase en la habitación contigua.
“Tu te lo has buscado, bonita” se dijo a sí misma enfadada.
La tarde pasó igual de deprimente, con la única variante de que ahora Snape se sentaba detrás de su mesa, escribiendo frenéticamente. Lo mismo hubiera dado que no estuviera, porque él la ignoraba por completo. Ahora no solo no le hablaba, sino que ni siquiera la miraba, y mucho menos, se había acercado hasta ella. La única animación que tuvo fue la larga sucesión de estudiantes que llamaron a la puerta del despacho durante toda la tarde, mientras Snape les iba dando unos pequeños papeles acompañados de una breve charla en voz baja.
“Castigos” pensó Saffron con curiosidad. Al parecer, Snape había tenido uno de aquellos fatídicos días. Los miró con compasión, sin saber que ellos sentían lo mismo por ella.
De repente, el fuerte viento abrió una de las ventanas. Saffron se acercó hasta ella y cerró de un portazo. Tan fuerte, que creyó que había roto el cristal. Pero no. Cuando se volvió, se encontró a Severus Snape mirándola fijamente, como si se acabara de dar cuenta de que ella estaba allí.
Ella no apartó la vista, desafiante.
Severus Snape se levantó con actitud decidida, un brillo peligroso en su mirada. Por un momento, Saffron sintió miedo. Pero él la pasó de largo, apenas una mirada, y salió del despacho dando un portazo. Saffron se sentó en una silla y pataleó en silencio. Por merlín, aquel hombre la irritaba tanto. Sentía ganas de abofetearle, de pegarle y hacerle daño.
Lo hubiera hecho, si se hubiera atrevido.
Un buen bofetón, con la mano abierta, aunque después le doliera más a ella que a el.
Y, maldita sea, seguía teniendo ganas de besarle. Y no lo entendía. No entendía por qué quería pegarle y besarle después. Aquello no tenía sentido. No sabía cuanto tiempo podría estar enfadada con él. Aquella no era uno de esos enfados en los que no vuelves a ver a la otra persona hasta que ha pasado un tiempo prudencial. Ella lo veía todos los días y no tenía la suficiente fortaleza como para estar mucho tiempo enfadada.
Suspiró.
Era una blandengue, eso era. No quería convertirse en alguien como él, pero tampoco quería ceder. No podía ser ella siempre la que solucionaba esas situaciones. Supuso que Severus Snape estaba poco habituado a compartir su tiempo con alguien regularmente. Mejor que fuera eso, que un odio hacia su persona, ¿no?. El no se enfadaba con ella porque fuera ella, sino por la situación. Ese deje de impersonalidad la puso de mal humor.
Aguantaría lo que quedaba de día, y a partir del martes volvería comportarse como siempre.
“Eso es, Saffron” pensó para si “aguanta hasta mañana, que vea que no eres tan débil como pareces”.
No le sorprendió que él viniera a recogerla a ultima hora de la tarde, y la llevara a cenar sin darle opción a cambiarse de ropa siquiera. Por supuesto, él seguía igual de huraño y no hablaron absolutamente nada en todo el recorrido. Tampoco le sorprendió que Helena y las otras no le hubieran guardado un sitio, y ahora tuviera que dar vueltas para encontrar un sitio libre.
Se sentía idiota. Terriblemente idiota y desplazada.
Comió poco y con desgana, jugueteando con el filete de pavo y las patatas gratinadas. La cena se le hizo interminable. Quizás él había adivinado que quería acostarse temprano y por eso tardaba tanto en ir a por ella. Casi se habían quedado solos en el salón cuando el vino a por ella.
Sin una palabra, se dispuso a andar lo más rápido posible hasta su habitación. Cuanto antes se acostara, antes sería martes, ¿no?
- ¿Pero donde cree que va, señorita Bahn? – la voz de el era untuosa y con un deje de impaciencia.
Saffron lo miró, confundida durante un segundo. Pero se repuso pronto.
- ¿A dormir, quizás?- intentó que su voz sonara sarcástica, pero solo consiguió un pobre efecto.
- No sea impertinente, señorita Bahn. Sígame.
Saffron pasó por alto el insulto y comenzó a caminar detrás de él. No pudo evitar una exclamación de disgusto al observar que volvían a las mazmorras. El reloj de la entrada resonó en todo el castillo, y Saffron contó nueve campanadas. Las nueve. Todos los alumnos deberían estar acostándose ya, excepto algunos rezagados que hubieran dejado sus tareas para última hora.
¿Qué demonios hacía ella en las mazmorras a esas horas?.
Un escalofrío recorrió su espalda. Miró a Snape, que andaba delante de ella, los puños apretados. Apretó ella el paso hasta ponerse a su lado. No le gustaba andar por allí, tan tarde, casi a oscuras. Nunca se sabía cuando se vería obligada a agarrarse del brazo a Severus porque estaba asustada.
Ejem.
Sí, bueno.
Disimuladamente, se fue acercando lo más posible a él, hasta que sus brazos se rozaban en cada paso. Pero que poco le gustaba la oscuridad a Saffron, y sin embargo, ahora la agradecía. Asombrosamente, el no se alejó de ella, sino que permitió ese pequeño contacto. Saffron se preguntó si él estaba siendo condescendiente con ella o es que simplemente no se había dado cuenta, de tan concentrado como iba en si mismo.
Dejó escapar un suspiro, a medias alivio a medias decepción: se encontraban de nuevo en el despacho de él. Evidentemente, por mucho que la imaginación de Saffron volara, siempre acababa aterrizando de la forma más cruel en la realidad. Suspiró. Que pava era. Como si él fuera a llevarla a algún sitio oscuro para... bueno, para hacer cualquier cosa menos estudiar.
Suspiró, y esta vez si fue audible.
“Control, Saffron, control” se dijo así misma, nerviosa. Ambos entraron en el despacho, que con tan poca luz presentaba un aspecto triste y decadente. Por un momento, Saffron sintió un deje de tristeza por Severus: no le extrañaba que él fuera tan frío y desagradable. Ella solo llevaba un mes y medio pasando el día completo en aquella mazmorra y ya sentía sus efectos deprimentes.
Pero, de repente, él cerró la puerta detrás suya. Con llave. Y aplicó un hechizo silenciador. Volvieron los escalofríos a su espalda, extendiéndose ahora también a su estómago. Vale. Estaba encerrada en una oscura mazmorra con Severus Snape, su amor platónico de toda la vida. Los dos encerrados, allí, en la semioscuridad y con un hechizo silenciador para que no se escuchara nada desde el pasillo.
Saffron empezó a sudar, mientras se retorcía las manos nerviosa.
Sobre todo cuando él dejó su amplia capa sobre la silla, y se desabrochó un par de botones de las muñecas, remangándose ligeramente. Saffron tragó con dificultad, sin dar crédito a sus ojos.
¿Qué demonios estaba pasando?.
De repente, él estaba a su lado. Lo miró con atención, esperando impaciente a que él dijera algo. Él fijó la mirada en ella, en su cara, y después la paseó por todo su cuerpo. Saffron se mordió los labios sin darse cuenta, mientras permitía el escrutinio por parte de él.
- Tendrá que quitarse eso que lleva puesto.
- ¿Qu.. QUE?- Saffron no daba crédito a sus ojos ni a sus oídos, ni a nada de lo que estaba pasando. Se preguntó si estaba soñando, pero cuando se pellizcó, se dio cuenta de que aquello era real.
Él volvió a mirarla con atención y de nuevo habló. Severus Snape sonaba hastiado y ligeramente irritado.
- No puedo enseñarle DADA en condiciones si no puede moverse con total libertad. Y, desde luego, eso, lo que sea que lleva puesto de abrigo no es adecuado. También tendrá que recogerse el pelo.
- ¿Qué?
Snape la miró como si fuera idiota y se sintió avergonzada.
- ¿Es que ahora es sorda, señorita Bahn?.
Saffron negó con la cabeza, y acto seguido, se quitó su poncho de lana de colores, quedando solo con una camiseta fina. Pero se sentía tan avergonzada, que no sentía ni frío. Pero que estúpida era. Era definitivamente idiota. ¿Qué había imaginado que iban a hacer?. Sabía perfectamente lo que se había imaginado y se ruborizó aun más.
Estúpida, más que estúpida. Maldita imaginación suya, que le impedía diferenciar realidad de deseo.
- Sev.. Profesor Snape... No tengo nada para recogerme el pelo.
Snape bufó, mientras ella se sentía como si tuviera cinco años.
- Quizás- ella continuó hablando, con suavidad, para no enfadarle mas- Si usted tuviera algún lazo, o algún pañuelo, o... algo...
Él asintió, enfadado por el retraso, y desapareció por una de las puertas que daban a sus habitaciones. Volvió al cabo de un minuto, y le tendió un pañuelo gris, pulcramente doblado. Saffron lo cogió y se recogió una coleta con él, apretando con fuerza. Vaya por dios, ahora se sentía avergonzada y fea.
- ¿Ya?- preguntó él, impaciente.
Saffron asintió.
- De acuerdo- continuó él, apenas mirándola. Como si todo aquello fuera un engorro para él- ¿Sabe conjurar un patronus?
Ella lo miró extrañada. ¿Un patronus? ¿Qué tenía que ver ahora un patronus?. Asintió levemente.
- Si... bueno, conseguí conjurarlo cuando estudiaba, pero la verdad es que nunca he necesitado ponerlo en practica. No... no sé que tal me saldría en este momento...
