bienvenid@

Snape: Esto es un RPG de Harry Potter. si no sabes lo que es un
RPG, es que eres idiota. Ahora lee
y comenta, si no kieres oír un
Avada Kedavra
Lupin: Eh... lo que ha querido decir Severus pero no ha sabido expresarlo con el cuidado que se requiere… Es que…
Sirius: [interrumpiendo] Lo que no ha dicho Snape “nariz grasienta” es que este RPG es interesante porque los protagonistas interactúan continuamente en un argumento global, aún teniendo cada uno su propia historia.
Draco: ¡Hermione, asquerosa sangre sucia!
Lucius: Compórtate Draco, y deja que tu padre lo explique, que sabe mas que tu. Lo que ha dicho ese traidor a la sangre podría haberse dicho mejor, en realidad, este RPG…
Sirius: Cállate,
Lupin: Sirius, por favor…
Sirius: ¡Cállate Remus!
Snape: Parecéis un matrimonio de ancianitos.
Sirius: ¡El único matrimonio aquí es el de Snape y Lucius Malfoy!
Lupin: Siriuuus…


La introducción se nos ha ido de las manos.

Disculpamos el desenlace de la acción y avisamos que este RPG no es de contenido slash.

Procuraremos que tampoco de contenido Mary-Sue.

Atentamente;

                        La Dirección.

personajes

y aquí van las protagonistas:

CharlotteNombre: Charlotte Jenkins.
Ojos: Marrones.
Pelo: Rubio.
Edad: 23.
Casa: Gryffindor.
i'm in gryffindor!
Mascota: una lechuza blanca y azul llamada Hilina.
Quidditch: Golpeadora (lo único que se le daba bien ^^UU)
Web: Look at my eyes
E-Owl: @
Padres: Alphonsus Jenkins (Ravenclaw), Deirdre Innis (Slytherin)
Trabajo: Ministerio de Magia "Equipos de Reversión de Magia Accidental"
Relación: Tuvo una relación con Remus Lupin al que conoció durante uno de sus trabajos para el Ministerio. Actualmente hay cierta tensión entre ellos al encontrarse de nuevo ^^
Actualmente: Llegó de pronto a Hogwarts a causa de su trabajo en el Ministerio de Magia, pulula por el colegio en una misión no especificada.
Más datos: Es una animaga, pero se supone que esa es información clasificada del Ministerio, así que no puede dar más datos.

SaffronNombre: Saffron Bahn.
Ojos: Azules.
Pelo: Pelirrojo.
Edad: 20.
Casa: Ravenclaw.
i'm in ravenclaw!
Mascota: Un gato atigrado llamado "Ein".
Quidditch: Nunca ha jugado; lo suyo no es el ejercicio físico.
Web: I Hate The Bee
E-Owl: @
Padres: Thadeus Bahn (Ravenclaw), Maeve Tull (Ravenclaw)
Trabajo: Estudiante de Historia y Arqueomagia.
Relación: Estuvo enamorada platónicamente de Severus Snape cuando estaba en Hogwarts, aunque nunca ocurrió nada entre ellos.
Actualmente: Acabó en Hogwarts hace tres años, y ahora está realizando un trabajo de investigación necesario para sus estudios. Ha vuelto al colegio porque en la biblioteca hay libros únicos que necesita para la investigación.
Más datos: Nerviosa, hiperactiva, muy habladora y en ocasiones desquiciante. Tiene serios problemas para estarse quieta durante mucho rato y se distrae con facilidad. Aun así, es muy inteligente y sabe ser seria cuando es necesario.

LaiaNombre: Laia Wallravenstein.
Ojos: Completamente negros.
Pelo: Castaño oscuro, ondulado y muy largo.
Edad: 17.
Casa: Slytherin.
i'm in slytherin!
Mascota: Aparte de su búho castaño llamado Búho, tiene una gata blanca muy presumida llamada Mary-Sue, que tiene el don de teletransportarse.
Quidditch: Es guardiana de reserva.
Web: Quiero un fattorino!
E-Owl: @
Padres: Nikolaus Wallravenstein (Slytherin), Natalia Silano (Durmstrang)
Trabajo: Estudiante en Hogwarts.
Relación: Le atrae de manera preocupante Lucius Malfoy, uno de los mejores amigos de su fallecido padre.
Actualmente: Cursa el sexto curso en Hogwarts.
Más datos: Es prefecta de la casa Slytherin. Eso la define como una persona seria y responsable, pero pocos saben mucho más de su personalidad.

++Personajes Inactivos++

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Saffron x Severus = COM!
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Laia x Lucius = COM!
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Layout 1: The Girls Layout 2: The Boys (blue,brown,green,black) Layout 3: Severus, Remus, Sirius, Draco, Lucius
disclaimer

Este es un RPG sobre Harry Potter. HP no es nuestro ni estamos ganando nada haciendo esto. HP pertenece a JK Rowling y demás.
Por otra parte el layout es mio, así que no lo robes ni te atribuyas nada. Si tienes dudas, pues preguntas.
© 12122003 Charlotte the Sorceress

Part of:
Expelliarmus.TK


viajero: Contador

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· jueves, noviembre 11, 2004

" En tierra de nadie  " por Saffron ( 2:02 PM )
 
Saffron se desperezó a gusto en la cama, diez minutos mas tarde de que sonara el despertador. Era lunes y hacía mucho frío fuera, pero ella estaba feliz. Desde aquel pequeño incidente en el despacho del tercer piso, Severus se había comportado como si ella fuera de cristal. “¿Estas bien?” “¿Tienes hambre?” “¿Como te sientes?”. Y no podía negar que era muy agradable que el se preocupara tanto por ella.


Quizás no había estado bien que ella simulara estar más débil de lo que en realidad se sentía, pero que le iba a hacer.


Saffron se encogió de hombros, divertida, mientras acariciaba a Ein rítmicamente. Un minuto mas tarde, se había levantado y se disponía a darse una ducha caliente, mientras decidía mentalmente que se pondría.


Estaba vestida y esperando sonriente cuando el fue a recogerla. Sin embargo, el parecía de nuevo huraño y poco comunicativo y Saffron no pudo menos que deprimirse. Maldita sea, su estado de humor parecía una montaña rusa, siempre arriba y abajo.


Poco sabía ella que el lunes solo estaba empezando.


El la dejó sola en el despacho, con una mueca impaciente, encargándole que hiciera una poción complicada. “¿Pero que demonios le pasa hoy a este?” pensó Saffron malhumorada. Inició la poción, albergando un extraño sentimiento de resentimiento y enfado hacia su profesor de pociones. ¿Porqué no podía el seguir siendo ese hombre solícito que había sido durante unas horas? ¿Porqué tenía que volver a ser ese hombre oscuro que apenas le prestaba atención?.


Saffron suspiró sonoramente, sabiendo que no la escuchaba nadie.


Comenzó a trocear ingredientes, añadiéndolos por orden, contando y midiendo cuidadosamente las proporciones. Dio tres vueltas hacia la izquierda con el cucharón, y una hacia la derecha, tal y como indicaban las instrucciones. Y ahora a esperar. Una hora esperando. ¿ Que se suponía que tenía que hacer durante esa hora? Aburrirse sin mas. Saffron se sentó en una silla, mientras sentía que las mazmorras se le caían encima. Cogió un libro, el primero que encontró y lo hojeó distraídamente.


“Magia oscura para abatir a los enemigos”.


Lo soltó con repulsión y miró la hora en su bonito reloj de pulsera. Soltó un bufido alarmada cuando vio que tan solo habían pasado cinco minutos. Se quejó en voz alta amargamente.


Y , de repente, se le ocurrió una idea. Una idea alocada, estúpida y terriblemente inconveniente. Una idea, que, por supuesto, llevaría a cabo: iría a la biblioteca.


Bueno, visto así, en frío, tampoco parecía muy excitante y peligrosa.


Pero Saffron tenía prohibido salir de allí, y mucho menos andar sola por los pasillos. Bien, Severus ni siquiera se enteraría. O mejor, que se enterara. Que no pensara que ella iba a quedarse allí sentadita como si tuviese cinco años.


La biblioteca estaba completamente desierta. Ni siquiera Pince estaba en su habitual puesto de guardiana. Bien, mejor así. Deambuló por los desiertos pasillos, dirigiéndose hasta el apartado de ficción. No mas historia por hoy, no mas tratados de pociones difíciles. Lo que hoy le apetecía era una buena novela, con un poquito de aventura, intriga y algo de amores imposibles. Mejor si eran entre profesores y alumnas. Miró los títulos con atención, recordando cuales había leído ya, y cuales tenían posibilidades de estar bien.


Hasta que oyó un quejido sordo a su lado. Se volvió inmediatamente, nerviosa. Pero allí no había nadie. Siguió mirando los libros, ahora ya intranquila. Y volvió a escucharlo: una especie de gorgoteo nervioso. Saffron respiró agitada. Miró con atención a su alrededor, intentando descubrir algún indicio, y después se asomó a uno de los pasillos que había entre las estanterías.


Ahogó un grito cuando una pequeña sombra cruzó rápidamente ante ella. Pero que tonta era. Si solo era un niño pequeño. Se acercó hasta el, mucho mas tranquila. El pequeño se había agazapado tras una estantería, como si estuviera huyendo de alguien. Saffron se agachó ante el, llamándolo.


- Hola – le dijo con una sonrisa, intentando tranquilizarle. Lo miró alarmada cuando se dio cuenta de que estaba completamente mojado- ¿Qué te ha pasado? Deberías ir a cambiarte de ropa o te resfriarás.


El niño la miraba con expresión ausente, sin decir nada. Saffron acarició su mejilla helada, y siguió intentado hablar con el.


- Vamos, ¿no quieres hablar conmigo?- el niño negó con la cabeza, ceñudo, y Saffron tuvo que armarse de paciencia - ¿Cómo te llamas? Yo soy Saffron.


El niño pareció a punto de decir algo, pero una voz a su espalda la sobresaltó. No era otra que Laia Wallravenstein. Saffron dio un respingo, y miró a la oscura muchacha. ¿Porqué siempre parecía enfadada?. Sin embargo, Laia no fue amable ni mucho menos, ni con ella, ni con el niño.


Y eso era algo que Saffron no podía soportar. Que aquella estúpida niñata quisiera quedar por encima de ella, como si fuera alguien. Saffron supo que aquello iba a acabar mal en cuanto hubo cruzado dos palabras con ella. y después de esas dos, muchas mas. El niño y su bienestar se había convertido en una excusa banal para sacar todo su odio y resentimiento fuera.


La había insultado, y con cada palabra que habían cruzado había sentido como se encendía mas y mas. Habían acabado diciéndose cosas terribles a gritos, en medio del pasillo. Había querido herirla, hacerle daño. Hacerle tanto daño como ella sentía en ese momento. Aquella, aquella maldita putita tenía la culpa de todo. Era mala y egoísta, una persona de la peor condición que iba con gente horrible.


Y Saffron se había convertido en ella.


Había querido ser mala y egoísta también, pero solo había conseguido hacerse mas daño a si misma. Saffron sintió como no podía respirar, como una desagradable sensación de enfado mezclado con impotencia la sacudía. Aspiró con fuerza, y, de repente, rompió a llorar. Estaba sola, en medio del pasillo, llorando en el suelo, acalorada y agotada después de aquella discusión.


“¿Tú estás donde perteneces y con quien debes estar?” le había dicho Laia. No, maldita sea, no lo sabía. Estaba perdida, confundida. Había dejado su mundo atrás, todo lo que conocía, solo por aquel loco sentimiento hacia Severus Snape. Pero el no la había aceptado. Y ahora se veía atrapada en tierra de nadie, sin pertenecer a ningún lado. Se secó las lágrimas con una mano, intentando recomponer su aspecto antes de volver a las mazmorras.


Oh, maldita sea, aquella golfa se había metido con su vestuario. Respiró con fuerza, enojada. Y pronto volvió a sumirse en un mar de dudas. Ella había dicho que Snape se avergonzaba de ella, de su aspecto. Y en realidad, ella había descubierto como el la miraba con reprobación cuando se ponía algo especialmente llamativo.


No, si al final iba a tener razón.


Sorbió las lágrimas como pudo y volvió cabizbaja hasta las mazmorras. Si quería que el se enterara que había salido del despacho, desde luego una buena disputa en medio de un pasillo con gente era la mejor manera de hacérselo saber. Llegó al despacho derrotada y con un aspecto terrible.


- ¿Se puede saber porqué ha salido sola? – la voz de el llegó irritada desde el otro lado de la mesa, mirándola iracundo.


Saffron entrecerró los ojos. “Si” pensó “Yo también me alegro de verte”


- No solo ha dejado una poción incompleta sin vigilancia, si no que además ha vuelto a poner su vida en peligro, al salir sin vigilancia. ¿Cuántas veces he de repetírselo? ¿Es que acaso tengo que hacerle escribir mil veces “No saldré sola”? Sinceramente, señorita Bahn, creía que tenía mas inteligencia.


Saffron apenas le escuchaba y se dejó caer sobre una silla, aceptando todo lo que el dijera en silencio. ¿Qué podía decirle? ¿Qué era una estúpida y que sentía no ir de negro para hacer juego con el? Sacudió su cabeza, pensativa.


- ¿Que te ocurre?- de repente, la voz de él parecía ligeramente preocupada.

Saffron levantó la mirada, enfrentándose a la suya sin ningún tipo de aderezo. Permanecieron en silencio durante unos minutos, mirándose, hasta que por fin ella volvió a hablar.


- Me he peleado con Laia Wallravenstein en medio del pasillo – que mas daba, de todas maneras el iba a enterarse, y prefería decírselo ella. Vio como Severus la miraba serio, mientras asentía con gravedad.


- Me han informado de ello. Y quiero que sepas que me parece una enorme irresponsabilidad por tu parte.


Saffron abrió la boca indignada. Vamos, lo que le faltaba, que encima le echaran la bronca a ella.


- ¡No sabes como estaba tratando a ese pobre niño! Además... – se calló. ¿Qué mas podía decirle? ¿Qué se habían insultado mutuamente? ¿Qué Laia había aludido a el?. No, no podía decírselo.


- Saffron, solo estaba haciendo su trabajo. Ese niño debía vacunarse y no podía dejar que estuviera correteando por ahí.


Saffron lo miró abatida. No podía dejarse engañar ante la evidencia. Por supuesto, el siempre la defendería a ella. Laia era una Slytherin, y el era el jefe de su casa. Donde pertenecía y con quien debía estar. No podía luchar contra eso. Saffron suspiró en voz baja, mientras intentaba que no volvieran las lágrimas a sus ojos. La voz de el volvió a sonar en la oscura habitación.


- Quiero que procures mantenerte lo mas alejada posible de esa chica, ¿entiendes?. Y - la voz de el pareció vacilar un poco- Y de cualquier Slytherin en general.


Ella lo miró ligeramente asombrada. Estaba desconfiando de sus propios alumnos, de su propia casa, que era como su familia.


- Tu también eres Slytherin- no pudo menos que murmurar.


Ahora era él el que la miraba sombrado.


- Yo se lo que estoy diciendo- dijo el mas para si mismo que para ella.


- Pues entonces ¿Porqué no me lo explicas?- la voz de Saffron sonaba irritada y ligeramente ronca- A lo mejor incluso te sorprendo y entiendo las cosas.


- Dudo mucho, señorita Bahn, que entienda el alcance de lo que está ocurriendo en el mundo en este mismo momento, ya que parece no entender una simple orden de no moverse sola por el castillo.


Saffron lo miró con expresión enfadada. Recordó las palabras de Laia “¿Os aguantáis?”. No, desde luego que en momentos como aquellos no.


- ¿Puedo ir a al cuarto de baño o también quieres acompañarme?- dijo ella con expresión socarrona, buscando provocarle, enfadarle.


Severus la miró con expresión hosca, fijamente, bufando irritado.