Snape asintió, con una mirada críptica.
- De cuerdo, empezaremos con el patronus. Mas vale recordar lo aprendido antes de empezar con cosas nuevas.
Él comenzó a retirar un par de sillas y a despejar el centro del despacho, mientras Saffron lo miraba, todavía confundida.
- Profesor Snape... ¿para qué tengo que conjurar un patronus ahora?
Él le contestó, sin mirarla siquiera.
- No podré estar siempre detrás suyo. Tiene que saber defenderse usted misma.
Saffron tembló ligeramente ante las implicaciones de lo que él estaba diciendo. Significaba que estaba en peligro, que realmente podrían hacerle daño. Toda la falsa ilusión de que su vida continuaba siendo la misma se desvaneció en ese momento. Se quedó seria, mirando al suelo sin saber que decir, o que hacer. No se dio cuenta de que Severus Snape la miraba fijamente.
- Venga aquí.
Saffron obedeció, y llegó junto a el, en el centro despejado del despacho. Él continuó hablando.
- Vamos a intentarlo. Ya sabe como es el procedimiento, ¿no? Piense en algo alegre y diga en voz alta el conjuro.
Saffron asintió. Se dispuso a pensar algo alegre, pero no le salía nada. Todo allí era demasiado deprimente. Sentía una punzada debajo de los párpados y pensó que no solo no podía pensar algo alegre, sino que encima iba a echarse a llorar. Además, él la miraba, atento, y así no había manera de concentrarse.
Snape bufó.
- Concéntrese, señorita Bahn. No tengo toda la noche.
Saffron asintió, cohibida. Intentó con desesperación pensar algo alegre, como tartas de chocolate y menta, o poder bañarse en la playa con sus amigas, pero nada venía a su mente. De repente, él estaba justo a su lado. Lo miró sorprendida, y él habló.
- Cierre los ojos.- Saffron lo miró sin comprender, y él dejó escapar un gruñido impaciente. Se apresuró a hacerle caso y cerró los ojos. Él siguió hablando.- Intente no pensar en nada durante unos segundos. Deje su mente completamente vacía.
Saffron lo hizo. Cerró los ojos y redujo su respiración. Intentaba relajarse, dejar su mente vacía. Inspiró y expiró con fuerza varias veces, relajando poco a poco los músculos de su cuerpo. Lo sentía, poco a poco, como su mente se iba vaciando, como si hubiese dejado todos sus pensamientos en un pensadero.
Y, de repente, lo sintió a el. Severus Snape, moviéndose lentamente a su alrededor. Tal y como estaba, completamente relajada, sus sentidos se habían vuelto mucho más receptivos al estar privados de la vista. Podía sentir sus movimientos, su respiración pausada, su olor. De repente, se sintió mareada. Había perdido toda orientación, y no podía saber donde estaba él en ese preciso instante. Lo sentía a su izquierda, a su derecha, frente a ella, a su espalda. Como si la rodeara. Como si no pudiera escapar de él.
Estaba completamente mareada. Definitivamente, tendría que haber comido más en la cena. Sintió deseos de abrir los ojos, y realmente estuvo tentada de hacerlo, si no fuera por la voz de él, susurrante en su oído.
- No abra los ojos.
Saffron se tambaleó ligeramente. Pensó que iba a caerse, pero no. De repente, él estaba detrás suyo, pegado a su espalda, una mano en su hombro, mientras estiraba el brazo pegado junto a su propio brazo, su mano sujetando la mano en la que tenía la varita. Y de nuevo su voz, ligeramente ronca, susurrando en su oído.
- Piense en algo alegre, señorita Bahn.
Saffron no pudo evitarlo, y un suspiro ronco salió de su garganta. Le pareció que Snape se movía involuntariamente detrás suyo, pero no hubiera podido jurarlo. Lo tenía claro: su pensamiento alegre era ese mismo instante. Severus abrazándola por la espalda, ella en sus brazos, rodeándola con calidez, su boca pegada en su oreja, hablándole entre susurros. Y después, ya no hablaría, sino que bajaría un poco, solo un poco hasta su cuello, y lo besaría, lentamente, con dulzura, mientras ella susurraría su nombre, y él apretaría el abrazo, hasta que sus cuerpos encajasen perfectamente...
No se dio cuenta de que estaba desvariando hasta que él apretó su mano con fuerza. Durante ese segundo de lucidez, Saffron se preguntó avergonzada si se habría movido demasiado contra él, si sus pensamientos habían sido demasiado evidentes.
- El conjuro, Saffron... - indicó él en un susurro, la voz ronca y apremiante.
Había dicho su nombre. No la había llamado “señorita Bahn”, sino que había pronunciado clara e inequívocamente su nombre. Fue el último impulso que ella necesitó. Él apretó ligeramente su mano, ella alzó un poco más la varita y habló sin vacilar.
- Expecto patronum!!
Sintió la varita vibrar, cada vez más fuerte, toda la energía de su cuerpo concentrándose en ese punto, hasta que salió despedida con fuerza. Su cuerpo se quedó sin fuerzas, casi inerte. Hubiera caído al suelo de no ser por él, que siguió sujetándola con firmeza. Saffron se sentía como drogada, y muy pesada, como si fuera una muñeca de trapo. Dejo que él la sujetase, mientras su mente vagaba, pensando cosas sin sentido.
- Ya puedes abrir los ojos- la voz de Severus le llegó como si estuviese a miles de kilómetros.
Lenta y pesadamente, abrió los ojos. Tardó un segundo en ajustarse a la pobre luz del despacho, pero enseguida lo vio. Miles de mariposas traslúcidas revoloteaban por el despacho, cada vez más difuminadas.
Mierda.
Ya no se acordaba. ¿Por qué tenía que ser tan rematadamente cursi?. Mariposas. Solo alguien como ella podía tener inútiles mariposas de Patronus. Entornó ligeramente los ojos, mirando de reojo a Severus para conocer su reacción. Pero el no parecía muy impresionado. Miraba fijamente hacia algún punto concreto de la habitación, sin decir nada. Y no la soltaba, ni se apartaba de ella.
Bien. No iba a ser Saffron la que se quejara.
Pero, de repente, él pareció reaccionar. La miró fijamente, como si calculara el tiempo que había pasado sujetándola, y sus miradas se cruzaron durante unos segundos. Saffron sonrió, y el se apartó lentamente. Pero no totalmente. Siguió sujetándola ligeramente por el brazo, mientras la llevaba hasta una silla, temeroso de que ella se cayera. Saffron no vaciló en mostrarse mucho más débil de lo que en realidad estaba.
Se sentó en el sillón que normalmente ocupaba él, mientras aceptaba ávidamente el pedazo de chocolate que le ofrecía. Severus permaneció a su lado, observándola en silencio. Saffron supo que su enfado se había desvanecido. No tenía sentido seguir enfadados después de eso. Él podría ser desagradable y déspota, pero era evidente que se preocupaba por ella. No solo la enseñaba a defenderse, sino que la protegía a cada momento. Lo miró con dulzura, fijándose en su ceño fruncido y su mirada oscura, pensando que daría cualquier cosa por atreverse a besarle y por que él la abrazara como lo había hecho unos minutos antes.
De nuevo él la llevó hasta su habitación en silencio. Pero ahora era un silencio diferente, y Saffron se sentía cómoda en él. Se despidieron a la puerta de su habitación, ya con la tranquilidad de saber que todo había vuelto a la normalidad.
Saffron durmió feliz y tranquila aquella noche.
Todo lo contrario de Severus.
+++++++
Para Saffron, todo parecía perfecto. Ahora no solo volvían a ser los mismos de antes, sino que además pasaba parte de la noche con él, en su despacho, él enseñándola a defenderse de posibles ataques. Saffron volvía a parlotear en el despacho, a reírse, a darle una taza de té y ofrecerle dulces que el siempre declinaba. Todo estaba bien, todo era agradable. Y fue mucho más agradable cuando él le enseñó aquel nuevo despacho.
El otro se había quedado pequeño para los dos. Ya se habían dado cuenta, los días que él tenía que preparar alguna poción que ella desconocía su utilidad. No hacían mas que estorbarse el un o al otro. Era una mesa demasiado pequeña para tener dos calderos y realizar dos pociones diferentes. Y las clases de DADA no habían hecho sino complicar la cuestión. La noche anterior había roto algunos botes de los que se alineaban en las estanterías que cubrían las paredes. Se apresurado a disculparse, pero Severus hizo un gesto negativo con la cabeza.
Y al día siguiente, la había llevado allí.
Saffron no pudo reprimir una exclamación de sorpresa al ver el nuevo despacho.
- ¡Que bonito!- exclamó sorprendida.
Era mucho más grande y espacioso que el despacho de las mazmorras. Tenía una amplia mesa de trabajo, y algunas estanterías también llenas de botes en las paredes. Vio algunos armarios, idénticos a los que había en el otro despacho, y Severus le indicó que eran armarios comunes: tenían exactamente el mismo contenido, y lo que se introducía en uno, automáticamente quedaba introducido en el otro. Una amplia chimenea presidía la enorme habitación, irradiando calor. Sin embargo, lo más impresionante eran los enormes ventanales. Saffron se acercó hasta ellos y descorrió las pesadas cortinas, quedando la gran habitación iluminada por completo con luz natural. Se rió, excitada, y se asomó a una de las ventanas comprobando la preciosa vista que tenía desde allí. Severus hizo una mueca de disgusto, pero no corrió de nuevo las cortinas.
- No entiendo como teniendo este despacho, prefieres el otro- dijo distraídamente mientras miraba con curiosidad los libros que había en una estantería.
- Este tiene demasiada luz- bufó él.
Ella se echó a reír, hasta que se dio cuenta que hablaba en serio. Lo miró fijamente, con lástima. Sin embargo, él la había llevado allí; y aunque no le gustara ese sitio, allí estaban, preparándose para realizar una poción entre los dos. No pudo evitar acercarse hasta él y darle un apretón cariñoso en el hombro. Sin decir nada, sin excusarse ni inventarse ninguna razón estúpida. Simplemente, agradecerle todo lo que él hacía por ella. Se sonrojó levemente cuando él la miró con fijeza, y se apartó, dispuesta a seguir colocando sobre la mesa los ingredientes necesarios para la poción.
El también se retiró, acercándose a la ventana abierta. Saffron no pudo ver como su mano temblaba ligeramente, ni como sus pensamientos encontrados bullían en su cabeza. Buscó lo que necesitaban en el armario, dejándolo descuidadamente sobre la mesa, donde se amontonaban ingredientes que ni siquiera miró. Volvió su vista, buscando a su profesor, que permanecía frente a la ventana, mirando hacia fuera.
- Severus... - ella lo llamó, indicándole que ya podrían comenzar. Sin embargo, él pareció no escucharla. Volvió a llamarlo, aunque tampoco quería resultar pesada. Lo miró extrañada: él había desoído dos llamadas por parte de ella. ¿Que demonios estaba mirando por la ventana que fuera tan interesante?.
- ¿Severus?- se acercó cautelosamente hasta él, y volvió a tocarle en el hombro. Así pareció reaccionar. La miró, como si la viera de repente allí, separándose bruscamente de su lado, con expresión enfadada.
Saffron lo miró extrañada, y se apresuró a mirar aquello que había hecho que Severus Snape se irritara tanto. Y lo vio, allí abajo, la respuesta a sus preguntas y a sus peores pesadillas.
Allí abajo, en un banco, estaban sentados Remus Lupin y Charlotte Jenkins, en una actitud íntima y que Saffron reconoció como flirteo descarado. El mundo se le vino encima: claro que Snape se había enfadado. Estaba claro que a el le gustaba aquella chica, Jenkins. A ella misma no le había mostrado ni la quinta parte de la atención que había demostrado hacia aquella chica. Sintió ganas de llorar de rabia. Claro que se había enfadado; ella también se habría enfadado si el hombre que le gustara prestara más atención a otra chica que no fuera ella.
Un momento.
¡Eso era exactamente lo que ocurría!
Pero que estúpida era. Estúpida y más que estúpida. Si, el se mostraba preocupado por ella, pero se enfadaba cuando veía a esa Jenkins coqueteando con Lupin. Sintió un odio profundo hacia la joven rubia que estaba riendo justo debajo de sus narices. Era... era.. era idiota! ¿Cómo podía ignorar a alguien como Snape por Lupin? Y, desde luego, Lupin tampoco se la merecía. Ela estimaba a Lupin. No podía desear que estuviera con alguien como aquella mujer. No, desde luego que Lupin se merecía mucho más.
Y, de pronto, en medio de sus elucubraciones, una voz ligeramente conocida resonó en la habitación.
Mierda, lo que faltaba. Era aquella Wallra-algo. Justo lo que faltaba para completar un bonito día. Entornó los ojos, y cogió un libro de la estantería, haciendo como que lo miraba, mientras prestaba toda su atención a lo que decían.
Si no era discreta al menos debía parecerlo.
Bah, tampoco era que dijeran nada que le interesara. Por lo visto, Laia no solo parecía una zorra, sino que lo era. El hecho de envenenar a un compañero par conseguir su puesto daba una ligera idea de lo que estaba dispuesta a hacer aquella chica. Severus le impuso un castigo duro, y Saffron se sintió secretamente complacida. No estaba precisamente para buenos sentimientos en aquel momento. En un ataque de depravado egoísmo, pensó que si ella era una infeliz, al menos que los demás también lo fueran un poco. No podía quitarse de la mente a Severus enfadado por haber visto a Jenkins con otro hombre, un hombre al que despreciaba.
De repente, escuchó su nombre, en boca de su profesor. Levantó la vista inmediatamente, y prestó atención.
Otra llave.
Él iba a confiarle la llave de aquel otro despacho. Él confiaba en ella, eso era evidente. Se sintió como una estúpida, feliz por aquella deferencia hacia ella, cuando sabía que él prefería a la otra. Fue hosca con Laia cuando esta le dio la llave, marchándose enseguida. Sin percatarse de la mirada fija en ella de Severus, sacó la cadena que llevaba colgada al cuello de un tirón. Con dificultad, desenganchó el cierre, para introducir la nueva llave junto con la otra. Así nunca las perdía, nunca se preguntaba dónde las había dejado, porque siempre las llevaba con ella.
Si quitárselo había sido difícil, volver a enganchar el cierre se estaba convirtiendo en un problema. Podría introducírselo por la cabeza, pero eso significaba destrozarse el complicado trenzado que se había hecho esa mañana, y antes muerta que hecha un adefesio. Con un suspiro de impaciencia se acercó hasta Severus, que había vuelto a ponerse en pie y permanecía de pie en el otro extremo de la habitación.
- ¿Me ayudas?- dijo ella con una sonrisa triste. El no la quería, pero Saffron no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente. Aunque eso significara aprovechar cualquier mínima oportunidad para estar cerca de él. Sin esperar a que él dijera nada, le puso la cadena en las manos y se volvió, ofreciéndole la nuca descubierta.
Él pareció vacilar un segundo, y después deslizó la cadena alrededor de su cuello, enganchando el cierre con delicadeza. Por un instante, sus manos quedaron suspendidas sobre el cuello blanco de ella. Y entonces, lo notó: el olor limpio de su pelo, de ella, el olor dulce de las almendras con un deje amargo en el fondo. El impulso fue demasiado fuerte, y antes de darse cuenta, estaba tocando su cuello con las yemas frías de sus dedos. Ella dio un respingo justo debajo de sus manos, y el se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Se apartó de ella con decisión.
“¿Qué demonios haces, Severus?”
Saffron se mordió el labio para no echarse a llorar.
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Saffron se sintió sorprendida cuando el sábado por la noche Severus volvió a llevarla al despacho de la tercera planta.
“¿Hoy también?” Pensó con sorpresa. En fin, a ella le daba igual, realmente. No podía salir, así que la perspectiva de su sábado era leer o dormir. Sinceramente, prefería estar con Severus, aunque tuviese que estudiar.
Siguiendo su costumbre, Severus encendió pocas luces en el despacho, dejando la mitad de la habitación en penumbra. Saffron no le dejó hacer, y también encendió más velas por los rincones, disimuladamente. Él rezongó en voz baja y la miró interrogante cuando vio la habitación tan iluminada. Saffron no pudo menos que echarse a reír, encogiéndose de hombros.
Siguió cambiando las luces para iluminar el despacho mientras él sacaba los ingredientes de los armarios y los iba dejando cuidadosamente sobre la mesa.
- ¿Ves? Así está mucho mejor, Severus. No entiendo como puedes estar siempre a oscuras, vas a terminar con la vista fatal, si tienes que leer tanto y sin embargo no tienes...
De repente, calló. Severus levantó la vista del armario, para ver qué había provocado ese silencio.
El bote se le cayó de las manos a causa de la sorpresa.
- ¡Saffron!
Saffron no lo entendía. No entendía como no se había dado cuenta hasta ese mismo instante de lo bonita que era esa extraña piedra violeta que levitaba sola encima de la mesa. Brillaba, intermitente, como si le estuviera guiñando el ojo. De repente, el deseo de tocarlo era demasiado fuerte, demasiado como para reprimirlo. Se acercó hasta ella, lentamente. No pasaba nada por tocarla, ¿verdad? Solo un toque, rozarla simplemente. Cada vez más fuerte, la piedra brillaba cada vez mas, giraba cada vez más rápido. Saffron la miró embobada. ¡Oh! ¡Había sombras dentro! Sombras que se movían, y parecían personas. Se acercó aun más, curiosa. Solo quería saber que había dentro de la piedra. Eso no podía ser tan malo, ¿verdad?.
Y de repente, justo cuando estaba a punto de tocarla, un tirón brusco la llevó hacia atrás, sujetándola por los brazos con fuerza.
Saffron parecía haberse vuelto loca. La sujetó con fuerza, inmovilizándola, con un brazo por delante de su pecho, aguantando sus brazos, mientras con la otra mano sujetaba su cabeza con fuerza. La muchacha se debatía entre sus brazos, furiosa, intentando liberarse.
- No.. no, déjame... - Saffron gritaba, moviéndose sin parar, mientras él la sujetaba con fuerza.
Por primera vez en mucho tiempo, Severus Snape se asustó de verdad. Había sido un estúpido. Sabía perfectamente que podía ser peligrosa, y aun así la había dejado allí encima. Demasiado tarde había comprendido que Saffron no tenía la fortaleza suficiente como para enfrentarse a ella. La sujetó con toda su fuerza posible, mientras ella pataleaba y tironeaba de sus brazos. Acarició su pelo, le murmuró palabras tranquilizadoras, pero nada parecía dar resultado. Dio gracias a dios por haber silenciado la habitación, porque si no en ese momento estaría todo el colegio despierto.