- Vaya de una maldita vez y cuando vuelva siga con la poción. – gritó el enfurecido, al mismo tiempo que salía del despacho cerrando la puerta con violencia.


Saffron suspiró, agobiada. Genial, había conseguido enfadarle sin motivo. Ahora su día podía considerarse realmente perfecto.


Fue al cuarto de baño, aunque ni siquiera tenia ganas de ir se remojó la cara con un poco de agua, intentando que se borraran las marcas de las lágrimas y los ojos hinchados. Salió del cuarto de baño y caminó con lentitud de nuevo hasta la puerta del despacho.


- Hola- la voz le sorprendió, saliendo entre las sombras . Saffron dio un respingo, y se calmó ligeramente al ver que era un muchacho de su edad el que hablaba- ¿ Que haces por aquí? ¿ No eres muy mayor para estudiar en el colegio?


Era guapo, pero tenía un aire insano que a Saffron no le terminaba de gustar. Sus ojos negros sonreían, curiosos mientras se acercaba a ella.


- Pierre Lelonde- dijo con una mueca encantadora a la vez que le tendía la mano. Ella le tendió la suya y se presentó a su vez. - ¿Estas buscando al profesor Snape? Ahora no está en su despacho.


El muchacho no dejaba de sonreír, pero cada vez se aproximaba mas a ella, mientras que Saffron se ponía cada vez mas nerviosa, e iba retrocediendo cada vez un paso mas. Aquellos ojos negros la intimidaban, pero, a la vez, se sentía extrañamente atraída. Se pasó la lengua por los labios, en un gesto a medias nervioso, a medias seductor, y el muchacho pareció darse cuenta.


- No...- dijo Saffron vacilante – Yo estudio con el. Mi... trabajo, para la carrera...


- Ya... ya entiendo. Supongo que debe ser fascinante... un hombre que sabe tantas cosas... – el muchacho se acercó aun mas a ella, y Saffron quedó acorralada contra la pared – Que puede mostrarte tantas cosas... hay mucho que aprender de Severus Snape, realmente.


Saffron asintió, sin saber que decir. Las palabras del muchacho sonaban extrañas, y el brillo de sus ojos había cambiado, y ahora la estaba asustando. Tragó saliva con fuerza, y miró a ambos lados del desierto pasillo, deseando que pasara alguien.


- Saffron... – el ahora estaba pegado a ella y se estaba permitiendo el lujo de acariciarle la cara. Ella lo miró aterrada, sin saber muy bien como pararle. El se inclinó sobre ella, y comenzó a susurrar en su oído. – Eres demasiado bonita Saffron.... tienes que tener cuidado de donde pones tu cabecita... de lo que miras... de lo que escuchas... pobre niña...

Saffron cerró los ojos. Las palabras de el la estaban confundiendo. No sabía a que se refería, pero si sabía que estaba muerta de miedo.


- ¡Saffron! – una voz conocida sonó de pronto muy cerca y ella sonrió feliz y aliviada. El muchacho se apartó de ella con una sonrisa socarrona en su rostro, mientras ella miraba a Julius y Severus con expresión agradecida.


Se acercó hasta ellos, obviando las miradas crípticas de ambos hombres. Se enganchó disimuladamente al brazo de Severus y este no dijo nada, a la vez que miraba con curiosidad a Julius. El auror tenía su mirada fija en el oscuro muchacho que estaba frente a ellos, al igual que la de Severus Snape.

- Profesor Snape, que alegría verlo- Lelonde hablaba sin rastro de alegría en su voz, mientras que sus ojos mostraban un brillo maligno. – Veo que ha cambiado un poco de compañías...


Dirigió una mirada febril hacia Saffron y Julius, y ella solo pudo evitar su mirada. Severus dio una mirada significativa a Julius, y este comprendió al punto. Cogió a Saffron del brazo y se la llevó hasta el despacho de Snape, dejando a este solo frente al muchacho.


- No deberías andar sola, Saffron – le reprochó el joven auror cuando llegaron hasta el despacho- ¿Qué tal estas?.


- Fatal- reconoció ella mientras le daba un cariñoso beso en la mejilla- Llevo una mañana horrible. Esto era lo último que me faltaba, que me acosaran por los pasillos. Además, esta mañana he tenido una discusión terrible.


- ¿Tu? ¿Una discusión?- el joven sonreía divertido- ¿Con quién? ¿Qué ha pasado? No me dejes en ascuas, que sabes que en el fondo soy un poco marujona.


Saffron se echó a reír, alegre. Ya no quería a Julius, pero como echaba de menos aquellas tontas conversaciones.


- Nada, con una Slytherin. No creo que la conozcas. Una tal Laia Wallravenstein. – el, de repente, parecía tener toda su concentración puesta en ella – La muy zorra me ha dicho cosas horribles! Estaba tratando fatal a un pobre crío y encima se ha metido con mi vestuario! Dios, me ha llamado payaso!! ¿Te lo puedes creer? Por merlín, a papá le va a dar algo cuando se lo cuente... quizás se cree que debería vestir como ella, siempre de negro. Que no es que el negro no me gusta, y a ti te sienta genial, pero ya sabes... papá no hace ropa para funerales, y que siga así por muchos años.


Julius se echó a reír ante la verborrea incansable de Saffron. Le hacía gracia. Conocía ambas chicas y no podía menos que reírse al imaginarlas en una pelea, discutiendo por ropa. No había dos personas mas dispares en todo el colegio, y las peleas de niñas siempre le habían divertido.


- No, Julius, no te rías- la voz de Saffron era seria ahora, y también su mirada. La expresión de el también se convirtió en grave. Conocía a Saffron y conocía cuando estaba de broma. Y, definitivamente, ahora no lo estaba – Esa Laia es una mala persona, de verdad. Va con gente horrible, mala gente. Y... y no solo se metió con mi ropa. Dijo... dijo cosas terribles sobre Severus... y sobre mi. De los dos.


Ella evitó ahora su mirada. Julius prestaba atención a sus palabras, ligeramente asombrado. Era la primera vez que escuchaba a Saffron hablar realmente mal de alguien. Y así como no se le había escapado el hecho de que Saffron se acercara a Severus en el pasillo, tampoco se le paso por alto la mención que ahora hacía de el.


- ¿Tanto te molesta?- habló pausadamente. La mirada de la muchacha lo dijo todo, alto y claro. – Ya, entiendo.


Los dos se quedaron en silencio durante unos instantes. Fue ella la que volvió a hablar, en susurros.


- Yo no le intereso- su voz estaba cargada de lágrimas y Julius sintió una punzada de lástima por ella. Sin embargo, Saffron pareció recuperarse pronto. Volvió la cara hacia el, sonriendo- Vamos, yo aquí contándote penas y tu sin soltar prenda. ¿Has conocido a alguna buena chica últimamente?.


-Umm- dijo el, simulando estar pensativo- ¿Y si te dijera que no es tan buena realmente?


- Te diría que estas loco. Las personas malas traen muchos problemas.. fíjate en mi...


Ambos se echaron a reír, y así fue como los encontró Severus Snape cuando volvió a su despacho con expresión hosca.

______________


Saffron se despertó el martes con una rara sensación en el pecho. El día anterior la había dejado agotada. Realmente ella no llevaba nada bien eso de andar discutiendo todo el día. Las peleas la dejaban en un estado anímico horrible y el lunes por la noche había tenido que poner en práctica técnicas de relajación para conseguir dormirse. Estaba destrozada, física y anímicamente.


Se levantó con desgana, como si fuera lunes pero peor, porque el lunes había sido tan terrible que la sola perspectiva del resto de la semana la ponía de mal humor. Siguió la rutina de todos los días, duchándose y vistiéndose. Sin embargo, no pudo evitar que a la hora de elegir la ropa se decantara por un sencillo pantalón vaquero y un jersey grueso con algo de escote.


Desayunó en silencio, pues hacía tiempo que Helena y sus amigas la evitaban en el comedor, y después marchó hacia el despacho junto a Severus. El estaba extrañamente distante, y a la vez amable con ella. Como si su amabilidad se debiera a simple formalidad con ella. Y también le veía preocupado, podía verlo en sus ojos.