Y de repente, uno de los brazos de ella consiguió liberarse, tendiéndose hacia delante para rozar la brillante piedra violeta, que giraba cada vez más deprisa. Intentó impedirlo con un brusco tirón hacia atrás, pero fue demasiado tarde.
Los dedos de Saffron rozaron la piedra tenuemente, que pareció desestabilizarse ligeramente. Severus sintió el cuerpo de la chica tensarse entre sus brazos, y después, quedarse inerte.
Aspiró horrorizado. La tendió en el suelo, y le apartó el pelo de la cara. No se dio cuenta de que había estado aguantando la respiración hasta que ella abrió los ojos, después de llamarla varias veces.
- Hola- dijo ella simplemente, sin saber muy bien donde estaba, porqué estaba tumbada en el suelo, y porqué Severus estaba tan cerca de su cara. No era mala forma de despertar.
Severus respiró aliviado.
Saffron lo miró, interrogante. Él estaba de rodillas a su lado, mirándola fijamente, más pálido de lo habitual. Intentó incorporarse, pero el se lo impidió. Daba igual, de todas maneras estaba un poco mareada.
- ¿Estas bien?- preguntó él, y su voz sonó ligeramente ansiosa.
Saffron asintió.
- Un poco mareada... ¿qué ha pasado?.
Severus la miró interrogante.
- ¿No recuerdas nada?.
- No- Saffron negó con la cabeza- Solo que... la piedra violeta brillaba mucho, y...
- ¿Y qué?- inquirió preocupado Severus - ¿Qué has visto?
Saffron pareció sonrojarse ligeramente.
- Y... tu estabas dentro... ¿cómo es posible?
Él le lanzó una mirada críptica y no contestó. Permanecieron en silencio un par de minutos.
- Ayúdame a levantarme, anda. Me duele el cuello así.
Severus le ayudó a ponerse en pie, y sin soltarla, la llevó hasta una silla. Dudó unos segundos, como si no supiera muy bien que hacer. De repente, como dándose cuenta, se dirigió con decisión hacia la piedra, y la metió en una pequeña caja.
- No te muevas. Enseguida vengo. Sobre todo, no te levantes.
Saffron asintió, y el se marchó. Esperó un rato, aburrida. Aun estaba ligeramente mareada. De repente, se le ocurrió que podía abrir la ventana y que le diera un poco el fresco. Si, desde luego eso le vendría bien.
Se acercó lentamente hasta uno de los ventanales, y con dificultad lo abrió. La fría corriente la golpeó en la cara y Saffron cerró los ojos. Si, aquello era perfecto. Permaneció un rato con los ojos cerrados, pero pronto estuvo lo suficientemente despabilada como para mirar por la ventana.
Aunque era de noche, la luna estaba creciente, muy cerca de su plenitud, reflejándose en la superficie del lago, confiriendo al bosque prohibido una iluminación casi plateada. Sus ojos vagaron distraídos por el paisaje. No debía de estar recuperada del todo del mareo, porque de vez en cuando parecía que la imagen se desenfocaba algo, como si perdiera nitidez. Se rió de si misma.
Y de repente, la risa se le congeló. Dos figuras, al comienzo del bosque. Desde donde estaba no podía distinguirlas bien. Las dos sombras oscuras estaban alejadas la una de la otra, como si conversaran. Pero, de repente, se unieron, se fundieron como si fuera una sola. Saffron volvió a reírse. Así que solo eran dos alumnos que se habían escapado al bosque para darse el lote. Desde luego, había gustos para todos, con la cantidad de sitios que había dentro del castillo. Sin embargo, las figuras volvieron a separarse, y a Saffron no le quedó tan claro que fueran dos estudiantes. Una de las figuras, la más pequeña si parecía llevar el uniforme. Y era una chica.
Pero la otra... era alta, mucho más que la chica. Y vestía de negro, completamente. Una duda asaltó su mente. Respiró aliviada cuando comprobó que no era Severus. No, no era él, podía distinguirle entre un millón. Pero la figura le resultaba extrañamente familiar...
De repente, el hombre se volvió. Saffron ahogó un grito. Aquel pelo, tan largo, tan rubio que brillaba con la luna como si fuera plateado, pulcramente recogido en una coleta. Solo podía ser una persona.
Podía ser.
Podía estar allí, en aquel momento, hablando con una estudiante.
Algo más que hablando.
De nuevo, el hombre se volvió, y quedó frente a ella. Se había vuelto para decirle algo a la chica que lo seguía, pero Saffron tuvo la impresión de que la podía haber visto. Asustada, cerró la ventana con rapidez, y volvió a sentarse en la silla, agitada.
Un segundo más tarde, apareció Severus. Se acercó a ella con paso decidido.
- ¿Qué tal estas?- Saffron asintió con la cabeza, y él le dio una mueca satisfactoria. Seguido, se acercó hasta la mesa, y vertió algo en un pequeño vaso. Se lo acercó a Saffron, y lo puso entre sus manos.- Bebe esto de un trago. Después ya podrás andar sin correr peligro.
Saffron asintió. No podía decirle lo que había visto. Severus se enfadaría con ella por desobedecer, y él estaba preocupado. No podía hacerle eso. Con una sonrisa nerviosa, se bebió lo que él le ofrecía. Estaba amargo, y Saffron tuvo que reprimir las ganas de vomitar. Sin embargo, después se sintió más ligera, y mucho más despierta.
Él dejó que descansara unos minutos más, y después se pusieron en camino. Realmente, Saffron no entendía tanta preocupación. No se sentía mal, ya no estaba mareada. Sin embargo, él le ofreció su brazo para agarrarse y ella lo aceptó sin dudar.
Ocasiones como aquella se presentaban raramente.
Andaban lentamente, con tranquilidad, y Saffron disfrutaba del paseo, aunque fuera por los pasillos del colegio, a medianoche de un sábado. Hasta que se la encontraron. Era lógico, estaba castigada, le tocaba hacer las rondas esa noche. Saffron no prestó apenas atención a las preguntas de rigor de Severus.
De repente, el corazón le dio un vuelco.
Laia Wallravenstein parecía demasiado agitada y acalorada aquella noche. Demasiado nerviosa. Demasiado sonriente.
Saffron abrió los ojos con sorpresa cuando comprendió.
Laia Wallravenstein le dio una sonrisa falsa.
" Descubrimientos "
por
Laia (
3:25 PM )
Le habían dicho que el jefe de su casa le había pedido una reunión urgente. Laia dedujo para que sería; el problema personal entre ella y McGuillan. Sonrió nerviosa. No tendría problemas, Severus Snape le cedió el puesto a ella, no podía arrebatárselo ahora. Aún así, no podía dejar de sentirse incómoda, y quizás por eso estaba dirigiéndose tan rápidamente a las mazmorras. Cuanto antes empezara, antes terminaría.
Inspiró profundamente y golpeó la recia puerta del despacho del profesor.
Nadie contestó.
Laia respiró hondo otra vez e insistió. Nada tampoco. Al menos, tampoco estaba esa maldita Bahn.
Giró sobre sus talones y salió de las mazmorras. Solo había otro lugar en el que se podía encontrar al solitario Snape.
En el extraño despacho que solía frecuentar a veces en el tercer piso.
Ella tenía las llaves. En realidad, como prefecta, era la única con acceso a ese despacho. Lo había visto ella y pocos prefectos más. Ahora lo recordaba. No era el lúgubre despacho de las mazmorras a lo que les tenía acostumbrados Snape, tenía ventana, aunque siempre estaba corrida. Snape era un enorme murciélago que siempre huía de la luz.
Recogió las llaves con desgana del cajón de su habitación -por si acaso- y se dirigió al tercer piso. La puerta, por extraño que pareciera, no estaba cerrada. Ni siquiera estaba ajustada, sino un poco entreabierta. Laia no hizo más que empujar, temerosa.
Adelantó unos pasos, despacio, pero prefirió permanecer entre sombras.
Encontró con una sala completamente iluminada. Había un hogar tras una mesa con un bonito caldero de cobre gravado, y encima de la mesa había objetos muy extraños que era incapaz de reconocer, salvo una calavera y un pequeño planetario. Un mineral violáceo cercano le llamó la atención, pues se suspendía por si solo.
Nunca había visto esa sala en todo su esplendor. Observó la ventana. La cortina –cuyos colores, por lo que se percató, eran los de Gryffindor- estaba milagrosamente descorrida, y ante ella se encontraba el profesor Snape, mirando fijamente hacía el exterior.
- Severus…
Laia dio un respingo y miró alrededor. Ante el caldero había aparecido Bahn, con una probeta en cada mano. Observó como las colocaba lentamente en su lugar y se dirigía a Snape.
- Severus…
La concentración de Snape hacia lo que fuera que estuviera observando, estaba empezando a ser sospechosa, y más sospechosa fue cuando al insistir Bahn por tercera vez, tocando el hombro del profesor, éste se dirigió hacía la mesa que había ante el hogar y Bahn pasó a mirar también a través de la ventana, reaccionando ante lo que fuera que estuviera viendo.
Laia decidió que era el momento de dar a entender su presencia.