- Vamos a hacer la misma poción de ayer. Fue un día muy... ajetreado y no creo que llegaras a comprender lo importante que es esta poción.


Saffron asintió. El no era una mala persona, ni mucho menos. Al contrario, cada día le demostraba que se preocupaba por ella, que la protegía. Permanecieron en silencio, pero Saffron prefería eso a las disputas.


Sonrió levemente al comprobar como cada vez hacía menos falta que el le indicara lo que debía hacer, como ella se iba anticipando a sus movimientos, como si los dos fueran parte de un engranaje perfecto, en la que una parte no funcionaba sin la otra. A Saffron le gustaba pensar que eso era así, que realmente el la apreciaba y no solo la protegía por un estúpido sentido del deber. Que demonios, le gustaba pensar que aquello podía ser así por el resto de su vida. Sonrió a Severus, feliz, mientras daba vueltas con el cucharón en el caldero, bajo la atenta mirada de él.


No sabía que la felicidad le iba a durar tan poco.


De repente, alguien había abierto la puerta. Saffron se volvió, sonriente, hasta que la sonrisa se le borró instantáneamente al ver de quien se trataba. Sin embargo, apenas si tuvo tiempo para reaccionar, porque antes de darse cuenta, Severus Snape había arrastrado a Charlotte Jenkins hacia la otra habitación y había cerrado la puerta con un portazo.


Saffron no pudo evitarlo y se echó a llorar desconsolada.


Una cosa era que el hombre que le gustaba apenas si le prestara atención y otra muy diferente era que ese hombre arrastrara a otra mujer hacia un cuarto en penumbra justo delante suyo.


Si es que ya se lo había dicho Guenolee, que con ese hombre iba a ser una desgraciada.

_____________


Que Severus Snape nunca había entendido a las mujeres no era un gran secreto. El lo sabía y lo había asumido hacía muchos años. Por fortuna (o por desgracia, dependiendo del día) su trato con mujeres era bastante reducido, lo que no le resultaba un gran problema.


Pero no, debía rectificar. Antes quizás no tuviera mucho trato con mujeres, pero ahora parecía que todas las niñas de Slytherin se habían convertido en adultas de repente, quedando el inmerso en un caos sin sentido aparente. Eso sin hablar de Saffron y de Charlotte.


A la segunda la conocía de siempre, por lo que su trato no era tan difícil. Sin embargo, últimamente parecía haberse vuelto loca, al igual que todas las féminas del colegio, y hacía cosas muy raras. Como flirtear descaradamente con Remus Lupin.


Ah, por Salazar, aquello lo había enfurecido hasta límites insospechados. No flirteaba con cualquiera, no. Primero, un Weasley. Ahora, Remus Lupin. ¿En que demonios estaba pensando? Desde luego, no en su madre. Deirdre la hubiera matado si lo hubiera sabido. Y lo hubiera matado a el, por no haber tenido especial cuidado con ella. Pero, que demonios, ¿cómo iba el a imaginar que Charlotte iba a cometer una locura tan grande?


Suspiró. Intentar comprender los entresijos de las mentes femeninas lo dejaba agotado.


Y si solo hubiera sido Charlotte, quizás la cosa no hubiera sido tan mala. Pero también estaba Saffron Bahn. Aquella muchacha... aquella muchacha que liaba su estómago con sentimientos, que hacía que acercarse a ella fuera un placer extraño y a la vez una tortura. Una chica bonita, demasiado bonita para estar encerrada con el día y noche en aquel despacho. Una joven que a veces era una niña y a veces una mujer, que un día se enfadaba con el y otro día le ofrecía dulces y sonrisas.


Una muchacha que lo había besado y que desde entonces llevaba ese beso como una losa en el fondo de su estómago.


Tampoco la entendía. No entendía nada: ni sus motivaciones, ni sus actos, y, mucho menos, lo que ella sentía. No entendía porqué últimamente se pasaba el día llorando, asegurando que no le ocurría nada.


Como tampoco entendía a Laia Wallravenstein. Una niña que sentía que se le estaba yendo de las manos, que se le escapaba hacia un futuro nada prometedor y el no sabía como atraerla de vuelta. Le preocupaba, profundamente. Le preocupaba su falta de escrúpulos, su egoísmo, los problemas que daba.


No, nunca había entendido a las mujeres. Pero que no se entendiera el mismo si que le resultaba un problema.


Y, por ejemplo, no entendía que estaba haciendo en la cabaña de Hagrid tomando te con el y con Saffron. Realmente, comprendía como había llegado hasta allí. Lo que no comprendía es por qué estaba allí aun.


Todo era caótico y sin sentido. Lo único que sabía era que después de comer había llevado a Saffron hasta su habitación. Y que cuando había ido a por ella, simplemente, no estaba.


El terror le había invadido. Sabía el poco cuidado que ponía ella en no andar sola por los pasillos. Sabía que estaba en el punto de mira de los mortífagos. Sabía que Lelonde estaba en el colegio.


Si, se había sentido aterrado. Un terror como nunca había conocido, que le atenazaba el estómago y hacía que su cabeza diese vueltas. Por Salazar, si a ella le hubiera ocurrido algo...


Severus se sintió culpable. No, no debía dejarla sola. La buscó por todo el colegio, el miedo cada vez mas grande, mas grande conforme mas pasillos había recorrido y no había rastro de ella.


No sabía que era lo que le había impulsado a ir hasta la cabaña de aquel desgraciado. Solo sabía que había llamado furioso a la puerta, y le había abierto una sonriente Saffron, con el pelo recogido en dos trenzas.


- ¿Severus? – dijo agradablemente sorprendida.

Por primera vez, Severus Snape había tenido ganas de abofetearla. Por suerte se contuvo, pero los gritos salieron igual.


- ¿¡ES QUE ACASO ESTÁ LOCA??!! ¡¿CÓMO QUIERE QUE LE DIGA QUE NO DEBE ANDAR SOLA?! Es una irresponsable, una estúpida, y una idiota, y desde luego se merece todo lo que le pase...


Sin darse cuenta, había dado rienda suelta a todo el enfado acumulado en las dos ultimas horas. Su cara estaba congestionada y la voz le salía ronca. No se dio cuenta de que ella estaba llorando desconsoladamente hasta que Hagrid se había interpuesto entre ellos, con expresión grave.


- Profesor... creo que debería calmarse- había dicho en tono conciliador, mientras pasaba el brazo por la espalda de la muchacha, en un torpe intento de consuelo.


Severus calló. El alivio mezclado con el enfado corría ahora por sus venas. Miró a Saffron, que rehuía su mirada, a la vez que se sorbía las lágrimas. Supo que era mejor callarse, y dejar que el mal humor escapara poco a poco, antes de seguir haciendo daño a la joven.


De repente, ella comenzó a hablar, entre las lágrimas.


- ¿Porqué te enfadas conmigo? ¡Te he hecho caso! Hagrid vino a por mi a mi habitación y luego iba a llevarme de nuevo- ella lo miraba entre las lágrimas, sin comprenderle, mientras Severus se sentía como un bastardo – Siempre te hago caso. Solo hago lo que tu me dices...


Hagrid se había retirado discretamente, dejándolos solos. Saffron se limpió las lágrimas con la mano, mientras lo miraba dolida. Severus supo, de repente, que había cometido uno de los mayores errores de su vida, y ahora no sabía como arreglarlo.


- ¿Porqué siempre me llamas estúpida? No lo soy, ¿Sabes? No soy estúpida.


- No, no lo eres- la voz de el sonó grave, y ella lo miró sorprendida. Y justo después de esto, Severus Snape dijo dos palabras que no había dicho jamás en su vida- Lo siento.


Saffron lo miró, indecisa. El parecía sincero, pero no podía evitar recordar las palabras que había pronunciado el solo unos minutos antes. Severus Snape pareció ver la vacilación de la chica. Y entonces, como poseído por alguna fuerza extraña y ajena a el, le tendió la mano. Ella aceptó inmediatamente y Severus tiró de su cuerpo hacia el. Saffron lo miró, genuinamente sorprendida, mientras el pasaba sus manos frías por la cara mojada de ella, intentando borrar sus lágrimas.


Ese no era el. No era él el que había atraído a la chica a su lado y el que ahora le estaba acariciando la cara. No, definitivamente, no podía ser el. Porque el nunca haría algo como aquello, por mucho daño que hubiera hecho a alguien. Porque el hacía daño si, pero nunca lo reparaba.

- Tienes que prometerme que no vas a volver a llamarme estúpida – las lágrimas de ella habían desaparecido y su voz era ahora inesperadamente juguetona – nunca, nunca mas.


El asintió, hipnotizado por la sonrisa y la cercanía de ella. La voz de ella tintineaba contra su estómago, haciendo que vibrara, mientras su sonrisa lo confundía cada vez mas, haciendo que no supiera ni que hacía ni que decía. Saffron rió, brevemente, en voz baja.


- Muy bien- dijo ella con una enorme sonrisa – Ahora lo has prometido. Umm, creo que Hagrid tendrá por aquí una taza de te para ti también, ¿no es así?.

Hagrid asintió, y le invitó a sentarse, en medio de grandes muestras de nerviosismo.

Severus Snape se vio a si mismo sentarse al lado de aquel pobre hombre, como si todo lo estuviera haciendo otro en su lugar. La miró de reojo, viendo como ella volvía a sonreír, aunque de vez en cuando se le escapara una lágrima furtiva. El se había comportado como un hijo de puta haciéndole daño y después se había comportado como un idiota para pedirle perdón.


A lo mejor se había convertido en mujer y no se había dado cuenta, porque, definitivamente, tampoco se entendía a si mismo.
 
· miércoles, noviembre 10, 2004

" Un día indudablemente intenso " por Laia ( 1:31 AM )
 
La excitación e intranquilidad no permitieron a Laia dormir esa noche. La ira que sentía en relación a Lucius no era menor que el miedo de haberse encontrado a Snape y a Saffron por los pasillos. Algo en su cara podría haberla delatado.

Sacudió los pensamientos negativos. Tenía sueño, hacía frío y era lunes. Esas tres verdades habían aparecido en su mente como las tres primeras malas noticias del día. ¿Cuántas más quedarían por llegar? La voz de Maggie llegó lejana a sus oídos mientras se levantaba y temblando buscaba las zapatillas para aislar sus pies del helado suelo.

- Laia ¿Te ocupas de los de primero?

Demonios, no se acordaba de las vacunas.

Cuatro malas noticias.

Cuando se sentó a desayunar en el comedor –otra vez tarde- sabía que no llevaba consigo su mejor aspecto. Las ojeras habían comenzado a formar parte de su vida. Eso le hubiera obsesionado hacía años, ahora ni siquiera le importaba.

El viento soplaba huracanado en el exterior. Se arrebujó en su túnica. Sin pedir permiso, Draco Malfoy se sentó a su lado. La escena de la noche anterior con su padre apareció en su mente.

- Toma.

Laia vio como de la túnica de Draco salía un diminuto sobre sellado. Éste se lo tendió. El comedor estaba ya prácticamente vacío. Ningún profesor y ningún alumno que no fuera de Slytherin merodeaban por la sala. Laia supo que se trataba de algo secreto y se lo guardó rápidamente bajo su túnica. Draco prosiguió.

- Se que no es a la primera fiesta de este tipo que asistes…

Draco vaciló, aunque intentó disimular. Continuó, ésta vez con orgullo.

- Este año se celebra en la mansión Malfoy.

No supo porqué, puesto que no había dado muchas pistas, pero Laia dedujo a que se refería Draco Malfoy. Sí, claro que no era la primera fiesta de ese tipo a la que asistía, ya que hasta la fecha presente –hasta el fallecimiento de su abuela- ese tipo de fiestas se celebraban en su propia casa.

Cuando se quiso dar cuenta, Draco Malfoy había desaparecido.

Cinco malas noticias.

Se levantó rápidamente y salió del comedor. Comenzó a andar apresuradamente para encontrar algún lugar donde leer la nota. ¿La habría escrito Lucius Malfoy? Cuando estuvo segura de encontrarse alejada del tumulto sacó el sobrecito de uno de los bolsillos de la túnica y lo abrió.

Una letra cuidada.

Pero conocía perfectamente la letra de Lucius Malfoy y esa no era la suya.

A la Srta. Wallravenstein.

Queda invitada a la Gala celebrada el 23 de noviembre en la mansión Malfoy.

Atte. Narcisa Malfoy.


Escueto y directo. Era una simple notita, introducida primorosamente en un pequeño sobrecito de medidas calculadas. Narcisa Malfoy siempre era así, metódica y matemática.

No, Draco nunca había asistido a estas galas, y su vacilación al nombrarlas la comprendía muy bien. Ella había crecido en el lugar donde se realizaban, y las había visto a escondidas hasta una edad avanzada, en la que decidieron dejarla pasar al selecto grupo.

Al selecto grupo de mortífagos.

Ahora Draco entraba en él ¿Estaría a la altura de las circunstancias? ¿Sería capaz de comprometerse con los mortífagos para ser uno de ellos?


Pues eso eran estas fiestas, un lugar de reunión entre los fieles al Señor Tenebroso. Pero normalmente estas fiestas se celebraban en enero ¿Porqué adelantarla? Un escalofrío recorrió su espalda y sin saber porqué, recordó al auror Julius Strandberg.

_______

La organización era perfecta. Los niños permanecían en sus colas sin alborotar demasiado, esperando a ser vacunados. Slytherin y Gryffindor habían sido concienzudamente separados y ahora solo hacía falta sentarse en taburetes y vigilar. Todos los prefectos merodeaban por el comedor, atendiendo a los niños mareados o tranquilizando a los asustados. De vez en cuando se debía poner orden entre los más revoltosos.

Laia observó orgullosa su por fin recta y tranquila fila de niños de primer curso mientras los contaba concentrada.

- 67, 68, 69, 70…

¿70?

Por Salazar ¡Faltaba uno!

Miró nerviosa a su alrededor, implorando encontrar otro prefecto en su misma situación. Quería comprobar si aquello era normal o solo le podía pasar a un torpe. Por desgracia todos parecían muy tranquilos, y justo en ese momento vio entrar un hombre ancho y rubicundo. Laia supo que era uno de los sanadores que debía vacunar a los niños. Con los nervios a flor de piel comenzó a buscar en su bloc el nombre del niño que no había sido tachado.

Jonas Purpplewood.

Se levantó rápidamente del taburete y salió corriendo en busca del niño perdido.

Fue recorriendo todo el castillo, cada vez más cabreada.

Seis malas noticias.

¿Y si no encontraba a la criatura? El castillo era demasiado grande como para recorrerlo palmo a palmo, habitación por habitación. Maldito niño cobarde.

Se dirigió a uno de los últimos pasillos que le quedaba por inspeccionar en el primer piso cuando se encontró con el director del colegio, hablando animadamente con un hombre desconocido.

- Deberíamos ponerlo aquí… Si, así se ve mejor.

Dumbledore colocaba un enorme espejo en una de las paredes con la ayuda de su varita, mientras el otro hombre, un individuo alto y calvo, escrutaba detenidamente la pared en la que estaba siendo colgado, con ojos saltones y fijos. La escena era completamente surrealista y el desconocido parecía tan loco o más que el director.

Laia se acercó a ellos mirándoles interrogante pero sin interferir en sus extraños asuntos, y cuando ya estaba a punto de dejarlos atrás, oyó la amigable voz del director.

-Ah… renovar la decoración siempre es saludable. Es como tener casa nueva y recorrer pasillos aún por conocer.

Laia hizo ver que no había escuchado y solo girar la esquina apretó a correr. Las palabras de Dumbledore eran tan sutilmente extrañas, que cualquiera hubiera pensado que querían decir más de lo que aparentemente significaban.

_____

Escondido pero temblando, Jonas estaba apoyado en una de las estanterías de la biblioteca.