- Ejem…
Carraspeó y dio unos pasos al frente, dejando que la luz de la ventana iluminara su rostro.
Snape levantó sus ojos de la mesa y la mandó acercarse.
Laia pudo observar que la mesa también contenía bastantes papeles, escritos con una letra cuidada y femenina, que dedujo era de Bahn. Apuntes de Bahn. Snape la había traído para enseñarle el despacho. Bahn había entrado en un lugar teóricamente reservado a los slytherin.
La miró de reojo. Estaba hojeando libros de la estantería situada cerca de la ventana, pero Laia sabía que la chica iba a prestar toda la atención de la que fuera capaz.
La voz de Snape desvió la concentración de Laia.
- Señorita Wallravenstein -la negra figura imponía más con ese fuego tan potente a sus espaldas-, tengo varios puntos que comentarle. Primero, no tolero más problemas en el equipo de Slytherin. Gryffindor ha tomado el campo estas últimas semanas y está mejorando mucho. La profesora McGonagall no para de recordármelo. Haga el favor de resolver sus problemas con McGuillan. Por lo tanto…
Laia intentó interceptarle, dando un paso al frente.
- Profesor, usted me designó como nuevo guardián del equipo por la enfermedad de McGuillan, ahora se ha demostrado que soy mejor que él. Ravenclaw no pudo con nosotros.
Desvió la mirada y vio que Bahn la observaba expectante.
- ¿Qué quiere decirme con eso?
Laia le miró con expresión comprometida.
- Qué ahora todos quieren a McGuillan de guardián. Dicen que yo le enfermé aposta.
- ¿Y lo hizo?
- ¡No! –Mentía tan convincentemente…
- Lo hizo… -Pero a Snape era imposible engañarle. Quizás se parecían demasiado.
- El caso es… profesor –Laia intentó calmarse- que yo soy mejor guardiana. Si permite que… - intentó no parecer una manipuladora – quiero decir que si resulta que McGuillan es elegido guardián de nuevo, McGonagall estará contenta. El próximo partido es Gryffindor contra Hufflepuff, y todo el mundo sabe quien ganará.
Snape la miró entre sombras y luces provocadas por el fuego. Tenía un extraño brillo en los ojos.
- Usted es lista. Supongo que conseguirá ser guardián de nuevo –Laia sonrió, pero no duró demasiado- pero yo soy profesor, y usted es prefecta.
Bajó la mirada y hojeó unos papeles. Laia se dio cuenta que eran unos horarios.
- Tendrá guardia todos los fines de semana por la noche.
- ¿Qué? Un momento, yo cubro más días que Draco Malfoy. Yo tengo guardia los martes y los jueves y también cada dos viernes. Malfoy solo tiene los lunes y los miércoles, y los miércoles tiene turno de día.
Snape volvió a levantar la mirada, y le clavó sus ojos negros.
- Esto es un castigo, señorita Wallravenstein, por si no se ha dado cuenta todavía. Quizás lo que quiere es que le quite su insignia de prefecta, sería más rápido y se evitaría las guardias para siempre.
- ¡No!
¿Cómo se le ocurría? ¿Dejar de ser prefecta? Quizás no llegaría a tiempo de ser capitana del equipo de Quiddich y ni siquiera sería premio anual en séptimo, pero por lo menos era prefecta.
Snape continuó hablando.
- Bueno, resuelto este punto, vayamos a otro. La semana que viene hay una campaña emprendida por el Ministerio de Sanidad. Van a venir cuatro sanadores al colegio para vacunar a los alumnos de primero y de segundo.
Laia levantó ambas cejas, interrogante.
- A partir de ahora, esa vacuna se dará en los colegios. Quiero que vaya a la reunión de prefectos del sábado y que lo organicen todo. Por cierto, también convendría –Snape tomó una carpeta y se la tendió- que cada prefecto tuviera la lista de los alumnos a vacunar. También podrían darle una copia a Madame Pomfrey.
“
Esa furcia”
Pensó Laia. Desde lo de McGuillan, esa maldita mujer la miraba mal. Pero tampoco era tan malo, así podría tener la excusa de merodear cerca de Charlotte.
- Se la daré yo misma.
Dijo Laia, cogiendo la carpeta con determinación.
Cuando Laia se disponía a irse, Snape hizo un inciso.
- Y por último… -su voz vaciló- teniendo en cuenta que este despacho solo lo utilizo yo y que el otro par de llaves del mismo le fue cedido a usted… le ruego que me las devuelva, Saffron –Snape hizo un gesto vago y descuidado hacia la dirección donde la pelirroja estaba leyendo otro libro, aunque ella casualmente se giró con rapidez- Saffron Bahn necesita esta sala. Le pido que se las de a ella. He supuesto que las traía, ya que siempre suelo cerrar la puerta.
Elevó un tono de voz y miró de reojo a Bahn. Laia supo que se refería a la tendencia despistada de la chica. Alguna vez agradeció la capacidad de la pelirroja de dejar armarios abiertos.
“
Pues hoy estaba abierta ¿Un descuido profesor?"
Susurró para si, molesta. Genial, ahora perdía el juego de llaves de ese asombroso despacho. Ya tenía menos poder. Y no era lo peor no, tenía que darle personalmente las llaves a… a ESA.
Respiró levemente y se dirigió a Bahn. Sacó las llaves del bolsillo de su túnica y las dejó caer encima del libro abierto que ella sostenía. Bahn le respondió con un escueto “gracias”. Ella la miró fijamente y respondió.
“
De nada”
Y se giró, dirigiéndose tranquilamente a la puerta.
Cuando iba a cerrarla tras de si, oyó a Snape.
- Y Wallravenstein… no mencione a nadie nada de los objetos que ha visto aquí. De ninguno ¿Entiende?
Maldita sea, perdía las llaves justo cuando los objetos del despacho habían empezado a ser interesantes…
Un momento. Era cierto, Laia había entrado otras veces allí y nunca había visto tantas cosas extrañas. ¿Y si Snape le había pedido las llaves para que no entrara nunca más? ¿Acaso desconfiaba un poco de ella? Laia intentó recordar todo lo que había podido ver. El pequeño planetario, el complejo caldero, la calavera… y ese extraño mineral flotante, parecido al topacio.
Ese extraño mineral flotante nunca había estado allí antes.
Se quedó unos minutos de pie tras la puerta, intentando escuchar algún sonido del interior del despacho, pero el maldito lugar parecía insonorizado por la gruesa puerta de madera de roble.
De repente recordó la ventana abierta y a Snape observando el exterior por ella. Apretó a correr, para ver si aquello que había captado la atención de esos dos aún podía verse. Intentó abrir la sala contigua, pero estaba cerrada y ya no tenía llaves. Fue forcejeando puerta por puerta hasta que encontró el aula de Aritmancia. Ahora o nunca. Por suerte estaba vacía, así que se dirigió a los ventanales.
Demasiado altos.
Ella era tirando a bajita, pero no lo suficiente como para no llegar a una ventana. Lo que tenía ante si eran auténticos ventanales situados a dos metros.
Pilló la silla del profesor y se subió a ella. A duras penas pudo abrir la polvorosa ventana de vidrieras. Por Salazar, hacía siglos que nadie abría eso.
Un ruido desagradable y una nube de polvo precedió a la esforzada apertura. Apoyó las manos en el alféizar y se asomó. Justo debajo tenía la parte menos transcurrida del castillo. El lago se observaba a lo lejos y ante el enorme campo que lo alejaba del castillo, había tres bancos de piedra. El banco del centro estaba ocupado.
Aún estaba ocupado.
Reconoció rápidamente al profesor Lupin. Tenía el rostro volteado en su dirección, observando con serenidad a otra persona que ahora se llevaba un pequeño dulce a la boca. Ella también era fácilmente reconocible.
Charlotte Jenkins.
Y reía. Estaba riendo y Remus Lupin la observaba concentrado, perdido en la mirada de ella. Todo parecía ir lento y apacible… la suave brisa movía lentamente el prematuramente encanecido pelo de él, y el sol le daba un aspecto más joven, aún con las arrugas que ya surcaban su rostro. Jenkins volvió a reir. Laia podía oírla debido a la tranquilidad y silencio, y Lupin esbozaba ahora una leve sonrisa.
Eso era lo que el profesor Snape estaba mirando tan concentrado.
Charlotte Jenkins tenía una relación con Remus Lupin.
Laia no era de esas personas que iban por allí elucubrando sobre las probables parejas del colegio. Al contrario, lo odiaba. Pero esos dos allí abajo, tan tranquilos, sin nada aparente que pareciera preocuparles… Laia no pudo evitar un pinchazo extraño en el estómago.
“
Él es diferente. Él no haría nunca nada así”
Lucius Malfoy apareció en su mente. Ella no quería nada como aquello que veía en ese banco, nada… “así”. A ella le gustaba el señor Malfoy por lo que era y por como era. No podría atraerle alguien que actuara completamente opuesto al señor Malfoy.
De repente, la supuesta pareja se levantó. Laia se fijó que algo cayó al suelo, algo rojo que diligentemente recogió Lupin. Una chaqueta. Se la puso en los hombros a Jenkins, cuidadosamente. Si, Laia se había levantado sutil esa mañana. Le parecía mentira que pudiera captar cosas tan insignificantes como ese gesto del profesor a Jenkins. Les vio alejarse.
Por Salazar, no soportaba eso. Había tenido demasiado exceso de azúcar por un día. Se dispuso a irse.