La luz se filtraba tenuemente por las ventanas empañadas. Con cautela, Laia se acercó al niño.

Pero al adelantarse y cruzar varias estanterías vio que alguien se le había acercado antes. Un estallido de colores estaba arrodillado ante él.

Se fue acercando lentamente, temerosa de descubrir lo que en realidad ya sabía, que esa persona que estaba hablando con el niño era Saffron Bahn.

Siete malas noticias.

El niño estaba cabizbajo y ceñudo, y lo que era peor, completamente mojado. Con el frío que hacía, debía ir a cambiarse o pillaría una neumonía.

- Este niño tiene que ir a cambiarse de ropa.

Saffron dio un respingo y se giró con rapidez, observando a Laia desde abajo. La sonrió después del susto y tartamudeó un momento, por la sorpresa.

- S… si, eso estaba intentando que hiciera, pero no quiere moverse de aquí, y apenas me dice nada.

Laia hizo un gesto que demostraba que el hecho que el niño no quisiera moverse de ahí no le importaba demasiado. Con rapidez tomó una de las manos del niño y le obligó a levantarse. Éste soltó un quejido y rompió a llorar, algo que parecía haber hecho durante gran parte de la mañana. Saffron se levantó con rapidez. Por primera vez, Laia vio en ella el entrecejo fruncido. Le pareció tan extraño, que por un momento ni siquiera la reconocía.

- ¿A dónde te lo llevas?

Laia resopló. Solo le faltaba esa niña envuelta en lienzos de Pollock para retrasarla aún más.

- Tiene que ir a vacunarse, y si no me doy prisa me va a caer una buena bronca.

Salió de la biblioteca con el niño arrastras, maldiciendo todo lo que se le ocurría en ese momento que podía maldecirse, pero el niño se soltó de su mano con todas sus fuerzas –Laia casi perdió el equilibrio- y se escondió tras la falda de Saffron, que en ese momento les venía siguiendo. Laia, como buena Slytherin que quiere guardar las apariencias, miró en todas direcciones intentando disimular el problema ante el continuo deambular de gente.
Miró a Saffron intentando parecer tranquila, pero el mal humor que había estado acumulando era tan difícil de retener que las palabras sonaron amenazantes, y Saffron lo notó.

- Esto es cosa mía.

La pelirroja aspiró hondo.

- Se ve a la legua que Jonas no quiere ir contigo.

Parece que nadie puede resistirse a sus encantos, ser alumna de Snape no debe ser fácil para alguien que seguro siempre consigue lo que quiere

Los pensamientos de Laia no la ayudaban a mantener el control.

- Pues resulta que Jonas tiene que venir conmigo a que le vacunen.

- Ya le llevaré yo.

Laia abrió la boca indignada.

- No, tu no puedes Bahn –pronunció su nombre como si lo hubiera escupido- tu no eres Slytherin, y esto solo les atañe a los prefectos de Slytherin.

Saffron no contestó, pero su mente parecía en ebullición. Fue entonces cuando Laia aprovechó para llevarse a Jonas. Con una rapidez felina, agarró una de las manos del niño y lo empujó hacia ella.

- Ahora vete a estudiar tus pócimas y hierbas Saffron Bahn.

Completamente segura que la confrontación había terminado sin demasiados incidentes, Laia dio media vuelta con un Jonas lloroso y resignado.

Pero no iba a ser todo tan fácil, pues la mano de Saffron había agarrado la otra muñeca del niño.

Ahora si que el mal humor de Laia había aflorado por fin, y con crueldad. Miró a Saffron con un odio indescifrable en sus ojos negros. Fue Saffron la primera en hablar.

- Eres una maldita golfa sin sentimientos.

Laia abrió la boca, más que por indignación por asombro que esas palabras hubieran salido de la boca de la siempre alegre y educada Saffron Bahn. ¿Y cómo le había llamado? ¿Maldita golfa sin sentimientos?

¿La había llamado golfa?

¿Golfa?

¿Ella?

¿Laia Wallravenstein?

- Por lo menos yo… -se paró para pensar mejor como decirlo de manera más desagradable- no voy por allí vestida con los colores del arco iris, ridiculizando a Severus Snape con mi presencia de payaso. ¿Acaso no ves como le incomoda pasear a tu lado? Cada vez que os ven juntos la gente se pregunta como demonios os aguantáis, si es que realmente os aguantáis. Dime Bahn ¿Os aguantáis?

La última pregunta había sonado jocosa y curiosa. Vio una especie de vacilación en los ojos y los inseguros movimientos de Bahn. Fue algo sutil y rápido, pero Laia lo captó y lo tomó con una respuesta. Sonrió victoriosa.

- Debo cumplir con el papel de golfa que me has adjudicado ¿no?

Cuando se disponía a irse, la voz de Saffron sonó otra vez, con un tono tenebroso y ronco que nunca había creído posible que fuera capaz de adoptar. Esa voz no era la de una persona buena y sincera.

- Al menos todo el mundo sabe que no frecuento compañías peores que la de Severus Snape.

Un dardo atravesó el pecho de Laia. Sintió un agudo dolor en el corazón, fruto de una duda que llevaba gestando desde la noche anterior, cuando Saffron la vio tan alterada. Sin darse cuenta, su inseguridad y su siguiente reacción la delataron aún más ante los ojos de la pelirroja.

- ¿Por qué dices eso? ¿Acaso me estas acusando de frecuentar malas compañías? –Sin darse cuenta, había empezado a gritar, sin importarle su alrededor. Jonas sollozó aún más fuerte y se dirigió a él por un momento, gritando que se callara.

Al ver la mirada de Saffron supo que lo que debía haber hecho era hacerse la ignorante. Pero era demasiado tarde.

- No hace falta verte mal acompañada para suponerlo. Solo gente como tu podría aguantarte, gente de lo peor.

Por un momento a Laia se le pasó por la cabeza darle una bofetada, pero al contrario de lo que pudiera parecer la Slytherin, no era nada violenta. Suspiró y susurró, amenazante.

- Pero yo se a donde pertenezco, y estoy en el lugar donde debo estar y con quien debo estar. ¿Tú estás donde perteneces y con quien debes estar?

Laia ignoraba aún los sentimientos de Saffron por Severus Snape, así que no supo nunca lo inconscientemente bien calibradas que habían sido sus palabras. Por fortuna, ninguna voz se levantó a sus espaldas replicándole y siguiendo la discusión. No, como siempre, había dicho la última palabra, y para ella eso siempre era un triunfo.

_______


Por un momento Laia lo vio como la octava mala noticia del día. Se había retrasado mucho y tenía que ir a cambiar de ropa al niño cuanto antes. Sin darse cuenta, estaba memorizando cual sería la mejor explicación a lo ocurrido, intuyendo que el desastre caería sobre ella implacablemente. Maldijo a Saffron Bahn por haberla retrasado tanto.

Y entonces ocurrió lo más inesperado de la jornada. En realidad, tuvo que fijarse bien en lo que veía porque no lo podía creer.

- Ey, hola.

Julius Strandberg, el auror, se encontraba ante ella, sonriendo y con cara de desconcierto por encontrarla ante sus ojos. Sorprendentemente parecía reconocerla.

Laia no era una persona que destacara con ese maldito uniforme. Si no te fijabas en ella, podías confundirla con cualquier otra, enfundada en su negra túnica y peinada con un típico recogido, ahora completamente deshecho después de haber correteado por todo el colegio buscando a Jonas.

En cambio, el aspecto de Julius no podía ser mejor. Su traje –muggle- era elegante e impecable, y le sentaba estupendamente. Su rostro seguía siendo tan luminoso como siempre. Sintió como su mirada limpia y sincera se clavaba en ella, a la vez que sentía también una momentánea vergüenza, pues recordó que además de su andrajoso estado llevaba unas bonitas ojeras y un niño chorreando.

Sumida en sus divagaciones, vio como el auror bajaba la mirada y se quedaba observando a Jonas. Se arrodilló ante él y le puso sus manos sobre los mojados hombros.

Las manos de Julius eran bonitas, no muy grandes. Lucius las tenía más grandes, porque a Lucius siempre le gustaba imponerse y usar su fuerza. En cambio las manos de Julius eran más delicadas y finas, y reposaban con cuidado sobre los pequeños hombros del pequeño Jonas.

- Eeh, ¿Qué te ha pasado?

Julius le observó preocupado, y por arte de magia, Jonas demostró que tenía voz.

- Dicen que no soy un buen Slytherin.

Julius frunció el entrecejo. Laia pudo observar atentamente su perfil sin parecer una descarada, y mirarle era una especie de sedante para su mal humor. Tenía una elegante nariz, estilizada y levemente aguileña.

- ¿Te han mojado ellos?

Jonas asintió lloroso.

- Hoy en clase dijeron a todo el mundo que me había mojado en la cama por miedo a la vacuna de hoy, y al decirles que no era verdad, me tiraron un cubo de agua encima.

Julius le miró preocupado. Fijó luego su mirada en Laia, que se turbó, sintiéndose descubierta por estar observándole.

- ¿Tu sabías eso?

- No… No ha abierto la boca en todo el día… bueno, hasta ahora.

Julius entreabrió la boca. La luz de la gran sala iluminaba su cara por completo, y sus ojos la taladraban. Pestañeó levemente y volvió a mirar a Jonas.

Unos pasos se aceraron por detrás de ellos y apareció Maggie, medio histérica.

- ¡Laia! Draco está hecho una furia, dice que se quejará a Snape por haberte escabullido y haberle dejado todo el trabajo a él.

Maldito niñato, si apenas hacía nada. ¿No le parecía suficiente haberle librado de varias guardias a la semana gracias al magnífico castigo de Severus Snape?

Maggie observó a Julius hablando con el pequeño Jonas, y miró de reojo a Laia.

- Vaya…

Laia se puso rápidamente a la defensiva.

- Vaya ¿Qué?

Maggie resopló.

- Nada mujer, nada…

La mirada de Maggie no le resultaba nada halagüeña. No era una mirada picarona, era una mirada crítica y observadora. Desde que Maggie le contó que pretendía estudiar para entrar al servicio del Señor Tenebroso, cualquier atisbo digno de desconfianza, por sutil que fuera -de intimidación o reacción extraña- provocaba que la alarma interior de Laia saltara como un resorte.

Maggie se fue alejando lentamente hacia quien sabía donde. Julius se levantó también con lentitud, observando detenidamente la figura de la compañera de habitación de Laia. Sus ojos eran también escrutadores. ¿Todos los aurores harían eso?

Se acercó a Laia con Jonas tomado de la mano. El niño parecía más sereno, incluso animado. Julius la sonrió sin decir nada, una media sonrisa parecida a la socarronería que dejó a Laia un momento sin respiración.

¿Cómo podía estar pasándole eso? ¿A que venía esa sensación tan extraña y afectada que estaba sintiendo?

Julius le tendió la pequeña mano de Jonas a Laia para que se la tomara. Jonas la miraba con sus grandes ojos negros. Acercó su mano y tomó la del niño, tomando un rápido contacto con los dedos de Julius.

Por un momento reconoció que había deseado tocar su mano desde que las había visto sobre los hombros de Jonas. Sin darse cuenta, había estado pensando en todo eso sin dejar de mirar los ojos claros de Julius. Todo se volvió silencioso. Jonas ahora agarraba la mano de Laia con confianza, olvidando que hacía unos pocos minutos le tenía un miedo terrible. Estaba sereno.

Como ella.

¿Qué le habría dicho al niño para que se calmara así?

¿Y qué demonios le había hecho a ella?

Incluso había perdido la cuenta de las malas noticias que había ido recaptando durante todo el día.

Miró otra vez al auror y se mordió el labio inferior de manera nerviosa. Vaciló un poco y por fin lo dijo. Algo en su interior le decía que no debía hacerlo, que no quería, pero la razón se impuso.

- Yo… Nosotros tenemos que irnos… -desvió su mirada a un punto situado cerca de uno de los ventanales antes de recaer en Jonas, mientras apretaba un poco la mano de éste.

Oyó una expiración que Julius provocó al sonreir. Le miró y le vio asintiendo. Una voz suave salió de sus labios.

- Claro –observó a Jonas- más vale que te cambies de ropa o te constiparás – volvió a mirar a la chica y su voz sonó aún más suave- Nos vemos.

Laia asintió y giró en dirección contraria. No se volvió ni un momento para mirarle, intentando descifrar donde se había metido ella y quien era esa otra persona que ocupaba su cuerpo cada vez que se encontraba con ese auror.

________

Vacunar parecía más lento en las colas de Slytherin que en las demás.

Permaneció en el incómodo taburete el tiempo suficiente como para incluir éste en su larga lista de odios. Por fortuna ella se había evitado más tiempo aburrido que los demás prefectos con sus peripecias en los pasillos, pero la cola de Slytherin era más lenta que la de Ravenclaw y no digamos ya que la de Hufflepuff. La de Gryffindor estaba ya vacía y los "prefectos perfectos” de esa casa, Ron y Hermione, ya correteaban libremente por ahí.

Fue entonces cuando alguien decidió sacarla de su aburrimiento.

Pierre Lelonde.

Aún más hosco que de costumbre y con más sombras en su mirada, se acercó a ella y la sonrió con complicidad.

- Supongo que tienes un momento…

Laia asintió con los ojos medio caídos. Todo el tiempo del mundo.

Pierre rió, con un deje de nerviosismo.

- Yo también estoy invitado.

La mirada somnolienta de Laia se centró en la cola de niños. Maldita sea, se había olvidado de la gala ¿Por qué tenía que recordársela?

- ¿Quieres ir conmigo?

Laia abrió los ojos desmesuradamente y le miró extrañada. Él se vio en la necesidad de aclarar la situación.

- No… oye… Yo nunca he ido a una gala de esas y tu conoces a todo el mundo –su sonrisa se convirtió otra vez en cómplice- sería una perfecta entrada en sociedad. Ya sabes, a lo grande –sus ojos brillaron ambiciosos-.

Laia sonrió un poco. Si, Pierre siempre conseguía halagarla, aunque también fuera un experto en tomar el pelo a la gente. La sombra se cernió otra vez en sus ojos, y éstos brillaron con malignidad.

Nunca se acostumbraría a esos desagradables cambios anímicos en la compleja persona de Pierre.

- ¿Los has visto?

La voz tenebrosa del muchacho provocó que Laia observara celosamente su entorno.

- ¿Ver a quien?

- A esos dos hombres… la semana pasada vino otro de ellos.

Laia tragó saliva, captando poco a poco lo que Pierre le estaba contando.

-Los aurores.

Ella asintió, con la mirada fija en los ojos de Pierre.

- Preparan una buena… creo que por eso este año la gala es tan pronto… No podemos permitirles una tregua en Navidades.

Laia frunció el entrecejo, extrañada.

- Las navidades Laia, son importantes. Puede pasar de todo en Navidades. Pueden imponerse unos o imponerse otros. Los niños abandonan el colegio y hay menos profesorado. El castillo queda más desprotegido.

Un crujido hizo saltar a Pierre como un resorte. Un niño jugaba con una hoja seca que había entrado en el comedor. Eso le hizo saber al muchacho que estaba hablando demasiado.
Lentamente pasó un brazo por el cuello de Laia y acercó sus delgados labios a su oído. El cálido aliento rebotó contra su oreja y le oyó susurrar.

- Demasiados aurores en Hogwarts. Se que los dos que han llegado hoy desconfían de mi.

Dicho esto, besó a Laia en la mejilla en calidad de amigo y cómplice de un secreto y se dirigió a la puerta de acceso al comedor.

- Me iré el viernes.

Y se largó.

Laia recapacitó sobre todo lo que le había dicho. Sin duda, el hombre extraño de ojos saltones que escrutaba la pared acompañado de Dumbledore era uno de los aurores. El otro, evidentemente, era Julius.