- ¿Qué haces aquí?
Laia se giró rápidamente, asustada. Vio algo borroso.
Distinguió una chica antes de perder el equilibrio y caer al suelo.
Se levantó pesadamente, mirando quien demonios la había asustado de esa manera. Ante ella, y con dos pares de libros bajo cada brazo, se encontraba Hermione Granger.
- ¿Qué haces aquí?
Granger insistió. Laia tenía tan poco interés en mentir a esa insignificante persona, que decidió contarle la verdad.
- Estaba curioseando fuera.
Lentamente, sin dejar de mirar a la gryffindor, Laia se dirigió a la salida del aula, no sin girarse disimuladamente y ver como la disciplinada y estudiosa Granger miraba los ventanales y la silla intentando no caer en la tentación.
_______
Al salir vio como los alumnos se acercaban a la clase de Aritmancia, que por lo que podía observar, empezaba a las cuatro. Eso le recordó que llegaba tarde a la suya de Adivinación.
“
El próximo jueves llegara tarde, señorita Wallravenstein”
Le había dicho la profesora la semana pasada. Recordaba que oyó un “Esta profesora inútil siempre va sobre seguro” y reconoció la voz. No recordaba el nombre del muchacho, pero le ganó en un duelo. Ella siempre recordaba lo importante.
______
Fue el viernes por la tarde cuando decidió ir a ver a Madame Pomfrey, y de paso, vigilar a Jenkins.
Sus pasos se dirigieron lentamente a las escaleras, mientras el barullo se formaba a su alrededor. Mientras esperaba que cada una de ellas se colocara en el lugar correcto -¿Quien inventaría esa inutilidad?- mientras esperaba, abrió la carpeta que le había dado Snape y hojeó la lista de nombres de los alumnos de primero y de segundo.
Solo esperaba que Jenkins estuviera en la enfermería.
Entró sigilosamente. No hacía falta, Jenkins estaba sola y le prestó toda su atención cuando la vio entrar. La misteriosa muchacha estaba sentada en la cama.
- Buenas tardes.
Laia vio como Jenkins se dirigía a ella por primera vez. El hecho que acompañara una sonrisa neutra al saludo hizo ver a Laia que más valía disimular.
- Buenas tardes.
Respondió mostrando indiferencia y se dirigió a la otra punta de la sala. Abrió la puerta y se encontró el despacho de Madame Pomfrey.
No podía ser más perfecto ¡Madame Pomfrey no estaba! ¡Podía sentarse al lado de Jenkins y preguntarle cosas sin que nadie la echara a patadas!
Pero de repente, la sonrisa neutra y precavida de Jenkins apareció en su mente. No, no debía jugar con fuego. Si quería descubrir algo, tendría que ser a sus espaldas.
De repente, como si alguien hubiera querido cumplir sus sueños, oyó algo detrás de ella. La voz de Charlotte Jenkins se oyó clara y nítida.
- “
Evolare”
Laia se asomó lentamente y se fijó en Jenkins que, varita en mano, había realizado un sencillo hechizo de la misma naturaleza que el “
evanesco”, con la única diferencia que el hechizo “
evolare” únicamente hacía desaparecer escritura.
Escritura.
¡Charlotte Jenkins estaba escribiendo otra carta! ¡Y lo estaba haciendo en ese mismo instante!
Laia empezó a pensar con rapidez. Sus nervios afloraron de repente. Debía hacer algo, era el momento oportuno. Quizás no volviera a tener una oportunidad como esta.
Se asomó otra vez y vio que Jenkins estaba escribiendo otra vez. Laia deseaba que le costara mucho escribirla. Necesitaba tiempo para pensar.
De repente, otra vez la fatídica frase a sus espaldas.
- ¿Qué haces aquí?
Laia dio un respingo y se giró. Madame Pomfrey la miraba con extrema desconfianza.
Laia le tendió la lista de nombres de los alumnos como si fuera un arma.
Madame Pomfrey se acercó y cogió los papeles.
De repente, Laia oyó algo.
- ¿Me acompañas a enviar esto? – Reconoció otra vez la voz de Jenkins.
- Sí, claro. – Laia oyó la voz del profesor Lupin – Hilina no creo que esté para viajes. – Por Salazar, iban a envíar esa carta – No vamos a buscarla, ¿verdad?
Madame Pomfrey también oyó la conversación, y salió diligentemente. Laia se quedó sin saber que hacer. Necesitaba la respuesta de Pomfrey para que ella no sospechara que tenía prisa. Laia vio a la pareja salir de la enfermería con la carta, observando agónicamente como se perdía la oportunidad de su vida. La enfermera volvió rápidamente, con mal humor.
- Bueno, está bien. Aún así, tendré que hablar con todos los prefectos para conseguir que la organización sea perfecta. No quiero desmadres el día de las vacunas. Ahora vete por favor.
Laia no necesito los típicos empujones sutiles de la enfermera para salir de allí. Una vez fuera empezó a correr. La lechuza de Jenkins estaba malherida, así que decidió dirigirse hacia la lechucería del colegio.
Al salir del colegio corrió campo a través hacía el amplio habitáculo cubierto donde la escuela dejaba sus lechuzas. Encontró a los dos ante la lechucería y se escondió.
No hay momento más angustiante que el saber que tienes que hacer algo y NO puedes hacerlo.
Esos dos malditos idiotas estaban allí plantados, mirando como se alejaba la maldita lechuza. Cada vez más lejos, más lejos.
“
Iros, iros maldita sea”
Pero de pronto Lupin llamó a Jenkins, y ésta dejó de mirar la lechuza como se alejaba. Parecía que se alejaban. Ah, bien, aún veía la lechuza.
Cuando ambos eran ya dos diminutos puntos, Laia salió de los arbustos y corrió campo a través. Corrió como nunca lo había hecho, sintiendo el intenso frío que suele hacer en esas fechas en Escocia. Casi se cayó dos veces, su mirada fija en el punto que era la lechuza.
Maldita sea, a esa distancia ningún hechizo que ella conociera serviría.
Llegó a la conclusión que lo mejor sería que su propia lechuza interceptara a la de Jenkins. Unió sus dos dedos índices y se rebajó a soltar un silbido de cabrera. Todo sea por el agradecimiento del señor Malfoy.
Búho respondió en el acto y salió disparado de esa apestosa jaula gigante para lechuzas en dirección a su víctima. Laia lo miró todo expectante, acercándose cada vez más, cada vez más, hasta que tuvo la pelea bajo su cabeza. Olvidando a Búho, decidió lanzar un hechizo.
- “¡
Paralysis!”
Ambas lechuzas cayeron como dos sacos de harina al suelo, completamente tiesas.
Empezó a abrir la nota. Su cabeza bullía, toda ella bullía de la excitación. Leyó.
“
Por favor, avísales de que todo es correcto.”
Le entraron ganas de despedazar la maldita lechuza, pero ahora no hizo más que arrodillarse y suspirar trágicamente y con resignación. ¡Esta carta era peor que la anterior!
Cómo descubrir a quien iba dirigida la carta? ¿Se habría inventado un hechizo registra cerebros de lechuza para conocer a donde se dirigen? ¿Podría su propia lechuza engañar psicológicamente a la que había utilizado Jenkins para que la llevara a donde estaba la persona receptora de las cartas? Observó a Búho, tieso y quieto, tan patético. No, imposible.
Pero de repente recordó algo.
“
Evolare”
Claro, ¡Los borrones! ¡Jenkins había borrado algo con ese hechizo! ¡Con un simple contrahechizo podría leer lo escrito anteriormente! Laia intentó recordar el contrahechizo, rezando para que no aparecieran solo faltas de ortografía.
- “¡
Appareo!”
Vio brillar una línea escrita, luego dos. Se empezaron a formar algunas letras, y finalmente apareció un buen párrafo escrito.
“
Edward, tienes razón, siempre tienes la maldita razón. Merecería que fueses ahora mismo a ver al Sr. Stormwinkle y le dijeras que no estoy de vacaciones con mis padres”
¡Dos nombres! ¡Qué suerte había tenido! No podía estar más excitada. Seguro que Lucius Malfoy conocía por lo menos a Stormwinkle. Ella trabajaba en el ministerio ¿no? Ese hombre debía ser su superior o algo por el estilo. En cuanto a Edward… si había suerte quizás también fuera alguien del ministerio. Lanzó un grito de excitación al aire e hizo aparecer una pluma y un pergamino y se decidió a escribir a Lucius Malfoy.
“
Tengo dos nombres”
Esa misma noche tuvo respuesta.
“
Mañana a media noche en la parte más alejada del bosque”
______
Si tuviera que resumir la reunión de la mañana del sábado, Laia no hubiera podido responder.
Ella solo tenía un pensamiento en mente.
Lucius Malfoy.
Le vería esa misma noche.
No podía evitar parecer una persona civilizada. Incluso sonreía un poco al saludar. ¿Qué le diría? ¿Le enseñaría sus descubrimientos sin decir nada o le expondría sus teorías? Draco le dio un empujón y la beatífica sonrisa desapareció como por arte de magia.
- A ti te toca organizar los alumnos de primero.
¿Los mocosos indomables de primero de Slytherin? ¿Y que importaba?
______
Se sentó ante el espejo y se miró. Faltaba una hora. Decidió arreglarse un poco y salir. El castigo que le había infligido Snape había sido una bendición. Tenía turno de noche, no sería sospechosa verla merodear por el castillo. Sin saberlo, el profesor le había echo un nada despreciable favor.
Estuvo paseando por el ala del castillo que le habían asignado, acercándose lo más posible a ese pasadizo secreto que ya utilizó cuando utilizó esa poción prohibida. No había nadie vigilando.
Enfiló por el pasadizo hasta llegar al túnel que la llevaría al exterior. Se arrastró a tientas hasta llegar a una piedra rodante. La empujó hacia un lado y se adelantó un poco, tocando hierba fresca. El frío de la noche la golpeó con fuerza. Se incorporó y vio la negra mancha que era el bosque ante ella, y el lago a su derecha, más alejado y brillante por el efecto de la luna. Cerró el pasadizo y corrió hacía el bosque, empezando a rodearlo.
Era un bosque enorme, y cuando llegó al otro lado estaba totalmente helada, sintiendo como el frío se calaba en sus huesos. Rezó para no tener la nariz roja. Al llegar al lugar, se apoyó en uno de los árboles y esperó, mientras su respiración se calmaba. Del interior del bosque oyó algo.
Laia se apartó del árbol y observó la sombra que se acercaba del interior del bosque. Malfoy apareció despacio, tapado por una larga capa. ¿Qué hacía en el interior del bosque?
La luz de la luna iluminó su sardónica sonrisa. Ni siquiera la saludó, se plantó ante ella, hierático, y le espetó.
- ¿Cuáles son los nombres?
Laia le miró asombrada. No se esperaba que fuera directamente al grano. Tartamudeó y registró bajo su túnica, sacando la carta y tendiéndosela. Malfoy leyó el borrón.
- Stormwinkle… si, trabaja en el ministerio. No nos caemos bien, aunque no nos tratamos mucho. Trabaja en un departamento distinto al mío.
Laia le miró expectante.
- ¿Y Edward?
- Por la complicidad con la que trata con el, deduzco que es Edward Gray. Ya le teníamos vigilado. Es compañero de trabajo de Jenkins en “Equipos de Reversión de Magia Accidental”
Malfoy calló y releyó la carta, sonriendo.
- Si es realmente él, será fácil vigilarle. Jenkins parece tenerle mucho respeto y Gray parece bastante enterado. Nos será muy útil.
Laia sonrió, esperando la felicitación, que no llegaba.
- ¿Has realizado tu este contrahechizo?
Laia asintió, intentando no demostrar mucho orgullo.
- ¿Y lo has aplicado a la primera carta?
Mierda, no se le había ocurrido hacerlo con la primera carta. Fallo. Había desilusionado a Malfoy, seguro. Qué bochorno, qué vergüenza, qué inútil que era.
- Dame la primera carta.
Laia volvió a registrar su túnica, en estado de semidepresión. Se la dio y Malfoy realizó el contrahechizo, pero la carta en si era tan extensa que no se leía con claridad el borrón anterior. Malfoy alzó otra vez la varita, dijo “
Fulgeo” y el borrón empezó a brillar. Leyó en voz alta.
“
Edward, se que no debí haber emprendido esto yo sola”
La primera y la segunda carta iban dirigidas a Edward, posiblemente a Edward Gray.
El hecho que en el borrón de la segunda carta Jenkins dijera a Edward que mejor decirle a su superior que no estaba de vacaciones, sumándole el borrón de la primera, en la que se descubría que estaba haciendo “lo que fuera” sola, significaba que Jenkins no estaba allí por órdenes del Ministerio.
¿Qué estaba haciendo Jenkins en Hogwarts? ¿Y porque lo hacía a espaldas del ministerio?
El cerebro de Laia bullía, pensando que demonios hacía allí esa chica, cuando de repente, notó que Malfoy se había acercado. Notó como su mano levantó su barbilla, y el frío desapareció, dando paso al calor, mucho calor.
- No se como agradecerle lo que ha hecho, señorita Wallravenstein –De repente, volvía a tratarla de usted-.
Sin saber porque –bueno, si, si lo sabía- Laia se pasó la lengua por los labios. Era un gesto nervioso, como mordérselos, pero en ese instante fue tremendamente útil.
Malfoy hizo ademán de acercarse a ella. Cómo drogada, Laia se sorprendió a si misma hundiendo su mano en el cabello del mortífago y agarrando su nuca.
Se besaron violentamente, como la primera vez que lo hicieron en la mansión de él. Ella le agarraba como si fuera a caerse, y él la sostenía firmemente. Después del beso, ella fue recorriendo la mejilla de él con la boca, hasta llegar al cuello, donde hundíó su cara. El vaho que desprendían ambos por el frío se mezclaba.
Se quedaron así, quietos. Laia notaba como las manos enguantadas de Malfoy recorrían con fuerza contenida su espalda, apretándola contra él.
Se estaba tan bien.
Ya no tenía frío. Ni siquiera le preocupaba donde se encontraban. ¿Y si los veía alguien? Qué importaba, se estaba tan a gusto…
Justo en ese momento, Malfoy la apartó, respirando entrecortadamente. A Laia le costó volver al mundo real, y le miró vacilante e interrogante.
- Bueno, mejor me voy –dijo, arreglándose el pelo, con voz contenida-.
Y sin prácticamente mirarla dio media vuelta y se internó en el bosque.
Laia le miró interrogante y se dispuso a seguirle. Malfoy se giró de repente, furioso.
- ¡Quédate... Quédese fuera, Wallravenstein.
Laia le miró anonadada y un poco indignada. Encima que le había ayudado tanto, le dejaba así, allí, en plena noche, con ese frío, sola, desamparada, abandonada. Le vio adentrándose al interior del bosque, hasta desaparecer.
Entonces recordó esa inquietante visión que tuvo en el bosque. Bahn y Strandberg atacados y un pequeño grupo de mortífagos fuera de combate. ¿Sería Malfoy uno de ellos?
Estaba tan enfadada con él en ese momento, que rezó para que así fuera.
" Monotonía consecutiva de alta calidad "
por
Charlotte (
2:05 PM )
Estaban sentados ante todo el mundo que pudiese verles, y parecía que eso no les preocupaba lo más mínimo. Habían estado hablando durante largo tiempo, y al contrario de lo que hubiese pensado al principio, lo seguían haciendo. Hablando tranquilamente, comentando lo que primero se les pasara por la mente. Hablaban y reían. Ahora ella estaba riendo, reía abiertamente, sí, probablemente él había hecho algún comentario gracioso, o quizás había sido ella, a ella le daba igual, cuando le daba uno de sus estridentes ataques de risa, le daba igual cuál fuese el motivo, se reía a carcajadas, sin saber cuándo iba a parar.
Ella lo sabía, él lo sabía y era visible que Lupin también lo sabía.
Había empezado a reírse ante algo de lo que estaban hablando, Lupin también reía, pero no de forma tan expresiva como ella. Entonces, ¿por qué lo hacía? ¿Por qué lo hacía?
Ella tenía algo en la mano, un pastel, o más bien un pedazo bastante pequeño del original con el que había salido de la escuela. Se inclinaba hacia delante por la risa. Le gustaba reírse, a él no, nunca le había gustado. De verdad que eran muy diferentes.
Ella se inclinó hacia atrás en el banco y dejó de reírse. Un acceso de tos le sobrevino. ¿Cómo podía ser tan tonta? Lupin se giró para mirarla, probablemente diría algo que le sería imposible oír. Pero ella sí lo oiría. Se giró hacia él y se le quedó mirando durante largo rato. A los ojos. Se le quedó mirando, toda sombra de risa ausente de su rostro. Pero sin reflejar enfado, ni indiferencia, a decir verdad, parecía muy atenta a lo que sus ojos veían.
Lupin la miraba con igual atención. Entonces, de repente, ella se llevó a la boca el último pedazo del pastel, sin dejar de mirarle, y le sonrió, tras lo cual volvió la vista al frente.
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué lo hacían? ¿Cómo se les podía ocurrir?
Él era un profesor del colegio, daba clase a los niños que en cualquier momento podían verle comportarse de esa forma con ella. Y luego habría rumores, habladurías, y quién sabe si no serían ciertas.
¿Y ella? Si su madre se llegara a enterar que se comportaba frente a todo el mundo como una tonta quinceañera junto a un hombre lobo, sus voces podrían oírse en cualquier rincón del mundo.
¿Cómo se le ocurría hacer eso? ¿Cómo podía ocurrírsele? Sabía que la culpa de todo eso la tenían su padre y su tía, ¿quién si no iba a tenerla? Su familia Gryffindor más cercana, por supuesto, como siempre.
Ella era la que siempre le estaba metiendo ideas raras en la cabeza, su madre lo sabía, y más de una vez se lo había echado en cara a Alphonsus. Deirdre tenía razón, por supuesto que la tenía, pero Alphonsus no lograba ver nada malo en que su hermana Gryffindor volviese más Gryffindor a su hija.
Era imperdonable el comportamiento que ambos estaban teniendo. No tenían vergüenza. Era... era ridículo.
- Severus.
Y que uno de los hombres que peor le caía en el mundo, tontease frente a sus narices con la hija de Deirdre Innis, era insoportable.
- Severus...
¿Cómo podía ser tan estúpido? Ambos. Ambos lo eran. Después de lo de Bill Weasley no se habría imaginado que Charlotte pudiese volver a hacer una estupidez como esa. No, ¿qué decía? ¡Esa era una estupidez mucho más grande que salir con un Weasley!