Sin darse cuenta, el haberse sumido en sus cavilaciones había hecho correr el tiempo. Las puertas se abrieron para todos y fueron saliendo como alma que les lleva el diablo en dirección al exterior del castillo. Laia salió rodeada de niños y niñas que empujaban con fuerza para salir con rapidez y respirar aire puro. Ella seguía sumida en sus pensamientos, agarrando con fuerza el bloc con la lista de alumnos de primer curso de Slytherin.

Ni siquiera oyó como gritaban su nombre. Tuvieron que tocar su brazo para que ella prestara atención. Giró su cabeza y vio una mano rodeando suavemente pero con firmeza su antebrazo. Reconoció el cosquilleo que sentía por todo el cuerpo, puesto que esa mano era de Julius Strandberg. Le observó fijamente, sorprendida de verle allí. Ignoraba si Julius había percatado su mirada interrogante.

Los niños iban rodeándoles mientras desfilaban desordenadamente hacia el exterior del colegio, como si de un río se tratara.

Cuando todo se hubo calmado, Julius rompió el hielo.

- ¿Qué tal está Jonas?

Laia pestañeó un par de veces, intentando recordar si se había fijado en Jonas en algun instante. No, no se había fijado en Jonas. Ni siquiera se acordaba de él.

- Bien, está bien –Se hizo un incómodo silencio y Laia se vio obligada a continuar- le cambié de ropa pero –de repente se hizo la luz y frunció el entrecejo, mirando alrededor- no debería salir con el pelo mojado.

Un momento ¿Se estaba preocupando por un estúpido crío?

De repente, una bolita negra y cabezona se acercó a ambos. El negro y liso cabello de Jonas estaba, evidentemente, aún húmedo. Se acercó tímidamente a Julius y éste le saludó. Luego Jonas se subió la manga para enseñarle al auror los restos de su hazaña.

- Ooh –Julius agarró la mano de Jonas- eres muy valiente Jonas. ¿Ves como no te ha dolido? –Jonas negó orgulloso con la cabeza.

Entonces, agachado como estaba, dirigió su mirada a Laia con una abierta sonrisa. La chica creyó que casi le daba algo.

- Ya me ha dicho Laia que estabas muy bien.

Jonas sonrió abiertamente, enseñando sus pequeños dientes. Laia no podía apartar su mirada de la sonrisa de Julius. Nunca había visto una de tan sincera, nunca una que llegara a los ojos.

Vio marcharse a Jonas corriendo y cuando volvió su mirada a Julius, se dio cuenta que él la había estado mirando. Ahora su expresión era más concentrada, y parecía que quisiera escrutar en su interior, intentar ver a través de ella. Su voz salió también grave y más seria.

- ¿Estas bien?

La suave voz de Julius acarició sus oídos, pero también los sorprendió. Hizo un gesto de extrañeza.

Nunca le habían preguntado algo así.

Julius observaba el pálido rostro de la muchacha. Algo le decía que había alguna cosa que no iba bien. No, las ojeras no le restaban belleza al rostro. Tenía un rostro agradable, y Julius estaba seguro que sonriendo sería muy bonita.

Pero esa chica nunca sonreía.

Y había algo turbador. Ella conseguía perturbarle. Eso podía ser excitante pero su olfato de auror le decía que no por ser excitante tenía que ser forzosamente bueno.
Laia había reaccionado de manera extraña a su última pregunta. Pero no, quizás no le pasaba nada malo, quizás ella era así.

Ella era una Slytherin…

Y completamente insondable e impenetrable.

Pero algo en su interior le empujaba a creer lo contrario. Luchaba contra si mismo para encontrar duda en cada uno de sus comportamientos. Cada vez que sus negros –impresionantes- ojos vacilaban, cada vez que le miraba con un deje de –quizás aparente- inseguridad, Julius tenía la impresión de estar a punto de descubrir algo de ella, y de estar hundiéndose más en el barro. Y cada vez era más consciente que eso le gustaba.

Y la curiosidad no es una virtud en un auror.


- Bien.

La respuesta de Laia le hizo bajar de las nubes.

- Estoy bien.

Lo dijo con aparente naturalidad. Fingida o no, Laia afirmaba estar bien, y por el deje de su voz, parecía incluso extrañada por la pregunta.

Pero Julius no sabía que el corazón de Laia palpitaba con tanta fuerza que le dolía el pecho. Laia estaba segura que nunca, nunca olvidaría que alguien en su vida se había interesado por su estado.

De repente, Julius se quedó observando su cabello.

- Tienes una hoja en el pelo.

Sin darle tiempo a Laia a reaccionar y sacársela, acercó su mano al cuello de ella y retiró lentamente la hoja. Laia intentó disimular la extraña sensación que le recorría el cuerpo al notar como los dedos de Julius rozaban tenuemente su cuello y movían sus cabellos dándole un fuerte placer. Le enseñó luego el pequeño trozo de hoja seca y lo dejó caer.

- Recuerdo que pasaba esto en otoño en el colegio. Todo el hall principal se llenaba de hojas secas.

Julius observó la mirada de Laia. Aún igual de impenetrable, había un anhelo en sus ojos difícil de obviar. Se preguntó si siempre había estado ahí, si ahora comenzaba a fijarse en más detalles de la desconocida personalidad de la chica.

Pero sin duda aún le resultaba imprevisible, pues Laia abrió la boca y le sorprendió otra vez.

- ¿Qué haces aquí?

No había sonado a amenaza, pero las alarmas de auror de Julius sonaron con fuerza. Sonrió otra vez, pero Laia supo que era una sonrisa triste.

Y es que Julius no quería mentirle. Apenas la conocía y la iba a mentir.

- He venido a ver a una amiga.

Laia abrió levemente la boca, sorprendida. No se esperaba esa respuesta, y aunque no fuera del todo cierta, había sido dicha con tanta franqueza que los celos y el odio que sentía por Saffron Bahn afloraron de nuevo. Adoptó un rictus molesto y espetó.

- ¿Saffron Bahn?

Julius vio como al momento ella ladeó la cabeza y se quedó así, pensativa. Se quedó mirando su perfil.

Podría ser de poco fiar, pero su rostro era muy agradable. Su manera de ser parecía atormentada, pero a Julius su rostro no le inspiraba nada negativo, ni siquiera al ver su cara de asco al referirse a Saffron Bahn. Tenía las facciones aniñadas –cayó entonces en la cuenta que era aún una chica de diecisiete años- De nuevo ella se giró a mirarle, y Julius vio como su entrecejo se había fruncido un poquito más.

- ¿Te llevas bien con Bahn?

Ahora Laia se sentía más segura de si misma. Si, había encontrado su fuerza en la debilidad de Julius. Ella sabía que él le había mentido en parte, al no decirle –evidentemente no debía- que estaba allí por trabajo, y eso le hacía sentir con derecho a intentar sonsacarle por fin la información que le atormentaba.

Saber que tipo de relación le unía a Saffron.

- Ahora solo somos amigos.

Ese molesto “ahora” implicaba un “antes” revelador, pero daba esperanzas a Laia de un presente tranquilizador.

Eran amigos.

De repente Saffron Bahn desapareció como amenaza.

Laia no sabía a que amenaza concreta se estaba refiriendo, pues ignoraba mucho sobre sentimientos, pero su inconsciente si sabía algo, pues se vio a si misma sonriendo.

Solo un poco, una curvatura sutil, pero lo suficiente como para ver la reacción de Julius. Él también estaba sonriendo ahora.

En ese mismo instante, Laia tuvo la extraña pero certera sensación que Julius era sincero. Quizás estaba ante la persona más sincera que en su vida había conocido.

Se imaginó a si misma hablando con él de cualquier asunto trivial que no supusiera nada trascendente -como lo podía ser la conquista del mundo mágico-, con la misma fuerza con la que él imaginaba como sería el rostro de ella sonriendo.

Sonriendo de verdad.


Los -¿cuántos eran?- problemas de todo el día parecían haber desaparecido pero no, únicamente habían sido sedados. Lo que pasaría esa misma noche no dificultó el revivirlos todos. 
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