- ¿Severus?
Sintió que Saffron le daba un leve toque en el hombro, buscando su atención. Echó una última mirada a la “feliz pareja” y con gesto hosco giró sobre sí mismo y se dirigió hacia el escritorio sin dirigirle la mirada a la chica.
¿Se podía saber qué le ocurría esta vez a Severus?
Saffron le miró alejarse mientras la pregunta flotaba en su cabeza. Por un momento volvió la vista hacia la ventana, hacia donde instantes antes había estado mirando él, y allí les vio a los dos, Charlotte y Remus, sentados en un bando, hablando como buenos amigos...
__________________Esa tarde Remus había ido a buscarla como todos los días, había llegado, se habían saludado, se habían sonreído y se habían ido. Con un solo “¿vamos ya?”. Ella había accedido y se habían puesto en camino.
El camino hacia la habitación de él lo hicieron tranquilamente, charlando, como harían más tarde sentados en los jardines frente al castillo. Como habían hecho siempre, desde que se conocieron. O bueno, casi siempre. Ahora mismo a ella eso le daba igual, ahora mismo era el presente, ya estaba.
Se notaba que ya se había cansado de plantearse las cosas, de pensarlas demasiado, de amargarse, romperse la cabeza, soñar demasiado, llorar demasiado... y ahora ya no hacía nada de eso, y lo sabía, incluso sabía que cuando terminase, la situación sería más dura, más difícil, incluso pensaba que quizá no fuese así, que quizá fuese mejor, que quizá fuese como ahora, como en ese momento, justo ese momento. ¡Vaya la cantidad de cosas en las que pensaba cuando se decía que no lo hacía!
Cuando llegaron a su habitación, Remus abrió la puerta y la invitó a pasar. Como una tonta, una sonrisa cruzó su rostro y con ella puesta cruzó el umbral. La habitación estaba levemente iluminada, la luz que entraba por las ventanas era escasa, pero suficiente para mostrar la silueta de los objetos que decoraban la estancia.
Remus se acercó al escritorio y pasando la mano con una gracia característica sobre una vela, hizo que de ella aflorase una brillante llama que llenó de luz toda la habitación.
Ante el cambio de claridad el pequeño animal se agitó en su rincón, del que no se había movido desde que llegase a aquella habitación. Charlotte, al verla, sintió pena. Era culpa suya que estuviese así, ella la había mandado a aquel viaje. Pero... pero no era culpa suya que le hubiese pasado lo que sabía Dios le había pasado. Se preguntó si habría entregado la carta, si Edward había leído lo que ella le había mandado. Pero de haber sido así, le hubiese mandado una contestación. No había ningún motivo por el cuál él no hubiese contestado. Podía ser que Hilina hubiese perdido la carta, la suya, en cuyo caso Edward no sabría nada, o la de él, en cuyo caso sólo tenía el problema de no haber leído la contestación. Pero, ¿cómo podía saberlo? Se dio cuenta de lo difícil que se podía poner la situación si su carta no hubiese llegado a su destino en el Ministerio.
Quizá debiese mandar otra carta pidiendo respuesta...
“¡Vaya” Sí que había tenía un viaje duro.”
- ¿Estás mejor? – Le preguntó al animal acercándose a ella.
La lechuza ni siquiera emitió un sonido de asentimiento, Charlotte se acercó más y le acarició el cuello, no dijo nada, la lechuza entrecerró sus grandes ojos ambarinos y se acurrucó aún más en su rincón.
Pasado un rato Charlotte volvió su atención al hombre que, parado junto a la ventana, la estaba mirando.
- Gracias por ocuparte de ella. Supongo que dentro de unos días ya podré hacerme cargo yo.
- ¿Pomfrey va a darte el alta ya?
- Eso, o mando construir otras dos paredes alrededor de mi cama y me instalo allí para siempre.
- Sería un cuarto un poco pequeño.
- Sí. Sí que lo sería. – Dijo Charlotte riendo.
Remus también rió. Entonces ninguno de los dos supo qué más decir. Aún así Charlotte no dejó su mirada fija en él, estaba haciendo el tonto hasta límites por ella insospechados, pero en parte lo sabía, y por eso no quería sobrepasar esos límites, por lo menos no continuamente.
__________________El día siguiente se materializaba como una copia del anterior, bueno, de todos los anteriores. Y ya era Viernes. La monotonía se veía llegar a kilómetros, aún no había terminado la monotonía actual y ya se apreciaba la nueva, si es que se podía hablar en esos términos. Día tras día, y allí seguía.
Pomfrey la miraba siempre con aire preocupado, como quien mira a alguien que en cualquier momento va a sufrir una grave recaída, un accidente, un momento trágico, algo triste al fin y al cabo. Seguía sin entender lo que había pasado, nadie lo entendía, y sus consejos sobre llevarla a St. Mungo eran palabras que se las llevaba el viento, Charlotte no quería oír hablar de eso. ¿Qué iban a decirle allí que no supiera? Por lo menos a ella. Ella era la única que podía explicar lo sucedido, y no tenía la intención de hacerlo.
Muchas veces recitaba en su cabeza lo que le diría a Pomfrey si es que decidía tirar su vida a la basura... no, espera, ¡eso ya lo había hecho!
Rió para sí. Todo el mundo sabría lo que le había pasado si supiesen de su existencia y de sus poderes. Pero ella no podía decírselo.
__________________Remus llegaría de nuevo ese día. Se saludarían. Se sonreirían. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal Hilina? En algún momento las cosas cambiarían, para mejor o para pero, Dios sabe qué sería cada cuál y qué convendría más.
En un momento imposible de determinar, Charlotte tomó pergamino y pluma y se encontró a sí misma pensando qué podría escribirle a Edward. Se encontró a sí misma garabateando tonterías, trazando líneas, curvas, dibujando objetos sin sentido. Con un movimiento de varita borró finalmente el pergamino, el cual volvió a quedar tan inmaculado como cuando lo sacase del cajón de la pequeña mesa que tenía junto a ella.
“¿Qué puedo escribirle a Edward?”
Cambió su pluma de color cinco veces antes de trazar una sola linea.
No podía preguntarle directamente si le había llegado la anterior carta. En el caso de que alguien la hubiese interceptado, cosa que había pasado continuamente por su cabeza antes incluso de que su lechuza volviese, una pregunta en cierto modo indiscreta como aquella podría volver a conducir a los mismos resultados.
Con rapidez garabateó en el centro del pergamino una sola frase.
”Por favor, avísales de que todo es correcto.”Ni siquiera firmó. Esa frase era la que Edward y ella siempre utilizaban cuando requerían una respuesta urgente. Ahora la cuestión era que él supiese a qué pregunta, a qué carta, a qué tenía que responder, y fuera cual fuese su respuesta, ella sabría si él había recibido su anterior carta, os i esta había sido interceptada, o quizá sólo perdida por el camino.
Ese día volvía a salir de paseo. Monotonía consecutiva de alta calidad. No se explicaba cómo podía estar tan animada.
Cerró el pergamino con cuidado y posó la pluma en la mesita. Se levantó de un salto de la cama y sin dirigir siquiera un vistazo a la mirada de preocupación y desaprobación de Pomfrey se encaminó hacia el cansado pero sonriente Remus que se acercaba tranquilamente por el pasillo.
- ¿Me acompañas a enviar esto? – Le preguntó agitando el trozo de pergamino sin detenerse.
- Sí, claro. – Respondió él un poco por sorpresa. – Hilina no creo que esté para viajes. – Comentó mientras enfilaban hacia la lechucería. – No vamos a buscarla, ¿verdad?
- No, utilizaré una de las del colegio.
- Oh!
Eligió una lechuza gris oscuro, la primera que vio, algo más pequeña que Hilina, parecía que estaba esperando para llevar algo.
Cuando la lechuza salió por la ventana, Charlotte se quedó observándola volar, pretendiendo seguir todo su camino, a ver si levaba su nota a su destino, pero la voz de él sonó a sus espaldas e hizo que ella le volviese a prestar toda su atención. Era gracioso, en otra situación lo ocurrido con su lechuza hubiese hecho que se preocupase en exceso y con motivo, en esos momentos no le encontraba motivo alguno, aunque se lo viese. Era extraño.
La luz de la tarde incidía sobre su pelo castaño alegrando su rostro tantas veces cansado.
- ¿Estás bien? – Le preguntó suavemente.
- Eso debería preguntártelo yo a ti. – Dijo él sonriendo.
- Sí, pero ya sabes la respuesta. – Le dijo ella con una nueva sonrisa.
- Tu también.
Las palabras quedaron en el aire, volando entre ellos dos como si fuesen cualquiera de las lechuzas que les rodeaba.
Tu también. Y tu. Y tu. Tu también. Y tu. Tu. Tu.
El sol del otoño quemaba su cuello y hacía que sintiese más calor del que de verdad hacía. Por primera vez desde que había llegado allí lo sintió. Y no lo negó, sobre todo eso, no lo negó.
El calor del otoño la cubría y sintió deseos de besarle, como antes, de enredar sus dedos en su cabello castaño, como tantas veces había hecho antes. Y no se negó que lo sintiese, lo que se preguntaba era... si él podría sentir lo mismo por ella. El “podría” era lo que más miedo le daba, porque aquello le confería demasiada responsabilidad a ella, en todos los sentidos.